(Post en remojo que estuvo esperando a secarse desde un 26 de Octubre de 2010)
Era inverosímil. No se correspondía con lo que estábamos haciendo. A 35 metros bajo la superficie, en mitad de un agua cristalina, un bosque surgía de entre una densa niebla. Nos aproximamos a ella, descendiendo lentamente. Dada la claridad del agua y obviando las ramas secas de los árboles, parecía que estuviésemos sobrevolando una nube. ¿Eramos pájaros o peces? Que más daba. Era tan surrealista que desafiaba toda lógica. Cruzamos un par de miradas y nos el dimos un okey visual para acto seguido lanzarnos a atravesarla.
Dos metros por debajo de la nube, el paisaje cambiaba completamente. Era como si se hubiera hecho de noche de repente. Cómo si hubiera sobrevenido un eclipse sin darnos cuenta. La luz se había tornado verde atravesada por los haces de luz de nuestras linternas
No era sino un curioso fenómeno natural. En el cenote Angelita, un agujero de casi 60 metros en vertical, se encuentran dos tipos de agua: dulce arriba y salada abajo que permanecen estables sin mezclarse atrapando entre ambas (menos densa que el agua salada pero más que que el agua dulce) una capa de ácido sulfhídrico. He aquí nuestra nube. Y atravesarla por lo tanto y como todo ácido sulfhídrico que se precie (independientemente de lo sumergido que esté), olía a huevos podridos. No todo iba a ser idílico.
(Atravesando la nube de ácido sulfhídrico)
He aquí lo que hacía especial al Cenote Angelita. Pero ¿Qué diablos es un Cenote?¿Habría vuelto a ingerir peyote sin recomendación médica? ¿No será que te las quieres dar de listo hablando de un agujero con agua? Bueno, saquen sus libretas. Ejem. Ejem… Me aclaro la voz. Gutierrez, Tiñoso, que les veo.
(Caminando vestido de buzo por la selva… ejem ejem – Entrada al cenote Angelita)
No busquen ríos en la península de Yucatán. No existen. Ya se lo podrían haber explicado al bueno de Mel Gibson cuando se marcó uno con su cascada y todo en su Apocalypto (que la película mola y todo, pero luego vamos nosotros y nos quejamos cuando el amigo Tom Cruise nos mezcla las Fallas con Semana Santa o pone los San Fermines en Sevilla). Nada. No hay. Bueno, miento un poquito. No hay en su superficie.
Todo se debe al tipo de roca de la que está hecha toda la península, que no es otra que caliza. Esto que seguro que se lo puede explicar mucho mejor un geólogo hace que el agua se filtre. Ya puedes echar cubos y cubos de agua, regarlo y darle con la manguera. El agua desaparecerá bajo tus pies. Sin embargo, Yucatán está llena de vegetación. ¿De que se alimenta? ¿Donde está el agua?
Salvando algún que otro cenagal y lago con el agua estanca la respuesta es obvia. Si no está arriba estará abajo. Elemental, querido Watson. Toda la península de Yucatán es un enorme queso Gruyer, en cuyos subsuelos circulan todo un complejísimo sistema de ríos subterráneos. Tanto que el más largo del mundo, el Sac Actún, con más de 150 kilómetros de longitud se encuentra allí. O lo mismo hay alguno más largo, que a día de hoy se sigue investigando esta red de agua a muchos niveles.
(Las raíces de los árboles adentrándose en las profundidades del suelo en busca de agua)
La roca caliza, no es de los materiales más resistentes del mundo. Poco a poco se va erosionando creando cavernas y cavidades bajo tierra. Y algunas de esas cavidades llegan a ser tan débiles que se acaban derrumbando sobre si mismas creando un acceso al mundo subterráneo. He aquí un cenote. Y sí, como muchos estaréis pensando, he pasado cuatro párrafos para llegar a la conclusión de que es un agujero en el suelo.
(El acceso a los cenotes, todo un ejemplo de seguridad)
Cómo siempre y con lo que me gusta a mi enrollarme, vamos a retroceder muchos muchos años. Así a voz de pronto milenio más, milenio menos, unos 65 millones de años. Por aquel entonces la tierra estaba dominada por dinosaurios, os podéis imaginar la fiesta que tenían montada. Entonces llegó, sin ser invitado, un asteroide de 10 kilómetros de diámetro que impactó en algún punto del Caribe. Justamente en el mar al Norte de la península de Yucatán.
La que se montó allí fue buena. Megatsunamis acompañados de una nube de polvo, cenizas y vapor. Trozos de tierra que salían disparados por los cielos para reentrar en la atmósfera como cuerpos incandescentes quemando gran parte de la superficie en forma de incendios globales. A esto le añadimos terremotos y erupciones volcánicas, que acabó con la tierra cubierta de polvo y partículas durante unos diez años. Toda la vida en la tierra tendría que redifinirse. Bye bye amigos dinosaurios. Fue bonito mientras duró.
Este pepinazo que hizo temblar el suelo, acabo por romper en muchas muchísimas partes el suelo calizo. Haciendo que la península del Yucatán quedara como un colador. Había aparecido una de las zonas del mundo más ricas en cenotes. Y aunque aparecen y desaparecen, ahora mismo se calcula que debe haber entre siete y ocho mil cenotes por esta zona.
Una zona llena de selva y llena de agujeros, os podréis imaginar la de cenotes que se han descubierto por accidente o buscando a algún desaparecido, pero sea como fuera, ese complejo sistema subterraneo de agua filtrada tiene una característica especial. Claridad. Dispuesta a ser nadada… y buceada. La pecera más pura que puedas imaginarte. Para que os hagáis una idea, en una zona de muy buena claridad en mar se tiene una visibilidad de unos 40 metros (yo nunca lo he visto, mi máxico está por 30-35 metros). Los cenotes tienen 200.
La primera zambullida en el Cenote Dos Ojos me habría desencajado la mandíbula si no estuviera mordiendo con firmeza el regulador. Realmente era estar en ingravidez total. Hasta visual. Sin impurezas en el agua parecía que estuviéramos volando. Encendimos las linternas y comenzamos a recorrer sus subsuelos en un ejercicio impresionante y no apto para claustrofóbicos, de espeleología submarina.
No es que el paso fuera angosto, pero simplemente la oscuridad cubría todo y lo más importante, en muchas partes por encima nuestra no había salida directa al exterior, al aire. Las mentes más oscuras ya se podrán imaginar las terribles historias en que puede desembocar un accidente en estas condiciones.Un pensamiento nada tranquilizador, motivo por eso debería ser abandonado de nuestra mente para centrarse en la extraña sensación de flotar entre estalactitas y estalagmitas.
Un paisaje que se iba creando con un movimiento de linterna. Lumos. Más allá del haz no hay nada salvo el resto de haces de luz iluminando las rocas húmedas. Cómo directamente salido de una mezcla de Abyss y Alien. Alucinante. Pasábamos por algún claro donde volvía la luz y se podían ver sobre la superficie a los que disfrutaban de los cenotes a base de snorkel, con los rayos del sol atravesando la superficie y creando tantos rayos que parecía que alguien se hubiera dedicado a pintarlo todo.
(Parada en el buceo para explorar alguna cueva habitada por murciélagos y por lo tanto con preciadas dosis de aire, por si hiciera falta)
Completamos la dosis de buceos surrealistas con otro cenote que era aún más raro que todos los demás. El cenote Calavera. Un inmenso donut al que acceder por su agujero central para recorrer sus cueva circular (más o menos). Con la peculiaridad de que el agua en este caso… era verde.
O al menos sólo en su parte central, buceando camino Mordor, pasando por estas Minas Morgul submarinas, después alejados del centro del donut la claridad volvía a ser impoluta, pero se volvían a juntar sin mezclarse aguas dulces y saladas creando un haloclina, un espacio intermedio donde la mezcla de salinidad creaba tal distorsión visual donde todo pasaba a estar borroso. Tanto que tenía que mirarme la mano a escasos centímetros de mi mano para asegurarme de que no me pasaba nada en la vista. Toda una experiencia.
Pero no sólo de buceo vive el hombre y no sólo con buceos se disfrutan los cenotes. Para nada. Muchos de ellos apenas son un piscina cristalina sin grutas ni caminos que sería de lo más ridícula para bucear, pero en cambio se prestan muy bien al snorkel o darse un buen chapuzón. Así, casi todas las localidades de la zona Norte de la península de Yucatán tienen sus cenotes, que se convierten en lugares de baño para los locales y reclamo turístico para los visitantes. Así que las calles se llenan de gente en bañador aunque las ciudades no tengan acceso al mar.
Desde luego, el premio a la experiencia no buceadora se la llevan los cenotes de Cuzama, en la proximidades de Mérida. El dispositivo que han montado los locales para visitarlos es tan divertido como los propios cenotes en sí. Tres cenotes repartidos por mitad de la jungla, intercomunicados por carretas de caballos… sobre raíles.
Sí. En un proceso de mezcla de todas las ramas de la ingeniería, se instalaron railes para ayudar a las carretas de caballo a moverse entre localidad y localidad. Con el tiempo, el transporte de mercancías entre localidades ha caído en el desuso, pero se ha reinventado como atracción turística con una única pega.
Al más puro estilo camboyano, sólo hay un único raíl, por lo que los encontronazos entre ambos sentidos, entre quien viene y quién va son inevitables. La solución es por lo tanto la misma que la que aplicaban sus colegas camboyanos: alguno de los dos tiene que desmontar y salirse de las vías.
Fue este el fantástico descubrimiento de los cenotes. Una maravilla natural obligatoria de visitar en Yucatán. No os arrepentiréis. Al agua patos. Emociones para todos los gustos. ¿Os he dicho ya que en el Cenote Angelita vive también un cocodrilo?










































































































































































