Archive for Nueva Zelanda

Día 337: Andando la costa dorada

(Comienza el maratón, que aún así, llegará tarde. Cosa que si tuviera la más mínima noción de puntualidad, habría hecho un 21 de Abril de 2010)

Abel Tasman 29

“Yo me las veré con Isengard esta noche, a roca y piedra. ¡Hurrarrum! Venid amigos. Los Ents irán a la guerra, aunque ello signifique nuestro final. La ultima marcha de los Ents.”

Las piedras y las conchas rotas se clavaban sin piedad en la planta de mis pies, mientras el efecto del agua helada, hacia tiempo que había sobrepasado la sensación de dolor. Fueron apenas 20 minutos cruzando descalzo el estuario, pero a esas horas, con el sol apenas asomando por el horizonte, solo me quedo terminar de cruzarlo para frotar con ansia cada pétreo dedo con la esperanza de que recobrara la movilidad. De todas las cosas que me podría haber olvidado… ¿porque habían sido precisamente las chanclas?

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No me acusen de inconsciente. Haber esperado a que el sol subiera más en el horizonte y calentara la cala, habrán pensando algunas de vuestras mentes. Y no crean que no lo pensé, no, pero en el punto que me encontraba, sólo se podía cruzar el estuario dos veces al día, coincidiendo con la marea baja y está, fíjense ustedes, le dió por pasar a esas horas de la madrugada.

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Abel Tasman 26

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Fue quizás la única dificultad en un trekking de tres días por la costa Norte de la Isla Sur. Abel Tasman. 52 kilómetros bordeando el mar, caminando por bosques y cruzando playas, calas perdidas de aguas turquesas cristalinas, con en la única compañía de los pájaros y alguna que otra foca errante, que se acercaba a tierra firme desde los islotes cercanos.

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Es uno de los trekkings más populares de Nueva Zelanda, por varias razones. La primera es que es relativamente sencillo. Llanea la mayor parte del camino y no hay que estar excesivamente en forma para disfrutarlo (si yo y mi barriga chorizero pudieron hacerlo sin demasiado sufrimiento, cualquiera puede, believe me). La segunda es que la zona es bien bonita, aunque muchas veces la frondosidad de los bosques no deje admirar el paisaje con toda la majestuosidad que se merece.

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Abel Tasman 32

Abel Tasman 01

(Busquen al kiwi…)

De hecho, el trekking se ha vuelto tan popular, que ahora hay control sobre el número de personas que pueden visitarlo al día, con un máximo de una centena. Así se aseguran que la zona no se masifica ni se deteriora por las invasiones turísticas.

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(¿Estrellas? Pues no… ¡gusanos luminosos en el interior de una cueva!)

De cualquier manera, el viajar fuera de la temporada alta hizo que apenas fueramos una decena de caminantes, lo que traducido y añadido al buen tiempo quiere decir: viajar fuera de la high season mola mucho.

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No lo hice en esta ocasión y por falta de compañero/a de aventuras, pero otra de las maneras más populares de recorrerlo en en kayaks. A darle al remo y llegar a calas imposibles de alcanzar de otra manera. Acercarse a los animales. Cruzar el azul. Lo cierto es que una idea lo suficientemente tentadora como para repetirlo. No me lo negaran.

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También agradecí el pasar tres días asilvestrado, que se quiera o no, rompe un poco la “rutina” de conducir cada día. Llenar el macuto de comida, un saco, linterna y ale, al monte. Como en mis años mozos de pañoleta, haciendo pequeñas rutas por España.

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(¿Quién necesita una ducha si tiene el mar de buena mañana?)

Lo cierto, es que en mis ansias por ver la mayor parte posible de este país, no he aprovechado los grandes recorridos tanto como debiera. Quizás sea que inconscientemente me estoy obligando a volver. Vayan ustedes a saber los oscuros senderos de la mente.

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(Te Waikoropupu Springs, lugar que clama – y creo que incluso podría ser cierto – tener las aguas más cristalinas del mundo)

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Completé la zona, con un par de días más llegando al Norte del Norte, esta vez a lomos del Canario, franqueando colinas, para llegar a lo más remoto, donde las olas se rompen contra el fin del mundo, donde todo tiene nombre de adiós, de playas vacías con las dunas invadiendo los bosques.

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Todo esto completa Golden Bay, un nombre que le hace bastante justicia, mucho más agradable que su primer bautizo como Bahía de los Asesinos según las propias palabras del mismo Abel Tasman, cuando perdió a varios miembros de su tripulación en un ataque local antes de poner pies en Polvorosa.

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Siguiendo la tónica neozelandesa, el paisaje, una vez más se conformaba de montañas, valles, colinas, playas y acantilados, subidas, bajadas, ovejas, aguilas y desafortunados possoms en el camino. Pero algo tendrá, algo, que sigue sin cansar. Que sigues haciendo kilómetros y kilómetros y queriendo parar cada poco, en ese afán de llevarte aunque sea en la memoria un trocito de esa tierra.

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No se queden con las ganas, aún hay más y más de Golden Bay y de los pasos y pasos por la costa de Abel Tasman.

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Sol Nocturno

¿Quién dijo que el sol no sale por la noche?

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Será que le gusta la fiesta, como a todo el mundo.

Wharakiri, Golden Bay, Isla Sur, Nueva Zelanda, Abril 2010

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Día 333: Kaikoura y las sirenas

(Post salvado de la hipotermia de las aguas del Pacífico un 17 de Abril de 2010)

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“¡Sam! Elfos de los bosques. Se dirigen a la costa, más allá de las Torres Blancas. A los Puertos Grises.”

Me miró con sus enormes ojos, divertida y sorprendida de verme allí, metido en el agua, flotando como un coco, intentando patosamente seguir sus rápidos movimientos. Se acercaba para desaparecer al instante con un breve aleteo dejando tras de sí un camino de burbujas. Pero volvía, curiosa, a acercarse al ser de reducida maniobrabilidad acuática. “Sorprendente” debía pensar “¿como sobrevivirá?”.

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(“El sol se alza rojo, se ha vertido sangre esta noche.”)

Eso mismo pensaba yo. Las dos capas de neopreno de 7 milímetros no habían impedido que la respiración se me hubiera cortado al entrar en el agua helada. Además en un acto de relativo masoquismo era la segunda vez que lo hacía en esas misma mañana.

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Descubrí que las aguas de Kaiokura, víctimas – creo – de las lluvias de los últimos días, estaban más turbias de lo que me hubiera gustado cuando me sumergí en ellas alrededor de las ocho y media de la mañana. Aguas gélidas y heladas, bañadas por las corrientes frías del Pacífico. Toda una bendición para mucha de la vida marina que se acumula en la costa Este Neozelandesa.

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Pingüinos, leones marinos, focas, ballenas y delfines se benefician de esas bajas temperaturas. Para ellos, un hábitat ideal. Para mí, en cambio, una razón más para añorar los estupendos ventipico grados de los mares del sudeste asiático. Pero no estaba allí para quejarme. Desde cubierta, la capitana del barco oteaba la bahía en busca de algún grupo de delfines con los que remojarnos.

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Todas estas actividades que se basan en observar la vida salvaje, no están carentes de ciertos riesgos. No es que la vida de uno corra peligro (salvo hipotermia, claro), pero nadie está por la labor de asegurar si los animales aparecerán, si no y si lo hacen, si serán sólo un par de ellos o si tendrán ganas de acercarse o preferiran desaparecer entre litros y litros de agua.

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Uno lee la letra pequeña y luego se santigua y que sea lo que sea. Sin riesgo no hay victoria. Mantengamos las expectaciones bajas. Así ver una aleta ya nos hará felices. Pero desde luego lo que no pensaba, ni en el mejor de mis sueños, encontrarme eran… cientos de aletas.

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(Imposible captarlo con la cámara, ¡¡estaban por todas partes!!)

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Con ese mismo ojo que gastan los que estiman las multitudes yo me marqué un: “serán unos 200” y me quedé tan ancho. Estaba equivocado. Más tarde nos informarían que eran alrededor de 500 delfines oscuros campando felizmente por las costas. Hacía mucho tiempo, comentaban, que no había tantos de golpe. Maravilloso. Y entre tanta fiesta ¿tendrían tiempo para nosotros? ¿Estaríamos los pésimos nadadores congelados invitados?

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Sólo había una manera de descubrirlo. ¡¡Al agua patos!!. Y a perseguir delfines, siguiendo las indicaciones de la capitana del barco, que consistían en gritar tanto como pudiéramos. Con un oído tan sensible como el que ellos tienen, nuestras posibilidades estaban en sintieran curiosidad por nuestros berreos y se acercaran a curiosear. Y si los delfines no lo encontraban divertido, el resto de espectadores del barco que habían decidido ver el espectáculo desde la grada, seguro que sí.

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Y entre iiiiii iiiiii iiiiii!!!! oooo iiiioiiioiioioiiii!!! uuuuhhh uuuuuh!!!! y el resto de gritos balleneros que se podía emitir con la cabeza bajo el agua, sólo se podía esperar. Y entonces, surgiendo de entre la espesa bruma acuática aparecían. No sabías desde donde, ni como, pero aparecían, te rodeaban, y volvían a desaparecer a la velocidad del rayo. Cambiemos la frecuencia. EEeeeeeeeioooooeeeeee!!!! eeeueeueeeueeee!!! Y otros cuantos que aparecían, a un palmo de tí.

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Moviéndose con tanta elegancia que sentías tu propia vergüenza. Y fascinado te quedabas mirándolos con los ojos como platos. Se te olvidaba gritar y desaparecían. Uuuuuiiiiiii!!! uuuuuuuuiiiii!!! uuuuuuuuuaauauauuuu!!! Nada. Ya no cuela. De vuelta al barco. De vuelta a perseguirlos. De vuelta al divertido ritual de saltar al agua helada que ya hacía su parte para convertirte en un castrato dando chillidos submarinos. Y cinco, diez, quince, veinte en derredor. Mágico.

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Pero mientras los delfines se aburrían rápido de el grupo de energúmenos gritones, las focas nos encontraron mucho más interesantes. Me pareció curioso que la agencia fuera mucho más pequeña, mucho más barata y tenga muchos menos asistentes, cuando la experiencia en mi opinión fue mucho mejor. Mucho más íntima. Mucho mas personal. Más de tú a tú.

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(Pasa, pasa y sírvete… que yo ya he cogido la posturita)

Vale, no eran 500 delfines, pero las tres focas que sintieron curiosidad por los dos que nos acercamos, se pasaron un buen rato jugando con nosotros. Saltando por encima, pasando por debajo. Acercándose a las gafas sabiendo que de alguna manera había otros ojos tras ellas.

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Cargado como estaba de neopreno, era inútil intentar sumergirme algún metro en el agua. Pero las focas parecían encontrar de los más divertido mis patéticos intentos intentando imitarlas. Si buceaban bocabajo, para allá que iba, si hacían giros, para allá que me mareaba. Desde fuera, seguramente era de los más lamentable, pero desde dentro, esa interacción tan real me pareció absolutamente fascinante.

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Me había olvidado del frío hasta que volví a bordo. El neopreno y mis piruetas habían mantenido relativamente mi temperatura corporal, pero las manos y los pies estaban congelados. Si ya me lo decía el guía, mejor que vayamos saliendo. Pero era imposible. ¿Cinco minutitos más? ¿Nos quedamos cinco minutitos más? ¡¡Son focas, señor Frodo!!

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Kaikoura, amigos míos, lo tiene todo. Es una diminuta península, pero que agraciada. Preciosos amaneceres, montañas cómo fondo y una vida marina envidiable.

¿Por donde decían que quedan las sirenas?

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Día 330: Un pequeño capricho

(Detallito que ví y no conté un 14 de Abril de 2010)

Methven - Edoras 10

“¡Silencio! Mantén tu lengua bífida tras tus colmillos. No he vencido al fuego y a la muerte para intercambiar falacias con un gusano sarnoso.”

Amanecía. El sol empezaba a iluminar los más altos y lejanos picos mientras desde mi privilegiada posición desayunaba aún en la sombra, mientras veía amanecer sobre el pequeño monte Sunday.

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Lo de diminuto es un decir, pero comparado con los colosos que lo rodeaban se veía mucho más pequeño de lo que realmente era. Es posible que sea familiar, que vuestro cerebro sepa que ya había estado allí antes, de alguna manera. No os torturéis lo habíais visto con anterioridad. Quizás así, desnudo, no sepáis, pero… ¿y si os imagináis un pabellón medieval de madera en su cima? ¿Un pabellón dorado? ¿y si colocáis casitas de madera a sus lados?

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Es cierto. Lo confieso. Me hice tropecientos kilómetros por polvorientas carreteras de grava para poder ver Rohan. Para poder ver Edoras. El maravilloso enclave que me dejó con la boca abierta cuando lo ví en Trilogía del Señor de los Anillos. Y allí dormí bajo las estrellas y allí me desperté para ver amanecer. Lujos de tener vehículo propio.

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Nada queda allí ahora que haga recordar que allí se rodó una película, pero allí se construyó uno de los escenarios más espectaculares. Y no hay truco. El lugar es fantástico. En las descripciones del libro, Tolkien, describía una pequeña colina rodeada de montañas. El equipo de producción se volvió loco buscándo algo similar en Nueva Zelanda, hasta que se encontraron con este pequeño monte con los Alpes del Sur como fondo.

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Un capricho. Lo sé. No me culpéis. soy débil. Pero es que además era todo para mí, porque por allí, salvo alguna que otra casa y algún que otro caballo (para redondear la jugada), a esas horas no había nadie más. Parece ser que hay algún que otro tour que se pasea por la zona (porque hay tours para todas las localizaciones del Señor de los Anillos, cling, cling), pero nada que el poderoso Canario Milenario no pudiera alcanzar.

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Y ya me callo. Ya. Disfruten del silencio. Disfruten del sonido de la escarcha derritiéndose bajo los primeros rayos del sol, disfruten de ver el velo bajarse y la luz aparecer. Escuchen los pájaros alderredor y sientan el frío viendo en el rostro. Allí al final del camino, en Rohan.

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¿Una ayudita?

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Día 329: Un tal Cook y otros montes

(Post que se estuvo documentando más de lo necesario y no corrió como debiera para estar aquí un 13 de Abril de 2010)

Mount Cook 20

“Mucho se perdió entonces, pero ahora nadie vive para recordarlo.”

1768. Sobre la cubierta del velero HMB Endeavour el Capitán Cook escrutaba atentamente el insondable azul del Pacífico. Allí en la inmensidad del mayor océano del mundo, en alguna parte, debía estar Terra Australis Ignota. La desconocida Tierra del Sur. ¿Mito o realidad? Nadie lo tenía muy claro, pero si existía no cabía otra opción que encontrarlo cuanto antes. Debía ser reclamado antes que otros lo hicieran para la Madre Inglaterra.

Lake Tekapo 09

Mount Cook 04

Las únicas referencias databan de más de cien años antes, donde una expedición holandesa comandada por el holandés Abel Tasman aseguraba haberla encontrado. Era falso. Abel Tasman no había encontrado sino Nueva Zelanda, aunque el no lo supiera. Sus datos eran tan imprecisos que tomaron ambas islas como parte del nuevo continente.

Mount Cook 03

Mount Cook 07

No hay que culparle de mucho más pues ni siquiera pudo poner pie en las nuevas tierras. Antes de que se diera cuenta los nativos ya se habían lanzado sobre ellos matando a siete de sus tripulantes. El Pacífico es muy grande y que la gloria se la lleven otros. Nosotros nos quedamos con Tasmania y ya tenemos nuestro huequito en la Historia. Deprisa grumetillos extiendan las velas huyamos como alma que lleva el diablo!! Farvel salvajes. ¡¡Farvel!!

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Akaroa 03

Cuentan que fue todo un problema de comunicación. Los nativos hicieron sonar las trompetas hechas de conchas en señal de aviso. Los europeos se lo tomaron como una bienvenida y se acercaron más a Tierra, que por muy buena fé y mucho vengo en son de paz que acarreraran era una señal inequívoca de Guerra. ¿Donde están los traductores cuando se los necesita?

Arthur's Pass 02

Lake Tekapo 02

De cualquier manera Nueva Zelanda seguís siendo desconocida para el mundo occidental mientras la tripulación del capitán Cook intentaba afinar el ojo intentando encontrar Australia. El viaje había cruzado el Atlántico para atravesar el Cabo de Hornos y adentrarse en el Pacífico y desde allí llegaron a Tahití. La Polinesia. Cook tuvo la brillante idea de añadir a su tripulación a un jefe local, Tupaia, como muchos otros, avenzado navegante del Océano.

Mount Cook 02

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Bajo sus órdenes y sus consejos, entendiendo las corrientes y guíados por las estrellas, Cook llegó a Nueva Zelanda. Y esta vez, con la intervención de Tupaia, la llegada fue mucho más amistosa. Nada como saber los ajenos sistemas de educación polinesios. Cook se convertía en el primer europeo que pisaba Nueva Zelanda.

Mount Cook 16

O no. Porque los misterios seguían y seguían. Si ellos eran los primeros, ¿Que hacían allí armaduras y cascos del ejército español? Nunca se supo, en parte porque no hubo pruebas concluyentes y supongo porque si las hubo ya se encargaron los buscadores de fama de no dejar huella alguna. La historia amigos, la escriben los ganadores y no hay lugar para segundos puestos. Sea como fuera, ninguno de los supuestos hispanos había regresado para contarlo, con la más de las crecientes certezas de que habían pasado a alimentar a unos cuantos de los Polinesios.

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Mount Cook 18

Si. Estamos hablando de Canibalismo. Mucha son las historias de náufragos por el inmenso Pacífico, temerosos de acercarse a las islas por riesgo a ser devorados. El Salvaje Pacífico. ¿Cómo y cuando alcanzó la imagen de Paraíso?

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(Night…

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… And day)

Fue el canibalismo también el que acabó años más tardes con el propio Cook. 1779. Hawai. Por aquel entonces y tras tres viajes alrededor del mundo Cook había descubierto más mundo y viajado por más superficie del Planeta que nadie antes. Había cartografiado Nueva Zelanda, Australia, Las islas del Pacífico, la Antártida, Terranova… Había dado forma a la última parte del mundo que faltaba por descubrir.

Mount Cook 01

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Para Nueva Zelanda, sus descubrimientos lo cambiaron todo. El mundo occidental se acercó a estas islas, primero por balleneros y después por misioneros para poco a poco irse convirtiendo en una colonia. Con ellos llegaron nuevos alimentos, pero también nuevas enfermedades… y las armas.

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Con los mosquetes llegaron nuevas guerras, las tribus que las tenías primero sometían a otras que o se rendían, o huían, o perdían la vida. Sólo hubo una manera de parar las guerras y fue (os dejo un segundo para adivinarlo) dar mosquetes por igual a todas las tribus. Vamos que nos vamos. Si nos vamos a zurrar todos en igualdad de condiciones. Mejor nos tranquilizamos, ¿no?

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Y mientras tanto el resto de paises europeos se iban haciendo con más y más colonias por el resto del Mundo. Nueva Zelanda tenía que ser Inglesa. Era cuestión de prestigio, ladies and gentlemen. Pero no nos llegan las pounds para organizar una invasión militar en toda regla que ya tenemos demasiados frentes abiertos en el mundo. Yes. Yes. El prestigio no es gratis. Cuesta lo que cuesta. ¿No podemos hacerlo de otra manera?

Mount Cook 10

Mount Cook 08

Pues nada, montamos un tratado. Nueva Zelanda pasa a ser colonia inglesa y les aplicamos el mismo cuento que al resto de los sitios, que si les protegemos bla bla bla (a ver si cuela) y ellos pues que sigan usando sus tierras y nosotros no nos metemos en sus tierras (esto con los dedos cruzados). Se firmó el tratado de Waitangi que curiosamente sigue dando de hablar en nuestros días.

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En primer lugar porque hay diferencias de traducción, ligeros matices entre la versión inglesa y la versión Maorí. Entre ellas, quién mantenía la soberanía (detallitos sin importancia que se pierden en las traducciones). Por otro lado, el tratado tenía que ser firmado por TODAS las tribus. Cosa que no sucedió y a día de hoy sigue habiendo tribus que no han firmado el tratado. El batiburrillo político se complica.

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Por otro lado, con la firma del tratado comenzaron a llegar más y más inmigrantes. Ingleses. Irlandeses. Americanos. La población occidental pasó de dos mil a veintemil en menos de 10 años. Y subiendo. Va a ser que no cabemos todos, my dears. ¿Creeis que si nos metemos un poquito en estas tierras se darán cuenta? ¿Y en estas otras? ¿Y por aquí? ¿Algo más por allí? Pues ya que estamos yo les voy a convertir al Cristianismo. Anda, hemos encontrado Oro por aquí. Uy. Se han enterado los Chinos. Mirad, ¡vienen en hordas!.

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Y tal y como cabía esperarse, se armó la marimorena. Comenzaron las guerras y una de la mayores y más feroces de defensas contra la expansión extranjera que se recuerda. Pero poco a poco los maories fueron inevitablemente perdiendo batallas, perdiendo terreno. La población se reducía y se reducía. De más de 80.000 ya apenas quedaban 40.000. Eran finales del siglo XIX.

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Mientras la economía fruto de las exportaciones de carne y lana despegaba. Llegó la II Guerra Mundial y con ella, muchos de nuevos inmigrantes neozelandeses y australianos, se unieron a los ejércitos de los Aliados. Curiosamente estas bajas dieron la oportunidad de cubrir muchos de sus puestos de trabajo a los discriminados maories. De nuevo en el círculo social comenzó un nuevo periodo en el que conservar su cultura se convirtió en una prioridad, que dura hasta nuestros días. Cierto es que no quedan muchos lugares donde la vida maorí siga tal y como era con la población actualmente trabajando en ciudades en lugar de entornos rurales, pero se ha conseguido preservar muchos lugares sagrados y colocar su cultura en un lugar de respeto.

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(¿No es genial que el periódico tenga una sección de Granjas? Nacional, internacional, deportes, granjas…)

Indudablemente, llegar a Nueva Zelanda a pesar de todo, implica llegar un poco a Inglaterra por mucho que los carteles, los museos y la información estén en inglés y en Maorí. A día de hoy, a pesar de ser un país democrático en si mismo, tiene a la Reina de Inglaterra como jefe de Estado.

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Estos son a grandes rasgos, las caras de este país que comenzó a cambiar con la llegada del hombre blanco, con la llegada de Cook, cuyo nombre no sólo reside en plazas y avenidas, si no que además da nombre al monte más alto del país, secundado curiosamente por el Monte Tasman. Claro que si la historia la contaran los Moas, para ellos todo cambió con la llegada de los polinesios, pero eso, mis queridos es otra historia que deberá ser contada en otro momento.

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Todas las fotos de este post corresponden al propio Monte Cook, a los azules tibetanos del Lago Tekapo, al paso de montañas que cruza de transversalmente los Alpes del Sur y que responde al nombre de Arthur’s Pass y a la pequeña ciudad de Akaora, parte de la pequeña península de Banks.

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Día 327: Luz de invierno y quesitos de trivial.

(La culpa de todo, la tuvo la luz del sol, brillando como no lo recordaba sobre un cielo azul, sin nubes, un tal 11 de Abril de 2010. Además fue domingo)

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“No echo de menos los fuegos artificiales de Gandalf, pero si sus espesas cejas, su cólera, su voz.”

La verdad sea dicha, no vine a Nueva Zelanda por las ciudades, que apenas han resultado paradas de algún que otro día salteado sin demasiado interés más que hacer acopio de víveres y conectarme un poco con el mundo, pero la pequeña Dunedin fue una grata sorpresa.

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Y no es que fuera por nada en especial, es una ciudad del mismo corte que el resto, pequeñas casas coloniales, sacadas de finales del siglo XVIII, cargadas con estatuas, iglesias y muchos árboles decorando las pocas avenidas.

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Pero entre tantos días sombreados por las nubes se agradecía la pura luz del invierno. La luz me llevó en un instante a esos días fríos en los que apetece salir a pasear, bien abrigadito, bufanda y guantes, para dejar que el sol te caliente. Esos días fríos que saben a Torrejón, a la petanca en el Parque de los Patos, a la Plaza Mayor, al vaho de los viandantes por la Gran vía, a desayunos en la Latina, que saben a paseos de mañana de domingo en busca de un café con porras calentito.

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Que invitan a recorrer las orillas del Tamésis, a pisar las hojas marchitas en lso suelos de Yoyogi, vagando sin rumbo, dejándose llevar. Esos días que en los que pararse dos segundos más de los habitual en cada escaparate, sentarse con los ojos cerrados en un banco durante unos segundos (¿o tal vez minutos?) bajo el sol, a ver la gente pasar, a detenerte a escuchar a esa guitarra por la calle y ese músico que no acaba de afinar, a perderse entre los pasillos de las tiendas de libros, rebuscar por enésima vez ese comic que te falta sabiendo que no vas a tener suerte, a tener un día que gastar sin deberle nada a cambio.

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Un día de esos que no recordarás pero que te hacen volver a casa con una sonrisa a sabiendas de que de nuevo no aprovechaste para tachar unas cuantas lineas de la lista de tareas pendientes, y de nuevo, al diablo con ellas, seguro que pueden esperar una semana más.

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Y a veces, sólo a veces, puedes añadir un ¿a qué no sabes que me ha pasado hoy? No te lo vas a creer, pero he estado en la calle más empinada del mundo. Venga ya. ¿Eso no estará en San Francisco? Que no, que no, que está aquí al ladito. En las afueras de Dunedin. Ese pedacito de información esencial, tan vital, que sabes que en la ocasión menos pintada te hará ganar un quesito de trivial pursuit. Otra de bravas, jefe. Y esas aceitunas, ¡que no se diga!

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Dunedin - The World Steepest Street 04

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Que si. En serio. Y la gente se atreve a subirla corriendo, o a intentarlo en bicicleta, las ruedas de los coches derrapan en el repecho final y la calle se convierte en un espectáculo improvisado, de los que lo suben, lo bajan y los que se quedan sin aliento en medio. Jaja. Bah. Eso no es nada. ¿Eso no salió en la tele? Esto de los records nunca me los creo. ¿Echamos un futbolin? Deja deja, que siempre acabo perdiendo. ¿Otra cañita?

Dunedin - The World Steepest Street 05

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¡Ring! ¡Ring! ¿Qué estás haciendo? ¿Tienes tiempo? un abrazo y atenazas con las manos el calor de una taza de café mientras te arropa un sofá y un tengo tanto que contarte, hace tanto que no nos vemos.

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Espejos

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Hoy más que nunca para Chus y Armando (y para que me perdonen el no poder estar con ellos).

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