Es probable que sea una de las mayores sorpresas del viaje. Moscú, la ciudad que había recibido de todo menos piropos por parte de guías, amigos, conocidos y visitantes, se presentaba como una alternativa mala pero necesaria para comenzar el viaje transiberiano. Los bocetos previos la presentaban como una ciudad fea, peligrosa y donde no había nada que hacer, donde la gente recelaba de los extranjeros y donde tendría mucha suerte si no acababa teniendo algún encontronazo con la policía.
Siento desafiar la lógica y aunque no seré yo quién niegue o rebata las visiones y experiencias de otros viajeros lo cierto es que contra pronóstico me ha gustado tanto que al final los cuatro días que he pasado aquí se me han quedado cortos. Moscú ciertamente no es más bonita que San Petersburgo, pero si tiene una energía de la que esta última carece.
Su gente es más amable, más hospitalaria, más curiosa y más dispuesta a tratar con respeto y sonrisas al viajero. Salvando las distancias (que tampoco son tantas) comparar San Petersburgo con Moscú, sería similar a comparar Munich con Berlín. Pocos negarán que la primera es más bonita, pero muchos encontramos que la segunda tiene mucho más encanto.
No han sido pocas las veces que en algún puesto de comida o por la misma calle me han preguntado por mi procedencia. España ha sido una maravillosa tarjeta de presentación para esta ciudad en la que inesperadamente he oído miles de carcajadas, que se mueve al ritmo de patines, llena de fuentes, puestos callejeros y con una gente con la que a pesar de las evidentes dificultades comunicativas no he tenido ningún problema babélico demasiado grande.
Me di cuenta cuando conocí a Vladimir en mi viaje en tren nocturno desde San Petersburgo. A pesar de su más que evidente aliento a alcohol y que no dejaba de hablar en ruso entendí que había sido violinista en Ukrania durante tres años, estudiando y trabajando en un conservatorio antes de venir a Rusia. Me bastó para saber que no entendía que oscuros motivos me podrían llevar a mi, un español, a querer recorrerme un país en tren. En Tren! Con lo bien que se vive en España. Sólo pude responderle con una sonrisa.
Por lo demás, la inconmensurable Metrópolis es tan espectacular como cabría esperar de la capital de este imperio. Enormes rascacielos, muchísimos parques, un metro majestuoso que mueve diariamente a más gente que el de Londres y el de Nueva York juntos, una plaza Roja y alrededores que son maravillosos de pasear, con un Kremlin magnificente, donde las cúpulas doradas brillan al sol recortándose contra los cielos azules, todo tipo de puestos de comida en las calles, miles de flores (mayoritariamente tulipanes), el enorme Moscova perfectamente navegable que serpentea a lo largo de una ciudad cosida por puentes, los artistas callejeros de Arbat, la gente bañándose en las fuentes, las policías tan elegantes ellas, vistiendo con tacones… miles y miles de detalles de una ciudad que me ha enamorado.
En otro orden de las cosas, no esperaba yo que de todas las cosas que no me traje en la maleta original, fuera la crema solar la que más iba a echar de menos en Rusia. Válgame. A donde vamos a llegar. Para que luego digan que aquí hace frío. Y lo digo con la cara y los brazos totalmente quemados. Que vergüenza. Como un vulgar alemán en Torremolinos.
Ahora, en breves horas, partiré a bordo del mítico “002 Rossiya” uno de los trenes que cruzan Siberia en una de las rutas que tienen a bien llamarse Transiberianas. Será un viaje que me llevará a Irkutsk, a orillas del Lago Baikal. Aproximadamente la mitad del recorrido hasta Vladivostok. La misma ruta que hizo Miguel Strogoff, el correo del Zar, en la apasionante novela de Julio Verne. A Miguel le llevó, si mi mente no me traiciona, unos 70 días en completar este trayecto a base de carretas, caballos, barcos e incluso a pie. Yo gracias al tren podré recorrer estos 5145 kilómetros en alrededor de 4 días.
No pararé en Irkutsk, si no que partiré el mismo día de mi llegada hacia Khuzir, en la isla Olkhon, dentro del mismísimo lago Baikal. Otras 8 horas de viaje para uno de los lugares que se presumen de paisajes espectaculares y donde espero pasar un par de días antes de volver a Irkustk y decidir si termino mi ruta hacia Vladivostok o por el contrario opto por cruzar Mongolia hasta Pekín. De cualquier manera dudo mucho que en este tiempo encuentre algo parecido a Internet, por lo que estaré desconectado durante unos cuantos días.
Hasta entonces, mis queridos hobbits. Hay un tren que me espera.
Alguna foto más con el sabor de cosas cuyo nombre desconozco, aquí.
































































