Archive for Koyo

Repetimos. ¿Quién dijo miedo?. Tanzawa (1)

Dicen que el ser humano tropieza y retropieza con la misma piedra. En toda esta supuesta inconsciencia siempre hay algo de masoquismo escondido, agazapado entre los plieges de la personalidad. Y si no explíquenme como es posible que tras la agotadora experiencia de hacer cima en el Otake San, en una ruta clasificada como easy-medium por la cabra montesa que escribió la guía de la lonely planet, decidieramos no sólo repetir, si no además decantarnos por una de nivel medium… y de dos día de duración. Carne de psiquiatra, se lo digo yo.

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La cosa ya comenzó a ponerse interesante cuando los ojos de la encargada de la oficina de información de la zona perdieron su forma rasgada oriental para convertirse en dos círculos perfectos fruto del asombro al contarle nuestro planning inicial. Pero ni siquiera el hecho de que además nos dira unas lecciones e instrucciones por si nos encontrabamos con un oso tampoco acabaron por intranquilizarnos. Cosas del gen de la despreocupación ibérica tan opuesta al sobreproteccionismo japonés.

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A sabiendas de que el recorrido iba a ser largo y con la mente fija en uno de los refugios de montaña al que habríamos de llegar a pasar la noche, no nos entretuvimos demasiado y comenzamos la subida. Aquí es donde nos dimos cuenta del porque del masoquismo. Aunque supieramos que las agujetas iban a ser nuestras compañeras durante unos cuantos días preferimos abandonar la comodidad acogedora del sofá para encontrarnos con quizás la mejor muestra del Otoño que he visto en Japón. Juzgen. Juzgen.

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Un pasillo de colores que nos acompañó durante gran parte de la subida. Precioso. De esas veces que acabas completamente embriagado no eres capaz de asimilarlo todo. No sería la única de las sorpresas de esa subida, pues entre los recodos y asomándose entre las ramas de los árboles nos esperaba el imponente Fuji.

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Sin lugar a dudas en esta ruta ha sido donde mejor lo he podido ver desde que estoy en Japón. Tanzawa se encuentras apróximadamente a mitad de camino entre este y Tokio y tuvimos la suerte de tener un día claro, clarísimo. Todo un regalo. Su vista nos habría de acompañar durante gran parte de la subida, lo cual, aunque no allanaba el camino, ciertamente era un estupendo aliciente.

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El Fuji y la tortilla de patatas. Dos mundos se encuentran.

La subida se iba recrudeciendo, las nubes iban bajando hasta que la niebla nos cubrió y el paisaje se convirtió en un escenario de Tim Burton hasta que alcanzamos a media tarde y con aproximadamente aún una hora de luz, el refugio al que pensabamos de llegar. Bien. Bravo por nosotros.

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A partir de aquí comenzaba la toma de decisiones. La japonesa de la oficina de información nos había advertido que si queríamos hacer lo que nos proponíamos en dos días lo mejor sería avanzar hasta el siguiente refugio a algo más de una hora y media de camino o de lo contrario el día siguiente sería demasiado largo para los cortos días de otoño-invierno. En ese momento con la fuerzas justitas después del primer día nos cuestionabamos nuestra capacidad de hacer el segundo día completo (unas 8 horas de ruta según la guía), así que siempre podríamos quedarnos en este primer refugio y volver por el mismo camino de vuelta al día siguiente o intentar un recorrido de vuelta alternativo desde ese mismo lugar, lo que sería una opción intermedia. Procedan a votar.

Añadiremos más detalles a la operación. El refugio en el que nos encontrabamos era moderadamente grande con capacidad para unas 80-100 personas y el siguiente era sustancialmente más pequeño con una capacidad de 30-40 personas… y según nos informaban, ya se esperaban unas 80. Ejem. Ejem.

Hagan sus apuetas damas y caballeros. Efectivamente. La única opción improbable es la única digna para unos heróicos caballeros de la lorza como nosotros. Andar una hora y media, cuando sólo quedaba una hora de luz y llegar al albergue pequeño que se antojaba masificado. Y al día siguiente… muerte y destrucción. O algo parecido.

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Y ciertamente aunque llegamos rozando la oscuridad, esta hora entre nieblas que se abrían puntualmente mostrando los últimos rayos de sol bañando las motañas nos dejando momentos de increible belleza.

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La capacidad de los refugios de montaña está completamente sujeta a las leyes de la relatividad. Principalmente porque estando los refugios separados una distancia media de dos horas y en mitad de una estación temporada donde las temperaturas bajan soberanamente en cuando desaparece el sol, los encargados del refugio tienen la obligación de acoger a todo el que llegue. Descubrimos que los 80 inquilinos que se esperaban esa noche no eran para nada un rumor y las instrucciones fueron claras: Un futón para cada tres.

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Volviendo a las matemáticas básicas y teniendo en cuentas que nosotros eramos cinco, un afortunado japonés tuvo la suerte de compartir un tercio del futón con nosotros ante su pavor, pues lógicamente sobrepasamos con bastantes creces las dimensiones del japonés medio. Cosas del azar. Nos diculpamos repetidamente por ser como somos e intentamos cuadrarnos de la mejor manera posible. Pero lo mirasemos como lo mirasemos no iba a ser una noche confortable, por mucho que el roce hiciera el cariño.

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Cosas del azar, de nuevo, tuvimos la gran suerte de que tras la cena (gloriosa por cierto) quedaba justo un futón libre al lado del nuestro y Santa Rita, rita, lo que se da no se quita. A la ropa que hay poca. Invasión expansional para relativo alivio de nuestro japonés y de nosotros mismos que pasabamos a tener la nada desdeñabale cantidad de medio futón por cabeza. Lo cual seguía siendo insuficiente en un ambiente apretujado donde las cabezas de unos tocaban con los pies de otros en un acto de confraternación total.

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Por cierto, cuestiones de probabilidad. ¿Cuales son las posibilidades de que en un lugar cerrado con 80 personas… niguna de ellas ronque? Efectivamente, nulas. ¿Y cuantas son las posibilidades de que un Ronking-kong te amenize la velada al lado de tu oreja?

Siempre fuimos gente afortunada. Ejem.

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Imagenes Otoñales de Yoyogi

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He vuelto a pasar por allí hoy, una semana después y ha metamorfoseado completamente. Pocas hojas se aferran todavía a las ramas y las mayoría se unen a la alfombra amarilla sobre la que pasear tranquilamente, sólo, en compañía, en bicicleta, paseando a los perritos o tumbarse a gozar de los rayos del sol otoñales leyendo un libro.

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Estas fotos son de hace una semana. Ahora los días siguen siendo preciosos, despejados y agradecen un abrigo aunque brille la luz del sol, pero quizás sean unos de los más agradables del año. Me encantan los días fríos y soleados.

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Yoyogi, uno de los rincones más agradables de Tokio, lo sigue siendo aún con sus bajas temperaturas. Me temo que no soy el único de la misma impresión, ya que somos muchos los que paseamos por allí, viendo como los ginkgos y los arces se pelean por llamar nuestra atención con increibles colores.

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Eso sí, hay que darse prisa, pues los días son cortos cortísimos y sin el ligero calor de los rayos del sol, la sensación termica es diferente. Así cogan el abrigo, la bufanda y los guantes y vamos a aprovechar mientras dure. Luego será el momento de un buen café o un chocolate caliente. Quién se apunta?

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Qué sí, qué sí… que hay más fotos!!! Toditas aquí. :)

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Cúbreme de oro…

El koyo es fascinante. Sólo ha hecho falta un pequeño cambio en los colores del Ginkgo Biloba para que la gente se lance en masa a contemplar su increible metamorfosis. Gente feliz, risas, miles, miles, miles de cámaras, miles, miles, miles de japoneses paseando por Icho-Namiki, rodeado de luces doradas, de potentes amarillos que se recortaban nítido y claros contra un despejado cielo azul intenso. El Otoño al máximo.

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A veces los regalos llegan cuando menos te los esperas. Me pasé el fin de semana en esa calle.

Perfecto.

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Aún más fotos (…estaba desatado!) aquí.

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El bello exterior del Castillo de Nagoya

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Aunque el plan del fin de semana en Ise-Shima debería dar para haber llegado a la bahía de Ago-Wan, el tiempo que tendía de malo a nefasto me hizo replantearme el viaje, en su lugar decidí volver hacia Nagoya, en un intento por acercarme a Tokio y si el tiempo no mejoraba siempre sería más agradecido dar una vuelta por allí donde, siendo una gran ciudad, los peces de asfalto como yo podemos encontrar cobijo más fácilmente que en el rudo campo.

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Tampoco es que dispusiera de excesivo tiempo y viendo que Nagoya es una urbe japonesa estandard decidí emplear mi tiempo visitando su castillo, por eso de aparentar que uno se aleja de la urbe para envolverse en el japón antiguo. Esta afirmación ya sabemos que en Japón está bastante alejada de la realidad. Tras los bombardeos de la segunda Guerra Mundial, poco quedó en pie. Nagoya fue arrasada en su totalidad y lo que hoy se ve no es sino una reconstrucción del castillo original del siglo XVII.

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Lo de las reconstrucciones tiene su aquel. Ves el castillo precioso por fuera, pero los que lo reconstruyeron pensaron (y con cierta lógica) que dado que lo bonito es lo de fuera, hagamos lo de dentro más apañado. Y ahora el épico castillo tiene un ascensor para sus cinco plantas, tranformadas en un museo. No deja de ser un punto a favor, aunque le quita romanticismo y encantando, para que nos vamos a engañar.

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Por otro lado este castillo aunque formidable, sigue sin poder hacer sombra al de Himeji, que de momento está el número 1 de mi top 2 de castillos en Japón (porque no he visitado ninguno más). Aunque lo que realmente mereció la pena fue el enclave donde se encuentra, una arboleda muy apatecible para pasear en una tarde otoñal, entre el envejecimiento anaranjado de la mayoría de las hojas de los árboles “manchadas” en ciertos puntos con ese tono de rojo fascinante de los arces…

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Breve pero intenso. Una gozada de un par de horas. :D

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La milenaria Ise. Ise-Shima (1)

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Ise, en la región de Ise-Shima, tiene el santuario sintoista más sagrado e importante de Japón. Dicen que data del siglo IV a.C. aunque sus edificios se reconstruyen cada 20 años, en un acto rejuvenecedor, que aparte de realizarse siguiendo las técnicas tradicionales, cuesta una verdadera fortuna (la última de las hasta ahora 61 reconstrucciones costó 5 billones de yenes, unos seis billones de las antiguas pesetas). Si queréis ver semejante derroche en acción apuntaroslo en vuestra agenda para el 2013…

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Las 125 capillas (WTF!) del santuario se dividen en dos templos (Geku, el exterior y Naiku, el interior), separados unos cuantos kilómetros el uno del otro y serían un ejemplo perfecto de la arquitectura prebudista japonesa, si no fuera porque están en su mayoría (los más importantes) ocultos al público y teniendo sólo la familia imperial el derecho a visitarlo.

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A mi esto me parece un poco vergonzoso, pero indignaciones a parte (que ya sabía cuando fui a verlo) el enclave es espectacular y a pesar de que el tiempo no acompañaba tanto como hubiera sido de agradecer, el pasear por esos bosques en esta época del año merece con creces la visita. Por otro lado, los templos más diminutos que se pueden visitar entre los recodos del bosque, te dan una idea de la arquitectura sobria y austera de la época.

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Para todos los devotos sintoistas es lugar de peregrinación al menos una vez en la vida (aunque no se vea nada…), aunque los menos religiosos seguro que disfrutan mucho más de pasear por las calles tradicionales de Oharaimachi, que acercan la ciudad a Naiku y que están llenas de talleres y puestos tradicionales de regalos, comidas, bebidas… y muchas curiosas al menos para los ojos occidentales.

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Un lugar francamente curioso, aunque tampoco me pareció esencial, pero que conserva el aire del japón más añejo y tradicional.

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Montañas y más onsen. Minakami (y 2)

Retomo en estas crónicas desordenadas el punto en el que dejé nuestro viaje de relax, buen comer, buen beber y mucho disfrutar que supuso el descubrir Minakami.

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La zona, como bien comenté en el anterior post, estaba rodeada de montañas y esto es algo que siempre hay que aprovechar. Y sobre todo si un funicular y un telesilla estaban dispuestos a subir nuestros delicados cuerpos hasta la cima. No os penséis que tienen toda esta instalación para pancetas de nuestra categoría. No. La zona en breve estará cubierta de nieve y será un punto estratégico para los amantes del esquí (para esto no me lían).

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La vista desde la parte superior es espectacular. Me llamó bastante la atención darme cuenta lo díficil que es encontrar el auténtico Otoño y disfrutar el cambio de hojas en Japón. Y es que si en la base de la montaña las hojas empezaban a perder el verdor para empezar a anaranjarse en la cima ya hacía mucho que esa época había pasado y sólo quedaban los árbolitos desnudos y los arbustos perennes.

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Un detalle que me ha encantado y que he descubierto hace unos días es que los japoneses tienen programado como va evolucionando el Otoño en sus islas con este planning. Imprescindible para ir siguiendo el Koyo desde Septiembre hasta comienzos de Diciembre. ¿No es encantadora la organización japonesa para este tipo de cosas?

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Tiempo de bajar la montaña (gastando las mismas energía que habíamos usado para subir) y hacer una breve parada antes de ir a Tokio. Yo que soy de naturaleza histérica no li
o veía muy claro por eso de que nos ibamos a comer un muy señor atasco a la entrada de la capital nipona, pero reconozco que mereció muy mucho la pena, pues reescondido entre laderas de montaña y con un río azul cristalino atravesando su ídilico paisaje otoñal estaba el onsen al aire libre de Takaragawa.

¿Suena bien? Pues dejadme que os diga que con sus aguas termales está considerado uno de los mejores de Japón. ¿Aún mejor, verdad?

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Este además es uno de esos onsen mixtos, es decir que ambos sexos comparten “piscinas”. Pero no dejeis que vuestros pensamientos libidinosos os invadan, pues aunque la desnudez en estos sitios está bastante aceptada, las mujeres se les permite entrar a bañarse con una toalla grande que cubre desde por encima de la pechera hasta por debajo del culo mientras que los hombres tenemos que conformarnos con una pequeña toallita que ha de se sujetada con ambas manos para evitar que se caiga, dejando todas las posaderas al aire (he alcanzado a un nuevo grado en mi amistad con mis compañeras de viaje… ejem).

Logicamente no estaba permitido hacer fotografías para respetar la intimidad de los usuarios, así que os recomiendo pasar por la web para que os hagáis una idea del magnifico decorado en el que nos bañamos. Aunque os podréis hacer una idea con esta foto, donde se vislumbra entre el colorido de los árboles una de la casetas del onsen.

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Como os podréis imaginar esto es totalmente recomendable para los que os podáis escapar por la zona. Me comentaba Taka, nuestro compañero japonés, que la última que había estado allí estaba todo nevado a su alrededor mientras él se hayaba confortablemente entre sus aguas termales.

De lo que si pude hacer fotos fue del entrañable trastero formado por calles y calles de trastos que tiene el caminito que lleva desde la entrada al propio onsen. Todo un desvan de hace mucho mucho tiempo…

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Más fotos otoñales, remojadas y llenas de buenos amigos, aquí.
Más información del os Onsen de la zona, aquí.

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Otake San. El lobo vestido de cordero. O los oficinistas fofos se van a la montaña.

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Todo comenzó de la manera más simple. Pablo, en un acto inocente (o eso creíamos) nos animaba a apuntarnos a hacer un ligero trekking por los montes cercanos de Tokio. Unas cinco horas de ruta facil/moderada, según los autores de “Hiking por Japón” de la lonely Planet. Claro que por aquel entonces no sabíamos que el autor de la susodicha guía se había subido el himalaya en bañador, descalzo y con los serpas en la espalda, porque en uno de esos momentos de ya no hay vuelta atrás descubrimos que su nivel de facil/moderado no correspondía para nada con el nuestro. “Muy adecuada para familias” decía el jodío. Si, para romperlas.

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Pero no adelantemos acontecimientos ni muñecos de vudú y vayamos al principio, a ese hermoso y magnífico día soleado, fantástico para empezar a disfrutar del koyo (el cambio de hoja otoñal). La cosa ya empezó a prometer cuando nos perdimos en el tren, pero nada preocupante para unos valerosos y atrevidos gaijines como nosotros. Conseguimos llegar a Takimoto y desde allí el teleférico que subía a Mitake San. Una vez allí comenzaba el paseo, y mientras nosotros, jóvenes de cuerpo y espíritu no realizabamos ni un mísero calentamiento de dedo, un grupo de abueletes estiraban cada músculo en un ejercicio conjunto de estiramientos. Primera señal. Ignorada.

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El día, eso sí, no podía ser mejor. En breve llegamos a la Mitake-jinja capilla de modera, dicen que de 1200 años de antigüedad, que culminaba el Mitake San, en un enclave precioso y viendo como es cierto que el Otoño empieza a llegar a nuestras vidas (de lo cual y aunque no tenga nada que ver lo que aquí estamos tratando, me congratulo, por que el Otoño ha sido, es y será mi estación del año favorita).

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Comenzamos entonces el recorrido pintoresco que habría de llegar al Otake San. Un recorrido francamente bonito, rodeado de bosque profundo, salvaje, con un camino de corte cabrío (de cabras, vamos) donde nos dabamos cuenta de que ibamos en sentido descendente. (Nota mental: si estamos bajando y el objetivo es subir al monte más alto de la zona… la físicas no fallan… mmmmmm…. me estás queriendo decir algo?)

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La siguiente parada del camino fue al arrullo de una pequeña cascada. Momento oportuno para zamparnos un minibocata de jamón serrano (cortesía clawlegera), algo de fruta y de darnos cuenta de que era más de la una de la tarde y no llevabamos ni un cuarto del recorrido que esperabamos hacer. Nada grave. Si no tenemos en cuenta que a las seis ya es noche cerrada. Segunda señal. Ignorada de nuevo. Lalala. Coros celestiales.

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Apretamos ligeramente le paso, bordemos el riachuelo durante un buen rato, bajo la sombra de los árboles hasta que llegamos a la siguiente cascada, momento en el que se señalaba que el tiempo estimado a la cima del Monte Otake era de una hora. Tiempo local, las dos y media. Hagan sus cuentas caballeros.

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Hubo quién sabiamente (o cobardemente según las fuentes) decidió batirse en retirada, mientras el resto activaba el modo Uruk-Hai ON, para subir ladera arriba como si no hubiera un mañana. El ritmo Uruk-Hai, duró lo que os podéis imaginar… lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks y cuando hubo que empezar a hacer el gollum por el monte, usando las cuatro extremidades a través de rocas, comenzó la rodilla a ponerse como un melón, pidiendo el divorcio, alegando malos tratos, mientras el bazo se ponía de su parte y al final de mucho esfuerzo, sudor y algún grito de desesperación alcanzabamos la cima del Monte Otake. 1266 metros con un regalo inesperado. En la lejanía, medio difuminado por un sol cegador se alzaba imponente el monte Fuji. Justa recompensa para la carrera que nos habíamos dado. Lo habíamos alcanzado en sólo media hora (Los Uruk-Hai somos asín).

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Tiempo de bajar, pero dado que consideramos que ibamos bien de tiempo decidimos hacer la ruta como se indicaba originalmente y seguimos el camino hacia Okutama, en lugar de retroceder por donde habíamos venido. Fuimos advertidos por unas ancianitas, que no insistieron mucho al ver que eramos unos machos fuertes y fornidos. Retroceder ni para coger carrerilla. Además si habíamos hecho en media hora lo que los carteles indicaban como una hora, cuanto podríamos tardar en hacer los 5 kilómetros que nos separaban de Okutama y para los que se supone que la guía permitía tres horas? Muerte y destrucción. Por Frodo!! (Tercera señal, ignorada, de nuevo… a partir de aquí, ignoración de los dioses).

Empezamos a darnos cuenta de nuestra equivocación, tras bajar y subir dos montañas, pues el camino consistía en seguir el filo de las montañas, cruzando curvas de nivel como si no costaran. Pero costaban. Y las rodillas iba diciendo que aparte del divorcio quería el coche, el chalet en la playa y hasta mi colección de DVDs. El ritmo caía, el camino desparecía y los kilómetros entre rocas y rocas se iban haciendo lentos lentoooos leeeentoooooos. Estabamos sin agua, sin comida, sin cobertura de móvil y sin posibilidad se ir por ningún otro lado que no fuera haciendo el pingball contra los árboles por las laderas cuasiverticales de las montañas. y el sol se iba poniendo despacito pero incansablemente tras las montañas.

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Efectivamente. Se puso del todo. Con la preparación que llevabamos sólo nos quedó tirar de palos para ir tanteando el camino (¿como era la expresión… dar palos de ciego?). Cuidado, hoyo! fango! Esto resbala. Culetazo. Plof. Chof. Ay. Uy. Agujero Negro. Pozo sin fondo. Foso. Ay. Ay. Ay. Iluminabamos el camino con los móviles, hasta que se empezaron a quedar sin batería, pero fue lo suficiente para llegar al punto en que el camino volvía a resurgir y con ellos y tras otro rato a oscuras (pero al menos sobre suelo liso) alcanzabamos Okutama.

Dado que la historia la escriben los vencedores, no comentaremos demasiado las lamentables imágenes de como entramos deshechos y malolinetes en un convini a comer y a beber lo que fuera, ni como nos arrastramos como despojos hasta el tren, ni el vergonzoso espectáculo de vernos derrotados en el tren de camino a vuelta a Tokio. Aunque siendo justos, vencedores, los que se dice vencedores no era para nada la imagen que dabamos. No queda sino rendirse a la evidencia.

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PD. A día de hoy, mi rodilla y yo hemos arreglado nuestras diferencias y aunque perdura el rencor seguimos conviviendo juntos.
PDD. POR FIN HE VISTO EL MONTE FUJI!!! (obviando cuando lo subimos, claro). YUHUUUU!!!!

Más fotos, con algo de sudor y mucha sed y hambre aquí.

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