
La simple frase de la boca tímida de el Pachinko resumió entre resoplidos y dolorosas agujetas el sentimiento general. “Hay que ver, lo bien que estamos aquí ahora. ¡¡Tenemos hasta agua!!” Definitivamente, nuestros estándares de satisfacción habían caído hasta los mínimos insospechados. Pero ¿qué había sucedido? ¿Cómo habíamos llegado a ese estado tan lamentable?



Veinticuatro horas antes, éramos unos alegres y felices excursionistas, que tomábamos el primero de los dos teleféricos que subían a la estación de Le Brévent en el macizo de las Agujas Rojas. Era el lado opuesto del valle de Chamonix, enfrentado al macizo del Mont Blanc, lo que lo convertía en el más lujoso de los miradores.



Es el problema de vivir al lado del Mont Blanc y sus compañeros nevados. Que nadie repara en ti. En cualquier otra parte del mundo las Agujas Rojas serian la atracción principal, pero aquí no les quedaba más remedio que aceptar su condición de segundonas, eclipsadas ante el gran público por la ristra de cuatromiles que tenían enfrente.


Pero si obviábamos a los abusones, las Agujas Rojas eran espectaculares en sí. Aún en la distancia los picos se elevaban, afilados, acuchillando el cielo azul. No podíamos quejarnos del tiempo, para ser una región de alta montaña donde el tiempo cambiante es rutina, estábamos teniendo varios días que eran una auténtica gozada.



Un pequeño trek nos llevó llaneando sobre las cimas desde los 2525 metros de Le Brévent hasta el refugio que Bellachant. Todo el trekking no erá sino un balcón desde el que disfrutar del valle. Una terraza de auténtico lujo, abierta a todo aquel que quisiera subir hasta allí. Caminos quebrados de rocas que se abrían paso entre la maleza agostada por el sol.


Sólo quedaba una pequeña bajada, de apenas 1500 metros de desnivel. Dicho así, a oídos inexpertos puede no sonar como demasiado, pero creedme, lo es. Y no, la excusa de que era sólo una bajada no cuela. Dadme solo subidas y dominaré el mundo, dadme una bajada por caminos cabriles y acabaré con las rodillas enmelonadas. Vamos, como un santo melón. Aunque yo no lo sabía todavía, pues en mi atrevido pack de descenso, siendo joven y valiente, creyéndome en plena forma y con los músculos en caliente, apenas se notaba, pero cada paso, forzando cuadriceps, ligamentos, poplíteos y sartorios se iba a cobrar su precio en oro. Y con intereses.


Hasta aquí habría sido una breve historia de ida y vuelta, cansancio y recuperación posterior, a base de pociones de cebada fermentada y tumbados en el jardín, pero nosotros (o al menos una pequeña parte de nosotros) teníamos otros planes: La necesidad imperiosa de ver un atardecer o amanecer desde las montañas.


Con la mayoría de los teleféricos cerrando a las seis de la tarde, no quedaba mucho margen de maniobra para llegar al atardecer. Sólo había una opción: pasar la noche en las montañas. No se asusten ante tamaña información. No íbamos a ponermos a crear nuestro propio vivac, sino a pernoctar en alguno de los refugios de media montaña de la zona.

Nuestro destino no era otro que el Lago Blanco. Prometía ser un destino ideal para nuestro idilio fotográfico con los Alpes, reflejados simétricamente en sus aguas. Eso habría que verlo. Así que cuatro inconscientemente valientes montañeros (o aprendices de) – Fotomaf, el Pachinko, Jorge de Yokmok y un servidor – nos lanzábamos de nuevo monte arriba, teleférico mediante hasta una nueva parte del macizo de las agujas rojas. Index, a 2396 metros.



Por aquel entonces con las paradas técnicas y una horita de descanso, las rodillas y las piernas, a las que se había juntado no solo a la morrocotuda bajada sino también a nuestra escasa forma física, ya empezaban a confesar todos sus pecados esperando la extrema unción. Mal comenzamos querido Sancho, si el segundo día de caminata ya empezábamos a arrastrarnos. Pardiez.


La foto. La foto. La única idea en mente. A estas horas ya sabíamos que nuestro plan estaba completamente sobredimensionado. Tan solo había dos refugios en la zona. Uno en el propio Lago Blanco, a 2352 metros y otro a media montaña en Flegere a 1877 metros. Idealmente dado que nuestro punto de destino era el Lago Blanco, lo ideal hubiera sido quedarse allí a pasar la noche, pero lo improvisado del planning, perpetrado el día de antes, cuando aún pensábamos que las agujetas sólo le sucedían a la gente fea y nosotros no lo éramos, hacía que fuera muy tarde para poder reservar litera allí. Todo lleno, caballeros. No quedaba más remedio que usar el segundo refugio.

Esto llevaba un problema asociado. Una vez visto el atardecer, habría que bajar hasta el segundo refugio. Algo más de dos horas para recorrer la el camino con una nueva diferencia de desnivel de 500 metros. La foto. La foto. Aceptamos barco. Comenzamos a andar en dirección hacia el Lago Blanco, mientras la gente se apelotonaba en los teleféricos de descenso. Apenas en quince minutos dejarían de funcionar y salvo los que quisieran pernoctar en la montaña, el resto de caminantes se apresuraban en no perder el último vagón flotante con dirección a la planta baja del valle.


Este movimiento de tropas en retirada de la montaña, nos dejaba la ruta y las agujas prácticamente para nosotros. La hasta ahora algo masificada montaña se volvía silenciosa y nos daba tiempo a apreciarla en toda su grandeza y esplendor. Siempre ante la atenta mirada del Macizo del Mont Blanc. Lo de “atenta” volvía a tornarse en una ironía. Las cosas no pintaban demasiado bien y las nubes se empezaban a acumular en las cumbres. Nada, zafias prueba a nuestra inquebrantable fe. Aclararía. Veríamos todos los picos y el esfuerzo no habría sido en vano.



Nos equivocábamos. Llegábamos al límite de nuestras fuerzas al Lago Blanco y los cielos del Mont Blanc y las agujas de Chamonix se habían convertido en una autopista de nubes. Que nada ensombrezca nuestro ánimo señor Frodo. No tendríamos los picos, pero la calmada visión del Lago Blanco haciendo de espejo del cielo, compensaba. Faltaba algo, lógicamente, pero no había que quitarle méritos al paisaje.



Al final, aceptamos la ligera derrota, tan sólo en un par de ocasiones las nubes se abrieron ligeramente mostrando tras de sí los casi cinco mil metros del Mont Blanc. Algo es algo, nos consolábamos, mientras las nubes se volvían rojas con la llegada del atardecer. Ese rojo que debía haber sido el que pintara los picos que se nos negaban. No hay nada más que ver aquí. Circulen. Circulen.



Llegaba la hora de la bajada. Aquí ya habíamos rebajado nuestra condición de montañeros a miembros de la pandilla basura. Bajábamos haciendo el chiquito, a pasitos cortos y en medio de nopuedors, jarl, y por la gloria de mi madre. La imagen era ciertamente lamentable, lo cual no evitaba que nos riéramos de nosotros mismos y se convirtiera en un descenso esperpéntico que no traía sino más y más risas. Si la piernas ya habían llegado a su pico de dolor, ahora añadíamos las agujetas en la tripa. De reinos. Si el que no se consuela es por que no quiere.


Fue ahí, en mitad del descenso, cuando usando la técnica de “señores que simulan hacer una foto y en realidad están recuperando el aliento”, obtuve una preciosa instantánea de las montañas con las últimas, ultimísimas briznas de luz. Después de eso, llegó la oscuridad y descendíamos con linternas bajo los tenues brillos de un cielo claro e infinitamente estrellado.

Sólo lo disfrutamos cuando nos arrastramos, casi literalmente, hasta la entrada del refugio, donde ningún alma quedaba en pie, dando a toda la imagen una sensación de tintes fantasmagóricos. Unas cuantas estrellas fugaces más tarde, llegaba el momento más esperado de la jornada, nos quitábamos las botas, acompañados de sendos suspiros y caíamos rendidos, sin apenas quintarnos nada más de ropa en nuestras correspondientes literas.



“¿Quién anda ahí? ¿Quién te envía? ¿Has venido a por mí?”. Sonaba el despertador. “¿Donde estoy? ¿Quienes sois vosotros?” hablaban por mi las legañas. Nos levantábamos con las luces del alba, buscando de nuevo la luz del amanecer en las montañas. Era un día cristalino, sin una nube que pudiera discernir nuestros ojos. Era el momento de decidir nuestros siguientes pasos.



En un giro de los acontecimientos y quizás aquejados de pertinente falta de riego sanguíneo en el cerebro decidimos… volver a subir al Lago Blanco y si lo conseguíamos sin bajas, desayunar allí como nos merecíamos. Después de todo, las vistas que se nos habían negado la tarde anterior debían merece muy mucho la pena y cuando si no ibámos a volver a pasar por allí.



Nos movíamos con la creciente luz de la mañana, que iba bañando el valle de fantásticos y cálidos colores. Estábamos en marcha antes de que hubieran abierto ningún teleférico, así que una vez más la montaña era casi nuestra. Sólo disputada con rebaños de cabras montesas y un zorro fugaz que se escapó de nuestra vista sorprendido de ver humanoides a esas horas.

(¡¡Dos cabras nos cortan el camino!! Help!!)


El ritmo, os lo habréis podido imaginar, no se acercaba mucho al de la velocidad absurda, sino al absurdo en si mismo, pero ya no había marcha atrás. Vamos con todo. Todas las fichas sobre la mesa. La poca dignidad en juego. El orgullo. El maldito orgullo que se volvió recompensa al pasar por el bello lago de les Cheserys con toda la cordillera perfectamente reflejada. Todo estaba, a esas horas de tan baja moral, mereciendo la pena.



Y así regresamos al Lago Blanco, antes de que las hordas de caminantes y turistas llegaran, y justo cuando desde en el refugio estaban a punto de sacar unas tartas de arándanos recién hechas. Nos sentamos y disfrutamos el momento. Medio litro de café calentito y el suave y delicioso sabor de la tarta para acompañar un enclave espectacular, sitio privilegiado de lujo, para desayunar.


La imagen del lago Blanco, sin las capas grises de la nubes, era completamente diferente y sí que hacía honor a ser uno de los destinos más populares para los excursionistas de la zona.



Fotografiado desde todos los ángulos imaginables era el momento de regresar, llanear hasta el primero de los teleféricos y bajar hasta nuestro chalet, donde esperaba una ducha de agua calentita y una siesta de esas de orinal y siete horas sin pudor alguno.

¿Y después, podrán nuestros héroes volver a recuperar la movilidad? ¡¡Próximamente en su serial alpino preferido!!
Para El Pachinko, Jorge y Fotomaf, porque sin las risas todo habría sido más difícil.
Más info : Yokmok | Mapita de la zona