Vuelta al ruido, al descontrol, al desorden, a la música, vuelta al color en las calles, a la gente alegre y simpática, a una gastronomía fantástica… ¡Bienvenidos a México!
Archive for August, 2010
El tío Matt desde los Parques Nacionales de EEUU
Si es que no se le puede dejar sólo. Es ver campo y salir corriendo. ¡Asilvestrao! ¡Que es un asilvestrao! Desde los parques Nacionales de EEUU, el tío matt ha mandado una postalita cargada de paisajes descomunales, de esos que quitan el hipo y dejan buen sabor de boca y la duda de si se habrá quedado a vivir en un tipi, o si seguirá por algún otro lado.
Día 448: Bye bye New York o el final de lo programado
(Post este, que supo a falso final un 11 de Agosto de 2010)
Nueva York no es una, son muchas. Hecha de retales, de miles de inmigrantes de decenas de países que llegaron en su momento para crear la ciudad más grande el mundo. El centro de un mundo en plena revolución bajo promesas de una vida mejor que en la mayoría de los casos no se cumplió.
Pero mientras tanto, la ciudad se iba reinventando, tomando la forma que le daban las diferentes culturas que se iban asentando poco a poco y haciéndolo su hogar. La reinvención sería una constante en una ciudad referente para la cultura, la moda, la gastronomía y la economía.
La ciudad más poblada de Estados Unidos, más de ocho millones de habitantes y ninguna nacionalidad o región predominante. ¿Se atreven a adivinar los diez principales países de origen de inmigrantes hoy en día? Tomen nota: República Dominicana, China, Jamaica, Guyana, Pakistán, Ecuador, Haití, Trinidad y Tobago, Colombia y Rusia.
Una ciudad que habla alrededor de 170 idiomas, donde los grupos étnicos más importantes son los afroaméricanos, los portoriqueños, los italianos, los Judíos y los Irlandeses. De hecho hay más judíos en Nueva York que en Tel Aviv. La comunidad portorriqueña es la más grande del mundo fuera de Puerto Rico… ¿se hacen una idea?
¿Quieren desayunar en Italia, comer en China, cenar en Korea? Es posible. El mestizaje es la única identidad de esta ciudad. Y eso es, sin lugar a dudas, su mejor encanto. Cierto que los espigados rascacielos también atrapan muchas miradas, pero no serían más que cemento inerte sin la vida que hay a sus pies.
Así que puede parecer inhumano, puro peregrinaje, pero caminarla sin prisa merece la pena, porque cada pequeño rinconcito tiene su propia manera de ser, desde los parques llenos de jugadores en Chinatown hasta los partidos de baloncesto en las canchas callejeras del East Village, los comercios alternativos del Soho, los extraños y psicodélicos bares de copas del Lower East End, las ordenadas calles del Midtown, las iglesias y catedrales engullidas por gigantes de cristal…
Es tan variado que promete mantenerte entretenido durante días. Es inevitable. No hay tiempo para descubrir todos sus caprichosos secretos. Así que lo mejor es conformarse con dejar que te muestre lo que quiera, que seguramente no tendrá nada que ver con lo que decida enseñar al vecino de al lado, pero mientras te mantenga entretenido, que más da.
Así acabamos tomando copas en tazas de té en un local propiedad de Tim Robbins, escuchando un concierto de tuba eléctrica, viendo improvisaciones de baile de contacto, paseando en patinete por las oficinas de google, encontrando una tienda del Gran Lebowski (con el Gran Lebowski de tendero), la pastelería de las petardas de Sex in the City, un paso elevado de un tren de mercancías reconvertido en jardín, cruzando a New Jersey para verla un poco de lejos, revolverse entre comics, buscar a los cazafantasmas…
Llegar a Nueva York supuso, en lo personal una gran satisfacción para mí. No sólo por haber sido durante demasiado tiempo un destino esquivo al que daba caza. Nueva York era la última de las etapas del viaje que había ideado y por lo tanto, era cumplir y cerrar, satisfactoriamente, lo que me había propuesto cuando decidí salir, mochila al hombro, de mi zona de confort hace ya unos cuantos meses.
Idealmente, debía ser el broche de oro a un viaje soñado. Idealmente, me debería haber quedado aún más en esta capital no oficial del mundo, arañando segundos antes de regresar a casa. Sin embargo, y siguiendo la peligrosa tónica de cambiar en el último momento de planes decidí convertirlo en penúltimo destino.
No había llegado el momento de cruzar el Atlántico todavía y estirando lo inestirable, reacio a capitular lo vivido, decidí girar mis pasos y esperando que no hubiera ningún contratiempo que me probara equivocado, me encaminé hacia el sur. Después de todo, sería una pena no sacar algo más de partido a la cámara casi nueva. ¿No creen?
PD. NY: Apenas 5 días resumidos en 126 fotos, que pueden ver en su totalidad con todo orden y calma en su propio albúm de fotos.
Día 445: La Gran Manzana
(Post al que se le amontonaron los recuerdos y se lió en un ritmo de vida en el que era posible sacar tiempo para nada más, que si no, por aquí habría pasado un 8 de Agosto de 2010)
En el momento en que Alex Rodriguez, más conocido como A-Rod (por muy raro que suene leyéndolo literalmente), bateó con todas sus fuerzas consiguiendo su home run número 600 en la primera jugada de los New York Yankees, el estadio se puso en pie, elevando el volumen de los gritos, las pantallas se volvieron locas y nosotros en un intento de mimetizarnos con el ambiente nos colocamos nuestros dedos gigantes de gomaespuma y empezamos a berrear como si no hubiera un mañana.
Lo más grave de la situación es que mientras todo el mundo celebraba y nosotros nos desmarcabamos con otro perrito caliente y otro par de cervezas, no habíamos sido conscientes de que habíamos asistido a un hecho histórico. Al más puro estilo Forrest Gump, oigan.
Sólo días después, tras ver la jugada repetida en infinidad de ocasiones en televisores de bares, ver eternamente la foto de A-Rod en los periódicos y ser la comidilla de cada persona con la que nos cruzábamos, nos dimos cuenta de que nos habíamos llevado un extra cuando vimos el partido. Decían los locales que ya llevaban un par de semanas de partidos esperando el gran momento y las camisetas conmemorativas que estaban preparadas para la ocasión se vendieron a la misma velocidad que se sacaban de las cajas.
Así, obligados por las circunstancias, cambiamos sin pudor el registro y comenzamos a alardear un “yo ví a A-rod hacer su homerun número 600”. Ja. Dignidad, la justa. Nada como despertar la envidia sin saber que podíamos hacerlo. Porque no nos engañemos, tanto el amigo Txema como yo, lo que eran conocimientos de baseball tan sólo se basaban en leernos la información de las reglas en la wikipedia un par de horas antes.
Aún así, tras un poco de práctica, conseguimos entender el funcionamiento del juego, tanto, que el siguiente partido de los yankees nos aventuramos a vernos, pintas mediante, en un bar local. New York Yankees contra los Boston Red Sox. El equivalente a un Madrid-Barça. Aunque algo debimos de hacer mal, porque aunque apoyando a los Yankees, acabamos despertando el odio de nuestro compañero de barra que asumió que ibamos con el equipo contrario. Bendito deporte.
Tal y como me habían avisado, al final en un partido de baseball, lo menos importante es el partido de baseball en sí. Claro que a los locales les gusta ver ganar a su equipo, pero para cuando las alrededor de tres o cuatro horas que puede durar el encuentro han acabado, la mayoría lleva ya tantos kilos de pizza, hamburguesas, perritos calientes y cervezas en el cuerpo, que es imposible que la felicidad quede completamente eclipsada por una derrota.
Después de todo, lo más divertido sucede fuera de la pista. Mucho metal y rock entre jugada y jugada, juegos con las cámaras, el público y las pantallas gigantes, el estadio puesto en pie en un par de himnos y muchos otros trucos para mantener a la concurrencia entretenida. Porque amigos, si hay una palabra para definir un partido de baseball es: largo. Es la excusa que comparte con otros deportes muy del gusto americano como su propia versión del fútbol. Jugada que no dura demasiado y muchísimos tiempo muertos en los que charlar, comer y beber. The american way of life.
Fue una magnífica manera de comenzar nuestra andadura en New York City. Llegados de la vida suburbial de Albany, donde nos dedicamos a la dura vida americana de barbacoas, cervezas y vida en el jardín, bajo la atenta mirada y cuidado de nuestros anfitriones Esti y Ryan, llegar al ajetreo de la Gran Manzana fue todo un shock.
Especialmente cuando lo comparaba, inevitablemente, con mi tiempo en San Francisco. Nueva York se movía a otro ritmo, mucho más acelerado, con prisas por gastar cada instante, donde uno ya se descansará cuando esté muerto. Fue el primer lugar de los Estados Unidos donde se veía a más gente seria que sonriente. No tardamos en descubrir el porque: lejos de ser una ciudad que te da energía, Nueva York te la drena, te absorbe.
A pesar de todo, se convierte en un imán, tremendamente magnética, donde quieres ver todo, abarcar todo. Necesitas más tiempo. Siempre necesitas más tiempo. Aunque hay algo en que todo visitante primerizo parece estar de acuerdo: Para ser una ciudad desconocida es tremendamente familiar. La culpa, claro, la tienen tantas y tantas horas de películas, series de televisión y similares. Lo cual, sorprendentemente, no le quita impresión ni sorpresa a la llegada.
Y acababas sin mirar a la calle, perdida la mirada entre los techos de los rascacielos, esquivando a mares de gentes, con una sonrisa en la boca. ¡Esta ciudad es una locura! Nada está quieto, nada duerme (cosa que se agradece tras llevar unos meses en los que hay que mirar el reloj para que no se te pase la hora de cenar).
Los taxis amarillos llenan las calles a cualquier hora, como destellos de color, mientras se apelotonan puestos de perritos calientes a dos dólares, por donde cruzan jovenes tiburones y chicas con los más provocadores de los modelitos. Todo se mueve y el dinero fluye. Se ve. Se siente.
Acostumbrarse a su ritmo puede ser fatal. Tanto que mucha de la gente que he conocido de New York, la adoran, pero les horroriza la idea de vivir allí para siempre. Dos, cuatro años no más. Hacer un poco de fortuna y alejarse un poco de una Manhattan que se cobra en arrugas y canas cada instante por allí.
Dicen que pelea arduamente con Londres por ser la capital del mundo. Este es una lucha por un título que atrae a gente de tantas partes que ambas pueden ser consideradas Babeles de culturas. También implica, en ambos casos, que tanto movimiento se traduce en entradas y salidas, cientos llegan, cientos se van, cientos están de paso. Lo cual nos lleva a agradables coincidencias que la hacen más pequeña y manejable.
Si no, explíquenme, como en algo menos de una semana que estuve por allí, pude reencontrarme con una amiga americana que conocí en San Petersburgo, con mi compañera rusa del transiberiano, con mi amigo indio Aman que conocí en Tokyo, con los madrileños Javi y Patricia, con el expatriado San Franciscano Ernest… ¿coincidencias?¿Es que todo el mundo pasaba por allí? Nueva York, ese pueblo.
(Grandes reencuentros en Korea Town)
Eso sin contar que nosequien conoce a nosequien y que lógicamente hay que verse. Taxi para arriba, metro caluroso para abajo. Brunch por aquí, paseo por allá, sube a la azotea, te vemos entre la 42 y Broadway, la quinta avenida, como no vas a andar por allí, el East Village, las casas bajas del Middtown, los centros financieros, Wall Street, los cojones del toro, John Lennon, los strawberry fields, esto es un no parar.
¿Y el oasis? ¿Donde está? Es difícil obviarlo. Central Park. 4 kilómetros de largo por casi uno de ancho que lo convierten en un parque el doble de grande que Mónaco y ocho veces más grande que el Vaticano. Y aunque flanqueado por rascacielos es uno de los pocos lugares que respiran tranquilidad. Fuentes, lagos, ríos, explanadas, árboles… y hordas de turistas a la par que corredores, paseantes y ciclistas… Es lo que tienen los oasis de ciudad, que no lo son tanto, pero aún así merecía la pena, aunque sólo fuera por alejarse un poco de las escandalosas temperaturas del asfalto.
Porque Manhattan (a estas alturas, ya supondréis que a duras penas pude visitar algo más) es un pequeño microondas. Fue en nuestra visita, todo un horno que nos tuvo sudando, cargadito de humedad la mayor parte del tiempo. Tanto que no había día que no volvieramos a casa a cambiarnos de la ropa empapada al menos una vez. Extremadamente calurosa en verano y terriblemente fría en invierno. ¿Donde he vivido esto yo antes?
Llegar a Nueva York, un anhelado sueño para mí desde hacía mucho tiempo corría el riesgo de ser una decepción. ¿Habría merecido la espera tanto la pena? Lo cierto es que las dudas se disiparon pronto y la megaurbe, quizás la primera en todo el viaje, acabó llenandome los sentidos de todo lo inimaginable. Y días después, todavía sin recuperarme del todo de su frenético ritmo de vida, me sigue apeteciendo volver. Como mosca a la miel. A sabiendas de que acabaría conmigo, pero imposible decirla que no.
Para Esti y Ryan que tanto nos mimaron (y tantas pastillas para el estómago nos dieron) en Albany,
These little town blues…
… are melting away
I’ll make a brand new start of it in old New York
If I can make it there, Ill make it anywhere
Its up to you, New York, New York
Para Jaime, que no pudo llegar
Día 442: Las guerras que formaron un país
(Post que se embulló en libros de historia para intentar resumir, acompañado de fotos de Washington DC, un pedacito de historia que yo debería haber contado un 5 de Agosto de 2010)
Recapitulemos: Tras descubrir Cristobal Colón el Nuevo Mundo para el Viejo Mundo, fueron unos cuantos los imperios que se lanzaron a su conquista. Los propios españoles seguidos de ingleses, franceses, holandeses y portugueses llegaron con el firme propósito de llevarse un trozo del nuevo pastel.
Centremonos por un momento en Norteamérica, esto nos quita a los portugueses de juego y hagamos una especie de división mental. Al Oeste los Españoles que subían de lo que hoy conocemos como México. Toda la zona central, propiedad de los franceses y la zona de el Este dividida en la parte superior para los holandeses y la inferior para los ingleses. Siglo XVI. Estas son las cartas, comencemos a jugar al Risk.
Los holandeses se retiraron prematuramente, cediendo su terreno a los ingleses. No es que lo hicieran por gusto, ya se sabe que al enemigo ni agua, y menos a los ingleses, pero como ya se andaban zurrando en el viejo continente y tras tres guerras se decidieron a firmar un tratado de paz, acabaron incluyendo las nuevas colonias americanas en el tratado. Era 1674. Por eso hoy en día no podemos ver un Nuevo Amsterdam y sin embargo si tenemos un Nueva York. Y en lo que a nosotros nos compite los jugadores se reducían a tres.
Ni que decir tiene, que a los habitantes originales no se les preguntó demasiado. O lo mismo si lo hicieron por educación, vaya usted a saber, lo que está claro es que la respuesta les dio bastante igual. La respuesta, por si hubiera alguien a quien pudiera interesar fue lógicamente un hagan ustedes el favor de dejarnos tranquilos.
Y como no estaban muy por la labor de aceptar la nueva supremacía y se resistían demasiado a participar, y tampoco era cuestión de llevarse a malas así, desde el principio, los nuevos ingleses empezaron a traer esclavos de otras de sus colonias, especialmente África. Al fin y al cabo había que colaborar con el nuevo proyecto y el algodón no se recogía solo. En 1732 cada uno de los trece colonias que formaban la parte inglesa (a los que llamaremos aún con inexactitud americanos) tenía la esclavitud legalizada. Y 40 años más tarde uno de cada cinco habitantes de estas colonias ya eran esclavos negros.
Los Británicos en el viejo continente, mientras tanto, se olvidaban de los asuntos del nuevo y dejaban que las colonias “americanas” se autoregularan. Al fin y al cabo quedaba muy lejos y mientras nuestros tres países jugadores se estaban haciendo al nuevo medio, en Europa franceses y británicos seguían con sus trifulcas y guerras.
Claro que tras más de 100 años de guerras, el gobierno británico buscando como financiarse más y más batallas se acordó de que había unos cuantos ingleses más allá del Atlántico. Show me the money, sir. Y para allá que se fueron con un ejercito bien majo a recaudar dinero por las buenas o por las malas.
A los colonos “americanos” esto no les sentó nada bien. Con lo agustico que vivían ellos allí, creciendo y multiplicándose. Además dado que los británicos no habían tenido a bien que ellos tuvieran representación en el parlamento, ¿por que habrían de aceptar su autoridad? No no no. Sólo llegar a cobrar, eso ni por asomo. Comenzaba la Guerra de la Independencia, era 1775.
Y ciertamente no pintaba nada bien para los “americanos”. En un lado del ring uno de los ejércitos más poderosos del mundo, los “casacas rojas”, los británicos. En el otro, una panda de granjeros, cazadores y mercaderes comandados por otro granjero, un tal George Washington.
Pero en todo este jaleo, ¿tenía todos los “americanos” por que estaban luchando? Era necesario redactar un documento que diera sentido a la lucha. El 4 de Julio de 1776 se aprobó la Declaración de Independencia. Ahora sí, ahora había un sentimiento patriótico al que unir todas las fuerzas, pero ¿sería suficiente?
Sin apenas medios y recurriendo a la astucia sobrevivieron como buenamente podían a los ataques del ejercito británico, pero necesitaban, desesperadamente, aliados.Los franceses lo vieron claro. Nos llevamos relativamente bien con nuestros vecinos “americanos” y ¿tenemos la posibilidad de hacer la puñeta a los ingleses? Mon ami, contad con nosotros para la fiesta.
Y aunque empezaron discretamente, así, pasando armas, munición y suministros, acabaron metiéndose en todo el fregado y decantando la balanza. A los Británicos no les quedaba más remedio que rendirse y en 1783 se reconocía oficialmente a los Estados Unidos de América. Ahora sí, pasaban a ser oficialmente americanos.
Quedaban, por supuesto, nuevos retos. La Declaración de la Independencia, era un documento brillante, revolucionario y muy avanzado para su época, donde ya se hablaba de que todos los hombres eran creados de igual manera, que todos eran libres, y que todos tenían el derecho de perseguir su felicidad. Libertad, igualdad y fraternidad, que dirían unos años más tarde los franceses en su Revolución.
¿Pero podría ser un país con un veinte por cierto de esclavos coherente con este declaración? De ningún modo. Empezaban a aparecer partidarios de abolir la esclavitud mientras otros se aferraban a ellos. Pero mientras todo esto se redefinía y cada cual asumía su posición, el nuevo país tenía ansias de expansión.
Comenzaron con los franceses, quienes bajo el mandato de Napoleón Bonaparte, acabaron vendiendo todas sus tierras a los Estados Unidos por el módico precio de 15 millones de dólares. Era 1803 y Estados Unidos acababa de duplicar su tamaño. No pararía ahí. El siguiente objetivo era México, que por aquel entonces, ocupaba no sólo su localización hoy en día sino el último tercio de Norteamérica.
Claro que ese México también tenía sus propios problemas. En especial una región rebelde, Texas. El ejercito americano llegó y ni corto ni perezoso se anexionó. “Oigan pinches, no mamen, que esto es nuestro” se quejaron los mexicanos. “What do you say? how? where?”, que traducido venía a ser un “¿qué os estais quejando?” pues atacamos. Para chulos nosotros. Y arrasaron. Estados Unidos se extendía ahora de costa a costa. Era 1848.
¿Que sucedería con todos estos nuevos estados? ¿Serían estados con todos sus derechos como los 13 originales o serían por el contrario estados esclavos? Más incógnitas para una nación que se empezaba a resquebrajar bajo el peso de una supuesta libertad.
Los estados del Norte más industrializados y tecnológicos se inclinaban hacia el abolicionismo, lo estados del Sur en cambio, con sus producciones y beneficios dependientes de los esclavos, se mantenían completamente en contra. ¿Donde iban a encontrar una mano de obra más barata? Además, la economía del país se sustentaba principalmente en ello.
Cuando Abraham Lincoln, un joven político abolicionista alcanzó el poder en 1860, las reacciones no se hicieron esperar: once Estados del Sur se separaron formando los estados Confederados de Norteamérica, mientras el resto, las fuerzas del Norte se mantenían como la Unión. Comenzaba la Guerra de Secesión. La Guerra Civil. Norte y Sur.
Con mucha menos tecnología y un ejército más pequeño, el Sur pronto se dio cuenta de que no podía ganar, así que hizo lo único que podía hacer: Intentar no perder. Aguantar en batallas y apelar al desgaste. 600.000 muertos depués, casi una generación completa, el Norte se alzaba con la victoria, se abolía la esclavitud y lejos de castigar al Sur se abría un periodo de Reconstrucción para reintegrarlo. Era una solución inteligente, de nada servía humillar a los perdedores si lo que se quería era volver a juntar a un país.
Pero los viejos rencores tardan mucho en aplacarse y mientras una sociedad liberaba a sus esclavos para pasar a infinitas otras formas de racismo (iguales pero separados), Abraham Lincoln moría asesinado por simpatizantes confederados. Esto no hizo sino que se trabajara con más ahínco para perseguir el sueño de Lincoln, un país unido.
Las ciudades del Norte comenzaron a evolucionar rápidamente, atrayendo a una nueva mano de obra. Miles de inmigrantes. Irlandeses, alemanes, italianos, rusos, chinos… Norteamérica, un avispero de culturas, parecía efectivamente la tierra de las Oportunidades. Bienvenidos al siglo XX.
Para Txema, que me explicó cada capítulo con infinita paciencia






























































































































