Archive for February, 2008

Gion y Pontocho. Kioto Tales (1)

Bajé del shinkansen en Kioto con los últimos rayos del sol. Cómo todo el viaje por la isla, sin rumbo y sin organización ninguna, empecé a buscar sitio para dormir. Suele resultar beneficioso para evitarse sustos el tener un planning hecho, pero eso generalmente obliga a cumplir unos horarios y mi planning se modificó tantas veces que cuadrar alojamiento reservado con la situación de mi persona física hubiera sido imposible a no ser que se diera una casualidad del azar.

Lo que si hubiera estado bien, sería haber averiguado que ese viernes cuando llegué, comenzaba un puente festivo en Japón y por lo tanto era la fecha propicia para que todos los japoneses se intercambien de ciudades, ocupando todos los alojamientos de las zonas. Kioto además, siendo un destino turístico importante, estaba saturado. Nota mental: Si tienes una semana para viajar para Japón, no dejes Kioto para el fin de semana. Así que cargado con mis bártulos, empecé a recorrer hostales de aquí para allá, ante la negativa de los dueños. Rapidamente agoté las posiblidades baratas de la Lonely Planet y pasá a las intermedias, con idéntica suerte. Me veía arañando mis ahorros para dormir en los de gama alta (amén de que uno no tiene el cuerpo acostumbrado al lujo y lo mismo se me irritaba la piel) mientras blasfemaba sobre mi persona, cuando una de las responsables de un Ryokan apiadándose de mi triste figura, hizó unas cuantas llamadas y más o menos me explicó que en otro sitio, tenían hueco para mí. Llegué y allí una amable pero seca anciana japonesa, me acompañó a mis aposentos. Empezamos a subir las plantas, primer piso, segundo piso (esto tiene buena pinta, que sitio más chulo, y que buen precio me han hecho, pensaba yo), tercer piso, piso de lavadoras (uy, uy), azotea (ayayayayay) y allí en un pequeños cuarto donde guardaban y almacenaban las colchas y edredones del resto del hotel, la amable pero seca anciana japonesa, me había habilitado una cama y como obsequio me regaló un plátano.

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La simbología nunca la acabé de ver clara, pero me comí la banana con regocijo y me acomodé como buenamente pude para, aunque fuera sin sol, emepezar a disfrutar de la ciudad. (por cierto, espero que os hayáis fijado en el cordoncito que desciende del techo. Interruptor de la luz con tres posiciones. Ahí es nada. Y tele japonesa en blanco y negro).

Si Tokio era el futuro, Kioto sin duda era el pasado. Aunque al día siguiente con las luces del día descubrí que ambas tenían en común el caos, lo cierto es que durante la noche, Kioto, rebosaba tranquilidad entre calles empedradas y casita de madera del barrio de Gion.

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Kioto fue capital del imperio del Sol Naciente desde 794 hasta 1868, momento en que se trasladó a la Tokio. Etimológicamente podría parecer que existe una relación entre To-kio y Kio-to, pero es una mera coincidencia fonética, pues mientras Kioto significa ciudad principal (o capital) Tokio significa capital del Este, remontándonos logicamente a cuando Kioto era la capital de Japón y Tokio la segunda ciudad más importante, situada al Este de la isla.

Fue la importancia histórica de Kioto la que la salvó de los bombardeos durante la segunda guerra mundial, siendo una de las ciudades que más edificios anteriores a la guerra conserva, y eso se disfruta. Gion, uno de los barrios de está ciudad, quizás sea uno de los mejores representantes del japón tradicional. De hecho sigue siendo hoy en día un barrio de Geishas y aunque es tremendamente dificil ver a una (pues apenas se dejan ver) en cambio si es fácil cruzarse con alguna Maiko (las aprendices de Geisha), lo que todavía incrementa aún más el sentimiento de haber viajado atrás en el tiempo. Sin embargo, no vería ni unas ni otras esa noche, pero me deleité con las casas de madera a la orilla del río, con las linternas de papel iluminando las entradas, con la gente comiendo arrodillada…

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Destaca además Pontocho, otro pequeño barrio colindante, de calles estrechas y lleno de restaurantes, mezcla de olores y colores de sus luces.

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Y esto era sólo el principio, porque Kioto sería como tenía que ser, un lugar fascinante.

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El museo en la montaña. Miho. Por Japón (11)

Esto de viajar siguiendo los consejos de los más experimentandos y confiando ciegamente en ellos, tiene su encanto. La selección que te hacen los conocidos suele funcionar mejor que la que hacen las guías, cuyo abanico de gustos, generalmente tiende a abarcar mucho más. Me parece curioso que una guía muestre un sitio y gracias a esta recomendación comienza la procesión de turistas, aparecen fotos, comentarios, y entonces el resto de guías se ven obligado a incluirlo, porque claro, es un lugar famoso. Y así, claro, se genera un flujo que siendo bastante interesante, es probable que discrimine muchas joyas, que pasarán a ser descubrimientos valiosísimos de los más avezados exploradores. :)

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En mi caso particular, por ejemplo, se me recomendó desde un principio ignorar (por falta de tiempo) los castillos de Osaka y Nagoya y puestos a elegir, escoger el de Himeji, que es según los que han recorrido la zona, mucho más bonito. De igual manera se me recomendó un museo que no entraría en los top ten de las guías, pero que quizás en su desconocimiento y en la sensación de descubrir algo increible radica su encanto.

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El Miho Museum, diseñado por el chino-americano Ieoh Ming Pei es uno de esos lugares donde la arquitectura eclipsa a la colección. I. M. Pei es uno de esos arquitectos dedicados a revolucionar el arte estructural. Suyos son elementos arquitectónicos como la famosa pirámide de cristal del Louvre, el rascacielos del Banco de China en Hong Kong o la Tour EDF en La Défense (Paris).

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Y es que el Miho Museum está metido EN la montaña. Literalmente se vació la montaña para construir el museo y se volvió a tapar para de esta manera no romper la armonía natural de la zona, que por cierto, es parque natural. :) Da igual que el museo tenga en su haber trozos de la cultura egipcia, griega o mesopotámica, la estrella sin lugar a dudas son, los pasadizos que atraviesan las montañas y dejan al descubierto pequeñas areas que a pesar de lo que pueda parecer dotan al museo de una sensación de amplitud y luminosidad impresionantes.

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Además de todo esto fue una delicia para los sentidos, por el maravilloso enclave, por el color de los árboles, por la ausencia de mundo, por la tranquilidad. Aunque hubiera para quién esto quizás fuera demasiado. :)

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Sol de Febrero. Parliament Hill

Lleva unos días Londres que no parece Febrero. Aquí como no se sabe cuando va a ser el próximo día que se vea al amigo Lorenzo la gente sale rauda y veloz a coger color. Bueno. Eso es mucho decir. A que les de el aire dejando el paraguas en casa, lo que para ser Febrero es digno de mención.

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Así que mis amables anfitriones me “obligaron” a tomarme un receso en la búsqueda del nuevo Royal Manzanares para llevarme a una colinita que no conocía en la zona Norte de las afueras Londinenses. Parliamente Hill, parte de Hampsted Heath, el parque más antiguo de Londres cubriendo 320 hectáreas y donde descanas esta colina de 98 metros de altura. Todo un record para los estándares de la campiña inglesa.

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Curiosamente, se conocía antaño como la colina de los traidores, pero durante la guerra Civil inglesa, fue el lugar donde se asentaron las tropas leales al Parlamento rebautizándose de esta manera. De una mucho menos histórica y más acorde a los tiempos que corren, se conoce localmente como la colina de las cometas (Kite Hill) porque la gente suele encontrarse allí para hacerlas volar (aunque la coartada señor juez no cuele, porque apenas vimos un par de ellas).

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No es este el lugar favorito de los amigos de la lorza, pero en cambio sí lo es de los deportitas, paseantes, ciclistas, corredores y perros. Quizás el lugar con más densidad canina de todo Londres. Y como lo disfrutaban! Para los que como nosotros sólo teníamos en mente un poco de aire fresco, estuvimos perdiéndonos por los caminos un buen rato, a traves de los bosques llenos de árboles peladitos a la espera de la primavera, cuando apuesto a que el entorno, recien florecido, atraerá a muchos más habitantes y brotarán los picnics. :)

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Como regalo, las preciosas vistas sobre Canary Wharf y la City, recortadas sobre la bruma. :) Quién dijo que es necesario subir al London Eye? :)

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Uji y el té verde. Por Japón (10).

Paramos brevemente al sur de Kyoto, donde una pequeña ciudad sin ser demasiado turística, requería de nuestra presencia. Y lo requería porque aunque la ciudad se fundó en 1951 y ahora ya cuenta con casi 200.000 habitantes, la zona ya se hizo famosa en el siglo XII, cuando comenzó a ser uno de las principales regiones productoras de té verde. Uji.

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Tanto es así que Uji es entre otras cosas, un homenaje al Té verde, se puede tomar en su forma de infusión o de alguna ligeramente diferente, como Ramen o helado!!! :)

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Aunque como no sólo de té (verde) vive el hombre, la región también atrae a muchos seguidores de los Cuentos de Genji, una obra literaria de muchísima importancia en Japón, escrita en algún momento del siglo XI por Murasaki Shikibu. Esta novela de 54 capítulos en unas ligeras 4200 páginas cuenta las vidas del Principe Brillante Hikaru Genji y sus descendientes. Un verdadero culebrón cuyos últimos episodios se desarrollan precisamente en Uji, de ahí que seá lugar de peregrinaje para los asiduos de la obra. Como todos vosotros que quereis ir a Nueva Zelanda con la excusa del Señor de los anillos o a Escocia para sentir a Braveheart! :)

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Aparte de estos apuntes culturales y gastronómicos, también guarda alguna joya en forma de templo. Byodo-in temple, un templo budista cuyo edificio principal el pabellón del Fénix data de 998, y cuyo interior, donde no se puede hacer fotos (grrrr) es precioso. Así que os quedareis con las ganas de verlo por dentro hasta que lo descubrais por vuestra cuenta, pero seguro que ferlo por fuera, os hace casi la misma ilusión. :) Espero.

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Por cierto una curiosidad. Seguramente sabréis por cultura popular que en japón hay que descalzarse antes de entrar en las casas (y también por ejemplo en algunos restaurantes), así que este detalle en una barca me encantó. :) Jejeje.

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La garza blanca. Himeji. Por Japón (9)

Desde lo alto de la colina, con su brillante superfice de cal por la que se le dió el nombre de Garza Blanca, el Castillo de Himeji, una de las más complejas e impresionantes estructuras defensivas de japón, hacía frente a sus enemigos.

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A diferencia de los castillos europeos, Himeji-jo constaba de un sistema de puertas, muros que organizados de manera laberíntica, despistaban a cualquier tropa que entrara en el castillo, para poder ser atacada más facilmente.

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Se comenzó a construir en 1346 y se siguió aumentando hasta 1618. Fue bombardeado en 1868, vendido en una subasta por 153 dolares, abandonado, recuperado por el ministerio de Guerra en 1879, renovado con fondos públicos en 1910 y casi re-bombardeado en 1945 a finales de la segunda guerra mundial. Se volvió a restaurar el castillo en 1956 y para ello se utilizaron nada más que técnicas de construcción tradicionales hasta que se terminó en 1964. Desde entonces se ha convertido en el castillo más visitado de Japón.

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Realmente es impresionante. Es enorme, gigantesco, y precioso. Las vistas sobre la ciudad son fantásticas. No le falta de nada! Imprescindible!!!

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El arte de Koraku-en. Okayama. Por Japón (8)

Aunque no lo pillé en su mejore época, el jardín de Koraku-en tiene fama de ser uno de los más bonitos de Japón. 133.000 metros cuadrados en un entorno cuidado, detallado, mimado. Más propio de la imagen de calma y perfección que tenemos de los japoneses, que la imagén tan ordenadamente caótica de Tokio.

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Desde luego pasear por este jardín era relajante para todos los sentidos. Una gozada. Y eso que lo ví sin maquillar, saliendo del verano y sin llegar al Otoño, con una bruma que no dejaba al sol brillar e iluminarlo como cabría esperar. Seguramente con la explosión de la primavera debe ser espectacular.

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Tras el jardín se levanta el castillo de Okayama, que pintado de negro le valió el sobrenombre de el castillo del Cuervo, construido antes del jardín que se terminó en 1700 y ha permanecido intacto desde entonces. Apenas se han introducido modificaciones en su trazado, total, como se puede mejorar la perfección?

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Me llamó la atención, la meticulosa colección de bonsais y plantas que tenían. Os explicaría gustosamente algo más de ellas, pero es lo que tiene el analfabetismo, que no sabes ni leer, ni escribir y en mi caso, ni entender. Viajar por Japón era viajar sin capacidad de relacionarte con los demás, cosa que lejos de hacerme sentir demasiado incómodo, me hizo disfrutar la experiencia de otra manera. Hay pocas cosas en la vida que no se puedan conseguir con educación, una sonrisa y un poco de mímica.

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No es Okayama un lugar para pasar mucho más tiempo (desde un punto de vista turísitico, se me entienda), pero bien ser merece este jardín unas horitas de paseos!!! :D

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La isla bonita. Miyajima. Por Japón (7)

El barco que llevaba a Miyajima, atravesaba la fina capa de bruma que difuminaba sus contornos. Según avanzaba la isla se iba definiendo, volvíase nítido el monte Misen San, mientras su famoso Torii de color rojo semiahogado entre la marea daba la bienvenida.

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Dicen las guías que es uno de los tres lugares más pintorescos de Japón, y fue el único de los tres que pude visitar. Mereció la pena. La isla Santa guardaba unas cuantas imágenes que se grabaron para siempre (espero) en mi memoria. Su templo principal, Itsukushima, de maderas rojas, parece flotar cuando sube la marea esta alta. Cuando baja, se puede llegar a su puerta principal a pie atravesando el terreno barroso de arenas blancas dejado al descubierto por la retirada de las aguas.

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Es un verdadero goce. El color rojo reflejado, mezclado con el azul del agua y del cielo es realmente espectacular. No en vano, es una reliquia nacional y patrimonio de la Unesco (otra más en Japón). Construido en 593 directamente sobre el mar, este Santuario recuerda un tiempo en que no era posible pisar la isla y se adoraba desde la distancia. Ahora con el paso de los siglos se mantiene intacto rodeado de salitre.

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Comí muy cerquita del templo en un pequeño restaurante sentado junto a la plancha sobre la que me cocinaron un Okonomiyaki, una especialidad de la zona que se podría definir como una tortilla de todo, pasado por la plancha. Ya sabéis que yo soy de estómago poco temerario y de buen comer, pero es que estaba riquísimo :) Y además eso de verles cocinar delante de tí es un plus, claro. :)

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Lo justo para coger un poco de fuerzas y comenzar la subida a los 503 metros del Misen San, vía teleférico claro, que había que hacer la digestión como era debido. Jejeje! :)

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Tras casi media hora de viaje, conseguí llegar a la cima justo para mi momento favorito del día, cuando el sol se acuesta tras las montañas en una cuna de pinos. Que maravilla.

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Parece ser que la zona está llena de monos y ahí que andarse con cuidado para que no te birlen las posesiones o te metan un bocado, pero yo que andaba con toda la ilusión de verlos, me quedé con las ganas, a pesar de haber tenido que correr y rodar colina abajo para huir de ellos. Me hacía ilusión, fíjese usted. Lo que sí me pilló fue la entrada de la noche mientras todavía estaba a media colina, por caminos añejos, escalonados en las piedras y rotos por miles de raices y ramas que no hizo sino dar un toque tétrico a la jornada y que me impulsó a acelerar el paso para llegar a los pies del mar con los últimos tonos semiapagados del cielo.

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Lo justo para salir corriendo a coger el ferry de vuelta y ver la isla sumirse entre las sombras en la lejanía. Quizás uno de los sitios más fantásticos de los que tuve el lujo de visitar en Japón.

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