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Día 279: Bali

(Unos cuantos momentos más de mis días en Bali, recuerdos inconexos que deberían haberse publicado un 22 de Febrero de 2009)

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No tenía las expectativas demasiado altas en lo que a Bali se refiere. La tónica general entre los viajeros que me encontraba por el camino definía a esta pequeña isla como demasiado turística. Sobreexplotada. Los prejuicios que ya arrastraba se cumplieron cuando llegué a Kuta.

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“Hi Boss, Transport?” “Mike, Mike, motorbike?” “Massage?” “Lady?” El acoso de los balineses era constante. Calles llenas de puestos callejeros de ropa backpacker, garitos con música en vivo (y por lo general horribles cantantes destrozando los greatest hits americanos), muchos puestos de tours, centenares de cibercafes. La similitud con la infame Khao San de Bangkok era cuanto menos preocupante. Pero al menos, Kuta tenía playa.

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Me habría de dar igual. Me reencontraba con Taka, Sarita y Antonio, unos amigos míos de mi etapa tokiota, que habían tenido el fantástico detalle de marcarse un viaje de demasiadas horas desde Singapur y la capital nipona para pasar apenas unos pocos días conmigo.

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Ellos probablemente alegarán que yo era un efecto colateral al que soportar entre las playas balinesas, pero sea como fuere y en su grata compañía ya podría haber estado en el lugar más inhóspito que me lo habría pasado en grande.

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(lugar “inhóspito”…)

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(… y comida terriblemente “inhóspita”)

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En efecto. Acompañados de más risas de las que se presuponían empezamos a descubrir Bali, tarea que tuve que acabar en solitario y que confieso me ha dado más alegrías de lo que esperaba. Lejos del barullo caótico de la zona sur, esta isla tenía mucho que ofrecer.

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(“Sakura” bajo las aguas de Pulau Menjangan)

El segundo pulmón turístico de Bali, Ubud, cuna de la cultura de la isla, alejado de las costas ya era bastante más tranquilo. Bastante más tranquilo quiere decir que a pesar de los numerosos visitantes, conservaba un aire de pequeño pueblo que se agradecía. Casitas bajas, innumerables jardines, callejuelas por las que perderse… y un aire fashion y chic entre centenares de cafeterías lounge, hoteles bungalows y galerías de arte.

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Hace unos años, surgió un boom de decoración balines que se extendió por el mundo. Lo habréis visto mil veces. Mesas mezcladas con jardines, velas, fuentes o pequeños estanques con flores flotando, una cuidadosa iluminación, sofás o butacas que invitan a tomarse algo de la manera más relajada, espacios abiertos y música chill out. No deja de ser curioso que una isla tan identificada con el turismo en masa tenga el relax por bandera.

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Pero esta es la imagen que te encuentras en Ubud, tanto tanto, que la final piensas que es todo un envoltorio precioso que envuelve… ¿nada? Ubud la cuna de la cultura, apenas tiene tres templos que visitar, pero infinidad de restaurantes y multitud de representaciones teatrales casi exclusivas para turistas.

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Extraña sensación, que se arregla en cuanto arramplas con una moto y empiezas a recorrer las proximidades y entonces sí descubres multitud de templos, algunos centanarios, otros tallados en las rocas, escondidos en las montañas, perdidos entre la selva, ahí si que se respira la historia.

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No se lleven a engaño, si quieren ver templos, Bali debe tener más de los que una persona en su sano juicio estaría dispuestos a soportar, con al menos dos o tres por pueblo que uno se encuentra por el camino aunque lógicamente son terriblemente similares. De estos y aunque suene a blasfemia, visto uno, vistos todos.

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Esta infinidad de templos, hace parecer que la isla siempre está de celebraciones, si no es aquí será un poco más para allá, o tal vez un poco más por allí, que alguna villa estará celebrando algo. Se ve gente montada en camiones, vestida de gala, de aquí para allá, procesiones por mitad de la carretera y según te adentras más y más en la isla es raro no encontrarte el olor a incienso.

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Así que me fui perdiendo poco a poco, cruzando las montañas del Norte, donde cada vez estás más y más sólo, la gente deja de chapurrear inglés y vuelves a ser ese bicho raro de piel blanca que a saber que andará haciendo por aquí y para el que todo son sonrisas.

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Por ahí te encuentras lagos, volcanes, montañas salvajes adornadas con los omnipresentes campos de arroz, mares azules y calmados. La variedad de la isla es sorprendente.

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Inevitablemente, fui sucumbiendo a sus encantos, tanto que ahora hasta le he cogido el puntillo gracioso a la sobreexplotada Kuta, punto backpacker por excelencia, pero también lugar de encuentro de surferos.

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¿Quieres aprender surf? Te enseñamos surf en una hora. Primera clase gratis. Disfruta del surf. Surf. Surf. Surf. Todo en el sur de Bali es surf. Incluso la motos están preparadas para transportar las tablas y poder ir saltando de playa en playa a la caza de las olas.

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Hasta llegar a las playas del sur, para que los más atrevidos puedan cabalgar las olas, mucho más salvajes, sobre corales y aguas turquesas embutidas entre acantilados. Precioso.

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Con lo cual y ante tantos argumentos, no he tenido más remedio que confesar perjurio, retractarme de mis palabras y aceptar que he disfrutado de Bali más de lo que pensaba en un principio.

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Pero eso los balineses, con una sonrisa, ya sabían que sucedería.

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Todas, toditas las fotos de Bali entre playa, montaña y danzas imposibles, aquí.

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Día 273: Algunas notas de la Indonesia actual

(Hagan cuenta de que esto que cuento hoy lo podría haber contado en cualquier momento, como por ejemplo un 16 de Febrero de 2010)

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Llegar a Bali había supuesto, una vez más (y ya van n), cambiar de planeta. Ahora de la mano de un hinduísmo único en el mundo que no hacía sino ampliar el mosaico cultural de estas islas. Quizás Indonesia debería renombrarse cómo Galaxia Indonesia con tanto planeta diferente. Es que tenemos de todo, oigan. ¡¡Tenemos de todo!!

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Si en Malasia ya me sorprendía que se hubieran podido mezclar chinos, hindúes y musulmanes, aquí la constitución de un país sorprende mucho más, porque están juntos pero muy poco revueltos, y cada isla sigue teniendo unas líneas que las identifican y diferencian del resto.

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Así que cuando en 1947, tras mucho batallar y con el agravante de una Guerra Mundial por medio, los holandeses concedieron la independencia a Indonesia, se quedaron todos mirándose los unos a los otros con cara de ¿y ahora qué?. ¿Cómo iban a organizarse todas las religiones, todos estos mundos que nunca habían estado unidos salvo para defenderse de los invasores?

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Las tensiones no se hicieron esperar. Queremos que sea un país musulmán, dijeron los musulmanes. Queremos que sea comunista, decían los comunistas (que ojo, habían salido como una separación de los musulmanes). Pues nosotros vamos a formar nuestra propia República, La República Independiente del Sur de Molucca, dijeron los del Maluku. Pues nosotros no queremos saber nada de vosotros, dijeron las tribus de Papúa. Y así un largo etcétera.

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Había que tener mucho habilidad para hilar finamente todos estos hilos, labor que recayó sobre un tal Sukarno, que se convertía así en el primer presidente de este recién formado país. “Nada chicos, no os preocupéis, que seguro que somos capaces de ponernos todos de acuerdo. A ver, rebajemos la tensión… que pasén los canapés”. Y se puso a la difícil tarea de hacer una coalición con el ejército, los grupos religiosos, los comunistas, los de Maluku y todo el que se pusiera por medio.

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Claro, que sólo había una manera (vista según los ojos del propio Sukarno), de que la cosa fuera hacia adelante. Y esa era concentrando más y más poder en la figura del presidente. “¡Cáspita, pero si soy yo! ¡¡Que le vamos a hacer!!”. Este giro paulatino hacia el autoritarismo no sentó nada bien a parte de la población que se fue calentando, calentando hasta acabar en un golpe de estado donde se ejecutaron a seis de los principales generales. Era 1965.

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La rebeldes fueron reducidos y Sukarno se mantuvo en el poder. Pero ¿quién estaba detrás del golpe? Lo cierto es que a día de hoy aún no se sabe, pero Sukarno lo vio claro. “¡Estos han sido los comunistas! ¡Si lo sabré yo!” y sin necesidad de esperarse a confirmar sus pruebas empezó un exterminio donde más de medio millón de personas perderían la vida.

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Era la justificación que Sukarno necesitaba para hacerse aún con más con poder. A sus pies estaba la sangre de comunistas, civiles y todos los que hubieran osado hacerle frente. Con el partido comunista liquidado comenzaba el “Nuevo Orden”. Resulta curioso que hoy en día estas matanzas apenas se traten en las escuelas hoy en día. ¿Y Occidente? Occidente estaba encantado. Después de todo, era la victoria sobre el comunismo. Estados Unidos apoyó al nuevo gobierno y alentó a empresas norteamericanas a invertir en la nueva Indonesia.

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Sukarno dejo paso al general Suharto (sí, nombres parecidos para liarnos) en el poder. Fueron años de relativa calma, sobre todo porque cualquiera que optara por alzar la voz era rápidamente silenciado. Mantener al pueblo ignorante, el mejor remedio.

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Y bajo su mandato llegó la corrupción en su máximo exponente. En el primer informe que se publicó en 1995 por Transparencia Internacional sobre 41 países, Indonesia tuvo el honor de ser el más corrupto de todos. En estos 30 años Suharto se había embolsado alrededor de 20 billones de dólares (sí, con “b”).

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Pero hete aquí que acabó la Guerra Fría y sin la amenaza de los comunistas donde dije digo digo Diego. Occidente se quejaba (ahora) de que esto como puede ser, oh my god, que salvajismo, los derechos humanos y bla bla bla… Añadimos la crisis internacional de 1997 y Suharto acabó dimitiendo.

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Recomenzaba una nueva época algo más tranquila, con elecciones y esas cosas, con remanentes de tensión añadidas a las puramente religiosas y raciales y donde quedaban tres zonas con conflictos por resolver: Timor Oriental, Papúa y Aceh.

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Por mediación de las Naciones Unidas, Timor Oriental votó por su independencia obteniendo un aplastante 78% a favor. El gobierno dijo que nanaidelachina con un 100% a su favor. Se liaron a palos. Murieron alrededor de 1300 personas y el éjercito de las Naciones Unidas tuvo que intervenir para mantener el orden. Finalmente Timor Oriental conseguía su independencia en 2002.

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Papúa dijeron que ellos lo que era Indonesia, ni en pintura. Que ellos también, cuanto antes fuera. “Perdón. Perdón. No entendemos vuestro idioma” replicó el gobierno indonesio. “Nos plantamos. No reconocemos el gobierno indonesio como nuestro”. “Uy, ¿Quién ha dicho eso? ¡A la cárcel con él!”.

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Y así siguen hoy en día y sin intención de mejorar y con el agravante de que el gobierno indonesio ha ido adjudicando los puestos administrativos a indonesios. Los habitantes de Papúa están que trinan. Pero sólo se encuentran con oídos sordos. Es el precio que tiene vivir en una tierra llena de petróleo, cuyas costas son ricas en pescado y con probablemente los filones de oro y cobre más grandes del mundo.

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Con Aceh, una zona conservativa islámica, estuvieron zurrándose hasta que fuerzas ajenas a su voluntad acabaron interviniendo. Aceh fue la zona más cercana al epicentro del Tsunami del 2004, el mismo que arrasó a Ko Phi Phi (Tailandia) entre otros. Con 170.000 muertos y 500.000 personas sin hogar, el gobierno no tuvo más remedio que acceder a dejar entrar ayuda internacional, cosa que reabrió las negociaciones para firmar un tratado de paz. Aceh conseguía mayor autonomía una paz que se mantiene hoy en día aunque bajo la duda de que vaya a continuar.

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Este es el panorama actual de este país con tantos frentes abiertos que es imposible abarcarlos todos. Vive ahora un periodo de relativa estabilidad, pero no hay que olvidar los atentados contra turistas sucedidos en el 2002 en Bali y en 2005 y 2009 en Jakarta a manos de radicales islámicos, que no parecen cosa más que casos aislados, pero que muestran las fisuras de este país de mil caras.

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¿Y ahora? Pues habrá que estar atentos, por que el periodo democrático que están viviendo puede dar buenos frutos a nivel económico y puede que las cosas se calmen del todo, o bien pueden comenzar los problemas y entramos en terreno de imprevisibilidad para cualquiera de los “planetas”. ¿Pero había empezando hablando de Balí, no? Y al final, fijaos que hora es. Más noticias, impresiones e historias de esta pequeña y lógicamente diferente isla en breve.

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(Simplemente aclarar por si hubiera quién así lo inquiriera, que aunque el tema trata sobre Indonesia en general, las fotos en particular son todas de Bali)

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Día 267: De Flores y Dragones

(Post este que llegó con retraso porque vino en un avión indonesio, que si no, habría estado como un clavo aquí un 10 de Febrero de 2010)

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Komodo.

El solo nombre ya evocaba pasajes de una isla perdida, remota, habitada por bestias salvajes, míticas, de las que aterrorizaban a los marineros. Dragones. De afiladas garras y aliento de fuego que iluminaría la noche y haría sobrecogerse a quién los viera.

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El mito crecía al mismo ritmo al que se alejaban los barcos de los primeros descubridores, pasando de 3 metros a decenas, de 60 afilado dientes, a centenares de cuchillas, incluso las malas lenguas añejas aseguran que fueron ellos los que inspiraron a los famosos dragones chinos que tantas y tantas veces se han representado, que tantos y tantos templos adornan.

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¿Estaría el mito a la altura? ¿Sobrecogería? ¿Me paralizaría por el miedo? ¿Me achicharrarían el culo sus llamas? ¿Sería yo el rival más debil? Lógicamente no. Pero tampoco habría que confundirles con un animal amable. No hay llamas, pero hay casi 60 bacterias más veneno en su mordisco y un golpe con su garra si podría degollarte o rajarte sin demasiado problema.

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No hay que culpar a la pobre bestia. Es fácil sentir aprensión hacia ellos pero lo cierto es que nunca tuvieron una infancia sencilla. Abandonados antes de nacer, corren a los árboles en sus primeros día fuera del cascarón. No sólo el resto de depredadores podrían acabar con ellos, si no que podrían ser devorados por otros dragones (sí, son caníbales) o incluso su propia madre.

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La vida para Smaug no es fácil, pero si consiguen llegar a la madurez, el único depredador que puede amenazarlos es el mismo. Y por supuesto, el hombre. Trofeo para zoológicos y coleccionistas las expediciones se lanzaban a Indonesia para volver con la cabeza de la bestia. Cuentan las mismas malas lenguas (o quizás otras) que su captura, inspiró el mito cinematográfico de King Kong. Entre bestias, todo queda en casa.

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Y si, son bastante espectaculares. Con esa cuello largo que se retuerce, esa mirada fría, ese contoneo serperteante al caminar, esa lengua viperina y la piel que parece roca. Y corren. Vaya que si corren. A alrededor de los 20 kilómetros por hora. Si aparecen, quieto parado. No se te ocurra salir corriendo o irán detrás y te tocará acabar subido a algún sitio.

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Tal y como me contaba mi guía (que por cierto recorren el parque con la inestimable y simple ayuda de una larga horquilla de madera para hacerles frente) se pasó un día entero en un árbol esperando a que varios dragones se fueran. Agradeció los problemas de la edad draconil, pues según se hacen más y más grandes, las garras les molestan para trepar a los árboles, así que van perdiendo esa habilidad. Pero mientras en tierra, respeten a las bestias.

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Sin embargo, viajar hasta Komodo sólo para ver a los dragones, sería una pérdida de tiempo y de dinero. Merecen la pena, si. Pero son un extra al lado de las magníficas aguas y arrecifes que rodean al archipiélago. Las aguas de Komodo, Rinca y el resto de islas colindantes ostentan el número uno de los sitios de buceo que he visitado. Simplemente no hay palabras.

Bienvenidos al acuario.

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Más de 50 sitios de inmersión que lo hacen inacabable. Enormes y enormes bosques de corales (tanto blandos como duros), paredes verticales, tropecientas especies diferentes de animales… y unas corrientes de aúpa. He aprendido y disfrutado más en estas inmersiones que en todas las anteriores.

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Aunque sin duda la experiencia reina fue bucear bajo la sombra de las manta rayas. “Esta inmersión vamos a quedarnos clavados al fondo, las corrientes son demasiado fuertes. Así que añade un par de kilos más a tus pesos” me dijo del dive master. Dicho y hecho, pero aún así, era necesario agarrase con todas tus fuerzas a las rocas de alrededor. Como si fuera un acantilado horizontal, sujetándote con una mano y el cuerpo tambaleándose, estirado por la fuerza del agua.

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Y allí tranquilamente y sin apenas esfuerzo aparecieron las mantas. Un pequeño movimiento de sus alas, de cuatro o cinco metros de envergadura, bastaba para ignorar la fuerza de la corriente. Tranquilas, enormes, moviéndose despacio, con la boca abierta, engullendo todo el placton que llegaba en su dirección. Comer sin apenas esfuerzo.

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Pasaron por arriba, por abajo, por la derecha por la izquierda, se iban, volvían, desaparecían, reaparecían. Impasibles. A un cinco metros, a tres, a dos, por encima. Sin miedo. Una, dos, cuatro, cinco, siete mantas. Alucinante.

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Inmersiones en general muy exigentes, pero tremendamente gratificantes. “En esta no tendrás mucho tiempo para bajar” me aseguraba “tienes que caer como una roca, prepárate a compensar los oidos a toda velocidad. El objetivo es llegar a una montaña que está bajo nosotros, y si tardas mucho la corriente te habrás llevado lejos de ella”. ¿Quién dijo miedo? Para abajo. Y allí, otro mundo. Pulpos, tiburones, más y más tortugas. Simplemente fantástico.

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(A buscar al pez… vamos, no tarden, que sé que ya tienen práctica)

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Lo echó de menos desde que me fuí. Islas paradisiacas, abandonadas, sin apenas turismo, aguas inmaculadas, cristalinas. Siguiendo la tónica general indonesa, en tierra firme se sucedían los cortes de luz y de agua y lo cierto es que aparte de navegar entre las islas, visitar a los dragones y darse al snorkel o al buceo, en ese punto de la isla de Flores no había mucho más que hacer.

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(Una de las pequeñas islas de la zona, vista desde el avión)

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Dado que donde habitan los dragones (en Komodo y Rinca) sólo viven pequeños pueblos pesqueros es Labuanbajo, la ciudad donde me encontraba el único punto de salida para explorar la zona. Está llamado a convertirse un nuevo gran destino turístico, pero parece ser que la propia desorganización indonesia no ayuda demasiado.

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Unos días antes llegaba al aeropuerto de Bali, el único que servía vuelos a Flores. Antes de que me tilden y acusen de falta de previsión (que lo soy) lo cierto es que había intentando comprar el billete un par de días antes en otro aeropuerto.

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Retrocedamos un par de días. Makassar, Sulawesi.
- Buenas, quiero un billete desde Bali a Labuanbajo.
- Jijijijjijiii (uy un farang, que vergüenza y me habla)
- Hola buenas, quiero un billete desde Bali a Labuanbajo, por favor. Je je.
- jijijjijijiji. Nosotros no volamos a Labuanbajo.
- Ya. Ya. Desde aquí no, pero por eso voy a Bali, pero desde allí quiero volar a Labuanbajo.
- jijijijijijij. Nosotros no volamos a Labuanbajo.

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Repitan las dos últimas frases durante 10 minutos y tendrán un fiel reflejo de mi conversación con la vendedora de billetes. Créanme. Lo hecho con anterioridas y siendo de la misma compañía se pueden comprar los billetes de cualquier a cualquier destino. Sea como fuere, cuando mi paciencia se acabó me di por vencido. Lo compro en Bali y se acabó, que de verdad, que poco apreció que tenéis al dinero. Si esto fuera Vietnam ya me habrías vendido hasta el alojamiento, dos guía, una barca y un par de masajes con happy ending.

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Volvamos a la conversación en Bali.
- Buenas, quiero un billete a Labuanbajo (¿he vivido esto yo antes? ¿Será un fallo en Matrix?)
- Uy Mister. Todo ocupado. Fully booked.
Mirada asesina. Odio hacia la anterior vendedora de billetes. Muñeco vudú, ¿donde estás? Pasamos a la siguiente pregunta básica.
- ¿Y mañana? (virgencita, virgencita)
- Hasta dentro de 7 días, mister, y para entonces sólo queda un asiento.

- Un momento. Desde aquí hay otra compañía, ¿no?. Voy a preguntar antes de tomarme la cicuta.

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- Buenas, bla bla bla a Labuanbajo.
- No va a poder ser, Mister. Tenemos el avión reparándose.
Otro clásico básico. Es lo que tiene viajar en las compañías aéreas con peor índice de seguridad del mundo en la lista negra de la Unión Europea, junto con el Congo, Angola y similares. (No se pierdan la lista, merece la pena).
- ¿Y para cuando habrán terminado?
- Vaya usted a saber, Mister. Eso es cosa de Managment. ¿Una semana? ¿Dos semanas? ¿Un mes?
- ¿Pero ustedes sólo tienen este vuelo, no?
- Pues sí.
- ¿Y usted sólo viene a trabajar para decir que no hay vuelo?
- Más o menos sí, Mister.

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Vuelta a la primera ventanilla. ¿Cómo no iban a tener vuelos en toda una semana?
- Mire Mister. Si quiere, se viene aquí mañana por la mañana y si hay una cancelación de última hora, pues nada, queda usted como un winner.

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Allí estaba, una hora y media antes. Con un único vuelo que salía a las nueve de la mañana a las 7.30 ya estaba en ventanilla como un clavo. “¿Nada?” “Nada mister, no va a haber suerte, pero no desespere…” zzzzZZZzzzzzZZZZ ¿Que hacía yo allí?. Debería irme a las Gili, o irme a mi casa, o viajar en patinete. El patinete nunca te traiciona. 8.00, 8.30, 8.45, 8.50…

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- ¡Mister! ¡Tenemos una cancelación!!

¡¡Yuhu!!

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Corre, factura, corre, pasa seguridad, corre, llegamos a la puerta de embarque, entramos en el avión… ¡PRUEBA SUPERADA! Aplausos, aplausos, quiero dedicar este premio a mi familia y a mi… Pero, pero… ¿pero esto qué es?

El avión empezaba a moverse hacia la pista de despegue y allí donde yo estaba sentado, en un avión de hélices de apenas 60 plazas… quedaban seis filas de asientos vacías.

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Indonesia, a tu lado, el resto del sudeste asiático parece hasta organizado.

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Todas las fotos de islas, dragones y montañas con sabor a sal, aquí.
Todas las fotos para aspirantes a pilotos del Nautilus,
aquí.

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Día 261: Hablemos de la muerte…

(Si no hubiera sido por la falta de Internet y por que he tenido que ejercer de anfitrión en lndonesia, este post hubiera llegado mucho antes a sus pantallas amigas, exactamente un 4 de Febrero de 2010)

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Fue un golpe certero, sin ceremoniosidad alguna, portando el frío sabor de la muerte. Así lo supo el joven búfalo cuando se dio cuenta, tarde, que la vida se le iba. No sería el único animal en ser sacrificado. Más búfalos, cerdos, y gallinas esperaban pacientemente su turno para pasar a mejor vida, así que la aldea bullía de actividad y mientras los invitados iban llegando se oían los desesperados gritos de los puercos. Ardían las hogueras y las cocinas no daban a basto.

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A pesar del shock inicial, había que reconocer la ironía de la situación. Abuelo, ¿sabes cuando me contabas los pormenores de la matanza del cerdo? Pues me he tenido que cruzar el mundo para ver una. Sí, y no sólo de cerdos. Así somos los señoritos de ciudad.

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Los animales sacrificados pasaban a ser despedazados sobre hojas de plataneras. Sendos machetazos, certeros hachazos y a sacar tripas, limpiar intestinos, vaciar estómagos, y repartir los pedazos de carne entre la cocina y los habitantes de la aldea. Y tras apenas una hora de hábil carnicería, sólo quedaba el suelo embarrado por la sangre y algunos perros que daban buena cuenta de lo poco que hubiera quedado.

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Y es que había demasiados invitados a los que alimentar. Era el primero de los dos días que durarían las recepciones y que traerían a un par de miles de personas… a un funeral. Evento importantísimo para la gente de Tana Toraja, donde todo gira alrededor de la muerte.

Importantísimo y carísimo. Tanto que el cuerpo puede llevar muerto ya incluso años mientras la familia reúne el dinero necesario para poder llevarlo a cabo. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto el cuerpo del difunto se guarda entre paños y telas bajo la casa.

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No todos los habitantes tienen el honor de tamaña fanfarria. Sólo los más ricos y poderosos. Pero cuanto más rico y poderoso, más grande es el funeral, más días ocupa, más amplia la lista de invitados, allegados, familiares y conocidos y mayor la cantidad de animales que pasan a mejor vida a manos de un machete.

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¿Y después? Después el cuerpo, en un ataúd que requiere de algunos meses para completarse, se guarda en una cueva, o se cuelga en una pared rocosa, o se horada en lo más profundo de una roca.

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Estos son sus cementerios. Así aparecen los esqueletos cuando las maderas se pudren o los cofres se caen cuando las cuerdas que los sujetan se rompen con los años. Acabas paseando entre calaveras humanas, muchas de ellas visitadas frecuentemente por las familias que no dudan en seguir añadiendo ofrendas a su ser querido. Y a la entrada, una efigie de los muertos, tallados en madera, vigilantes.

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(¿Falta de respeto? No, ofrenda)

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Bienvenidos a Tana Toraja, en el corazón de la isla de Sulawesi, bienvenidos a la vida en un documental. Esta región de la isla es otro mundo en si misma. Otro más de los múltiples que conforman Indonesia. Y uno de los más famosos gracias a este espectáculo tan gore. ¿Quién dijo que el morbo no vende?

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Las Tongkonan, sus casas de madera con forma de barco, destacando entre los bosques y los arrozales talladas y decoradas con cornamentas de búfalos. Porque los búfalos son tremendamente importantes. Muestran poder. Cuanto más tienen, cuanto más gordos están, más rica es la familia.

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El mercado de Buntu, que se celebra una vez cada seis días es una explosión de color, de frutas y verduras, pero también de animales.

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Mientras se buscan los gallos más fuertes para peleas ilegales, los cerdos pasan el día inmovilizados sobre troncos de bambú, listos para ser examinados por los interesados compradores. Además el hecho de que ya estén inmovilizados, facilita mucho las cosas, se pueden apilar sin problemas en una camioneta o cargar tranquilamente en la parte de atras de una moto.

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Aunque el mercado destaca por el comercio de búfalos. Una gigantesca explanada que da cabida a vendedores y compradores que muestran orgullosos a sus rumiantes. Que si compro, que si lo engordo, que si lo vuelvo a vender. Pueden valer lo mismo que un coche y la competencia es enorme.

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Al fin y al cabo van a formar parte de un rito funerario y uno siempre puede quedar como un caballero llevando uno para la carnicería, aunque esto implicará una deuda del que lo recibe. Si se es menos caballero pero también de corte elegante, puede usted optar por llevar un cerdo, que tampoco le van a hacer ascos.

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Pero bueno ¿y que diablos hacía yo en mitad de un funeral? Pues desafiando la mentalidad occidental que desaconsejaría, amparado en la intimidad, el acudir a uno con el que no tuviera relación, en Tana Toraja, es un evento tan público que hasta se anuncia. Así los guías saben que días habrá o no funeral. Parece ser, por lo visto, que ahora no es muy buena época, y que la mayoría de estas celebraciones se concentran en los meses de mejor tiempo, que deben lucir mucho más, así que tuve que esperar tres días para poder asistir a uno.

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Logicamente, esto desafía todos mis conocimientos de actos protocolarios. ¿Que hacer? ¿Que llevar? Aconsejado por el guía, es de buen invitado el llevar un obsequio, generalmente un cartón de tabaco. Morir por morir, vamos. Cartón bajo el brazo me acercaba al funeral.

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- ¿Pero hombre, no va a hacer fotos, mister? – Me preguntaba el guía.
- No lo veo yo claro. Es que es un funeral y me da cosilla.
- Nada, nada, tu a hacer fotos como un loco, mira, si hasta la gente del pueblo hace fotos, aquí hacer fotos es normal, especialmente de las fotos del difunto, o del difunto, o del ataúd, es como si siguiera con nosotros.
- Igualito, vamos.
- Claro, claro. Venga ven, mira, además te voy a colocar aquí sentadito… junto a la viuda.
- ¿CÓMO?
- Venga. No seas tímido. Y así aprovechas y le das el tabaco.

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Ahi estaba, sentado junto a la viuda, de riguroso negro, que sabía tanto inglés como yo indonesio, que charlaba animadamente con otra de las invitadas, bromeando incluso, mientras yo intentando descifrar el momento no sabía si poner cara de circunstancia, darle el pésame, o sonreír contra mis principios para ir más a tono con el resto de invitados.

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(Mejor me doy al alcohol…)

- Mister, ¿no le va a hacer una foto a la viuda?
- ….
- Que le hace ilusión.

La viuda asintió cuando me vio sacar la cámara, posó para mí frunciendo el ceño con aire muy serio, tomé la foto y siguió a lo suyo mientras me invitaba a un café.

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- Oiga – inquirí al guía – ¿Aquí nadie está triste?
- No, eso toca el último día.
- …

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Todo un shock para mis sentidos. Pero así eran mis conversaciones con el guía. Leyendo entrelineas entendí que dado que la muerte podía haber sucedido una gran temporada atrás, el dolor no tan reciente, había quedado diluido en el tiempo y que los primeros días, cargados con la energía de recibir a los asistentes y las matanzas pertinentes, apenas dejaban tiempo para el recuerdo que si se manifestaba en el momento del entierro.

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Pero los funerales no son la única excusa para acercarse a Tana Toraja. El lugar, rodeado de montañas, es espectacular. Aldeas perdidas en mitad de la montañas por donde desfilan los arrozales entre la jungla, aparecen iglesias cristianas con forma de tongkonan, y si apetece se pueden hacer unos trekkings que deben quitar el aliento, pero que yo, ansioso por cubrir la mayor parte de la zona en los tres días que tenía, opte por hacer en moto por mi cuenta.

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Cerré mi último día, tras el funeral, acompañando a mi guía a una pelea de búfalos. Formaban parte de las celebraciones funerarias, y al parecer mi guía tenía una buena apuesta en uno de los ejemplares. Esto ya si que es algo nada turístico, de hecho, me volvía a encontrar como el único no local que asistía al evento. Muy a tono con el resto de la región, era completamente salvaje.

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Se enfrentan a dos búfalos, especialmente criados para ello en campo abierto, que se dedican a darse cabezazos y cornadas hasta que uno de los dos sale huyendo derrotado. Ahí no hay más barreras que las que forman los espectadores, así que cuando uno pone pies en polvorosa, a una parte del respetable le toca salir corriendo y dejar hueco para la huída. Los búfalos son tratados con idolatría y las categorías se dividen por peso. Por ahí estaba por ejemplo, un tal Mortek, que causaba furor entre el público asistente que se dedicaba a corear su nombre.

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Mi guía perdió lo que sea que hubiera apostado, Mortek ganó, y en el último combate los búfalos decidieron hacer bueno eso de “imagínate que hay una guerra y no nos presentamos” y tras decidir que eso de combatir no iba con ellos y salieron corriendo monte arriba ante la estupefacción local, que no le quedó otra que salir a intentar darles caza.

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Tana Toraja, pequeño otro mundo.

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Más fotos, entre vísceras, arrozales y casas psicotrópicas, aquí.

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Día 256: Una de branquias… con la calma

(Se nos olvidó el protector solar, si no este post habría llegado un 30 de Enero de 2010)

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Tres vuelos y un barco después llegaba a la remota isla de Pulau Bunaken. Algo más de 24 horas de nada. ¿Quién dijo miedo? Viendo el descontrol transportil había decidido no estresarme. Para no andar agonizando entre cambio y cambio iba comprando el billete del avión directamente en cada aeropuerto. Como si fuera un autobús.

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Y realmente lo era. El primero de todos, pequeño y con hélices, hizo alguna parada intermedia sólo para los que tuvieran que bajarse. El resto, a esperar a los que subieran y ale, en menos de 15 minutos desde el aterrizaje ya estábamos de nuevo en el aire. ¿Qué excusas son esas de que tras cada vuelo hay que chequear todos los sistemas de vuelo? Pamplinas del primer mundo.

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El barco que unía Manado con Pulau Bunaken también tenía su dosis de desconcierto. Un único barco (o eso me habían dicho) al día. ¿A que hora sale? A la 1.00 pm, sir. A las 2.00 pm, sir. Seamos conservadores. A las 12.30 am estaba en el puerto.

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Pregunté directamente al capitán. A las 14.00, sir. Bueno, más vale pronto que tarde y me da tiempo a comer loquequieraquesea que están vendiendo en estos puestos. A las 15.45 salía el barco. Sigh. ¿Es que ni siquiera hay consenso en la mentira? ¿Planes? ¿Quién quiere planes?

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¿Qué me llevaba a aquel punto alejado? Pues el confesable vicio del buceo. Una vez más. No quedándome muchos día en el sudeste asiático, había decidido aprovechar. En cuanto abandone estas tierras me temo que el vicio será bastante más caro y habrá de caer en el saco de lo haré cuando pueda, lo haré cuando tenga dinero. Además, que diablos, estoy en la mejor región del mundo para hacer buceo. ¿Cómo negarme? ¿Y por qué siempre parece que tengo que justificarme para bucear?

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Apenas tres poblados pesqueros poblaban el conglomerado de palmeras y selva que cubría la isla. Una única carretera (que responde al nombre de carretera para entendernos) que la cruzaba de punta y donde el único transporte posible corría a cargo de la buena voluntad (a cambio de algunas rupias) de algún motorista.

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(La Bunaken Highway)

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Con problemas de agua corriente que tiene que ser transportada desde tierra por barco y sólo con corriente eléctrica por la noche. El resto mediante generadores, el que los tenga. Que tampoco tiene que ser obligatorio. Allí se juntaban todos a la luz de unas velas o de una lámpara de gas y aquí no ha pasado nada. Risas, alguna guitarra, cantos y tremenda vida social entre las pequeñas familias. ¿Quién quiere luz?

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(Jugando a las “cocinitas”… no somos tan distintos como créemos)

Es la descripción de una isla que vive a un ritmo pausado (quizás demasiado), donde no hay prisa por que pase nada. Sin cajeros, sin bancos, sin nada que no sean casas de pescadores y los “resorts” a pie de playa para atender las demandas buceadores, no hay demasiado que hacer, salvo pasear, zambullirse en un buen libro al suave compás de una hamaca o sumergirse en las inmaculadas aguas que la rodean.

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(Dos impresionantes ejemplares de pez hoja… si son dos peces. ¡Lo juro!)

Transparentes, las aguas se pierden en la oscuridad que dan las paredes verticales (que llegan a alcanzar los 1500 metros de profundidad en algunas partes), hogar de millares de peces coronados por fabulosos corales. Es incansable. E inabarcable. La isla tiene tantos puntos de inmersión como uno quiero imaginarse. Y si uno se cansa, las pequeñas islas colindantes añaden aún más destinos para los buzos insaciables.

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Fue además mi primera experiencia de buceo con gente local. Todos las inmersiones anteriores venían organizadas por extranjeros, mayoritariamente ingleses o australianos o neozelandeses, pero aquí eran responsabilidad local.

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(¿Tú crees que nos habrá visto?)

Lo cual tenía unos cuantos matices. Aquí que cada cual se atienda a si mismo. Nada de chequear al compañero antes de lanzarse al agua, nada de esperar. Nos vemos abajo. Muy al estilo asiático, aquí ya somos mayorcitos todos para saber lo que hay que hacer, no hay normas definidas. Y al igual que el estilo asiático si bien era un poco caótico al principio, en el momento que empezabas a extraer el modus operandi, todo empezaba a encajar.

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Una de las “ventajas” es que se podía aguantar bajo el agua hasta que el aire comprimido no diera para más. Muy alejado del conservador buceo occidental que te saca del agua con casi un cuarto de aire en la botella y que lleva a la mentira. Si. Lo reconozco. Confieso. Siempre a sabiendas de tanto despilfarro acaba avisando al divemaster de mi bajo nivel de aire más tarde de lo que debiera. Segundos, quizás minutos de más en la pecera. ¿Cómo resistirme?

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(Un “precioso” ejemplar de pez piedra, que si no fuera por la gracia del flash serías casi incapaces de distinguirlo)

Pero aquí, con arrecifes que suben hasta casi la superficie, para cuando tienes poco aire ya estas casi en la superficie y te has pasado la parada de seguridad sin darte cuenta persiguiendo a peces payaso o asombrándote con las formas de los corales y todo los que se mueve entre ellos.

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Así que uno se cuida de si mismo. Que te queda poco aire, pues para arriba y a esperar tranquilamente a que te recoja la barca, que el resto seguimos haciendo la sirena. Otra “ventaja”, los más inexpertos (como moi) no se estresan porque estén quitando tiempo a los más expertos. Pero bueno, en todo este proceso estoy seguro de que rompimos todas las normas preventivas posibles. Sin rubor, que uno ya está hecho al Asian style.

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Para muchos el mejor sitio de buceo de Indonesia.

Claro, que a mí aún me quedaba por ir a Flores…

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Todas las fotos de una isla donde el tiempo pasa más despacio, aquí.
Todas las fotos ya limpitas de nitrógeno y otros gases no deseables,
aquí.

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Día 253: Los hombres del bosque

(Lo que aprendí de la selva aunque lo cuento ahora, lo aprendí un 27 de Enero de 2010)

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Como salido de la pluma de Joseph Conrad, el Satria remontaba el curso del Sengai Sekonyer adentrándose en el corazón de las tinieblas. La frondosa jungla del parque nacional de Tanjung Puting iba cerrándole y cerrándole el paso, infranqueable pasadizo entre un acantilado de hojas y ramas sobre un río de aguas turbias.

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Los macacos flanqueaban el río saltando de rama en rama, o manteniéndose en el más completo de los silencios, donde sólo la aguda visión de mi guía podía localizarlos mientras yo intentaba afinar mis sentidos desde la cubierta del barco.  Mis ojos inexpertos, ciegos entre tanta maleza apenas podían discernir nada si no era siguiendo las indicaciones.

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Entonces sí, se revelaban quince o 20 macacos de cola larga o una familia de monos narigudos observándonos aténtamente. Algunos de ellos, buenos nadadores y buceadores, se lanzaban al agua a escasos metros por delante del barco para cruzar el río. No era locura. Saben que el ruido del motor intimida a los cocodrilos. No hay momento más seguro para cruzar.

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Tras no pocas dificultades había llegado a mi destino. Tanjung Puting, en el corazón de Kalimantán, una de las selvas tropicales más grandes del mundo y sólo accesible (salvo para unos cuantos aventureros de machete) en barco. Mi idea inicial de compartir uno se había visto truncada cuando descubrí que… era el único turista que había llegado a la ciudad.

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Al mal tiempo buena cara, no tendría compañero de abordo, pero a cambio me aseguraba el puesto honorífico de Capitán Pirata Garrapata. No tendría a Carafoca, ni a Cuchareta, ni a Chaparrete, pero a cambio tenía un auténtico capitán que presumía de haber tenido una novia alemana (y ¡durante cuatro días!), junto con un asistente que siempre sonreía desde el silencio y una santa cocinera de ascendente abuelil cuyo único objetivo era añadir kilos a mi esbelta figura (que estás muy delgado, hijo).

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(He aquí mi camarote: mesa, comida puesta…

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… convertible en magnífica suite para dormir, con toda la música que la selva es capaz de producir como nana).

El plan era pasar tres días en la jungla, con el Satria como casa, mientras intentabamos encontrarnos con la única especie de grandes simios que habita en Asia. Los orangutanes, los simios de pelambre anaranjada, los hombres del bosque, los mismos que los locales aseguraron en su momento que podían hablar perfectamente nuestro idioma pero que no lo hacían por miedo a ser malinterpretados.

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Hasta hace apenas 40 años muy poco se sabía de ellos. Fue Biruté Galdikas, una canadiense hija de lituanos nacida en Alemania (oleee) la que tuvo el valor de adentrarse en las junglas de Kalimantan para estudiar al simio rojo. En aquel entonces (1971) tenía 25 años. La salvaje jungla repleta de legiones de sanguijelas, insectos carnívoros y demás lindezas le esperaba, mientras ella y su marido montaban un campamento (Camp Leaky) con una pequeña cabaña y se desplazaban por la jungla con un bote de madera.

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(Mi guía, subido a un “champiñón” que crecía en un árbol)

Similarmente a Jane Goodall con los chimpancés en Tanzania y a Dian Fossey con los gorilas en Ruanda y el Congo, Biruté Galdikas pusó al orangután en el mundo. Pasó 30 años en la jungla de Borneo y puso en marcha un centro de rehabilitación de orangutanes que sigue funcionando hoy en día.

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En muchos lugares del sudeste asiático, pero principalmente en Indonesia y Malasia ha habido mucho interés en tener un bebé de orangután como mascota. Su precio se cotiza alto y son muchos los cazadores furtivos que se lanzan a la selva para conseguirlos. Pero a pesar de lo poco conveniente que puede ser tener un orangután como mascota sólo hay una manera de conseguir uno y es matando a la madre. Para complicar aún más las cosas dada la ilegalidad de tener un bebé orangután, se transportan en maletas cerradas y similares con alto porcentaje de mortalidad. Para que un bebé llegue a manos de su nuevo dueño es probable que otros 8 bebés orangutanes hayan muerto bien por el shock de la perdida maternal o por las condiciones de transporte.

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El ciclo reproductivo del orangután es de 4-6 años basándose en el periodo de aprendizaje del bebé. Estamos hablando de un animal que pesa alrededor de 100 kilos y que es… vegetariano. Os podéis imaginar la cantidad de plátanos, mandarinas y cerezas que hay que comer para alcanzar ese peso. Esto implica que los orangutanes son capaces de crear un mapa mental de la selva y saber exactamente en que semana del año hay frutos en que zonas de ella. Mientras el bebé aprende todo esto simplemente no se despega de la madre durante estos cuatro o cinco años.

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El segundo problema es que precisamente porque tienen que recorrer enormes distancias su territorio es masivo, lo cual choca frontalmente con los procesos de deforestación (tanto legales como ilegales) para entre otras cosas producir aceite de palma. Aunque la discusión podría ser si ambos motivos hacen al orangután una especie malamente preparada para la supervivencia lo cierto es que cada vez tienen más complicado su existencia.

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Con la llegada de Galdikas y el centro de rehabilitación que surgió a partir de su estudio se cubrían dos puntos. El primero era recuperar a todos esos bebes que habían perdido a su madre, cuidarlos y reinsertarlos en la selva. El segundo es proveer un extra de comida a todos los orangutanes que no encuentren suficiente en su hábitat.

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Este segundo punto, además, es la clave para atraer a los turistas. Hay ciertos puntos situados en la selva donde se deja diariamente comida para estos orangutanes. El principal problema que podíamos encontrarnos para verlos era precisamente que siendo temporada de lluvias, había demasiados frutos en el bosque como para que aparecieran. Al fin y al cabo, vagos somos todos. Tocaba paciencia y apelar a la esperanza.

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Recuerdo perfectamente el primer instante. El primer momento en que  aún no lo habíamos visto pero unos cuantos árboles tambaleándose indicaban que el/los orangutanes estaban llegando, respondiendo a la llamada de los guardias. Desplazándose entre árbol y árbol sólo con la fuerza de sus brazos, muy pronto aparecieron bajo la lluvia las primeras manos oscuras y tras ellas el “pequeño” hombrecito. Tan igual. Tan diferente.

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Se quedó un buen rato mirándonos, recogió parte de las troceadas cañas de azúcar que habían dispuesto para él y se volvió a lanzar a la jungla. Fantástico. A apenas cinco metros y sólo para mí. Una de las discusiones que tenía con mi guía era sobre la conveniencia o no de alimentar a los orangutanes. Después de todo, si se acostumbran a comer de la mano del hombre ¿no impediría esto una rehabilitación?

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Lo cierto es que son muy pocos de los orangutanes los que se pasan por estos puntos. La mayoría no se sienten cómodos y no pasarán nunca por allí. Muchos otros semisalvajes, pasarán por los puntos únicamente si no tienen otra posibilidad. Hay algunos que se pasan años sin ser vistos. Por último están los que fueron recogidos desde muy muy pequeños. Estos han vivido con los humanos que les cuidaron desde entonces. Están habituados a ellos y aunque viven en libertad se pasan habitualmente por los campamentos.

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Uno de los primeros orangutanes que llegaron al campamento cuando sólo era un bebé es Princess. El Doctor Gary Shapiro se encargó de ella desde el principio y fueron inseparables durante cuatro años. Literalmente, la llevaba colgada todo ese tiempo. Gary fue la figura materna que Princess necesitaba. No os perdáis este video donde incluso se baña con ella.

Pero Princess se hizo famosa por muchas otras cosas. Demostró tener una inteligencia privilegiada y era capaz de aprender por observación. Con el tiempo podía usar un martillo, utilizar herramientas para abrir puertas e incluso desatar las barcas y remar por el río. Espectacular.

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Lo cierto es que ver a Princess era una de las cosas que más ilusión me hacía. Y se resistió hasta el final, de hecho fue la última con la que nos encontramos, tras más de una hora de espera (de nuevo bajo la lluvia) y cargada con Putri su último retoño de alrededor de dos años de edad. Allí sólo habíamos aguantado la espera dos chicas holandesas y yo. Una nueva recompensa.

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(Un par de retratos de Princess)

Tan habituada está al contacto humano que es el único bebé que permite que le toque la gente. A mi sin embargo me daba algo de respeto y me conformaba con hacerle fotos de cerca, pues se aproximó sin miedo hacia nosotros. Fue ella, que seguro me leyó la mente, la que decidió romper el hielo y agarrarse a mi brazo.

“Vamos, llévame a dar un paseo”.

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Sabía perfectamente lo que hacía. Ahora tenía a un par a los que agarrarse y que le llevaran en volandas sin tener que hacer ella ningún esfuerzo. En muchos momentos paraba, se daba la vuelta, observaba se salía del camino, cogía algunas hojas que repartía entre ella y el bebé y se volvía a agarrar al brazo. A seguir paseando.

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El momento fue indescriptible.

Era mi despedida de la selva, de Tanjung Puting, irremediablemente enamorado de estos animales, irremediablemente agradecido al trabajo de la Doctora Galdikas y al de toda la gente local que están cuidando y mimando la selva. Su selva. En la que tuve el privilegio de estar.

Pero también era saber que puede que en un futuro sólo queden fotos que enseñarles a los que vengan detrás, que los tímidos hombrecitos rojos se fueron para no volver.

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Para Brilly, para quién este post no será suficiente.

Unas cuantas fotos más, saltando de rama en rama, aquí.

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Kiss me

Kiss Me

¿No me negarás un besito, verdad?

Parque Nacional de Tanjung Puting, Kalimantan, Indonesia, Enero 2010

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