Archive for May, 2010

Día 357: La ausencia del lujo en el lujo

(Los bolsillos se vaciaban sin control un 12 de Mayo de 2010)

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Abandoné Auckland un 9 de Mayo para llegar a Papeete en la Polinesia francesa un 8 de Mayo. Y fue este un viaje en el tiempo completamente desaprovechado, donde sólo repetí las mismas horas y no me encontré con mi mismo provocando una paradoja espacio temporal que acabara con el universo tal y como lo conocíamos convirtiéndome en archimalvado y megalómano villano. Pasé, en cambio, de encabezar los días a cerrarlos. El último de la fila. Mecachis.

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Repetí el día 9 en muy diferentes condiciones. Volvía al clima tropical tras el fresquete neozelandés, lo cual se agradeció bastante para pasar la primera noche en los suelos del aeropuerto. Fue sólo una metáfora de lo que me esperaba.

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Habiendo aterrizado bastante más tarde de que pasara el último transporte público y sin demasiadas ganas de pagar los más de 20 euros para un taxi que recorriera los apenas cuatro kilómetros que separaban el aeropuerto de la ciudad, fue la única solución apetecible. Además, tenía que montar en el primer barco de la mañana en dirección a Mo’orea y pagar una cara habitación de lo que fuera para apenas unas horas tampoco entraba dentro de mis planes.

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Los picos de Mo’orea aparecían, a lo lejos, con algunas nubecitas revoloteando por sus cimas, aumentando su tamaño según el barco se acercaba y entraba dentro del atolón de aguas claras, calmas y cristalinas. El bravo mar quedaba atrás, rompiendo contra la barrera de corales, tan lejos, que pocas olas llegaban a la orilla creando una playa casi silenciosa.

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Poca gente, poblaciones y carreteras se adentraban en el interior de la frondosa isla, que se limitaban a asentarse en las orillas del mar, cómo un estrecho cinturón rodeado de vegetación y palmeras. Sin embargo, no fue hasta que llegué a Hauru en el extremo noroeste de la isla que apreció la playa. Demasiado estrecha, pero llena de fina y suave arena. El contraste con el claro azul del agua poco profunda era absolutamente precioso.

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Sí, comienzo con las cosas buenas, porque se acabarán rápido. La Polinesia Francesa es muy bonita. Punto. Todo lo demás cae en el otro lado de la balanza. Todo lo que lo rodea, cargada de precios desorbitados, es absolutamente injustificable. Incluso ellos, tanto los franceses como los Polinesios son bastante sosos y en general algo rancios. Como me hicieron añorar las sonrisas asiáticas.

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Mo’orea me había sido recomendado cómo la única de las Islas de la Sociedad que podía ser medianamente asequible. No en vano al menos tenía un camping con una habitación compartida por 15 euros por cama. Afortunado yo que conseguí una de las tres camas. No tenía ni un enchufe, pero no estaba en condiciones de quejarme. Otra cosa es que la más paupérrima de las compras con una barra de pan, una botella de agua y algo de pasta ya subía a más de 10 euros. Vamos a pasar hambre, amigo Sancho. Se veía venir.

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Con apenas cuatro autobuses al día que recorren la isla, lo de visitarla se volvía misión imposible. Las únicas opciones eran los alquileres motorizados o quedarme vuelta y vuelta comiendo curruscos de pan en la orilla de la playa. Opté por esta opción un par de días y caí en la tentación de recorrer Mo’orea sólo durante un día. En moto. 50 euros (“gracias” a que me hicieron descuento) por un cascajo sin seguro que se paraba a cada dos pasos. Lamentable. Comenzaba mi historia de desamor con estas islas.

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(¡¡Al menos se podía snorkelear con rayas y tiburones sin problemas!! ¡¡bieeen!!)

Claro, dirán. Es que, cómo se te ocurre, ¿quién te crees que eres? Tú, miserable, ¿intentando entrar en un club VIP? ¿Que querías? ¿Ver el lujo de cerca? Aquí, no hay sitio para bolsillos que no estén cargados con tarjetas de crédito. Deberías saberlo. Cierto. Cierto. Lo reconozco. Pero parece ser que no soy el único que ha hablado de los despropósitos que os rodean amigos y ahora os quejáis de que el turismo ha descendido un 60 por ciento… en un año.

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Las cosas se complican para la Polinesia Francesa, que hasta ahora habían vivido muy cómodamente de derrochadores millonarios así cómo de la partida que sin más justificación expedía el gobierno francés. Ahora, con los millonarios derrochadores casi extintos a causa de la crisis y con el gobierno francés recortando el dinero y pidiendo justificación de todo lo que manda para allá, las cosas empiezan a pintar bastante negras.

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Así que os gusté o no, necesitáis gente cómo yo. Clase media y mochileros. Que lleven el dinero que ahora mismo se está quedando entre otras las Islas Cook o las Fiji. Y si, es todo muy bonito, pero el Indonesia, Malasia y Tailandia tienen todo eso, a una fracción del precio y aderezado con tantas sonrisas que no se pueden comprar con dinero.

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¿Os he dicho que Mo’orea era la más asequible de las islas? Pues sí. A partir de aquí la cosa no haría sino empeorar. Al menos era precioso. Sólo faltaría…

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El coleccionista de atardeceres

Viste siempre las mismas ropas -ya hechas jirones-, se afeita no mas de una vez cada dos meses, porta demasiado peso -más del que puede soportar-, le cuestas deshacerse de las guías de viaje -llenas de anotaciones incomprensibles cuyo significado olvidó hace tiempo-, farfulla letras de canciones que es incapaz de recordar -aunque a veces lo disimula silbando-, le puede el desorden -y por ello chequea varias veces al día si lleva el pasaporte consigo-, disfruta coleccionando atardeceres y algún que otro amanecer -si el sueño se lo permite-, gruñe si alguien le habla durante la hora azul -aunque está clasificado como poco o nada peligroso-, se emociona con los reflejos -hasta límites que pueden resultar cansinos-  y añora el jamón serrano -con un chorrito de aceite de oliva, claro.

Al fin y al cabo, es un señorito.

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Mo’orea, Polinesia Francesa, Mayo 2010

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Día 354: Namárië

(O tal y como me despedí un 9 de Mayo de 2010)

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“No os diré no lloréis, pues no todas las lágrimas son amargas”

Me quedé allí parado viéndola desaparecer, girando hacia la autopista, alejándose de mí. El Canario Milenario, quizás bajo un nuevo nombre, una nueva identidad, volvía a la aventura en manos de una nueva dueña, como un pájaro libre, a cabalgar las montañas, recorrer las polvorientas llanuras, dormir bajo las estrellas, ver atardecer junto al mar. Seguiría haciéndolo hasta que las fuerzas le fallaran. Quién sabe cuando. Y yo, mientras tanto, me despedía en silencio, entendiendo a Lando Calrissian.

Tras casi un año de viaje, y sin haber dormido casi nunca más de dos o tres días en el mismo sitio, pasar casi dos meses en la misma cama la había convertido inevitablemente en mi pequeño hogar. Traqueteante, incomprensible, llena de rugidos, inseparable compañera durante mi viaje en la otra punta del mundo.

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Había sido casi una semana en Auckland descubriendo mis nefastas habilidades como vendedor al competir con otras decenas de dueños en mi misma situación. El fin del verano, con el Otoño en marcha y el Invierno a la vuelta de la esquina, éramos muchos los que abandonábamos la Tierra Media. En unos meses, las carreteras volverían a bullir con autocaravanas, furgonetas y demás vehículos, pero ahora, sólo los más valientes o los que comenzaban la temporada de esquí, parecían dispuestos a adentrarse en estas islas.

Dejaré las rocambolescas historias que sucedieron, brujerías, supersticiones y similares para contarlas en algún momento en vivo, acompañado de unas cañas, pues no hay palabras que definan el surrealismo que acompañó a la venta, pero sea como fuere, y tras ir cayendo en sucesivos y cada vez más profundos grados de desesperación, al final y al igual que en muchos otros momentos del viaje, todo acabó saliendo bien. Que siga la racha.

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Atrás quedaban dos meses entre lo salvaje, entre naturaleza, intentando descubrir todo lo posible, intentando llegar un paso más allá de lo que me permitía el tiempo. Montañas, valles, picos nevados, lagos transparentes, colinas verdes salpicadas de ovejas, mares embravecidos descargando su furia contra las rocas, lluvias torrenciales y soles magníficos, caminatas en todas direcciones, simulacros de vuelo, delfines, focas, leones marinos, albatros, wekas, keas, possums, orcos, águilas sirviéndose en los fast-food que eran las carreteras, las mismas que habían olvidado lo que eran las lineas rectas, barrancos y cataratas, ciudades fantasmas, descubrir que a diferencia de lo que suponíamos si que estábamos solos, Sam, ríos, amaneceres, atardeceres y la vía láctea sobre el hemisferio sur, las estrellas… las estrellas.

Hay que reconocer que cumplir los sueños da miedo. ¿Y si nos defraudan? ¿Y si no es tan fabuloso como nos los deparaba la imaginación? ¿Estamos preparados para la decepción? ¿No sería mejor que se quedaran como sueños, vagando por la mente como un paraíso inalcanzable? ¿Cómo un sueño?

Lo he sentido tantas veces. Ese miedo que te atenaza. Esas expectativas tan altas que sólo pueden defraudar. Pero una vez más, hay una gran diferencia entre llegar a la meta y recorrer el camino hasta el final. Ya no recuerdo la imagen que tenía antes de llegar, pues la real la ha eclipsado de mi mente, pero sé que no esta parte del viaje no ha sido precisamente fácil. Demasiados imprevistos, demasiadas decisiones cada día, tantos y tantas, que puedo asegurar que no he aprendido tanto en todo el viaje, como aquí. Por primera vez pesó el estar sólo, demasiados kilómetros sin quién cruzar una palabra.

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Sin embargo, ahora miro hacia atrás con cierto orgullo. No creo que nadie sino yo, pueda entenderlo, porque sé cómo soy y sé que muchas de esas decisiones las he tomado ignorando las partes de mi mismo que más odio, las mismas que siempre me han atenazado jugando con mi comodidad y miedo. Pues bien, lo hice. Lo conseguí. Y soy un poco más feliz por ello.

He abierto la boca impresionado tantas veces que contarlas sería imposible, diminuto, sobrecogido por la Naturaleza. Cuando todo se acabe, seguiré recordando el suave calor de la arena, los pliegues de las montañas, el ruido del agua, los cantos de los pájaros, el frío del hielo, el olor del mar, el color de los despertares. Y ya no tendré que soñarlo más porque ahora ya sé cómo sabe, como huele, como suena.

¿Y aún así, me atrevo a preguntarme si mereció la pena? Sin duda.

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Namárië, Tierra Media.

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Día 350: Coromandel, una última ración de paisajes

(El tiempo en Nueva Zelanda se acercaba a su fin un tal 4 de Mayo de 2010)

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“- Nunca imaginé que moriría peleando junto a un elfo.
- ¿Tampoco peleando junto a un amigo?
- Sí. Eso sin dudarlo.”

¿Era un pájaro? ¿Un avión? ¿Una nueva versión del Enterrador mezclada con genes de los Sacamantecas? Que diablos hacía yo, en una fría mañana otoñal entrando al mar con una pala. ¿Había perdido la cordura definitivamente? ¿Serían las siguientes fotos con un gorrito de papel y la mano en el pecho cual Napoleón sin mariscales?

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No pierdan los papeles. Aún no ha llegado el momento de llorar un requiem por mi salud mental (o eso creo). Procedo, señor juez, a defenderme de las acusaciones de las que se imputan. Ahí donde me hallo no era si no en la esquina noreste de la Isla Norte que responde al nombre de Hot Water Beach.

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Si la isla Sur se moldeó a base de choques de placas tectónicas, la isla norte surgió con las manos de los volcanes que la han ido dando forma durante miles de años. Explosiones y erupciones encargadas por la Madre Naturaleza de esculpir sus formas. La actividad geotérmica en la Isla Norte está en casi todas partes.

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Eso implica no sólo en su superficie, sino lógicamente también bajo de ella, aunque a veces la frontera es tan fina que apenas existe. En el caso de la Hot Water Beach, sólo la conforma una capa de arena playera. Basta con acercarse con la marea baja y tantear con los pies el terreno para descubrir que ahí abajo, se está cociendo algo.

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(¿ Alguien quiere un té?)

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A veces cuando la marea baja es realmente baja, es el momento de acercarse con una pala y con el sudor de tu frente crear tu propia piscina termal. Construya usted su jacuzzi. Había motivos para ello. En algunos puntos se veía el agua surgiendo de las profundidades en ebullición. E incluso si te metías mar adentro en pos de un baño, bastaba con sumergir los pies ligeramente en la arena para descubrir que bajo las frías aguas había una capa de calor.

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Cierto es, añado, que las apariencias engañan, y que la marea baja no fue tan baja como cabría esperar y las olas se esperaban pacientemente a que hicieramos el trabajo sucio de cavar y recavar antes de acercarse y arramplar con todo.

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Así, no tuvimos el relajante baño que esperabamos, pero si, unas tremendas risas entre todos los que inultimente intentabamos quedar por encima de la fuerza del mar. Al final, ni siquiera todas las fuerzas unidas en pos de una mega piscina dieron el resultado esperado. Pero fue sin duda de lo más divertido.

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(Nuestra lamentable obra conjunta de ingeniería)

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Era una de las pequeñas atracciones que la también pequeña península de Coromandel tenía que ofrecer. Otra de esas regiones cercanas y remotas a la vez, con carreteras imposibles, playas escondidas, recodos donde ver atardecer y amanecer, montañas, colinas y caminos que llegan al final del mundo.

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Cuevas ocultas, que aparecen cuando baja la marea, pequeños caminos entre la maleza a miradores que te dejan con la boca abierta e infinidad de pequeños islotes que parecen surgidos al azar. Apenas cinco ciudades “importantes” que llegan al millar de habitantes.

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Zona hippie por excelencia, con gente organizada en comunidades, todo un oasis muy cerca de la masiva Auckland. Sus aguas calmadas hicieron que fuera el destino perfecto para anclar los primeros navíos de colonizadores e incluso se encontró bastante oro por sus zonas.

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Son muchos los que lo llaman The Catlins de la Isla Norte, pero aunque el adjetivo se le queda un poco grande, lo cierto es que merece la pena pasar un par de días perdiéndose por los recodos y carreteras de grava de esas que acaban en forma de acantilado. Perfecto destino para desconectar. Perfecto destino para despedirse.

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Alargué mi estancia más de lo esperado, sabiendo que el próximo destino Auckland, sería el último de la etapa neozelandesa, un lugar mucho menos pintoresco, que me estresó según llegué. Carreteras en varios niveles donde es imposible saber hacia donde tienes que ir, semáforos, atascos de coches, barullo y más barullo.

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Definitivamente, dos meses fuera de la civilización habían sido demasiados. Y ahora llegando a Auckland, con el círculo cerrado, sólo quedaba una última cosa que hacer. Reunir las fuerzas y la energía para despedirme del viejo Canario Milenario.

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Todas las fotos de este pequeño recodo, aquí.

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Especial: Viviendo en el Canario Milenario

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No desesperéis, vuestras peticiones no habían caído en saco roto. No es fácil ser un contrabandista en estas tierras oscuras, pero he aquí algunos consejos para esquivar a los cazarecompensas de Jabba.

Mucho ha llovido desde que aterricé en Auckland buscando como moverme por este país. La opción más económica sin duda era el autobús de hop on-hop off. Pague usted una tarifa y viaje en nuestros autobuses por el país. Según la compañía (Kiwi Experience, Magic Bus, etc…), puede funcionar por kilómetros, por zonas, o similares, pero no se adaptaba al tipo de viaje que yo quería hacer.

En principio porque este tipo de viajes funcionaría muy bien enganchando ciudad con ciudad, cosa en la que yo no estaba especialmente interesado, así que tendría que seguir añadiendo dólares para hacer los tours que me llevaran a los puntos que yo quisiera ver. Y algunas zonas como por ejemplo The Catlins simplemente serían imposible de recorrer de esta manera. Vamos, que estaba dispuesto a hacer un sacrificio económico a cambio de disponer de más libertad.

Mi primera opción era hacerme con un coche, pero rápidamente cambié de opción cuando llegué al país y comencé a conocer a gente. Si optaba por una furgoneta, mantenía la libertad y además me ahorraba el alojamiento. Opción que en coche se podría hacer, pero con la ayuda de una tienda de campaña. Opté por la furgoneta, por eso de aumentar la “comodidad”.

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Ahora bien. ¿Alquilar o comprar? Comprar implica un desembolso bastante grande que puede o no recuperarse y tiene el inconveniente de que si algo sucede al coche/furgoneta puede ser un desastre económicamente. En cambio al alquilar, el problema es de quién te lo alquila, que tiene que responder por ello.

Sin riesgo no hay victoria. Tras mirar los precios de los alquileres de furgonetas estaba claro que la compra parecía una opción bastante buena. En principio el gasto para mis dos meses planeados me resultaba más caro alquilando que comprando. Y comprando al menos podría recuperar una parte. Todo apuntaba a la compra. Empecé a mirar mercados y anuncios y tras varios días acabé adquiriendo al entrañable Canario Milenario.

El mercado de compra venta de vehículos en Nueva Zelanda es algo que funciona bastante bien y apenas tarda unos minutos en tener todos los papeles en regla. Nada de pesadas tramitaciones burocráticas. Conoces al propietario, ofertas, demandas, decides un precio, te das un apretón de manos, pasas al vehículo (si quieres) por un reconomiento mecánico y te vas a cambiar el propietario, cosa que lleva unos cinco minutos de rellenar un papel en una oficina de correos.

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A vivir en una furgo. Aunque claro, al evitar el alojamiento había unas cuantas preguntas básicas a las que responder. ¿Luz? ¿Agua corriente? ¿Duchas? ¿cocinar? ¿nevera? Se abría un nuevo mundo para mí que no tenía pensado.

Lo primero que hice fue apañar una cama en condiciones para la parte posterior de la furgoneta. Dado la cantidad de furgonetas y el mercado de compraventa tan potente con vehículos que han pasado por decenas de manos hay muchos sitios preparados para remodelar tu furgoneta. En mi caso, ya disponía a modo de herencia de colchón, sábanas, almohadas y edredón, así que sólo tuve que hacer la estructura, con el suficiente espacio para poder guardar todo lo que me hiciera falta debajo. Añadí el saco entre las sábanas para tener algo más de calorcete en este entrante Otoño y una cosa resuelta.

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Luz. Algo vital para mí. Especialmente para poder cargar las baterías de la cámara e incluso el portatil. La solución vino de la mano de un transformador que se engancha al mechero de la furgoneta. Tan sencillo como efectivo. Siempre que la furgoneta estaba en marcha estaba cargando algo. Móvil, cámara u ordenador.

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Aquí, hay un nivel aún más expert, que es el de conectar una batería extra en paralelo mientras circular para utilizarla como generador de luz por la noche. Cosa que no hice, pero creo que es una idea bastante buena. Yo por las noches me conformaba con un frontal y una linterna para ir tirando. Esto complicaba un poco por ejemplo el procesamiento de fotos, ya que sólo podía trabajar lo que durara la batería. Pero bueno, cosas más difíciles habíamos hecho.

Cocinar. Vuelta a los orígenes. Con una cocina y una bombona de gas que no he gastado en los dos meses que he estado viajando y que si hubiera gastado apenas costaba rellenarlo unos tres euros. Paradas en supermercados, llenar la despensa bajo la cama en cajas y a cocinar, calentar agua para el café, huevo frito por aquí, pasta por allá. Como un rey. Para mantener la comida que necesitara refrigeración tenía una pequeña nevera, en la que iba metiendo paquetes de hielo que solían durar un par de días. Todo listo. El pasar hambre se va a acabar.

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(Atentos al detalle sujeta cervezas de la silla. ¡¡Todo un lujo!!)

Duchas y servicios. Esto que podría parecer el problema más conflictivo no lo es para nada. Nueva Zelanda está llena (llena) de baños públicos. Para las duchas, casi todos los pueblos tienen algún lugar donde poder darte una ducha, bien sean propias duchas públicas o la piscina o similares. Ya están tan acostumbrados que hasta tienen su propia tarifa para sólo duchas y suele rondar el euro por una ducha infinita de agua calentita.

Me comentaban los profesionales del camping que para el verano, basta con unas bolsas de goma que se pueden llenar de agua en cualquier río (que siempre están impolutos), se dejan al sol un rato y agüita calentita gratis. Claro que con el frío que se estaba gastando el tiempo ya opté por el euro en la piscina pública. Añadiendo a esta información un toque de sinceridad, lo cierto es que no siempre acabas en un pueblo, por lo que la frecuencia de ducha digamos que se ha dilatado algo más de lo habitual, aunque nada grave (creo ;-) )

Para el agua, pues yo ya tenía una colección de botellas de plástico que llenaba cada vez que había una fuente o incluso de los propios ríos. Todo mucho más fácil de lo que podría parecer.

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(El asiento del copiloto: mapas, más mapas, bajo los cuales apuesto que pueden oler, galletas, chocolate, patatas fritas y demás guarreridas)

¿Y acampar? ¿Se puede aparcar la furgoneta en cualquier lado? Esta es una pregunta trampa, lo cierto es que hay zonas en que ponen específicamente que no se puede acampar, ni pasar la noche, ni nada similar, así que esas se evitan, pero si no pone nada, cualquier huequillo es bueno. De esta manera, acabas metido en mitad del bosque, a pie de un lago, a orillas de un río, al lado de una playa, todo listo para ver amanecer, atardecer, o sentarte a leer un libro… aunque también se ha dado el caso, de que se eche el tiempo encima, no se encuentre ningún hueco y acabes durmiendo a la orilla de la carretera, mucho menos romántico, pero igualmente efectivo, se lo aseguro.

Si no, siempre queda la opción de acercarse a un camping, que sigue siendo mucho más barato que pasar la noche en un hostal y además tienes todos los servicios incluidos, como baños o cocina. Luego está la opción intermedia que son las zonas de acampanda del DOC (Department of Conservation), estas zonas de acampada son bastante espartanas y muchas apenas tienen instalaciones, pero están muy bien colocadas al lado de zonas pintorescas y apenas cuestan 3 euros la noche.

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(La biblioteca, esencial para las noches cada vez más cortas)

Por último la otra consideración que hay que tener es la fecha de llegada y salida al país. En temporada alta los precios se disparan y puede incluso resultar difícil encontrar una furgoneta disponible. En temporada baja, es decir ahora, las ciudades grandes están empapeladas de anuncios de gente intentando deshacerse de las suyas, por lo que inevitablemente hay que bajar el precio y no se recupera toda la inversión inicial, pero aún así y si no ha habido problemas mecánicos por medio sigue siendo bastante asequible.

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Y si además, los gastos se pueden compartir entre dos personas (no ha sido mi caso), como por ejemplo la gasolina, lo cierto es que Nueva Zelanda puede ser un destino de lo más asequible.

Y he aquí el briconsejo de hoy, mis queridos hobbits. Como bien dice la publicidad al viajar en una furgoneta estás viviendo en una “casa” con vistas a la montaña, al mar, al bosque, al río, al lago… ciertamente no es igual de cómodo, pero si sólo tienes que abrir un ojo para ver amanecer ¿a quién le importa?

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Tarta de Possum

Possum

“Orgullosamente haciendo tartas de Possum desde 1992″

Visto en una furgoneta en la Isla Sur, Nueva Zelanda, 2010

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Día 346: El origen de la Creación

(O al menos, tal y como me la enseñaron un 30 de Abril de 2010)

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“Nos maldijeron. Asesino, asesino, así nos llamaron. Nos maldijeron y nos desterraron.
Y nosotros lloramos, tesoro. Lloramos por vernos tan solos. Y olvidamos el sabor del pan. La melodía de los árboles, la caricia de la brisa. Olvidamos hasta nuestro propio nombre.”

Al principio del todo sólo estaba el vacío. Después llego la noche y por último llegaron y yacieron, abrazados, Rangi, el padre cielo y Papa, la Madre Tierra. Tuvieron muchos hijos, condenados a vivir en la oscuridad pues el amor entre Papa y Rangi era tan grande que jamás se soltarían y entre ellos, fundido y oculto en mitad de su abrazo se encontraba la luz.

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¿Cómo sería vivir en la luz? Se preguntaron los hijos y comenzaron a discutir como conseguirla. Tūmateuenga, el más fiero de todos ellos y Dios de la Guerra, propuso matar a sus propios padres, pero Tāne, el Dios de los Bosques propuso otra solución. Los separarían. Vivirían sin Rangi, su padre, al que mandarían a lo más alto del cielo y se quedarían con Papa, su madre, quién les alimentaría.

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Pero separarlos parecía imposible. Primero fue Rongo, el Dios de los Cultivos, quién lo intentaría. Sin éxito. Más tarde serían Tangaroa, el Dios del Mar y Haumia-Tiketike el Dios de los Alimentos Salvajes, quién lo intentarían. De nuevo sin éxito. Pero todos ellos lo habían intentado tan sólo con la fuerza de sus manos. No era suficiente. Tāne, en cambio, lo consiguió apoyando su espalda contra uno de ellos y empujando son sus fuertes piernas.

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Surgió la luz, pero Rangi y Papa, separados por primera vez sólo podían gritar de dolor. Rangi, alejándose más y más en el cielo, comenzó a llorar creando los mares. Tāwhirimātea, el dios de los vientos y las tormentas avergonzado por lo que habían hecho sus hermanos y angustiado por los gritos y las lágrimas de su padre, subió a los cielos y juró venganza contra el resto de sus hermanos.

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Creo tornados, tormentas, vientos, huracanes, rayos, relámpagos, lluvia y niebla, que cayeron sobre la Tierra y destrozando los bosques de Tāne. Atacó también con todas sus fuerzas a Tangaroa, el Dios del Mar, mientras sus aterrorizados nietos, Ikatere, el padre de los peces se ocultaba en lo más profundo del mar y a Tute-wanawana, el padre de los reptiles, entre los bosques de Tāne.

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Nunca entendió Tangaroa porque Tāne se había quedado con su nieto y nunca le perdonó que proveyera a las criaturas de la Tierra con embarcaciones de madera con las que atacar a las criaturas del mar. Respondió con inundaciones, rompiendo tierra, arrastrando casas y bosques.

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Mientras tanto la sed de venganza de Tāwhirimātea, el Dios de los vientos, se centraba en encontrar a Rongo y Haumia-Tiketike, pero Papa, la Madre Tierra, en su infinito amor los ocultó tan bien que fue incapaz de encontrarlos. Sólo le quedaba enfrentarse con Tūmateuenga, el Dios de la Guerra, a quién la ira del Dios de los Vientos fue incapaz de doblegar. Tiempo después sería los descendientes de Tūmateuenga quienes formarían a la humanidad. Bravos guerreros.

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Con esta última batalla, llegó el final de la ira del Dios de los Vientos. Pero el fiero Tūmateuenga, comenzó a pensar como dominar a sus hermanos. Preparó trampas para capturar a los hijos de Tāne que no pudieran volar y agujereó los suelos hasta encontrar a Rongo y Haumia, Dioses de los cultivos y los alimentos, a quiénes devoro sin piedad por haberse ocultados como cobardes.

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Al único de sus hermanos a quién no pudo vencer fue al Tāwhirimātea, el Dios de los Vientos, y es por eso que a día de hoy, la humanidad sigue sufriendo sus tormentas y huracanes.

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Y mientras tanto y a pesar de que Tane creó las estrellas, la luna y el sol para vestirle,
Rangi sigue llorando en forma de lluvias de vez en cuando por verse separado de su amada Papa, que llora en forma de nieblas, sabiendo que nunca podrá volver a estar con su amado.

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O al menos así lo contaron los abuelos, de los abuelos de los actuales Polinesios.

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Todas las fotos que acompañan al Post son de Rotorua y alrededores, una de las zonas geotérmicas más importantes del pais y probablemente el centro más grande de cultura maorí, que por cierto, lo convierte en excesivamente turístico – y muy poco auténtico – para mi gusto.

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