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Mercaderes y atardeceres: Edimburgo (2)

Los mercados de granjeros se definen como un mercado donde el granjero, ganadero o productor vende sus productos directamente sin necesidad de intermediarios. Así vende lo que ha cultivado, lo que ha cocinado, recolectado etc.

A los pies de la colina que corona el castillo de Edinburgo se puede disfrutar cada sábado de un mercado de estas características, donde además de los productos típicos en este tipo de saraos como quesos, bizcochos, ternera, pollo, cordero, se puede degustar algo de carne de jabalí o incluso búfalo. El rango es amplio: Fruta, verduras, miel, huevos, cerveza…



Seguramente ya andareis salivando y generando esos jugos gástricos que os incitarán a asaltar esa sana máquina de patatas fritas, chocolatinas y pollanitos varios que todos teneis en vuestras oficinas en lugar de meteros un filete de toro silvestre. La vida es dura lo sé. Pero yo mantuve el tipo sin perder demasiado la dignidad con la frialdad de quién entra en un supermercado sin denterse en cada estante y llenar el carro de tentaciones varias. La clave para mantener la compostura es exactamente la misma. Asaltarlo con el estómago lleno.



En mi caso he de reconocer que la dignidad quedó cuando poco encubierta, a modo de cortina de humo, si he de reconoceros que son los restaurantes colindantes los que se aprovechan del mercado para ofrecer un farmer’s market breakfast (a las 12.30) que nos lleno la andorga hasta decir basta.

Tuvimos la opción de decidir entre el más sano con algo de verde y el menos sano con nada de verde. La opción mañanera sin miedo a la muerte guíada por las influecias hipnóticas estomacales hizo el resto. NO diré más. Productos de primera calidad para decorar las paredes gástricas. Que champiñones, que bacon, que salchichas, que huevo, que pan!!! Desayuno continental o intercontinental diría yo.

Vamos, la bomba que todos necesitamos. Regada con cafelín y zumo de manzana. :) jejeje.

Cambiemos de tercio, pues auqnue no soy metereologo ni mucho menos se leer los cirros, nimbostratos, cumulononimbos y demás tipos de nubes, no seré yo el más indicado para hablar de porque tuvimos los maravillosos atardeceres que tuvimos, no se si será cuestión del frío sin lluvia, del calentamiento global o vaya usted a saber (espero que nuestro metereologo anónimo se pronuncie al respecto), el caso es que hasta cabe la posibilidad de que sea algo que suceda cada día (?), pero a las pruebas me remito, señor juez.







Y el señor que hace los atardeceres se habrá quedado tan ancho.

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Capital de Escocia. Edimburgo (1)

Un cañonazo en el castillo indicaba que era la una de la tarde, al mismo tiempo que el enorme reloj que coronaba el Balmoral indicaba la 1.05. Cinco minutos de margen para que los más despistados puedan llegar con un poco de margen a la estación de tren. Desde la parte de arriba del autobús mientras cruzaba por Princes Street me alegré infintamente de haber dejado la mañana lluviosa de Londres para encontrarme en un día soleado en el medio de Edimburgo.





Volví. No había bajado del autobús y ya estaba deseando perderme por el intrincado y caótico mundo de la ciudad vieja, saborear una Deuchars (que lamentablemente no puedo encontrar en Londres) y encontrarme con el bueno de Graham para pasar un fin de semana de disfrute y goce en esta maravillosa ciudad escocesa.


No lo negaré. Es una de mis ciudades favoritas. Sus edificos de piedra gris ennegrecida reflejena la luz de una forma increible. En un principio eché de menos el olor de la cebada que suele cubrir la ciudad. Apenas había viento que trajera el aroma desde la fábrica de cerveza, pero en el momento que se levantó una pequeña brisa ya caí irremediablemente en las redes de la ciudad.


Era la misma ciudad pero totalmente diferente. Mi visita anterior fue en el festival de verano de Edinburgo, un festival de más de un mes de duración que llena sus calles con artistas y turistas venidos de todas partes del mundo. Ahora en cambio era una ciudad mucho más dócil, más agradable. Más casera.

Mucho más entrañable de entrar en los viejos pubs de madera rodeado de locales al calor de las llamas de las chimeneas, mientras un pequeño grupo de música celta ameniza el ambiente como melodía de fondo, mientras el resto de los presentes se sienten ajenos, entretenidos en sus conversaciones, en su deguste de whisky. No sería lo mismo si se prestara atención a los músicos. Y ellos tampoco lo requieren. No sonaría igual sin el murmullo de fondo y los sonidos de vasos y jarras en la barra.

Delicioso.


No era este un viaje para verlo todo, así que dejaré a la buena vista de los visitantes el descubrir los misterios de su castillo, el caminar por la milla Real desde la residencia de la Reina y el parlamento Escocés, de subir al Arthur’s seat… Nada de turismo. Este era para mí.


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