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Despidiéndonos de los Alpes en Col de Voza

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Si. Subir a troche y moche por los montes de Dios mola mucho, el espíritu de superación, la épica alpina y todo eso, pero ¿y lo bien que se va en un trenecito cremallera cuesta arriba? ¿Eh? En algún momento hay que unir la épica con la salchichez para que todos podamos presumir de momentos heroicos sin movernos del sofá, pero mientras tanto, agotadas ya nuestras fuerzas tras una semana en los Alpes, subíamos a ritmo del chucuchu (bueno un tren cremallera no hace chucuchu, pero permítanme la licencia) desde Col de Voza hasta le Nid d’Aigle.

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Era este el punto más común para comenzar la subida al Mont Blanc: Trenecito cremallera, desnivel de algo más de un kilómetro hasta uno de los refugios a mitad de camino, hacer noche, madrugón con la fresca antes de que amanezca y clavarse otros mil metros de desnivel hasta la cumbre, darse una palmadita en el pecho, plantar una banderita, una foto (si las baterías no se han descargado por el frío) y al grito de el último paga las cervezas lanzarse montaña abajo para llegar al mismo final del tren cremallera a la misma hora que nosotros subíamos.

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Se pueden hacer ustedes una imagen, cuerpos de escaladores, semidesnudos, secándose el sudor al sol. Algo harto desagradable. Tanto músculo junto. Por favor, ¿y la apología de la grasa donde queda? Seguro que más de una de las lectoras nos da la razón. Y no. No hice foto de esa aberrante colección de fotos de calendario de bomberos. No me deis las gracias.

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(Vale, es Mauro, no hace alta montaña ni es bombero, pero por lo demás… ¿no os quejaréis, no?)

Además, se os informa a todas aquellas que ya os estéis imaginando la idílica del lugar como una excusa para hicarle el diente a alguno de los desprevidos montañeros, que olían muy mal. Hala. Rompiendo el momento. No se pasan dos días de la famosa épica de la más alta montaña sin acabar hecho un cochino jabalín. Igualico que cuando viajaba yo en el canario milenario olvidando lo que eran las duchas.

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Pero a lo que vamos, que me desvío como si no hubiera seguido las señales en la nieve. No era nuestra intención, en nuestro básico de montaña, de hacer cima en el Mont Blanc, si no llegar hasta ese punto, en la frontera de Chamonix y mirar al Mont Blanc casi en vertical (tanto que apenas se veía) y allí con el cuello doblado noventa grados en la vertical encontrarnos de bruces con el glaciar de Bionnassay.

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Una vez más fuimos víctimas de las falsas proporciones, de la ausencia de escala frente al titán de hielo. Tanto que a lo lejos se le oía gritar mientras se derretían provocando algún que otro estrepitoso y ronco rugido de desprendimientos. Incluso en un punto, más allá de donde llegaba el oído nos dimos cuenta de que había una cascada de agua. Ala fijáos, como cae por la montaña. Que grande. Que pasada. Que ancha. Anda… pero, si se ha secado. Así de golpe.

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No era por lo tanto, una cascada gigantesca, sino un enorme desprendimiento que aún sordo a nosotros tuvo que ser a juzgar por el tamaño, allá en la distancia, donde las personas ya no podían distinguirse, debía haber sido escalofriante. No era desde luego la mejor hora del día para atravesar el glaciar en la subida ni tampoco para descuidarse en la bajada. La alta montaña no es amiga de muchas bromas. Nosotros más humildes, bajamos hasta los pies de la morrena, donde el glaciar, camuflado entre la tierra y rocas que el mismo arrastraba, iba dando paso a un “pequeño” lago que daría paso a gruesas corrientes de agua. El proceso natural en todas sus escalas. Impresionante.

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Era esta nuestra última parada en los Alpes, en Chamonix, donde la gente de Yokmok nos lo hizo pasar en grande, aunque fuera a un algo desentrenado amante de la montaña como yo. Ahora ya reconocido el terreno, ya solo queda concienciarse y ver la viabilidad de hacer algo de alta montaña en algún futuro próximo. Hasta entonces, nos quedamos en la parte media, mirando hacia arriba con ojos golosones.

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Cruz de Hierro, Glaciar de Hielo y otras vistas…

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Corría como una gacela, aunque el símil de cabra montesa sería más apropiado para la ocasión, pues Bitrix, nuestra guía, se lanzaba hacia la cumbre del collado, adentrándose en Suiza, a una velocidad absurda. Sé lo que están pensando. “Pero a que aspiras tu, piltrafilla? ¿Qué es eso de intentar compararte con profesionales?”. No les quitaré su parte de razón, pero debo añadir, que tras casi una semana ya pateando los alpes, mi fondo (que no mi físico) había mejorado, así como la ausencia total de agujetas. Lo cual no impedía, que una vez más, mi cuerpo salchichero fuera impedimento para aumentar la velocidad.

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No era esta, una tortura obligatoria, sino voluntaria (para más inri), pues habíamos forzado una excursión extra dentro de las que ya incluía el día y los horarios de los teleféricos no entendían de machadas de última hora. Ya saben, nada del épico “nadie quedará atrás” si no más bien, “que cada uno se agarre sus machos y corra, y si no se llega, media vuelta y a disfrutar del paisaje”. Total ya habíamos cubierto lo que teníamos que hacer, así que solo quedaba forzar para los más motivados. Lógicamente, resoplaba y el corazón estaba apunto de romperme las costillas, pero no iba a ser yo menos y quedarme sin ver el paso por el desfiladero.

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(Objetivo: ese piquito a mano izquierda)

Un momento. ¿Desfiladero? Si. No mires abajo. Solo piensa en correr. ¿Y si me resbalo y caigo? No es una opción. Corre. Aprieta el paso. Gollum. Gollum. Un último paso y voila. Grité con las pocas fuerzas que me quedaban. Allí en la Cruz de Hierro, la Croix de Fer, estaba en mitad de valles, en la frontera de dos paises, en un rinconcito de vértigo pero impresionante. Otro más en los ya de por si imponentes y arrebatadores Alpes.

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Solo restaba bajar. Bitrix hizo un cálculo aproximado. Cinco minutos. Ja. ¿Es coña, no?. Hemos tardado casi 40 en subir. Si, pero bajamos corriendo. ¿Y mis dientes? ¿Quien me va pagar los dientes que me rompa?. Vamos, no seas quejica, o ¿quieres bajarte las tres horas que hay hasta abajo si nos quedamos sin teleférico?. Quién me mandaba a mi. Me tenía que haber quedado mirando las vaquitas pastar. Con lo monas que son. Venga. No pienses en la rodilla. En sus marcas. Preparados. Listos. ¡Ya!. ¡¡Al ataque por Jadraque!! ¡¡No se harán prisioneros!!.

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(Objetivo: La pequeña caseta del fondo. Primera parte: Paso por el desfiladero. Sigan el caminito y no miren hacia abajo)

Y zancada a zancada, ayudados por la fuerza de la gravedad íbamos bajando cual meteoritos por el camino empedrado. No te caigas. No te caigas. No sería digno. ¿Dignidad? Si esa se perdió hace ya mucho. Es igual. ¡Corre Forrest!. Y el milagro sucedió. Nunca lo habría creído pero acabamos bajando en 8 minutos. Suficientes para el último teleférico. Miraba el alejado pico y parecía increíble que hubiéramos estado allí hace 480 segundos. Y además, no me había caido. Ja. Mi entrenamiento por los Alpes me estaba convirtiendo en un terminator.

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(No, no me maté. Pero me pareció curioso y bonito este cementerio en uno de los pueblos de la zona)

Fue un broche energético a un día mucho más tranquilo. Lo confieso. Aunque lo bueno de los Alpes es que tranquilo nunca está reñido con espectacularidad. Uno de los primeros teleféricos de la mañana nos había llevado a los pies de una nueva serie de aguja. Grand Montets, desde donde se tiene una vista privilegiada de la Aguja Verde, los Drus, las Agujas de Chamonix y nuestro viejo rey. El Mont Blanc.

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Es, de los puntos que tuvimos de observación, el que mejor revelaba las dimensiones del techo de Europa. Al estar más alejando en la distancia, sin efectos de perspectiva, se veía claramente su mastodóntica figura. Claro, también se veían las agujas rojas, y todos los viejos conocidos del Valle. Parecía mentira, pero tras casi una semana allí, nos habíamos familiarizado mucho con todas las localizaciones.

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También había unos cuantos locos diminutos, de esos que se ven como hormiguitas, dándose a los placeres de la Alta Montaña, sin miedo alguno, por mucho que se vieran placas de hielo a su alrededor, asomando entre la nieve. Claro que si. ¡¡Pa tí es la vida!! De cualquier manera es uno de los miradores obligatorios de la zona, que curiosamente no tiene tanta aceptación como el Aiguille du Midi, atracción de maillot amarillo de la zona.

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Visto todo desde arriba, llegaba el momento de verlo de cerca y acercarnos a uno de los Glaciares, el de Argentiere, hasta tenerlo justo enfrente de nosotros, una enorme muralla de hielo, que arrastraba rocas a su paso, crujiendo y resonando, mientras el viento que lo atravesaba, llegaba ya gélido hasta nosotros. Incluso nos aventuramos a pisarlo brevemente, que siempre hay que rellenar el Curriculum de algún detalle más. ¿Ha pisado usted un glaciar?. Pues mira, oye, si.

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Tampoco podíamos hacer mucho más. Sin otro objetivo que el ver el glaciar y sin crampones, ni equipamiento, ni entrenamiento necesario, pasar más allá de algún tímido paseillo por la orilla sería una insensatez. Pero si se podía ver a muchos grupos de Alpinistas entrenando y aprendiendo a moverse en el helado entorno. Operaciones de rescate, técnicas de escalada y un sinfin de ejercicios más. Escalada en hielo. Quizás uno de los deportes más exigentes que existen. De momento me da la risa hasta planteármelo. Valientes y fornidos, que den un paso al frente.

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Con estos tres puntos, concluía nuestro penúltimo día en los ya adictivos Alpes. Ahora que ya el cuerpo respondía perfectamente, lo que apetecía era quedarse otro par de semanas, hacerse un master de alta montaña y verlo desde arriba, allí donde habrás llegado, paso a paso, con tus propios pies y un reguero de sudor. Pero esa sensación, de momento habrá de esperar, aunque sin paredes de hielo que escalar… ¿quién sabe?

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El Mar de Hielo y el Balcón Norte

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No eran sino las nubes las que engullían los bosques y las montañas mientras el añejo tren cremallera de Montenvers, con más de un siglo de edad, subía vía a vía, los mil metros que le habían de llevar hasta los 1909 de uno de los balcones más impresionantes de Chamonix. El que permitía ver en gran parte de su esplendor al Mar de Hielo.

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Lo de esplendor, no dejaba de ser un poco irónico. Sí, se venía magnífico desde la altura, arrastrándose su serpenteante morrena por entre las montañas, pero apenas era una sombra de lo que había sido. Como todo, con los años, no le quedaba más que encogerse y en este proceso menguante sigue hoy en día. ¿Desaparecerá?

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(Nivel del Glaciar hace 20 años)

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Hay quién no le augura ni a él ni a ninguno de sus gélidos compañeros más de una veintena de años, otros más optimistas piensan que se recuperará, pero remitiéndonos a las pruebas, empíricas, que muestran las paredes de roca desnuda por donde antes habitó, no hay motivos para alegrarse. El proceso de desaparición se sigue sucediendo.

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Unas escaleras metálicas, clavadas en la roca, se adentraban en la bajada, acercándose al coloso, mientras sobre la superficie y muy a lo lejos, se podían vislumbrar a grupos de hormiguitas humanas, ataviados con capas de ropa, crampones y piolets, intentando caminar sobre su superficie.

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(Al menos tres grupitos de personas en la foto, las ven?)

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Bajaban, decía, las escaleras hasta lo más profundo de una piel de 200 metros de grosor, donde cada año se hora una pequeña cueva, llena de esculturas de hielo. Una pequeña cicatriz perforada, que cada año, ha de rehacerse, pues el Glaciar, que a pesar de ser de hielo esta vivo, se mueve a ritmo de un centímetro por hora, se contrae y se expande, dejándolo las anteriores inutilizables.

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Lo cierto, es que todo el valle, fue en su momento un gigantesco valle glaciar, donde supongo que la fuerza del hielo, moldearía las montañas, pero de eso hace muchos muchísimos siglos. Aún así, el Mar de Hielo (Mer de Glace) es la lengua que más baja hoy en día al valle. La más visitada, porque desde hace un siglo, ya tenía instalaciones turísticas. Todo un reclamo para Chamonix. Venga, haga trekking, suba a la montaña, entre en un Glaciar. No está nada mal.

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Desde aquí, desde el balcón, comenzaba la ruta. Estábamos a media montaña del macizo del Mont Blanc, por su cara norte, dándole nombre al la ruta (el balcón Norte), que subía suavemente hasta llegar a Plan de l’Aiguille. Los Glaciares y los cuatromiles desaparecían y desde allí el paseo era una privilegiada vista del Macizo de las Agujas Rojas, allá, al otro lado del valle.

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El paseito, precioso, era muy agradecido y no era una ruta destroy, cosa que mis maltrechos músculos (ver episodios anteriores) agradecían. Pero esta panóramica, ahora desde la distancia permitía ver lo que habíamos caminado en nuestra ruta por el Lago Blanco, donde se podían apreciar como habíamos cruzado curvas de nivel como si no hubiera un mañana.

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Pero obviando mis reiteradas quejas, presas de mi estado físico salchichero, lo cierto es que es una de mas rutas más sencillitas de hacer de toda la zona, una buena manera de completar la visita al famoso Glaciar, darse una buena pateadilla y disfrutar del paisaje.

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De lagos blancos, agujas rojas y agujetas dolorosas

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La simple frase de la boca tímida de el Pachinko resumió entre resoplidos y dolorosas agujetas el sentimiento general. “Hay que ver, lo bien que estamos aquí ahora. ¡¡Tenemos hasta agua!!” Definitivamente, nuestros estándares de satisfacción habían caído hasta los mínimos insospechados. Pero ¿qué había sucedido? ¿Cómo habíamos llegado a ese estado tan lamentable?

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Veinticuatro horas antes, éramos unos alegres y felices excursionistas, que tomábamos el primero de los dos teleféricos que subían a la estación de Le Brévent en el macizo de las Agujas Rojas. Era el lado opuesto del valle de Chamonix, enfrentado al macizo del Mont Blanc, lo que lo convertía en el más lujoso de los miradores.

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Es el problema de vivir al lado del Mont Blanc y sus compañeros nevados. Que nadie repara en ti. En cualquier otra parte del mundo las Agujas Rojas serian la atracción principal, pero aquí no les quedaba más remedio que aceptar su condición de segundonas, eclipsadas ante el gran público por la ristra de cuatromiles que tenían enfrente.

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Pero si obviábamos a los abusones, las Agujas Rojas eran espectaculares en sí. Aún en la distancia los picos se elevaban, afilados, acuchillando el cielo azul. No podíamos quejarnos del tiempo, para ser una región de alta montaña donde el tiempo cambiante es rutina, estábamos teniendo varios días que eran una auténtica gozada.

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Un pequeño trek nos llevó llaneando sobre las cimas desde los 2525 metros de Le Brévent hasta el refugio que Bellachant. Todo el trekking no erá sino un balcón desde el que disfrutar del valle. Una terraza de auténtico lujo, abierta a todo aquel que quisiera subir hasta allí. Caminos quebrados de rocas que se abrían paso entre la maleza agostada por el sol.

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Sólo quedaba una pequeña bajada, de apenas 1500 metros de desnivel. Dicho así, a oídos inexpertos puede no sonar como demasiado, pero creedme, lo es. Y no, la excusa de que era sólo una bajada no cuela. Dadme solo subidas y dominaré el mundo, dadme una bajada por caminos cabriles y acabaré con las rodillas enmelonadas. Vamos, como un santo melón. Aunque yo no lo sabía todavía, pues en mi atrevido pack de descenso, siendo joven y valiente, creyéndome en plena forma y con los músculos en caliente, apenas se notaba, pero cada paso, forzando cuadriceps, ligamentos, poplíteos y sartorios se iba a cobrar su precio en oro. Y con intereses.

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Hasta aquí habría sido una breve historia de ida y vuelta, cansancio y recuperación posterior, a base de pociones de cebada fermentada y tumbados en el jardín, pero nosotros (o al menos una pequeña parte de nosotros) teníamos otros planes: La necesidad imperiosa de ver un atardecer o amanecer desde las montañas.

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Con la mayoría de los teleféricos cerrando a las seis de la tarde, no quedaba mucho margen de maniobra para llegar al atardecer. Sólo había una opción: pasar la noche en las montañas. No se asusten ante tamaña información. No íbamos a ponermos a crear nuestro propio vivac, sino a pernoctar en alguno de los refugios de media montaña de la zona.

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Nuestro destino no era otro que el Lago Blanco. Prometía ser un destino ideal para nuestro idilio fotográfico con los Alpes, reflejados simétricamente en sus aguas. Eso habría que verlo. Así que cuatro inconscientemente valientes montañeros (o aprendices de) – Fotomaf, el Pachinko, Jorge de Yokmok y un servidor – nos lanzábamos de nuevo monte arriba, teleférico mediante hasta una nueva parte del macizo de las agujas rojas. Index, a 2396 metros.

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Por aquel entonces con las paradas técnicas y una horita de descanso, las rodillas y las piernas, a las que se había juntado no solo a la morrocotuda bajada sino también a nuestra escasa forma física, ya empezaban a confesar todos sus pecados esperando la extrema unción. Mal comenzamos querido Sancho, si el segundo día de caminata ya empezábamos a arrastrarnos. Pardiez.

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La foto. La foto. La única idea en mente. A estas horas ya sabíamos que nuestro plan estaba completamente sobredimensionado. Tan solo había dos refugios en la zona. Uno en el propio Lago Blanco, a 2352 metros y otro a media montaña en Flegere a 1877 metros. Idealmente dado que nuestro punto de destino era el Lago Blanco, lo ideal hubiera sido quedarse allí a pasar la noche, pero lo improvisado del planning, perpetrado el día de antes, cuando aún pensábamos que las agujetas sólo le sucedían a la gente fea y nosotros no lo éramos, hacía que fuera muy tarde para poder reservar litera allí. Todo lleno, caballeros. No quedaba más remedio que usar el segundo refugio.

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Esto llevaba un problema asociado. Una vez visto el atardecer, habría que bajar hasta el segundo refugio. Algo más de dos horas para recorrer la el camino con una nueva diferencia de desnivel de 500 metros. La foto. La foto. Aceptamos barco. Comenzamos a andar en dirección hacia el Lago Blanco, mientras la gente se apelotonaba en los teleféricos de descenso. Apenas en quince minutos dejarían de funcionar y salvo los que quisieran pernoctar en la montaña, el resto de caminantes se apresuraban en no perder el último vagón flotante con dirección a la planta baja del valle.

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Este movimiento de tropas en retirada de la montaña, nos dejaba la ruta y las agujas prácticamente para nosotros. La hasta ahora algo masificada montaña se volvía silenciosa y nos daba tiempo a apreciarla en toda su grandeza y esplendor. Siempre ante la atenta mirada del Macizo del Mont Blanc. Lo de “atenta” volvía a tornarse en una ironía. Las cosas no pintaban demasiado bien y las nubes se empezaban a acumular en las cumbres. Nada, zafias prueba a nuestra inquebrantable fe. Aclararía. Veríamos todos los picos y el esfuerzo no habría sido en vano.

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Nos equivocábamos. Llegábamos al límite de nuestras fuerzas al Lago Blanco y los cielos del Mont Blanc y las agujas de Chamonix se habían convertido en una autopista de nubes. Que nada ensombrezca nuestro ánimo señor Frodo. No tendríamos los picos, pero la calmada visión del Lago Blanco haciendo de espejo del cielo, compensaba. Faltaba algo, lógicamente, pero no había que quitarle méritos al paisaje.

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Al final, aceptamos la ligera derrota, tan sólo en un par de ocasiones las nubes se abrieron ligeramente mostrando tras de sí los casi cinco mil metros del Mont Blanc. Algo es algo, nos consolábamos, mientras las nubes se volvían rojas con la llegada del atardecer. Ese rojo que debía haber sido el que pintara los picos que se nos negaban. No hay nada más que ver aquí. Circulen. Circulen.

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Llegaba la hora de la bajada. Aquí ya habíamos rebajado nuestra condición de montañeros a miembros de la pandilla basura. Bajábamos haciendo el chiquito, a pasitos cortos y en medio de nopuedors, jarl, y por la gloria de mi madre. La imagen era ciertamente lamentable, lo cual no evitaba que nos riéramos de nosotros mismos y se convirtiera en un descenso esperpéntico que no traía sino más y más risas. Si la piernas ya habían llegado a su pico de dolor, ahora añadíamos las agujetas en la tripa. De reinos. Si el que no se consuela es por que no quiere.

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Fue ahí, en mitad del descenso, cuando usando la técnica de “señores que simulan hacer una foto y en realidad están recuperando el aliento”, obtuve una preciosa instantánea de las montañas con las últimas, ultimísimas briznas de luz. Después de eso, llegó la oscuridad y descendíamos con linternas bajo los tenues brillos de un cielo claro e infinitamente estrellado.

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Sólo lo disfrutamos cuando nos arrastramos, casi literalmente, hasta la entrada del refugio, donde ningún alma quedaba en pie, dando a toda la imagen una sensación de tintes fantasmagóricos. Unas cuantas estrellas fugaces más tarde, llegaba el momento más esperado de la jornada, nos quitábamos las botas, acompañados de sendos suspiros y caíamos rendidos, sin apenas quintarnos nada más de ropa en nuestras correspondientes literas.

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“¿Quién anda ahí? ¿Quién te envía? ¿Has venido a por mí?”. Sonaba el despertador. “¿Donde estoy? ¿Quienes sois vosotros?” hablaban por mi las legañas. Nos levantábamos con las luces del alba, buscando de nuevo la luz del amanecer en las montañas. Era un día cristalino, sin una nube que pudiera discernir nuestros ojos. Era el momento de decidir nuestros siguientes pasos.

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En un giro de los acontecimientos y quizás aquejados de pertinente falta de riego sanguíneo en el cerebro decidimos… volver a subir al Lago Blanco y si lo conseguíamos sin bajas, desayunar allí como nos merecíamos. Después de todo, las vistas que se nos habían negado la tarde anterior debían merece muy mucho la pena y cuando si no ibámos a volver a pasar por allí.

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Nos movíamos con la creciente luz de la mañana, que iba bañando el valle de fantásticos y cálidos colores. Estábamos en marcha antes de que hubieran abierto ningún teleférico, así que una vez más la montaña era casi nuestra. Sólo disputada con rebaños de cabras montesas y un zorro fugaz que se escapó de nuestra vista sorprendido de ver humanoides a esas horas.

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(¡¡Dos cabras nos cortan el camino!! Help!!)

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El ritmo, os lo habréis podido imaginar, no se acercaba mucho al de la velocidad absurda, sino al absurdo en si mismo, pero ya no había marcha atrás. Vamos con todo. Todas las fichas sobre la mesa. La poca dignidad en juego. El orgullo. El maldito orgullo que se volvió recompensa al pasar por el bello lago de les Cheserys con toda la cordillera perfectamente reflejada. Todo estaba, a esas horas de tan baja moral, mereciendo la pena.

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Y así regresamos al Lago Blanco, antes de que las hordas de caminantes y turistas llegaran, y justo cuando desde en el refugio estaban a punto de sacar unas tartas de arándanos recién hechas. Nos sentamos y disfrutamos el momento. Medio litro de café calentito y el suave y delicioso sabor de la tarta para acompañar un enclave espectacular, sitio privilegiado de lujo, para desayunar.

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La imagen del lago Blanco, sin las capas grises de la nubes, era completamente diferente y sí que hacía honor a ser uno de los destinos más populares para los excursionistas de la zona.

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Fotografiado desde todos los ángulos imaginables era el momento de regresar, llanear hasta el primero de los teleféricos y bajar hasta nuestro chalet, donde esperaba una ducha de agua calentita y una siesta de esas de orinal y siete horas sin pudor alguno.

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¿Y después, podrán nuestros héroes volver a recuperar la movilidad? ¡¡Próximamente en su serial alpino preferido!!

Para El Pachinko, Jorge y Fotomaf, porque sin las risas todo habría sido más difícil.

Más info : Yokmok | Mapita de la zona

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De Chamonix a Courmayeur

From Chamonix to Courmayer - Aiguille du Midi 06

Solo las cimas de los picos, allá sobre los cuatromil metros estaban iluminadas, despertadas por el amanecer de un nuevo sol pero abajo, en el valle, aún reinaban las sombras y aún mantendrían su dominio durante unas cuantas horas más. No sería hasta media mañana que los primeros rayos del sol alcanzaran lo más profundo de Chamonix.

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From Chamonix to Courmayer - Aiguille du Midi 03

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El tiempo, no se equivocó y había apostado por un día fantástico, sin apenas nubes en las cimas. Ideal para ver la parte superior del macizo del Montblanc, así que subíamos en el primero de los teleféricos de la mañana volando al ras de las paredes verticales atravesábamos un tímido y algo discreto mar de nubes para alcanzar el final del primer trayecto. Una pequeña parada a 2233 metros. Les Glaciers, Plan de l’Aiguille.

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(Desde Plan de l’Aguille, mirando hacia Aiguille du Midi)

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Cambio de teleférico y ahora si, hasta el infinito y más allá. Hacia las cumbres nevadas, a sobrevolar glaciares, hacia el más lujoso mirador de la zona. Los 3842 metros de Aiguille du Midi que daban una vista de 360º sobre los Alpes. El pico más alto de las agujas de Chamonix, una picuda cordillera dentro del macizo, como si fueran una muralla protectora.

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(Algunos picos y sus repectivos nombres, cortesía de Google Images)

La vista no podía ser más majestuosa, porque ese día, el rey se dejaba ver. El Mont Blanc, imponente se elevaba aún mil metros más sobre nosotros. Desde nuestra posición no lo parecía, pero las dimensiones eran tales que ya no se podía confiar en la percepción de los sentidos. Y sólo los ojos de águila o los más miopes con ayuda de prismáticos (o esas lentes con zoom que tanto pesan) podían ver en lo más profundo de la montaña, pequeños puntos que apenas se movían. Los más osados que deseaban llegar a la cima, a tocar la corona del rey.

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(El Mont-Blanc arriba a la derecha y uno de los campamentos base abajo a la izquierda. Si, son los puntos rídiculos)

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(La espectacular lengua del Glaciar de Bossons, por encima de Chamonix)

“Van tarde” Apuntó Bitrix, nuestra guía. “Para hacer cima en el Mont Blanc hay que salir de madrugada”. No era sólo cuestión de ver el amanecer desde la cima, sino de aprovechar los suelos más fríos. Según avanzaba el día, el ardiente e inmisericorde sol iría ablandando la capa exterior de la nieve y con ello podían llegar los desprendimientos. La montaña a 5000 metros no suele tener mucha piedad de paseantes. “Lo más seguro es que no lleguen al Mont Blanc, sino que hagan cima en alguno de los picos anteriores, como el Mont Blanc du Tacul”.

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Tampoco era moco de pavo. A nuestros pies, en la lejanía, estaba el campamento base. Un puñado de tiendas semienterradas en la nieve, lugar donde pasar la noche antes de lanzarse a subir la cima, paso a paso por su cara Norte. Había otro camino, más habitual que llevaba a alcanzar la cumbre algo más al Oeste, pero quién tiene una montaña delante tiene un reto y siempre hay nuevas caras, nuevas vetas, nuevos pasos por donde subir.

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(Paseando por las crestas, ¿Quién dijo miedo?)

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Nos fijábamos en el Mont Blanc por eso de ser el más grande, el primo de zumosol del macizo, pero no era ni de lejos el principal objetivo de los escaladores, que se repartían entre muchos de los picos de la zona. Era indudable que subir al Mont Blanc tenía ese extra de estar a sus 4.810 metros en el punto más alto de Europa Occidental, pero como bien nos indicaban, hay picos mucho más satisfactorios. Cuatromiles que faltos de la publicidad del Mont Blanc no despiertan tanto interés, y allí si, el mundo y el pico es completamente tuyo.

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(Ejercicio de escala. Identifiquen la segunda fotografía en la primera e identifiquen a los escaladores en la segunda fotografía)

Lo miraba con esos ojos que decían “algún día, algún día” mientras me volvía a la estructura sobre la que nos encontrábamos. Rejillas, cemento y barandillas que reptileaban sobre la aguja de roca, horadándola para permitir que un ascensor llegara hacia lo más alto. Era una loable obra de ingeniería, que había desafiado la credibilidad de propios y extraños cuando se completó en 1955. Antes de eso, cuando se completó el primer tramo que ascendía hasta Plan de l’Aguille se había dejado por imposible. No se podía hacer.

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Aunque ya saben como funciona esto, basta con que alguien diga que no se puede hacer, para que haya quién se lo rebata. Y máxime sí avispado, huele el negocio. Conseguir llevar al gran público a las cimas de las montañas sin despeinarse, habría de ser bastante rentable y sobre todo si se convertía en el teleférico más alto del mundo.

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Así que la obra de alpinismo-ingeniería fue asombrosa, heroica y descomunal. 30 guías de montaña que escalaron durante dos días hasta la cima llevando consigo un cable de casi 2 kilómetros de longitud y más de una tonelada de peso. Estamos hablando de un desnivel de 1500 metros.

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Unos héroes probablemente acuciados más por el ganarse la vida que por la hazaña, pues las condiciones de trabajo, durísimas, acabaron dejando la vida de más de uno entre las inmisericordes rocas. Hoy en día, sólo una pequeña exposición (muy digna de ver) en el interior del complejo, recuerda todos los problemas que tuvieron para llevarlo a cabo. Fotos en Blanco y negro, trabajadores con pana y bombachos desafiando al frío y la vértigo para que hoy podamos llegar al cielo de Europa. De poco servirá en estas fechas, pero les estoy muy agradecido, que lo sepan.

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Por que poder contemplar la naturaleza en tanto esplendor, es un regalo (bueno, un regalo no, que el teleférico sigue costando hoy en día una pasta) que no sucede tan a menudo como pudiera parecer, pues era un día tan calmado y sin viento que hasta a casi 4000 metros la ropa de abrigo que llevábamos empezaba a sobrar. No hay al año días tan gloriosos como este.

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Pero el recorrido no acaba allí, quedaba una de las partes más interesantes del trayecto. Atravesar el Macizo por completo hasta llegar al otro valle más allá de los picos nevados. A Italia. Un nuevo teleférico atravesaba el Mar Blanco del Glaciar de Géant, de superficie agrietada y salvaje hasta llegar a Punta Helbroner en la frontera y a 3462 metros. Decían que en el invierno, cuando más y más capas de nieve cubren hasta lo más recóndito del valle, son muchos los que esquían por encima del Glaciar, llegando casi hasta abajo por el Mar de Hielo, en un recorrido que lleva casi todo el día sobre las tablas. También más de uno acaba saliéndose del camino para acabar hundiéndose entre la nieve y atrapado en las grietas del glaciar. La montaña, ese odioso amante.

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(El mítico Fotomaf en plena frontera franco-italiana)

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(Si se fijan con anteción, verán un pequeño pico, en forma -imaginación mediante- de colmillo al que han llamado el Diente del Gigante. Su característica es que no suele estar nevado. Nunca. Pues los vientos lo azotan tan fuerte que se llevan toda la nieve que pudiera haber)

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El otro lado del macizo, que bajaba hacia Courmayer mostraba otra imagen dentro del conjunto alpino. Mucho más soleada (se notaba la vertiente Este), tremendamente verde y con el diminuto pueblo de Courmayer al fondo. Hora de darse a las comida italiana, cambiar el merci por grazie, y darse a las pizzas al horno de leña para recuperar fuerzas. Sé lo que estáis pensando. ¿Recuperar fuerzas? ¿Pero de qué? Si lo has hecho todo en teleférico, mangurrián. Muy cierto, pero subestiman ustedes lo que gasta la emoción y yo tenía de sobra para varios días. (¿Y desde cuando pongo yo excusas para comer?)

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La vuelta en cambio la hicimos atravesando Moria en autobús. Bajo el macizo. Atravesando el monte con 3 kilómetros piedra sobre nuestras cabezas. Lo cual, a pesar de su supuesto efecto psicológico no deja de ser un túnel largo fantástico para echar una cabezadita y salir ya, de vuelta en la valle de Chamonix.

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¿Y con un bautizo en los Alpes como este? ¿A que sabría el resto de los días por los Alpes? ¿Se quedarían en un quiero y no puedo o seguirían sorprendiendo? Ah… sorpresa sorpresa. Permanezcan atentos al próximo capítulo de este, ¡¡su serial amigo!!

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Más info: YokmoK

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Líneas en la nieve

Lines in the Snow 01

Lines in the Snow 02

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Desde Auguille du Midi, Chamonix, Francia, Agosto 2011 | YokmoK

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Despidiéndome del Oeste Francés

Cancale 02

Desde la lejanía parecía un terreno devastado. Decenas de barcos encallados en las arenas húmedas y sin aguas, mientras la gente caminaba entre ellos como si fuera entre un cementerio de barcas. Sin embargo, una mirada más profunda revelaba lo importante que eran esas mareas tan bajas en el puerto pesquero de Cancale. Eran estas las horas que se usaban para adentrarse a lomos de tractores y recoger toneladas de ostras que daban fama a la localidad.

Cancale 05

Cancale 03

Cancale 04

No es que sean las únicas delicias culinarias de la zona, pero desde luego son las que más abultan en decenas de restaurantes y puestos callejeros, donde puedes comer ostras por cincuenta céntimos de euros la unidad acompañadas de sidra de la región. Ya estamos, otra vez, de vuelta a los viajes gastronómicos. Oh la, la. Ostras for a wedding!

Cancale 06

Rochefort en Terre 07

Pointe de Grouin 01

Habíamos llegado a Cancale desde el enésimo pueblecito pequeño, empedrado y pintoresco. Roquefort en Terre. Este además con una ristra de premios a sus espaldas, además de estar en la lista de los más bonitos pueblos de Francia. Seguro que os hacéis a la idea, tranquilo, casas bajitas llenas de flores con las paredes cuasisepultadas por hiedras, todos los carteles manteniendo su corte medieval y manteniendo la tónica general de calma absoluta.

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Rochefort en Terre 01

Tanto que una de las atracciones de la zona es el paseo en barco por los canales. Cuesta una pasta y entre el ligero ritmo del barco y atravesar los diques que se llenan y vacían para adecuarse a las diferentes alturas es más que probable que a pie sea más rápido, pero desde luego esta zona de Francia es para visitarla con mucho tiempo y sin prisas. Incluso muchas de las barcas llevan consigo unas cuantas bicis para recorrer pedal tras pedal los sitios de parada.

Rochefort en Terre 08

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Saint-Malo 10

En cambio un aire mucho más diferente lo daba la amurallada ciudad de Saint-Malo, uno de los principales centros turísticos de la Bretaña Francesa. Y no es para menos. Fue uno de mis destinos favoritos del viaje. Una pequeña ciudad de edificios recios y altos, que dejaban a muchas de sus cuadrículadas calles en sombra, con un par de entradas hacia el mar y hacia playas temporales solo disponibles con la marea baja, antes de que las olas rompan contra las paredes de piedra que la rodean.

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Muchos la utilizan de balneario, aunque aquí el que esto suscribe no lo disfrutó, pero en cambio y una vez más valió para darme al pescado fresco, al marisco y alguna que otra ostra. Si, es imposible centralizar la producción de ostras en una sola ciudad. Afortunadamente las adoro.

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Completan la imagen, un puerto deportivo, lleno de pequeños yates más otro gigantesco de transporte, comercio y viajeros, muchos de los cuales vienen atravesando el canal con la vecina Inglaterra (alrededor de un millón de viajeros al año).

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Saint-Malo 12

Y la última de las paradas no era otra que la capital de la Bretaña Francesa: Rennes. No solo es una ciudad en toda regla, aunque mantenga su casco histórico del siglo XVI casi perfecto, sino que además es una ciudad muy joven, entendiendo no por esto su edad, sino que tiene un montón de universidades y por lo tanto un montón de universitarios, por lo que el ambiente por sus calles es genial.

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Un montón de sitios por los que salir a comer y a beber, arrulladas por un montón de edificios gubernamentales e históricos. Y a pesar de todo y una vez más, no hay mejor manera de darse una vuelta que en bicicleta. Voila. De parque en parque. De terraza en terraza.
No sería por falta de ganas, pero no quedaba otra que regresar y dejar atrás esta zona tranquila, que se vende como tal. A grandes rasgos, Francia, y especialmente el Noroeste francés no es una zona barata, pero después de viajar por otras partes del Mundo, casi ninguna zona de Europa occidental lo es. Aún así, es un lujazo y probablemente uno de los rincones más interesantes para desconectar.

Rennes 07

(Y efectivamente, como cabría esperar y como extra, el último video de esta región, cortesía de Minube)

Minubetrip por el Oeste Francés, Abril 2011

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