… que yo mientras tanto me quedaré embobado viendo como enciendes tus luces.
FELICES FIESTAS Y FELIZ 2009!!!
… que yo mientras tanto me quedaré embobado viendo como enciendes tus luces.
FELICES FIESTAS Y FELIZ 2009!!!
Mierda.
Estaran conmigo en que eso es juego sucio.
Aún con la legañas ocupando la mayor parte de mi cara, la boca pastosa, el pocopelo revuelto, agarré el trípode y salí sin muchos miramientos a la helada intemperie. No suelo ser de los que ven demasiados amaneceres, pero si son similarmente inversos a los atardeceres, sabía que no tenía demasiado tiempo antes de perder esos maravillosos momentos de luz.
Dado que el grueso del pelotón no se quejaba demasiado y sin reparar en que todavía andabamos anestesiados y drogados por el viciado ambiente donde habíamos dormido decidimos en un acto irreflexivo que eramos unos auténticos machos ibéricos y que nos sobraban fuerzas para dar y tomar y hacer la etapa reina por los picos de Tanzawa. Debería estar prohibido la toma de decisiones antes de las doce de la mañana. Por ley.
Pero claro, pongánse en nuestra situación. Habíamos avanzado el día anterior parte de la etapa más fuerte y volver sería desperdiciar todo ese esfuerzo más haber compartido cama con 80 japonesese para nada. Volver sería, en resumidas cuentas, un acto de cobardes. Habría sido totalmente coherente con nuestra forma física. Pero de cobardes al fin y al cabo. Y eso, nunca. El orgullo machirulo es lo que tiene.
En verdad el orgullo machirulo lo que tiene es que dura lo justo para que lo acabes maldiciendo. Para llegado el momento de “no return” y te lleves las manos a la cabeza diciendo “quién me mandaría a miiii”, mientras cruzas curvas de nivel como si no hubiera un mañana. Porque si, amigos, si habeis hecho alguna vez una ruta montañesa, lo habitualmente más normal es que el camino intente, en la medida de las posibilidades, mantenerse a lo largo de una curva de nivel.
Eso sería lógico. Pero nada más lejos de la realidad. Cual dibujos animados por la silueta de las cordilleras no hacíamos otra cosa que subir montañas, para volver a bajarlas, para una vez llegado a lo más profundo, volver a subirlas, en un acto absurdo sin límites que iba minando nuestras escasas fuerzas al tiempo que reducía considerable y lamentablemente nuestra velocidad de crucero.
Vayamos a los hechos. Fuimos sin lugar a dudas los más jóvenes de cuantos nos encontramos por el camino. Por un amplio margen. Y fuimos (corroborado por un juez) los únicos que no adelantamos a nadie en todo el día. En cambio los japoneses y japonesas sexta o heptagenarios, no tenían ningún inconveniente en adelantarnos por los lados para desaparecer en la lejanía.
Algunos incluso rozando la vergüenza más vergonzosa, nos mandaban palabrás de ánimo en las subidas. Ganbate ne!!! Incluso hubo quienes nos aplaudieron en una de las cumbres. Nos habríamos puesto rojos si tuvieramos algo de sangre en el cuerpo, pero el honor ya hacía mucho que se había perdido, probablemente en la parte más baja de alguno de los valles y pongáse usted a bajar a por él… que luego hay que volver a subir. Total, el honor siempre ha sido algo sobrevalorada.
Lo que no estaba sobrevalorado para nada, era el tiempo que disponíamos de sol y cómo en las últimas bajadas nuestras piernas habían dejado a un lado el poco vigor que en algún momento tuvieron para convertirse en algo similar al blandiblu. Claro que poco tiempo quedaba para quejarse. El sol bajaba imparablemente sobre el horizonte y como no, nuestro ritmo de tortuga coja nos había retrasado más de lo esperado (a pesar del tiempo que habíamos recortado el día anterior). Habría que sacar fuerzas de donde no las había y bajar, correr todo lo que las piernas nos daban para intentar evitar la llegada de la noche.
No lo conseguimos, pero por muy poco. Ya teníamos las pupilas en su máxima dilatación intentando evitar los hoyos, las ramas zancadilleadoras y los abruptos cambios de nivel, cuando encontramos la carretera que nos había de llevar al pueblo. A pesar de que la noche nos cubría completamente, ya no había posibilidad de pérdida (aunque nunca habría que subestimarnos) y en algo más de un kilómetro encontrabamos el bus de regreso, donde como podía imaginarse dimos la imagen más demacrable que se podía dar tras dos días de ruta continua, de sol a sol, sin ducharnos, con capas y estratos de sudor y roncha y con unas ganas terribles de llegar a casa y esta vez si, tener un tú a tú muy muy serio con la cama.
Pero eso si, nadie podía quitarnos de la boca la sonrisa de haberlo logrado. De haberlo conseguido y además de haber tenido el placer de disfrutar de la montaña de una manera que no muchas personas pueden hacerlo, en un paraje impresionante, en un fin de semana espectacular y además con el beneplácito del Monte Fuji.
Ahí es nada.
La cosa ya comenzó a ponerse interesante cuando los ojos de la encargada de la oficina de información de la zona perdieron su forma rasgada oriental para convertirse en dos círculos perfectos fruto del asombro al contarle nuestro planning inicial. Pero ni siquiera el hecho de que además nos dira unas lecciones e instrucciones por si nos encontrabamos con un oso tampoco acabaron por intranquilizarnos. Cosas del gen de la despreocupación ibérica tan opuesta al sobreproteccionismo japonés.
A sabiendas de que el recorrido iba a ser largo y con la mente fija en uno de los refugios de montaña al que habríamos de llegar a pasar la noche, no nos entretuvimos demasiado y comenzamos la subida. Aquí es donde nos dimos cuenta del porque del masoquismo. Aunque supieramos que las agujetas iban a ser nuestras compañeras durante unos cuantos días preferimos abandonar la comodidad acogedora del sofá para encontrarnos con quizás la mejor muestra del Otoño que he visto en Japón. Juzgen. Juzgen.
Un pasillo de colores que nos acompañó durante gran parte de la subida. Precioso. De esas veces que acabas completamente embriagado no eres capaz de asimilarlo todo. No sería la única de las sorpresas de esa subida, pues entre los recodos y asomándose entre las ramas de los árboles nos esperaba el imponente Fuji.
Sin lugar a dudas en esta ruta ha sido donde mejor lo he podido ver desde que estoy en Japón. Tanzawa se encuentras apróximadamente a mitad de camino entre este y Tokio y tuvimos la suerte de tener un día claro, clarísimo. Todo un regalo. Su vista nos habría de acompañar durante gran parte de la subida, lo cual, aunque no allanaba el camino, ciertamente era un estupendo aliciente.
La subida se iba recrudeciendo, las nubes iban bajando hasta que la niebla nos cubrió y el paisaje se convirtió en un escenario de Tim Burton hasta que alcanzamos a media tarde y con aproximadamente aún una hora de luz, el refugio al que pensabamos de llegar. Bien. Bravo por nosotros.
A partir de aquí comenzaba la toma de decisiones. La japonesa de la oficina de información nos había advertido que si queríamos hacer lo que nos proponíamos en dos días lo mejor sería avanzar hasta el siguiente refugio a algo más de una hora y media de camino o de lo contrario el día siguiente sería demasiado largo para los cortos días de otoño-invierno. En ese momento con la fuerzas justitas después del primer día nos cuestionabamos nuestra capacidad de hacer el segundo día completo (unas 8 horas de ruta según la guía), así que siempre podríamos quedarnos en este primer refugio y volver por el mismo camino de vuelta al día siguiente o intentar un recorrido de vuelta alternativo desde ese mismo lugar, lo que sería una opción intermedia. Procedan a votar.
Añadiremos más detalles a la operación. El refugio en el que nos encontrabamos era moderadamente grande con capacidad para unas 80-100 personas y el siguiente era sustancialmente más pequeño con una capacidad de 30-40 personas… y según nos informaban, ya se esperaban unas 80. Ejem. Ejem.
Hagan sus apuetas damas y caballeros. Efectivamente. La única opción improbable es la única digna para unos heróicos caballeros de la lorza como nosotros. Andar una hora y media, cuando sólo quedaba una hora de luz y llegar al albergue pequeño que se antojaba masificado. Y al día siguiente… muerte y destrucción. O algo parecido.
Y ciertamente aunque llegamos rozando la oscuridad, esta hora entre nieblas que se abrían puntualmente mostrando los últimos rayos de sol bañando las motañas nos dejando momentos de increible belleza.
La capacidad de los refugios de montaña está completamente sujeta a las leyes de la relatividad. Principalmente porque estando los refugios separados una distancia media de dos horas y en mitad de una estación temporada donde las temperaturas bajan soberanamente en cuando desaparece el sol, los encargados del refugio tienen la obligación de acoger a todo el que llegue. Descubrimos que los 80 inquilinos que se esperaban esa noche no eran para nada un rumor y las instrucciones fueron claras: Un futón para cada tres.
Volviendo a las matemáticas básicas y teniendo en cuentas que nosotros eramos cinco, un afortunado japonés tuvo la suerte de compartir un tercio del futón con nosotros ante su pavor, pues lógicamente sobrepasamos con bastantes creces las dimensiones del japonés medio. Cosas del azar. Nos diculpamos repetidamente por ser como somos e intentamos cuadrarnos de la mejor manera posible. Pero lo mirasemos como lo mirasemos no iba a ser una noche confortable, por mucho que el roce hiciera el cariño.
Cosas del azar, de nuevo, tuvimos la gran suerte de que tras la cena (gloriosa por cierto) quedaba justo un futón libre al lado del nuestro y Santa Rita, rita, lo que se da no se quita. A la ropa que hay poca. Invasión expansional para relativo alivio de nuestro japonés y de nosotros mismos que pasabamos a tener la nada desdeñabale cantidad de medio futón por cabeza. Lo cual seguía siendo insuficiente en un ambiente apretujado donde las cabezas de unos tocaban con los pies de otros en un acto de confraternación total.
Por cierto, cuestiones de probabilidad. ¿Cuales son las posibilidades de que en un lugar cerrado con 80 personas… niguna de ellas ronque? Efectivamente, nulas. ¿Y cuantas son las posibilidades de que un Ronking-kong te amenize la velada al lado de tu oreja?
Siempre fuimos gente afortunada. Ejem.
Lo bueno, si breve dos veces bueno y creo que el Fuji no ha venido para quedarse. Se irá prontito. No queda sino aprovecharlo. Es una orden.
Todo comenzó de la manera más simple. Pablo, en un acto inocente (o eso creíamos) nos animaba a apuntarnos a hacer un ligero trekking por los montes cercanos de Tokio. Unas cinco horas de ruta facil/moderada, según los autores de “Hiking por Japón” de la lonely Planet. Claro que por aquel entonces no sabíamos que el autor de la susodicha guía se había subido el himalaya en bañador, descalzo y con los serpas en la espalda, porque en uno de esos momentos de ya no hay vuelta atrás descubrimos que su nivel de facil/moderado no correspondía para nada con el nuestro. “Muy adecuada para familias” decía el jodío. Si, para romperlas.
Pero no adelantemos acontecimientos ni muñecos de vudú y vayamos al principio, a ese hermoso y magnífico día soleado, fantástico para empezar a disfrutar del koyo (el cambio de hoja otoñal). La cosa ya empezó a prometer cuando nos perdimos en el tren, pero nada preocupante para unos valerosos y atrevidos gaijines como nosotros. Conseguimos llegar a Takimoto y desde allí el teleférico que subía a Mitake San. Una vez allí comenzaba el paseo, y mientras nosotros, jóvenes de cuerpo y espíritu no realizabamos ni un mísero calentamiento de dedo, un grupo de abueletes estiraban cada músculo en un ejercicio conjunto de estiramientos. Primera señal. Ignorada.
El día, eso sí, no podía ser mejor. En breve llegamos a la Mitake-jinja capilla de modera, dicen que de 1200 años de antigüedad, que culminaba el Mitake San, en un enclave precioso y viendo como es cierto que el Otoño empieza a llegar a nuestras vidas (de lo cual y aunque no tenga nada que ver lo que aquí estamos tratando, me congratulo, por que el Otoño ha sido, es y será mi estación del año favorita).
Comenzamos entonces el recorrido pintoresco que habría de llegar al Otake San. Un recorrido francamente bonito, rodeado de bosque profundo, salvaje, con un camino de corte cabrío (de cabras, vamos) donde nos dabamos cuenta de que ibamos en sentido descendente. (Nota mental: si estamos bajando y el objetivo es subir al monte más alto de la zona… la físicas no fallan… mmmmmm…. me estás queriendo decir algo?)
La siguiente parada del camino fue al arrullo de una pequeña cascada. Momento oportuno para zamparnos un minibocata de jamón serrano (cortesía clawlegera), algo de fruta y de darnos cuenta de que era más de la una de la tarde y no llevabamos ni un cuarto del recorrido que esperabamos hacer. Nada grave. Si no tenemos en cuenta que a las seis ya es noche cerrada. Segunda señal. Ignorada de nuevo. Lalala. Coros celestiales.
Apretamos ligeramente le paso, bordemos el riachuelo durante un buen rato, bajo la sombra de los árboles hasta que llegamos a la siguiente cascada, momento en el que se señalaba que el tiempo estimado a la cima del Monte Otake era de una hora. Tiempo local, las dos y media. Hagan sus cuentas caballeros.
Hubo quién sabiamente (o cobardemente según las fuentes) decidió batirse en retirada, mientras el resto activaba el modo Uruk-Hai ON, para subir ladera arriba como si no hubiera un mañana. El ritmo Uruk-Hai, duró lo que os podéis imaginar… lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks y cuando hubo que empezar a hacer el gollum por el monte, usando las cuatro extremidades a través de rocas, comenzó la rodilla a ponerse como un melón, pidiendo el divorcio, alegando malos tratos, mientras el bazo se ponía de su parte y al final de mucho esfuerzo, sudor y algún grito de desesperación alcanzabamos la cima del Monte Otake. 1266 metros con un regalo inesperado. En la lejanía, medio difuminado por un sol cegador se alzaba imponente el monte Fuji. Justa recompensa para la carrera que nos habíamos dado. Lo habíamos alcanzado en sólo media hora (Los Uruk-Hai somos asín).
Tiempo de bajar, pero dado que consideramos que ibamos bien de tiempo decidimos hacer la ruta como se indicaba originalmente y seguimos el camino hacia Okutama, en lugar de retroceder por donde habíamos venido. Fuimos advertidos por unas ancianitas, que no insistieron mucho al ver que eramos unos machos fuertes y fornidos. Retroceder ni para coger carrerilla. Además si habíamos hecho en media hora lo que los carteles indicaban como una hora, cuanto podríamos tardar en hacer los 5 kilómetros que nos separaban de Okutama y para los que se supone que la guía permitía tres horas? Muerte y destrucción. Por Frodo!! (Tercera señal, ignorada, de nuevo… a partir de aquí, ignoración de los dioses).
Empezamos a darnos cuenta de nuestra equivocación, tras bajar y subir dos montañas, pues el camino consistía en seguir el filo de las montañas, cruzando curvas de nivel como si no costaran. Pero costaban. Y las rodillas iba diciendo que aparte del divorcio quería el coche, el chalet en la playa y hasta mi colección de DVDs. El ritmo caía, el camino desparecía y los kilómetros entre rocas y rocas se iban haciendo lentos lentoooos leeeentoooooos. Estabamos sin agua, sin comida, sin cobertura de móvil y sin posibilidad se ir por ningún otro lado que no fuera haciendo el pingball contra los árboles por las laderas cuasiverticales de las montañas. y el sol se iba poniendo despacito pero incansablemente tras las montañas.
Efectivamente. Se puso del todo. Con la preparación que llevabamos sólo nos quedó tirar de palos para ir tanteando el camino (¿como era la expresión… dar palos de ciego?). Cuidado, hoyo! fango! Esto resbala. Culetazo. Plof. Chof. Ay. Uy. Agujero Negro. Pozo sin fondo. Foso. Ay. Ay. Ay. Iluminabamos el camino con los móviles, hasta que se empezaron a quedar sin batería, pero fue lo suficiente para llegar al punto en que el camino volvía a resurgir y con ellos y tras otro rato a oscuras (pero al menos sobre suelo liso) alcanzabamos Okutama.
Dado que la historia la escriben los vencedores, no comentaremos demasiado las lamentables imágenes de como entramos deshechos y malolinetes en un convini a comer y a beber lo que fuera, ni como nos arrastramos como despojos hasta el tren, ni el vergonzoso espectáculo de vernos derrotados en el tren de camino a vuelta a Tokio. Aunque siendo justos, vencedores, los que se dice vencedores no era para nada la imagen que dabamos. No queda sino rendirse a la evidencia.
PD. A día de hoy, mi rodilla y yo hemos arreglado nuestras diferencias y aunque perdura el rencor seguimos conviviendo juntos.
PDD. POR FIN HE VISTO EL MONTE FUJI!!! (obviando cuando lo subimos, claro). YUHUUUU!!!!
Dada la popularidad del monte y de su escalada, su escalada parece más una procesión en donde no cabe nadie más, especialmente los fines de semana, así que decidimos atacar al monte entre semana. Rapidamente nos dimos cuenta de que a pesar de no ser un día festivo, no ibamos a tener el monte para nosotros. Los autobuses se amontonaban en el punto de salida, la quinta estación de las diez que forman ruta Fuji yoshida-guchi a 2400 metros de altura y a donde habíamos Llegado vía Kawaguchiko tras coger uno de los primero autobuses de la mañana desde Shinjuku.
Ciertamente, la subida prometía muy poco. El tiempo había sido horrible durante los últimos días y las previsiones metereológicas no tenían intención de cambiar. Además sobrevolaba por encima la noticia de la muerte de un alpinista un par de semanas antes víctima de un rayo, así que no estabamos para hacer heroicidades. Se subiría hasta donde se pudiera y si no se podía pasaríamos a remojar nuestros huesos en un Onsen, lo que tampoco sería un mal plan.
A parte de la machada de subir al Fuji y ponerte una medalla que diga “Lo hice! Y nunca más!” uno de sus mayores atractivos es el ver amanecer desde la cima, así que a pesar de la niebla y una pequeña capa de lluvia que caía comenzamos la subida cruzándonos en el camino con toda la gente que había subido el día anterior al Fuji, que volvían con caras descompuestas y arrantrando los pies mientras surgían de entre la niebla.
Listos para repetir? Estoo… mmmm… haciendo caso a un dicho japonés: “es de tontos no subir el fuji, pero es de tontos subirlo más de una vez”. Pos eso.