Me gustó el aire afable de la gente, que relajada ocupaba los jardines, tumbados, leyendo, haciendo malabares, haciendo exhibiciones de patinaje frente a Notre-Damme para deleite de nosotros los turistas, coincidimos con el día de la música en la que los parisinos se lanzan a las calles con sus bandas, sus instrumentos, a capella, playback, nos vimos arrastrados a la mitad de la manifestación en el día del orgullo Gay, enarbolando una enorme pancarta donde se leían bien remarcado la palabra igualité. Recuerdo las interminables vistas desde la torre Eiffel y la inmensidad del arco del Triunfo coronando los Campos Elíseos.
Ni siquiera los interminables kilómetros del Louvre que convertían a las estatuas en pedruscos (otra piedra más) me hacían olvidar la sonrisa de Mona Lisa (hechizome, hechizome bien), las callejuelas de Montmartre, el increíble atardecer desde el Sagrado Corazón. Así debía ser vivir en una gran ciudad, pensé. Es fantástico.
Dos días de curro que apenas me han dejado tiempo para verla nada más que unas breves horas por la noche han removido y reunido las neuronas de mi mente que formaban los recuerdos de aquellas vacaciones en las que hacía tanto tiempo que no pensaba. El desenterramiento ha sido bastante agradable.
Más de 10 años es mucho tiempo. En aquel momento yo empezaba a disfrutar de los viajes, me daba cuenta de que había otro mundo ligeramente diferente detrás del que yo conocía. Ahora peinando más canas donde me queda pelo, los disfruto todavía más y teniendo a la victimas futuramente garrapateadas vivíendo temporalmente allí por un año no tengo excusa.
Volveré.










