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Atardecer entre palmeras

Costó todos estos días pero al fin, en algún lugar entre el Gran Bahía Principe El Portillo y las Terrenas alguien se apiadó de nosotros y levanto a última hora de la tarde, una pequeña cortina en las nubes, lo suficientes para darnos esos deseados dorados sobre el agua y los cielos. No íbamos a irnos de aquí sin nuestra estampa de atardecer idílico con palmeras. Faltaría más.

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Sunset in Las Terrenas - El Portillo 02

Sunset in Las Terrenas - El Portillo 03

Sunset in Las Terrenas - El Portillo 04

Parte del Minubetrip por la península de Samaná en República Dominicana que estamos haciendo gracias a Bahía Principe.

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Haitises y limones

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Bahía Principe - Haitises 01

Bahía Principe - Haitises 02

Seguimos sin parar, intentando exprimir estos días por la península de Samaná entre parques nacionales y entornos de película. En busca del Capitán Jack Sparrow aunque de momento lo que hemos descubierto es que no hay tesoro que pueda comprar a esta gente… ah y que con Ron todo sabe mejor.

Haitises y El Limón, Samaná, República Dominicana, Mayo 2013.

Más info: Bahía Príncipe

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De vuelta a República Dominicana

Bahía Principe - Cayo Levantado 04

Bahía Principe - Cayo Levantado 02

Bahía Principe - Cayo Levantado 01

Bahía Principe - Cayo Levantado 03

Siempre es un placer volver a esta pequeña isla entre el Atlántico y el Caribe. Y aún más si es para conocer una zona que aún no había pisado: la espectacular región de la península de Samaná. De vuelta al paraíso de palmeras y playas de arena fina y al paraíso de gente amable y encantadora que pone la risa por delante de cualquier otra cosa. Así que está semana estaremos descubriendo que tiene que ofrecer esta región en alza. Yo ya estoy vendido y atrapado irremediablemente. Y solo llevo un día. :)

Más info: Bahía Principe Cayo Levantado  | Parte de un minubetrip con Ainara, Victor y Miguel

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Las fiestas de Pedro Sánchez

(Cierro aquí el último capítulo de mi breve viaje por la República Dominicana, allá por Junio de 2011)

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Todo fue fruto del azar. Una obviedad. Daba igual lo que hubiera sucedido, cuando no llevas nada preparado, todo es fruto del azar. Así la incertidumbre le da un toque místico a la ecuación. Lo único que tenía claro es que me iba a peder conduciendo por los caminos al norte de Higüey y muy mal debía darse la cosa para volverme con las manos vacías sin encontrar nada interesante.

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La idea era llegar a algunas playas de buen renombre según algunos de los autóctonos que hablaban muy bien de las orillas del Atlántico entre las aguas de Miches y Laguna del Limón. El llegar hasta allí fue un plan trazado con un esbozo a un mapa en dos sencillos pasos: llegar a El Seibo y desde allí subir hasta cruzarme con el mar. Carretera y manta y dejarme sorprender, con los dominicanos no sería difícil.

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Para hacer este tipo de vagabundeo fotográfico siempre he preferido la moto. A recorrer carreteras y pararte donde te apetece, apenas un instante con la cámara colgada del cuello, lo suficiente para encuadrar, hacer y clic y seguir tu camino sin ni siquiera bajarte. Hacerlo en coche es más trabajoso, no puedes parar en todas partes y la mayor parte del tiempo tienes que bajarte para disparar. Como veis soy un sufrido.

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Ese era mi día. Aparcando en la cuneta cuando veía un puesto de fruta, uno de figuras de madera, otro que parecía un mercado, unos chavales en bicicleta, otros jugando… iba a ser un largo y lento camino hasta el mar. Pulgares arriba para mi portentosa capacidad de distraerme con todo. Pulgares arriba para la portentosa capacidad de los dominicanos de distraerse conmigo y con la cámara, de sonreír ante la cámara y de avisarse unos a otros para salir en las fotos. ¿Por que nos divierte tanto vernos en una foto hasta el punto de partirnos de risa? ah, los pequeños e inexplicables placeres de la vida.

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Fue perdido por el monte, entre caminos desconchados y embarrados, atravesando el paraje tropical cuando los vi. Unos cuantos jinetes, atusados con sombreros de cowboy y botas de cuero al trote por esos caminos. Estaba llegando a un pequeño pueblo que respondía por al nombre de Pedro Sánchez. Vaqueros sonaba a buena photo opportunity y una excusa perfecta para bajarse del coche. Los caballos estaban arrejuntados, las bridas atadas a los árboles mientras los niños lustraban entre afanosos y aburridos las botas de cuero de los jinetes. Ver un pueblo lleno de caballos es curioso, pero tampoco daba para mucho más. “Venga luego, en unas horas. Hasta la tarde no comienzan las fiestas”. ¿Fiestas? ¿en un pueblo remoto? eso no podía dejarlo pasar.

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Aproveche esas horas previas para finalmente llegar al mar… y volverme. No quería perderme detalle de lo que sucediera en Pedro Sánchez. Llegué con la feria arrancando, tiovivos en marcha y las calles llenándose de gente de un lado a otro. Me sumergí en la marea y me deje llevar. Yo soy muy de “¿Dónde vas, Vicente?”, no puedo negarlo.

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La gente se arremolinaba en un prado, muchos a pie y otros tantos cabalgando, dejando un pasillo por un camino de tierra donde se arrancaban los caballos y caballeros al galope. El objetivo no era otro que conseguir atrapar con un lápiz un arito colgado de una cuerda en mitad del camino. Reto este tan difícil que necesitaba toda la concentración y astucias de los concursantes y una concentración y astucia aún mayor del juez del del evento, sobrepasado por la trampas.

“¡¡A ver ese caballo que va muy lento!!”
“¡¡Pero, si has cogido el arito con la mano!! ¡¡No disimules!!”

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La gente se partía de risa acompañando la sonrisa del pícaro jinete. “En el siguiente intento seguro que disimulo mejor” debía pensar. Pocos eran los que lo hacían legalmente, para mayor diversión de la concurrencia. Al fin y al cabo, estaban en fiestas.

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La carrera de burros mantuvo el nivel. Pollinos corriendo tanto como daban sus patas con jinetes sin silla azuzándolos a lo largo de unos 150 metros. Aquí no faltaba el que empujaba al burro el que le apremiaba con una vara y las carreras iban de descalificación en descalificación para aún más risas del pueblo y frustración de los apostantes que habían empeñado su dinero por el burro correcto en las carreras inválidas. Cuando hay dinero de por medio, siempre hay algún ceño fruncido de más y algún moneda de menos.

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Aunque sin duda el momento álgido, el fin de fiesta que todo el pueblo esperaba era el palo “ensebao”. Un enorme tronco, pelado y lleno de grasa en cuya cima reposaba una pequeña bandera. El objetivo era simple, subir y cogerla, recibir los aplausos del público y la gloria por la hazaña. Que hubiera un bote de dinero esperando no tenía casi nada que ver. Apenas. De hecho era parte de un espectáculo coreografiado, controlado por los mismos participantes.

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Calentando el ambiente se iban haciendo una serie de subidas fallidas. Los “escaladores” se ayudaban unos a otros, pisándose hombros y cabezas en una especie de escalera humana que inevitablemente una y otra vez acababa con un desplome gracias a la gravedad y las ingentes cantidades de grasa. Esto no hacía sino acrecentar el interés hasta que todo el pueblo, absolutamente todo acabó reunido a su alrededor. Nadie quería perderse el gran momento.

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Mientras tanto, mientras se animaba el ambiente el megáfono seguía animando a la gente a llenar más y más el bote para los acróbatas. La plan estaba definido, aceptado y asumido… no subirían hasta que el bote no fuera lo suficientemente suculento como para repartírselo entre todos. Mientras esperaban a ese dichoso momento las sucesivas escalas fallidas iban sirviendo para ir limpiando el palo de grasa a base de deslizarse una y otra vez.

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Finalmente, habiendo llegando a la cantidad fijada, montado un numerito de varias horas en las que tuvieron a todo el pueblo entretenido, entre subidas, caídas, fallos y risas llegaron a lo más alto acompañados de una gran ovación y aplauso. Solo por el espectáculo se lo habían ganado con creces. Las malas lenguas sin embargo aseguraban que nada de ese dinero vería el mañana, llamado a gastarse en los puestos de alcohol de la feria.

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Aún quedaban varios días de fiesta más, en los que orquestas y Dj’s pondrían a bailar como Hamelin a todo aquel que escuchara los primeros acordes. Siguiendo la inigualable hospitalidad dominicana, acabé requeteinvitado a no perderme ni uno de los momentos, a tener donde quedarme y a ser parte perfectamente integrada de Pedro Sánchez. Lamentablemente mi corto tiempo en el país se acababa y no tenía más tiempo que el de coger, con pena, un avión al día siguiente. Fueron estos, breves y cortos días en República Dominicana. Suficientes para desearme volver con todas mis ganas. Gracias por haberme hecho sentir tan feliz por allí.

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Galería: República Dominicana

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Historias dominicanas

(Retomo aquí, en los últimos suspiros del 2012 y albores del 2013 lo acontecido en Junio de 2011, en la segunda de las tres entregas aún inacabadas de lo que debería ser la trilogía de posts dominicanos)

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-¿Y ya te has echado una novia dominicana? – preguntó con picardía, curiosidad y sin importarle demasiado la respuesta – Ya sabes que en el momento en que aterrices en España tendrás que venir a buscar otra – añadió a continuación, sin darme la oportunidad de responder, antes de estallar en una carcajada junto con el resto de la concurrencia.

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Así transcurría la conversación en el interior del colmado, entre paquetes de tabaco, cocacolas, patatas fritas y productos en conserva. En las calles de Santo Domingo, los colmados, nuestros clásicos ultramarinos, se convertían en el centro social de los barrios. El mostrador hacia las veces de barra, y en las mesas colindantes los habituales se echaban su café o su ron, al ritmo de la conversación o de los golpes de las piezas de dominó.

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Terminé mi refresco antes de seguir con la conversación. No podía decir que no supiera de que estaba hablando, tristemente en las calles ya había recibido unos cuantos “te amo” llenos de sonrisas falsas incluso de quién no era capaz de comunicarse en español. Un “como te llamas” pasaba directamente a la declaración de amor, seguida de un “llévame contigo”. Pero todo el mundo sabía a lo que se jugaba, bueno, todos menos yo, que de momento solo lo intuía.

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Acabar llegando con una novia dominicana al viejo continente, para que desapareciera de tu vista. Un “sácame de aquí” desesperado, en el que no quería tener nada que ver, pero que se trataba con tanta naturalidad que se asumía como practica habitual. Chicas y chicos que se te ofrecían. Un archiconocido problema, indisimulable y relativamente poco escondido tras las capas de humanidad y hospitalidad de la isla.

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La alegría de los Dominicanos, contrasta con su pobreza y sobre todo al descubrir que siglos atrás está isla había sido la colonia más rica del mundo. La historia se remonta a la llegada en 1492 de un tal Colón a este mundo aún por descubrir. Sus primeras paradas en las Bahamas y en la actual Cuba le llevaron a acabar fundando Villa La Navidad, el primer asentamiento en el Nuevo Mundo, en esta otra isla hoy compartida por Haití y República Dominicana y que ha sufrido demasiado.

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Los habitantes originales, los taínos (o pueblo amable), fueron devastados por los Españoles. Unos cuantos fueron capturados para que Colón pudiera impresionar a los Reyes Católicos y el pueblo amable, decidió que había llegado el momento de dejar de serlo. Los taínos arrasaron la Navidad obligando a Colón a establecerse más al este en La Isabela. No corrió mejor suerte y fue asolada por las enfermedades. La nueva Colonia volvía a desplazarse hasta acabar llegando a Santo Domingo.

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Y a partir de ahí, los taínos tenían todas las de perder. Diezmados por las enfermedades del Viejo Mundo, fueron esclavizados para trabajar en las minas de oro, siendo sustituidos mientras desaparecían por esclavos importados de África. Las minas se acabaron y de Santo Domingo empezó su declive, perdiendo incluso sus privilegios de puerto comercial entre ambos mundos a favor de Cuba, mientras los españoles centraban sus atenciones en Tierra Firme: México y Perú.

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Que estuviese pésimamente gestionada por los españoles, no hacía que la Isla, que respondía a el nombre de La Española, no fuera un bocado jugoso y aunque los ingleses intentaron entrar, no tuvieron el éxito del que gozaron los franceses, que consiguieron asentarse en el Oeste. Francia ganaba terreno, al igual que hacía en Europa y convirtieron su colonia en la más rica del mundo. Dos palabras: azúcar y esclavitud. En el siglo XVIII la mitad del azúcar y café del mundo provenían de la Colonia francesa, más productiva incluso que las colonias inglesas en Norteamérica (que también contaban con la esclavitud como motor).

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Reflejando la situación en Europa, los franceses y españoles de la isla se hacían la vida imposible, hasta que los colonos españoles abdicaron y dejaron la totalidad de la isla en manos francesas. ¿Sería este el principio de una etapa de tranquilidad? Lógicamente no.

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Atentos a la sucesión de eventos: Comenzaban las revueltas de esclavos. Ganaron. A Napoleón no le hace gracia y envía tropas francesas a reconquistarlo. Ganaron. Recomienzan las revueltas y los negros y mulatos volvieron a ganar consiguiendo casi la totalidad de la isla salvo una pequeña guarnición de Franceses al Este. Se declaró esta casi totalidad de la isla como república independiente de Haití. Los franceses volvieron a la carga… y volvieron a ganar expulsando a los haitianos hacia el Oeste. Con ellos regresaron muchos colonos… españoles. Si. Como lo oyen.

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Los españoles al tiempo, decidieron que se habían cansado de los franceses y se sublevaron (anda que también, vaya ojo el de los franceses). Los españoles se hicieron cargo de la parte francesa, pero no mostraron mucho interés en mantenerla y decidieron relajarse mientras los haitianos se rearmaban e invadían sin piedad la totalidad de la isla. La parte del Este se sublevó contras los haitianos estableciendo en 1844 lo que se conoce como República Dominicana. Pero como no se fiaban de los haitianos, decidieron volver a someterse bajo dominio español para que les ayudaran en caso de que hubiera una invasión. Al tiempo decidieron que había sido un error y comenzaron la guerra de la Restauración contra los propios españoles para librarse de ellos. En toda esta locura de idas y venidas, España acabó retirándose de la partida supongo que al grito de “¡¡estamos todos locos!!!”

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Ya como República independiente, llegaron las épocas convulsas que se suceden al intentar definirse como país. Golpes militares, levantamientos y 21 cambios de gobierno en algo más de 10 años, una dictadura y finalmente elecciones no exentas de polémica y muchos muchos casos de corrupción que han ido convirtiendo al país en un vestigio triste de lo que fue.

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Las calles de Santo Domingo, desprenden ese aire colonial ya marchito, de gloria pasada, aunque sus suelos empedrados que rezuman historia, sigan siendo maravillosos de pasear. Muchos probablemente hayan olvidado su complicado e injusto origen y les baste con disfrutar del tiempo que tienen entre cafés y charlando amablemente con conocidos y extranjeros, ofreciendo una silla al que pasa, que seguro tiene algo interesante que contar aunque no lo sepa. Y la vida sigue, ajena a los libros de historia y pasa día tras día a las puertas de los colmados, donde quizás inconscientemente cansados de las acciones de las generaciones anteriores hayan optado por dejar de mirar atrás.

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República Dominicana, Junio 2011

Todas las fotos son de Santo Domingo e Isla Saona

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Esto es Higüey, Brodel

(Recupero aquí, con más de un año de retraso, algunas de las cosas acontecidas mientras visitaba la República Dominicana, porque merecen ser contadas)

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Por primera vez frunció el ceño y se puso serio. Golpeó la mesa dejando la palma de la mano sobre ella. “Brodel, si quieres ver hemblas… yo te enseñare hemblas. Coge la botella de Ron, métela en la mochila y vamos”. Me di cuenta de que no había entendido mi intento de ironía en mi frase quizás nublada por la Presidente de medio litro y las dos botellas de Ron que llevábamos. Sería mediodía. Me dispuse a seguirle por las calles de Higüey.

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Higüey fue mi primer contacto con República Dominicana. Una ciudad que quizás no suene a casi nadie, pero que realmente es la ciudad más importante cerca de uno de los lugares más conocidos del País. Punta Cana. Paraíso de recreo vacacional, kilómetros de playas adjudicados a resorts de pulserita, hamaca, aguas cristalinas y tumbonas. Un lugar perfecto para desconectar. Teniendo todo ¿Quién quiere salir del resort? Son muchos los que no lo abandonan y los que lo hacen lo suelen hacer en alguna excursión del propio hotel. Como todo el mundo sabe, República Dominicana es muy peligroso.

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Pero yo tenía otros planes en mente. No es que me hubiera vuelto un temerario, ya saben que yo arriesgar lo justito, pero tenía el divertido encargo de hacer fotos no del resort, sino de la gente, de los propios dominicanos, de como viven. La directora del hotel no estaba contenta con la idea. Con el concepto.

- No puedes ir solo por ahí. No es seguro.
- Tal y como me lo pintaís más miedo me da a mi, pero me temo que no tengo otra opción.
- Bueno, pues vete sin cámara.
- No puedo, tengo que hacer fotos.
- ¿Y no tienes una compacta pequeña? ¿Algo que no se note?
- Realmente, no, pero además no tendría mucho sentido – añadí, aunque llegado este momento ya me empezaban a entrar los sudores fríos.

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Con tales ánimos, no es que estuviera ansioso por lanzarme a las calles del país, pero tenía tres días y tenía que aprovecharlos. Higüey, por su cercanía, parecía la opción ideal para entrar en contacto con la gente. Rehusé otra opción que no fuera moverse en guagua, los autobuses locales. Puestos a sacrificarnos, hagámoslo bien. Y me lancé a ese supuesto Mad Max apocalíptico que debían ser todo aquello fuera de las murallas del hotel.

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Pero a pesar de que la primera imagen de Higüey era un poco decrépita, no parecía que hubiera mucho de lo que preocuparse. Ni tampoco grandes reclamos turísticos, salvando una descomunal basílica, que tiene la imagen más venerada de todo el Caribe (o al menos así lo reclaman ellos) y cuya arquitectura difícilmente puede dejar a nadie indiferente.

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Visto esto, y sin mucho más sobre lo que basarme, usé un clásico comodín: Buscar el mercado local. Si quieres ver como vive la gente, vete al mercado. Olvídate de puestos de souvenires (que alguno había), vete donde se mezclan gente con comida, a los callejones de puestos de madera, donde se despedaza la carne en directo, con suelos donde se mezcla la sangre con el barro. Eso si que era una experiencia.

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No tardé en olvidarme del sugestionado miedo que llevaba para adentrándome entre los puestos del mercado donde encontré más sonrisas kilos de verduras. A nadie parecía importarle que hiciera fotos y muchos posaban agradecidos con verse en la pantalla e intercambiar unas cuantas frases con alguien de “la Madre Patria”.

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El mercado era, como debía serlo, un centro de bullicio y actividad frenética. Por su laberinto pasaban gentes y vehículos, motocicletas y camiones. De hecho, eran los motoristas los que ejercían las funciones de taxistas, esperando a que los compradores acabaran de comprar todo lo que necesitaban para llevarlos de vuelta a sus hogares cargados de bolsas.

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Esperé a que el mercado se empezara a morir, acabadas las últimas compras y cerrándose los puestos a eso de las once de la mañana, para seguir paseando, vagando sin rumbo por la ciudad. El calor empezaba a ser sofocante y llegaba el momento de buscar donde hidratarse. Las calles empezaban a inundarse de música atronadora. Da igual que fuera un bar, o una casa particular, o incluso un garaje abierto de par en par. Los altavoces apuntaban fuera, hacia los transeúntes, atacando sin piedad con ritmos de bachata, merengue y algún que otro reggaeton. Hasta donde supe, no se celebraba nada en especial, más allá de esa necesidad de llenar las calles con música, para que quién quisiera pudiera marcarse unos pasos de baile. Si no eran las casas eran los altavoces de los coches, pero la ciudad se iba convirtiendo en una pequeña discoteca de desproporcionadas dimensiones con infinitas pistas de baile.

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Me acerqué a un pequeño bar donde la música no reventara mis tímpanos y sediento pedí una President. “¿Pequeña o grande?” me preguntó el camarero con una sonrisa. “Grande” repliqué presa de la sed. Fue entonces cuando un grupo sentado en una mesa me miró con desaprobación. “La grande es una mala elección. Se calienta demasiado rápido. Es mejor ir de pequeña en pequeña”. Ah, la sabiduría local. “Pero aún así, lo mejor que puede ir tomando es Ron” añadió. “Siéntese con nosotros, brodel”.

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No esperaba esta calidez tan repentina, pero era imposible denegar la invitación, así que accedí, mientras casi todas las mesas de alrededor se entretenían en partidas de dominó. La charla animada, acabó haciéndome confesar que esta no era la imagen del inseguridad que me habían vendido del país. Me alegraba infinitamente de haber visto la otra cara, mientras ellos a medio camino entre la indignación y la tristeza me aseguraban que odiaban esa impresión que se vendía de ellos. Que si, había gente mala (como en todas partes), pero mucha más que entendía la vida sin molestar a nadie, riéndose y disfrutándola. Si podía ser con una botella de Ron, mejor.

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Allá en algún momento de la segunda botella de Ron (o quizás la tercera), insinué que debía seguir mi camino. No es que no estuviera a gusto, que lo estaba, pero mi tiempo en República Dominicana era muy limitado y necesitaba asegurarme buena cantidad de fotos antes de regresar. Así que tras un par de negaciones por su parte les respondí con un “no os lo toméis a mal, yo me quedaría gustosamente, pero si me quedo aquí, cuando vuelva y la gente vea las fotos me van a decir que si sólo hay hombres por aquí”. Sólo intentaba ser una frase con un poco de malicia, pero se la tomaron en serio.

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Así fue como acabé atravesando la ciudad con una botella de Brugal en la mochila, preguntándome si hacía bien en seguirles. Al fin y al cabo, no podía considerarles conocidos y había algo en mi cabeza que seguía con ese runrun de que estaba en terreno peligroso. Cruzamos, como si fuera un videoclip, un garaje de lavado de coches, lleno de cochazos y cuatro por cuatro, donde tanto ellos como ellas se dedicaban a lavarlos al ritmo de reggeaton, justo antes de empezar a subir unas escaleras metálicas antes de entrar en un edificio. Entonces lo ví claro, la había cagado. Ahí es donde iba a perder todo mi equipo fotográfico, sería robado, apaleado… Tantas advertencias para acabar entrando en la boca del lobo yo solo.

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La puerta metálica se abrió y en el interior apareció… una enorme discoteca. Si. En pleno mediodía, con las cortinas echadas, dejando entrever la luz de fuera y lleno de gente bailando. Si, también había, tal y como me habían asegurado, muchas chicas. No pude por menos que reírme, por la situación y mi desconfianza hacia ellos. Seguimos dándole al Brugal mientras ellos obedientes empezaban a acercarme chicas para que les hiciera fotos. Era un poco surrealista, sobre todo porque yo no sabía donde meterme avergonzado y porque según se iban, las explicaciones aclaraban que eran sus novias. Esta, la otra, y la otra, y la otra… Así que brindamos por ellas y seguimos bajando la botella de Ron.

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Os preguntaréis si con este arte torero, no me habría lanzado a bailar. Juro que lo intenté, pero tras ver las miradas de desaprobación de toda, toda, toda la concurrencia opté por dejar a los profesionales del ritmo hacerlo, mientras me limitaba a observar. El sobrenombre que llevamos asociados los españoles como “los de la cadera oxidada” no es gratuito. Di buena muestra de ello.

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Una vez pasado el tiempo que estimaron conveniente, se volvieron hacia mi con una única pregunta: “¿Ya tienes bastante? ¿podemos volvernos a ir a seguir bebiendo Ron y jugar al dominó?” Faltaría más. Nos batimos en retirada deshaciendo lo andado hasta las mesas iniciales, pero yo notaba un ronroneo estomacal que me indicaba que algo no iba bien. Ah, se llamaba hambre. Caí en la cuenta que desde el lejano desayuno no había dado alegría alguna al estómago.

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“Oigan, ¿Y no tenéis pensado comer?” Me miraron con condescendencia. Nunca te pongas entre un dominicano y su ron. Sonrieron e hicieron una llamada por teléfono. “Todo solucionado”. Esperé sin rechista. A los pocos minutos apareció la respuesta. Una moto apareció por la calle y en ella venía… la mujer de uno de ellos, cargada con una tartera llena de comida. Aluciné. Me saludó, dejó la tartera encima de la mesa y se fue tal y como había venido. Sin dejar de sonreir.

- ¿Y ahora? – pregunté – ¿cómo lo repartimos? ¿Voy a buscar platos?
- No, para nada. Es todo para ti.

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Aluciné aún más y no pude rehusar la sabrosa invitación. Entonces pensé en lo ridículo que quedaba mi concepto de hospitalidad, en lo ridículo que era acusar a toda esta gente de ser un lugar inseguro y en como su definición de buena gente superaba con creces lo que cabría esperarse. Y me quedé allí con ellos, unas cuantas horas más hasta que acabó el día y con el resto de botellas de Ron corriendo de mi cuenta. No era para menos.

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(República Dominicana, Junio 2011)

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República Dominicana (2)

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Otra ristra de fotitos, que no me puedo aguantar…

República Dominicana, Junio 2011

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