Asesinos y verduras en el valle de Alamut

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“Thank you mister! Thank you missis! Escandari good driver! Thank you mister! Thank you missis!!” Estaba claro que no íbamos a tener una conversación muy variada pero no era menos cierto que Escandari, nuestro taxista, no paraba de intentar contarnos cosas. Una buena excusa para aprender algunas palabras de persa la mímica mientras el taxi de impolutas cortinas con flecos atravesaba la primera cordillera de montañas y se adentraba en el valle de Alamut.

(La música de Escandari sonando a todo trapo)

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(Escandari, el hombre)

La principal excusa para recorrerlo era la paisajística, pero también flotaba sobre el ambiente las historias y leyendas de sangre que tuvieron su punto álgido en el siglo XII, cuando unos cincuenta castillos y fortalezas controlaban la zona montañosa, controlados por una herética secta ismailita nizarí: la de los asesinos.

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¡¡Tachán!! Música misteriosa dominada por atronadores graves, ¿quizás un chelo?, mientras el plano se abre y se ve a un coche solitario entre las serpenteantes carreteras de la montañas. Ni el resplandor podía empezar mejor. Sin embargo los siglos habían borrado todo rastro de sangre, casi todo de los castillos y por supuesto, el mito se había ido engrandeciendo como lo hacen las buenas historias, a base de generaciones.

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Resulta complicado entender que quiere decir una secta ismaelita nizarí. Las ramificaciones del islam son tantas que pueden abrumar al mayor de los estudiosos. Mis siguientes párrafos harán a los más expertos palidecer ante las generalizaciones, pero para los que como yo estéis perdidos en la más absoluta de las ignorancias, he aquí un croquis esquemático general tremendamente básico. Sirvamos antes de empezar el primer chai para acompañar. Este cortesía de Escandari, que lo sirvió en marcha con un termo, un vaso que compartíamos entre los tres y una cajita llena de terrones de azúcar que se gastaban a ritmo de terrón por trago, endulzando el trago y haciendo la delicia de 9 de cada 10 dentistas de Irán.

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Remontemónos unos cuantos siglos antes hasta al siglo VI, concretamente al 570, año en que nace Mahoma en La Meca. Antes de él, la zona la compartían básicamente dos religiones: la judía y la cristiana, una religión que había sido la misma hasta la aparición de Jesucristo. Los judíos no le reconocieron como hijo de Dios y esto se convirtió en un escollo insalvable que acabó, lógicamente, en fractura.

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En estas estaban cuando el arcángel Gabriel se le presentó a Mahoma: “Los cristianos y los judíos no han entendido nada de nada y lo han corrompido todo. Dios está un poco cansado de este desaguisado que han montado y ha decidido que ya está bien de malentendidos y malas interpretaciones. A partir de ahora, yo Gabriel, te voy voy a transmitir palabra por palabra lo que dice el Señor, así no habrá confusión posible. Haz el favor de memorizarlas correctamente”.

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Y de estas revelaciones que Mahoma a su vez repetía a sus seguidores (llamados memoriones) apareció el Corán y con ellos en una nueva fractura: el Islam, que si reconocía por ejemplo la existencia de Jesucristo pero no como hijo de Dios sino como Profeta. La diferencia estaba en que ahora Dios había hablado, no había discusión posible, no había que interpretar nada y se aclaraba además que efectivamente Mahoma sería el último Profeta. Y cerraba con un “Ahí os quedáis. La próxima vez que nos veamos todos será en el Juicio Final.”

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Un mensaje tan potente no se hizo de rogar y los seguidores empezaron a crecer. Pero aún así, no eran suficiente, así que otra revelación divina le dijo a Mahoma que habría que empezar a plantearse algunos giros como pasar de la monogamia a la poligamia, una manera práctica de aumentar seguidores y ejército musulmán. Por otro lado dado que Mahoma había recibido estas instrucciones tan claras de parte de Dios (Alá en árabe), se consideraba que todo lo que hacía Mahoma era lo que Alá esperaba de los hombres. El hombre perfecto. El prototipo de la humanidad. Así, además del Corán, aparecieron las Sunnas que describían todo lo que hacía Mahoma. Un perfecto libro de instrucciones al que todo el mundo debería aspirar.

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Pero el tiempo no perdona a nadie y le llegó el turno de dejar este mundo a Mahoma. Su sucesor, a cargo de la comunidad musulmana, pasó a ser el Califa. No hubo demasiados problemas con el primer Califa, ni con su sucesor, ni con el tercer Califa. Pero muerto este último comenzaron a llegar los primeros problemas. ¿Debería ser el siguiente Califa el más eminente o debía seguir la linea hereditaria familiar de Mahoma? Se acabó eligiendo a Alí Ibn Talib, primo y yerno de Mahoma, pero se avecinaba una nueva fractura, la más importante del mundo musulmán que también perdura hasta nuestros días. Los suníes que abogaban por el más eminente y los chíies (o chíitas) que defendían la herencia de Mahoma.

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Que se acabara asesinando a Alí, no ayudó a apaciguar los ánimos y a día de hoy ambos siguen irreconciliados. La mayor parte del mundo musulmán hoy en día es Suní (cuyo origen sintáctico sugiere que además siguen con especial atención las Sunnas) siendo mayoritarios en África del Norte, Libia, Egipto, Arabia Saudí, Afganistán, Siria, Pakistan, Indonesia y Africa Negra. Los chíies por su parte son mayoritarios en Irak, el Líbano y por supuesto Irán.

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Había llegado la hora de tomarse un respiro y por tanto un nuevo chai. No es que ni Serena ni yo fuéramos ávidos bebedores de té (al menos no lo éramos todavía), pero siguiendo el “donde fueras haz lo que vieres” y dado que nuestro conductor no pensaba darnos tregua al respecto nos lanzamos a por el tercero del día (porque ni en los desayunos no había café… realmente no había café en casi ningún sitio). Pasados ciertos días el tema del té se empieza a ver con normalidad, sobre todo por que se puede tomar té en absolutamente cualquier sitio. Si vas conduciendo y te encuentras con un amigo paras el coche, sacas el termo y sirves para todo el mundo aunque sea de pie y sobre el maletero del coche.

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Habíamos alcanzado Razmiyan, donde se asentaban los restos del primero de nuestros castillos, el de Lamiasar. Hablar de restos es ser optimista. Apenas un par de piedras sobre piedras sobre un mazacote montañoso. Del castillo ni rastro, pero las vistas eran una maravilla. Los Alborz aparecían arrugados y con infinidad de pliegues y relieves. Los tostados y ocres les conferían ese aspecto tan característico e identificativo, pero me sorprendió mucho ver verde. Mi imagen mental de Irán se basaba en un paisaje desértico y no encajaban en la estampa los arboles, prados y arrozales. Los desfiladeros y barrancos aparecían por el camino, protegiendo los ríos que bajaban desde las montañas y permitiendo también pintar el paisaje de vegetación siguiendo su curso. No me esperaba un Irán así. No podía quejarme. Incluso en las profundidades de las montaña había un lago gigantesco. Ríanse de los desiertos.

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Mona se nos acercó en el mirador del lago. Iba maquillada perfectamente, sombra de ojos, pintalabios, una manicura de escándalo y su hiyab alejado del negro cayendo despreocupadamente sobre el pelo. ¿Farangis por aquí? Esto se merecía una foto debió pensar. La seguían Farah, Pegah, Parisa y Mahin. Tenían mucha más curiosidad en nosotros que nosotros en ellas y podemos asegurar que la nuestra era mucha. Pegah directamente iba sin velo, llanamente con una gorra y Farah se lo quitó cuando le pedí una foto. Nada parecía perturbarlas en la “peligrosa y estricta” Irán. Tras las pertinentes preguntas de rigor de procedencia y situación familiar nos invitaron a comer con ellas.

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“Sería para nosotros un honor invitarles a comer a usted y a su esposa”, añadieron, pidiéndome a mi permiso por los dos y asumiendo un matrimonio porque las cosas simplemente no podían entenderse de otra manera. Ya nos habían avisado de que la hospitalidad iraní era legendaria y que había quitarse de prejuicios y animarse a decir simplemente “si”. Aceptamos, por supuesto, mientras Escandari acordaba sitio y hora de manera ininteligible para nosotros. Aún nos sobraba algo de tiempo… para otro chai.

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En Irán aprendimos a confiar rápidamente en la gente. Las conversaciones entre ellos se sucedían dejándonos al margen. Una mera cuestión de idioma porque muy pronto descubrimos que fuera lo que fuera que discutían solo lo era para hacernos sentir lo más cómodo posible. Fue tanta la confianza que nos dieron que en pocos días asumíamos que no entendíamos nada de lo que estaba pasando, pero nunca nos sentimos inseguros, ni aunque nos cambiaran de coche y fueran dejando en manos de sucesivos conductores.

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(El café con leche con porras de los iraníes. Pan a mansalva, queso fresco, mermelada de cerezas – a veces también mermelada de zanahoria, mi favorita -, miel, mantequilla y litros de té)

Pero sigamos dividiendo, porque siempre hay motivos para hacerlo y sobre todo ahora que tenemos otro chai en la mano y nos aproximamos a los asesinos. ¡¡Tachán!! Más música misteriosa, ¿quizás unas tensas notas de piano? Estén atentos mientras sigamos con los chiies, que después de romper con los Califas empezaron a tener como guías de la comunidad musulmana a los imanes. De nuevo empezaron a sucederse sin problemas hasta que llegaron al séptimo imán: Ismael. Tras su muerte comenzaron las disidencias. Para unos, estaba muerto, para otros simplemente oculto o escondido, estos fueron los ismailíes.

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Es curioso que los aceptaron su muerte y siguieron la sucesión de imanes también acabaron con su último iman Muhammad al Mahdî como un escondido. Mirando la imagen completa desde un poco más lejos es probable que los chíies siendo una religión minoritaria en comparación con los suníes, estuvieran amenazados por los Califas que querían erradicarlos, así que acabar escondidos como un ente esotérico y espiritual era una buena opción con mucha más trascendencia que una simple muerte.

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Los ismailíes se extendieron llegando a gobernar el Norte de Africa y se establecieron en Egipto. Allí la linea sucesoria volvió a truncarse. Nizar, el siguiente heredero al trono, perdió sus privilegios contra un golpe de estado que acabó con uno de sus hermanos Mustali en el trono y con Nizar ejecutado. Las aguas se acabaron calmando para casi todos los ismailitas, menos para los que se encontraban en Irán que siguieron siendo leales a Nizar. Se convirtieron en los nizaríes. Había llegado el momento de la venganza. Y el comienzo del mito.

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(Escandari en plena recolección por los bosques)

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(Lunch time)

Nos encontramos con nuestras anfitrionas junto al río, en una zona frondosa y verde en una pequeña parcela llena de árboles frutales. Extendieron una enorme alfombra sobre el suelo, la cubrieron con un plástico y empezaron a sacar neveras y bolsas de comida para un regimiento. Una cocinilla para preparar un arroz, las verduras lavadas directamente en el río, ensaladas monumentales, verduras preparadas, litros de dough y unas cuantas ascuas de carbón para una shisha antes de comer. Mientras desde el coche sonaba música tecno a todo trapo.

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Fue una preciosidad de tarde con ellas. Nos atiborraron a dulces mientras nos preguntaban por nuestros países y lo intentaban comparar con Irán. “¿Que opináis del hiyab?. Nosotras lo detestamos”. No tardaron en quitárselo y descubrirse mientras se pasaban la shisha y nos enseñaban fotos en sus móviles (alguna incluso de Metallica, hell yeah!!), nos explicaban como todas tenían facebook y como las imposiciones gubernamentales eran una molestia que había que aguantar, sin más. No iban a permitir que nadie les quitara la alegría. Y para terminar de revelarse contra el sistema bailaron. No para nosotros, si no para ellas, sin pensar más que disfrutar y con todo el arte, la magia y la sensualidad que se pueda imaginar.

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Las relaciones con los géneros opuestos en Irán siempre son complicadas, porque es difícil saber hasta que punto de religiosidad profesa la persona que tienes delante, así que mientras nunca tuve problema para dar la mano a un hombre, si tenía que esperar a que una mujer me la ofreciera para estrecharla. Si ella no la ofrecía no podría tocarla. También fueron muchas las veces en que las mujeres me negaban una foto a mí, pero no tenían inconveniente si era Serena la que las hacía. Si la mujer estaba acompañada por su marido no tenía que pedirle una foto a ella, si no pedirle permiso a él. Y cuando eran los hombres los que hablaban con nosotros casi siempre dejaban a Serena en segundo plano, completamente ignorada.

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Aquí sin embargo, en la mitad de ese bosque perdido en el Valle de Alamut, todo fue sutil y suave. Excepto una de las madres que se disculpó y dijo que no podía darme la mano, el resto no tuvieron inconveniente e incluso me llevé algún abrazo y nos fuimos de allí hacia el castillo de Alamut, el final del recorrido con el corazón robado, lleno de esas sensaciones que no puedes explicar. Sentir que había encajado tan rápido con gente desconocida, que me había sentido como en casa en tan poco tiempo me había dejado impactado.

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Encima de una colina a la que se llegaba por una hiedra de escaleras se alzaba el castillo de Alamut. Tal y como suponíamos, también estaba bastante degradado, distando mucho de la magnitud que una vez tuvo. Este fue el centro principal de los nizaríes. Este fue el epicentro de la leyenda que encumbró a Hassan-i-Sabbad, su maestro conocido como “el Viejo de la Montaña” y su grupo de asesinos obedientes y despiadados que utilizaban la muerte como arma política. Muchos de vosotros habréis oido hablar de Alamut aunque no lo sepáis. Pensad, pensad… ¿A nadie le suena Altaïr? ¿Assassin’s Creed? Efectivamente, la saga de videojuegos estaba inspirado en esta secta, jugándose parte de su primera parte en el propio castillo de Alamut (un poco/mucho maqueado para la ocasión, eso sí).

(Hora del rezo en el taxi: radio a todo trapo mezclada con cláxones)

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Las leyendas cuenta como en una visita a la secta en el siglo XII un extranjero discutió con Hassan sobre la obediencia. “Te demostraré lo que significa obediencia” respondió Hassan. Hizo un signo a dos de sus discípulos que saltaron sin dudarlo desde lo alto de una torre estrellándose contra el suelo. Tal era la fé y la obediencia en su maestro. Cuentan también las mismas lenguas imprecisas que Hassan solía drogar a sus discípulos con hachís antes de llevarles a jardines secretos llenos de bellas doncellas para que tuvieran una visión del paraíso. “Cuando muráis, podréis volver allí. El paraíso os estará esperando”. Los bebedores de hachís, los hashashins. Los asesinos.

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Muchos estudios han desarmado estas leyendas, dibujando a Hassan-i-Sabbad como un hombre culto y sabio. Nadie niega que utilizaran los asesinatos como uso político, pero de ahí a que enviara a sus guerreros drogados al campo de batalla hay un buen trecho. La etimología de la palabra, aunque no está clara también podría ser una evolución de “seguidores de Hassan”. Una explicación mucho menos satisfactoria para alimentar leyendas, todo sea dicho.

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Lo cierto es que los nizaríes se extendieron por mucho más allá del actual Irán, estableciéndose a lo largo de una red de castillos que llegaron hasta Siria. Fueron azote de muchos cruzados, algunos de los cuales murieron a manos de “encapuchados vestidos como monjes” e incluso estuvieron a punto de acabar con Saladino. Maestros del disfraz, de pasar desapercibidos e infiltrarse entre los enemigos era evidente que los siglos iban a generar muchas historias sobre ellos.

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Su final no llego a manos de sus rivales más directos, sino de un enemigo que llegaba de más allá. Los mongoles. Ya hablaremos proximamente de ellos pues son muchos los escritos que documentan la brutalidad de un pueblo que comandado por Gengis Kan arrasó por allí por donde pasaba y cuyo nieto Hulago Kan acabó masacrando a los nizaríes y reduciendo los castillos y fortalezas a escombros, dejando para nosotros solo piezas incompletas de misterio tras de sí.

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Desde lo alto de Alamut no se podía imaginar las cruentas batallas que allí debieron vivirse, pero el lugar enfrentado a la cordillera de los Alborz al atardecer era majestuoso. A los pies, brillaban los tejados de Gazor Khan mientras las montañas se cubrían de dorados. En el trayecto de vuelta a Qazvin, al hotel, ya arañando la poca luz que quedaba, pensaba que yo jamás recordaría esa zona por las historias de afiladas dagas repartiendo muerte silenciosamente sino por Pegah, Mona, Parisah, Farah y Mahim repartiendo sonrisas, haciéndonos sentir como en casa, bailando sin velo ajenas al resto de Irán y por Escandari, nuestro ya idolotrado taxista, parando por enésima vez aunque fueran bien entrada la noche a por el último chai. O el penúltimo. “Thank you mister!! Thank you missis!! Escandari good driver!!”

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Más: Galería completa de fotos por el Valle de Alamut

20 comentarios en “Asesinos y verduras en el valle de Alamut

  1. Está mañana empecé a leer el post pero por interferencias domésticas tuve que aplazarlo a otro momento. ¡Qué gran acierto! Por fin he podido disfrutar con tranquilidad las impresionantes imágenes, el precioso relato, esos sonidos tan auténticos… y esa buena patada a los estereotipos.

    Una gozada seguir el blog.

    1. Yo la verdad es que empecé este viaje bastante ignorante al respecto. Es una de las cosas que más he disfrutado, descubrir este otro mundo y hacer de este blog mi cuaderno de notas. 🙂 Gracias!

  2. De chapa nada. A mí se me ha hecho corto (como siempre). Gracias por refrescarme los orígines del Islamismo. La cantidad de problemas que se habría ahorrado el mundo sin esas interpretaciones radicales de la religión…

  3. He vuelto a por más!! Me encantaron las fotos y el relato, que intensos son esos encuentros! Tal vez sea simplemente que nos sentimos cómodos al reconocer rasgos y actitudes familiares, pero me gusta pensar que hay algo más en esa forma de conectar (inserte aquí su concepto preferido: trama invisible, destino, magia, The force, la relatividad del tiempo, whatever! ;-)) De alguna manera es como si ya los conocieras, no? Además el resumen histórico me aclaró unas cuantas cosas! Y escuchar el llamado al rezo me transportó. Gracias por compartirlo! Me trae muchos recuerdos, es que despertarte de golpe a las 4am con ese canto melancólico que se multiplica en ecos por toda la ciudad no es algo que se olvide fácilmente!

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