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Día 164: Las agradables calles de Luang Prabang

Las estrellas se apagaban intermitentemente según las tapaba el movimiento de las últimas nubes furtivas de la noche, intentando escapar sin éxito de la capa de plata que creaba la luna. La última noche en Luang Prabang. Mientras paseaba completamente sólo por las calles de vuelta al hotel pensaba en lo mucho que iba a echar de menos esa ciudad.

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Luang Prabang respira tranquilidad. Sus calles coloniales cargadas de casitas bajas te obligan a pasear entre ellas, a perderte por las calles. A pasear por el borde del Mekong o del Nam Khan, donde la selva espera en las orillas opuestas. Rodeada de verdes montañas, repleta de templos, llena de monjes, es para vivirla. Es difícil explicarlo, pero hay lugares que te llegan en el momento justo. Con la dosis necesaria de calma sin llegar a perderse en el aburrimiento. Exactamente lo que necesitaba tras bastantes días en Laos a la carrera.

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Sabía que era mi última parada en Laos. La visa se me acababa y me quedaba sin visitar las tribus del Norte (a la lista de excusas para volver), así que lo disfruté como el broche final que se merecía este país, donde todo transcurre a otro ritmo. Así que forcé mi umbral de saturación de templos, las últimas comidas laosianas, las últimas cataratas, las últimas sonrisas.

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Luang Prabang a pesar del aire de villa que muestra es el principal centro turístico del país y por lo tanto de ingresos. Esta antigua capital de Laos, es un perfecta encrucijada de caminos entre los viajeros que van o vienen hacia Tailandia o Vietnam. Parada obligatoria.

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Y es que no sólo la ciudad es fantástica. Los alrededores, tónica general en todo Laos, son espectaculares. Y si. Hay más cuevas. Más templos. Y más cataratas. Pero… ¡Que cataratas! Parques con aguas turquesas donde poder darte un chapuzón, cosa que se agradece con el achicharrante calor de la zona. Un pequeño trozo de paraíso selvático.

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Otro de los atractivos de la ciudad es ver la mayor congregación de monjes budistas recibiendo almas. Más de 400 silenciosas figuras naranjas recorren las calles de madrugada recogiendo comida que dan los creyentes. Es un acto de respeto que permite la continuidad de la vida religiosa en el budismo.

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Reconozco que mis expectativas eran tan altas con Laos, que una vez empecé a recorrer el país, me dí cuenta de que me había excedido. Supongo que no es fácil competir con la imagen dorada que tengo de Myanmar y me costó hacerme con el ritmo de este país. Siempre sucede un poco lo mismo. Pasas los primeros días perdido, con la mentalidad del lugar anterior y cuando ya empiezas a tomar las riendas del nuevo modo de vida, vuelves a cruzar una frontera.

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Aún así, agradezco enormemente la calma con que abordan al turista en Laos. Puedes pasear tranquilamente por los mercados sin sentirte asaltado y sin tener que salir corriendo agobiado. Es más, muchas veces hasta tienes que despertar a quién tiene que darte servicio. Oiga. ¿Alguien en la sala? Nada. Qué si me vende usted algo de agua. Que si me dice los precios de los tours. Oiga. Oiga. Eo. Que si tiene a bien cobrarme la entrada al templo. Si. Yo. Que quiero pagar. Despierte. ¡Despierte! Lo echaré de menos.

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Abandoné Laos hace tres días. Y llegué a Tailandia tres días después. Un extremadamente relajante viaje de dos días remontando el Mekong, cruzando la frontera en barca (esto ha sido nuevo), más un par de autobuses me han llevado a Chang Mai. Al Norte. Se acabó el subir. Comienza el trepidante descenso hacia el Sur que culminará en algún momento en Nueva Zelanda. Abandonar las montañas para sumergirme en el mar. También he comenzado ya mi sexto mes de viaje. ¿Quién decía que el viaje sería largo? Recuerdo con la misma cercanía que lejanía mi llegada a San Petersburgo. Oh. La maldita relatividad. Frena. Frena.

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De momento a ver que depara Tailandia. Ciertamente tengo muchas ganas de este país, cuya única imagen hasta la fecha, Bangkok, no me dejó todo lo satisfecho que quisiera. Me da que los tailandeses lo saben y se han preparado para sorprenderme. Lo sé. Porque ya lo han hecho. Pero la sorpresa también me la guardo para mostrarla (si se puede en unos días). ¡Se admiten apuestas!

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Más fotos, entre templos, cataratas, monjes y gente increible, aquí.

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Granates

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Breves granates, imágenes de un viaje de dos días hasta Tailandia. En breve más. Prometido.

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Día 153: El Tubing

(Sprint de días, que han salido corriendo sin saber yo como y han dejado este post que debería haberse escrito el 19 de Octubre de 2009)

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Algo había cambiado en Laos. Lo sentía en el agua, Lo sentía en la tierra, lo olía en el aire, lo escuchaba en las voces de los protagonistas de Friends. Rachel, Ross, Chandler, Phoebe, Joey y Monica resonaban por la calle principal de Vang Vieng desde las pantallas de los TV bars ante la atenta mirada de la legión de falángs (extranjeros) que poblaban esta pequeña ciudad.

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Apenas nada, salvo la dulce mirada de los locales, entretenidos en servir pizzas, hamburguesas (amén de algún que otro discriminado restaurante laosiano) y regentar hostales y agencias de turismo, me hacía recordar que estuviera en Laos.

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Cierto es, que bastaba con frotarse los ojos y elevar un poco la vista para ver las enormes montañas de piedra caliza imponentes sobre el río Nam Song para volver a situarse, pero al bajar la vista todo se tornaba de nuevo en extraño.

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Vang Vieng, parada de mochileros, centro festivo para turistas al Norte de Vientián. Muchos me decían que era una parada para el tipo de turistas que ellos jamás querrían ser. ¿El Benidorm de Laos? ¿Mucha fiesta y poca autenticidad? ¿Y esto donde me dejaba a mí, que además (leer con un rectángulo negro sobre los ojos)… me estaba pareciendo la mar de divertido?

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¡Oh! ¡¡Repámpanos!! Yo que pensaba llegar y blasfemar al más puro “una ciudad que ha vendido su alma al turismo, bla bla bla” y allí estaba, tumbado con mi BeerLao, occidentalizándome en el comer y rememorando mis horas muertas viendo Friends, mientras charlaba con el resto de comensales. Qué le vamos a hacer. No queda sino rendirse. Otra BeerLao por favor. ¿Quién se apunta?

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Precios de lo más asequible de todo Laos, un entorno fantástico y unas cuantas cosas que hacer. Trekking, kayak, explorar cuevas, bañarte en el río y… tubing. Oh cielos. Palabra maldita. Gran invento que ha revolucionado Laos con centro neurológico en Vang Vieng.

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¿Qué es el tubing? Primero necesitamos saber que es un tube. Tube, además del metro de Londres, otra manera de llamar a la televisión y un más que evidente tubo, es cómo se denomina a la cámara de aire que va dentro de un neumático. Si el neumático es de un tractor, entonces tenemos un tube muy grande. Por 25 pesetas, cosas que hacer con un tube grande y un río, un dos tres, ¡responda otra vez!

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Lo más evidente: lanzarse al río y usarlo de flotador. ¿Y entonces? Pues dejarse mecer suavemente por la corriente. ¡Muy bien! Ya me temía que alguno lo fuera a intentar usar para cruzar un lago. Cosa nada recomendable. No. Por nada. Memorias de juventud.

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Así que tenemos una enorme cámara de neumático descendiendo armoniosamente por la corriente del Nam Song. Suena relajante ¿Quizás demasiado? Esto no tiene punch. ¿Y si…? ¿y si…? ¿y si ponemos bares y chiringuitos a ambos lados del río?. Mmm. Esto se pone más interesantes. ¿Y si añadimos además toboganes, tirolinas, y trapecios varios? Oh. Ahora sí que sí. Esto es un bombazo.

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Y así, durante un par de kilómetros de río. Desciendes tranquilamente. Te paras en el primer chiringuito. Te invitan a un chupito. Con esta calor una Beerlao, por favor. Khawp jai. Un poco de hamaca. Un poco de voleibol sobre barro. Tirolina. Al agua patos. Más tirolina. Al agua patas. Charlar con los autóctonos. Ahora trapecio. Zasca. Barrigazo. Jiji. Zasca. Espaldarazo. Otra Beerlao. Charlar con los no-autóctonos. Salto mortal. Al tube otra vez. Siguiente bar. Repetir proceso.

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(Arrastrados a un chiringuito)

En mi vida había visto nada similar. Llegar el primer día y ver allí esas estructuras de madera que causarían la embolia instantánea de cualquier técnico de prevención de riesgos, intercalándose por el río, con improvisados tarzanes y tarzanas saltando, y tropecientos tubes decorando las aguas, te deja cómo poco en estado de shock.

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Claro, así pasa lo que pasa, que entre atracción y atracción, la gente acaba muy perjudicada. Con el agravante de que un río no es una piscina, que a pesar de que la profundidad es mucha, hay corrientes y rocas así que más de uno exhibe con cierto orgullo algún que otro raspón y algún que otro moratón.

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Yo, que ya con muchos años de ríos he aprendido a tenerle el respeto que se merece, me limité a un par de cervezas y a disfrutar de las atracciones a un ritmo más calmado, mientras descubría el maravilloso concepto de bolsa impermeable y calmaba mis ansias fotográficas a golpe de clic.

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El último tramo antes de llegar al pueblo transcurre mucho más plácidamente alejado de bares. La profundidad es menor, así que sólo queda esperar a que la ligera corriente te transporte despacio y relajadamente hasta el final.

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Son muchos lo que se quedan y repiten día tras día, sin hacer mucho más. Creo que es un error. La zona ofrece muchas más alternativas que si bien son más clásicas son tremendamente satisfactorias. El kayak por el río de unos 15 kilómetros es delicioso y perderse por los arrozales en semejante paraje es una gozada. Subir a los picos a disfrutar de la misma vista de los pájaros, revela lo que ya se sabía aunque sólo se pudiera intuir: La zona es espectacular.

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De cualquier manera los datos hablan por si solos: Más de 1000 familias viven ahora gracias al Tubing. Aunque no es cuestión de buscar excusas. Basta con confirmar que es tremendamente divertido.

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Día 151: Y de repente… Laos.

(Post que, hagan sus cuentas, debería haber sido escrito el 17 de Octubre de 2009)

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Vientián no era una excepción. Tras atravesar las principales ciudades laosianas del sur y descubrir que apenas estaban formadas por una calle (y no demasiado ocupada) Vientián, la capital, no podía ser mucho más. Y así fue. Hay quién la define cómo la capital más tranquila del mundo y hasta la fecha va ganando el título con creces. Si no fuera por la innumerable cantidad de templos que adornan sus calles (facilmente abarcables en un paseo), no pasaría la categoría de pueblo en muchos países occidentales.

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Que un país tan tranquilo haya tenido una historia tan turbulenta como la de Laos no es algo que se pueda apreciar a primera vista. Atrapado en las redes de Indochina junto con las vecinas Camboya y Vietnam, su destino, víctima de la adyacencia, está irremediablemente unido a ellas. Pero nadie parece haber prestado mucha importancia a Laos, cuya historia se pierde en conflictos internos, formaciones que aparecen y desaparecen aumentando exponencialemente el número de siglas y acrónimos de esta región.

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Llegaron en 1893 los franceses antes que los ingleses a la colonización de estas tierras, parando en ese momento las reyertas que había por aquel entonces, donde Laos cómo tal ni siquiera existía. En su lugar había una una serie de reinados de la gente Lao, cuyo origen sigue sin estar definido y sin estar separado de los Tai. ¿Fueron en algún momento lo mismo?

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De cualquier manera, los franceses se encontraron una región sin demasiados alicientes. No había demasiada gente, no había muchos recursos naturales, el Mekong en esa zona no era navegable, y para colmo de males no había ni mapas de la región.Vamos, ni chicha ni limoná. Así que lo dejaron como un estado colchón contra la expansión inglesa. Se dedicaron a introducir pacientemente el café, el caucho y a cartografiarlo, mientras unían todas las regiones bajo el nombre de Laos y obligaban a los habitantes a trabajar 10 días al año para el gobierno. Lo que viene siendo una colonización, algo ligerita, pero una colonización para entendernos.

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Siguiendo el orden lógico de eventos explicados en los librillos de colonización, comenzaban a formarse grupos de “liberación”. Aparecía el Lao Issara (Free Lao) que a su vez pedía ayuda a los comunistas vietnamitas. Pasen, pasen, siéntanse en su casa, que aquí estamos entre amigos, nosotros también andamos zurrándonos con los monami. Se empezaba a usar el nombre de Pathet Lao (Tiera de los Lao) en lugar de Lao Issara, que aunque se cambió unas cuantas veces más, lo cierto es que siguió siendo usado para la fuerza de resistencia con ayuda vientamita.

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(Vendedora de pájaros, generalmente se compran para liberarlos en los templos)

Los franceses, que ya se veían venir los palos, declararon a Laos “estado independiente asociado”, que viene a ser una manera elegante de decir que sí, pero realmente no. Que hacéis lo que queráis, pero si no nos gusta, aquí estamos nosotros para pararlo. Ah. El aroma de la libertad. Siempre tan puro. La liberté.

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Lo que no contaban los hijos de Napoleón (aunque alguno seguro que sí se lo olía) es que les escaldaran pero bien bien en Vietnam. Con la terrible derrota en la batalla de Dien Bien Phu, amigo Pierre, nos vamos nosotros y nuestros croissants de vuelta a Europa, que lo de Indochina era fue divertido hasta que dejó de serlo. ¿No echáis de menos les Champs-Élysées? ¿Las alegres mozas de Normandía y Picardía? Pues tonto el último.

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Eramos pocos en la fiesta y aparecieron los que faltaban para el duro. Por supuesto, el Tío Sam y sus amigos, que tenían la sacrosanta misión de parar el comunismo de este nuestro apacible mundo. ¿Comunistas en Laos? Oh my God, no. No. Y encima amigos de los comunistas vietnamitas. Dear Richard, esto no puede ser. Juguemos sucio. Vamos a dar ayudas y ayudas a Laos para que nos adoren. Y cómo lo que no puede ser no puede ser, no vamos a dejar que Laos sea independiente ahora que ha acabado la guerra con los franceses. Mejor montamos un gobierno de coalición (GNU) entre los comunistas y los que quedaban por aquí y ya nos encargamos nosotros de meter mano cuando las cosas no vayan como esperamos. How brilliant! Yes! Cheers! Y así se acordó en la Convención de Ginebra de 1957, la misma que dividía infamemente a Vietnam en Vietnam del Norte y Vietnam del Sur.

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La coalición duró bien poco y acabaron a palos y balas. Vaya, Dear Richard, que la población apoya mayoritariamente a los comunistas (por aquel entonces LPF – Lao Patriotic Front) así que casi mejor y para que no haya líos mejor arrestamos a todos los que tengan que ver con los comunistas. Si. Claro. Todo por el bien del país. El gobierno en coalición se disolvía y quedaba en manos de la rama más radical girando hacia la derecha.

¿Cómo dices, tovarich? ¿Que hay amigos comunistas enfrentados a los sucios americanos en Laos? Necesitan de nuestra ayuda, que son camaradas. URSS también se autoinvitaba a la fiesta de la espuma. La respuesta de EEUU con John Kennedy a la cabeza no se hizo esperar. La teoría del Dominó: Si un país entra en comunsimo, arrastrará a otros con él. Inaceptable. Se anunciaba una intervención militar de EEUU en Laos. Era 1961.

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(En los templos se descansa mejor…)

Afortunadamente no dejaron que la fiesta llegara hasta el final. Negociaciones. Más negociaciones y aún más negociaciones, se acordaba la independencia de Laos y la formación de un segundo gobierno en coalición. De nuevo ambos bandos unidos. ¿Duraría?

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La situación, mientras tanto, se complicaba en la vecina Vietnam. La II Guerra de Indochina, la Guerra de Vietnam, se iba complicando y complicando y las tropas vietnamitas se ramificaban ocultándose entre Camboya y Laos. Llegó un momento trágico para este país. EEUU lo bombardeó hasta los cimientos en un intento de acabar con los escondidos ejércitos vietnamitas.

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No es muy conocido, pero Laos es el país más bombardeado del mundo por habitante. En este conflicto cayeron más bombas en sus territorio que todas las cayeron durante la II Guerra Mundial en tota Europa. Se denominó tristemente el Queso de Gruyere. Una tonelada de bombas por habitante. 7 millones de toneladas, una bomba cada 8 minutos durante 9 años.

Sirvió para nada. Con la derrota de EEUU en Vietnam y la caída de Saigón y Phnom Penh en 1975, los comunistas tomaron totalmente el poder, renombraron el país como República Democrática Popular Lao donde siguen en la actualidad, donde al igual que pasaba con Vietnam, es el único legal, así que la “democracia” sigue siendo un termino bastante “teórico”.

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Vientián, en la actualidad no muestra demasiado los rastros de sus guerras recientes, sigue siendo un lugar apacible y quizás demasiado tranquilo.  Alrededor de un 30% de las bombas que se arrojaron siguen sin explotar. Sigue muriendo gente hoy en día y hay muchas zonas que no se pueden visitar por que siguen sin estar limpias, y lo que es peor, ni siquiera se pueden cultivar. Otra maldición más para un país paupérrimo como Laos. Terrible.

Las sonrisas de Laos no reflejan su gris pasado. Otro país que prefiere seguir mirando optimista hacia delante en lugar de lamentarse de sus últimos episodios. Es el camino, pero la historia no puede caer en el olvido. Nunca.

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Día 147: The Loop

(Tomen en cuenta que esto debería haberse escrito y publicado el 13 de Octubre de 2009)

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El tinte que estaba tomando la situación se volvía más y más épico. Devorando un curry me sumergía en los comentarios del libro de visitas del hostal de Tha Khaek, punto de partida para un viaje de varios días por la provincia de Khammuan. Lo habéis adivinado. En moto. The Loop. Un recorrido circular de unos 450 kilómetros que prometía una inusitada espectacularidad. O no. Lo que prometía era aventura. Los comentarios y consejos abarcaban todo rango de “desgracias”: desde pinchazos, problemas mecánicos seguidos de reparaciones neandertales en algún poblado, perderse, problemas de comunicación… hasta reventones de ruedas en mitad del recorrido con el conductor volando por los aires, rodando por los suelos y deteniéndose con el hueso asomando, saludando al personal.

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Ni el Dakkar. ¿Sería para tanto? ¿Estaría yo, autonombrado gurú de las 100 c.c., metiéndome en algo más grande de lo que había imaginado en un primer momento? ¿Que haría Han Solo en mi lugar? ¡¡Arranca esos propulsores Chewie!!. Pero recordé, además, que esa misma tarde a mi llegada, Mr. Ku, el dueño de las motos, estaba explicándole a una asustada inglesa como cambiar de marchas. Amateurs. Yo, adalid de las dos ruedas, curtido en los campos y montes de Vietnam, Camboya y la no-meseta del Bolaven, no sólo iba a desafiar a los elementos y las carreteras agrícolas laosianas, sino que además, iba a hacer el recorrido recomendado en cuatro días… en tres. (Dos noches y tres tías… ya sabéis).

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Mr. Ku se había escandalizado con la idea: “Tendrás que partir cómo muy tarde a las 8”, me aconsejaba. Ja. Este no sabía que soy un motivado. A las cinco tenía puesto el despertador (si, desde los madrugones de Angkor soy otro, y en Tha Khaek había muy muy poco que hacer por la noche) y la moto salía disparada (vamos, a sus máximos 55 km/h) por la carretera 13 persiguiendo a los rayos del sol que ya me llevaban la delantera.

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Haciendo estadísticas de los comentarios una amplia mayoría achacaba los problemas (llamémoslos aventuras) al estado de las motos. Podía dar fe de ello. Las motos de Mr Ku, eran las chatarras más grandes que había conducido desde que llegué al sudeste asiático. Mi moto, Cascajo 18, amenazaba con desmontarse a cada paso. ¿Sería ese cochambroso sonido que emitía un agonizante y escalofriante canto de cisne?

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(Cascajo 18, no os dejéis engañar por las apariencias, ¡Mr. Ku ya lo hizo conmigo!)

Sea como fuera, yo, presa de mi orgullo, no estaba dispuesto a ceder ni un ápice. Hacía el recorrido en sentido horario, porque así podría hacer los primeros 105 kilómetros hacia el Norte desde Tha Khaek hasta Vieng Khan por la carreterar principal, la parte más aburrida del trayecto. A partir de aquí giraba hacia el Este y me adentraba en el Laos profundo. Muy similar al trayecto de Bolaven, empezaba a atravesar pueblos y el paisaje se iba volviendo espectacular culminando en el puerto de Phou Pha Mane, en mitad del bosque de picos calizos de Phou Hin Bou. Es una gozada viajar en moto en estos casos. Vision de 360º en todo momento. En todos los ángulos.

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El final de la primera etapa, de unos 190 kilómetros, no podía retrasarse más allá de las 14.00 de la tarde. El punto de destino, las cuevas de Kong Lo, requerían al menos tres horas para visitarse (!!) y a las 17.00 cerraban el chiringuito. Llegaba a la 13.30 (bieeen!), sin demasiadas prisas, paradas para desayunar, comer, interactuar con los locales y unas tropecientas mil paradas extras para hacer fotos del paisaje, así que todo iba sobre dos ruedas. Dejaba la moto, tomábamos una pequeña barca de madera y nos adentrábamos en las cuevas.

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La oscuridad total del interior sólo se cortaba por los haces de luz de las linternas de los pilotos de las barcas, moviéndose en busca de rocas, mostrando durante pequeños instantes a los murciélagos volando a ras del agua. La pesadilla de cualquier claustrofóbico. Agua por abajo y nada de luz por arriba. Aún así, los siete kilómetros de cuevas se volvían espectaculares al iluminarse por las linternas. Son descomunales. Me atreveré con un poco más de luz, dijo Gandalf. Y allí aparecía ese otro mundo subterráneo, donde las salas abovedadas en el interior de la montaña en ocasiones llegaban a los 100 metros de anchura (!) y en ocasiones los 100 de altura (!!!).

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(La única fuente de luz en esta foto es la linterna del piloto de popa moviéndose de un lado a otro por la cueva, lo mejor que pude sacar con 15 segundos de exposición a pulso)

Atravesarlas en barca sólo se puede hacer en esta época del año, tras las lluvias que han dejado algo más de caudal por el que circularlas al completo. Aún así y a pesar de que hay pozas bastante más profundas había ocasiones en que había que bajarse de la barca, meter los pies en el agua y ayudar a empujarla para pasar algún rápido poco profundo. Sólo con la luz de las linternas, claro. El viaje fue indescriptible. Simplemente sensacional. Aderezado con el manejo hábil de los pilotos que circulan con el saber que da la escuela de años y años haciendo lo mismo, pero a más velocidad de la que uno estimaría conveniente, esquivando rocas y chorros del agua cayendo de sus techos, evitando paredes…

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Pasé la tarde noche en el mismo Kong Lo, buscando entre las aldeas cercanas a alguien que pudiera venderme gasolina. Adentrarme en Kong Lo había supuesto dejar el Loop durante unos 50 kilómetros y con una autonomía supuesta de 100, no quería jugarme al día siguiente que Cascajo 18 se decantara por una huelga de hambre en mitad de la nada.

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“Fuel?”, “Petrol?”. Nada. Mis preguntas a todo ser que se cruzaba por el camino no estaban dando ningún fruto. Me miraban extrañados. Mis magníficas nociones de mímica tampoco parecían ayudar en exceso. Sonreían. Y a otra cosa mariposa… que llevamos todo el día segando arroz y hay ganas de llegar a casa. Cuando por fin conseguí aprender que la palabra mágica era Nam Man (gasolina) el resultado fué igual de desolador. “No, mister”, “No, sir”. No había gasolina extra en esas tierras. Tras recorrer los subsuelos embarrados de las aldeas preguntando sin demasiada fortuna, un entrañable abuelete, conductor de un tractor asintió. Sacó una garrafa de plástico cargadita de combustible, un tubo de plástico y empezó a absorber para crear vacío y traspasar un par de litros a mi depósito. Tuvo la amabilidad, incluso, de cobrarme el precio normal por ella. Agradecido le estoy, que lo sepa.

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Me despertaba el segundo día con el amanecer. Tenía otros 180 kilómetros por delante, pero a diferencia del primer día, podía seguir conduciendo hasta que se pusiera el sol. Conducir más tarde, por la noche, podría ser algo peligroso y la verdad es que no estaba muy por la labor. Pero tenía tiempo así que incluso me tomé el lujo de adentrarme en la profunda jungla y ver las cataratas de Nahin, que si bien no merecieron demasiado la pena, si fueron un buen punto para darse un chapuzón silvestre.

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Cascajo 18, por aquel entonces, ya empezaba a incordiar. Los intermitentes habían dejado de funcionar, así como los indicadores de marcha y de depósito. Además el arranque automático (un pequeño botón) había dicho que se tomaba unas vacaciones. Bueno, analizándolo fríamente, nada excesivamente grave. Aquí poca gente usa los intermitentes, así que son prescindibles. Puedo saber la marcha más o menos por la velocidad y el sonido más o menos sobrecogedor. Para el depósito de la gasolina, sólo tengo que memorizar el cuentakilómetros y calcular un límite de 100. Y con respecto al arranque, siempre se puede hacer con el arranque manual, a base de pedal, que además luce mucho más. Perfecto. Veríamos si aguantaba o si por el contrario seguiría con el proceso de desintegración.

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Llegaba a Lak Sao, la mitad del recorrido en buen momento para llenar el buche y a pesar de que siempre dejaba en mano de los cocineros que preparan lo que quisieran (es lo que tiene la barrera idiomática), siempre acaba comiendo una sopa de noodles con ternera. Bueno. Convendrán conmigo en que podría haber sido mucho peor. Allí estuve en una tranquila comida con las dueñas del local, conversando con la lista de palabras que viene en los anexos de la lonely Planet hasta que llegó la hora de marchar. Uno de los muchachos sentados en un sofá me preguntaba por el destino final. “Nakay” dije. Apenas 80 kilómetros. Apurando lo hacía en una hora y cuarto. “Very bad road, sir, minimum two hours”. Mmm. No problem. Era la 13.00 de la tarde, llegar a las 15.00 no sería causa de ningún trauma.

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Preparé mi ritual de despedida. Me atusé el pelo, me coloqué el pañuelo de flipado, la cámara colgando en bandolera, las gafas de sol, me ajusté el casco, saludé a mis anfitriones con ese aire de comomolo y arranqué. Bueno. No. No arranqué. Me quedé como mierda puesta al sol ante la pasividad de Cascajo 18. Pues no. Pues no. Pues esto no va. Vamos bonita. Un esfuerzo por papaaaa… Nada, ni por esas. Y ahora… ¿y ahora qué? ¡¡Si yo lo único que se de motores es que cuando se estropea uno hay que abrir la capota y mirar dentro con cara de interesado!!

Me giré ante los divertidos ojos de mis anfitriones e inquirí un lamentable y tímido:

- Xang Peng Lot? (¿Mecánico?)

Con no poca razón se partieron la caja. Pero la fortuna estaba de mi parte. “¡Yo soy mecánico!”, aseguró el muchacho. Y allí a golpe de destornillador se puso a desmontar a Cascajo 18. Uy, esto va a ser el eje de la trócola. Ya me lo estoy viendo. Y mientras desmontaba esa obsoleta pieza de ingeniería china me veía sumido en mitad de un master de mecánica. Encontró la pieza rota que impedía abrir el carburador y comprobó que además no tenía nada nada nada de aceite mientras yao descubría lo que era el depósito del aceite. Un pequeño viaje a una tienda local, comprar unas cuantas piezas, arreglar, remontar a Cascajo 18, darse cuenta de que para variar sobran tornillos y ¡repámpanos! ¡¡Las tres de la tarde!!

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Comenzaba, para mi asombro la parte más dura del viaje. La carretera que salía de Lak Sao hacia Nakay no tenía un sólo metro ni recto ni liso. Hoyos. Socavones. Saltos. Botes y rebotes y la fehaciente certeza de que cuanto Cascajo 18 fue concebida la palabra amortiguador era ciencia ficción. Y ahí estaba yo, divertido, haciendo fotos de los agujeros, cuando miré el cuenta kilómetros. Llevaba más de una hora y menos de 20 kilómetros. ¡Espabile, señor Frodo!

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Continué el camino horadado, que se perdía subiendo por la montaña. Curva por aquí, agujero por allí, más agujero por aquí. Y mientras tanto los últimos locales se recogían. Algunos, incluso me adelantaban como alma que lleva el diablo (incluso con dos en la misma moto) para perderse en las curvas de la montaña. Caí entonces en un importante detalle. Las dos horas de viaje, eran horas a velocidad local. Y yo a pesar de exprimir mis habilidades de Piloto del Halcón Milenario, no podía ni por asomo igualar su pericia por esos campos de asteroides. El sol se ponía tras las montañas.

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Me quedaban más de 50 kilómetros y algo de luz todavía. Pero la falta de rayos de sol hacían aparecer las neblinas. Por fortuna la carretera mejoró. Se alisaba el terreno, pero comenzaba la gravilla y se acumulaba el cansancio, y con él los primeros ligeros derrapes, pero tenía que aprovechar lo que quedara de luz. Los naranjas daban paso a los azules, los grises y el paisaje con árboles pelados saliendo del entre los ríos parecía sacado de Sleepy Hollow. Rezaba por que Cascajo 18 no se parara, tanto que ni me atreví a parar la moto para ponerme el cortavientos, con los brazos agarrotados de sujetarse al manillar durante los baches y los saltos y con el resto de articulaciones pidiendo clemencia.

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A las 19.15, tras preguntar sin éxito por alojamiento en un par de aldeas anteriores, llegaba a Nakay. Cuatro horas ininterrumpidas en moto para mí, el adalid de las dos ruedas. Estaba reventado, pero contento. ¡Prueba superada! ¡A pedirse lo más caro que tengan en el menú! ¡Basta de miserias! Un euro y medio que me gasté. ¡Ja!. A las 20.30 ya estaba duchado, cenado y roncando como un bendito. Antes que los lunnis.

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Completaba los 80 kilómetros restantes del último día sin más problemas que los que ya arrastraba, tantos los físicos como los mecánicos, pero me lo había pasado en grande. El recorrido una vez más había sido fantástico. Recuerdo pararme más de una vez pensando en lo espectacular que era todo. Las hileras de montañas difuminándose, los campos de arroz ya secos esperando a la cosecha, la gente, los niños andando kilómetros uniformados para ir al colegio, los ríos, los puentes de madera que apenas se tenían en pie, las montañas, los valles, la selva desapareciendo bajo la frondosa niebla…

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Que pasada. ¿Mereció la pena? Sin dudarlo. El loop había cumplido lo prometido.

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Día 144: Las aguas de Bolaven

(Este post debería haber sido escrito el 10 de Octubre de 2009)

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Una vez más, la solución a mis problemas vino sin yo buscarla. Llegaba a Pakse intentando averiguar alguna manera viable de recorrer la meseta de Bolaven, que prometía ser uno de los puntos más bonitos del centro de Laos. El único inconveniente es que no había ningún transporte público que uniera todos los puntos que quería ver, pero contaba con que seguramente no sería un punto desapercibido por algún que otro organizador turístico ansioso por cubrir esa necesidad.

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La solución básica era mucho más obvia de lo que yo me había imaginado. Moto. Antes de haber preguntado ya tenía en la mano un mapa con diferentes recorridos y precios según los días que quisiera hacer de recorrido. Un momento. ¿Días? A mi mente de nuez si siquiera se le había ocurrido, pero ¿por qué no? Además tenían mucha más información y puntos de parada de los que ya había supuesto en un principio.

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(Pescando en los rápidos)

A ver, leamos. Ruta number uan, una noche, dos tías días: 230 km. Ruta number chu: dos noches, tres días, 320 km. Ruta number zri: Tres noches y cuatro días o cuatro noches y cinco días. Mi principal preocupación, el tiempo (que ya voy demasiado retrasado en mi planning) desechaba la ruta tres directamente, pero la ruta dos abarcaba todo lo que yo quería ver. Y cómo la juventud es imprudente y yo soy joven e imprudente decidí hacer en dos días la ruta de tres. Mesetas a mí.

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Todo listo entonces. Crema solar. Gafas de sol. Pañuelito de flipado. Easy Rider recién vista. Casco. Cámara. Manfrotto a la espalda… y scooter de 100 c.c. Comenzaba a adentrarme en el centro de Laos mientras el paisaje se iba volviendo selvático selvático y oh, sopresa, aparecían las primeras montañas. Ignoré el hecho de que se contradijeran con mi definición de meseta.

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Los poblados se sucedían, la mayoría formados por una decena de pequeñas “casas” de madera y paja, muy similares a las que antaño había visto en Camboya, elevadas del suelo embarrado por donde paseaban a su antojo, pollos, gallinas, patos, cabras, cerdos, lechones, vacas y hacían la vida los propios habitantes, mientras los niños te veían pasar y saludaban sonrientes, atreviéndose los más valerosos a acercarse corriendo para chocarte la mano en marcha. Impresionante. Devolverles la sonrisa y saludarles era un mundo para ellos que se giraban corriendo hacia sus padres, con cara de “¿Has visto? ¡¡Me ha saludado!!, ¡¡a mi!!”. A veces cuesta tan poco hacer a alguien feliz. Sabaidi por aquí, Sabaidi por allá y algún que otro bache para el menda por no estar mirando donde debiera. Todo con la dignidad que me caracteriza.

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Una de las características más importantes de la meseta de Bolaven es la cantidad de agua y ríos que lo atraviesan, generando infinidad de cascadas y cataratas. El resto es, cuando la selva lo permite, cultivos, especialmente de café (yo lo desconocía, pero parece ser que el café de Laos – Kaa féh, y no es coña – es bastante bueno, que tomen nota los cafeteros) y de caucho. Ambos, vestigio de la ocupación francesa que lo convirtió en un lugar productivo.

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A pesar de que la popularidad de esta ruta está aumentando no es ni de lejos uno de los reclamos turísticos del país, así que es una buena oportunidad de adentrarte en el corazón de Laos, donde el inglés nunca existió y donde las paradas para descansar las posaderas se convierten en el centro de atención de los locales: “¡Un guiri pirado! Pensaban que ya no existían!”. Así acabas confiando en el buen hacer cocinero de una señora para que prepare lo que quiera, mientras otro en símbolo de fraternidad de obsequia con licor de yoquesequerayos en un más que obvio intento de embriagamiento. Los locales, siempre entrañables. :)

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(La cocinera…

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…y el ebrio emborrachador)

Dado que las matemáticas no son lo mío, mi división de kilómetros en los dos días fue de la siguiente manera: Día 1, 85 km. Desde Pakse hasta Tad Lo. Día 2, 235 km. ¡Oléee! ¡¡Mi niño, que bien divide!! Desde Tad lo hasta Ban Beng, carretera de cabras hasta Thateng, pasamos por Sekong, aceleramos hasta Tad Hua Khon y volvemos a 75 kilómetros de cabras kamikazes por la no meseta, si no los más áridos de los montes hasta Pakxong para cerrar el loop hasta Pakse.

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(Niños, jugando a saltar a la corriente de las aguas para después reengancharse una centena de metros más abajo con alguna rama, volver a remontar el río y volver a saltar. Intento yo eso y no lo cuento)

Lo cierto, es que a pesar de la paliza, los paisajes son espectaculares. Las carreteras por razones diametralmente opuestas, también. El recuerdo, ya olvidados los dolores y los calambres que llegaban al final del recorrido, fantástico. La gente cargados de sonrisas y dispuestos a ayudar a pesar de la más que evidente frustración por la falta de comunicación, fueron geniales.

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Y además me servía de preparación para algo mucho más mítico: El Loop.

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Día 140: Desde la hamaca

(Vamos, muchachada, que casi estoy al día ya… este post debería haberse escrito el 6 de Octubre de 2009)

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El mundo se había parado con tal rapidez que evitar la colisión fue imposible. El cruce de la frontera con el sur de Laos traía consigo un sosiego al que no estaba acostumbrado. De lugar. De personas. Todo sucedía muy lento. Todo transcurría muy despacio.

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Si Phan Don. Las 4.000 islas. Donde islas de todos los tamaños surgen sin fin en el cauce del Mekong. La mayoría sólo sirven de hogar a la más frondosa de las vegetaciones, pero unas pocas se encuentran invadidas por el hombre y con él su mejor aliado: las hamacas. La perdición. El más oscuro de los agujeros negros que te atrapaba irremediablemente con un hipnótico bamboleo. ¿Cómo escapar? ¿Cómo huir? Cinco minutitos más. Sólo cincozzzzZZZzzzzZZZZZ…..

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Los viajeros que me había cruzado ya me lo habían advertido: “Según avanzas hacia el Sur en Laos, todo se va ralentizando”. La frontera Sur lógicamente, rozaba el Nirvana. No había que jurarlo. Esperar 45 minutos a que te sirvan la comida. Añadir otra hora para comer. Aliñar con un sol castigador. Añadir un poco de brisa a la sombra. ¿Quién quiere moverse? ¿Y para qué? La inercia se perdía. El rozamiento ganaba. Me detengo.

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Así pasé mi primer día en Laos. El segundo saque fuerzas de donde no las había, ni me acerqué a la hamaca (que me hacía ojitos) y empecé a mirar que posibilidades ofrecía la isla. Pero claro, esto también era muy distinto de mis anteriores paradas.

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¿Cómo era posible que ahora nadie quisiera ofrecerme nada? ¿Cómo? ¿Qué ahora tenía que ser yo el que me buscara la vida? ¿El que buscara barcas que me llevaran de un lado a otro? ¿El que me organizara las excursiones? ¿Donde estaban las infinitas ofertas que siempre me agobiaban? Ahm… ni contigo, ni sin ti. ¿Por qué vivir siempre en los extremos? Conseguí, tras mucho esfuerzo y mímica, alquilar una bicicleta para el día que me permitiera recorrer la isla. Sin prisa.

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La isla, Don Det, unida a su vez con Don Khon por un vetusto puente ferroviario, cortesía de los franceses, está bordeada por palmeras y cubierta de cultivos, rozando el silencio más extremo, roto de vez en cuando por algún buey de agua o por el pausado caminar de algún que otro local que se cruzaba en el camino. La electricidad llegó hace un par de años, aunque todavía no está extendida por la isla. La mayoría de los alojamientos ponen en marcha sus propios generadores durante unas tres horas para cubrir la cena y cervezas posteriores (cambiamos a Beerlao) para luego sumirse en la penumbra.

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Este conglomerado de islas, o más específicamente las partes semisumergidas, han creado a la vez enormes rápidos en el río Mekong, por lo que este tramo del río no es navegable para grandes embarcaciones. Sólo los locales, con pequeñas barcas de madera motorizadas a las que tienen que ir achicando el agua a cada poco, parecen saber por donde cruzar para remontar el río. La corriente aún en la parte que no tiene rápidos es tremenda y es común ver al barquero apurando el motor casi contracorriente, para conseguir llegar a la otra orilla del río.

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Es además uno de los puntos del mundo donde se puede “ver” a una especie un tanto peculiar. El delfín de Irrawaddy, el delfín beluga o delfín de río. Realmente no es una especie “de río” ya que también surca los mares, pero la mayor parte del tiempo se la suele ver en ríos y estuarios. Verlo, verlo, no demasiado. Se puede intuir y los pescadores de la isla saben por donde suelen parar, así que con algo de paciencia y aflojando un poco el monedero, te montan en sus barca a ver si hay suerte. En su defensa hay que decir que las turbias aguas del Mekong tampoco ayudan demasiado.

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(Dos horitas en pleno solamen en medio del río y esto es lo mejor que pude obtener… usad la wikipedia, hijos míos)

Pedalea, que pedalea, ale. Ya hemos dado la vuelta a la isla. Uy. Ah tiempo para ver el atardecer.

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Este fue mi comienzo en este país. Todo una declaración de principios para un lugar que espero aprovechar al máximo. Reconozco que no había preparado Camboya, mi anterior parada, con la dedicación que se merecía, amparado en los comentarios de muchos que alegaban que salvo Angkor, poco más tenía ese país que ofrecer. Para mí, un error, muchas cosas quedan siempre en el tintero, pero en el caso de Camboya, me temo que me dejé demasiadas. Desde las costas de Sinoukville hasta la alejada Ratana Kirí, se me queda en todo un país por explorar.

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Pero ahora toca Laos y sigo rumbo al norte, hacia Vientiane y Luang Prabang, hacia la historia de este país. Más noticias en breve, remontando la corriente del Mekong.

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