O como en pleno mayo, en el paralelo 50, la noche se tomaba su tiempo en llegar…
Archive for San Petersburgo
Día 5. Destino Moscú.
Se me acaban las horas en San Petersburgo. En unas horas cogeré el tren con destino a Moscú. Será un viaje nocturno en tercera clase, que proporcionalmente cuesta casi un cuarto que el de segunda. Esto implica que dormiré abrazado al pasaporte mientras comparto vagón de tren en literas de tres en tres con un grupo de rusos. Nada que me intranquilice pues debería ser similar al hard sleeper que ya utilicé en China. Será un viaje en horizontal, roncando a pierna suelta y probablemente en compañía hasta llegar a las 9.00 de la mañana a la capital Rusa.
Atrás dejo a una ciudad formidable, preciosa, en la que además nunca anochece. El cenagal en que Pedro el Grande comenzó a fortificar su nueva capital y cuyas condiciones de construcción tenía una tasa de muertos del 50%, se alza ahora imponente como una piedra preciosa en Rusia.
Esplendorosa, me llevaré en la memoria sus canales, su Hermitage (Uno de los museos de antigüedades y cuadros más importantes del mundo y grande grande grandísimo como el solo hasta el punto de la extenuación), sus palacios, su Jardín de Verano, sus paseos interminables a lo largo del Neva, su tiempo cambiante de la camiseta a la manga larga doble pasando por el chubasquero, sus catedrales, el sabor de la Krusovice Negra de medio litro, la aguja dorada de la catedral de San Pedro y San Pablo en la fortaleza del mismo nombre, la Pepsi en lugar de coca-cola, las mujeres que se cubren para entrar en las iglesias mientras lo hombres se descubren, las mismas mujeres que perfectas y esculpidas con cincel firme que te miran curiosas mientras los mismos hombres celosos y temerosos del robo de sus féminas fruncen el ceño aún más, aprietan la mándibula y te dedican sin comerlo ni beberlo la más envenenada de las miradas.
Comentaba el otro día el amigo Javi, que de esto de Rusia sabe algo, que San Petersburgo es tan occidental que casi no se considera Rusia. Parto pues hacia la otra, la más auténtica, aún a sabiendas de que si esta y sus gentes no me han parecido un festival de alegría, ya he sido advertido de que son los más simpáticos. Supongo pues, que seguiré en un lugar de caras cómo máscaras que sólo sonríen en presencia del vodka.
Si este es el caso, no quedará sino unirse.
Aún más fotos entre canales, nubes y edificios antaño majestuosos, aquí.
Día 2: Desde San Petersburgo
Una vez subí los 262 escalones que llevaban al tambor de la cúpula de la catedral de Santo Isaac, pude contemplar con algo más de tranquilidad la vista sobre San Petersburgo. Hacía apenas unas horas que había aterrizado en la terminal internacional y todavía estaban en estado de shock, acentuado por el cambio, el idioma y los carteles en cirílico. De nuevo, vuelta al analfabetismo, ni leer, ni hablar. Tovarich, tovarich, apañados vamos.
En el metro, amplio pero antiguo, no había carteles que indicaran las estaciones, sino que lo decían a viva voz. Siendo incapaz de entender nada de lo que decían, memoricé el número de paradas para poder llegar a mi destino. Dado que soy dado al despiste, tuvo aún más mérito si cabe que llegara a la parada adecuada y que (ojo al dato) saliera por la salida correcta! Ja. Cirílico a mi! (El cirílico es por definición un alfabeto salido del Averno para liarnos. Si en Japón tu cerebro simplemente desconectaba y veía todos los kanjis como dibujitos graciosos, aquí con la similitud de caracteres intenta descifrar lo que puede poner obviando que parece una r (ґ) es una g, lo que parece una y (у) es una u, lo que parece una p (р) es una r, y cosas de semejante o peor calibre).
Llegué al hostal que había reservado, una litera en una habitación compartida en una habitación destartalada en un edifico destarlatado, donde a pesar de todo no parecía que fuera necesario ninguna vacuna extra y así fue como casualidades de la vida el primer viajero al que me encontré era de Ibiza y el segundo de Karlsruhe (y encima trabajando en Agip en Milán, donde trabajan varios conocidos míos).
Pero bueno, el caso es que ya había conseguido entrar en Rusia y sin problema alguno. Mi primera impresión de los rusos es que me han parecido bastante amables, aunque para ellos sea normal responder a una sonrisa con total seriedad e indiferencia. Supongo que me iré acostumbrando pero por el lado bueno San Petersburgo es increible. La joya del Zar Pedro el Grande, la ventana de Rusia al mundo occidental, la ciudad que fue diseñada en 1703 mayoritariamente por arquitectos europeos, quedando a medias entre ambos mundos. Conserva la grandeza de lo que fue aunque muchas partes estén viejas y roídas. Mantiene sus edificios gloriosos, grandes parques, largas y anchas avenidas y una sensación de ser inabarcable.
Veremos que nos deparan los demás días por aquí.





































