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Día 490: Historias prehispánicas

(Historias de la Historia que tuve que haber contado un 22 de Septiembre de 2010)

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Desde la cima de la pirámide del Sol, se dominaba con la vista kilómetros y kilómetros en derredor. Sólo la inacabable hilera de visitantes, muchos de los cuales la escalaban con más pena que gloria, evitaba que te sintieras siglos y siglos atrás, cuando aquellas construcciones bullían vida en su apogeo, cuando llegó a albergar a doscientos mil habitantes.

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La construcción era apoteósica. Descomunal. La tercera pirámide más grande del mundo (ojo, que no alta), tras la de Cholula también en México y la de Keops en Egipto. Una base de 223 metros en cada lado que se elevaba “tan sólo” 71 metros. El equivalente a un edificio de 20 pisos. Casi nada.

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Imagínensela en todo su esplendor. Controlando toda la Calzada de los Muertos, el eje Norte Sur de 2 kilómetros de longitud que cruza toda la ciudad para acabar en la otra maravilla de la zona: La Pirámide de la Luna. No cuesta creer que allí, en Teotihuacán, como su nombre indicaba en náhuatl, se encontrara el lugar donde habían sido hechos los dioses.

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¿Y a quién debemos semejante complejo, tamaña obra arquitectónica? Pues como su nombre bien lo indica, a los teotihuacanos. Es posible que al oír estos nombres, junto con olmecas, zapotecas, mayas, aztecas y otros cuantos, uno acabe bastante perdido. ¿Pero no serán al final lo mismo? ¿Se parecen si quiera un poquito? Los dioses por lo menos son bastante similares, así que de alguna manera deberían estar relacionados ¿Pero y la otra incógnita, de donde diablos vinieron?

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(Grabado Maya – Museo Nacional de Antropología)

Vamos mi querido Watson, examinemos los datos. Nuestros continentes se comenzaron a separar hace unos 500 millones de años. Nuestros ancestros más viejunos comenzaron sus andanzas en África hace 6 o 7 millones de años, por lo tanto con los continentes más o menos en su forma actual. El homo sapiens como tal, o sea, nosotros (algunos más que otros) no tiene más de 150.000 años y en lo que hoy se conoce como América todo apunta que no hubo poblaciones humanas hasta hace 30.000 o 50.000 años según las teorías que dan más margen.

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(Escultura azteca – Museo Nacional de Antropología)

Conclusiones. Las poblaciones indígenas de America no se originaron en ella, si no que llegaron hasta allí. ¿Cómo? ¿Nadando? ¿Tenían ya hace 40.000 años nociones de navegación? ¿Ayudados por fuerzas extraterrestres? La respuesta está en una curiosa ayuda helada: La última edad de hielo, la cual duró desde hace 100.000 años hasta hace 12.000. Vaya. Coincide en nuestro lapso de tiempo. Sigamos.

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Esta glaciación hizo que la concentración de hielo hiciera descender los mares unos… ¡¡120 metros!! Por lo que muchas partes que ahora vemos cubiertas de agua, en aquel entonces no lo estuvieron. Así que si buscamos en un mapa lo que hoy conocemos como Estrecho de Bering, veremos que hubo un tiempo en que Asia estuvo conectada con Alaska por Tierra. Este lapso, se calcula que duró unos 20.000 años y por allí, en busca de alimentos llegaron los primeros pobladores. Los cuales terminado el paso, se dedicaron a habitar ese nuevo mundo hasta que los españoles los descubrieron para el viejo continente muchísimos siglos después.

Estrecho de Bering

(El Estrecho de Bering, entre el cabo Dezhneva (Rusia) y el cabo Príncipe de Gales (Alaska – EEUU) – imagen cortesía de la Wikipedia)

Con estos conceptos la historia se volvió similar en seis regiones de la tierra. Los humanos sobrevivían como buenamente podían comiendo frutos y cazando y pescando con sus utensilios de hueso, piedra y madera descubren (vaya usted a saber con cuantos años y generaciones de observación) el efecto de las semillas. De ahí, a dominar su domesticación también pasó un buen trecho (y si no que me lo digan a mi, que no soy capaz de mantener ni un cactus vivo), pero sea como fuera al final más o menos empiezan a coger el tranquillo. Parece que esto funciona, mi prehistórico amigo.

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A partir de aquí, comienza una nueva etapa. Si tenemos cultivos, no hace falta que nos pasemos el día dando vueltas. Así que podemos irnos olvidando de ser nómadas, que es muy cansado y los pies acaban hechos polvo. Aparecen las primeras aldeas. Y ya que nos quedamos en un mismo sitio, comienzan experimentar y a investigar muchas otras cosas. Aparece las primeros utensilios de barro y oh, sorpresa, ya no podemos transportar e incluso almacenar cosas. Y mientras las aldeas van creciendo, las poblaciones se comenzaron a diversificar. Yo cazo, tu plantas, él se vuelve guerrero para protegeros y si la cosa se da bien, para someter a otros… y así un largo proceso que viene a llamarse una civilización.

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Bien, pues estos mismos procesos se dieron en la India, en China, en Mesopotamia, en Egipto… y en los Andes y Mesoamérica. Donde la civilización Mesoaméricana tuvo su centro en lo que hoy se conoce como México. Más exactamente entre Veracruz y Tabasco. Y de esto hace apenas 3.500 años. Los Olmecas. Pero claro, poco a poco todo se iba extendiendo y esta civilización se fue ramificando.

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(Una gigantesca cabeza Olmeca – Museo Nacional de Antropología)

Así las primeras civilizaciones comenzaron a aparecer en la zona central, no demasiado separadas las unas de las otras, que tampoco era cuestión de alejarse demasiado. Llegamos aquí, no molestamos a nadie que aquí tenemos agüita fresca, ríos y demás, y a empezar a prosperar. Así que más o menos al mismo tiempo aparecen en el Altiplano central los teotihuacanos, en la zona de Oaxaca los zapotecas y en la zona de Veracruz los Huastecas. No desesperen, que no pienso perderme en nombres.

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Así pues, los teotihuacanos se ponen manos a la obra y comienzan a construir su extensa cuidad, su imponente Teotihuacán, cosa que les llevaría desde el siglo I hasta el siglo VIII. Todo una maravilla urbanística, calles, un par de pirámides gigantescas, unas cuantas pirámides más pequeñitas, casas habitación, palacios…

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(Una maqueta de Teotihuacan con su inmensa Pirámide del Sol a la derecha y la Pirámide de la Luna al final de la Calzada de los Muertos – Museo de Teotihuacan)

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(Representación de la Pirámide de Quetzalcoátl de Teotihuacán – Museo Nacional de Antropología)

Un siglo más tarde, comenzaba la ascensión de los zapotecas en Oaxaca, con la creación de la ciudad que hoy conocemos como Monte Albán. Menos espectacular, pero igualmente extensa y sorprendente. Allí ya se pueden ver restos de escrituras, observatorios para las estrellas y saber cuando plantar las cosechas y hasta calendarios. Esto yo lo digo muy a la ligera, pero fueron también siglos de desarrollo, también hasta el siglo VIII.

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(Monte Albán en Oaxaca)

Los huastecos por su parte fundan El Tajín y desde allí hay unos cuantos que siguen más hacia el Este, hacia Yucatán, de donde aparecerían un par de siglos después los primeros mayas. Lógicamente, primero había que llegar a la zona, de ahí el retraso (si en autobús hoy en día ya lleva casi 24 horas, ya pueden imaginarse en aquella época). Los mayas fueron por así decirlo, los más listos de todos. No sólo a nivel arquitectónico, si no que desarrollaron una escritura (que atentos: además de símbolos también tenía sílabas), tallado de piedras finas, exquisita cerámica y tuvieron un calendario más preciso que el que usamos hoy en día. Ahí es nada.

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(Máscara Maya – Museo Nacional de Antropología)

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(Tumba Maya – Museo Nacional de Antropología)

Así que en su ascensión y evolución, los mayas fueron creciendo y expandiéndose, llegando a ocupar partes de lo que hoy es Guatemala, Bélice y Honduras. Pero al irse separando en distintas ciudades, también comenzaron las disputas y las guerras entre ellos. Así que mientras les dejamos ahí, en plenas batallas consigo mismos, retomemos al resto y vayamos a ver que tal les iba.

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(Grabado Maya – Museo Nacional de Antropología)

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(Bustos Mayas – Museo Nacional de Antropología)

No hay que disimular. No les iba demasiado bien. Avanzando hasta el siglo VIII Teotihuacán estaba abandonado. Dejado a su suerte, aunque a día de hoy sólo cabe hacer conjeturas sobre que llevó a semejante destino. Escasez de alimentos debido a reiteradas sequías, o luchas internas, o sobreexplotación de recursos… o…

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Sea como fuere, los teoticuhanos habían emigrado y se comenzaron a establecer en otros sitios, sin demasiada relevancia, donde fueron evolucionando hacia otros pueblos o bien absorbidos por ellos como los Toltecas. Similar destino sufrieron los zapotecas. Su Monte Albán, cayó en decadencia, en parte al faltar las relaciones que mantenían con Teotihuacán y fueron invadidos por otros pueblos, como los mixtecos. Otro nombrecito para la saca.

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(Mural – Museo Nacional de Antropología)

También los mayas entraron en declive. Pero a diferencia de los otros, y al no estar centralizados en una única ciudad, eran unas ciudades las que se hundían para que otras florecieran. A fin de cuentas, seguían vivitos y coleando. Con sus mismas historias y rencillas entre ellos, pero sin extinguirse. Todo un logro.

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(Ruinas mayas de Palenque)

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(Pared decorativa Maya – Museo Nacional de Antropología)

Mientras tanto, toda la zona central, ya descabezada de civilizaciones grandes se dividía en múltiples pueblos, tantos que nombrarlos todos probablemente me llevaría varios párrafos. Aunque si me permiten, nos vamos a centrar en uno de los pueblos que venían desde algo más al norte siguiendo una visión. Los aztecas también conocidos como los mexicas. Estamos en el Siglo XII.

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(Detalle de la Piedra Ceremonial de Tizoc – Aztecas – Museo Nacional de Antropología)

Los aztecas llegaban vagando, siguiendo las indicaciones de su Dios Huitzilopochtli, que a través de su sacerdote les había profetizado que iban a llegar a un lugar fantástico que se les indicaría con un águila comiendo una serpiente sobre un nopal. Tuvieron la “curiosa” suerte, de que cuando vieron semejante indicio no fue en tierra firme, sino en un islote en medio de una laguna. “Que digo yo, que ya podrías haber mirado para otro lado y haber llegado a una zona con playa”. Pues no, no había playa. Y si nuestro dios ha dicho que aquí nos quedamos, aquí nos quedamos. Y ahí fundaron Tenochtitlan. ¿No os suena de nada? Pues dejadme que os diga su nombre actual. La Ciudad de México. Era 1325.

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(Detalle de la escultura Azteca de Cloaticue – Museo Nacional de Antropología)

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(Piedra del Sol Azteca – Museo Nacional de Antropología)

No fue tarea fácil. Una isla pequeña, y aquí, en la tierra prometida, no cabemos todos. Pues ya me diréis como lo hacemos. A rellenar. A poner pilones, puentes, hacer diques, canales, lo que haga falta, pero aquí nos quedamos. Y así, con lo que puede ser una de las obras de ingeniería más impresionantes de los últimos siglos, se fundó y se expandió la ciudad de México. Y a partir de ahí, un imperio. 1430.

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(Representación de Tenochtitlan en mitad del lago de Texcoco – Museo Nacional de Antropología)

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(Maqueta de la zona central de Tenochtitlan – Museo Nacional de Antropología)

Se extendieron, no exactamente usando métodos diplomáticos, sometiendo a infinidad de pueblos y llegando incluso a Guatemala. ¿Se encontraron entonces con los Mayas? Si lo hicieron fue con una versión bien reducida de lo que habían sido. Los Mayas al igual que los teotihuacanos o los Zapotecas, se colapsaron. ¿Por qué? Pues sigue siendo un misterio. Algunos apuntan de nuevo a enormes épocas de sequías, o una población excesiva… o… pero los mayas, fueron cada vez dividiéndose en pueblos más y más pequeños que seguían con sus reyertas. Así al menos se los encontraron los españoles algún tiempo después. Aunque para muchos desaparecieron sin dejar rastro hay quién asegura (sin mucho crédito) que se fueron de este mundo como seres extraterrestres que eran.

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(Jugador de pelota Maya – Museo Nacional de Antropología)

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(Grabado Maya – Museo Nacional de Antropología)

Mientras tanto los aztecas tuvieron su siglo de dominio y expansión donde sus víctimas pasaban a ser esclavos o a ser sacrificados para honrar a su impronunciable dios Huitzilopochtli. Era necesario verter sangre para fortalecer el Sol y evitar un cataclismo. Y ya puestos, mejor la sangre de otros que la de uno mismo. Vayan pasando por aquí, que nos vamos a reir todos.

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(“Coloque aquí su corazón, gracias” – Sala Azteca – Museo Nacional de Antropología)

No es que los sacrificios humanos fueran cosa exclusiva de los Aztecas, no se vayan a creer. De hecho era algo usual en los pueblos mesoamericanos. El origen proviene de la convicción que tenían de que sus dioses se habían sacrificado para dar vida al nuevo mundo. Así que no era sino un acto de devolver lo que les habían dado. Sangre por sangre. Ahora cada uno a su manera. Los teotihuacanos se entretenían sacando corazones, mientras que los mayas preferían de vez en cuando sacrificarse ellos, todo un honor casi siempre por decapitación.

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(Ritos funerarios en Teotihuacan – Museo de Teotihuacan)

Y en esas condiciones, con los aztecas dominando a muchísimos de los pueblos y los mayas casi desaparecidos, aparecieron en escena unos misteriosos personajes. De tez blanca, con armaduras brillantes y con armas de fuego. Lo cambiarían todo.

Los españoles habían llegado.

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(Representación de una ciudad Azteca – Museo Nacional de Antropología)

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Día 483: El Grito

(Definitivamente, nunca me pondré al día. Post este que vivió un momento histórico un 15 de Septiembre de 2010)

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¡Vivan los héroes que nos dieron Patria! ¡VIVA! ¡Viva Hidalgo! ¡VIVA! ¡Viva Morelos! ¡VIVA! ¡Viva Josefa Ortiz de Dominguez! ¡VIVA! ¡Viva Allende! ¡VIVA! ¡Vivan Aldama y Matamoros! ¡Viva la independencia nacional! ¡VIVA! ¡Viva el Bicentenario de la Independencia! ¡VIVA! ¡Viva el Centenario de la Revolución! ¡VIVA! ¡Viva México! ¡VIVA! ¡Viva México! ¡¡VIVA!! ¡¡VIVA MÉXICO!! ¡¡¡VIVA!!!

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Así rezó El Grito en el Zócalo y en el último de los VIVAS, coreado al unísono por cincuentamil voces resonó y retumbó la Ciudad de México, dando paso a gritos de júbilo que se elevaron por los aires hasta que fueron acallados lentamente por la pirotecnia de los fuegos artificiales.

Era sin lugar a dudas, un momento histórico y todo México estaba en las calles para celebrarlo. Daba igual que fuera una gran ciudad o una más pequeña, en todas, en la plaza del ayuntamiento, tuvo lugar un grito similar. Sucede cada año, pero esta vez, soplando las velitas de 200 años recién cumplidos era mucho más especial.

El Grito 08

Quién se lo iba a decir a Miguel Hidalgo, cuando se lanzó a la desesperada, viéndose descubierta su conspiración, contra Guanajuato. Comenzó de igual manera, con un Grito similar arengando a ciudadanos criollos, mestizos e indios en la noche del 15 de Septiembre de 1810 y enfrentándose a las autoridades peninsulares.

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(Don Miguel Hidalgo que no se quiso perder las celebraciones)

Aunque esto sólo fue el comienzo que dio origen a una feroz guerra de 11 años hasta que Nueva España dejó de existir y en su lugar apareció un nuevo estado llamado México, lo cierto es que para muchos el Grito se considera el nacimiento de esta nación. Incluso Guatemala (que en aquel entonces comprendía hasta Costa Rica) se anexó. México contaba con aquel entonces con 4 millones y medio de kilómetros cuadrados.

Mexico Imperio Iturbide

(México en 1821 – Imagen: Cortesía de la Wikipedia)

Pero las cosas no fueron tan fáciles como uno pudiera imaginarse. A la terrible guerra de la Independencia siguieron 90 años de inestabilidad política. Lo que vino a ser un vale, somos libres pero ¿y ahora que? No era fácil organizar un nuevo gobierno más cuando los intereses diferían y el país se encontraba devastado tras la guerra. Seiscientos mil muertos, minas y haciendas abandonadas, plagas de bandidos y una deuda con otros paises de 45 millones de pesos. Las guerras nunca son baratas.

El Grito 04

Fricciones y más fricciones. Tantas que el principal regente, Agustín de Iturbide, amenazó al año con renunciar. Mal empezamos. No te enfades hombre, que somos muchos y cada uno de su padre y de su madre. Venga no te enfurruñes. ¿Qué te parece si te hacemos emperador? Dicho y hecho, te coronamos en un pis pas y todos contentos. ¿Todos? Lógicamente no. Estallaron las revueltas, unos cuantos se levantaron en armas de la mano de un tal Antonio Lopez de Santa Ana y el emperador salía del país escaldado al mismo tiempo que Guatemala se separaba.

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Se sucedían los gobernantes y entre uno y otro el que alzaba la voz se le invitaba cordialmente a pasar sus últimos instantes de vida delante de un pelotón de fusilamiento. Que ya está bien, por favor. Que me tenéis la cabeza como un bombo. Además, mira que tenemos a los españoles con ansias de reconquista y se va a liar parda. Y así fue, pero se consiguió repeler a las tropas invasoras hispanas, diezmadas por las fiebres tropicales y por un error de cálculo que les hizo pensar que contaban con más apoyo dentro del país del que realmente tenían.

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No llegó momento de paz. Salían de un problema para meterse en otro. Durante el tiempo de Nueva España, con el grueso de la población en el centro del país, no se había prestado demasiada atención a la frontera norte y para cuando México se quiso dar cuenta, ya se habían colado y habitaban sin mayor problema de todo menos mexicanos. Desde indios desplazados desde Norteamérica, hasta colonos que entraban y se establecían sin impedimento alguno en lo que se conocía como Texas. En 1830 ya había 10 angloamericanos por cada mexicano. Y con ellos llegaban también su ristra de esclavos.

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Si la cosa ya estaba bastante tensa con esta invasión silenciosa y descuidada la abolición total de la esclavitud en México no ayudó lo más mínimo. “Oigan. Miren amiguitos del sur, sin ánimo de discutir, pero nosotros queremos nuestros esclavos que nos vienen muy bien” “Con todos mis respetos amiguitos texanos, No va a ser posible caballero” “Nada, si nosotros lo entendemos, pero casi nos vamos a ir separando y así nos dejáis con nuestro rollo y vosotros al vuestro”.

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Pero ¿Que se habían creído estos texanos? Santa Anna se lanzó con su ejército a la expulsión de los ya asentados invasores. Una buena excusa para que el resto de Estados Unidos entrara en acción. Así que al amigo Santa Anna no se le dio nada bien. No solo fue derrotado sino que además fue hecho prisionero. No tuvo más remedio que firmar un tratado que concedía la independencia a Texas. México perdía un mordisco de su geografía. Era 1836.

El Grito 07

La popularidad de Santa Anna estaba bajo mínimos. Pero aún habría de caer más y más bajo. Nuevamente habría que dar las gracias a sus vecinos del Norte, Estados Unidos. En 1840 México contaba con 7 millones y medio mientras que Estados Unidos ya iba por los 20 y subiendo gracias a las olas de inmigrantes que llegaban desde el viejo Continente. Sus ansias expansivas les hicieron no sólo anexarse con Texas sino fijarse también en California, Nuevo México y Oregon. “Vamos a ver, my dear friends, ¿no nos podéis hacer una oferta buena buena por estos terrenitos? ¿No? ¿Nada? ¿Ni sobornando?” Ni sobornando. “Bueno, pues tampoco vamos a pasar el día discutiendo. Os invadimos y ya está”.

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La invasión consiguió sus objetivos en poco menos de un año. Imagínense la situación: Las tropas estadounidenses avanzando contra un país sin recursos, sin ejército profesional y con armas obsoletas viéndolas venir, recibiendo tortas como panes y encima para colmo de males minada entre sus propios ciudadanos perdidos en guerra por el poder. Mientras unos intentaban parar como fuera al ejército invasor, otros aprovechaban para hacerse con el poder en la capital. Así claro en algo más de medio año ya estaba la bandera americana ondeando en el Castillo de Chapultepec. Se firmó otro tratado y con él México perdía la mitad de su territorio. Era el 2 de Febrero de 1848.

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(México en 1848, tras la invasión Estadounidense y la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo – Imagen: Cortesía de la Wikipedia)

La gran inestabilidad política de México viene reflejada por los siguientes datos. Entre 1821 y 1853 hubo cinco constituciones vigentes, un emperador y más de 30 personas que asumieron el poder ejecutivo. Para volverse locos. El descontento era total, da igual lo que se hiciera, siempre había alguien en contra, siempre se afectaba a alguien, siempre había un motivo para seguir con las peleas. En 1858 discusiones por la Nueva Constitución llevaban a una guerra civil entre liberales y conservadores. Tres años con dos gobiernos y más muertes. Y la victoria para los liberales de la mano de Benito Juárez.

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(Una gigantesca representación de Kukulcán, la serpiente emplumada, el dios principal de los Mayas, el equivalente a Quetzalcóatl)

Pero aquí todo el mundo se aprovechaba de sus luchas de poder. Llegó el momento de Francia. Atentos que llegan curvas. “Mon ami, ya saben ustedes que les hemos dejado una cantidad ingente de dineggo para que se zuggen… digo pagga sus cosillas. Bueno. pues exigimos que nos lo devuelvan a la de ya”. “A ver, Napoleon III, si no es por no pagar, pero mira, es que acabamos de salir de una Guerra y agradeceríamos si nos das un poquito más de tiempo. Que te lo pagamos seguro, pero no estamos ni para pagar la luz”. “¡¡Non, non, non!! O pagan o pgepaggense pagga la Guegga!!!”

El Grito 17

Las intenciones de Francia iban por supuesto mucho más allá de recuperar el dinero que les debían. Sus planes incluían instaurar en México una monarquía (con un rey francés, por supuesto) con el cual hacer frente a las expansiones inglesas y españolas por el mundo. Y México a pesar de todo, era una tajada bien interesante.

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Fíjense como estaban la cosas en México que hubo quién consideró esto una opción interesante. Si hemos probado de todo y seguimos sin funcionar, ¿por qué no probar con un rey francés? debieron pensar. Y mientras tanto los franceses invadieron y tal y como prometieron colocaron a un tal Maximiliano de Hasburgo como emperador. Era 1863.

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A una mayoría de la gente no les pareció muy bien eso de cambiar tacos por croissants, así que se organizaron guerrillas y siguieron luchando contra los franceses. Pero como ya sabemos, las condiciones del ejército mexicano no andaban bien sobradas de recursos, así que se limitaron a incordiar todo lo que pudieron sin crear demasiados problemas. No les quedó más que mirar a quién había sido su enemigo en busca de ayuda. Efectivamente. Estados Unidos.

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Aunque su vecino del norte, enfrascado en su propia guerra civil de Secesión tampoco estaba para dar muchas ayudas. Hubo que esperar a que la Guerra de Secesión acabara para comenzar a dar la vuelta a las tornas. Se expulsaron a los franceses, se fusiló al hasta entonces el Emperador y borrón y cuenta nueva. ¿Por donde íbamos antes de está interrupción europea?

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Pues con Benito Juárez como jefe del Gobierno, sólo que ahora en 1867. Las mismas discusiones. Los mismos conflictos. Las mismas batallas por el poder. Y entre todo eso, muy muy lentamente, México iba evolucionando. Un poco de ferrocarril por aquí. Algo de relaciones internacionales por allá. Juárez se murió (raramente por enfermedad en lugar de por fusilamiento, que era lo que se llevaba) y comenzó una nueva guerra de sucesión. Se votó, ganó un tal Jose María Iglesias, pero como siempre hubo a quién no le pareció bien y por lo tanto lo derrocaron. En su lugar tomo el poder Porfirio Díaz.

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Comenzó el Porfiriato. Una dictadura en toda regla. Las bases ya se las saben: A ver muchachada, yo sé exactamente lo que hay que hacer y como hay que hacerlo. Y como vosotros no sabéis, me voy a encargar yo y el que rechiste que se vaya preparando para recibir una dosis de plomo. Lo primero es que necesitamos estabilidad, que los gobiernos cortos no funcionan, así que me voy a perpetuar aquí. Vamos, El paso uno en el Manual del buen Dictador militar.

El Grito 13

(Joso, Santi y yo, con las capelinas con las que debíamos simular un enorme mar blanco ante los ojos del mundo)

Salvando estos pequeños y criticables flecos, durante su “gobierno” se atrajo mucho capital extranjero, siguió la construcción en grandes kilómetros de tren, se establecieron instituciones bancarias, surgió la agricultura de exportación, minería industrial… El país comenzaba a enderezar su rumbo a prosperar y a estabilizarse. Fue entonces cuando sorprendentemente Porfirio Díaz, el dictador, consideró que el país ya estaba listo para la democracia. ¿Cómo? ¿Que oyen mis oídos? ¿Sería cierto?

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Pues efectivamente, las elecciones se llevaron a cabo, pero como no fue Porfirio sino Madero el que resultó ganador, pues pasaron a ser no válidas. A Madero le encarcelamos y aquí no ha pasado nada. Circulen. Circulen. Aquí el que ha ganado he sido yo. Bravo. Plas. Plas. Gracias querido México. I love you.

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“¿Que has ganado tú? ¿México, I love you? ¡¡Chinga tu madre!!”. Daba comienzo la Revolución. Era 1910. Curiosamente cien años después del levantamiento de los Insurgentes de Querétaro contra Guanajuato que dio lugar a la independencia de México. Un siglo en el que desde luego no se habían aburrido. Aparecieron más y más grupos revolucionarios, todos ellos descoordinados entre sí. Por allí andaban el famoso Pancho Villa, Zapata, Álvaro Obregón y Venustiano Carranza.

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A pesar de su falta de organización, consiguieron vencer a las tropas gubernamentales y Porfirio Díaz huyó y se exilió… en Francia. Madero volvió al gobierno y ya estamos otra vez como al principio. Ejem. Ejem. Disculpen la interrupción. ¿Seguimos? Pues no, porque si no esto sería muy aburrido. Volvemos a utilizar el comodín del ¡¡Golpe de Estado!! A estas horas ya os podréis hacer una idea de como se las gastaban en México. Así que golpe de Estado, asesinamos al presidente y aquí me quedo yo. Al habla Victoriano Huerta.

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A las armas. ¡¡Viva México, Cabrones!! Si a nosotros nos va la marcha. Y pin pan pum, bocadillo de atún. No tardaron en volver a derrocar al usurpador que salió huyendo del país como alma que lleva el diablo. Ay Manolete… si no sabes torear…

¿Y ahora? ¿Que más podría pasar? Pues que surgieran dos facciones entre los propios revolucionarios. Es que si no tenemos un enemigo común no sabemos comportarnos. Y mientras Zapata y Villa apoyaban reformas que favorecieran a los campesinos, Carranza y Obregón se decantaban más por los intereses burgueses. Nada. No hay acuerdo. Pues ya sabéis, a seguir el protocolo, ¿Que hacemos en estos casos? ¡A las armas! Era 1915.

El Grito 24

(Quizás la actuación más impresionante de la noche, un grupo de acróbatas desafiando a la gravedad y haciendo números y dibujos en vertical. Dejo a la concurrencia sin habla. Fue mágico)

Fueron Carranza y Obregón quienes se alzaron con la victoria. La lucha seguiría unos cuantos años más, pero Carranza ya gobernaba. Zapata fue asesinado en 1919 y cuatro años depués, ya retirado de la lucha, también sufría el mismo destino Pancho Villa. Pero mientras tanto, el país parecía recuperarse una vez más. Se sucedieron las elecciones, se iban sucediendo los gobernantes algunos también a base de plomo e incluso llegó a formarse por primera vez en la historia de México un partido político. El Partido Nacional Revolucionario (PNR que luego iría evolucionando hasta convertirse en el PRI – Partido Revolucionario Institucional) al que años más tarde se uniría el PAN (Partido de Acción Nacional). Todo un avance.

El Grito 19

Llegó 1939 y con él, la II Guerra Mundial. México esencial proveedor de petróleo para los Aliados se acabó uniendo a ellos y mientras las tropas americanas se masacraban en el Viejo Continente una oleada de Mexicanos entraba en Estados Unidos a ocupar los puestos que habían dejado vacantes. Sin poder comerciar con una Europa en Guerra, México no tuvo más remedio que crear sus propias fábricas y talleres. Fue el empujón que necesitaba para despegar.

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(Muchas horas de espera añadidos al salero méxicano nos hicieron hacer amigos facilmente)

Con las fábricas funcionando, había trabajo, la gente dejó de pasar hambre y el turismo de sus vecinos del Norte (ahora amigos aliados) empezaba a traer dinero. México comenzaba por fin a evolucionar. Las ciudades que hasta la fecha apenas tenían edificios altos, comenzaron a crecer, se cambiaron los caballos y las mulas por coches y la población se multiplicó. Llegaba al fin un periodo de prosperidad. Incluso se llegaron a organizar unos juegos Olímpicos en 1968.

El Grito 01

Llegar al día de hoy no ha sido fácil en un país como México. A sus múltiples guerras y conflictos que se han extendido a lo largo de casi dos siglos, hubo que añadirle un tremendo terremoto que sacudió la zona central en 1985 dejando alrededor de cuarenta mil víctimas. Al perro flaco todo se vuelven pulgas. Incluso ahora, con una estabilidad política más o menos normal, son muchos los problemas que se les siguen acumulando. Narcotráfico, incapacidad de generar empleo, problemas ecológicos, desigualdades sociales…

El Grito 23

(El Coloso, una gigantesca escultura construida en tres piezas y ensamblada en directo con ayuda de gruas)

Pero me aventuraré a decir que conseguirá superarlos, porque si algo han dado muestras durante estos dos siglos es de ser capaces de reconstruirse (a pesar de autodestruirse) una y otra vez y de haber construido (o estar haciéndolo) con encomiable pasión un país donde haya hueco para todos sobreponiéndose poco a poco a todos sus problemas.

El Grito 29

Por eso, el 15 de Septiembre de 2010, cuando tras el Grito en el Zócalo sólo se oyó gritar de alegría a la gente para celebrar su doscientos cumpleaños, se leía entre líneas que ese camino chueco, lleno de baches y trampas, una senda imposible, se podía haber torcido tantas veces que ese momento de celebración nunca se podría haber dado. Pero allí estaban. Superando todos esos obstáculos, todos esos años terribles, para dejarse la voz diciendo que allí seguirían. Que lo habían conseguido.

¡Y que Viva México!

El Grito 25

(Joso también lo contó, desde un punto de vista a pie de las celebraciones)

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Día 482: Trocitos de Chiapas

(Post que pasó bravo y veloz, con grandes dosis de agua y paisajes un 14 de Septiembre de 2010)

Palenque 01

Llovía. En la selva, diluviaba como si los mares se hubieran dado la vuelta, acompañados de tal cantidad de relámpagos que iluminaban el cielo, que todo parecía sacado de una mala película de horror de esas que lucen con gala su distintivo de serie B. Pero era bien real y la pregunta estaba en si haber llegado tras innumerables autobuses nocturnos hasta el corazón de Chiapas habría merecido la pena o si por el contrario nos lamentaríamos quedándonos atrincherados entre las debiluchas paredes de madera y plástico que conformaban nuestra cabaña.

Palenque 10

San Cristobal de las Casas 05

El agua, los chubascos y los aguaceros habían sido una constante desde que nos encaminamos hacia el Sureste. El patrón repetido día si, día también, consistía en mañanas claras y aprovechables, donde brillaba el sol hasta algo más allá del mediodía, donde los cielos se cubrían y sabías que tenías un par de horas antes del sálvese quién pueda.

El Cañón del Sumidero 05

El Cañón del Sumidero 07

Las mismas lluvias, restos de tifones, huracanes y vaya usted a saber cuantos desastres naturales más que habían y seguían asolando las costas del Golfo de México y que a nosotros sólo nos llegaban de rebote, “débiles” restos de las mayores. Las noticias del Norte no eran muy alentadoras con Veracruz y Tabasco devastados, así que nosotros sin más problemas que un chapuzón al día, no podíamos emitir queja alguna.

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Por eso, cuando la lancha salió del embarcadero de Cahuré, para adentrarse entre los desfiladeros del Cañón del Sumidero, no pudimos dar más que gracias a la suerte que nos acompañaba. Tan sólo unas hora antes, parecía imposible. Tantos litros y litros de agua habían desbordado el río que serpenteaba por el Cañón arrastrando a su paso troncos, maderas y basura haciéndolo innavegable. Las lanchas llevaban dos días sin salir.

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En aquel momento sólo teníamos una opción para ver esta maravilla natural. Desde arriba. Desde una serie de miradores en la cima de las paredes donde la vista se peleaba por atravesar las nubes y acabar siguiendo las suaves curvas del río Grijalva, apareciendo entre la más densa de las vegetaciones.

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Las apariencias engañaban, y las escalas, a alrededor de mil metros sobre el río, se perdían. Bajo nuestros pies revoloteaban las aves de carroña, a limpiar algún resto de quién sabe que, únicos visitantes con alguna que otra mariposa. Sorprendidos y anonadados por la belleza del lugar, nos tomamos nuestro tiempo para disfrutarlo. Total, no teníamos nada más que hacer.

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¿O no? Una pequeña mancha se movía sobre la superficie del río. ¿Sería una lancha? ¿Habrían reabierto el paso por el río? Efectivamente. Ahora podríamos disfrutar del cañón cómo realmente se merecía… desde dentro. Al pie de los gigantes, bajo cascadas increíbles que se tornaban lluvia, con el cuello roto de mirar hacia arriba, alucinando con la falla que la madre naturaleza le dio por crear hace unos 12 millones de años (día más día menos).

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Así es Chiapas, una de las joyitas de México. O así lo definen pues todo mexicano que se cruzó en nuestro camino no tiene sino piropos para esta región selvática y llena de regalos naturales. Paisajes que quitan el hipo, ríos, selvas, cascadas, un paraíso.

Chiapas Waterfalls 05 - Misol Ha

Chiapas Waterfalls 04 - Misol Ha

(La impresionante cascada de Misol Ha…

Chiapas Waterfalls 02 - Agua Azul

… y la de Agua Azul, convertida en Agua Marrón gracias a las lluvias)

Y en el centro, en mitad de un inmenso valle, se encuentra su antigua capital. San Cristobal de las Casas, que no es sino otro maravilloso y colorido pueblo colonial de tantos y tantos que decoran México. Nótense en semejante afirmación un ligero matiz de aburrimiento y falta de sorpresa. Característica que confesará aún a riesgo de que se me acuse de hereje y se me intente atar bien fuerte a una pira.

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No me malinterpreten, es un pueblo precioso. Si. Pero de un patrón tan similar al resto de pueblos preciosos que parece que ya has estado por allí antes, en las mismas calles que ya habías visitado en tantos otros. Incluyendo que probablemente y tras tantos tiempo de ser el centro de uno de los estados más turísticos de todo México, está demasiado hecho a medida del visitante.

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Lo cierto es que tampoco le dimos demasiadas oportunidades pero es probable que acabe volviendo por allí (como centro neurológico de Chiapas para las zonas que me falta ver), así que si hay algo imprescindible que no debiera perderme, no duden en avisar.

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Fue desde ahí donde partimos para adentramos en la jungla. Literalmente. En busca de las ruinas de Palenque. No se imaginen a partir de esta expresión tan indianajonesca que nos adentráramos machete en mano, látigo en la otra, cazando para sobrevivir. No. Válgame. Pero si que la zona de El Panchán donde nos alojamos era pura naturaleza. Cabañas ajenas al concepto de lujo, devoradas por la selva. Que habría sido aún más redonda si las lluvias torrenciales nos hubieran dejado escuchar los sonidos de cuando bicho viviente estuviera rodeando la zona.

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Sorprendentemente tras esa noche diluviana en que estuvimos a puntito de conocer a Noe en persona, el día despertó con buen humor. Fantástico para poder adentrarnos en Palenque. Las salvajes ruinas Mayas de Palenque.

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Descubiertas a finales del siglo XVII, son los restos de lo que fue una ciudad maya cuyo tamaño se desconoce, pues se estima que se ha explorado menos de un 10 por ciento de su totalidad, el resto se encuentra perdido y enterrado por la selva. Incluso hay quién asegura (sin demasiada fiabilidad científica) que más de una de las colinas y montañas que lo rodean no son sino pirámides mayas donde las plantas se asentaron sin dejar rastros hace ya muchas décadas. Que vivan las leyendas.

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De cualquier manera, lo que puede visitarse, lo que queda de Palenque es espectacular. Envuelta en muchos misterios, pues aún se sigue descubriendo información sobre este lugar abandonado sin motivo aparente en el siglo VIII, sus estructuras se conservan mucho mejor de lo que cabría esperarse y basta un poco de imaginación para visualizar a la ciudad en movimiento.

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Primer contacto con la cultura Maya (o lo que quedaba de ella) y seguro que no será el último. Yucatán me espera para darme unas buenas lecciones sobre ellos, pero las clases deberían de esperar. Girando completamente la ruta, volvíamos a México DF, donde nos esperaba un momento histórico: un grito que aún resonaba 200 años depués.

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Día 479: Puerto Escondido

(O tal y como alucinamos y sufrimos al borde del Pacífico un 11 de Septiembre de 2010)

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Ejercicio de imaginación visual. Inspiren profundo y piensen en la oscuridad total. Una insondable negrura en donde se encuentran detenidos. De pie. Sin moverse. Sin ningún foco de luz a su alrededor, ustedes son invisibles, partes del mismo abismo. Ahora deciden mover suavemente un brazo y ante su asombro, su brazo se ilumina. Un tenue color fosforescente que deja un rastro que se apaga a los pocos segundos. Vuelve la oscuridad.

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Ahora mueven el mismo brazo pero más rápido. Y su brazo reaparece esta vez con una luz más intensa, una estela con un brillo efímero, como si estuvieras formado por estrellas fugaces. Es ahora, en ese momento, cuando decides ponerte a correr. Y mueves todo tu cuerpo que se ilumina, incandescente con tonos a medio camino entre el amarillo y el verde, creando un halo que se difumina lentamente por donde vas pasando. ¿Se lo imaginan? Sería mágico, ¿verdad?

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Y que pasaría si les aseguro que es cierto, real. Que existe y que juro y perjuro que no es fruto de la ingesta de peyote. Probablemente me tacharían por loco. Pobre. Ha perdido la razón. Es normal, tanto tiempo de viaje, se le ha ido la olla. Pobre. Este lo que necesita es un buen plato de jamón. Pues no. Es cierto. Me jugaré mi escaso prestigio en semejante afirmación. Sólo que con un ligero matiz. Cambien el elemento. Y en lugar de aire, como la mayoría de ustedes se habrá imaginado, conviértanlo en agua. Y cambien correr… por nadar.

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La barca cortaba la densa noche atravesando la laguna de Manialtepec. Ni rastro de la luna y apenas un ligerísimo tintineo de las estrellas. Y nosotros no sabíamos muy bien que hacíamos allí. Quizás porque nadie había sido capaz de explicarnos bien lo inexplicable. Agua que brilla. O algo así. Y mientras la barca se adentraba más y más hacia el centro de la masa de agua vimos pequeñas luces moverse bajo nosotros. ¿Peces fosforescentes? ¿Qué diablos nos habrían puesto en la comida? Aguzamos la mirada, intentando escudriñar más allá… y entonces fue cuando con la barca aún en marcha metimos la mano en el agua.

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Brillaba. Creando la misma estala que seguro han imaginado, desapareciendo en forma de nube como leche en el café. Y las gotas de la mano aún chorreando servían para lanzarlas contra la superficie y pintar sobre ella. Irreal como ello mismo. Era el momento de saltar al agua. Y con cada salto se creaba una bomba de luz. Con cada brazada se iba iluminando el camino. Incluso nos permitíamos el lujo de tomar el agua en la boca y lanzar chorros de luz por los aires. ¿Donde estábamos? ¿Habíamos llegado a Pandora al fin?

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La solución a semejante efecto gusiluz, lejos de teorías de aguas radiactivas, se encuentra en un microscópico organismo, que cubre todo, rodea todo (como los midiclorianos, para entendernos). El fitoplancton. Una especie de plancton que adquiere propiedades fosforescentes un par de meses al año, sin fecha demasiado fija. Y habíamos llegado en el mejor momento, en el que el brillo era más intenso y cuando no había nada nada de luna que redujera el efecto.

Absolutamente impresionante.

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Fue una sorpresa que nos aguardaba a escasos kilómetros hacia el interior de la costa Pacífica de Puerto Escondido, lugar de playa al que habíamos decidido ir para cumplir dos propósitos. El primero pasar algún tiempo de playa, al más puro estilo tumbona, pescaito frito y vuelta y vuelta y un segundo, mucho más ambicioso de convertirnos de una vez por todas en jinetes de las olas y dominar eso que se conoce como tablas de surf.

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La idea romántica del surfeo se desvaneció rápidamente cuando entramos en las bravas aguas que azotaban el litoral. A estas alturas de la película ya es momento de confesar, que lo que es yo, no he montando ni en monopatín ni he esquiado en toda mi vida, así que no andaba yo con demasiadas esperanzas de quedar glamurosamente aguantando el equilibrio en la tabla.

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Iluso. ¿Quién hablaba de equilibrio? Muy pronto descubrimos que antes de plantearse el surfeo había que llegar a las olas. Raúl, nuestro profesor, lo vió claro. “Tenéis muy poquitos brazos y en el surf, todo es cosa de brazos”, sentenció. Porque antes de surfear hay que tumbarse en la tabla y remar, remar, remar con los brazos intentando atravesar las olas o al menos dejar a un lado las corrientes que te llevaban de vuelta hacia la orilla. O hacia donde fuera.

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(Liberando tortugitas)

Habíamos dejado el equilibrio para otra ocasión, mientras luchábamos contra las olas que venían, desde adelante, desde el mar, pero también desde atrás, volviendo desde la orilla. ¿Pero que clase de broma era esta? “Vamos, REMAD, REMAD, NADAD, MAS FUERTE, MAS FUERTE!!!” Gritaba Raú, aka “el Sargento de Hierro”, mientras nosotros sufríamos para no ahogarnos. Tomen nota, principiantes: Puerto Escondido puede ser uno de los lugares menos apropiados para introducirse en esta especialidad de tortura.

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(Los lemmings)

A pesar de todo, aún conseguimos, y tras dos horas de training, aguantar un par de segundos sobre la tabla. Bendita recompensa. Aunque todo sea dicho, hecho lo más difícil, sólo quedaban ganas de más… si no fuera por la invasión de agujetas que cubrió el cuerpo durante tres o cuatro días más. Que duro es el glamour. Yo me quedo con la hamaca viendo ver el atardecer.

Otra corona, gracias.

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Día 477: Oaxaca, el mezcal, los chapulines y otras historias…

(Post cargadito de buena gente y mejores recuerdos que afortunadamente aún no se han olvidado y que deberían haberse contado un 9 de Septiembre de 2010)

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Nos emborracharon. Así, sin más, sin miramientos ni remordimientos, con alevosía. A traición. A base de caballitos de mezcal, tequila, aguardiente y algún que otro brebaje de similar índole. Madrecita. Y nosotros sin comer. Con los 40º corriendo por la sangre sin nada que los detuviera. ¡¡Qué alguien los detenga!! ¡¡Que ahí vienen con más!!

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Así acabamos, bajo una lluvia ligera, sin inmutarnos. Improvisados invitados de un pasacalles, con sus gigantes, su orquesta y sus locales bailando, vestidos tradicionales, cantando y portando botellas y garrafas que contenían de todo menos agua. Añadieron unas cuantas tortillas que tampoco dudaron en compartir (cosa tremendamente admirable siendo Oaxaca uno de los estados más pobres de México) y siguieron al mismo ritmo mientras duró la fiesta.

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La excusa, decían, era celebrar que era el día de la Alfabetización. Un motivo bastante noble, tan bueno como cualquier otro, porque allí, en Oaxaca, no hay semana que no se lancen a las calles a celebrar algo. Truene, llueva, diluvie, nieve o tiemble la tierra, supongo. Así que alentados por el buen ritmo, humor y alegría que repartían aguantamos hasta el final, hasta que la orquesta se disolvió presa del cansancio (jaja) o más bien del toque de queda que debía de imponer el ayuntamiento.

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Tan inesperado como divertido. Acabamos de llegar a la ciudad huyendo, sin lograrlo, del clima dublinense, gris y cargado de lluvias, que asolaba Mexico DF (al que volveríamos más tarde). En compañía de mi hermano, que recién había atravesado el Atlántico para la ocasión. Un resto de días de vacaciones que bien se merecían un reencuentro más de un año después. Lo agradecí en el alma. Siempre es genial reencontrarse con amigos y familia, pero siempre es un extra si encima lo hacen llevando una sonrisa optimista por bandera y con los ojos brillando ante todo.

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No fue este pasacalles, cargado de alcohol, lluvias y toros de cartón con petardos, bengalas y fuegos de artificio que prendían y explotaban a escasos metros de la concurrencia (en un sálvese quien pueda) el único momento surrealista de esta ciudad a medio camino entre el caos y la tranquilidad, adjetivos que se aplican por calles, como si cambiaras de lugar de una cuadra a otra.

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El otro momento memorable se dio al pasar como meros espectadores (con algo de hambre, confieso) por el mercado 20 de Noviembre. La idea era encontrar un algo barato para comer, pero rápidamente nos vimos atraídos, presa de la curiosidad, hacia una nube blanca, una neblina sospechosa en uno de los pasillos del mercado. ¿Qué sería?

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Apenas nos adentramos en el humo primigenio, las cosas comenzaron a suceder a más velocidad de la que éramos capaces de asumir. Gritos. “¡Güero! ¡Güero! ¡Güerito!” y acto seguido nos vimos casi sin tiempo a reaccionar cargando una cesta con un par de chiles y unas cuantas cebollitas por el pasillo de la muerte. “Oigan” intentábamos preguntar “y con esto… ¿que hacemos?”

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Pues sobrevivir a las hordas de vendedores que intentaban llamar nuestra atención. “¡Aquí güerito! ¡Carne! ¡Chorizo! ¡Bistec!” decían todas la voces, entremezcladas entres sí, porque amigos, en el pasillo del humo donde los vendedores se apelotonaban, todos, absolutamente todos, vendían exactamente lo mismo y al mismo precio.

Un pasillo donde se repartían intermitentemente, puestos de comida con barbacoas. De ahí el humo. “Aquí lo compra y aquí mismito se lo preparamos güerito”. Imaginaos el barullo, porque lógicamente, no éramos los únicos que pasábamos por allí. Gritos, más gritos. Una señora endiñando cestas con chiles y cebollitas a todo el que se moviera. Los carniceros desgañitándose para atraer la atención. El barullo de los comensales pasando por allí. Unos por aquí, otros para allá. ¿Es posible desorientarse en un único pasillo? Si.

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Elegimos al azar, como no podía ser de otra manera, y acabamos sentándonos en una pequeña mesa donde al mismo ritmo empezaron a llegar gente de la nada. Una ofreciendo tortas. Otra salsas. Guacamoles. Ensaladas. Rábanos. Bebidas. Y mientras elegías un poco de todo, ibas pagando al azar, aumentando el caos esperando el cambio. ¿A ti que te había pagado? ¿las tortas o la bebida? ¿Y a tí que te estoy pagando? Virgencita. Órale. Venga, lo que sea. ¿Y tú que traes por ahí? Hombre, mira, saltamontes. Chapulines colorados. Venga, from the lost to the river, ándele y danos un puñao, que si aquí eso se come, no vamos a ser nosotros menos. ¿Quién dijo miedo? Café calienteeeee…. café calienteee…. (cantaba otro que pasaba por allí).

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A pesar de ser la experiencia gastronómica más desorganizada que he vivido en mi vida, acabamos comiendo bastante bien. Chapulines incluidos. Sí. Sí. Por mucho que sepan más a las especias que le ponen que a otra cosa.

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Completamos la jugada de nuestros días por allí visitando las espectaculares ruinas zapotecas de Monte Albán y las mixtecas de Mitla. Dos de tantos y tantos pueblos prehispánicos de los que se desconoce mucho más de lo que se sabe. Aunque los estudios de las ruinas (de las que nunca se hizo referencia hasta el siglo XIX) indican que empezó a existir desde el siglo V y que llegó a albergar una ciudad de diez mil habitantes.

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Ya habrá tiempo de indagar en los principales pueblos que habitaron este país, de manera algo más estructurada para que no se quede en una sopa de nombres, de momento quédense con algunas curiosidades de estas completamente insustanciales como que los zapotecas creían que nacieron directamente de las rocas, los árboles y los jaguares, o que mutilaban los genitales a sus víctimas, o que sus conocimientos de astronomía eran tremendamente exactos convirtiendo al centro de la ciudadela en un gigantesco calendario.

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Y como extra, sólo me queda añadir que si quieren ver algo realmente curioso, las cascadas petrificadas de Hierve El Agua bien merecen la pena el traqueteante camino en un pickup por los montes (bellísimos) del Valle de Oaxaca.

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Oaxaca. Menudo lugar. Menuda sorpresa.

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Día 473: Historia de un comienzo

(Post que llegó cargadito y subiendo cuestas sin ton ni son un 5 de Septiembre de 2010)

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A pesar del retraso que acumulaba el camión, Ramón me esperaba pacientemente en la insulsa central de Guanajuato. “No te apures”, me aseguró como una hora antes de recibirme con una cálida sonrisa. Bien acompañado llegó el momento de saldar deudas, intercambiar chelas y nachos por relatos de aventuras al lado de la Plaza. Fue una noche entre nuevos amigo que apenas me permitió un breve y fugaz vistazo a una pequeña ciudad que me habría de fascinar.

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(Un par de micheladas, o lo que viene a ser cerveza… con picante. En México sin picante no eres nadie)

Lo descubrí con la llegada del día. Muy distinta a todas las otras ciudades de la Nueva España que había podido visitar hasta la fecha, diseñadas con escuadra y cartabón en perfectas cuadras rectangulares. Guanajuato en cambio había crecido sin ningún orden ni control, comenzando sobre la cañada y extendiéndose sobre las colinas que la rodeaban.

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Pequeñas, diminutas, casitas de colores que moteaban como una paleta de pintor cualquier vista. Apelotonadas, creando callejones imposibles, algunos con salida, otros cerrándose abruptamente haciéndote volver sobre tus propios pasos. Un laberinto fantástico donde lo más divertido estaba en no encontrar nunca la salida.

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Cervantes estaría encantado. Ciudad Patrimonio de la Humanidad, Capital Cervantina de America, Capital Mundial del Patrimonio Cultural, Cuna Iberoaméricana del Quijote y sede del Festival Internacional Cervantino. Todo un homenaje al escritor Alcalaíno, culminado en 1990 con el hermanamiento entre Guanajuato y la propia Alcalá de Henares.

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La mezcla de lo mejor de ambos mundos. Toda una experiencia para pasear, ciudad universitaria, muy joven por tanto, llena de vida, por donde se juntan las callejoneadas (de idéntico o muy similar corte a nuestra tuna), se mezclan los mercados y a fuego lento se cuecen las leyendas, que pasean de la única manera que se puede hacer en esa ciudad. A pie.

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Pero sus estrechas calles empedradas guardan muchos pedacitos de la historia de este país. Sobre todo, historias de como llegó a existir. Porque aquí se fraguó el inicio de lo que hoy llamamos México. Aunque realmente, el inicio inicio, vino trescientos años antes. Cuando los colonizadores hispanos de la mano de Hernán Cortés, llegaron, se asentaron y sometieron a los aztecas y resto de pueblos indígenas para conformar lo que se llamó Nueva España y que respondía principalmente a un objetivo. Explotación de recursos. 1535.

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Desde aquel momento, comenzó un proceso muy interesante. Durante 300 años, la cultura hispánica y la propia de los indígenas comenzó a mezclarse. Sin obviar el sometimiento, pero una mezcla. A diferencia de otras colonizaciones en otras partes del mundo, donde se exterminó o se confinó hasta casi la extinción a los locales, aquí se optó por la mezcla. De ahí salió un nuevo pueblo. De ahí aparecieron nuevas costumbres. Ahí estaban las raíces de este nuevo país.

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No habría que caer en la idea de que era un mundo de rosas. Mezcla no quiere decir en ningún momento integración. Y en los albores de este nuevo país, había ciudadanos más privilegiados que otros. El acertijo está claro, los afortunados ganadores fueron siempre los españoles que iban llegando y tomando posiciones de poder. Vamos, en resumidas cuentas, los españoles (llamémoslos penínsulares), aunque recién llegados, seguían mandando por encima de todos.

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Por debajo, en el segundo escalón, estaban los criollos, que no eran sino hijos de españoles nacidos en Nueva España. No eran los que peor estaban, pero su discriminación negativa única y exclusivamente por no haber nacido en el viejo continente comenzaba a crear muchos resentimientos. Que serían clave para el futuro de los acontecimientos.

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Bajando un peldaño más, estaban los mestizos. Lo que habría de ser la base de un país, la auténtica mezcla, no pintaba mucho en las decisiones y designios de la nueva nación. Casi el escalón más bajo, sólo por encima de los indígenas (¿cómo? ¿sin mezclarse? ¿pero quién se habrán creído estos?) y los esclavos Africanos.

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Interesante punto de partida. Así que tenemos unas tensiones crecientes controladas desde el gobierno español. Pero hete aquí, queridos míos, que entraron en la fórmula un nuevo país. Los franceses. Ya ven ustedes, a los vecinos, comandados por un tal Napoleón, les dio por expandirse e invadir España (que en una jugada maestra, encima, les dejó pasar sin apenas oponer resistencia). Así que bajo mientras Francia se hacía con el control de la Vieja España, esta misma perdía el suyo sobre la Nueva España.

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Es la oportunidad que estábamos esperando, amigos criollos. Tenemos un gobierno que derrocar. Y se sucedieron las conspiraciones. Infructuosas, delatadas, la mayor parte del tiempo. Así sucedió en 1810. La conspiración de Querétaro donde se encontraba un cura y un militar que respondían al nombre de Miguel Hidalgo e Ignacio Allende, respectivamente. Delatados y viéndose perdidos tomaron la única salida que vieron. ¡¡A las armas!! ¡¡A las armas!!

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Y en la madrugada del 16 de Septiembre de 1810, desde la pequeña localidad de Dolores, se acercaron al Santuario de Atotonilco, tomaron en su poder una bandera con la Virgen de Guadalupe y con ella, arengaron a la población en lo que se conoce como el Grito y se lanzaron contra la propia Guanajuato.

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(La bandera con la Virgen de Guadalupe en el Santuario de Atotonilco)

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Contra todo pronóstico, ganaron esa batalla aunque no sobrevivieron para ver el final de la Guerra. Fueron capturados y fusilados, pero el movimiento para desmarcarse de España estaba en marcha. Imparable aunque terriblemente lento. Fueron necesarios once años más de lucha encarnizada hasta que Nueva España consiguió su independencia. México había nacido. Era 1821. Tras tres siglos forjándose una identidad, estaba empezaba a tomar forma real y oficial.

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Descubrí estos escenarios históricos entre San Miguel de Allende y Guanajuato acompañado por el mítico Jose, otro torrejonero de pro, al que el azar quiso colocar, varios años después de habernos vistos por última vez a tiro de camión y que no dudó en juntarse y acompañarme durante un par de días por los pueblos de la región, entre minas, momias, decenas de iglesias y centenares de tacos.

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Y añadiré, sin mentir, que ha sido la irregular, cubista y colorista Guanajuato la ciudad que más me ha gustado y enamorado desde que pisé México. Lo cual aunque apuesta arriesgada, queda abierta a discusión de quién opine que hay alguna más bella. Cosa que deberé comprobar de inmediato. He dicho.

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Para Ramón al que finalmente pude poner cara, para Diego por su hospitalidad, para Joso por acabar durmiendo en la estación de autobuses para venir a verme y para Joys por hacerme de guía, las micheladas y las sonrisas.

Actualización: La visión Jose de esos mismos días ya disponible.

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Día 467: Guadalajara, Guadalajara, Guadalajaaaaraaaaa

(Trocitos de una ciudad que debería haber contado un 30 de Agosto de 2010)

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Me enchilé.

La temperatura de mi boca seguía y seguía aumentando sin yo poder hacer nada por evitarlo. Casi convertido en dragón la cabeza empezaba a sudar y miré con desesperación a mis acompañantes. Con la campanilla incandescente iluminé la habitación cuando abrí la boca para preguntar: “Este picor va a seguir aumentando mucho más?”

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(Mi archienemiga, la torta ahogada)

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Yo, pobre alma perdida de débil paladar, me enfrentaba a una insignificante torta… ahogada. Bueno, semiahogada. Lo confieso. Menos de cuarto ahogada. Donde ahogada significa, literalmente, inundarla de salsa picante, de esa que hace llorar al mísmisimo diablo. Yo, consciente de mis limitaciones, había sustituido la salsa picante por una neutra de tomate y añadido una cucharadita de la picante. Sobrepasando las expectativas, me había excedido.

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En mi defensa, señor juez, son pocos los bravos que ahogan el birote con carnitas completamente. Incluso he oido rumores de que hay quién se considera mexicano y olvidan completamente la salsa picante. Que conste en acta.

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Sobreviví a la torta, no fue mala manera de darme contra la gastronomía de la preciosa Guadalajara. conocida por la perla de Occidente, la perla Tapatia, la ciudad de las Rosas, fue fundada por un castellano manchego que la llamo como su ciudad de origen allá en la Vieja España. Y desde entonces vaya que si ha prosperado. Tanto que su cultura (y la de todo Jalisco en general) se ha apropiado de la imagen del país.

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¿Quién no relaciona México con el Tequila, los mariachis, los charros? Ciertamente no es lo único (ni mucho menos), pero si esa imagen que se aparece instantaneamente en la mente al hablar de él. Vamos, lo mismo que las Sevillanas en España (por más que nos pese esa redución) o los San Fermines (no os podéis imaginar la cantidad de gente que conoce esa fiesta por encima de todo, a la par que la Tomatina. No digo más).

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Plagada de iglesias cristianas como la mayoría del país, fervientemente religioso, su catedral corona el casco viejo, rodeado de plazas, centros vitales de una ciudad orgullosa de si misma. No es para menos, sus soportales de piedra, sus calles limpias y coloridas la hacen una gozada para pasear.

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Incluso hay quien se anima a recorrerla en calandria, una carroza de caballos, adornada generalmente con corazones y otros iconos de similar clase y que contra todo pronóstico lo usan mucho más los locales que los turistas. O quizás es que en una ciudad como Guadalajara los turistas son mayoritariamente también mexicanos.

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Plagada de artesanías, los ya clásicos y abarrotados de puestos de comida llenos de gente como abejas de un enjambre y oh sorpresa, la confirmación de las tremendas dosis y dosis de supersticiones reflejados en mercados esotéricos, llenos de hierbas, pociones, amuletos y santos Cristos de las Calaveras. Plagados también de quién busca curarse un mal de ojo, que tu startup despegue, que tu alma se limpie o como enamorar a esa chavita que te trae loco.

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Por sus calles deambulan todo tipo de personajes, buscavidas, mariachis a la caza de alguien o alguna pareja a la que serenatear (ojo, que suelen pedir unos 20 euros por canción) aliñados con vendedores ambulantes, cargados de juguetes, ropa y como no… comida. A estas alturas ya os estaréis haciendo una idea de que pasar por México es irresistiblemente un buen viaje gastronómico.

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Pudimos acercarnos a la cercana localidad de Tequila, ciudad que dio nombre a ese destilado que tan buenas crudas lleva consigo al día siguiente. El proceso no tiene demasiado misterio, siendo lo más interesante, la planta de donde se obtiene. El agave. A primera vista un tipo de cactus cuyo oro está en su interior, despojado a base de machetes de sus poderosos pinchos. 10 añitos tarda en crecer la susodicha planta antes de ser recoletada, pelada, horneada, estrujada, fermentada, destilada un par de veces y rebajada con agua para quedarse en unos clásicos 40º de graduación.

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Me comentaban, aunque yo no lo hice, que hay un mítico tren que responde al nombre de Tequila Express, que cruza los campos del agave, desde Guadalajara para llegar a las fabricas mientras se chupan caballitos de tequila. Vamos, una manera como otra cualquiera de simular que vas de acto cultural para acabar con una melopea de las buenas. Que tomen nota quien le interese. Yo simplemente lo dejo caer.

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Tuve la suerte de coincidir en plenas celebraciones con la ciudad. Uno podría pensar que soy un tipo afortunado que va enganchando por la magia del azar festividades por donde paso, pero eso tiene poco que ver con el azar en México. Siempre hay festividades en todos los sitios. Siempre. Si no es una cosa, será otra, siempre hay una excusa para engalanar la ciudad y montar una buena pachanga.

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En este caso, coincidió con el festival de mariachi tradicional y charrería. Conceptos que pasaré a describir a continuación, por si hubiera algún perjudicado por el agave fermentado que no los tuviera claro.

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Reconozco que nunca había sido un gran fan del mariachi, pero cuando recién llegado a Guadalajara me llevaron a verlo, aluciné. Ese chorro de voz, aderezado con metales, violines, vihuela, guitarrón y guitarras, me encogieron el corazón y me quedé ensimismado, atrapado por la música. Ciertamente, si no es en vivo y en directo, no es lo mismo, me cuesta imaginarme a mi mismo escuchando mariachi ya grabado, sin verles portentosos con sus trajes de gala, con adornos plateados, chaleco y pañuelo al cuello y cantando tragedias y dramas amorosos.

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El mariachi tradicional, en mi opinión, carece del glamour del moderno, pero es más directo, más fiestero, más humilde, más de la gente, para y por el pueblo. Grupos venidos a lo largo y ancho del país a cantar y bailar sus tradiciones, cada cual son su ritmo, incluso alguno añadiendo arpa o acordeón. Me maravilló. Me enamoró ver a tanta gente de todas las edades disfrutando y participando de algo tan en peligro de extinción. No son muchos los grupos de mariachi tradicional que sobreviven.

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La charrería en cambio me pareció tan imponente que sólo me quedó sentarme a disfrutar. El Charro, similar el gaucho argentino, al llanero colombiano, incluso al vaquero estadounidense, representa al hacendado, a los señores que tienen tierras y caballos, jinetes que originariamente se daban a las labores de ganadería a lomos de corceles.

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Un lienzo charro es en definitiva, una muestra de las habilidades de estos ganaderos para con sus animales. Las suertes charras. Desde demostrar la doma del equino, hasta seguir y derribar un novillo, montar un toro bravo hasta que se quede sin aliento, usar el lazo con tremenda habilidad y florituras, tanto a pie como a caballo, para atrapar a yeguas o novillos y le paso de la muerte, saltar de un caballo a otro mientras ambos corren al galope. Todo tan espectacular como pueda uno imaginarse. Ah si, acompañado de más tacos, quesadillas, gringas, carnitas y más nombres de esos que uno se acostumbra a oir por aquí.

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Fue ahí, en Guadalajara, donde alcancé la nada desdeñable edad de 32 castañones, rodeado de nuevos amigos, que no dudaron en hacerme sentir como en casa, incluso cocinando para mí. ¿Han oído hablar del Pozole?

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Pues investiguen, investiguen, que yo descubrí los límites de mi estómago en sendos platos hondos, con un poquito de chile, claro. Que hay que irse acostumbrando. La adaptación. Cuestión de supervivencia.

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Para Mariana, Lulu y Sergio, por su tremendamente generosa hospitalidad (y la habitación de la Emperatriz)

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