Entraron en el sushi bar y se hizo el silencio. Los locales elevaron ligeramente la cabeza de sus platos y miraron desconfiados a los gaijines que acaban de entrar. Un pequeño arbustillo cruzaba la calle revoloteando tras las siluetas de los recién llegados.
Los intrusos echaron una ojeada rápida al local y se acercaron a una mesa mientras una camarera menuda se les acercó a paso ligero enarbolando una libreta acompañada de un boli negro. Tras la barra, el chef con un trapo al hombro secaba algunos vasos mientras observaba la escena expectante.
- Sumimasen – dijo uno de ellos inclinándose hacia la camarera – chuutoro, hachijuu ko onegai shimasu.
Había hablado, pronunciando las palabras olvidadas que no se habían oido en mucho timpo. Los presentes se estremecieron y se apresuraron a acabar sus bebidas para alejarse de allí cuanto antes, mientra el chef hacía crujir sus dedos y gritaba un “Hai!! Domo!!!” ronco y grave y comenzaba su actividad frenética tras la barra.
Y allí sin inmutarse mientras acompañaban la espera con sendas cervezas, los extraños empezaron a recibir, no uno…
… ni dos…
… ni tres…
…si no cuatro.
Cuatro enormes platos que contenían 80 chutoros. Una de las partes más sabrosas del atún que había movido la búsqueda y ahora una vez hallada se degustaba deshaciéndose contra el paladar como el magnífico manjar que era.
Comieron como si fuera una boda, se atrevieron a añadir aún algo más de salmón y se sintieron satisfechos, plenos… y en pleno génesis empachil preguntaron a la camarera:
- ¿Cúal es el máximo de chutoros que podéis preparar?
La camarera, se volvió, miró al chef, intercambiaron algunas palabras ininteligibles y sin alterar la voz dijó:
- Dos mil.
Mierda.
Todavía quedaba mucho margen para la mejora.
Ya era hora, mis queridos compañeros de viaje, de retomar lo que había empezado y siempre y se acaba alargando hasta el infinito, pero el deber, junto con las ganas de contarlo, me llaman para acabar lo que he empezado y si no se acaba de esta tirada (que lo dudo) al menos avanzar un poco más. Lo han adivinado. Retomamos el viaje a China.
Si mis neuronas no me abandonan (cosa que no me extrañaría) nos quedamos bicicleteando por los muros de Xi’an, en lo que fue el último momento en esa ciudad de la que habría de volar al día siguiente para aterrizar en Shanghái. Desconocía casi todo de esta ciudad salvando la imagen de ciudad llena de piratas chinos manejando pólvora y oscuros bajos fondos con que se la representaba en las películas y libros ambientados hace más un siglo.
La realidad, al menos la actual, no tiene mucho que ver. Shanghái es en su superfice una ciudad tecnológica. La joya de la corona china que intenta ver en ella, el progreso, el podería del imperio Chino. La ciudad reconstruida para hacer frente a macrourbes que atraigan los negocios y los capitales extranjeros. A primera vista, Shanghái es deslumbrante.
Pero Shanghái, ciudad de contrastes, no puede ocultar que no es oro todo lo que reluce y la pobreza se acumula a los pies de los enormes y brillantes rascacielos. Una ciudad a caballo entre China y el mundo occidnetal, que ha crecido y evolucionado más rápido que sus habitantes.
La gente de Shanghái, dejando a un lado a los múltiples vendederes que te acosan continuamente esperando que compres un reloj, un bolso, CDs, DVDs, un traje a medida, o cualquier otra cosa de origen poco legal, me pareció mucho más abierta, curiosa y agradable que en Pekín. Muchos se acercaban a preguntar que te llevaba a China, que si te gustaba, que de donde eras y generalmente si les importaba que se hicieran una foto contigo. También el nivel de inglés, en una ciudad que lleva con personal extranjero durante ya unas décadas es mucho mejor y permite a la gente comunicarse con mayor facilidad. Lamentablemente, esta honesta y verdadera amabilidad la supuse más tarde y escaldado como venía de los timadores de Pekín y de los vendedores ambulantes de sus calles principales, me temo que más de un shanghainés que sólo intentaba satisfacer su curiosidad y mostrar su amabilidad se llevó una mirada de desconfianza y alguna respuesta que se alejaba de los canones de la buena educación. (sigh).
Un par de apuntes antes de entrar en detalles con esta ciudad. El primero es la cantidad de vehículos motorizados pseudo-motos que circulan por sus calles, siendo estos muchísimo más abundantes que los coches y creando una maraña de infinitos e indeterminados carriles en su circulación. Sálvese quien pueda!!
Y el segundo es que si decidís llegar en avión a Shanghái lo hagáis en el aeropuerto de Pudong pues desde allí tendréis la posibilidad de viajar en el Shanghai Maglev Train, el primer tren magnético de uso comercial, que comunica aeropuerto y ciudad y recorre sus 30 km de separación en 7 minutos y 20 segundos.
Una gozada. No siempre se puede viajar por tierra a 430 km/hora.
Ya había hablado por aquí con anterioridad de los orígenes de Ginza. De cómo un pantano se convirtió en la zona próspera con aire pseudo-occidental que es ahora.
Punto de salida para los fashion victims japoneses, zona de lujo, moda, joyas, restaurantes y edificios de arquitectura imposibles bañados, como no puede ser de otra manera, por millones de colores de neón.
Curioso entramado ordenado de calles que compiten por llamar la atención. Merece la pena pasear por allí aunque sólo sea para hacer un poco de window shopping.
La cosa acabó con un camarero japonés dándonos abrazos, mientras nos invitaba a sake (con intenciones nada puras, más próximas a dejarnos inconscientes que otra cosa) y nosotros firmabamos cosas ininteligibles en las facturas de la tarjeta de crédito.
Fue una noche muy divertida, origen y destino en el Riokan Izquierdo, donde hemos batido nuevo record. Ríanse del camarote de los hermanos Marx. Su hegemonía de lata de sardinas peligra.
El fin del año nos juntó a todos en muy pocos metros cuadrados cargaditos de buen humor. Se decidió, eso sí, por cuestiones meramente ergonómicas que lo mejor sería que terceros se encargaran de alimentarnos y optamos por cenar en el Gonpachi de Roppongi, un restaurante que ya había probado antes, con muy buena fama, un bastante aceptable menú y donde dicen que se inspiró Tarantino para crear una de sus escenas de Kill Bill.
Se sucedieron las jarras de cerveza y según se llenaba la andorga de alimentos y comenzaban a aflorar los cánticos populares (“kanpai sobre kanpai” alcanzando el number one), los gritos que clamaban a los hidalgos y demás cascarrillos que tan alegremente inducen a la ingesta descontrolada del líquido elemento,intentabamos explicar por mímica a nuestro camarero el ritmo al que habría de comerse las uvas (con las que le obsequiamos por aguantarnos) cuando llegaramos a la medianoche.
No fue tarea fácil, créanme. Primero porque aquí las 12 campanadas no se llevan sino 108, y por lo tanto por cuestiones económicas, obviando otras más culturales, lo de las uvas por campanada tampoco.
Aún así y desconociendo ellos por completo nuestras costumbres hispánicas, montaron una tamborada para recibir al nuevo año mientras nosotros, en un afán imitador de Ramón García, marcabamos los cuartos a grito pelado para pasar al espectáculo de comernos las uvas y acabar en esa fase de exaltación de la amistad con la boca llena con que tan alegremente recibimos el año.
Gritos, abrazos, felicitaciones y algún mail avispado desde la lejana España que con la ayuda del ábaco había calculado con extrema precisión la hora en que nos encontrabamos.
Para los amantes de jolgorios, debo advertir que Japón no es especialmente famoso por sus festejos de fin de año. Tengamos en cuenta que al no ser un país de religión católica, son ajenos al nacimiento del niño jesús y por lo tanto no celebran la fecha de su nacimiento. En otras palabras, Navidad no es fiesta en Japón lo que deja a Nochevieja cómo día de cena familiar en estas entrañables fechas. Es por eso que la mayoría prefiere el calor del hogar y de los suyos y no hay grandes desplieges por las calles.
Sin embargo, es tradición acercarse a un templo a recibir el año, bendecirlo y pedir para que sea un año de felicidad. Nosotros por comodidad y conscientes del desconocimiento que teníamos del del transcurso del evento acabamos por Meiji Jinju alrededor de las tres o tres y media de la mañana en medio de un río de gente en procesión.
Un par de curiosidades. El sistema de numeración de años en Japón es diferente del Occidental. De hecho este recién estrenado 2009 es el año 21 de la era Heisei, era que comenzó como Heisei 1, en el 8 de Enero de 1989, justo cuando falleció el anterior Emperador con el que se añadían años a la era Showa que llegó hasta el año 64. Es decir, las eras, nacen, crecen y mueren con el emperador. Así para calcular los años de una persona tienes que saber sobre que era se refieren y hasta cuanto duró. Simplísimo.
Por otro lado y al igual que China (supongo que el origen de la tradición vendrá por ahí) se asocia cada año con un animal, de manera que este nuevo año que ahora comienza será el año de la vaca.
Terminanos de hacer el recorrido hacia las entrañas del templo entre el maremagnun de gente, bordeados por puestos de comidas, farolillos encendidos y pantallas de televisión gigantes, mientras la policía educadamente organizaba y dirigía el tráfico humano.
Noche fantástica, por lo distinto y por estar arropado de tan buena compañía. Una gran manera de comenzar el 2009 culminada con un tetris humano. Quién da más!?
Para las sardinillas que disfrutaron de los distintos grados de comodidad de mis suelos.