(Post este que llegó con retraso porque vino en un avión indonesio, que si no, habría estado como un clavo aquí un 10 de Febrero de 2010)

Komodo.
El solo nombre ya evocaba pasajes de una isla perdida, remota, habitada por bestias salvajes, míticas, de las que aterrorizaban a los marineros. Dragones. De afiladas garras y aliento de fuego que iluminaría la noche y haría sobrecogerse a quién los viera.


El mito crecía al mismo ritmo al que se alejaban los barcos de los primeros descubridores, pasando de 3 metros a decenas, de 60 afilado dientes, a centenares de cuchillas, incluso las malas lenguas añejas aseguran que fueron ellos los que inspiraron a los famosos dragones chinos que tantas y tantas veces se han representado, que tantos y tantos templos adornan.


¿Estaría el mito a la altura? ¿Sobrecogería? ¿Me paralizaría por el miedo? ¿Me achicharrarían el culo sus llamas? ¿Sería yo el rival más debil? Lógicamente no. Pero tampoco habría que confundirles con un animal amable. No hay llamas, pero hay casi 60 bacterias más veneno en su mordisco y un golpe con su garra si podría degollarte o rajarte sin demasiado problema.


No hay que culpar a la pobre bestia. Es fácil sentir aprensión hacia ellos pero lo cierto es que nunca tuvieron una infancia sencilla. Abandonados antes de nacer, corren a los árboles en sus primeros día fuera del cascarón. No sólo el resto de depredadores podrían acabar con ellos, si no que podrían ser devorados por otros dragones (sí, son caníbales) o incluso su propia madre.



La vida para Smaug no es fácil, pero si consiguen llegar a la madurez, el único depredador que puede amenazarlos es el mismo. Y por supuesto, el hombre. Trofeo para zoológicos y coleccionistas las expediciones se lanzaban a Indonesia para volver con la cabeza de la bestia. Cuentan las mismas malas lenguas (o quizás otras) que su captura, inspiró el mito cinematográfico de King Kong. Entre bestias, todo queda en casa.


Y si, son bastante espectaculares. Con esa cuello largo que se retuerce, esa mirada fría, ese contoneo serperteante al caminar, esa lengua viperina y la piel que parece roca. Y corren. Vaya que si corren. A alrededor de los 20 kilómetros por hora. Si aparecen, quieto parado. No se te ocurra salir corriendo o irán detrás y te tocará acabar subido a algún sitio.


Tal y como me contaba mi guía (que por cierto recorren el parque con la inestimable y simple ayuda de una larga horquilla de madera para hacerles frente) se pasó un día entero en un árbol esperando a que varios dragones se fueran. Agradeció los problemas de la edad draconil, pues según se hacen más y más grandes, las garras les molestan para trepar a los árboles, así que van perdiendo esa habilidad. Pero mientras en tierra, respeten a las bestias.


Sin embargo, viajar hasta Komodo sólo para ver a los dragones, sería una pérdida de tiempo y de dinero. Merecen la pena, si. Pero son un extra al lado de las magníficas aguas y arrecifes que rodean al archipiélago. Las aguas de Komodo, Rinca y el resto de islas colindantes ostentan el número uno de los sitios de buceo que he visitado. Simplemente no hay palabras.
Bienvenidos al acuario.



Más de 50 sitios de inmersión que lo hacen inacabable. Enormes y enormes bosques de corales (tanto blandos como duros), paredes verticales, tropecientas especies diferentes de animales… y unas corrientes de aúpa. He aprendido y disfrutado más en estas inmersiones que en todas las anteriores.



Aunque sin duda la experiencia reina fue bucear bajo la sombra de las manta rayas. “Esta inmersión vamos a quedarnos clavados al fondo, las corrientes son demasiado fuertes. Así que añade un par de kilos más a tus pesos” me dijo del dive master. Dicho y hecho, pero aún así, era necesario agarrase con todas tus fuerzas a las rocas de alrededor. Como si fuera un acantilado horizontal, sujetándote con una mano y el cuerpo tambaleándose, estirado por la fuerza del agua.


Y allí tranquilamente y sin apenas esfuerzo aparecieron las mantas. Un pequeño movimiento de sus alas, de cuatro o cinco metros de envergadura, bastaba para ignorar la fuerza de la corriente. Tranquilas, enormes, moviéndose despacio, con la boca abierta, engullendo todo el placton que llegaba en su dirección. Comer sin apenas esfuerzo.


Pasaron por arriba, por abajo, por la derecha por la izquierda, se iban, volvían, desaparecían, reaparecían. Impasibles. A un cinco metros, a tres, a dos, por encima. Sin miedo. Una, dos, cuatro, cinco, siete mantas. Alucinante.

Inmersiones en general muy exigentes, pero tremendamente gratificantes. “En esta no tendrás mucho tiempo para bajar” me aseguraba “tienes que caer como una roca, prepárate a compensar los oidos a toda velocidad. El objetivo es llegar a una montaña que está bajo nosotros, y si tardas mucho la corriente te habrás llevado lejos de ella”. ¿Quién dijo miedo? Para abajo. Y allí, otro mundo. Pulpos, tiburones, más y más tortugas. Simplemente fantástico.


(A buscar al pez… vamos, no tarden, que sé que ya tienen práctica)

Lo echó de menos desde que me fuí. Islas paradisiacas, abandonadas, sin apenas turismo, aguas inmaculadas, cristalinas. Siguiendo la tónica general indonesa, en tierra firme se sucedían los cortes de luz y de agua y lo cierto es que aparte de navegar entre las islas, visitar a los dragones y darse al snorkel o al buceo, en ese punto de la isla de Flores no había mucho más que hacer.

(Una de las pequeñas islas de la zona, vista desde el avión)


Dado que donde habitan los dragones (en Komodo y Rinca) sólo viven pequeños pueblos pesqueros es Labuanbajo, la ciudad donde me encontraba el único punto de salida para explorar la zona. Está llamado a convertirse un nuevo gran destino turístico, pero parece ser que la propia desorganización indonesia no ayuda demasiado.



Unos días antes llegaba al aeropuerto de Bali, el único que servía vuelos a Flores. Antes de que me tilden y acusen de falta de previsión (que lo soy) lo cierto es que había intentando comprar el billete un par de días antes en otro aeropuerto.


Retrocedamos un par de días. Makassar, Sulawesi.
- Buenas, quiero un billete desde Bali a Labuanbajo.
- Jijijijjijiii (uy un farang, que vergüenza y me habla)
- Hola buenas, quiero un billete desde Bali a Labuanbajo, por favor. Je je.
- jijijjijijiji. Nosotros no volamos a Labuanbajo.
- Ya. Ya. Desde aquí no, pero por eso voy a Bali, pero desde allí quiero volar a Labuanbajo.
- jijijijijijij. Nosotros no volamos a Labuanbajo.


Repitan las dos últimas frases durante 10 minutos y tendrán un fiel reflejo de mi conversación con la vendedora de billetes. Créanme. Lo hecho con anterioridas y siendo de la misma compañía se pueden comprar los billetes de cualquier a cualquier destino. Sea como fuere, cuando mi paciencia se acabó me di por vencido. Lo compro en Bali y se acabó, que de verdad, que poco apreció que tenéis al dinero. Si esto fuera Vietnam ya me habrías vendido hasta el alojamiento, dos guía, una barca y un par de masajes con happy ending.


Volvamos a la conversación en Bali.
- Buenas, quiero un billete a Labuanbajo (¿he vivido esto yo antes? ¿Será un fallo en Matrix?)
- Uy Mister. Todo ocupado. Fully booked.
Mirada asesina. Odio hacia la anterior vendedora de billetes. Muñeco vudú, ¿donde estás? Pasamos a la siguiente pregunta básica.
- ¿Y mañana? (virgencita, virgencita)
- Hasta dentro de 7 días, mister, y para entonces sólo queda un asiento.
…
- Un momento. Desde aquí hay otra compañía, ¿no?. Voy a preguntar antes de tomarme la cicuta.



- Buenas, bla bla bla a Labuanbajo.
- No va a poder ser, Mister. Tenemos el avión reparándose.
Otro clásico básico. Es lo que tiene viajar en las compañías aéreas con peor índice de seguridad del mundo en la lista negra de la Unión Europea, junto con el Congo, Angola y similares. (No se pierdan la lista, merece la pena).
- ¿Y para cuando habrán terminado?
- Vaya usted a saber, Mister. Eso es cosa de Managment. ¿Una semana? ¿Dos semanas? ¿Un mes?
- ¿Pero ustedes sólo tienen este vuelo, no?
- Pues sí.
- ¿Y usted sólo viene a trabajar para decir que no hay vuelo?
- Más o menos sí, Mister.



Vuelta a la primera ventanilla. ¿Cómo no iban a tener vuelos en toda una semana?
- Mire Mister. Si quiere, se viene aquí mañana por la mañana y si hay una cancelación de última hora, pues nada, queda usted como un winner.


Allí estaba, una hora y media antes. Con un único vuelo que salía a las nueve de la mañana a las 7.30 ya estaba en ventanilla como un clavo. “¿Nada?” “Nada mister, no va a haber suerte, pero no desespere…” zzzzZZZzzzzzZZZZ ¿Que hacía yo allí?. Debería irme a las Gili, o irme a mi casa, o viajar en patinete. El patinete nunca te traiciona. 8.00, 8.30, 8.45, 8.50…


- ¡Mister! ¡Tenemos una cancelación!!
¡¡Yuhu!!


Corre, factura, corre, pasa seguridad, corre, llegamos a la puerta de embarque, entramos en el avión… ¡PRUEBA SUPERADA! Aplausos, aplausos, quiero dedicar este premio a mi familia y a mi… Pero, pero… ¿pero esto qué es?
El avión empezaba a moverse hacia la pista de despegue y allí donde yo estaba sentado, en un avión de hélices de apenas 60 plazas… quedaban seis filas de asientos vacías.

Indonesia, a tu lado, el resto del sudeste asiático parece hasta organizado.

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Todas las fotos para aspirantes a pilotos del Nautilus, aquí.