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Día 249: La compra sobre el agua.

(Colorido post que alegra hoy, pero que debía haberlo hecho un 23 de Enero de 2010)

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¿Cómo podía estar seguro de que estaba en el sitio correcto? El mototaxista no aseguraba que sí, pero hablaba tanto inglés cómo yo indonesio ¿me estaría entendiendo? El hecho de que hubiera preguntado direcciones a las pocas almas que había encontrado por el camino, cambiando un par de veces de sentido, tampoco me tranquilizaba. Fuera como fuera estaba en mitad de un puente, bajo el cual no había nada de nada. Sólo el sereno río en cuyos márgenes se vislumbraban tímidamente hileras de casitas de madera.

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Y es que sin haber salido el sol todavía mis ojos no daban para más. Mi conductor me miraba entre bostezos con cara de “te lo dije”. “Vamos a llegar demasiado pronto” me aseguró vía traducción de la recepcionista del hotel el día anterior. Nanai, insistía yo. Ya me sé como son estas cosas. “Salimos a las cinco de la mañana como muy tarde, que estas cosas comienzan a cómo muy tarde a las cinco y media y tenemos sobre una hora de camino”.

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Estas cosas son los mercados flotantes. Las experiencias vietnamitas ya me decían que si querías verlos en su esplendor lo mejor era llegar antes de que saliera el sol y que si llegaba demasiado tarde lo más que podías encontrarte eran trozos de lechuga flotando o aún peor puestos únicamente para turistas, como en los mercados flotantes de Bangkok.

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Pero claro, que esto no era ni Tailandia, ni Bangkok. Era Banjarmasin, dentro de Kalimantan. Había vuelto a la isla que tuve que abandonar por avería del único avión que transitaba mi ruta y ahora lo reintentaba aproximándome por otro lado. Para tozudo yo. Faltaban unas horas para que si no pasara nada, pudiera recoger mi ticket de vuelo y llegar a mi destino en el sur de la isla. Mientras tanto bien podía aprovechar la madrugada para poder ver uno de sus mercados flotantes.

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Siempre y cuando estuviera en el sitio correcto. Había elegido el mercado de Pasar Lokbaintan, el más lejano porque aseguraban que era el mejor, con más jaleo. Pero el amanecer había llegado y por allí no pasaba nadie. ¿No debería estar esto en plena ebullición? Ay ay ay, ya verás como la hemos liado, señor Frodo, quién me mandaría a mí, si es que las legañas nunca fueron buenas consejeras y pensamientos de similar calibre que comenzaron a calmarse cuando ví aparecer una barca.

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Poco a poco comenzaban a llegar de quién sabe donde al mismo tiempo que salían de las mismas casas que bordeaban el río. Mujeres casi todas en el curioso ritual de ir a la compra. Yo llevo tomates, yo plátanos, yo berenjenas y lechugas, yo frutas, yo chucherías… y comenzaban a negociar entre ellas mientras se dejaban llevar al unísono por la ligera corriente.

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Fue sin lugar a dudas uno de los mercados más auténticos donde he estado. Durante la mayor parte de la mañana fui el único no local que estaba por allí. Después se unieron tan sólo dos más. Supongo que en temporada alta habrá unos cuantos más, pero por lo que se veía nunca habían sido demasiado.

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Ni puestos de souvenirs, ni camisetas, ni nadie que te pregunte ni te intente vender nada. Al fin y al cabo, es como si un indonesio se fuera al Carrefour y se pusiera a observar atentamente el complicado ritual de pasar por los pasillos, llenar el carrito de la compra y pasarlo por los lectores de códigos de barras. ¿Os lo imagináis haciendoos fotos?

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Pues ahí estaba yo, retratatando a las Pepi, Juani, y Mari indonesias. Lo cierto es que la situación era un poco rara, pero ¿como resistirme a tan gran festival de color?

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Además, tengo la ventaja de que soy un farang y como tal, no se requiere explicación a las cosas que hago. El farang o extranjero, por definición, hacen el tipo de cosas raras que hacen los farang y por lo tanto son siempre curiosos de ver. ¿A ver que hace? ¡¡Uy se ha movido!! Fijaos, fijaos… Y ellos también te hacen fotos a tí. Da igual que te comportes con seriedad, respeto o que vayas vestido con un tutú. Observarte, como quién observa a un panda en el zoo, es motivo de diversión.

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Así pues, lo comido por lo servido. Además uno siempre puede romper el hielo, mostrando a la persona retratada su propio retrato en la pantalla de la cámara, lo que acaba con la persona muerta de risa y generando todo tipo de reacciones en los locales colindantes que mientras unos quieren salir también en las fotos otros huyen despavoridos. El mejor momento y el único que no puedo retratar es el instante en que se reconocen en la foto. Es un instante fantástico.

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“Muchas gracias, majas. Habéis salido guapísimas. Un placer pero tengo un vuelo que coger”. Estos farangs siempre con prisas. “Bye Mister!” “Miradle, que raro es”. ¿Demasiada simetría?

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Abandoné aquel pequeño mundo en ese pequeño trozo de río para regresar a Banjarmasin. Cómo cabría esperar me deparaba una nueva sorpresa.

- Eh, esto… Mister… que el vuelo…
Ay, madre. Aquí viene…
- Qué resulta que están full.
- ¿Cómo que está full?
- Full, lleno, hasta la bandera.
- Pero vamos a ver. ¿No me dijisteis ayer que no había ningún problema?
- Pues si, pero es que se lo dijimos al azar. Luego llamamos a la compañía y nos dijeron que estaba todo lleno.
Sigh.
- Ah, Mister…
- Dígame.
- Mañana también.

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¡¡ARGH!! ¿Que tipo de magia negra es esta, Gandalf? ¿Sería Kalimantan capaz de vencerme, de domar, de doblar mi tozudez? ¿Habría, tan falta de tiempo como estaba, de abandonar toda esperanza? ¿Era más difícil adentrarse en el sur de Borneo que en el mismo Tíbet? ¿No hay otro camino más oscuros, mas secreto? ¿Orcos no conocen?

- ¿Desde aquí hay autobús?
- Yes Mister.
- ¿Cuanto tarda?
- 17 horas.
Ains…
- ¡¡Que me pongan uno, que voy!!

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Insisto. Para tozudo, yo.

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Día 247: La belleza desolada de Bromo

(Post este que llega hoy pero que debería haberlo hecho un 21 de Enero de 2010)

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Si pensaba que se el madrugar se iba a acabar estaba muy pero que muy equivocado. El despertador volvía a sonar esta vez a las 3 y media de la mañana. ¿Donde estoy? ¿Qué hago? ¿Quién eres tú? ¿Has venido a buscarme? Aaaaaargh. Mis ojos. Mis ojos. Seguro que se me han caído. Y que frío que hace. ¿Es esto Indonesia? ¿Indonesia no es sinónimo de calor, de sol, de playas tropicales?

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Pues no. A dos mil y pico metros de altura y cuando aún no había salido el sol, el calor era sólo un recuerdo lejano. Apelotanados en un jeep comenzabamos a subir monte arriba hasta alcanzar los 2770 metros de la cumbre del extinto volcán Gunung Penanjakan. Lugar que según los que más saben, era el mejor de todo el Parque Nacional de Bromo-Tengger-Semeru… para ver el amanecer. ¡¡Malditos amaneceres que te obligan a madrugar!! A mí que me gusta que me lo den todo hecho y a ser posible después de las once.

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¿Pero que tenía de especial este amanecer? Pues que revelaría ante nosotros el paisaje lunar del parque nacional, hogar de los también extintos volcanes Gunung Batok y Gunung Kursi y, lo que era mucho más importante, de los activos Gunung Bromo y Gunung Semeru.

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(Foto de familia: a la izquierda, humeante, el Gunung Bromo, en primer plano un aparente Buntung Batok, un poco detrás el algo más tímido Gunung Kursi y al fondo, el imponente Gunung Semeru)

La lista de volcanes en Indonesia debe tender a infinito, con algunos nombres míticos, como el Krakatoa que en 1883 después de estar en erupción durante casi cuatro meses estalló en pedazos con una energía de 200 Megatones. Cien mil veces más poderosa que la bomba atómica de Hiroshima lanzando ceniza a 80 kilómetros de altura. (No, no me sobra ningún cero).

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O el Tambora, cuya explosión fue la más grande jamás registrada, se oyo a 2000 kilómetros, las cenizas cubrieron el sol durante dos días llegando a afectar a Norteamérica y Estados Unidos, arruinando cosechas y añadiendo a la lista de más de 70 mil muertos en Indonesia, la mayor hambruna del siglo XIX.

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O el Toba, que explosionó hace 74.000 años. La mayor explosión en los últimos 25 millones de años descrita como mega-colosal y que dejó como resultado el lago Toba, de 100 kilómetros de largo y 30 kilómetros de ancho y afectando al cambio climático global. Un invierno volcánico de 6 o 7 años, con bajadas de temperaturas de 15ºC de media y extinguiendo (según la teoría de la Catástrofe de Toba) a gran parte de la población humana, de manera que todas las razas actuales provendrían de entre los 1.000 y 10.000 supervivientes.

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O el Merapi, que situado en la isla de Java, perfectamente visible desde sitios como Yogyakarta o Borobudur, sigue entrando en erupción regularmente aunque a diferente escala. Su última puesta en escena, en 2006, acompañada de un terremoto dejó un reguero de casi 6 mil muertos, 36 mil heridos y un millón y medio de personas sin hogar.

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Son sólo algunos ejemplos, resultado de estar situados en los bordes de las placa tectónica del Pacífico, la Euroasiática y la Australiana. Hay es nada. Indonesia sigue en movimiento, expandiéndose, apareciendo y desapareciendo islas en el proceso.

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El último recuento de este descomunal país que se extiende más de 5.000 kilómetros a lo largo del ecuador las deja en 17,508 (según unas fuentes) o 18.306 (según otras) de las cuales alrededor de 6.000 están habitadas.

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Pero los fantásticos números de este país no aseguraban que fueramos a poder ver el amanecer y con el ver desde las alturas el escenario. Si ya de por sí los amaneceres son un apuesta contábamos con el agravante de inseguridad que añade la temporada de lluvias. ¿Se vería algo? ¿Nos caería un chaparrón maldición de la Virgen de la Cueva? El cielo de nuevo se mostraba despejado, mostrando las estrellas, así que había motivos para el optimismo.

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Motivos que resultaron infundados cuando descubrimos que la cima del mirador, la cima del Gunung Penanjakan se hallaba envuelta en niebla y nubes. No se puede ganar siempre. Lo importante es participar. Bla. Bla. Bla. Porque si madrugar y ver amanecer es un triunfo, madrugar y no ver amanecer te deja con cara de pardillo.

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(Creánme, estos instantes antes de no ver nada lucen mucho más en la foto)

Las nubes se abrían rápidamente dejando ver atisbos del escenario, pero poco a poco las esperanzas se fueron perdiendo y los madrugadores turistas se iban marchando, aquí no hay nada que ver y tenemos un planning que cumplir.

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¿Todos? ¡No! Un irreductible y terco torrejonero se resistía todavía y por siempre a las nubes invasoras. No logró el éxito, pero sí ver el paisaje casi completo durante unos minutos. Bien. ¡¡Bravo por la poción mágica!! En cambio le tocó bajar a pie, habiendo abandonado todos los jeeps el mirador. Lo que son los tours. 15 minutos más de paciencia y todo el mundo podría haber visto lo que había pagado por ver.

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Bajar a pie, a pesar de que negaré la breve paliza que supuso al final (creo que eran unos 12 kilómetros) me permitió mi tiempo para parar a menudo a disfrutar del paisaje ya fuera de la boina de nubes que rodeaban la cima. La vista no era tan buena como desde arriba, con el Gunung Bromo rodeado por el Gunung Batok en un primer plano y el Gunung Kursi en un segundo plano y con los 3676 metros del Gunung Semeru allá en la distancia, pero no por ello dejaba de ser impresionante con la luz de la mañana.

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Lo suelen describir como belleza desolada y es una descripción de los más acertada. Laut Pasir, el mar de arena, cubre, oscura, la inmensa llanura sobre la que nacen los montes y el cráter de humo sulfúrico del Gunung Bromo. Indescriptible. ¿Qué, aceptamos el Bromo como guarida maligna de un villano de mi categoría?

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Día 245: De como llegó el Islam y lo que vino después

(Después de descubrir a la fuerza que Internet no es tan omnipontente ni omnipresente como cabría esperar y mucho menos en Indonesia, este post debería haberse pasado por aquí junto con unas pipas y algo de beber un 19 de Enero de 2010)

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Los cantos de los imanes que surgían de las mezquitas inundaban las calles cuando abandoné el hotel. Eran las 4 de la mañana. Buen momento, pensé, para subir a lo más alto del Templo de Borobudur. Después de todo y tras la salvaje tormenta tropical del día anterior las estrellas brillaban en el cielo, así que con algo de suerte el amanecer podría tener encanto.

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El mayor templo budista de toda Indonesia, curiosamente relativamente cerca (en términos indonesios) de otro gran complejo de templos pero estos… hindúes. Los templos de Prambanan.

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(Por aquí Borobudur…

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… Por aquí Prambanan)

Si tenemos en cuenta que Indonesia es actualmente un país mayoritariamente musulmán, encontrarse semejantes monumentos de otro mundo, otras culturas, denotan pistas de una interesante historia de cambios.

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Historia la de este país, como la de tantos otros, moldeada por el comercio. Pero si nos remontamos un par de siglos atrás, Indonesia ni siquiera era un país. Era un conglomerado de islas que tenían muy poco que ver entre ellas.

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De hecho salvando un idioma único (para dominarlos a todos) siguen sin tener muy poco que ver unas con las otras. ¿Que hizo que se convirtieran en un país medianamente unido? Hagan sus cábalas. Titotito tito tititoti (música del un, dos, tres) La respuesta en unos cuantos párrafos.

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¿Tenemos suficiente plutonio, Doc? Enciende el condensador de fluzo, que el De Lorean alcance las 88 millas por hora y nos vamos al siglo II a.C. donde por aquel entonces ya comenzaban el intercambio de bienes con el Asia continental y con la India, cuyos mercaderes ya se empezaban a asentar en las inmediaciones. Al igual que Malasia. Indonesia estaba en medio de los grandes comercios. Entre la India y China.

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Es inevitable. Siempre que unos llegan alteran y acaban influenciando. Nos quejamos de cómo la vida cambia y altera sitios “tradicionales” pero ha sucedido desde siempre. Todo está en continuo movimiento. Los habitantes de las islas indonesias, que antes habían mostrado su devoción al animismo, una religión basada en los espíritus que nos rodean, acababan seducidos y adoptando el hinduismo y el budismo procedente de la India.

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Los gobernantes tomaban ahora los nombres de Raja o Maharaja. Era una evolución natural que aseguraba fuertes lazos con el mundo hindú. Naturalmente, ni el proceso fue de un día para otro, ni el hinduismo acabó imponiéndose como tal, sino más bien como un batiburrillo que mezclaba un poco de todo.

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Pero lo cierto, es que en siglo VIII, dos reinos rivales construyeron los templos de Borobudur y Prambanan. La India estaba en Java.

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Pero indonesia no sólo estaba entre la India y China, sino que también se cruzaba en el camino de Arabia con la China, buen punto para que los mercaderes pararan y recargaran fuerzas. Los musulmanes se establecían al Norte de Sumatra mientras el estado Hindo-budista de Majapahit florecía con fuerza, expandiéndose desde Sumatra hasta Papua con el poder de convicción que da el “si no te unes a mi te extermino”. Lo que venía siendo un lugar civilizado.

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Duró casi 200 años antes de llegar la hora del Islam. Que siguiendo los mismos pasos, fue desplazando paulatinamente al imperio Majapahit, como un domino, las fichas iban cayendo y el islam se iba asentando. Y en estos ires y venires estaba el archipiélago cuando aparecieron por allí cerca, en la colindante ahora Malasia, los portugueses y tras ellos los holandeses.

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Esto es demasiado, debieron pensar, ¿es que no vamos a poder vivir una temporadita tranquilos, con al menos la misma religión? Lo de cambiar del animismo al hindo-budismo, vale, coló. Después pasamos al islam y también pasamos por el aro. ¿Y ahora cristianismo? Amigos holandeses, nos tenéis la cabeza como un bombo. Así no hay quién se centre en nada. ¡¡Un poquito de por favor!!

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Los holandeses se las vieron venir. Tampoco es que se hubieran trabajado mucho las relaciones internacionales, eso de haber “esclavizado” a gran parte de la población obligándolos a trabajar en campos de café, té, tabaco y similares en condiciones brutales, no se había visto con demasiados buenos ojos. “Para mí que estos van a acabar por mosquearse, amigo van Gaal”. Vamos a quedar como unos señores. Vamos a darles… ¡cultura!.

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Craso error. Las nuevas políticas de educación, salud, economía y derivados, si bien mejoraron las técnicas de cultivos salvando del hambre a muchas familias también valieron para que los “sometidos” fueran aún más conscientes de las injusticias de las que eran víctimas.

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Llegaba el momento de la revolución y todo esos mundos dispersos, todas esas islas, todas esas culturas, aunadas contra un enemigo común, se definieron con una identidad única, la indonesa con un lenguaje único, el indonesio. Era 1928. Los holandeses habían, indirectamente, conseguido lo imposible.

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Aunque la historia dio un poco más de vueltas, al final los holandeses se vieron obligados a abandonar su colonia e Indonesia ganó su independencia, pero también se dieron cuenta de que eso acarreaba no pocos problemas. Pero esto, considerénlo un avance, más en próximos capítulos.

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No hay que decir que el cristianismo nunca triunfó demasiado. De hecho hoy en día Indonesia es el país con más musulmanes del mundo, lo cual no deja de ser curioso cuando estas visitando uno de los mayores templos budistas lleno de escolares musulmanes, que (vaya sorpresa) tienen más interés en la caza del extranjero que en la de perderse entre los grabados que recubren los pasillos de la monumental Borobudur.

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Seguramente la descubrirán en su momento, dentro de algún tiempo, cuando nazca el interés por su historia, o lo mismo será al revés, será el enorme templo que ha resistido al paso del tiempo, a terremtos, volcanes, ataques terroristas y ejercitos organizados de turistas el que les haga adentrarse en los episodios de su historia.

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O al menos así fue como lo hice yo. Aunque yo la primera vez que ví Borobudur fue cuando despertaba en su cima. Al final el amanecer quedó ligeramente eclipsado por una cortina de nubes que lo deslució un poco, aunque consiguió escapar a su feroz control durante unos pocos segundos, suficientes para impregnar el sitio de un aire mágico.

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Día 242: Indonesia no es cosa fácil (aunque sí tremendamente divertida)

(Tras leer este post y entre líos y conflictos varios entenderán que no llegara cuando tuvo que hacerlo, un tal 16 de Enero de 2010)

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- I am sorry Misterr, pero el vuelo que usted quiere para mañana se ha cancelado.
- No se preocupe. ¿Cuando es el siguiente?
- Mmmm… a ver, a ver. En una semana.
- ¡¡Una semana!!
- Sí Misterr, es que sólo hay un avión y ha petado. Vamos, que lo están reparando.

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Fantástico. Una semana. Una semana en Pontianak, un lugar alejado del mundo en Kalimantan, el Borneo indonesio, al que había llegado después de un viaje de 14 horas cruzando la frontera desde Kuching, para tomar única y exclusivamente ese vuelo. Sin más alicientes, ¿qué iba a hacer una semana en Pontianak?

- ¿Pero habrá alguna otra manera de llegar, no? ¿Bus? ¿Triciclo? ¿Catapulta? ¿A lomos de un orangután?
- Me temo que no, Misterr. No hay quién cruce Kalimantan. Sólo airplane.

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Scheisse. Mi estupendo intento de planning se caía a pedazos. Resoplé. Saqué el mapa sobre la mesa.

- ¿Y a donde más vuelan? Dígame cualquier sitio.

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Ya me había advertido Gorka, que se ha hecho un par de Masters en viajar por Indonesia, de la imprevisibilidad en el transporte en el país de las más de diecisietemil islas (copypasteo directamente de un mail que me envió al respecto):

“Ten paciencia en indonesia al trasladarte de un lugar a otro. Cuando llegas a algún destino es como si estuvieras cubierto en una trinchera, pero cuando sales para ir a otro destino nunca sabes lo que te va pasar, cuanto tiempo va pasar, con que te vas a enfrentar, es como la guerra, hay tiros por todas partes, flechas, lanzas, barro, bombas que caen del cielo.. puff.. de todo.. eso sí, cuando llegas a un destino, ¡es impresionante! es un país increíblemente bello en todos los sentidos.. así que disfrútalo..”

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La primera en la frente. Había sido incapaz de llegar a mi primer destino. Nada insalvable. Confieso que un par de semanas atrás cuando comenzaba a preparar el recorrido por Indonesia arrojé la toalla. Me rindo. Esto es imposible. Es demasiado grande. Es, en términos del viaje actual, totalmente impensable cubrir siquiera lo mínimo.

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Así que a sabiendas antes de empezar que ya me iba a deber otro viaje a Indonesia decidí no preocuparme demasiado. Descartaba enormes islas como Sumatra y me centraba en cuatro o cinco cosas que me llamaban la atención. Pero con tanto para elegir esas cuatro o cinco cosas podrían ser otras cualesquiera.

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Pero es que no sólo moverse en por el país estaba resultando difícil. Conseguir el visado en la embajada de Kuala Lumpur también había tenido sus propias dosis de aventura gráfica. Primero, desconocía que no podía entrar en la embajada con pantalones cortos. Si son sus normas, son sus normas, aunque siempre escama que haya a la salida un paisano que curiosamente alquile pantalones largos a 5 dólares el rato.

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Tras ir y volver del hotel (lógicamente, porque el orgullo no me permitía incentivar el alquiler pantalonil) está vez derretido en mis pantalones largos en un día que debía rondar los 40ºC con nosecuanto de humedad, pasé las siguientes horas en el más completo de los aburrimientos viendo como la lentísima burocracia indonesia atendía uno por uno a las otras cuarenta solicitudes que tenía delante de mí. Parada para comer incluida. Después llegó el examen. ¿Por qué quieres ir a Indonesia? ¿Que vas a hacer exactamente? ¿Cuanto tiempo? Uy, mucho me parece a mi. ¿Tienes tantas vacaciones? ¿Que es eso de tiempo sabático? No entiendo. ¿Y por qué no has pedido el visado en tu país? ¿Tienes billete de salida?… Peor que una entrevista de trabajo.

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Pero volvamos a aquella entrañable oficina de Pontianak donde llevaba ya un rato intentando cuadrar mis días con carambolescas posibilidades mientras uno de los empleados me intentaba casar con una de las empleadas. “¡¡Qué está soltera, Misterr!!”. Ejem.

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Todo parecía señalar que (bodas express aparte) la única posibilidad factible era volar a Jakarta, la capital indonesia, situada en la isla de Java. También era mala suerte. El único sitio de toda Indonesia donde todo viajero con el que había cruzado palabra me había recomendado no parar. “Es horrible y no hay nada que ver”. Pero la parte buena era que llegando a la capital podía volar a casi cualquier lado, así que ya que estaba en Java, ¿por qué no buscar lo más interesante?

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En mi lectura en diagonal por Java en las páginas de la guía, opté por visitar la histórica localidad de Jogyakarta y así fue como cuatro días después de entrar en Indonesia, visitaba mi primer destino. ¡Prueba superada!

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Fue un tremendo acierto. Monunentalmente no era gran cosa, pero todo su entramado de relajadas callejuelas, aderezadas con saludos y sonrisas de quienes las habitaban me animaron de inmediado. Tremendamente encantadores, los indonesios se partían de risa sólo con verme “¡¡un Misterr, un Misterr!!”, los niños salían corriendo a saludar con la esperanza de ser retratados. Todos querían salir en la foto. Estos extranjeros chiflados que se cruzan el mundo para hacernos fotos, ¡a nosotros!. Que gente más rara.

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Había quién se ponía a bailar delante de la cámara. Quién llamaba al resto de amigos, que se acercaban a saludar. Acabas paseando por la calle girando la cabeza a un lado y otro respondiendo a los “Hello Misterr” por todas partes. Ni Sus Majestades. Que trato, oigan.

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(Foto de familia, pa-ta-taaaa)

La segunda e invariante pregunta era por mi lugar de procedencia. “Spain, my friend.” “¿Spain?”, “Yes, Spain.”. No parece que ni idea de por donde cae. “Spain, Spain, España”. “¡Ahhh! ¡¡España!! ¡¡Españolo!! ¡¡Real Madrid!!”. Y acto seguido empezaban a hablar maravillas de Cristiano Ronaldo y de Raúl Gonzalez. Impresionante. Supongo que estás son las cosas que justifican los millonarios desembolsos por jugadores y que hacen frotarse las manos al tito Floren. De cualquier manera, no viajéis a Indonesia sin saberos al menos unos cuantos jugadores del Madrid y otros cuantos del Barcelona u os perderéis uno de los pocos temas de conversación para con quién no habla inglés. Que son unos cuantos. He aquí mi briconsejo de hoy.

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(Vendiendo helados)

El segundo es perderos, perderos, perderos por Yogyakarta, es un disfrute continuo, desde pasadizos y mezquitas enterradas, hasta huertos mezclados con parques, tiendas, gente durmiendo por el suelo presa del calor, niños corriendo, abuelillos sonrientes, plantas y verduras al sol, bicicletas con neveras vendiendo helados, mercadillos, todo tipo de antigüedades, caballos, tuktuks, mucha muchísima gente, centenares de motos y miles de tiendas de Batik.

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El Batik, es una técnica para teñir tejidos típica de Java, pero también es el sinónimo de horror. “Batik, misterr?” “¿Quiere ver mi tienda de Batik? Es artesanal. Just looking” “¿Quiere comprar algo de Batik?”. Batik. Batik. Batik. Llegando incluso a técnicas más agresivas dignas de tuktukeros bangkonianos. “El palacio está cerrado, pero yo le doy una vuelta por aquí… mire, casualmente la tienda de Batik de mi cuñado!” “¿Que va usted al palacio?, uy ya le llevo yo por aquí, que con estas callejuelas cualquiera sabe, no se vaya usted a perder… mire, uy, casualmente la tienda de Batik de mi cuñado otra vez!”. ¡¡Argh!!

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Pero no pierdas la sonrisa. Estás en Indonesia.

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