Archive for Polinesia Francesa

Día 361: Bora Bora y punto y aparte

(Reconozco que en el tema de la Polinesia Francesa, ponerme al día me ha dado una enorme pereza, aún así, espero que les gusten las fotos y algún detalle más de Bora-Bora, tal y como debería haberse contado un 16 de Mayo de 2010)

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No iba a dejar pasar la oportunidad. En el presupuesto incial había subestimado los gastos en la Polinesia Francesa y ya había cuadrado un vuelo para llegar a Bora Bora. Ahora, visto lo visto, lo más sensato sería quedarme sin moverme, sin gastar energías, haciendo la fotosíntesis al sol, pero a lo hecho pecho y los billetes ya no se podían devolver.

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Bueno, al menos, veré la maravillosa laguna azul de Bora Bora, desde arriba. No es que justificase nada, pero algún consuelo había de encontrar. Todas estas islas surgen de erupciones volcánicas. Montañas escupidas desde el fondo del mar. Con el tiempo, los volcanes vuelven a hundirse poco a poco en las profundidades, peor al mismo tiempo, eel coral va creciendo por los bordes, creando una piscina natural. Esto se conoce como atolón, cuyo interior, calmado y ajeno a las olas del mar, suele tener no demasiada profundidad, cómo una bella laguna en mitad del mar, cargada de dulces y suaves azules.

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Y de todos estos atolones, dicen que Bora Bora tiene la laguna más bonita y espectacular. No había margen para el error. Llegué al aeropuerto con suficiente tiempo como para asegurarme un asiento en la ventanilla, pero los asientos estaban sin numerar. Free seat, sir. Tocaba hacer el Gladiador en las puertas del avión. Ya sabéis, eso de “mi nombre es Máximo Décimo Meridio, comandante de las tropas del Norte, general de las legiones Félix…” mientras te das codazos para alcanzar la ventanilla.

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“Disculpe, caballero” pregunté al azafato “¿Cual de los dos lados es mejor para ver Bora Bora desde el aire?”. La respuesta fue clara y concisa, sin duda alguna. “El izquierdo, señor”. “Muchas gracias, puede usted marchar en paz”. Con la cámara en el regazo, esperé atentamente, pegado a la ventanilla, a que apareciera la laguna azul. Cómo podéis suponer, nunca lo hizo. El lado bueno era el derecho. “Padre de un hijo asesinado. Marido de una mujer asesinada. Y me cobraré mi venganza en esta vida o en la otra”. Pero ¿tan difícil era la pregunta? Mi odio hacia Polinesia y todo lo que lo rodeaba se iba incrementando.

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El aeropuerto, situado en el anillo exterior, venía acompañado de un fantástico viaje a tierra firme, atravesando las impolutas aguas y confieso que está primera impresión me dejó absolutamente impactado. El Monte Otemanu surgía en toda su zona central, verde, lleno de vegetación, como un punto inaccesible de jungla salvaje, contrastando con el azul del cielo y del mar.

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Poco dura la alegría en casa del pobre. Sabiendo que el único dormitorio de toda la isla, estaba fully booked desde hacía días, me quedaba el encontrar alojamiento. O esconderme en el innacesible Otemanu. El dormitorio ya costaba la friolera de 40 euros la noche, así que temblaba cuando podría acabar pagando. “Afortunadamente” quedaba una habitación libre en el siguiente hostal de “bajo presupuesto”. 60 euritos la noche por un cuchitril de contrachapado. Como añoraba mis bungalows a cinco euros del sudeste asiático. Inspirar. Expirar. Inspirar. Expirar. Dos días. Me quedaban dos días. ¡¡A aguantar!!

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Al menos estaba en Matira Point, al sur de la isla, que era… ¡¡la única playa de la isla!! Mucho paraíso tropical, mucha selva y mucho coco y sólo hay una única playa de arena en toda la isla. Y la mitad está tomada por hoteles que la tienen como playa privada. Se nos está quedando Bora Bora en nada.

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No se dejen engañar por mis palabras, hay muchas más playas de arena, pero están en los pequeños islotes que rodean la isla principal. Son lo que se llaman motus y o se es un nadador redomado o hay que alquilar un taxi-lancha que te lleve hasta ellos. Va a ser que no. La otra opción, claro, está en pasar la noche en alguno de los lujosos hoteles que tienen allí instalados. Estamos hablando de que las habitaciones comienzan en (agárrense los machos) mil euros la noche… Era hasta obsceno.

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No es de extrañar que la isla, que antaño gozó de cierto prestigio y era el lugar ideal para las lunas de miel, tenga un cierto aire a ciudad fantasma. Construcciones inacabadas, sabiendo que el turismo está cayendo en picado, restaurantes vacíos donde sólo quedan los camareros esperando, solos, con una sonrisa y sin éxito a que alguien entre. Hoteles semivacíos y en general poca, poquísima gente.

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Sin transporte público, la única manera de desplazarme era o haciendo autostop o en bicicleta. Opté por usar un día la bicicleta, para al menos darme la vuelta a la isla y acabar bastante decepcionado con la imagen general. Cuando hacía dedo, me encontraba lamentablemente con la mirada desagradable de los conductores que me hacían gestos que se traducían por un “aquí de autostop nada, a pagar el taxi”. Odio in crescendo.

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Pero siempre hay algún alma caritativa que te recoge y te hace recuperar mínimamente la esperanza en los polinesios. Mi benefactora, me comentaba también bastante desilusionada que la gente en Bora Bora había cambiado demasiado en los últimos años. Ahora todo giraba alrededor del dinero. Dinero. Dinero. Dinero. Y mientras tanto, joyerías, tiendas y comercios cerrados.

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Lo que más me preguntaba yo, era cómo podía sobrevivir la gente local. A pesar de que el nivel general de vida es bastante alto (sobre todo por la parte francesa), los auténticos locales viven en humildes casas hechas de retales y pagar, pagan lo mismo que yo, pues nos encontrábamos todos en los mismos supermercados. La solución es, creo, que viven mucho de lo que pescan. Es bastante normal ver a toda la familia con la cañas, redes o barcos, recorriendo la laguna. Algunos, me decían, vendían el pescado sobrante luego a los hoteles de lujo, pero ahora sin clientes, tampoco había mucho interés.

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Lo peor de todo es que tras mi paso por estas islas, mi indeferencia hacia ellas es casi total. La mala leche dio paso al cansancio y sólo quería irme de allí cuanto antes. Cansancio ecónomico, cansancio de ver que no era nada del otro mundo, cansancio de intentar arrancar sonrisas y acabar obteniendo gruñidos.

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Y cuando más agotado estaba, esperando de vuelta en Tahití al último bus que me habría de llevar al aeropuerto, un coche paró y sin yo decir nada, un polinesio de aire afable me preguntó que a donde iba y acto seguido me invitó a llevarme. No hablaba nada de inglés y yo apenas chapurreaba algo de francés, pero no fue una excusa para no comunicarnos con gestos y risas hasta que me dejó en la terminal y se despidió con un sincero “bon voyage”.

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Dos palabras que endulzaron el amargo sabor de una semana llena de despropósitos y que me hicieron recordar que no importa la cantidad de adjetivos negativos que se acumulen en un mismo sitio, siempre habrá gente que merezca la pena.

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Día 359: Los conquistadores del Pacífico

(Pensarían ustedes que habiendo llegado a la civilización, tendría más tiempo para actualizar. Falacias. Aunque sigo creyendo en la utopía de ponerme al día, aquí llega lo que debería haber llegado un 14 de Mayo de 2010)

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El Pacífico. El océano más grande del mundo. Uno de los lugares más inhóspitos para sobrevivir y que sin embargo fue conquistado hace miles de años por un pueblo que contra todo pronóstico lo convirtió en su hogar. Los Polinesios.

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Desde Nueva Zelanda a la Isla de Pascua pasando por Hawai, hicieron lo imposible. Navegando de noche con las estrellas como guía y conociendo las corrientes marinas fueron capaces de encontrar las minúsculas islas donde vivir entre la inmensidad del océano. Saltar de una isla a otra, fue, entre otras razones, cuestiones de supervivencia. Con un espacio tan limitado, no quedaba sino lanzarse al mar, en botes de madera, cargados de alimentos y semillas para las nuevas tierras, extender las velas y navegar con la esperanza de no morir en el intento.

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Tan buenos navegantes fueron que su origen está demasiado difuso. En las islas que habitaron se encontraron herramientas y restos culturales que venían de Asia, y su origen se supone en el principio de los tiempos como taiwanés, pero también se encontraron vegetales que venían de Sudamérica. ¿Habían llegado hasta América? ¿O habían sido los Incas los que se habían adentrado en el océano? Sea como fuere, muchísimo antes de que los primeros europeos surcaran el Pacífico, los Polinesios lo habían hecho suyo.

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Las remotas islas del Pacífico son bastante peculiares. No se desprendieron de tierra firme y vagaron siglos y siglos por el mar. Se crearon de volcanes que surgieron de las profundidades y se quedaron allí en mitad de la nada, esperando a que alguien consiguiera habitarlas.

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Sin embargo, cuando los primeros Polinesios, llegaron a esas islas no estaban desiertas. En cambio eran un vergel de plantas y vida. ¿Cómo habían llegado? ¿Cómo se puede llegar a mitad de la nada? Aunque la cantidad de especies en estas islas era bastante más reducida que en los continentes, no dejaba de ser sorprendente que lo hubieran logrado. Hablamos lógicamente de vida en tierra, bajo el agua, los fondos marinos cargados de corales si que habían atraído mucho antes a centenares de especies que serían incapaces de sobrevivir en el óceano abierto.

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Quizás no lo hubieran pensando antes, pero si hubiera que definir a un naufrago por excelencia ese sería… el coco. Una cápsula de supervivencia. Dura por dentro, con su semilla bien protegida, que flota, mecida por las corrientes, vagando durante tiempo y tiempo hasta encontrar suelo donde asentarse.

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Después llegaron los pájaros, pescadores muchos ellos, con algunas especies que podrían sobrevivir años sin pasar por tierra. Con los pájaros llegaron más semillas en sus estómagos y por lo tanto, nuevas especies. Lo lograron también algunos insectos e incluso algún que otro lagarto bajo la auténtica definición de naufrago, flotando entre restos a la deriva. El mundo natural se guarda muchísimos ases en la manga.

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Ciertamente, muy pocos fueron los que lo lograron, pero los que lo hicieron evolucionaron de manera sorprendente y muy diferente en cada isla. Llegar a un nuevo lugar libre de depredadores y empezar a cambiara para ocupar los huecos que vayan quedando libres en la pirámide alimenticia. Así cada isla tiene sus peculiaridades. Algunas albergan orugas que en lugar de alimentarse de hojas, lo hacen de insectos, convirtiéndose en las únicas orugas carnívoras del mundo. O el ejemplo más claro de todos: la cantidad de pájaros que evolucionaron para dejar de volar. Sin enemigos naturales, ¿quién necesitaba esa habilidad?

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Se calcular que aproximadamente una nueva especie conseguía llegar a una de esas islas cada trescientos años. Hasta que llegaron los Polinesios, en cuyas barcos transportaban animales, semillas e incluso ocultos roedores que podían ser fatales para la población local. Miles de años en la tranquilidad de las islas se habían vuelto fatales para superar nuevos problemas en muchas especies.

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(5 Euros cada papaya, ¡¡sobrevivir tampoco es fácil hoy en día!!)

Pero los Polinesios aprendieron a cuidar lo que se encontraban. Su supervivencia dependía de ello. Y en cada isla evolucionaron de acuerdo a lo que se encontraban. Hay lugares en los que por ejemplo, se pesca con cometas, adaptándose a las especie de peces y a lo que podían encontrar en las islas. La supervivencia (como hablaremos en un par de posts en cuanto lleguemos a la Isla de Pascua) podía ser trágicamente delicada. Y en cuanto el orden natural se alteraba muchos de los pueblos tuvieron que recurrir al canibalismo.

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(Usando la Fuerza para regatear)

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Después llegarían los europeos, ansiosos de descubrir lo que quedaba del mundo, de alcanzar la gloria y enriquecerse. Y cuentan que muchos de ellos se perdieron por los mares, muchos naufragaron y muchos aún en esas condiciones, no se acercaban a las islas por miedo a ser devorados por los nativos.

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El hombre blanco traería nuevas enfermedades y nuevas especies. Los ecosistemas tuvieron que redefinirse tan rápidamente que muchos de sus antiguos inquilinos nunca lo lograron. Incluso hoy en día, sigue siendo una pesadilla para quienes intentan mantener la vida original de las islas. Si antes llegaba una nueva especie cada trescientos años, ahora llegan cientos cada año. Pero la supervivencia, una vez más, no es un derecho.

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Hoy en día, increíblemente, muchas de esas islas siguen perdidas, con pueblos olvidados y sus barcas de madera, sus arcaicos instrumentos que les sirvieron para comunicarse con el cielo y surcar el mar. Y habrá quién llegue en barcos veleros, cargados de instrumentos, localizados por satélites, con despensas repletas de comidas y verán allí el paraíso.

Pero habrán de saber que es inmisericorde.

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(Todas las fotos que acompañan este post son de la isla de Tahití, con unas cuantas de Papeete, su ciudad principal. Centro neurológico de la Polinesia Francesa, lo cierto es que me dejó bastante indiferente y creo, sinceramente, que no merece la pena detenerse mucho en ella, salvo para ir a cualquiera de las otras islas.)

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Día 357: La ausencia del lujo en el lujo

(Los bolsillos se vaciaban sin control un 12 de Mayo de 2010)

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Abandoné Auckland un 9 de Mayo para llegar a Papeete en la Polinesia francesa un 8 de Mayo. Y fue este un viaje en el tiempo completamente desaprovechado, donde sólo repetí las mismas horas y no me encontré con mi mismo provocando una paradoja espacio temporal que acabara con el universo tal y como lo conocíamos convirtiéndome en archimalvado y megalómano villano. Pasé, en cambio, de encabezar los días a cerrarlos. El último de la fila. Mecachis.

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Repetí el día 9 en muy diferentes condiciones. Volvía al clima tropical tras el fresquete neozelandés, lo cual se agradeció bastante para pasar la primera noche en los suelos del aeropuerto. Fue sólo una metáfora de lo que me esperaba.

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Habiendo aterrizado bastante más tarde de que pasara el último transporte público y sin demasiadas ganas de pagar los más de 20 euros para un taxi que recorriera los apenas cuatro kilómetros que separaban el aeropuerto de la ciudad, fue la única solución apetecible. Además, tenía que montar en el primer barco de la mañana en dirección a Mo’orea y pagar una cara habitación de lo que fuera para apenas unas horas tampoco entraba dentro de mis planes.

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Los picos de Mo’orea aparecían, a lo lejos, con algunas nubecitas revoloteando por sus cimas, aumentando su tamaño según el barco se acercaba y entraba dentro del atolón de aguas claras, calmas y cristalinas. El bravo mar quedaba atrás, rompiendo contra la barrera de corales, tan lejos, que pocas olas llegaban a la orilla creando una playa casi silenciosa.

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Poca gente, poblaciones y carreteras se adentraban en el interior de la frondosa isla, que se limitaban a asentarse en las orillas del mar, cómo un estrecho cinturón rodeado de vegetación y palmeras. Sin embargo, no fue hasta que llegué a Hauru en el extremo noroeste de la isla que apreció la playa. Demasiado estrecha, pero llena de fina y suave arena. El contraste con el claro azul del agua poco profunda era absolutamente precioso.

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Sí, comienzo con las cosas buenas, porque se acabarán rápido. La Polinesia Francesa es muy bonita. Punto. Todo lo demás cae en el otro lado de la balanza. Todo lo que lo rodea, cargada de precios desorbitados, es absolutamente injustificable. Incluso ellos, tanto los franceses como los Polinesios son bastante sosos y en general algo rancios. Como me hicieron añorar las sonrisas asiáticas.

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Mo’orea me había sido recomendado cómo la única de las Islas de la Sociedad que podía ser medianamente asequible. No en vano al menos tenía un camping con una habitación compartida por 15 euros por cama. Afortunado yo que conseguí una de las tres camas. No tenía ni un enchufe, pero no estaba en condiciones de quejarme. Otra cosa es que la más paupérrima de las compras con una barra de pan, una botella de agua y algo de pasta ya subía a más de 10 euros. Vamos a pasar hambre, amigo Sancho. Se veía venir.

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Con apenas cuatro autobuses al día que recorren la isla, lo de visitarla se volvía misión imposible. Las únicas opciones eran los alquileres motorizados o quedarme vuelta y vuelta comiendo curruscos de pan en la orilla de la playa. Opté por esta opción un par de días y caí en la tentación de recorrer Mo’orea sólo durante un día. En moto. 50 euros (“gracias” a que me hicieron descuento) por un cascajo sin seguro que se paraba a cada dos pasos. Lamentable. Comenzaba mi historia de desamor con estas islas.

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(¡¡Al menos se podía snorkelear con rayas y tiburones sin problemas!! ¡¡bieeen!!)

Claro, dirán. Es que, cómo se te ocurre, ¿quién te crees que eres? Tú, miserable, ¿intentando entrar en un club VIP? ¿Que querías? ¿Ver el lujo de cerca? Aquí, no hay sitio para bolsillos que no estén cargados con tarjetas de crédito. Deberías saberlo. Cierto. Cierto. Lo reconozco. Pero parece ser que no soy el único que ha hablado de los despropósitos que os rodean amigos y ahora os quejáis de que el turismo ha descendido un 60 por ciento… en un año.

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Las cosas se complican para la Polinesia Francesa, que hasta ahora habían vivido muy cómodamente de derrochadores millonarios así cómo de la partida que sin más justificación expedía el gobierno francés. Ahora, con los millonarios derrochadores casi extintos a causa de la crisis y con el gobierno francés recortando el dinero y pidiendo justificación de todo lo que manda para allá, las cosas empiezan a pintar bastante negras.

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Así que os gusté o no, necesitáis gente cómo yo. Clase media y mochileros. Que lleven el dinero que ahora mismo se está quedando entre otras las Islas Cook o las Fiji. Y si, es todo muy bonito, pero el Indonesia, Malasia y Tailandia tienen todo eso, a una fracción del precio y aderezado con tantas sonrisas que no se pueden comprar con dinero.

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¿Os he dicho que Mo’orea era la más asequible de las islas? Pues sí. A partir de aquí la cosa no haría sino empeorar. Al menos era precioso. Sólo faltaría…

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El coleccionista de atardeceres

Viste siempre las mismas ropas -ya hechas jirones-, se afeita no mas de una vez cada dos meses, porta demasiado peso -más del que puede soportar-, le cuestas deshacerse de las guías de viaje -llenas de anotaciones incomprensibles cuyo significado olvidó hace tiempo-, farfulla letras de canciones que es incapaz de recordar -aunque a veces lo disimula silbando-, le puede el desorden -y por ello chequea varias veces al día si lleva el pasaporte consigo-, disfruta coleccionando atardeceres y algún que otro amanecer -si el sueño se lo permite-, gruñe si alguien le habla durante la hora azul -aunque está clasificado como poco o nada peligroso-, se emociona con los reflejos -hasta límites que pueden resultar cansinos-  y añora el jamón serrano -con un chorrito de aceite de oliva, claro.

Al fin y al cabo, es un señorito.

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Mo’orea, Polinesia Francesa, Mayo 2010

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