(Post este bastante personal, que aunque lo intenta disimular tiene grandes dosis de azúcar. Abstenerse diabéticos)
Lo primero que se me pasó por la cabeza es que hacer fotos habría sido mucho más sencillo. Después de todo, mi experiencia en video se limitaba a apenas tres piezas en los que me había planteado de manera poco rigurosa esos conceptos extraños de ritmo y composición en movimiento. Pero haciendo uso de su intuición femenina, pensó que no necesitaba más pruebas para convencerse y me ofreció, así en frío, que me encargara del video de su boda.
No pude decir que no y no sólo porque la amistad que me une con Brilly desde los albores de los tiempos me lo impidiera, sino que además me apetecía un montón. Claro que también me podía apetecer mucho otras cosas, como tocar el Nocturno Nº2 de Chopin en un piano de cola, o ser amaestrador de focas… que supiera hacerlo era otra cosa.
Además, ¡un video de boda!. La amenaza más terrible que existe, las palabras más temibles que un amigo puede pronunciar: “Te voy a poner el video de mi boda”. Sudores fríos. ¿Estaremos a tiempo de una retirada a tiempo? ¿Estaba condenándome? Había una máxima innegociable. Que fuera corto. Si fuera terrible, que al menos no diera tiempo a querer beber cicuta. ¿Duración? Una canción.
La canción vino a mi, como varita que elige al mago, en uno de esos momentos de reproducción completamente aleatoria del ipod. Son de esas veces que no quieres seguir buscando más. Encaja con las breves ideas que tienes en mente, porque lo peor de mi experiencia con el video es que soy incapaz de imaginar que va a salir, así como de planificar a modo de storyboard, así que lo único que me queda es grabar mucho y poner velitas en el montaje.
Ahora es cuando, tras esta tediosa introducción, pueden valorar como jurado del semáforo, lo que les parece. Si se atreven, claro, a ver video de boda ajeno. Les recuerdo que es corto y si les sirve para ablandar el corazón, también está hecho con todo el cariño que tengo, porque adoro a Brilly y a Sebas. (Ah si, la música a tope, hagan el favor)
Al más puro estilo Hitchcock, habrán visto los más audaces que aquí un servidor se ha colado en una de las tomas, haciendo algo que pensaba que jamás haría… tocando la guitarra en público. En papel parecía una idea genial en compañía de la preciosa voz de mi amiga Chus darles un momento de recuerdo en su boda.
Del dicho al trecho hay un rato y de los ensayos en casa a ponerse delante del público hay otro mucho más grande. Así que siendo magnánimos, digamos que no salió todo lo bien que debiera. Cosa que me ha hecho valorar mucho más a los artistas que se suben a un escenario y a su capacidad para abstraerse del público. Yo lo único que recuerdo era como los latidos del corazón se disparaban, víctima de los nervios y apenas alcanzaba a oir la propia guitarra.
Con eso de que una boda es una boda, queda de lo más bonito y mono, que a la cantante se le rompa la voz presa de la emoción o que el guitarrista hecho un flan no atine un acorde, pero aún con todo decidimos resarcirnos y sacarnos la espinita que teníamos clavada. Nos dirigimos a los Hare Studios, en el sótano de mi buen amigo Dani Hare a grabarla como se merecía.
Al final quedó como un recorrido a través de nuestra vida Scout y especialmente a través de los ojos de la propia Brilly, sobre una clásica canción de campamento con arreglos ligeramente rumberos (vaya mezcla), que seguro que a muchos de los que han vivido su vida entre tiendas y mochilas, les trae buenos recuerdos.
Pero si hay algo que me emociona es el pequeño detalle de verme con canas en la barba, cuando se mezclan con imágenes de hace más de 20 años (algunas incluso con el pelo largo). Toda una vida resumida en tres minutos en la que ha sido un placer y un orgullo tenerte como amiga. Te quiero, Rakshita.
Los siglos anteriores de historia habían dado forma y población a Salvador, convirtiéndolo en la capital negra de Brasil. Un sobrenombre justo sin duda alguna, cuando se pasea por sus calles, donde la mayor parte de la población es negra en contraposición con otras ciudades como Rio o Sao Paulo.
No fue otra sino la esclavitud el motivo de esta densidad de población, directamente proveniente de África. Angola, Mozambique, Guinea, Sudán y Congo, pasaron a engrosar forzosamente el censo de habitantes de esta nueva colonia, en detrimento de los propios indios locales, que entre las enfermedades que portaban los europeos no eran muy apreciados como esclavos.
Poco quedan hoy por sus calles de los habitantes originales que poblaban estas zona, pues fueron exterminados en casi su totalidad con la llegada de los colonizadores. Corría el año 1500 cuando aparecieron por allí, ya se sabe, en plena euforia por el descubrimiento del nuevo mundo. Todos querían su cachito del nuevo mundo y los portugueses no fueron menos.
¿Y ahora? Ahora que tenemos todo este trozo de tierra ¿Que vamos a hacer?, pensaron. Pues poca cosa. Sin encontrarle demasiada utilidad, fueron terreno utilizado para los bandeirantes que se adentraban en las junglas devastando y esclavizando a la población indígena y los misioneros, que los protegían de los propios bandeirantes en sus misiones, siempre y cuando abrazaran al catolicismo, claro. Entre la destrucción física de los bandeirantes y la cultural de los jesuitas, no había mucho futuro para los indios de la zona.
Pero fue cuando se descubrió que se podía cultivar azúcar cuando esta nueva colonia portuguesa empezó a resultar de utilidad. Con un mercado europeo hambriento de consumir todo lo que se podía producir, era el lugar ideal para enriquecerse. Sólo hacía falta una cosa: Mano de obra. Mucha.
Hay fue donde empezaron a llegar los esclavos africanos a trabajar en condiciones inhumanas, siendo Salvador su principal puerto. La ciudad se enriquecía y los “amos” se aprovechaban de los esclavos en todos los aspectos. Era el origen de una nueva mezcla/raza donde la amplia proporción de africanos hacía que hubiera mucha influencia de sus costumbres, aunque hubiera que modificarlas o fusionarlas con por ejemplo, el Cadomblé, una religión que bajo la máscara de ser católica tenía mucho de sus religiones originarias.
Dicen que Salvador de Bahía es uno de los lugares donde los descendientes africanos mejor han conservado su herencia y donde actualmente más se puede vivir su continuo movimiento de arte. Las calles de su casco histórico, el Pelourinho, están llenas de escuelas de música, baile y capoeira.
No lo puedo negar, el Pelourinho es precioso, con esas calles coloniales tan coloridas bajo un sol radiante, y efectivamente abundan los centro de artes y baile, pero también los hoteles, los restaurantes, los bares y las tiendas de souvenirs y uno no puede dejar de pensar que se encuentra en una enorme atracción para turistas.
Este es, para mí, uno de los problemas de Salvador, que su joya de la Corona, estas históricas calles, ya se han convertido en el punto de referencia turístico y hay muy poco de vida real por ahí. Mi experiencia consistió en que todo aquel que se te acercaba bajo una fachada amigable era para pedir dinero, a veces de manera molestamente insistente. Y es que bajo la fachada de colores, la realidad de Salvador es bastante más oscura. Con el trágico trasfondo de la adición al crack, uno de los grandes problemas de Brasil, mucho del dinero que puedes llegar a dar va directamente a su consumo. Incluso en las recomendaciones avisan que comprar a quién pide cosas como un tetrabrick de leche no suele ser efectivo y el mismo tetrabrick puede acabar como parte de un trueque por la famosa droga.
Así que bajo la fachada de esta área de disneyworld, que uno no acaba de creerse, hay otro mundo rodeándolo. No deja de ser tremendamente significativo que el precioso Pelourinho este en la parte alta de ciudad y que salir de eso sea encontrarse con otra ciudad completamente distinta. Horrible. Un ascensor comunica la parte alta con la baja, una bofetada de realidad.
Sin embargo lo realmente molesto para mi fue la tremenda sensación de inseguridad que te rodea continuamente en el momento que sales de las coloridas calles. Muchos de los locales, te advierten y aconsejan no salir de ahí. No ir por tal o tal calle. No se puede atravesar esta zona. Ojo con esto otro. Acabas con la sensación de estar en una cárcel preciosa.
Mi primer día no me tome demasiado en serio las advertencias (salvo la de guardar la cámara y no llevarla colgando) y me fui caminando por las calles siguiendo la costa hacia el Norte, hasta llegar al Forte Monte Serrat, en la península de Itapagipe, un recorrido de unos 6 – 7 kilómetros que me demostró que tal y como me habían advertido no había nada de interés en esas calles. Salvando un par de puntos.
El tremendamente interesante mercado Sao Joaquim si que se merece una visita (aunque se puede llegar perfectamente en autobús en lugar de tostarte caminando por calles aburridas). Es probablemente el mercado más grande de la zona y donde compran los locales. Nada que ver con el previsible mercado de artesanías para turistas que hay cerca de Pelourinho, el Mercado Modelo.
Sao Joaquim es un mercado caótico, donde los puestos crecen sin orden alguno, dando forma a callejones diminutos entre ellos. Por allí se mezclan carnes colgadas, troceadas en directo, con pescados frescos, verduras, especias y todo lo que se pueda imaginar, aderezado con puestos de comida y bebida entre claroscuros.
Otro fue la interesante y supersticiosa iglesia de Nuestro Senhor do Bonfim, donde los devotos van a pedir por su salud. El Lourdes de la zona. Tiene la característica de que muchos llevan una pieza de plástico de la zona donde tengan dolencias y eso acaba convertido en un despiece algo tétrico de miembros de plástico colgando del techo y paredes. Completan la decoración mensajes de agradecimiento y fotos de gente sana, al lado de pústulas y heridas que requieren sanación en un collage algo grotesco.
Aunque según se entra en la propia iglesia, la misma verja que protege el edificio está llena de cintas que los creyentes atan. Las cintas, claro, se pueden comprar en los puestos de alrededor, aunque otra variante es que alguien te las “de” por la calle. Si no la coges se toma como un desprecio y de mala voluntad hacia el “regalo”. Si lo coges, dejará de ser un regalo y te pedirán dinero por ellas. El tocomocho, vamos.
Pero en lo referente a historia y sobre todo a iglesias, Pelourinho no tiene rival. Muchas de las más impresionantes y gloriosas están en esas calles y entrar en algunos de esos templos algo decrépitos por fuera es encontrarte con una sorpresa por dentro. La espectacular Igreja e Convento de Sao Francisco es, en mi opinión, tan excesiva que su visita debería ser obligatoria.
No dejen de visitar el resto (o algunos del resto, pues me temo que ver todas las iglesias de Salvador requeriría de varias vidas) de las más recomendadas en el Pelourinho, que siempre guardan alguna que otra sorpresita. Aunque muchas, para que negarlo, se debaten entre su interés, su completo abandono y la sensación de que se van a caer en pedazos.
¿Y las playas? Se preguntará alguno. La zona es famosa por las playas, no? Pues si, efectivamente, pero las que rodean la ciudad dejan mucho que desear. La gente, habla maravillas de las más alejadas aunque son excursiones que te llevan todo el día entre autobuses y demás, así que no lo pude comprobar. La más cercana, la que se encuentra en Barra, no tiene nada que remarcar, pero al menos sobre el faro tienes unos preciosos atardeceres. Algo es algo.
Sensaciones encontradas, mezclando belleza con decepción e inseguridad. El Pelorinho a pesar de todo merece la pena ser visitado, pero ¿un viaje a Salvador sólo por eso? Quizás sea demasiado sacrificio.
Así que decidí pasar mis últimos días en Brasil, en la que se supone era una isla paradisiaca cerca de Salvador. Morro de Sao Paulo. ¿Lo sería? Eso en el próximo y último capítulo de esta serie brasileña. Y mientras llega, les dejo con un video de ese artista que alguno conoceréis, llamado Michael Jackson y que se grabó en dos localizaciones ya familiares: En el propio Pelourinho y en una Favela próxima a Rocinha. They don’t care about us.
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