Atravesando lo que a mi me pareció un laberinto de calles empedradas, flanquedas por edificios de madera y bien entrado en la noche, Makiko nos llevó a Matoki y a mi a las entradas del templo de Kodaiji, cuyos alrededores, adornados de farolillos que impregnaban el ambiente de rojos y dorados en la oscuridad, nos atraía sin remedio como moscas a la miel.
Y es que si los templos japoneses ya de por sí son preciosos, si además los preparan con juegos de luces para que los puedas disfrutar de noche creando ese contraste irreal casi de cuento, entonces son aún más irresistibles.
Nos perdimos entonces por sus jardines de bambú, rodeando este templo del 1605, donde aún sin trípode, no tuve más remedio que buscar todo tipo de objetos que sujetaran la cámara, para intentar llevarme conmigo un pedacito de él. Todo un regalo por parte de nuestra anfitriona en Kioto.
Y no. No fué un sueño.
No es para menos. Desde que Fushimi Inari Taisha se empezó a crear en el siglo VIII, más y más puertas se añaden cada año, fruto de donaciones, haciendo del paseo a su rojiza sombra toda una experiencia. Es simplemente precioso. Y lo digo como una de las cosas que más me gustó de todo el viaje a Japón.
Estaba completamente alucinado atravesando el bosque, puerta a puerta, encontrando pequeñas paradas de piedra y velas, descansos para el alma y para asegurar la prosperidad que trae el arroz.
No terminamos el recorrido, como buenos hijos de la vagancia y víctimas de un planning bastante exigente, pero aún así dejó un inmejorable recuerdo.
Kyomizu-dera, el templo del agua pura, y finalista para las siete nuevas maravillas del Mundo (junto con nuestra Alhambra), es un lugar lleno de misticismo y supersticiones.
Dicen las malas lenguas que si saltas por su balcón y sobrevives a la caida de los trece metros, se te concederá un deseo. Tan disparatado como pueda sonar, lo cierto es que entre 1603 y 1867 se tiene constancia de 234 saltos, un 85% de los atrevidos sobrevivieron, y es que la frondosa vegetación a sus pies parece ser que amortiguaba bastante las caidas. Eso sí, amigos del riesgo, la adrenalítica práctica está prohibida desde ya hace unos años. Por si os lo estabáis planteando.
El templo que toma su nombre de una cascada, permite a los creyentes beber de sus chorros, asegurando este acto longevidad, pero ojo, que si bebes de más de dos y por codicioso, tendrás un extra de varios años de malísima suerte.
¿Más? Pues que sepáis que después de que una niña nacida allí se convirtiera en emperatriz, ha sido el sitio elegido por muchas mujeres para dar a luz, con la esperanza de aumentar su ración de suerte. Y si eres desdichado en amores, tienes un recorrido que si consigues realizar con los ojos cerrados repitiendo el nombre de tu amado/amada, será pan comido para Cupido.
Aunque, si no tienes por costumbre, vestir amarillo mientras pasas por debajo de una escalera cediendole el paso a un gato negro, lo más seguro es que simplementes disfrutes como un enano de esta auténtica y mayúscula maravilla.
Por aquel entonces ya empezaba mi limitado cerebro a saturarse de más y más templos, pero hice una selección bastante bonita, de cuyos nombres no quiero acordarme, o más bien no quieren acordarse mis neuronas, entretenidas en otras labores desde hace más de un año. Sé, porque así lo atestiguan los tickets de entrada que guardo que pasé por Nanzen-in…
… pero el resto quedarán para descubrir por los instintos y sentidos extrasensoriales de los viajerons que decidan recorrerlo. Tranquilo, pausado, disfrutando cada momento. Dicen las malas lenguas (malas porque no pude aplicar lo que decían) que el mejor momento para recorrerlo es durante la primavera, en los breves y efímeros días esn que los cerezo, plantados durante todo el recorrido florecen inundando de blanco rosado la zona. Una vez más llegué demasiado tarde para esto y demasiado pronto para adentrarme en los rojos bosques otoñales. Malditas fechas de entretiempo!!!
Aún así, a pesar de las fechas en que se visite, es de lo más interesante el perderse por caminos que se esconden tras los árboles para entrar en cualquier templo y deleitarse con sus detalles o disfrutarlo simplemente como el paseo encantador que és.
Si por algo destaca Kioto es por sus templos. Por sus infinitos templos. Por sus templos hasta decir basta!. Dudo mucho que haya ser humano que haya tenido la paciencia de visitar todos ellos y seguir manteniendo un ápice de cordura. Más de mil. Un uno seguido de tres ceros. Aymaredelamorhermoso!. Por donde empezar? Que ver? Cual elegir? Mi tiempo era limitado y acorde a los horarios dudaba mucho que fuera capaz de ver más de cuatro o cinco al día. (Atención al dato, porque alguien en condiciones normales con mucho muchísimio tiempo por delante tardaría más de 6 meses dedicándose única y exclusivamente a esta labor, para poder verlos todos.
Así que mucho me temo que me dejé unas cuantas joyas, pero no tuve más remedio que tirar de la guía y hacer una primera reducción de unos 20 para después pasar al filtro postales. El filtro postales, consiste en recorrer las tiendas de souvenires y curiosear las postales y libros para hacerme una idea de cada templo y asegurarme cual era el que no me quería perder.
Concienciado como estaba madrugué para aprovechar las horas al máximo, pensando (y con razón) que el desplazamiento por la ciudad, por medio de autobuses, que no controlaba demasiado bien, me retrasaría bastante. Aún así y aunque me dejé por ver uno de los que quería, creo que la selección estuvo bastante bien y me valió para superar mi umbral de templos para una temporada.
Comencé con lo fuerte y tras pasar por Hohen-in (en la foto de arriba) me encaminé al Kinkakuji (aka Rokuon-ji), el pabellón dorado. Una auténtica maravilla. Atravesado jardines, llegue a un lago, y allí con un agua que ejercía de espejo, creando una preciosa simetría horizontal se apareció el templo dorado. Aguanten la respiración.
A pesar del impacto inicial, la estructura es bastante reciend, de 1955, momento en que se volvió a levantar tras quemarse en 1950 el edificio original (desde 1397), vícitima de un monje que tras reducirlo a cenizas intentó suicidarse, sin éxito. Fue capturado y su madre al enterearse se arrojó a las vías del tren. Una historia sin lugar a dudas bastante más oscura que los brillantes reflejos que desprende. Y es que la estructura, queridos amigos, está recubierto con hojas de oro puro. $_$
Sería un buen lugar para quedarse completamente ensimismado, pero uno, que no se deja hechizar facilmente (tomad nota, muchachas), pudo escapar del embrujo para seguir en modo turista unas cuantas horas más. Fueron mis huesos a parar, tras pasar más tiempo del que quisiera intentando encontrarme, a otra maravilla de los templos Zen japonenes. Ryoanji.
El templo del dragón tranquilo y pacífico. El templo entre otras cosas posee uno de los jardines secos más famosos del mundo. Secos, porque se basa en piedras para crearlo. Para aumentar su misticismo, su creador (o creadores) no dejaron ninguna explicación de su significado, lo que le añade belleza.
15 piedras en tres grandes grupos. Creando una sensación agaradable y relajante al contemplarlo. Teorías hay muchas: simulación de un mar, un tigre cruzando un río… (esto debe ser como un test de Roschard, cada uno verá cosas distintas!).
Lo que parecen haber revelado las investigaciones es que si se desplaza cualquier de las rocas se pierde la sensación de armonía. Cada cuál que saque sus propias conclusiones, pero es desde luego uno de los mejores ejemplos del arte japonés. Simplicidad y estética. Ya desde hace 1488.