O como en pleno mayo, en el paralelo 50, la noche se tomaba su tiempo en llegar…
Archive for Rusia
Día 16. Breve inciso cargado de azul antes de pasar a otros menesteres…
No quería, ni podía, ni debía dejar pasar la oportunidad de mostraros algunas fotos del maravilloso Lago Baikal, según se podía ver desde la Isla de Olkhon. El lago de agua dulce más grande del mundo. La inmensidad infinita en forma de azul cristalino. Espero que las disfrutéis.
Más noticias espero que desde Ulan Bator en unos días. Voy a cargarme de viandas para el trayecto. A más ver!
Día 15. Ida y vuelta a Irkutsk, transiberiano mediante
Tatyana sonrió con cierto sarcasmo arrugando su rostro quincuagenario mientras una hilera de dientes de oro brillaba ligeramente entre sus labios. “Antes enviaban a los prisioneros a Siberia… y ahora, ¡¡¡la gente va a hacer turismo!!”. Asentía Tolya, un veterano ruso que había participado en la guerra de Vietnam mientras me enseñaba a poner la funda a la almohada. “¿Estos son los rusos a los que tanto miedo tenías?” me espetaban tras haberles confesado mi miedo por la Militzia ruski. Mientras tanto los ojos azules claros, casi grises de Elena, una rusa menuda de cabellos rubios ahora afincada por estudios en EEUU, no perdían detalle y sin dejar de mantener el buen humor traducía incansablemente a ambos bandos.
Tales fueron mis compañeros de viaje en el “002 Rossiya”, habitáculo IX del vagón número 3, organizados en dos literas, que partió de Moscú con destino a Vladivostok y que abandoné, no sin cierta pena, al llegar a Irkustk tras 75 horas de viaje.
Usar el transiberiano es toda una experiencia, no sólo por el tren en sí, si no por el camaradeo que se va generando en esta pequeña experiencia de convivencia. Cuatro personas por habitáculo dentro de un vagón con nueve habitáculos dentro de un tren unos 12 o 13 vagones. Gente que viaja durante 7 u 8 días por necesidad, en un país tan inabarcable que los viajes de menos de un día se consideran cortos. Sería más barato y más rápido usar el avión, pero muchos no lo han hecho nunca, no saben o no se sienten con la confianza de levantar los pies del suelo. Además, si han viajado toda la vida en tren, ¿Para qué cambiar?
Indudablemente van perfectamente preparados para el evento y todos añaden (y me incluyo) un par de bolsas extras llenas de viandas para el camino. Es un medio de transporte bastante alejado del mundo turístico. Existe para y por los rusos. El inglés, ni en los carteles. Y extranjeros, en total 8. No es difícil reconocernos entre otras cosas porque somos los únicos que usamos el vagón restaurante (aunque sea unicamente para un café con leche para desesperación del camarero), pero curiosamente yo era el único que no viajaba en primera clase, por lo que era el único integrado directamente en la vida rusa.
Mis compañeros de viaje y habitáculo no escatimaron esfuerzos, ni detalles en ponerme al día con la historia Rusa, cosa que agradecí enormemente, pues si mi déficit con la historia ya es bastante grande, os podréis imaginar lo reducido de mi conocimiento sobre la parte rusa. Me pareció interesante al discutir sobre política comprobar con que facilidad se acogen ahora al modelo capitalista (sólo hay que dar un vuelta por Moscú para demostrarlo) y habiendo sido algunos de ellos miembros del partido comunista, alegaban que el modelo político se agotó, pues obligaba a estar aislado del mundo. ¿Opiniones al respecto?
Se quejaban también de la nula capacidad de reciclaje de Rusia y de como un país que podría ser autosuficiente por la cantidad de recursos de que dispone, no los valora y vive en un continuo despilfarro. El gas y el agua son baratísimos y esto hace que la gente no cuide mucho el ahorro del agua y tenga las calefacciones a tope cuando aparece el frío… llegando incluso a tener que abrir las ventanas en pleno invierno para aliviar los efectos de su propia y autogenerada sauna.
Os podréis imaginar que conversaciones a miles y de las más variopintas (hasta discutimos porque los monjes budistas van con la cabeza rapada), pero dejando estos temas a un lado pasamos a comentar algunas de las curiosidades de los trenes: Funcionan con horarios de Moscú, no cambian al ir atravesando zonas horarias (¡y ojo que Rusia abarca nueve once!) por lo que mientras vas recortando horas a los días, acabas acostándote por ejemplo a las 19.00 para levantarte a las 3.00 am.
Cada vagón tiene una provodnitsa que viene a ser la jefa y señora del vagón. Su palabra es ley y lo que diga deberá ser obedecido sin contemplaciones, pero lejos de cualquier imagen dictatorial que os podáis imaginar la verdad es que resultaron muy amables (si en plural, por que se van turnando) y atentas aunque no abandonaron su papel serio hasta el final cuando abandonando el tren me dedicaron una sonrisa y un buen viaje. Son ellas mismas las que te indican el tiempo de parada en las estaciones, para saber si tienes tiempo a estirar las piernas y comprar algo más de comer, de beber o de leer en todos los puestos que se extienden por las vías.
Hay un baño por vagón y tal y como suponéis no tiene ducha, pero eso no es excusa para la higiene y para los que quieran encontrar en ello una excusa con la que atufar al prójimo. Los cuartos de baño tienen un desague en el centro del suelo, con lo que una botella de agua basta para improvisar. Si además se quiere agua caliente, simplemente basta con cogerla de las maquinas que se usan para preparar té, cafés y sopas instantáneas. Ríase usted de McGyver.
Por lo demás, el paisaje no es tremendamente espectacular, cosa agravada por que las ventanas se empañan rápido y que además no cambia demasiado y se extiende a lo largo de llanuras y llanuras, pero sinceramente es lo de menos.
Lo importante está dentro.
Pasando a mis últimos días, llegue a Irkust para partir hacia la isla Olkhon en pleno centro del lago Baikal, isla a la que electricidad llegó en 2005, así que imaginaros lo de Internet. De cualquier manera ha superado mis expectativas y es simplemente alucinante. No me ha dado tiempo a revelar las fotos, pero espero subir alguna mañana para que os hagáis una idea de lo que es la inmensidad.
Estoy pues de nuevo en Irkutsk y decidiré ahora, cerveza mediante, si opto por quedarme un día más o si por el contrario intento buscar tren para mañana por la noche. Y para los amantes de las apuestas, ha ganado Mongolia. Ulan Bator, allá vamos, pues.
Día 9. ¡¡¡Viajeros al tren!!!
Es probable que sea una de las mayores sorpresas del viaje. Moscú, la ciudad que había recibido de todo menos piropos por parte de guías, amigos, conocidos y visitantes, se presentaba como una alternativa mala pero necesaria para comenzar el viaje transiberiano. Los bocetos previos la presentaban como una ciudad fea, peligrosa y donde no había nada que hacer, donde la gente recelaba de los extranjeros y donde tendría mucha suerte si no acababa teniendo algún encontronazo con la policía.
Siento desafiar la lógica y aunque no seré yo quién niegue o rebata las visiones y experiencias de otros viajeros lo cierto es que contra pronóstico me ha gustado tanto que al final los cuatro días que he pasado aquí se me han quedado cortos. Moscú ciertamente no es más bonita que San Petersburgo, pero si tiene una energía de la que esta última carece.
Su gente es más amable, más hospitalaria, más curiosa y más dispuesta a tratar con respeto y sonrisas al viajero. Salvando las distancias (que tampoco son tantas) comparar San Petersburgo con Moscú, sería similar a comparar Munich con Berlín. Pocos negarán que la primera es más bonita, pero muchos encontramos que la segunda tiene mucho más encanto.
No han sido pocas las veces que en algún puesto de comida o por la misma calle me han preguntado por mi procedencia. España ha sido una maravillosa tarjeta de presentación para esta ciudad en la que inesperadamente he oído miles de carcajadas, que se mueve al ritmo de patines, llena de fuentes, puestos callejeros y con una gente con la que a pesar de las evidentes dificultades comunicativas no he tenido ningún problema babélico demasiado grande.
Me di cuenta cuando conocí a Vladimir en mi viaje en tren nocturno desde San Petersburgo. A pesar de su más que evidente aliento a alcohol y que no dejaba de hablar en ruso entendí que había sido violinista en Ukrania durante tres años, estudiando y trabajando en un conservatorio antes de venir a Rusia. Me bastó para saber que no entendía que oscuros motivos me podrían llevar a mi, un español, a querer recorrerme un país en tren. En Tren! Con lo bien que se vive en España. Sólo pude responderle con una sonrisa.
Por lo demás, la inconmensurable Metrópolis es tan espectacular como cabría esperar de la capital de este imperio. Enormes rascacielos, muchísimos parques, un metro majestuoso que mueve diariamente a más gente que el de Londres y el de Nueva York juntos, una plaza Roja y alrededores que son maravillosos de pasear, con un Kremlin magnificente, donde las cúpulas doradas brillan al sol recortándose contra los cielos azules, todo tipo de puestos de comida en las calles, miles de flores (mayoritariamente tulipanes), el enorme Moscova perfectamente navegable que serpentea a lo largo de una ciudad cosida por puentes, los artistas callejeros de Arbat, la gente bañándose en las fuentes, las policías tan elegantes ellas, vistiendo con tacones… miles y miles de detalles de una ciudad que me ha enamorado.
En otro orden de las cosas, no esperaba yo que de todas las cosas que no me traje en la maleta original, fuera la crema solar la que más iba a echar de menos en Rusia. Válgame. A donde vamos a llegar. Para que luego digan que aquí hace frío. Y lo digo con la cara y los brazos totalmente quemados. Que vergüenza. Como un vulgar alemán en Torremolinos.
Ahora, en breves horas, partiré a bordo del mítico “002 Rossiya” uno de los trenes que cruzan Siberia en una de las rutas que tienen a bien llamarse Transiberianas. Será un viaje que me llevará a Irkutsk, a orillas del Lago Baikal. Aproximadamente la mitad del recorrido hasta Vladivostok. La misma ruta que hizo Miguel Strogoff, el correo del Zar, en la apasionante novela de Julio Verne. A Miguel le llevó, si mi mente no me traiciona, unos 70 días en completar este trayecto a base de carretas, caballos, barcos e incluso a pie. Yo gracias al tren podré recorrer estos 5145 kilómetros en alrededor de 4 días.
No pararé en Irkutsk, si no que partiré el mismo día de mi llegada hacia Khuzir, en la isla Olkhon, dentro del mismísimo lago Baikal. Otras 8 horas de viaje para uno de los lugares que se presumen de paisajes espectaculares y donde espero pasar un par de días antes de volver a Irkustk y decidir si termino mi ruta hacia Vladivostok o por el contrario opto por cruzar Mongolia hasta Pekín. De cualquier manera dudo mucho que en este tiempo encuentre algo parecido a Internet, por lo que estaré desconectado durante unos cuantos días.
Hasta entonces, mis queridos hobbits. Hay un tren que me espera.
Alguna foto más con el sabor de cosas cuyo nombre desconozco, aquí.
Día 5. Destino Moscú.
Se me acaban las horas en San Petersburgo. En unas horas cogeré el tren con destino a Moscú. Será un viaje nocturno en tercera clase, que proporcionalmente cuesta casi un cuarto que el de segunda. Esto implica que dormiré abrazado al pasaporte mientras comparto vagón de tren en literas de tres en tres con un grupo de rusos. Nada que me intranquilice pues debería ser similar al hard sleeper que ya utilicé en China. Será un viaje en horizontal, roncando a pierna suelta y probablemente en compañía hasta llegar a las 9.00 de la mañana a la capital Rusa.
Atrás dejo a una ciudad formidable, preciosa, en la que además nunca anochece. El cenagal en que Pedro el Grande comenzó a fortificar su nueva capital y cuyas condiciones de construcción tenía una tasa de muertos del 50%, se alza ahora imponente como una piedra preciosa en Rusia.
Esplendorosa, me llevaré en la memoria sus canales, su Hermitage (Uno de los museos de antigüedades y cuadros más importantes del mundo y grande grande grandísimo como el solo hasta el punto de la extenuación), sus palacios, su Jardín de Verano, sus paseos interminables a lo largo del Neva, su tiempo cambiante de la camiseta a la manga larga doble pasando por el chubasquero, sus catedrales, el sabor de la Krusovice Negra de medio litro, la aguja dorada de la catedral de San Pedro y San Pablo en la fortaleza del mismo nombre, la Pepsi en lugar de coca-cola, las mujeres que se cubren para entrar en las iglesias mientras lo hombres se descubren, las mismas mujeres que perfectas y esculpidas con cincel firme que te miran curiosas mientras los mismos hombres celosos y temerosos del robo de sus féminas fruncen el ceño aún más, aprietan la mándibula y te dedican sin comerlo ni beberlo la más envenenada de las miradas.
Comentaba el otro día el amigo Javi, que de esto de Rusia sabe algo, que San Petersburgo es tan occidental que casi no se considera Rusia. Parto pues hacia la otra, la más auténtica, aún a sabiendas de que si esta y sus gentes no me han parecido un festival de alegría, ya he sido advertido de que son los más simpáticos. Supongo pues, que seguiré en un lugar de caras cómo máscaras que sólo sonríen en presencia del vodka.
Si este es el caso, no quedará sino unirse.
Aún más fotos entre canales, nubes y edificios antaño majestuosos, aquí.

















































































