Malapascua no merecía un final así

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Malapascua no merecía un final así.

Tendría que haber sido de otra manera. Un amanecer pintado por Turner, un atardecer de cielos en llamas mientras la isla se desvanecía en la oscuridad, el hipnotismo de la mirada oscura, intensa y cercana del tiburón zorro bajo las aguas, niños haciendo piruetas sobre camas de algas a la espera de que bajara la marea y la playa se volviera un campo de fútbol, el turquesa de las aguas.

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Tendría que haberse despedido con el alba sobre las olas en los viajes a Monad, las aguas frías entre puntas blancas y las cuevas submarinas de Gato, la emoción de descubrir las facciones disimuladas del pez sapo, aguzar la mirada para encontrarse con el caballito pigmeo, embobarse con los coloridos jardines de corales blandos mecidos por las corrientes de Lapus Lapus, iluminar en la oscuridad submarina a la esquiva gamba arlequín, sentirte ingrávido junto al acompasado aleteo de una raya águila, desaparecer en al inmensidad azul de Kimud.

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Tendría que haberse cerrado con un paseo por la paradisiaca lengua de arena de Kalanggaman, sintiéndome afortunado de contemplar esas vistas o entre las destartaladas calles del barrio cuyas intrincadas callejuelas de polvo, tierra, barro, asfalto quebrado y atajos de inmundicia ya conocía al dedillo. O esperando con ansias la pitanza de las cazuelitas desperdigadas, que “la isla bonita” hubiera preparado rollitos de dinamita para comer y que no hubiera llegado lo demasiado tarde como para haberme quedado sin berenjena y sin calabaza.

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Tendrían que haber sido unos ridículos 20 pesos de moto hasta las preciosas playas del Norte, la subida al faro para sentirte el rey de ese minúsculo mundo, volver a casa en la oscuridad cautivado por un cielo encandelado de estrellas (si la luna lo permitía y si las lluvias que normalmente dejaban las calles inundadas no te obligaban tener que estar mirando donde pisabas). Incluso podría haber sido el estupor al descubrir que los cocteles del dos por uno de la happy hour habían reducido su tamaño a la mitad o las risas ante las interminables y previsibles esperas de más de hora y media para cenar ante la parsimonia de los camareros.

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Merecía haber sido lleno de color. Merecía haber sido de otra manera.

Sin embargo, enfermé.

Dos veces.

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La primera comenzó con un taponamiento, una reducción gradual de volumen del mundo que me dejaba atrapado entre silencios. La maldición de los buceadores: una infección de oídos. De ambos. Mientras mis alrededores se quedaban en un murmullo, el dolor empezaba la invasión de mi cabeza, escalando en intensidad, convirtiéndose en suplicio, reventándome por dentro. No soy un experto en estos tormentos pero las cotas de dolor físico superaron todo lo que había conocido.

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Cuando me encontraron en la habitación lo que quedaba de mí era un mar de mocos y lágrimas intentando arrancarme la cabeza con mis propias manos. Agujas de vudú que me atravesaban el cerebro ignorando los analgésicos, cuyo efecto era tan efímero que me arrastraba a la desesperación.

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Malapascua no tiene servicio médico. La gente se sana por experiencias seculares que se transmiten por el boca a boca, pociones, supersticiones y diagnósticos propios de dudosa efectividad. En suma: por prueba y error. Preguntas que hacen de tu propio instinto un ficticio experto en la materia. El Corte Inglés, la tienda que nos abastecía prácticamente de todo también disponía un elegante surtido de medicinas repartidas entre cajas de cartón y recipientes de plástico. Que la dependienta tuviera un conocimiento claro de su utilidad era otra cuestión.

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Las prescripciones se reducían a análisis básicos y superficiales: esto para el dolor de cabeza, esto para la congestión, esto para los ojos, esto para los oídos. No quedaba mucho margen para el debate: o aceptabas o hacías la mochila y te ibas en un viaje de cinco horas a través de barco y autobús al hospital más cercano en la ciudad de Cebú. Acepté y al elegir entre la medicina o la magia, entre las gotas genéricas para la infección o que me insuflaran humo de tabaco en el oído, me quedé con el atisbo de ciencia. Y volviendo al momento en que me encontraron deshecho como un despojo, podemos concluir que no surtieron el efecto deseado. El dolor me estaba carcomiendo.

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Quiso el azar que entre los ilustres habitantes temporales de la isla se encontrara una enfermera cargada de provisiones médicas y de, esta vez si, sabiduría para usarlas. Nunca le agradeceré lo suficiente el mutismo del calvario que se produjo cuando el Nolotil entró inyectado en mis adentros. Tampoco hay palabras suficientes de gratitud ni para su suministro de antibióticos que pudieron controlar la infección ni para su abnegación al quedarse cuidándome cuando no era más que una piltrafa. Bendita seas, María.

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El dolor como modo de vida desapareció dos días después, pero no la sordera. Seguía mimando los oídos sin ningún avance aparente. Había que hacer la mochila y el pesado viaje hasta Cebú y el hospital. El veredicto del doctor fue claro e instantáneo: “Tienes agua atrapada en el oído medio, producida por un bloqueo por inflamación en las trompas de eustaquio”. No conllevaba más gravedad que la de una espera de dos o tres semanas, el bloqueo iría remitiendo y los oídos destaponándose. El oído, ese órgano maravilloso y tremendamente delicado, sensible como pocos a los cambios de presión. Tenía prohibido bucear. Tenía prohibido volar. La sentencia me dejaba atrapado. Regresé a la isla a esperar el paso de los días en una cárcel de agua y corales en la que no podía sumergirme.

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En ese pequeño edén envenenado dedicado en su mayoría a descubrir y disfrutar de los misterios de las profundidades, veía las botellas de aire ir y venir, a los animados buceadores embutidos en neopreno embarcar y desembarcar. Me torturaba cada día imaginando las esquivas especies que habían encontrado ante ellos. Me había convertido contra mi voluntad una especie de secano entre regadíos, un olivo entre arrozales, un error en la ecuación. La espera se volvía frustración mientras los días se me iban.

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Hice lo único que podía hacer, agarrar la cámara y dar vueltas por esos diminutos kilómetros cuadrados de tórrido bochorno, palmeras, maleza y arena en mi mundo de imperceptibles susurros, sin ecos, ni gritos. La convertí en mi discreta compañera, mi compinche durante el armisticio con las aguas y comencé a confraternizar más con la comunidad local. No es que hubiera rehusado a ella antes, pero ahora tenía la posibilidad de acompañar a Toni y a Carlos a la salida del colegio, ser parte de las sesiones de juegos, carreras y mímica con los más pequeños, conocer a los profesores y sentir el agradecimiento de quienes, con un cariño inmenso, apreciaban cada minuto de tu tiempo que usabas con ellos.

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Fueron días en que esperaba pacientemente la caza de los atardeceres, oteaba el horizonte esperando encontrarme algunas nubes coquetas que fueran a regalar vestidos coloridos al cielo. Si los días se volvían grises y arreciaban las tormentas, Malapascua se quedaba reducida a nada, a merced de los vientos salvajes que atravesaban esos mares y que azotaban sin piedad las palmeras y la cochambre. Me refugiaba en los pocos sitios en los uno podía resguardarse de la lluvia horizontal y me daba a la lectura, a la desinteresada y agradecida compañía de las letras.

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En esos días oscuros, de vientos huracanados y nubes plomizas y sombrías me alegraba tímidamente de no tener que enfrentarme a la mar picada, ni tener que mantener la compostura en la cubierta de barcos que se adentraban en las olas enfurecidas, ni soportar los interminables retornos a tierra firme en que la velocidad del navío se reducía al mínimo. Era un tibio consuelo, una mentira complaciente para no encarar la verdad: que prefería estar en ese barco, en esa nuez a merced del oleaje, agarrando con fuerza una taza de té ardiendo que me contagiara algo de calor, empapado sin saber si merecía la pena despojarme del neopreno o dejármelo puesto. Y es que por mucho que se agitara la superficie, bajo ella el espectáculo permanecía igual de maravilloso, impertérrito ante las condiciones del mundo exterior.

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Casi tres semanas de paréntesis hasta que volví a percibir que el mundo podía ser un lugar cargado de sonidos y mi miedoso interior se aventuró a sumergirse de nuevo en las aguas. No negaré que había pequeñas y ligeras dificultades, pero el anhelo me podía y arriesgaba levemente cada día un poco más: tres, seis, nueve, doce, veinte metros… Fue un profundo alivio. Volvía a bucear. Tenía que mucho que celebrar. Las aguas de Malapascua volvían a acogerme en su ingrávido elemento. La cárcel de agua se había roto.

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Fueron mis días más felices, mis semanas más radiantes, volvía a estar completo. Me levantaba sin reparos en plena noche para embarcar y lanzarme a las aguas, comía en los pequeños puestos locales que ya era conocido y si el día era propicio mantenía mi ritual de intentar dar caza al atardecer. Participaba en los eventos y festividades locales, era consciente de estar viviendo unos días bellos, tiernos y algo sobrevalorados después de mis semanas a medio gas. Mi tiempo en Malapascua se acababa y quería aprovecharlo al máximo, con ese ansia de quién una vez robado, quiere recuperar el tiempo perdido.

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Fue consciente entonces que me oponía al veredicto de los días, que no quería irme, que no quería dejarlo, que aún sabiendo que en algún momento habría de volver a atravesar la puerta de embarque que me habría de llevar de regreso a la que era mi vida, necesitaba prolongar ese estado de dicha durante más tiempo. Podía arañar aún unas cuantas semanas más, podía retrasar lo inevitable. Encerrado en un internet parsimonioso -contagiado por el espíritu de lentitud de la isla- conseguí cambiar mi billete. Me quedaba. Era un regalo. Volvía a mover el retorno a la lejanía y en vez de empezar a añorar la isla podía centrarme en deleitarme en mis días de propina.

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Al día siguiente, enfermé por segunda vez.

No tengo muy claro si fue entonces o si al mismo tiempo que certificaba por skype mi cambio de billete estaba, sin saberlo, condenado pero al día siguiente comenzaron los problemas. Mi ojo derecho ardía.

Mascullé entre dientes una maldición. Estaba claro que la isla no iba a concederme mucha tregua pero no podía ser demasiado grave, otra incidente que añadir al repertorio de aventurillas con las que aderezar mis historias a la vuelta. No podía estar más equivocado. Desconocía que me encontraba ante el umbral de una pesadilla. Según avanzó el día se hizo patente que no tenía intención de mejorar y que los remedios de el Corte Inglés no estaban haciendo el efecto que milagrosamente le atribuíamos. Por la tarde el dolor se había vuelto insoportable. Por la noche el esfuerzo para no frotar ni tocar esa fuente de tortura se había vuelto inhumano. No había nada que me pudiera calmar ni siquiera los breves alivios del hielo o los efímeros analgésicos. A la mañana siguiente había dejado de ver.

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Mi ojo derecho se había convertido en una neblina borrosa. Un terrible y pálido disco se había formado en su centro, una nube lechosa sacada de las páginas de Saramago acompañada de una terrible fotofobia. Encerrado en la oscuridad de mi habitación cualquier cambio de luz, encender una bombilla o abrir la puerta, me producía un tormento insoportable. Había que asumirlo: necesitaba ver a un médico. Volvía a tener que hacer la mochila y salir corriendo a completar el tedioso viaje a Cebú. Suponía que necesitaba un diagnóstico concreto y que por medio de las virtudes de la medicina moderna podría sobreponerme sin más a este nuevo lance. Después de todo, esto no sería sino un escollo que gastaría con una burla algunos de los días que había pretendido ganarle a mi viaje.

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Los médicos tenían una opinión diferente. Cuando entre por urgencia al hospital empezaron a mirarme con preocupación. Mientras apoyaba barbilla y frente en las máquinas que habrían de analizar mis síntomas los doctores se escandalizaron al saber que había estado buceando con lentillas, dejándome en la más absoluta de las confusiones. ¿Había estado realizando, sin saberlo, algo que conllevara el más mínimo riesgo para mis ojos? Y si lo fuera, ¿Como podría ser que en una zona llena de buceadores nadie me hubiera avisado? No era, ni mucho menos, el único loco que buceaba con lentillas. Estaba atónito. En jamás de los jamases había oído que mezclar ambas actividades pudiera ser peligroso. Había limpiado las lentillas a diario, cambiándolas antes de lo que tocaba. ¿Que había hecho mal? ¿Donde estaba mi negligencia?

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“Tienes una úlcera en la córnea” diagnosticaron y sonó rotundo, contundente como un golpe de un mazo. “Puede haber sido por la propia lentilla pero tendremos que hacer algunas pruebas para estar seguros”. Asentí, claramente abatido. Procedieron a anestesiarme el ojo y a rascar la zona dañada para tomar varias muestras que serían analizadas en el laboratorio: la primera al microscopio y la segunda en un cultivo cuyo resultado tardaría varios días. Hasta entonces y sin saber a que nos enfrentábamos, optaron por atacarlo con un poco de todo: antihongos, antibacterias, antibióticos. Preocupado, inquirí un “¿es muy grave?”, al que respondieron con una mirada seria, solemne, afirmativa. Empequeñecido abrí la boca: “… pero, ¿se recuperará, verdad?”. ¿Verdad?.

No era una pregunta. Era una súplica.

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No hubo disimulo en la réplica. “No podemos estar seguros. Las úlceras en la córnea al cerrarse suelen dejan una cicatriz, que obviamente afectará a la capacidad de visión. Habrá que ver como evoluciona”. Apabullado, agaché la cabeza, incapaz de asimilar semejante posibilidad. No podía ser cierto. ¿Que había hecho mal? ¿Cómo iba a salir airoso de esta? Mi supuesta pequeña infección había aumentado de dimensión. Aún a sabiendas de que los doctores, por definición, se situarían en la peor situación, no sonaba tranquilizador. Solo quedaba la derrota de la resignación, seguir a rajatabla los horarios de las medicinas y mantenerme a la desasosegante espera.

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Esa noche aciaga cené con Pak, Tamara y Marta en Cebú. La compañía frecuentemente ayuda a no pensar y distraerse de pensamientos oscuros. Mantenerme ajeno era demasiado difícil y no tuve excesivo éxito, pero agradecí no estar solo. Intentaba hablar con Brilly y su óptica en España, con contactos que pudieran arrojar algo de luz sobre mi situación, alguien a quién mandar las fotos de los informes, del diagnóstico, de mis medicinas y de mi ojo devastado, de esa nube blanca rodeada por miles de venas enrojecidas y capas de pus. Arrastraba mis dudas sobre si los doctores filipinos estarían haciendo lo correcto, si el tratamiento era el adecuado y cuales eran las posibilidades para con mi ojo. Parecía grave, pero era pronto para un dictamen certero.

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Al día siguiente volví a quedarme solo y prisionero de la congoja. El primer resultado, el de la prueba al microscopio no encontró ningún microorganismo lo que me llenó de un ligero e inocente optimismo. Pero había que esperar varios días más al resultado del cultivo. Fueron días inciertos, de demasiadas vueltas a la cabeza. Desesperantes. Sin más que esperar en la habitación del hotel a que pasaran las horas. Me dañaba la luz y me costaba mirar al móvil, mi único contacto con el mundo. Mantenía mi puntual ceremonia con los colirios.

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Cuatro días después con los resultados del cultivo en la mano, me senté delante de la doctora Obenza. Positivo. Habían encontrado algo, una pequeña bacteria llamada pseudonoma aeroginosa. Así de primeras, no me decía nada. Desconocía el alcance de su malicia. Pero cuando tras examinar el informe a la doctora se le escapó un involuntario “shit”, supe que estaba en problemas. “Vamos a necesitar que te quedes por aquí más días”, sentenció. Mire petrificado, sin querer escuchar, sin querer saber cuales iban a ser sus siguientes palabras. “Puede que no se dé cuenta de la gravedad a la que se enfrenta, sir, pero ahora mismo las posibilidades de que la bacteria y las toxinas le derritan la córnea son de un cincuenta por ciento”. La matemática era descorazonadora, inmisericorde. Estaba a un tiro de moneda de perder un ojo y yo, sin haber hecho jamás intención de apostar, me lo había jugado todo a una de los dos caras. Incapaz de asumir esta bofetada de realidad la palidez me invadió, oía sin escuchar, sentía frío. Me quede parado, perdido, desbordado, esperando a que tomara la iniciativa.

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El informe de un cultivo bacteriológico estaba acompañado por unos estudios sobre la cepa (tu cepa) sobre los cuales se habían probado diferentes antibióticos. Era la manera de saber a cual era resistente y a cual sensible. Con estas directrices se podía empezar a tratar la bacteria con el más agresivo. Dada la gravedad de la situación cuanto antes llegaran a presentar batalla, mejor. Yo abrumado por las noticias aún no lo sabía pero la pseudomona, esa pequeña bacteria que se reproducía a toda velocidad arrasando con mi córnea, era una muy resistente hija de puta.

Y además, estaban las agujas.

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Debería, antes de continuar, explicar brevemente ciertas cosas: la primera es la angustia que me producen los hospitales donde viví el más triste de los capítulos de mi vida hace diecisiete años cuando junto a una cama me despedí de mi madre. La segunda es que no soporto las agujas. En algún momento de mi vida y de una manera irracional dejé de tolerarlas. Es muy probable que ambas características de mi aprensión estén relacionadas, pero quizás porque he preferido no revisar esos funestos días nunca he hecho una introspección seria al respecto. Me resulta más cómodo no hacerle frente y haber colocado sobre todo ello una lápida pesada e inamovible. La tercera, esta mucho más común, es que pocas partes más de mi cuerpo me producen más respeto y temor que un daño en el ojo. Mi realidad es a través de la vista, nunca me he planteado otra alternativa. Sin ella me quedo en nada.

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Por eso cuando la doctora Obenza decidió que la manera más eficaz y rápida de hacer llegar los anticuerpos ante la pseudomona era mediante una inyección subconjuntival, entré en un estado de pánico atroz. Una inyección en el globo ocular. No se podrían haber conjugado las posibilidades en una pesadilla más aterradora. No podía tener más miedo. Sabía que tenía razón y que tendría que tragarme el orgullo, la dignidad, las lágrimas y aguantarlo como pudiera. Como pedirle a un aracnofóbico que sujetara una tarántula o un claustrofóbico que se encerrara en un ataúd. La única manera de vencer un miedo así era tener otro miedo mayor. Perder el ojo lo era.

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Me agarré con tanta fuerza como pude mientras me insensibilizaba el ojo, apoyé la cabeza e intenté dejar la mente en blanco, olvidarme de lo que estaba a punto de pasar. Respiré profundamente. Vi pasar por delante la jeringuilla cargada cual ariete… y no pude. Instantes antes de clavarse, me retiré rozando el ataque de ansiedad. “No se preocupe, sir” me dijo con empatía. “Lo volveremos a intentar”. No fue hasta el tercer intento que lo conseguimos y sentí el frío antibiótico extenderse. “Inspire. Expire. Inspire. Expire. No se mueva. No se mueva. Le estoy inyectando. Lo siento. Inspire. Expire. Inspire. Expire. Ya casi está. Lo siento mucho. Lo siento mucho, de verdad. Inspire. Expire. Listo”. Terminó y yo me quedé quieto, diminuto, reducido a la nada, mirando al vacío, como un perrillo apaleado, esperando un abrazo anónimo que jamás habría de llegar.

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No era el final. Aún habría de volver a visitar el hospital muchas veces en las siguientes semanas, revisando si el tratamiento avanzaba, ajustando la medicación y quedándome entre consulta y consulta solo, comiendo techo desde una cama de un cuartucho cercano a la clínica. Con la ayuda de Brilly, contactamos con más con médicos y oftalmólogos para saber su opinión. La respuesta siempre fue igual de gélida. ¿Pseudomona? Pinta mal. Muy mal. Pronóstico jodido.

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Tuve miedo. Mucho. Real. Atenazado a un estado que me negaba a aceptar, incapaz de llamar a casa porque sabía que en el momento que lo pronunciara, que lo nombrara, que salieran de mí esas palabras para los míos se convertiría en realidad. Incapaz de enfrentarme a ello caía por una lóbrega espiral que me arrastraba hacia el lodo. Hacia un veneno que me devoraba. Mi mente no podía escapar de los “y sis”, de esas dañinas preguntas que tenían secuestrada mi mente y que se empeñaban en volver una y otra vez al pasado para buscar durante horas esas variables, esos pequeños cambios que hubieran llevado a un desenlace distinto. Vivía con un bucle sin salida. Soñaba que todo había sido una pesadilla para darme de bruces cada mañana con la falsedad de mi engaño. Me despertaba tras intervalos breves, incapaz de atreverme a abrir los ojos por si esa macha lechosa que me hacía de filtro del mundo seguía allí. Sí. Allí estaba, unida a mí, acosándome en cada mirada. Una niebla blanca. Yo solo veía un abismo insondable.

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Volvía al hospital, la úlcera no cerraba, la batalla seguía, se sucedieron más inyecciones subconjuntivales que fui capaz de soportar con algo más dignidad, temíamos el colapso de una córnea que aguantaba ante un ejercito de toxinas y bacterias que se reproducían sin descanso. Fueron días desoladores, encerrado en una habitación que solo abandonaba para arrastrarme a comer algo. Seguía en el trance de la aflicción. Solo Maricris se acercó desde Malapascua a hacerme compañía, utilizando sus dos días libres conseguidos a base de muchas inmersiones, muchas horas de trabajo y mucho sacrificio para gastarlos en abrazarme en mi angustia, para soportar mis lágrimas de miseria, para evitar que mi depauperada moral alimentara las ideas más insensatas. Creo que jamás seré capaz de expresar, ni de compensar, la deuda de mi agradecimiento. Salamat MC.

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Acabé pronunciando las palabras que no debían ser nombradas. Las que convertían mi penuria en realidad y las unían con mi mundo. Hablé con casa, con un padre que sabía con antelación, incluso antes de recibir una llamada, que algo no iba bien. Mis intentos de haberlos dejado al margen pretendiendo que no se preocuparan eran ya inútiles. No iba a ser una de esas historias de final feliz que podría contar una vez se hubiera acabado. No podía hacer esto solo. Llegó ese momento terrible en que rubriqué mi explicación con un amargo “es grave”.

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Los abrazos añorados y reencuentros habrían de esperar. La doctora Obenza me recomendó no volar hasta que la gelatina en que se había convertido mi córnea estuviera más estable. Sentía que hacía todo lo que podía por ayudarme y todos los médicos con los que pude hablar coincidían en que el tratamiento. Estuve de acuerdo. Aguardaría ese visto bueno.

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Cuando tuve un margen de más de dos días entre consulta y consulta, aproveché para volver a recoger mis cosas, cerrar la mochila y despedirme definitivamente de la isla. Fue un momento triste, incrédulo de que fuera así, de esta manera, el capítulo final de un lugar donde había sido tan feliz y a la vez tan desdichado. Malapascua desapareció tras la popa del barco y yo viendo esa linea de tierra cada vez más estrecha no supe decirle adiós. Hubo para quién mi marcha fue un alivio, dejar de ver a ese recordatorio andante de que ese, su paraíso, podía ser cruel y poder volver a una rutina de la happy hour, el mar y los atardeceres sin manchas. Quizás no lo supe entonces, abrumado, pero lo sé ahora, con la lucidez que da la distancia. Fue más de una cicatriz en la córnea la que me llevé conmigo.

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Necesité todavía más de una semana en Cebu antes de que obtener el permiso para el avión de vuelta a casa. Un permiso verbal y un deseo sincero de mejoría de la doctora Obenza, acompañado de informes médicos y un justificante de que ese ojo repugnante, enrojecido y envuelto en un párpado hinchado hasta la deformidad era apto para volar sin riesgo de contagio. De Cebú a Manila, de Manila a Londres, de Londres a Madrid. Un viaje tortuoso, lleno de dilatadas horas de escalas en las que cumplí a rajatabla mi dinámica y horarios de gotas y medicinas. Cuando ese sábado de principios de Marzo aterricé en Madrid había añadido el cansancio del interminable trayecto a mi agotada situación. Sin más demora que la justa para unos tristes abrazos sin sonrisas, nos dirigimos al hospital.

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El equipo oftalmológico de urgencias de la Paz, frunció el ceño de la misma manera que todos los anteriores al eco de la pseudomona. Fueron horas de chequeos y revisiones, analizando el informe y procedimientos filipinos. Vinieron más y más médicos, estudiantes incluidos, a contemplar sus devastadores efectos. “La pseudomona es muy complicada, pero te lo han tratado fenomenal”, concluyeron para mi alivio y agradecí para mis adentros los atentos cuidados y la sincera preocupación con que me atendió la doctora Obenza en esas semanas desdichadas. “Aún así te queda un largo camino. Estamos hablando de meses para conseguir acabar con la bacteria y cerrar esa úlcera.” El fin de la pesadilla se iba alejando un poco más “El destrozo es grave, así que te quedará con toda seguridad una cicatriz que te impedirá ver, pero si la pseudomona no ha atravesado la córnea y llegado al ojo, se podría plantear dentro de unos meses un transplante”. Eran noticias desoladoras y esperanzadoras al mismo tiempo. Desoladoras por saber que la catástrofe era irreversible por mis propios medios. Esperanzadoras porque a pesar de todo, tenía una posibilidad por muy lejana que fuera de volver a recuperar la vista. De volver a estar completo. Y cuando lo que único que te queda es eso, lo agarras con mucha fuerza. La que te da la desesperación.

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Me quedé ingresado en observación otros cuatro días con otra tanda de antibióticos repartidos entre pastillas e intravenosos, con enfermeras que me despertaban amablemente varias veces durante la noche para aplicarme los colirios. Me sumí en un estado de duermevela, de cansancio continuo que se ha extendido hasta el día de hoy. Busqué otras opiniones, algo de claridad mental en otros expertos que me dieron una nueva perspectiva. “Dentro de lo que cabe, eres afortunado. Has pillado uno de los bichos más agresivos a los que podías haberte enfrentado. Si hubieras llegado un par de días más tarde al hospital, estaríamos hablando de un ojo de cristal”. Es entonces cuando pensé en los insondables caminos del azar, en la fortuna dentro de la desgracia y se abrió un nuevo “y si” que no había previsto. Si no hubiera cambiado ese vuelo habría llegado con molestias al aeropuerto y conociéndome como me conozco, lo más probable es que me hubiera planteado un “ya iré al médico cuando aterrice en España”. Con casi dos días de viaje, esa tardanza en ser atendido podría haber sido fatal.

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Mis últimos meses han sido de oscuridad. De vivir con las persianas echadas y gafas de sol, de ahogar mi ojo en lágrimas y medicamentos, de luchar incansablemente contra una bacteria que se resiste a morir, de afligirme ante la falta de avances, de desesperarme ante una vida en pausa. Incapaz de soportar la luz, incapaz de mirar una pantalla de ordenador, incapaz de leer. Semanas sentado en la penumbra, esperando cada día el lento discurrir de las horas.

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A día de hoy, tres meses y medio después, sigo peleando, con pequeños avances que son el resultado de agotadoras batallas. Me refugié en los libros en el momento en que leer dejó de ser peligroso y poco a poco he empezado a abandonar mi cueva en esas horas en las que la fuerza del sol empieza a decaer. He logrado ponerme delante de una pantalla de ordenador unos minutos al día. Conseguir escupir esto me ha costado semanas. Tengo dudas de que merezca la pena haberlo hecho pues no siento el alivio que esperaba pero necesitaba establecer un punto, aunque no fuera y final. Cambiar de capítulo, a pesar de que la historia, el drama aún no haya acabado.

Mientras tanto seguiré entre la luz y las tinieblas, avanzando a pasitos insignificantes hacia un futuro incierto, intuyendo la meta pero desconociendo si podré alcanzarla. Envidioso de todos los que mantenéis el don de los dos ojos. Compungido al enfrentarme a fotos en las que estaba completo. Me seguiré agarrando a la esperanza de que en algún momento esto no sea más que un recuerdo, que el tiempo me ayude a diluir el desanimo y me confirme que tal y como lo siento en el corazón, Malapascua no merecía un final así.

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Si esto, a parte de para mi desahogo, ha de valer para algo que sea para evitaros a los que lo leéis, cometer el error que yo por desconocimiento, cometí. No Buceéis con lentillas. Aunque aún el futuro sea incierto, al menos tengo una posibilidad y fue gracias a haber caído en las cuidadosas manos de la Doctora Obenza en Cebú, al igual que gracias a los consejos del Doctor Rovirosa desde miles de kilómetros y sobre todo al fenomenal servicio oftalmológico del Hospital de la Paz especialmente a las doctoras Ana Boto de los Bueis y Almudena Del Hierro que con tanto mimo y paciencia me están tratando.

A lo largo de estas semanas, de estos meses de mierda he recibido mucho cariño aunque al principio sumido en mi agujero no fuera ni capaz de apreciarlo. Aunque sea de una manera tan pequeñita en comparación solo puedo daros las gracias a todos los que habéis estado pendientes de mi durante todo este tiempo, a todos los que vinisteis a verme cuando lo necesitaba mucho más de lo que yo pensaba. No era nada fácil estar en un ambiente tan triste y deprimente y aún así conseguíais hacerme olvidar esta pesadilla, sacarme de la amargura. A los que llegasteis derribando la puerta, os organizasteis para que no estuviera solo y escuchasteis mis preguntas sin respuesta, a los que me hicisteis reír al fin después de tanto tiempo, a los que encargasteis toneladas de sushi y los que vinisteis cargados de comida y tuppers para que tuviera una preocupación menos cuando las medicinas no me dejaban ni abrir los ojos, a los que llegasteis tarde a trabajar por venir a estar un rato conmigo, a los que llegasteis a Madrid y vinisteis a verme, a los que desde lejos me habéis regalado tantos minutos al teléfono, a los que me habéis dejado interminables mensajes de voz que me han encogido el corazón y levantado el ánimo, a los que me habéis soportado y me habéis dejado el hombro para que me levante, los que os habéis alegrado por cada pequeño avance, por muy ridículo que fuera. No habría podido hacer esto sin vosotros. Cada instante, cada segundo de vuestro tiempo que me habéis regalado ha sido oro para mi. Gracias y mil veces gracias. 

175 comentarios en “Malapascua no merecía un final así

  1. Un relato maravilloso. Duro. Punzante. Lleno de rabia. Con ritmo, con garra, con valor. Un texto heróico.
    Unas fotos hermosas. Paradójicamente luminosas.
    Un tipo excepcional.
    Un abrazo enorme.

  2. Bufff, anodadado me he quedado al leer este desgarrador relato, no me lo puedo creer aún, eres el mejor fotógrafo que conozco con un ojo brutal para la fotografía y leer esto me entristece mucho, amigo, no puedo decirte más que un abrazo enorme y que lo que te queda por recorrer sea de la mejor forma posible con el mejor final de todos, mucho ánimo y se fuerte, aunque por lo que pones que has pasado bastante duro has sido…

    1. Gracias Jesús. Están siendo unos meses muy duros, pero estoy convencido de que he dejado lo peor atrás. Ahora a aprender a hacer fotos con el otro ojo y mientras tanto confiar en que la medicina haga su «magia». Un abrazo muy fuerte.

  3. Ignacio, aquí estamos Maribel y yo leyendo, atónitos, incrédulos, estas líneas, un pedazo de tu vida que nos ha dejado como vacíos, desinflados ante los golpes que el destino, a veces cruel, puede depararnos en el lugar y el momento en que menos lo pensamos.
    Solo podemos darte un abrazo, virtual si, aunque lleno de fuerza y esperanza, de fortaleza, que la tienes, para superar este trance y continuar mostrándonos el mundo como solo tú sabes.
    ¡Un abrazo, amigo!
    Roberto & Maribel

    1. Gracias Roberto, Maribel. Gracias por los apoyos. Llega un momento en que aceptas y dejas de lado esa incredulidad y ya empiezas a tirar hacia adelante. Recibido ese abrazo virtual que se agradece… y mucho. Un beso muy fuerte.

  4. Un café, un paseo o incluso el helado que jamás tomo. Cualquier excusa es buena para pasar un rato contigo. En esta ocasión no puedo decirte que me guste el texto porque no quiero lo que contiene, pero sé que de una forma u otra, este episodio terminará… Con final feliz. Porque no puede ser de otra forma. De la misma manera que nunca podrás ser el error de una ecuación. Se te quiere, sr. Izquierdo «el grande».

    1. Me ha costado mucho aceptarlo y gestionarlo antes de poder decirlo abiertamente. Han sido unos meses complicados. Ahora ya he aceptado que me ha sucedido y que no puedo hacer nada más que mirar hacia adelante. Un beso, Oria.

  5. El mundo es injusto. No puedo evitar llorar al leerte (seguro que Alegría que todavía no sabe nada está flipando al verme…).

    Ya te lo he dicho alguna vez, aunque sé que no te lo crees, pero vuelvo a decirte que lo que soy yo ahora es en gran parte gracias a ti. Fuiste el que me inspiró para entrar tanto en a fotografía como en los viajes con tu blog y tus aventuras. Eres el mejor. Sin duda. Por eso tienes que mantener los ánimos y seguir.

    Sé que mejorarás y recuperarás la vista. Keep on going!

    1. Joder Alberto, que me vas a hacer llorar aún mas. Por supuesto que no, tu eres un fotógrafo con un talento inmenso y si haces las fotos que haces es porque lo llevas dentro, yo no tengo nada que ver. Gracias por los ánimos, gracias por el apoyo. Un abrazo enorme.

  6. Joder, sabía que algo no iba bien cuando pasaban las semanas y no dabas señales de vida. Pregunté a Itziar y Pablo por ti, porque me extrañaba que ni subieras una foto a redes…

    Nada que te diga te aliviará, pero saldrás de esta, confía en ello.

    Un abrazo enorme Nachete

  7. Me he quedado de piedra con tu relato, sin palabras.

    Solo puedo decir, que eres un ejemplo a seguir, por perseguir siempre tus sueños, por todo lo que has logrado.Sigue luchando con esa maldita bacteria, vencerás seguro.Te deseo una muy pronta recuperación.

    Un abrazo

  8. Ignacio me dejas desolada, no tenía ni idea de lo que estabas pasando. Lo siento muchísimo. Aquí me tienes para lo que quieras, incluso puedo ser tu ojo bueno para hacer las fotos que necesites con tus indicaciones hasta que te mejores. Estoy segura que vas a salir de esta pesadilla con más fuerza que antes y con la certeza de que hay una inmensidad de gente que te quiere, respeta y admira.
    Por cierto sabes que a parte de el don que tienes para la fotografía también lo tienes para la escritura y para eso no necesitas ver. Te mando todo mi cariño y que la fuerza te acompañe

    1. Hola Eva, de nuevo, muchas gracias por la preocupación y por los ánimos. Lo de escribir lo vamos a dejar de momento, espero no tener que volver a escribir cosas como esta aunque los escritos sean peores. 🙂 Muchas gracias, un besazo.

  9. Acabo de leer tu historia con la atención del que vive una película de suspense… y pienso en como has debido sentirte todo este tiempo, ante la incertidumbre del ¿que pasara?…
    Las fotos de alguna forma son un analgésico al dolor de la historia, hermosas, llenas de luz.
    Te deseo de todo corazón una pronta y total recuperación. Y que te agarres a todo el cariño que te esta aportando tu gente para mantener el ánimo arriba, porque el cuerpo es sábio y la actitud MUY importante.
    Mucha fuerza!

  10. Muchísimo ánimo en tu recuperación campeón. Te sigo desde tu vuelta al mundo y espero que sigas deleitándonos con tus experiencias.

    Un fortísimo abrazo!!

  11. Ignacio, eres elegante hasta para describir esta pesadilla, confiaba en que fuese ficción pero supongo que no… siento mucho que estés pasando por ello. Espero que todo se arregle pronto. Un beso enorme

  12. Tan bonitas las fotografías como dura la experiencia que estás pasando. Seguro que pronto será sólo un mal recuerdo y volverás a deleitarnos con tu forma de capturar el mundo. Mucho ánimo y a demostrarle a esa bacteria que sin duda eligió un ojo equivocado. Un fuerte abrazo.

  13. Es duro que te pasen estas cosa tan lejos de casa. Eso suma más angustia al dolor. Sigue luchando y espero que te recuperes por completo. Yo también tengo una cicatriz en una córnea a causa de un accidente, me dijeron que perdería visión por ese ojo, y veo estupendamente bien. Es increible la capacidad del cerebro para corregir las imágenes, mejor que Photoshop.

    Un abrazo.

  14. No nos conocemos de mucho Ignacio pero me ha sobrecogido mucho tu historia. A veces la vida nos depara este tipo de situaciones duras y tremendas para la que no sabemos ni como reaccionar, ni como lo debemos afrontar. Es completamente desgarrador y doloroso por lo que has pasado y que aún hoy sigues padeciendo pero al menos has conseguido sacarlo fuera, escupirlo, verbalizarlo. Eso es un primer paso. Te deseo muchos ánimos y fuerzas con tu recuperación y estoy segura que lo consigues.

  15. Los que te apreciamos aunque no haya tenido el placer de conocerte en persona, este relato nos llega hasta lo más hondo pero no perdemos la fe en que quede tan sólo un mal recuerdo, porque te mereces continuar haciendo lo mejor que sabes hacer y es el hacernos disfrutar con tus fotografías y tus textos cargados de emoción y sentimientos.

    Un abrazo Ignacio, ánimo!

    1. Muchas gracias Javi, es verdad que no nos conocemos en persona, pero ya nos seguimos desde hace tanto tiempo que somos como familia. Gracias por los ánimos. Un abrazo fuerte.

  16. Ay, ay, ay, Ignacio, qué decir? Te mando Mucha fuerza, deseos para la mejor buena suerte y sobre todo para que esa recuperación llegue y puedas seguir camino con tu cámara bajo el brazo. También un Te Quiero, y un abrazo enorme.
    Ali

  17. Me he tenido que leer el post dos veces para creérmelo. Ahora sólo me queda darte muchos ánimos y enviarte toda la fuerza del mundo para que ganes esta lucha.

  18. Te lo dije en persona el otro día y te lo digo ahora por aquí, cuando más oscuro es un túnel es cuando estás en el medio, pero tú fuerza y determinación te harán salir de él muy pronto, te esperan millones de fotos por tomar. Un abrazo de uno que no volverá a ponerse lentillas para bucear

  19. Me tienes aquí, intentando terminar de leer el texto, encogido, con un nudo en la garganta y con las lágrimas a punto de caer. Gracias por compartir esta historia, Ignacio, tan dura, tan desgarradora, que hace que tu blog sea más personal que nunca. No nos conocemos, pero creo saber que eres lo suficientemente fuerte y luchador para sobreponerte de esto. Solo puedo mandarte ánimos y mi más sincero deseo de que te recuperes.

    Un abrazo (más fuerte que nunca)!!!

  20. Ya me habían contado lo que te había pasado y se me quedó el corazón encogido. No son pocas las veces que nos hemos puesto mentalmente en tu lugar, como aquella vez que te robaron la cámara en Las Vegas o te dio un ataque alérgico en el Camino de Santiago. No había querido decirte nada porque no sabía si eso te ayudaría o te daría por saco, al fin y al cabo, aunque yo tenga la sensación de conocerte de toda la vida, sólo charlamos 10 minutos en el Oceanográfico. Ahora simplemente te cuento mi reflexión, y es que algunos llevamos años leyéndote y mirando a través de tus ojos. Estamos acostumbrados a ver un mundo lleno de color, donde todo es alegre y da una envidia insana. Hoy toca ver el lado opuesto, que cuesta creer con estas fotos tan impresionantes a las que nos tienes acostumbrados. Una vez más no defraudas. Ahora toca ser fuerte, y te mando todo mi ánimo y buenos deseos para que te recuperes y sigas llevándonos por donde quiera el tio Matt.

    1. Si, la verdad es que me han pasado un montón de cosas en los viajes. Algunas graves, pero breves. Esta es la primera vez que me enfrento a algo grave y largo, de los que acaba minando la moral. Mucha gracias por los ánimos. (y aunque solo hayamos hablamos 10 minutos en vivo, a mi también me parece que te conozco de mucho más). Un abrazo.

  21. Sobrecogedor relato. He tenido que parar varias veces al leerlo. Espero y deseo que todo termine con un final feliz y te recuperes pronto.

    También quiero darte las gracias por compartirlo. No me imagino lo difícil que ha tenido que ser el proceso, como para encima contarlo de esta forma. Pero así eres tú: todo un ejemplo.

    Un fuerte abrazo,
    Javi

    1. Lo cierto es que si no estaba muy convencido de haber publicado esto, cada día me confirma que ha sido una buena elección. Como si al contarlo me hubiera quitado un peso de encima.

      Muchas gracias por los ánimos. Un abrazo.

  22. Despues de leer tu texto, lo que tengo claro es que lo lograras, lograras salir de esta. Ojala encuentren la mejor solucion posible para tu ojo, pero sobretodo no caigas en las tinieblas de otro tipo de oscuridad… pronto seguiras mostandonos el mundo y compartiendo belleza!

    1. Creo firmemente que ya he pasado lo peor… y esta creencia me lleva a un mejor ánimo y moral. Y aunque me queda mucho que luchar y esperar, deseo no acercarme a esa época tan triste en mucho tiempo. Muchas gracias por los ánimos.

  23. Mi apoyo incondicional, desde hace muchos años (tu primera estancia en Londres) me acompañan tus imágenes por lo que formas parte de mi vida. Espero que mejores pronto y bien. Un abrazo grande

  24. No soy una persona que suela comentar en los blogs, pero te leo desde hace unos cuantos años. Creo recordar que dese el primer post de tu vuelta al mundo, me fascinan tus relatos y sobretodo tus fotografías.

    Tu blog es inspirador, reflejo de la persona que eres por lo que se lee en los comentarios de la gente que sí te conoce. Yo no he tenido el placer, pero como muchos de tus lectores te sentimos cerca y hoy me he quedado helada, incluso se me ha escapado alguna lágrima al leer tus palabras.
    Espero de todo corazón que tu recuperación sea completa, aunque se tarden unos meses, y ese trasplante de córnea se pueda llevar a buen término. Espero poder seguir leyendo tus post, envidiando tus viajes y sobretodo seguir disfrutando con tu DON (sí en mayúsculas) para la fotografía.

    Un gran abrazo y ¡toda la energía positiva del mundo! Que el viento bajo tus alas te eleve donde el sol navega y la luna camina….

    1. Hola Sue, muchas gracias por animarte a escribir y sobre todo en una situación así, tan complicada pero que sinceramente yo agradezco tanto. Yo también espero que todo vaya saliendo bien y que poco a poco vaya recuperando la normalidad. Post y viajes habrá, que aún me quedan fuerzas y sobre todo (y pase lo que pase) otro ojo. Un besazo fuerte y muchas gracias por los ánimos. Un abrazo.

  25. Eres luz, Ig, no dudes que al final todo saldrá bien. Pienso todos los días en ti, y cada día te envío todo mi cariño desde muchos kilómetros de distancia. Pronto te abrazaré en persona, y estoy segura de que ese día estarás aún mejor que ahora. Todos los que te queremos así lo deseamos y lo sabemos. Esto es solo una carrera a largo plazo. Sigue siendo igual de fuerte. Tienes todo mi amor y mi energía.

  26. Hace unos años deseaba tener el valor que tú tuviste al lanzarte a esa aventura de dar la vuelta al mundo para aprender fotografía, pero hay cosas que no puedes dejar atrás (y no hablo de trabajo). Por eso me enganché a tus relatos y a tus imágenes. Has sido y (créeme) sigues siento, un ejemplo y te has convertido en maestro. No solo por las fotos que realizas y que seguro seguirás realizando sino por lo que desprendes. Siguiéndote, leyéndote, se nota que la gente te quiere, que te haces querer, que eres amigo de tus amigos y que somos muchos a los que nos encantaría tomarnos unas birras contigo. Solo decirte que ánimo y que te deseo lo mejor. Que seguro que seguirás haciendo fotografías porque por mucho que creas que necesitas ese ojo, tu fotografía está llena de corazon y eso, eso no lo pierdes. Saludos.

    1. Siento que no hayas podido hacer una vuelta al mundo o un viaje largo, Josep. Espero que tengas la posibilidad al menos de ir haciendo viajes de vez en cuando. Muchas gracias por los ánimos y por tus palabras, ojalá en unos meses todo se resuelva favorablemente. Un abrazo.

  27. Tus aventuras, tus fotografías y tu forma de narrarlas fueron inspiración para muchos viajes, cuando incluso aún no me había planteado ni tener un blog. Es por ello que aunque apenas hemos dedicado algunas palabras en las típicas quedadas viajeras, no puedo evitar empatizar aún más de lo que lo haría por cualquier persona que haya sufrido en un momento de su vida. Mucha suerte con este calvario y ojalá puedas seguir cuanto antes con tu vida normal.

    ¡Un fuerte abrazo!

  28. Despistado como soy, me enteré de esto por un tipo al que tú conoces y sabes que siempre habla en serio, un tal Guille al que incomprensiblemente soportan en Minube. Me lo tuvieron que confirmar dos personas más porque no lo creía, y ahora que leo tu desahogo en forma de letras, sólo puedo decir que ese don que tú tienes con la cámara no se va a perder, que tú seguirás haciendo que babee al ver tus fotos. Sólo es cuestión de tiempo, ya verás.

    1. Eso espero, Jose. Ahora solo a confiar en la medicina y en la pericia de los médicos. El ojo ha mejorado, aunque va dejando tras de si la temible cicatriz, pero al menos parece que vamos en buen camino para acabar con la bacteria. Un abrazo fuerte.

  29. Creo que no nos conocemos en persona, Ignacio, pero tenemos varios amigos comunes y siempre tuvieron Buenas palabras hacia ti. Tu forma de narrar lo ocurrido ha hecho que me enganche para siempre a tu blog. Me ha emocionado hasta tal punto que me he sentido en tu piel, pensando que lo mismo podría haberme pasado a mi e tantos viajes, perdido por el mundo lejos de mis seres queridos. Es en esos momentos cuando te sientes más solo. Lo pasé alguna vez que enfermé levemente. Esas vomitonas y fiebres altas que te hacen pensar en malaria pero acaban curándose. Lo tuyo es algo realmente grave y has tenido que sentirte muy muy mal, y muy muy solo. Piel de gallina y lágrimas en los ojos en un relato que demuestra que la mejor pluma sale de los momentos más intensos, sean buenos o malos. Espero que esta batalla la ganes, amigo. No puedes dejar de hacer esas fotos brutales y a gente como tú no se le puede vencer fácilmente. Seguro que es así. Un abrazo enorme

    1. Gracias por tus palabras David, es cierto que aún no nos conocemos, pero espero que lo solucionemos pronto. Si, han sido unos meses horribles y muy duros. Ahora, bueno, ahora estoy mejor pero el ojo no recupera visión aunque la prioridad es acabar con la bacteria y cerrar la herida, luego ya se estudiarán que opciones tenemos. Y si, yo también me he puesto malo por ahí muchas veces y siempre es una sensación miserable, lo único que al cabo de un par de días suelen mejorar. Esto ha sido mas complicado, pero bueno, ya solo a mirar hacia delante. Un abrazo fuerte.

  30. Hola Ignacio,

    Nos conocimos en San Francisco t desde aquella sigo tu fantastico blog. Esta historia es aterradora y te felicito por como la has escrito dadas las circunstancias. Solo queria mandarte un abrazo muy fuerte y animo. Yo tambien tengo una cicatriz en la cornea por un virus diferente al tuyo y viví parte de lo que describes

    Suerte amigo!

    1. Hola Martín, claro que me acuerdo de ti. Muchas gracias por los ánimos. He visto que habéis estado buceando hace poco, eso me da un poco de ánimo. Un abrazo fuerte! Gracias!!

  31. Te suelo llamar de cachondeo «Ignatius The Brave», pero creo que ya no va a ser de cachondeo, porque eres más «brave» de lo que pensaba. Hacía tiempo que un relato no me causaba tanto dolor y tanta emoción. Lo que me jode es que venga de ti, porque significa que has sufrido y estás sufriendo un huevo, pero al mismo tiempo, si estás escupiendo esta ira en formato de palabras y fotografías llenas de alma, es porque estás empezando a olvidar la pesadilla que te ha causado esa puta bacteria de la que nos acordaremos todos para siempre. Eres el puto amo (y no hablo sólo de fotografía) y necesitamos que lo sigas siendo durante mucho tiempo. Ojalá nos encontremos muy pronto y me hables de esto en pasado triple. Mucho ánimo con la recuperación, un abrazo muy fuerte, txapeldun!

    1. Joder Miguel, eso si que es una arenga para motivarme. Muchas gracias por tus palabras de ánimo. Espero que lo celebremos en unos meses como se merece en una sidrería. Un abrazo muy fuerte.

  32. Un relato sobrecogedor, intenso e impresionante,que creo que nos ha emocionado enormemente a unos cuantos. Siento muchísimo lo que te ha pasado. Te deseo toda la fuerza y energía para que te recuperes cuanto antes y todo salga lo mejor posible.
    Mucho ánimo y un fuerte abrazo

  33. Guao, me he quedado muda… Ignacio, espero que te recuperes y retomes todo con mucha fuerza. Te envío mucho ánimo para ti y para tu familia, que estas cosas siempre se sufren en compañía. Un abrazo muy grande.

  34. Me he quedado perplejo con tu artículo, en el que has sabido mezclar la belleza y alegría de Malapascua con tus impresionantes fotos llenas de luz, con lo opuesto, … con oscuridad, dolor, sufrimiento … Deseo que tus ojos (los dos) vuelvan a captar en la retina por sí sólos todo lo que te ofrece el mundo a tu alrededor.

    Muchos abrazos y mis mejores deseos.
    Alfonso (thewotme)

    1. Alfonso, muchas gracias. Yo también espero que en unos meses pueda mirar hacia atrás como una aventura. De momento el futuro es incierto, pero bueno… no queda otra que seguir para adelante. Un abrazo y gracias.

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