Vale, se supone que ya había terminado con la primera parte del viaje, pero a pesar de que las fotos son un poco churro (échenle al culpa a las sucias y pequeñas ventanillas del avión), no he podido resistirme, porque creo que os podrán valer para haceos una imagen de los Himalayas (aunque sea con lo poquito que se dignaron a aparecer, los muy tímidos).
Archive for Nepal
Día 61: A lomos de Hathi
Hathi, el elefante indio, seguía inmutable su paso lento pero seguro a través de la densa maleza de la selva nepalí. Pisaba moviendo el suelo fangoso, dejando enormes huellas pseudo circulares que se llenaban instantáneamente de agua. Su gruesa piel se abría paso a través de la frondosidad, mientras la trompa quebraba ramas y movía troncos para hacerse paso.
Nosotros, a sus lomos, colgando las piernas desde el incómodo “asiento” de madera, manteníamos el silencio, mientras el guía, el cuidador del elefante, se afanaba por dirigir al paquidermos tras las huellas de los animales. La selva del parque nacional de Chitwan, por donde se pasean cocodrilos, leopardos, panteras, rinocerontes, ciervos, osos, serpientes, arañas y hasta algún que otro Shere-Khan, el admirable y sobrecogedor tigre de Bengala.
No tuvimos más suerte que ver a grupos de ciervos paralizados entre las ramas y las hojas. Su camuflaje era perfecto para nuestros ojos, pero afortunadamente no para los ya más curtidos del guía, que nos explicaba con detalle como verlos, no sólo a ellos, sino a múltitud de especies de pájaros. La selva está viva, se oye, se siente, pero no se ve. O al menos cuesta muchísimo.
El hecho de haber reducido mi tiempo en Pokhara me había permitido llegar a este parque nacional, cosa que no entraba en mis primeros bocetos de Nepal. 2,218 kilómetros cuadrados, la mayoría de los cuales sólo se pueden visitar en compañía de tour y guía y según la fecha. Hay zonas a las que sólo se puede acceder con Jeep y quedarse en uno de los tres hoteles que hay dentro del recinto cuesta más o menos la friolera de 200 dolares por noche. Vaya como están los precios de los “zoos”. Afortunadamente para los que viajamos en low cost, siempre te puedes quedar justico a las afueras del parque en la tranquila y turística localidad de Sahuara, donde se puede dormir por 3 euros.
Fue ahí, en Sahuara, donde fui consciente de que la normalidad me había abandonado. O al menos lo que había entendido hasta entonces por normalidad, que digamos se está redefiniendo, cuando apenas me inmuté al ver a traves de las ventanas a gente paseando encima de elefantes. Un simple y anodino “Ah, un elefante”, fue lo que cruzó por mi mente.
Volví a levanta la mirada y fue más un “¡AH! ¡¡UN ELEFANTE POR LAS CALLES!! ¿Donde he puesto la cámara?”. Pero no era sólo uno, ni dos, ni tres… es algo… normal. Los elefantes además de su evidente reclamo turístico, ayudan en las labores de carga, así cómo en las labores de conservación de la selva. No hay manera más segura de moverse.
Así que asumiendo elefante como animal de compañía, se puede disfrutar de estas enormes bestias y por ejemplo ayudar a los cuidadores a bañarles mientras te recompensan con un chorro de agua frequita. Desde luego, sumergirse en las aguas del Rapti a lomos de semejante “corcel” no tiene precio.
Aprovecho para lucir palmito y demostrar a los más incrédulos, que además del moreno ciclista que luzco, no estoy en los huesos. Paquidermos en el agua.
Ignorante de mi, si me hubieran puesto estas imágenes ante mis narices sin un cartel explicativo, las habría asociado directamente con África y me temo que no habrían entrado nunca en la idea que tenía de Nepal. Fue un divertido broche final a un país insustituible, del cual partiré mañana, cerrando así mi primera etapa del viaje.
Si todo marcha según lo planeado, mañana aterrizaré en Bangkok. El corazón del sureste asiático, que quizás fue el culpable de toda esta idea de viajar por el mundo. Digo si todo marcha bien, porque tendré que asumir que el recibo que me han rellenado a bolígrafo será un billete de avión. Crucemos los dedos. Bangkok será una parada técnica para poder hacer los visados correspondientes por estos paises.
Atrás quedará un país cargado de emociones, de gentes agradabables, con un paisaje envidiable, lagos, valles, montañas cargadas de ochomiles, kilos de frutas jugosas de esas que se saborean mientras chorrean, cargados de dioses, con el descontrol en las calles y donde si uno hubiera vivido como niño siempre te quedaría la esperanza de tener tu propio elefante.
¿Se imaginan?
Para todos los que alguna vez escucharon las historias de la Selva de boca de Akela, Baloo, Bagheera o el mismo Hathi.
Más fotos paseadas por la jungla, aquí.
Día 60: Nubes sobre Pokhara
La barca de madera se deslizaba en la oscuridad sobre las aguas calmadas del Phewa Tal. El silencio sólo se rompía con el entrar y salir de los remos el agua manejados sin esfuerzo por los barqueros mientras en las colinas ya invisibles con la llegada de la noche se vislumbraban miles de pequeñas lucecitas procedentes de los hogares nepalíes desperdigadas durante kilómetros y kilómetros. El lago parecía que estuviera lleno de luciérnagas.
Fue sin duda un momento mágico, y el único que salvaba dos días de fracasos continuados. Pokhara, de corte similar a Katmandú, pero mucho más tranquila se presentaba sin demasiadas alternativas y ya estaba acelerando mi marcha de allí. Mi idea original de hacer algo de trekking por las montañas y los Annapurnas se había vuelto casi imposible o al menos descorazonadora por culpa del amigo Monzón.
(Nosotros ya le dijimos que era el monzón y llovía a cascoporro, pero es que no escucha…)
(Nosotros sólo queríamos salir en el blog)
Si era cierto que había algunas zonas practicables, pero ninguna ruta de las que yo quería completa. Otros planes B como el trekking hasta la estación base del Annapurna directamente estaban descartados por los guías a los que pregunté por peligrosidad en estas fechas. Además la ausencia de lluvia tampoco aseguraba que las nubes no hicieran acto de presencia (o más bien que dejaran de hacer acto de presencia), así que las perspectivas se oscurecían. Pokhara que vive de las actividades al aire libre estaba en temporada superbaja hasta finales del verano.
Tampoco me quejaba. Había hecho un pacto conmigo mismo en el Himalaya tibetano en el que si podía ver el Everest aguantaría sin fruncir el ceño el resto de las cordilleras montañosas encapuchadas con nubes, así que consciente de que no podía tener todo, me limite a pasear por la ciudad y esperar un par de días antes de tomar alguna decisión.
El europeo medio podría pensar que el tener un cielo cubierto de nubes podría rebajar las temperaturas, pero se equivocaría soberanamente. Pokhara que está 500 metros más bajo que Katmandú era un horno húmedo que me hacía deshidratarme por momentos. El asqueroso y pegajoso sudor que empapaba mis ropas, me llenaba los ojos cayendo desde la frente y que literalmente, me hacía chorrear agua sobre el suelo. Una perspectiva de los más agradable. El Ignacio que conocíais ya no existía. Ahora estaba derretido en una asquerosa mancha húmeda.
Pokhara, insisto, no tiene demasiados alicientes turísticos que sean extradeportivos. El mayor de todos ellos es poder apreciar los Ananpurnas y con algo de suerte verlos reflejados sobre el Phewa Tal y el mejor sitio para poder verlo es sobre alguno de los montes que rodean la ciudad. En uno de ellos está La Pagoda de la Paz Mundial y dado que tenía todo el tiempo del mundo que perder decidí caminar sin prisas hasta la cumbre. No es que fuera una ruta larga, pero con las condiciones medioambientales si que era molesta.
La llegada a la “cumbre” fue, tal y como cabía imaginar, totalmente desalentadora. Si que los valles colindantes se veían bien, pero ni rastro de ninguno de los picos que tan majestuosamente deberían ascender desde los 1000 a los 8000 metros. Aproveche para charlar con los locales, hartarme a beber litros de agua y preguntarles sobre la posiblidad de que escampara. Puede que si, puede que no, puede que todo lo contrario, sir, pero si hubiera venido hace dos días, se veían todos perfectamente.
Así me gusta. Echando sal en la herida. Que escueza. Que escueza.
(Y para todos ustedes, tras las nubes… ¡los Annapurnas!… ¿Cómo? ¿Qué no se ven? Esto… pongan algo de su parte, ¿no?)
Lo cierto es que las nubes empezaban a subir, así que decidí esperar… y esperar, esperar, esperar hasta que los últimos rayos del sol se pusieron por las montañas y mientras el resto del valle se veía claro, apenas unos pequeños brotes de los picos se dignaron a aparecer.
Cerraba así una infructuosa parada, no todo iba a salir bien. Pero el destino tenía otros planes para mí y se encargó de cumplirlos despertándome a alrededor de las 6 de la mañana. Supongo que me desperté porque algo no iba bien. Algo no cuadraba. Era el silencio. ¿Donde estaba el incesable ruido de las lluvias torrenciales? Me llevó un rato seguir esta cadena de pensamientos, no se vayan a pensar, y al final decidí abrir el ojo para ver una radiante mañana de cielos azule. Retruécanos. ¿Sería sólo un agujero en el cielo lo que estaba mirando?
Pues no. Era un cielo azul. Pero no sabía de cuanto tiempo dispondría antes de que las nubes aparecieran de la nada y volvieran a cubrirlo todo, así que negocié un precio con un taxista que me llevó lo más cercano a la cumbre que podía. Desde allí otra media hora de caminata cuesta arriba con el corazón en un puño y a punto de divorciarse de mí para llegar a la cima.
Y allí estaban. Tal y como me había imaginado y había sido capaz de dibujarlos en mi memoria el día anterior, pero mucho más espléndidos. Los 7273 metros del Annapurna Sur, los 6997 metros del Machapuchhare acompañados por los 5587 del Mardi Himal, los 7525 metros del Annapurna IV, y los casi 8.000 del Annapurna II, los 6986 del Lamjung Himal y los 5784 del Namun Bhanjyang.
Estas sí eran las montañas que se me debían.
Y entonces mis pies dejaron de tocar el suelo. Inevitablemente me había emocionado. Quería tenerlos, quería tocarlos, verlos más de cerca. Así que hice lo único que podía hacer. Volar para tenerlos más cerca.
Allí estaba yo, sufridor de vértigo, sobre el valle de Pokhara, sintiéndome tremendamente en calma (sorprendentemente), viendo el suelo sobre los pies, mientras mi guía seguía a las águilas buscando las corrientes de aire caliente para subir una vez más. Los montes tal y como debería haber supuesto ya estaban de nuevo tras las cortinas de nubes, pero ya no me importaba lo más mínimo.
Lejos quedaban ya los momentos de angustia antes de que el parapente se inflara con el aire y saliera corriendo ladera abajo desde Sarangkot hasta mecerme cómodamente en el aire.
Estaba volando.
Inevitablemente, para Sebas, que fue pájaro antes que nadie.
Más fotos entre arrozales, montañas y nubes, aquí.
Mucho Nepal!!
Día 54: Desde el color
Sólo había cruzado un puente, pero llevaba a otro mundo. La frontera entre Tíbet y Nepal separaba dos lugares tan distintos que parecía el resultado de varios días de viaje. Nepal aparecía a la otra orilla del río como un Asia tan caótica que tuvo que pasar bastante tiempo hasta que supé por que lado de la “carretera” circulaban los coches.
Embarrada, con las calles llenas de gallinas, cabras, vacas, perros que se echaban la siesta en mitad del “asfalto”, sonidos estridentes de claxon, casas semiderruidas, todo con un aire inacabado. Definitivamente China parecía bastante ordenada a su lado.
El taxi, un Toyota de más de 20 años que según presumía el dueño, aún funcionaba estupendamente, nos había recogido en la frontera y tras unas 3 horas llegábamos a Katmandú, la capital nepalí, entre una delgada bruma fruto de la contaminación y de las polvareda levantada por los innumerables vehículos de dos, tres, cuatro y más ruedas al rodar por las calles sin asfaltar. La conducción, con adelantamientos en curvas cerradas y otras lindezas similares, funciona a base de claxon. Quien pita primero tiene la prioridad, además de avisar, que pasé lo que pasé, allá va. Y sigo vivo.
Había llegado en medio del monzón, ese cambio de vientos que lleva asociado una estupenda estación de lluvias torrenciales. Dura un par de horas (o incluso menos), pero es suficiente para que sin un techo donde resguardarte tengas una ducha y lavado de ropa por el precio simbólico de blasfemar muy alto.
La razón me dice que lo que vi en sus calles con el tiempo debe asimilarse por el cerebro como algo normal, pero yo no podía cerrar la boca. No podía asumir todo lo que estaba pasando en el mismo instante. Todo el barullo, toda la gente, todo sin ningún control, puestos de comida por los suelos, o en bicicletas, templos llenos de velas, olor a incienso y especias por las calles, rickshaws, motos, coches, telas, ropas, trajes, pero sobre todo, color. Mucho color. Mucho más color de lo que yo me podría imaginar.
Especialmente ellos y ellas (sobre todo) son colores. Es alucinante quedarte parado y ver a ese arco iris moverse. ¿Cómo es posible que mientras nosotros nos ponemos una camisa blanca e instantáneamente adquiere todo tipo de manchas, amén del imán que resulta para el vino tino, ellos, en esas calles sucias y embarradas, donde la mierda campa a sus anchas se muevan impolutos? ¿Cómo pueden esos saris verdes, azules, rojos y amarillos, mantenerse limpios mientras corren, juegan, saltan, van de compras o cruzan por obras? Mi no comprender. Yo sin más he acabado de barro hasta arriba.
Nepal es en sí incomprensible en un primer contacto. Estamos hablando del país que remodeló Asia. Aquí nació Siddhartha Gautama, a quién la meditación le llevó a la iluminación y a convertirse en Buda. Aquí se inventó la arquitectura de las pagodas, de las que tanto presumen chinos y japoneses. Y aquí en 1979 los mismos nepalíes votaron que NO querían una democracia. En el 2007 se abolió la monarquía y es uno de los pocos lugares de la tierra donde el Partido Comunista gobierna por mayoría en unas elecciones democráticas (corríjanme si me equivoco). Además cuenta con tropemil etnias, la mayor de la cual sólo es un 15% de la población. Hay un batiburrillo cultural y religioso. Conviven hinduístas con budistas (a veces en los mismos templos), islamistas, chamanistas… ¿Quién da más?
Es otro de esos ex-imperios que lo tuyo todo (como Mongolia y China) y que ahora se ve sumido en la pobreza por la negligencia de sus mandatarios, pero no pierde la sonrisa. Es inagotable. De hecho su gente es lo mejor que tiene. Desde que llegué aquí no me importan los Himalayas, ni los templos, ni los museos, ni los monumentos. No. Me he pasado el tiempo paseando por las calles ante las amables miradas y conversaciones sobre “de donde soy” y “cuando tiempo me quedo”, que se repiten hasta el infinito. Muchos me preguntan que pienso de Nepal. “Lo adoro”.
Además, la mayoría, hasta los niños hablan inglés. Y muchos se te acercan simplemente a decirte “Hello” y a pedirte que les hagas una foto. Les encanta verse en las pantallas de las cámaras digitales. Cómo os podréis imaginar, lo he gozado.
Katmandú, fue mi primer contacto con Nepal pero también con el mundo hindú, tan presente que por primera vez me ha dado ganas de ir a la India (en otros o próximos viajes), aunque ya me han advertido que Nepal es bastante más civilizado. Es un mundo alucinante, pero capado a los extranjeros, que sólo podemos ver una pequeña parte de él. No podemos acceder a muchos templos, ni ver muchas ceremonias, para eso habría que ser hindú.
¿Si quisiera, podría ponerme a practicar el hinduismo, volverme vegetariano, estudiar sus leyes, sus dioses, sus ritos y valdría para algo? No. No es suficiente. Hay que ser hindú. Haber nacido hindú. En una familia hindú. Si no consideran que tú antes, o tus padres, o tus abuelos, han, por ejemplo, comido en algún momento de su vida… vaca. Y la vaca es sagrada (y matar una se pena con dos años de cárcel).
Es una religión fascinante. Estás perdido entre sus ristras de dioses y sus múltiples formas (os juro que las ecuaciones de Maxwell aplicadas a las microondas eran más sencillas), algo se te remueve dentro cuando ves las cremaciones con toda su parafernalia al lado de los ríos donde van a parar las cenizas. Ríos donde se está bañando la gente. Te ves sumido en reencarnaciones, en karmas, mantras, fuegos, todo vivido tan profundamente como pudieras imaginar.
Katmandú y por extensión Nepal, también fue el punto de encuentro para hippies en los años 70 y aunque ya apenas quedan, la gente te sigue ofreciendo drogas en susurros, mientras los bares se llenan de grupos de rock versionando a los clásicos americanos.
¿Cómo describir la mezcla cuando sabes que no tienes las palabras necesarias?
Han sido unos días increíbles viendo a gente que disfruta y es feliz con tan poco, que haría tambalearse a cualquiera que ose defender nuestro modo de vida. Porque lo principal que destilan es alegría. Y más color.
Dejé Katmandú esta mañana para llegar a Pokhara, en uno de esos inolvidables viajes en un autobús donde no te caben las piernas, dando botes por las carreteras entre arrozales durante ocho horas. En Pokhara espero pasar un par de días antes de valorar si me aventuro a hacer algún trekking por el Anapurna o si por el contrario disfruto de los templos y su lago antes de abandonarla. No parece que se aconseje la montaña durante el monzón y ya gasté mi comodín con el Everest.
Por lo demás, como turista sigo manteniendo la condición de hucha a pesar de mi aspecto de mendibundo, así que por mucho que me esfuerce siempre acabo pagando más de la cuenta, pero nada, ahí esta. Inevitable. Hay doble lista de precios para los locales y los turistas. Arañar lo que se pueda dependerá de la pericia de cada uno. Y de momento estoy en un media bastante lamentable. Lo que me lleva a la agradable conversación que tuve con un nepalí el otro día.
Así que el karma es importante.
Yes sir. Con un karma limpio te reencarnas en un ser superior y con un karma sucio en uno inferior.
¿Y qué tengo que hacer para limpiar mi karma?
- Yes sir. No robar, no hacer el mal, adorar a los dioses, decir siempre la verdad, no engañar…
Ahm entiendo. ¿Cobrar cuatro veces más a los turistas qué efecto tiene sobre el karma?
Jeje. (Sonrisa).
Pues eso, dame pan y llámame tonto. Lo que yo decía.
(Retransmitiendo desde lo alto de un autobús… en marcha)
Más fotos de un lugar inimitable, aquí.
Día 51: La carretera de la Amistad
No podía leer. No podía hablar. No podía hacer otra cosa que mirar por la ventana. Y no sólo por el impresionante paisaje que se formaba tras los cristales, sino que miraba con angustia el cielo. Ese cielo claro, clarísimo, carente de nubes. Azules. Bien. Muy bien. No quería nubes. Las nubes tapan y esta vez necesitaba que a casi nueve mil metros sobre el nivel del mar todo estuviera despejado.
Era el segundo día por la Carretera de la Amistad, la espectacular ruta que une Lhasa con Katmandú atravesando la cordillera del Himalaya y desde donde se accede al campamento Base del Everest. La ruta no podía ir mejor. Habíamos abandonado la capital tibetana el día anterior antes de que despuntara el sol para ir viendo a los montes cambiar y cambiar según lo hacía la luz.
Habíamos pasado por el paso de Kamba-la a 4700 metros de altura por carreteras no aptas, para los que como yo, sufrimos de vértigo. Afortunadamente, no había apenas nieve. Tíbet, “la tierra de las Nieves”, se quedaba en agradable ironía.
Lo que sí había desde la cima era una preciosa vista del Yamdrok-tso, el lago sagrado de aguas turquesas contenido entre montes áridos que le dan forma de escorpión. Cómo un oasis en un desierto a 4441 metros de altura.
(Sea usted un buen guiri y hágase una foto con el Yak Grunge!)
Habíamos cruzado el espeluznante glaciar a 5560 metros de altura del paso de Kharo-la, para llegar a Gyantse y Shigatse, dos de los más importantes centros religiosos y espirítuales del Tibet.
Gyantse porque ya se avistaba en la distancia su fortaleza en la cima de la montaña. Fortaleza que defendía a Monasterio Palcho, que tiene la estupa más importante de todo Tíbet y en cuyos bordes se libró una batalla entre Tibetanos e ingleses, que ganaron, para variar, estos últimos.
(Las famosas velas ardientes sobre mantequilla de Yak)
(Un Buda, que todavía no había aparecido por aquí. Saluden, sin miedo)
Shigatse no se quedaba rezagado en espectacularidad. La segunda ciudad más importante de Tíbet, hogar del Pachen Lama, la segunda figura religiosa después del Dalai Lama, también tenía en el monasterio de Tashilhunpo una parada obligatoria.
Quizás estéis pensando en sendos templos, pero para medir las proporciones de los monasterios tibetanos habría que hacerlo comparándolos con pueblos. Son múltiples edificios, decenas de templos, calles, callejones, casas, escaleras, escuelas, residencias… el hogar de los monjes budistas tibetanos está hecho para perderse.
El segundo día los paisajes no hacían sino mejorar. Aumentaban los montes y los picos mientras cruzábamos los 5100 metros de altura del paso de Gyatso-la y entrabamos en el parque nacional de Qomolangma. Qomolangma es el nombre tibetano que recibe el monte Everest. También tiene otro nombre, el nepalí, donde se le conoce como Sagarmatha. Cómo os podréis imaginar, este nombre data de antes de que un general inglés le diese por cambiarle el nombre haciendo referencia a Sir George Everest, un topógrafo de la India, por lo que el nombre de Everest siempre ha sigo ignorado (y con razón) tanto por tibetanos como por nepalíes.
Sólo quedaban unos 50 kilómetros para llegar a lo alto de Pang-la, el último puerto de montaña desde donde se tiene la más magnífica de las visiones del Himalaya. Atravesábamos la nueva carretera, abierta hace menos de un año, que sube hasta la cima. Curiosamente aún se podía ver los restos de la carretera antigua, pero daba miedo sólo de verla. Si la nueva ya te había agarrarte con fuerza al asiento, la vieja debía ser sólo para adictos a la adrenalina con mucho mucho tiempo, porque las velocidades por ese camino lleno de baches, piedras, agujeros y el ancho justo de un coche, debían rozar las caracolescas.
(Aquí la carretera nueva. Todo un lujo)
Llegamos a la cima y se nos encogió el alma. Cómo queriendo mantener el anonimato de los picos, una fina hilera de nubes los tapaba pudorosamente. Ni más arriba ni más abajo. En el momento justo. Se nos negaba la visión de las cimas del mundo y lo peor es que no tenía intención de mejorar. Los cúmulos de agua condensada crecían por momentos.
Al llegar al campamento base se cumplieron los peores presagios. El Everest se hallaba oculto tras una cortina de nubes. Y las noticias no eran nada halagüeñas. Había grupos que se habían pasado un par de días en el campamento base y se habían marchado sin verlo.
Cómo soy un pésimo narrador de historias y la impaciencia me pudo, ya sabéis que al final, después de pasar el día por allí, el cielo se abrió y pudimos empequeñecernos viendo el punto más alto del Everest, pero estuvimos a la espera durante horas, habiendo abandonado ya la esperanza. Durante ese tiempo, sin nada que hacer, estuve devorando “7 años en el Tíbet”, donde el protagonista relataba cómo al llegar al Tíbet hace ahora 50 años, los tibetanos recriminaban a los protagonistas alemanes que nunca llegarían a nada en Asia pues carecían de paciencia. No me lo podían decir más claro.
(Takuya y un servidor implorando por que desaparecieran las nubes)
(Sí, parece un montaje con photoshop, ¡pero os juro que es verídico!)
El campamento base es bastante peculiar. Bueno, no sería correcto llamarlo campamento base pues ya no existe. Se desmanteló el año pasado cuando un grupo de estudiantes (dicen que americanos) colocó allí una bandera tibetana. Las autoridades chinas que en lo referente al tema del Tíbet no tienen mucho sentido del humor dijeron que para risas las suyas y trasladaron el campamento base cuatro kilómetros más alejados de la base del Everest, en Rong Chung. Una decisión, desde mi punto de vista bastante cutre.
(Lo que queda del antiguo campamento base)
(El nuevo complejo hotelero)
El nuevo campamento base, que recordaré con gran cariño por su entrañable olor a leña ardiendo, es un conglomerado de enormes tiendas que se autodenominan hoteles. Allí llegan los grupos para acomodarse dentro, junto con el propietario, que hace las veces de botones, hostelero, cocinero y lo que se tercie, al mismo tiempo que agasaja al recién llegado con té, té y más té de mantequilla de yak. Estos vasos de té son infinitos, como un agujero sin fondo, porqué el anfitrión a modo de respeto, rellena los vasos a cada trago.
(Nuestro entrañable hotel manager)
(La magnífica y única suite. Compartida, claro.)
Por lo demás no hay mucho que hacer allí, a parte de admirar (o imaginar) el enclave que puede que nunca llegue. Se puede ir al campamento base original, pero desde allí sólo se pueden observar los restos de lo que una vez fue. Parece ser que todavía se puede utilizar si uno va en una expedición organizada. El precio asciende a 100 dólares por noche, lo cual no es mucho si se compara con los 500 dólares de la segunda estación base o los 1000 dólares de la tercera estación base. Parece ser que eso incluiría a los sherpas y demás, pero no me hagan mucho caso, que no estoy seguro de la veracidad de semejante información.
(El Everest iluminado por la luna)
Es un error pensar, como pensaba yo, que la magnificencia de la Carretara de la Amistad dependería de poder ver o no el Everest. Todo ella es espectacular. Especialmente el último trayecto, que une Tingri con la frontera Nepalí. Es una montaña rusa tanto de carretera como de emociones. Para mí, la parte más impresionante del viaje, donde una vez pasados los 4950 metros del paso de Tong-la entre los 7367 metros del Monte Labchi y los 8012 metros del Shishapangma, comienza la bajada hasta Zhangmu, la frontera.
Con ella, comienzan los cambios de paisajes y el desierto de las alturas se va convirtiendo ante tus ojos es un vergel. Una bajada de más de 2500 metros, por una carretera aún por terminar, no apta no sólo para los sufridores de vértigo, sino tampoco para los cardiacos. Desprendimientos, corrimientos de tierra, lluvias torrenciales por un lado, el más arisco de los precipicios al otro. Uno momentos cargados de congoja. Lo que viene a ser pasar auténtico miedo, para entendernos.
Lamentablemente, el viaje también me había valido para encontrarme con la cara más oscura del Tíbet. Perdí mi móvil en el campamento base y el tibetano que lo encontró antes que yo, sólo accedió a dármelo de vuelta a cambio de dinero, tras arduas negociaciones de mi guía y mi creciente indignación. En general los niños sólo se acercaban para pedir dinero, algunos incluso llegan a montar barricadas con piedras en la carretera, para atosigar a los viajeros mientras despejaban el camino. ¿Varios ejemplos de que el dinero acaba corrompiendo todo? No puedes dejar de pensar hasta que punto tú, como extraño, viajero y turista, una “hucha con patas” acabas siendo parte del problema.
Pequeñas manchas, que no ensuciaron el fantástico recuerdo de ese país. Atrás quedaban los Himalayas, las alturas de la meseta tibetana, el misticismo, las amables gentes de rasgos orientales y piel tostada que siempre me dedicaron sonrisas, sus trajes, sus sombreros de vaqueros, sus amuletos, los peregrinos recorriendo pacientemente las koras, el Gran Palacio de Potala por encima de Lhasa, las aguas azules en las alturas…
Pasaba de Zhangmu, en Tíbet, a Kodari en Nepal. Y creedme, nada de lo que había leído, oído o imaginado me valía para abarcar lo que allí sucedía.
Lo mirase como lo mirase, no estaba preparado para Nepal.
Más fotos, pasando por lo más alto, aquí.










































































































































