Archive for Malasia

Día 216: Lo que ocultaba el Mar de Célebes

(Aguas claras llenas de pececillos que deberían haber llegado a sus pantallas un 21 de Diciembre de 2009)

Sibuan 10

No parecía demasiado complicado, pero lo fue. Abandonar el parque Nacional de Kinabalu se complicaba por momentos. No tenía parada de autobús propio, así que la única opción era esperar en la cuneta a que pasara uno dispuesto a recogerte. Y dispuestos estaban, pero al no haber plazas lo mismo me había podido quedar ahí una hora, que cuatro días. Bienvenido a Borneo.

Sibuan 03

En una estrategia desesperada, cogí el primer bus que pude con destino donde fuera con la esperanza de que las comunicaciones mejoran al menos un ápice. Comenzó el caos que me llevaba a sitios donde no podía llegar a mi destino, pero que me podían llevar a otro que se desviaba un poco y luego podría coger otro, que más un minibus puede que llegara a tiempo. La comunicación local tampoco ayudaba:

- This bus to Semprona?
- Yes, sir.
- Stop in Semprona?
- No, sir.

Ejem. Si a esto añadimos que muchos de los minibuses sólo parten cuando están llenos mi momento de llegada alcanzaba la incertidumbre total. Sea como fuera, me había permitido un margen de un día y medio para llegar a la costera localidad de Semporna. Tardé ventisiete horas. Con parada a dormir cuando ya no hay ninguna otra opción de seguir, peleas con taxistas y demás especias que alegran el camino ¡¡Ah, los goces de viajar!!

Sibuan 02

¿Y que tenía Semporna que mereciera tanto esfuerzo? Semporna en sí mismo no tenía demasiado interés, pero si lo que se podía ver más allá de sus orillas, en las aguas del mar de Célebes, en las aguas de las islas que conforman parque marino de Tun Sakaran cuya tarjeta de presentación rezaba que eran magníficas. Entre ellas la joya de la corona: Sipadan. De las altas cumbres a los fondos marinos.

Sipadan 02

DaRoiT me puso sobre aviso en algo esencial que yo desconocía. Sólo 120 personas pueden bucear al día en Sipadan, una manera de evitar su degradación. Lamentablemente ya llegaba tarde, no había sido tiempo suficiente. Las plazas estaban cubiertas y entraba en lista de espera a merced de alguna cancelación.

Sibuan 07

No sería este motivo para emitir ninguna queja. Tenía un montón de islas para explorar y bucear, así que tras unas breves preguntas y recomendaciones, elegí la diminuta Sibuan para tomar el contacto con los fondos marinos malayos.

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Sibuan 05

Una preciosa isla de aguas turquesas, arenas blancas y unas cuantas palmeras mezcladas con un para de básicas cabañas. Fue fantástico. 3 inmersiones en el día entre arrecifes de coral, peces globo, peces ángel, peces loro, estrellas de mar, morenas, gloriosos peces león y multitud de tortugas, nadando en una enorme pecera cristalina de 25 metros de visibilidad.

Sibuan 01

Sibuan 04

Fantástico. No dabamos a basto. La última inmersión en Hawksbill Highway había sido la más espectacular hasta la fecha. O al menos hasta el día siguiente. Al regresar al puerto me confirmaban que había habido una cancelación. Las aguas de Sipadan me esperaban. La fortuna esquiva muchas otras veces me sonreía. Bucear en uno de los puntos que aparecen en casi todas las listas de mejores sitios de buceo del mundo. ¡¡No me lo podía creer!!

Sibuan 06

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Como las cosas de palacio van despacio y cambiar el nombre del buceador podía llevar un par de semanas de burocracia la solución que tienen la mayoría de los centros de buceo es… el de suplantar la personalidad. Así que durante unas horas habría de convertirme en un estadounidense que respondía al nombre de Mr. Kane. Yo, que nunca he pisado los Estados Unidos.

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(Mr. Kane, que seguro es una persona honrada y decente se horrorizaría ante esta imagen si supiera que es él)

Sipadan es una pequeñísima isla que surge de un extinto cono volcánico de 600 metros de altura sobre los fondos marinos, lo que hace que a la hora de bucear esté llena de paredes verticales que se pierden en las profundidades. Y en la parte superior corales. Corales. y más corales de miles de años de antigüedad.

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¿Y que podríamos ver ahí abajo? Nuestra dive master fue sincera: “Sipadan es un libro de peces de arrecifes. Unas 3000 especies diferentes. Si esperáis que os señale e identifique todos, apañados vais. Sumergíos, burbujitas mías y disfrutad. Pero sí hay algo que puedo prometeros… tiburones”.

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Todos listos. Reguladores en la boca. ¿Ok? Ok. Para abajo. Y bajaba lentamente viendo los corales a unos cuantos metros bajo tus aletas mientras me tomaba mi tiempo para ecualizar la presión en los oidos. Este primer momento siempre es alucinante. Las aguas del mar cobran una nueva dimensión al ver como bullen de vida.

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A breves metros comenzaba la pared vertical. Descenso hasta los 15 metros y a mantener la flotabilidad a lo largo de ella. Los peces se cruzaban por arriba, por abajo, por enfrente, por detrás, las tortugas te pasaban al lado saliendo desde entre los corales y rocas mientras bancos y bancos se pasean rápidamente en vertical. Mother of the beautiful love! ¡¡Eso era una autopista!!

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Y por allí, sin ningún disimulo, nadaban apaciblemente unos cuantos ejemplares de tiburones de aleta blanca, dueños del arrecife. Majestuosos, con ese nadar suyo tan hipnótico. A pesar de lo que mis ojos interpretaban lo cierto es que “sólo” debían rondar el metro y medio de longitud. Para tranquilidad de los que lo desconozcan no suelen ser agresivos, así que raramente atacan a menos que se les provoque, lo cual, créanme, no entraba dentro de mis planes. Me limité a admirarlos y acercarme lo que mis sentidos, creo que no demasiado afectados por el nitrógeno, estimaron conveniente.

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Habiendo imaginado semejante escenario me había decidido a alquilar una cámara sumergible. Primer contacto con un mundo fotográfico desconocido donde las cosas son más complicadas de lo que parecen. Primero porque para hacer fotos bajo el agua suele ser recomendable tener la capacidad de buceo algo más desarrollada de lo que yo puedo ofrecer en mi nivel boquerón de pecera cómo para encima añadir otro elemento más al que estar atento.

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Por otro lado, la cámara que usaba, no pasaba de ser una cámara automática, por lo que apenas podía controlar ningún parámetros. Sólo point & shoot. Tampoco disparaba en RAW por lo que todos los ajustes de blancos que he podido hacer han sido forzados desde los jpeg. Lo más importante a nivel visual en las profundidades es que según desciendes los colores van desapareciendo y todo se vuelve azul, muy azul. (por si no quedaba claro en las fotos).

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Por eso a partir de los 10 metros de profundidad es aconsejable utilizar el flash para añadir un elemento de luz (aunque sea artificial) que revele los verdaderos colores de las profundidades. El problema es que en una cámara tan pequeña el control del flash era bastante pobre así que las pocas que intenté hacer con él fueron un desastre.

Sipadan 09

(Una morena… ligeramente flasheada)

Tras toda esta ristra de excusas espero que las fotos os valgan para haceos una ligerísima idea de lo que se podía ver en esos 15 metros de profundidad, pero cómo siempre es mejor hacer caso a los profesionales aquí tenéis un video promocional de la zona, que luce mucho más. Donde va a parar.

Nos faltaron las manta rayas y los tiburones martillo, pero todo se andará. Paciencia. Paciencia.

¡¡Tiembla capitan Cousteau!!

Sipadan 15

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Día 213: Los 4095 metros del Kinabalu

(Las botas llegaron llenas de barro un tal 18 de Diciembre de 2009)

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A 1500 metros de altura los 4095 metros del Monte Kinabalu se veían imponentes. Se avecinaba una subida sin tregua. La montaña más alta del sudeste asiático se elevaba ante mis ojos y mi cuerpo salchichero sólo tenía en mente llegar a la cima. Como fuera.

Me encontraba en la curiosa isla de Borneo (la tercera más grande del mundo tras Groenlandia y Nueva Guinea), propiedad de Brunei, Indonesia y Malasia. Había llegado a la parte Malaya que responde al nombre de Sabah cogiendo mi primer avión (desde Singapur) en unos cuantos meses y miraba con detenimiento al coloso. No lo hacía de manera desafiante, cómo si fuera la presa y yo el cazador, sino curioso. Era la primera vez que lo veía, la primera vez que se asomaba entre la densa niebla. Poco duró la alegría. Rápidamente volvía a ocultarse bajo el manto de nubes y nosotros comenzábamos la subida.

Mount Kinabalu 02

Dividida en dos días la primera parte nos debería llevar unas 3-4 horas de subida. Comenzamos, como comienzan los bravos, a buen ritmo haciendo caso omiso a regla básica que indica que las montañas hay que comenzarlas como un viejo para llegar a la cima como un joven y todo parecía apuntar a que iba a hacer la jugada opuesta.

Mount Kinabalu 03

De cualquier manera la fantasmagórica niebla no animaba. El objetivo de alcanzar la cima era doble. Indudablemente, había parte del orgullo personal. Lo hice. Medallita al canto. Fanfarrias y querubines cayendo desde los cielos. La gloria, mis queridos hobbits. Pero había otra recompensa mayor reservada no sólo para los valientes, sino para los afortunados y no era otra que poder ver el amanecer desde la cima. Y con las nubes gruesas, todo olía que me iba a quedar con el honor y la gloria pero sin el amanecer. Utilizaría entonces únicamente el honor y la gloria para hacerme con la dominación mundial… si llegaba.

Mount Kinabalu 04

Porque por aquel entonces, a mitad del camino que sólo conocía las palabras “subida”, “empinada” y “de pelotas”, ya estaba sudando la gota gorda. ¿De verdad era necesario subir con el trípode? ¿Hasta donde más me va a cegar la fotografía? ¿Es que acaso estos meses de libre albedrío me habían hecho perder la consciencia de mis limitaciones? ¿Por qué se empeñaba la Lonely Planet en considerarlo uno de los ascensos más fáciles del Mundo? Ascenso fácil es con ascensor, escalera eléctrica o helicóptero. Total, la cuestión es hacer cuatro fotos y luego ennoblecer la historia.

Mount Kinabalu 05

Resoplando y con el corazón latiendo a mil, comenzábamos a cruzarnos gente por el camino. Los caminantes del día anterior ya bajaban victoriosos de la alta cumbre y aunque muchos nos dedicaban unas palabras de ánimo que mi cuerpo sin aliento era incapaz de agradecer, algunos otros tenían una manera un poco peculiar de insuflar moral: “¡TODAVÍA os queda la mitad!” “¡¡Ánimo, que ahora viene lo PEOR pero ya casi está!!” “¡¡¡Venga, que una NIÑA de 10 años llegó esta mañana a la cumbre!!!” “¡¡¡¡Y un HEPTAGENARIO también!!!!”

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Y tu les miras con el poco odio que tu maltrecho cuerpo es capaz de emitir. Y odias también a la niña, odias al heptagenario, odias a quién se lo hizo a la pata coja, y a quién se lo hizo corriendo (lo que viene a llamarse un Climbathon) subida y bajada en 2 horas y 40 minutos (un tal Kilian Jornet Burgada, que además es Español!!). También odias a quién te dice el estupendo amanecer que pudieron ver, corroborado por su guía. “Impresionante. El mejor que he visto en mucho tiempo”. Y mientras les odias te maldices. ¿Habría llegado un día demasiado tarde? Resoplas un poco más y sólo piensas en dar un pasito más. Otro pasito. Venga, otro pasito. Uff. Uff. Maldita niebla. ¿Sería todo este esfuerzo en vano?

Mount Kinabalu 07

A pesar de las quejas, alcanzábamos los 3272 metros del albergue de Laban Rata antes de las 4 horas previstas. Un poco demacrados, rojos como un tomate, pero habiendo completado la primera parte con éxito. Sólo quedaba descansar, comer mucho para recuperar fuerzas y beber muchísima agua para intentar ajustar al cuerpo a la nueva altitud y no sufrir el mal de alturas.

Mientras tanto las nubes galopaban por las laderas a la velocidad del trueno apenas abriéndose de tanto en cuando unos pocos segundos para animar las esperanzas de los que gustamos de agarrarnos a un clavo ardiendo. A media tarde comenzaba a llover. A jarrear. Esto va a ser mala señal, Señor Frodo. Se lo digo yo. La cosa no pintaba nada bien. Pero cómo bien decían los guías: “Tropical weather sir, very beautiful to predict”. Estos lo que es mojarse, ni debajo de la lluvia.

Mount Kinabalu 09

De cualquier manera, siguiendo el planning previsto y porque la esperanza es lo último que se pierde a las 7 ya estábamos todos durmiendo. La hora de diana, las dos de la mañana vendría acompañada de un desayuno para emprender los dos últimos kilómetros y medio. Tiempo estimado: 3 horas. Velocidad terminal. Pero cuando sonó el despertador mis ojos legañosos sólo se preocuparon de mirar por la ventana. Las estrellas, señor Frodo. Se veían las estrellas.

La subida sería en bajo la atenta mirada de Orión, las Pléyades, parte de la vía láctea e infinidad más de lejanos soles cuyo nombre desconozco. Y mientras subíamos partes empinadas, agarrándonos a sogas para escalar por las rocas el manto de nubes esperaba su turno de salida por debajo de nosotros. La cuestión estaba en saber si el orden de llegada a la cima sería nosotros primero, el sol después y las nubes por último o si el por el contrario tendríamos que asumir el fracaso con cualquier otra combinación.

Al poco tiempo ante la proximidad de los 4.000 metros, las nubes, el sol y el resto de preocupaciones dejaban paso a una nueva. Respirar. No consumir rápidamente el poco oxígeno que rondaba aquellos lares y no se si serán efectos secundarios de mis días en el Tíbet o vaya usted a saber si alguna de las comidas sudesteasiáticas generan más glóbulos rojos de los normales, pero lo cierto es que lo hice mejor de lo que esperaba.

Mount Kinabalu 08

¿Quién lo iba a decir? No dabais un duro por mi estampa, ¿eh, canallas? Pues lo logré. Llegué a la cima del sudeste asiático en menos de tres horas y antes que las nubes que por su parte se dedicaban a recuperar el tiempo perdido.

Mount Kinabalu 12

Mount Kinabalu 11

Mount Kinabalu 14

Pero no fue suficiente. Llegaron tarde a impedir nuestra puntual cita con el amanecer. Llegó el sol con su cabalgata de colores, moldeando las formas de las montañas colindantes, dando forma al día mientras nos sobrecogía la belleza del espectáculo.

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Mount Kinabalu 15

Mount Kinabalu 16

El esfuerzo había merecido la pena. Ya podría bajar la montaña aunque fuera rodando, como un peso muerto rebotando grotescamente contra las piedras.

Porque tal y como cabía esperar, la bajada no iba a ser nada fácil. Las piernas cansadas, las rodillas que se iban volviendo de gelatina. El cansancio acumulado. Y un camino que ahora a la luz del día se mostraba como realmente era. Alucinante.

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Mount Kinabalu 19

Mount Kinabalu 20

Si no fuera por la ignorancia de la noche no creo que hubiera subido jamás por donde lo hice. Pero ahora, cuesta abajo volvíamos por el camino interminable, resbaladizo y repleto de raíces y piedras que nos hacía ir a la misma velocidad que subiendo.

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Mount Kinabalu 21

Mount Kinabalu 24

Llegamos a la entrada del parque nacional destrozados. Las agujetas que aún estaban por llegar habrían de durar un par de días, pero ya me sabía la historia. Tras esos dos días, las agujetas se olvidarían y en la mente sólo quedaría el momento en que el sol despuntó por encima de la más alta de las nubes iluminando y calentando nuestro rostro.

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Mount Kinabalu 26

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Inolvidable.

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Para Antonio, Héctor y Pablo, porque hacer el Uruk Hai por los montes siempre fue, es y será mejor con ellos.

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Día 207: Postales desde Malaca

Malaca 01

12 de Diciembre de 2009

- ¡¡Recordaréis este día, como el día en que casi atrapáis al príncipe Parameswara!! – debió exclamar el susodicho príncipe al abandonar la ahora Singapur para escapar de las fauces del imperio Majapahit de Sumatra al cual había dado la espalda para convertirse en un pirata. Y entre estas estrafalarias historias de mercenarios del mar, traiciones, renuncias y demás anécdotas que huelen a pólvora y que en nuestras imaginaciones saben a aventuras, llegó a un pequeño pueblo pesquero que respondía al nombre de Malaca. Consiguió la protección del imperio Chino y en sus orillas fundó un puerto que atrajo tanto a mercaderes chinos, como a mercaderes hindúes. Fue la semilla de Malasia. El puerto más próspero de la región que acabó atrayendo y enzarzando en guerras, batallas y triquiñuelas varias a portugueses, holandeses e ingleses.

Ya hace tiempo que dejó de ser el enorme puerto mercante, pero aunque de las fortalezas que lo protegían sólo quedan ruinas, las calles aún conservan los rastros de todas las culturas que por allí han pasado. Coloridas calles, coloridos barrios chinos e hindúes, iglesias cristianas y conductores de tuk tuk que han abandonado el buen gusto para decorar sus vehículos de la manera más estrafalaria posible acompañados de música discotequera, los grandes éxitos de Michael Jackson y hasta la melodía dance de El Bueno, el Feo y el Malo. Que delirio. Si Parameswara levantara la cabeza… lo cogería a diario irremediablemente.

¡¡Disfruten las postales, Wish you were here!!

Ignacio

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(Y unas cuantas más de regalo)

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Día 205: Kuala Lumpur

(Érase una vez un post que de haber llegado el día 10 de Diciembre de 2009 a sus pantallas, habría vivido feliz y comiendo perdiz para siempre)

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Desde el Skybar situado en lo alto del Traders Hotel enfrentado a las Torres Petronas, la cosa mejoraba. Y mucho. La jugada anterior carecía completamente de sentido, subir a la pasarela que unía las dos torres gemelas, había sido una pérdida de esfuerzo y tiempo. Con una cantidad limitada de pases día, el madrugón para hacer cola y conseguir uno había sido obligatorio. Cuando al fin conseguí entrar apenas nos permitieron cinco minutos para estar en la pasarela.

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Damas, caballeros, ya lo han hecho, ya lo pueden contar, ahora retírense que llegan otros cuantos. A lo que hay que añadirle que si visualmente lo más interesante de la zona son las propias torres, subirte a una de ellas te dejaba sin verlas. Nada, una engañifla. Mucho mejor disfrutar de su impresionante arquitectura plateada e iluminada desde fuera, donde hay que doblar el cuello hasta no poder más no solo para poder alcanzar la cumbre, si no para compensar el peso de la mandíbula desencajada. Que maravilla. Que delirio visual.

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Copiando el ejemplo de la torre Eiffel en todas las películas de París, lo cierto es que sus 452 metros y 88 pisos se ven desde casi cualquier parte de Kuala Lumpur convirtiéndose no sólo en símbolo de la ciudad si no de todo el país. País que cómo tal sólo existe desde 1963. Tan joven y ya da miedo ver que va camino de convertirse en el tigre tecnológico del sudeste asiático. O eso dicen ellos, aunque es cierto que Malasia tiene una planta más robusta y sólida. No van de farol.

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Cuando los ingleses llegaron a esta zona en siglo XVIII en busca de negocios de mercadeo tras la estela de los portugueses y los holandeses, empezaron de manera tímida con un escueto “estamos aquí para comerciar, no para hacernos con el territorio”. Al menos hasta que encontraran la excusa perfecta. Paciencia, my dear, que ya llegará. Pero mientras tanto firmaban un tratado con los holandeses y se repartían Malasia e Indonesia. Esto para tí y esto para mí. Y ya que cada uno se apañe con lo que tiene.

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Y llegó el momento. Los por aquel entonces diferentes sultanatos que estaban repartidos por la zona empezaron a batallar unos con otros y los ingleses se apresuraron a intervenir, como mediadores… y algo más. “Mire, my dear friend Sultán, no es por importunar, pero creo que dado que nosotros ya hemos tenido conflictos más o menos elegantes con casi todo el antiguo continente tenemos algo de práctica en esto. Y como eres nuestro friend and we love you, para que no vuelvas a tener sustos, vamos a poner un consejero que te eche una mano con la política intersultanar. Además así os protegemos. Es una oferta que no puedes rechazar”.

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Una hábil estratagema, para hacerse con el control. El sultán guardaba las apariencias y los ingleses iban haciéndose con el poder, porque los mismos consejeros se fueron introduciendo poquito a poco en todos los sultanatos. Invasión de guante blanco. Eran los comienzos del siglo XX.

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Era el momento de empezar a explotar la isla. Rapidito, rapidito. Que quiero esas plantaciones para ayer. ¿Cómo van esas minas? Favorecieron la inmigración masiva de chinos, hindúes, cingaleses… y en menos de 15 años la población malaya ya no era la mayoría. Los chinos habían ocupado su posición de grupo mayoritario. La situación se empezaba a complicar.

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Llegó la II Guerra Mundial, llegaron y arrasaron los japoneses y la supuesta capacidad protectiva-defensiva inglesa quedó en evidencia. Cayeron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, los japoneses se rindieron, los británicos recuperaron el control pero comenzaba la decadencia. Hora de unas clásicas rondas de negociaciones para acabar creando la Federación Malaya. Todos junticos, los sultanes siguen teniendo el poder y todos los malayos tendrás privilegios especiales, que para eso era su país.

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Pero, ¿lo era? La indignación entre las otras razas crecía. ¿Has oído eso? Nosotros, los chinos, que venimos a este país a dejarnos la piel, que hemos luchado y muerto para defenderlo de los japoneses y ¿ahora somos ciudadanos de segunda? ¡¡Más madera!! ¡¡Es la guerra!!

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Bueno, si, pero no. Era una guerra, pero no lo era. Era una “emergencia”, que el seguro no cubría los gastos si entraba en juego la palabra Guerra. Verídico. Sea como fuere la Emergencia duró 12 años. Ejem. En el camino había llegado la Independencia Malaya y en 1963 se fusionaban todas las regiones (que incluyó en un principio a Singapur) y aparecía Malasia.

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¿Y los sultanes? ¿Que hacemos con ellos? Que si cada uno tiene el poder en su zona no llegamos a ningún lado. Esto es un jaleo. Pues que lo hagan por turnos. ¡Oh! Fantástica idea. Y sorprendentemente sigue funcionando hoy en día en rigurosos turnos de 5 años. Ver para creer.

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Para intentar calmar los ánimos entre las razas se empezaron a cambiar las políticas orientadas a tener igualdad de poder económico entre todas y se empezaba a cambiar agricultura por industria y tecnología. Comenzaba la nueva Malasia que de alguna manera se mantiene hoy en día en un equilibrio entre razas, religiones, desarrollos y políticas. Llegar a vivir en la relativa calma que hay ahora (relativa por que se siguen denunciando discriminaciones positivas hacia los malayos) no ha sido tarea fácil. Pero personalmente creo que deberían estar orgullosos. En muchos otros sitios se habría dado por imposible.

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Y así respira Kuala Lumpur, el centro neurálgico de Malasia y segundo centro de comunicaciones del sudeste asiático tras Bangkok. Sigue creciendo y creciendo. El gigante se está volviendo imparable. Pero paseando por la ciudad, lo cierto es que no es tan estresante como uno pudiera imaginar. Kuala Lumpur es una ciudad mucho más manejable que su equivalente tailandesa, no es la imposible megaurbe.

Vale, comen o con las manos, o con palillos o sin cuchillo, pero eso no la convierte en imposible. ¿O no?

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Día 202: En la jungla, la densa jungla…

(Post, queridos amigos, que quedo atrapado entre arboles centenarios y tardó en llegar, pero si no habría llegado puntual un tal 7 de Diciembre de 2009)

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“En el momento que te muerde, tienes 30 minutos antes de que te alcance la muerte. Eso no quiere decir que tengas 30 minutos para llegar al antídoto más cercano pues habrás entrado en coma mucho antes” me comentaba uno de los guías. Mucho más tranquilo me quedo, donde va a parar.

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Una víbora crotalina reposaba tranquilamente en las ramas de Taman Negara, la selva más vieja del mundo. 130 millones de años que han dado forma a una impenetrablemente densa jungla donde sólo una pequeña parte es apta para el consumo turístico. Los más atrevidos ven en su corazón, el Gunung Tahan, el pico más alto de la malasia peninsular, el reto de la aventura más salvaje. Me lo podía creer. La más pequeña de las rutas ya necesita de un par de días con paradas en mitad de la jungla, buen equipo y guías expertos.

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No era al primera parada selvática de Malasia, pero quizás la más impactante. Pocos lugares podrían desafiarla, en cuanto a tamaño, densidad y riqueza animal y vegetal, pero mi anterior parada, Cameron Highlands sin ser tan espectacular, había tenido mucho encanto pues había sabido aunar selva con enormes colinas cubiertas de plantaciones.

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En aquel entonces yo sólo quería perderme un poco por la montaña. Hacer alguna ruta entre árboles pero cuando empecé a agarrarme a las raíces, a trepar por ellas entre los pequeños claros embarrados que permitía la frondosa jungla, estaba redefiniendo mi concepto de trekking.

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Con una velocidad punta de alrededor de un kilómetro por hora y con la niebla y la lluvia animando la jornada, no había motivos para el jolgorio, pero en ese bosque encantado, seguramente hogar de meigas, trasgos, duendes y otros equivalentes malayos, me lo estaba pasando en grande. Nunca había estado en un lugar así. Nunca había estado en la jungla. Ciertamente avanzar era lento y pesado, pero tenía el sabor divertido que tienen los retos si las cosas se complican un poco.

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En el pueblo ya me habían advertido que algunos de los guías locales se dedicaban a cambiar o borrar pistas y señales para asegurarse que la gente requiriera de sus servicios, pero yo no estaba dispuesto a recurrir a tan burdo chantaje y además precisamente quería caminar solo, a mi ritmo. Descubrí que no había demasiada pérdida. Sólo había un único camino que subía y bajaba por lugares imposibles.

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Por aquel entonces ya me había percatado de que seres fantásticos no me iba a encontrar por el fantasmagórico camino y que en cambio tenía muchas más posibilidades de encontrarme con sanguijuelas y otros bichos de aún peor renombre. Afortunadamente no fue así y aunque la selva iba cobrando vida a mi alrededor sólo lo hacía con sonidos, donde mis inexpertos ojos no alcanzaban a diferenciar nada entre la maleza.

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Las Cameron Highlands fueron además un fresco alivio. A alrededor de 1500 metros de altura la temperatura se mantenía durante el día por debajo de los 20ºC y caía un poco más por la noche. Recuperé agradecido la ropa de abrigo del fondo de la mochila para perderme también por las plantaciones de té. Cuan diferentes de los cultivos de trigo. El té se extendía por los montes, suavizando sus formas, como si alguien hubiera colocado pacientemente una manta por encima. Delicioso.

Cameron Highlands 13

Cameron Highlands 14

Taman Negara en cambio era un horno tropical que me hizo sudar hasta la última gota. No llevaba ni una hora caminando y ya tenía una capa de sal recubriendo mi piel. Dado que no estaba preparado para incursiones serias en el corazón selvático, opté por la más popular de las rutas de unas pocas horas por la zona. Esta tenía el aliciente además de atravesar casi 300 metros de pasarelas de dosel por las cima de la jungla. A pesar de ser completamente seguro, cada paso bamboleaba la estructura que oscilaba a 45 metros del suelo mientras paseabas cual pájaro por las cimas de los árboles.

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Taman Negara 04

Pero los suelos húmedos además de hormigas enormes, todo tipo de mariposas me “obsequiaron” con nada agradable encuentro con las sanguijuelas. Cuanto quise darme cuenta ya tenía una decena por pie, bien dentro de las botas, atravesando los pantalones y los calcetines como si fueran invisibles.

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Qué ser más desagradable… y tan difícil de matar. Que horror. Sólo había que fijarse para verle estirarse verticalmente alargando su cuerpo para adherirse a lo primero que pase. En el momento que te toca estás perdido. Como cinta adhesiva doble no hay manera de desprenderse de ella. Ale, a salir corriendo y arrancar a los afortunadamente pocos que se estaban dando un festín con mi sangre. Que quieren que les diga, me quedo con los monos manque me muerdan.

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Me comentaron con posterioridad que hay un repelente específico para ellas una de tantas cosas de las que yo carecía y por lo que ni me planteé adentrarme más en la jungla y mucho menos para una ruta de varios día. La cima del Gunung Tahan de momento habría de esperar.

Cameron Highlands 12

Pero ya bastaba de jungla, montañas y selva. Ya me pedía el cuerpo un poco de alejarme de sitios tranquilos y readentrarme un poco en junglas de asfalto, sentir la energía del barullo de ciudad, así que sin más paradas intermedias no queda más que dirigirse a la capital. ¿Estaría Kuala Lumpur a la altura? En breve en su blog amigo.

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Día 198: La mezcla malaya

(Post que llegó cuando llegó aunque lo tuvo que haber hecho el 3 de Diciembre de 2009)

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“Welcome to Malasia, sir!” Los saludos eran constantes mientras alguno se atrevía a ir más allá y a entablar una básica conversación, aderezada con alguna recomendación. Pero había algo que no cuadraba. Algo no encajaba. Mi sentido arácnido zumbaba. ¿Y no me piden dinero? ¿No me quieren llevar al taller artesanal de su suegro? ¿Ni al hotel de su primo? ¿Ni venderme cinco tours a special price for you, my friend? ¿Dónde estaba la trampa? Tremendamente sospechoso.

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Pero no. Al día siguiente todo seguía exactamente igual. Los muchachos que cruzaban la calle en bicicleta me deseaban una buena estancia, que lo pasará bien, seguían las charlas animadas, honestas y mis malas sospechas cultivadas en meses de desconfianza se quedaban en nada.

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Había llegado a Malasia. A mitad del camino entre China y la India. Ya en el siglo II fue el punto más cómodo para que ambas pudieran comerciar. Así llegaron y así se quedaron. Los locales, los chinos, los hindúes y todos los que vinieron detrás. Casi dos mil años después Malasia sigue siendo un punto de encuentro donde conviven pacíficamente musulmanes, hindúes y chinos más otras cuantas minorías. ¿Quién dijo que era imposible?

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Es precisamente esta mezcla la que le da su mayor encanto a Malasia. Aunque mayoritariamente musulmán, lo mismo te encuentras una mezquita que un templo hindú, o uno chino. Chinatown, Little India y todas las mezclas de colores y sabores que uno se pueda imaginar. Fascinante mezcla.

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Por supuesto también llegaron los europeos, pero unos cuantos siglos después y para variar al ruido del dinero, en este caso de las especias. La cadena de intermediarios llegaba a los mercaderes venecianos que se la compraban a los mercaderes árabes que a su vez se la compraban a los mercaderes hindúes que a su vez las compraban en la prospera ciudad de Malaca. Claro, que por aquel entonces Malasia cómo tal no existía, sino que estaba dividida en regiones controladas por sultanes.

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Esto lo solucionamos en un pispas, dijeron los portugueses. Que es eso de que los italianos se lleven todo el pastel de las especias. No, no y mil veces no. Nos vamos nosotros hasta Malaca y montamos un monopolio en cero coma dos. Usemos la vieja estrategia de mandar un pequeño barco, incordiamos un poco, que secuestren a la tripulación y ya tenemos la excusa perfecta para organizar una invasión en toda regla.

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Dicho y hecho. Llegaron se plantaron, se zurraron durante un rato y Portugal se quedó con el monopolio de las Especias. Pero la envidia, que siempre fue mala, hizo mella en los holandeses que se situaron disimuladamente al sur, en la ahora Indonesia, se aliaron con los Sultanes y se quedaron ellos con el Monopolio. Lo sentimos en el alma, mis hermanos, pero por ahí tienen la puerta a Lisboa.

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(Y yo aprovecho para comentar, que nunca lo hago, la curiosa costumbre no solo Malaya sino del sudeste asiático de servirte las bebidas en bolsas de plástico. Aquí zumo de caña de azucar. También confieso que soy adicto)

¿Serían los holandeses los últimos? ¿Nadie echa de menos a nadie? ¿Estamos todos? Lógicamente, los británicos navegaron buscando parte del pastel. Pero con la elegancia que les caracteriza optaron por otra estrategia. Que darse de palos, sólo si no queda más remedio, my darling. Francis Light llegaba a otra pequeña isla. La deshabitada Penang. Aquí salvo algunos pescadores no hay nadie, pues visto y no visto, ahora es mío. Le pongo un fuerte, una baderita y es la hora de empezar a desviar el mercado. Y se estableció que en Penang el comercio fuera libre. En 20 años Penang contaba con más de 10.000 ciudadanos.

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Y fue esta, la isla de Penang, donde se encuentra la colorida Georgetown, mi primera parada malaya. Interesante lugar. Si ya de por sí me resultaba extraña la idea de encontrarte musulmanes, chinos e hindúes tan ricamente mezclados por las calles, si además estás eran de cargado aire colonial y por lo tanto europeizadas la cosa se volvía más ecléctica, rematado con que la mayoría de la gente se comunica en inglés. ¿Pero donde estoy? ¿Esto que es?

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Malasia, sir.

Welcome.

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Gemelas

Twins

Torres Petronas, Kuala Lumpur, Malasia, Diciembre 2009

Para la Choupa, Cinza y Vane, que las superarán con creces.

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