Archive for Tíbet

Día 51: La carretera de la Amistad

No podía leer. No podía hablar. No podía hacer otra cosa que mirar por la ventana. Y no sólo por el impresionante paisaje que se formaba tras los cristales, sino que miraba con angustia el cielo. Ese cielo claro, clarísimo, carente de nubes. Azules. Bien. Muy bien. No quería nubes. Las nubes tapan y esta vez necesitaba que a casi nueve mil metros sobre el nivel del mar todo estuviera despejado.

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Era el segundo día por la Carretera de la Amistad, la espectacular ruta que une Lhasa con Katmandú atravesando la cordillera del Himalaya y desde donde se accede al campamento Base del Everest. La ruta no podía ir mejor. Habíamos abandonado la capital tibetana el día anterior antes de que despuntara el sol para ir viendo a los montes cambiar y cambiar según lo hacía la luz.

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Habíamos pasado por el paso de Kamba-la a 4700 metros de altura por carreteras no aptas, para los que como yo, sufrimos de vértigo. Afortunadamente, no había apenas nieve. Tíbet, “la tierra de las Nieves”, se quedaba en agradable ironía.

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Lo que sí había desde la cima era una preciosa vista del Yamdrok-tso, el lago sagrado de aguas turquesas contenido entre montes áridos que le dan forma de escorpión. Cómo un oasis en un desierto a 4441 metros de altura.

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(Sea usted un buen guiri y hágase una foto con el Yak Grunge!)

Habíamos cruzado el espeluznante glaciar a 5560 metros de altura del paso de Kharo-la, para llegar a Gyantse y Shigatse, dos de los más importantes centros religiosos y espirítuales del Tibet.

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Gyantse porque ya se avistaba en la distancia su fortaleza en la cima de la montaña. Fortaleza que defendía a Monasterio Palcho, que tiene la estupa más importante de todo Tíbet y en cuyos bordes se libró una batalla entre Tibetanos e ingleses, que ganaron, para variar, estos últimos.

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(Las famosas velas ardientes sobre mantequilla de Yak)

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(Un Buda, que todavía no había aparecido por aquí. Saluden, sin miedo)

Shigatse no se quedaba rezagado en espectacularidad. La segunda ciudad más importante de Tíbet, hogar del Pachen Lama, la segunda figura religiosa después del Dalai Lama, también tenía en el monasterio de Tashilhunpo una parada obligatoria.

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Quizás estéis pensando en sendos templos, pero para medir las proporciones de los monasterios tibetanos habría que hacerlo comparándolos con pueblos. Son múltiples edificios, decenas de templos, calles, callejones, casas, escaleras, escuelas, residencias… el hogar de los monjes budistas tibetanos está hecho para perderse.

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El segundo día los paisajes no hacían sino mejorar. Aumentaban los montes y los picos mientras cruzábamos los 5100 metros de altura del paso de Gyatso-la y entrabamos en el parque nacional de Qomolangma. Qomolangma es el nombre tibetano que recibe el monte Everest. También tiene otro nombre, el nepalí, donde se le conoce como Sagarmatha. Cómo os podréis imaginar, este nombre data de antes de que un general inglés le diese por cambiarle el nombre haciendo referencia a Sir George Everest, un topógrafo de la India, por lo que el nombre de Everest siempre ha sigo ignorado (y con razón) tanto por tibetanos como por nepalíes.

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Sólo quedaban unos 50 kilómetros para llegar a lo alto de Pang-la, el último puerto de montaña desde donde se tiene la más magnífica de las visiones del Himalaya. Atravesábamos la nueva carretera, abierta hace menos de un año, que sube hasta la cima. Curiosamente aún se podía ver los restos de la carretera antigua, pero daba miedo sólo de verla. Si la nueva ya te había agarrarte con fuerza al asiento, la vieja debía ser sólo para adictos a la adrenalina con mucho mucho tiempo, porque las velocidades por ese camino lleno de baches, piedras, agujeros y el ancho justo de un coche, debían rozar las caracolescas.

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(Aquí la carretera nueva. Todo un lujo)

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Llegamos a la cima y se nos encogió el alma. Cómo queriendo mantener el anonimato de los picos, una fina hilera de nubes los tapaba pudorosamente. Ni más arriba ni más abajo. En el momento justo. Se nos negaba la visión de las cimas del mundo y lo peor es que no tenía intención de mejorar. Los cúmulos de agua condensada crecían por momentos.

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Al llegar al campamento base se cumplieron los peores presagios. El Everest se hallaba oculto tras una cortina de nubes. Y las noticias no eran nada halagüeñas. Había grupos que se habían pasado un par de días en el campamento base y se habían marchado sin verlo.

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Cómo soy un pésimo narrador de historias y la impaciencia me pudo, ya sabéis que al final, después de pasar el día por allí, el cielo se abrió y pudimos empequeñecernos viendo el punto más alto del Everest, pero estuvimos a la espera durante horas, habiendo abandonado ya la esperanza. Durante ese tiempo, sin nada que hacer, estuve devorando “7 años en el Tíbet”, donde el protagonista relataba cómo al llegar al Tíbet hace ahora 50 años, los tibetanos recriminaban a los protagonistas alemanes que nunca llegarían a nada en Asia pues carecían de paciencia. No me lo podían decir más claro.

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(Takuya y un servidor implorando por que desaparecieran las nubes)

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(Sí, parece un montaje con photoshop, ¡pero os juro que es verídico!)

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El campamento base es bastante peculiar. Bueno, no sería correcto llamarlo campamento base pues ya no existe. Se desmanteló el año pasado cuando un grupo de estudiantes (dicen que americanos) colocó allí una bandera tibetana. Las autoridades chinas que en lo referente al tema del Tíbet no tienen mucho sentido del humor dijeron que para risas las suyas y trasladaron el campamento base cuatro kilómetros más alejados de la base del Everest, en Rong Chung. Una decisión, desde mi punto de vista bastante cutre.

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(Lo que queda del antiguo campamento base)

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(El nuevo complejo hotelero)

El nuevo campamento base, que recordaré con gran cariño por su entrañable olor a leña ardiendo, es un conglomerado de enormes tiendas que se autodenominan hoteles. Allí llegan los grupos para acomodarse dentro, junto con el propietario, que hace las veces de botones, hostelero, cocinero y lo que se tercie, al mismo tiempo que agasaja al recién llegado con té, té y más té de mantequilla de yak. Estos vasos de té son infinitos, como un agujero sin fondo, porqué el anfitrión a modo de respeto, rellena los vasos a cada trago.

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(Nuestro entrañable hotel manager)

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(La magnífica y única suite. Compartida, claro.)

Por lo demás no hay mucho que hacer allí, a parte de admirar (o imaginar) el enclave que puede que nunca llegue. Se puede ir al campamento base original, pero desde allí sólo se pueden observar los restos de lo que una vez fue. Parece ser que todavía se puede utilizar si uno va en una expedición organizada. El precio asciende a 100 dólares por noche, lo cual no es mucho si se compara con los 500 dólares de la segunda estación base o los 1000 dólares de la tercera estación base. Parece ser que eso incluiría a los sherpas y demás, pero no me hagan mucho caso, que no estoy seguro de la veracidad de semejante información.

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(El Everest iluminado por la luna)

Es un error pensar, como pensaba yo, que la magnificencia de la Carretara de la Amistad dependería de poder ver o no el Everest. Todo ella es espectacular. Especialmente el último trayecto, que une Tingri con la frontera Nepalí. Es una montaña rusa tanto de carretera como de emociones. Para mí, la parte más impresionante del viaje, donde una vez pasados los 4950 metros del paso de Tong-la entre los 7367 metros del Monte Labchi y los 8012 metros del Shishapangma, comienza la bajada hasta Zhangmu, la frontera.

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Con ella, comienzan los cambios de paisajes y el desierto de las alturas se va convirtiendo ante tus ojos es un vergel. Una bajada de más de 2500 metros, por una carretera aún por terminar, no apta no sólo para los sufridores de vértigo, sino tampoco para los cardiacos. Desprendimientos, corrimientos de tierra, lluvias torrenciales por un lado, el más arisco de los precipicios al otro. Uno momentos cargados de congoja. Lo que viene a ser pasar auténtico miedo, para entendernos.

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Lamentablemente, el viaje también me había valido para encontrarme con la cara más oscura del Tíbet. Perdí mi móvil en el campamento base y el tibetano que lo encontró antes que yo, sólo accedió a dármelo de vuelta a cambio de dinero, tras arduas negociaciones de mi guía y mi creciente indignación. En general los niños sólo se acercaban para pedir dinero, algunos incluso llegan a montar barricadas con piedras en la carretera, para atosigar a los viajeros mientras despejaban el camino. ¿Varios ejemplos de que el dinero acaba corrompiendo todo? No puedes dejar de pensar hasta que punto tú, como extraño, viajero y turista, una “hucha con patas” acabas siendo parte del problema.

Pequeñas manchas, que no ensuciaron el fantástico recuerdo de ese país. Atrás quedaban los Himalayas, las alturas de la meseta tibetana, el misticismo, las amables gentes de rasgos orientales y piel tostada que siempre me dedicaron sonrisas, sus trajes, sus sombreros de vaqueros, sus amuletos, los peregrinos recorriendo pacientemente las koras, el Gran Palacio de Potala por encima de Lhasa, las aguas azules en las alturas…

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Pasaba de Zhangmu, en Tíbet, a Kodari en Nepal. Y creedme, nada de lo que había leído, oído o imaginado me valía para abarcar lo que allí sucedía.

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Lo mirase como lo mirase, no estaba preparado para Nepal.

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Más fotos, pasando por lo más alto, aquí.

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El sabor de los sueños cumplidos

El 29 de Mayo de 1953, el neozelandés Edmund Hillary y el serpa Tenzing Norgay, ponían por primera vez el pie en el punto más próximo al cielo que se puede alcanzar desde la tierra, demostrando una vez más que los límites están para romperlos.

A día de hoy más de 3000 personas, siguiendo sus pasos, ya han hecho lo imposible posible.

Hillary, Norgay. Gracias.

Everest

Monte Everest, 8.848 m.

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Día 43: Desde el techo del Mundo

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Los 130 metros que llevaban a la cima del Gran Palacio de Potala se estaban volviendo interminables. Era una cuestión física. No entraba suficiente aire en los pulmones y a pesar de que la adaptación a los 3650 metros de altura de Lhasa se había saldado con un leve dolor de cabeza, lo cierto es que cada esfuerzo físico, como subir los peldaños de las más pequeñas escaleras me dejaba sin aliento y el corazón latiendo a toda velocidad.

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Lhasa me encantó desde el primer momento. Desde que empecé a pasear por su barrio antiguo, por Barkhor, siguiendo a los múltiples peregrinos que andan dando vueltas en sentido horario por Nangkhor, la kora que rodea al templo de Jokhang. Paseaba tranquilo, sin prisa, deteniéndome en las caras de los tibetanos, que se giraban para saludarme. Algunos simplemente sonreían, otros me decían algún “hello” y en general todos se sorpendían agradecidos cuando les respondía con un “Tashi dele”, un hola en tibetano.

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Fue el primer impacto en quizás el sitio más religioso donde haya estado en mi vida. La gente llega a Lhasa en masa peregrinando. La mayor parte son granjeros o ganaderos de las partes más lejanas de Tíbet, deseosos de visitar los templos, cargados de amuletos, rezando todo el camino, murmurando y cantando, mientras otros se pasan horas y horas arrodillándose, tumbándose, levantándose y vuelta a empezar.

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Entra en el templo de Jokhang, el más importante de los templos budistas de Tíbet, es retroceder siglos. En sus angostos pasadizos de techos no muy elevados, iluminados por las luces de la velas, que arden sobre aceites, grasas o mantequilla de Yak, se apelotonan los peregrinos en filas, pasando por sus múltiples capillas, dejando dinero sobre los dioses. Sus miles de dioses. Con sus miles de formas. Los murmullos de las oraciones son constantes, Sonidos graves que inundan el ambiente, además viciado con inciensos.

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Es uno de los puntos más importantes de está ciudad, cargada de misticismo. Sus edificios no son muy altos, sus calles están llenas de mercados, puestos de comida y mucha mucha gente, todos ellos vigilados por el Gran Palacio de Potala. La que debería ser la residencia desde donde el ahora exiliado Dalai Lama debería regir a los tibetanos, se alza 130 sobre una colina por encima de la ciudad. Simplemente, no puedes dejar de mirarlo.

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Antaño Lhasa albergaba muchísima actividad de monjes budistas tibetanos, pero aunque sus túnicas rojas siguen siendo un reclamo visual, lo cierto es que están diezmados. Algunos monasterios que contaban con alrededor de 10.000 integrantes hace un siglo ahora se cuentan por pocos cientos. Los que he tenido la suerte de encontrar hacen honor a su fama de afables. Algunos incluso se acercan a darte la mano. Que curioso es ser especial por ser completamente distinto.

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Han sido tres días fantásticos paseando por una ciudad de otro tiempo. El principal problema de Lhasa y de Tíbet por extensión ahora mismo son las rígidas condiciones de entrada impuestas por el Gobierno chino. Podría haberme pasado fácilmente una semana en Lhasa visitando templos, monasterios y haciendo fotos de la gente, pero sólo he dispuesto de tres días porque todo tiene que ser en forma de tour. Ahora podría quedarme más tiempo en Lhasa, pero no puedo visitar nada, porque necesito a un guía (parte de un tour) conmigo. Tampoco puedo salir fuera de Lhasa a ver lagos, ni montañas. También está todo controlado. Sin tour no había nada que hacer.

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(La fuerza de los rayos del sol, unida a la baja presión en estas altitudes hace que hervir el agua en apenas un par de minutos, toma lección de física, Gutierrez)

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Eso me había llevado a un punto extraño. Sólo podía salir de Lhasa en avión o en un tour. El avión era demasiado caro y además me perdería atravesar el Himalaya por tierra. Pero para atravesarlos necesitaba un tour. Con las condiciones de entrada tan severas casi todos los tours estaban arreglados antes de entrar en Tíbet, así que no había posibilidad de engarrapataearme en ninguno. Necesitaba o costearme uno por mi cuenta (jarl!) o por el contrario encontrar a quién estuviera en mi misma situación. Atrapado. Ni para adelante, ni para atrás.

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Estaréis pensando que cómo es que puedo organizar un tour desde dentro de la misma Lhasa si todo debería estar arreglado de antemano. Pues, la respuesta sólo puede ser la más lógica. Teoría y práctica. Dos mundos que no tienen por que coincidir. Desde fuera de Tíbet, las agencias ponen mucho empeño en asegurar que es imposible y pasar por su aro de precios. Es imprescindible, porque son los únicos que te pueden tramitar el permiso para entrar en Tíbet. Pero una vez dentro y con el permiso en tu poder hay agencias para aburrir que no les importa con quién has llegado mientras te acojas a sus servicios.

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De igual manera, ha resultado otra de las pamplinas de las agencias el asegurar que los extranjeros sólo pueden hospedarse en hoteles de 3 estrellas o superiores. Hoy, terminado mi tour me he registrado sin problemas en un hostal de backpackers donde la cama me costará 20 yuanes (unos dos euros) en lugar de los 200 yuanes (20 euros) del hotel. Vamos, que si viajas con un grupo de amigos para no tener que buscar grupo, lo mejor es contratar el tour más barato que te dé el permiso, entrar en Tíbet y buscarte otro tour para el resto del país en la misma Lhasa, donde los precios son mucho más baratos.

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(¡¡A la rica mantequilla de Yak!!)

¿Y esto donde me deja a mí? Pues hasta hace unas horas me dejaba en punto muerto, viendo esfumarse entre los dedos mi sueño, pero cuando sólo quedaba esperar, se han juntado un japonés que quiere hacer la misma ruta que yo con una agencia que nos ha hecho un precio bastante bueno para ser sólo dos miembros, con la condición de que salgamos mañana a primera hora. Los permisos deben estar tramitándose ahora en menos de un día en otro ejemplo de descoordinación entre práctica y teoría.

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Por lo tanto, si todo va bien, mañana por la mañana debería estar rumbo a Nepal. A Katmandú. Cinco días de viaje y el Himalaya por cruzar, donde espero que esta vez el tiempo, en plena época de lluvias, no sea el que me prive de ver al Everest.

Cosas más difíciles hemos hecho, querido Sancho.

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(Filetaco de Yak y Lhasa Beer (628 ml. from the Roof of the World), por si había dudas en si me estoy cuidando o no)

Más fotos, faltas de oxígeno, aquí.

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Día 41: Dos mundos y un tren

Afortunadamente los asientos no eran de madera. Desafortunadamente dio igual. Viajar durante dos días sentado me valió para acabar con todas las articulaciones doloridas y prueba fehaciente de que se puede dormir en cualquier postura por muy inverosímil que parezca. De manera intermitente, eso sí.

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Viajar en “hard seat” tiene sus cosas positivas, no se vayan a creer, que aquí el que no se consuela es por que no quiere. El sitio es pequeño y la gente mucho más humilde. Y son precisamente, estos los que menos tienen, los que más dan. El tren rápidamente se convierte en una casa. Se empieza a acomodar el personal, zapatos fuera, empiezan a sacar comidas y bebidas encima de la mesa y ahí todo es todos. Cerveza para el extranjero de barba, que no habla chino y parece tímido. XiéXie. Que majo. Mira habla algo de Chino. Otra cerveza. Ale. Y algo de comer, que está muy flaco. Venga. Otra cerveza. Una buena manera de coger el sueño en posiciones incómodas.

Lo más sorprendente de todo es que hay gente que viaja… sin asiento reservado. Es decir, de pie. Sí. Han leído bien. De pie. Pero no pasa nada, allí la gente se va turnando, uno se levanta a echar un cigarro, otro coge el sitio, se queda dormido, el que vuelve del cigarro se sienta en otro sitio o se sienta con otros cuatro en un asiento para tres mientras echan unas cartas. Otro se tumba en el suelo. Otro pone el móvil a todo trapo con los grandes éxitos del pop y hiphop chino del momento y empieza a cantar al modo de karaoke. Otros te intentan emborrachar a base de vino de arroz. Vamos, un circo donde la gente se portó fantásticamente conmigo.

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Me desperté con entre gritos de júbilo. Abrí los ojos legañosos y dolorosos, faltos de sueño en la mañana del segundo día, cuando aún quedaban más de 12 horas para llegar a Lhasa y el sol ya se asomaba sin miedo por los cielos, pero ya aparecían las primeras montañas nevadas que habrían de acompañar en el último tramo del trayecto.

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El Quinhai-Tíbet tren que une los 1956 kilómetros entre Goldmun con Lhasa, inaugurado en 2006 es una joya de la ingeniería moderna. Los números hablan por si solos: el 86% de la línea está por encima de los 4000 metros, tiene el túnel más largo del mundo y también el más alto, 160 kilómetros de puentes y pasos elevados. El suelo por el que circula se pasa la mayor parte del año congelado y cuando no lo está es de un embarrado que podría peligrar y hundir la estructura, así que las vías llevan unas tuberías que mantiene el suelo congelado. Los vagones del tren van inyectando aire para ir compensando las diferencias de oxigeno según aumenta la altitud y su punto más alto está a 5068 metros. Que también tiene su aquel que esa sea la altura más baja por la que poder acceder a Tíbet.

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(A 4500 metros de nada…)

Pero dejando a un lado la brillantez tecnológica del tren, este lleva otros conflictos asociados. El principal es el impacto cultural. Este tren transporta diariamente 2500 viajeros desde China a Tíbet. El porcentaje de turistas es ridículo comparado con la cantidad de Chinos que están entrando en la región. La mayoría se quedan, alentados por la política china que ofrece unos impuestos bajísimos y no son tan estrictos con las restricciones de hijos. Es lo que se considera la nueva invasión China, está vez pacífica, pero con efectos devastadores para la cultura Tibetana. El gobierno chino insiste en que apenas un 13% de la población es china. La poca fiabilidad de los números del gobierno chino juegan en su contra. Se calcula que ya casi un 50% de la población tibetana es China. Los tibetanos pasarán a ser en breve minoría dentro de su propio país (si se puede llamar así). Es lo que se denomina un genocidio cultural.

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Las barrabasadas que tuvieron lugar con el gobierno de Mao Zedong en Tíbet, son innumerables. Amparado en considerar la religión como “el opio del pueblo” y bajo el nombre de Revolución Cultural se destruyeron templos, monasterios, monumentos, se consideró al Dalai Lama (ya en el exilio) como un parásito y un traidor, y mientras tanto murieron más de un millón de tibetanos, otros cien mil fueron a parar a campos de trabajos, se usaban los manuscritos de papel higiénico y se deforestaba el país. 30 años que dejaron a Tíbet menos Tíbet que nunca.

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Tras la muerte de Mao, el nuevo gobierno chino asumió que se habían excedido y se volvió a permitir la practica de la religión sin ser una actividad de riesgo. Hoy en día, el gobierno chino que según ellos tanto esfuerzo está poniendo en modernizar Tíbet tacha de desagradecidos a los tibetanos. Con todo lo que están haciendo por ellos. Sin ir más lejos el susodicho tren costó la nada desdeñable cantidad de 4.000 millones de dólares. Resulta irónico que está cantidad sea mayor que la que han invertido en colegios y hospitales en los últimos cincuenta años y no queda sino preguntarse si el hecho de que Tíbet tenga más de la mitad de las reservas de Litio del mundo, como grandes cantidades de oro, zinc, cromo, plata, uranio y otra enorme lista de materiales tendrá algo que ver. Lo mismo es que uno es mal pensando.

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De cualquier manera, esto no impide que los tibetanos sean un ejemplo de amabilidad, que te saludan por las calles, siempre con una sonrisa, siempre tan místicos, tan religiosos, generando una tranquilidad inusitada. Son simplemente encantadores.

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El Dalai Lama dijo “Vé a Tíbet y visita muchos lugares, tantos como puedas, y después cuéntalo al mundo”.

Eso intento, pero no lo están poniendo nada fácil, su Santidad.

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(Llegadito a Lhasa…)

Alguna fotilla más atravesando paisajes, aquí.

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Día 37: El largo camino a Lhasa

Are you talkin' to me?

(Are you talkin’ to me?)

“Noodles está retenido por la policía” nos dijeron. “Con los tickets y el dinero.” Estupendo. “Pero no os preocupéis que va el jefe para allí ahora a sacarle y a recuperar lo que es vuestro”…

Sí. Claro.

Encandenando una serie de castatróficas desdichas todo parecía complicarse por momentos. Entrar en Tibet se estaba tornando en una misión imposible. Pero nada ensombrecía nuestro ánimo. Así que nos limitamos a reírnos. Especialmente un Irlandés que ya acumulaba tres días de retraso.

Welcome to Asia, bienvenidos a la burocracia (y especialmente la China) donde todo puede ser taaaan lento. Os pongo en antecedentes. En Marzo de este año, 2009, ni uno antes, ni uno después, se celebraba el 50 aniversario del exilio del Dalai Lama de Tibet. Ya el año pasado por las mismas fechas se produjo las más violenta de las protestas anti-china en Tibet y todo apuntaba a iguales o incluso mayores protestas este año. Así que el gobierno Chino, hizo lo que mejor sabe hacer. Tapar. Poner una cortina ante los ojos del mundo. Echar a todos los extranjeros fuera de Tibet y asegurarse de que pasara lo que pasara todo quedara en casa, bajo sus capas de desinformación. Me recordaba al lamentable ejercicio de mentiras de las que el mismo gobierno chino hacía gala cuando la antorcha Olímpica hacía su recorrido por Europa, plagada de accidentes, abucheos, llegando incluso a apagarla en Francia. “Aqui no pasa nada. Todo marcha estupendamente” se podía leer en la web china de las olimpiadas. Pues algo parecido. A estas alturas no voy a ser yo quien descubra nada nuevo.

Sea como fuera, en Abril de este año Tibet se reabrió a turistas, pero con un recrudecimiento de todas las condiciones. Había que olvidar todo lo que había leido con anterioridad. Estaba en terreno desconocido. Por eso debía esperar a llegar a China y enterarme de primera mano que se podía y que no se podía hacer.

Y la situación se puede resumir en lo siguiente: “Sólo se puede acceder al Tibet como parte de un tour”. O lo que es lo mismo, viajar independientemente es ilegal y siempre hay que estar acompañado por un guía.

Incluir un tour, lógicamente incrementaba mi precio estimado. Especialmente porque las nuevas normas indican que los extranjeros no pueden alojarse en hoteles inferiores a 3 estrellas. Vamos. Todo un sacacuartos. El mensaje es claro: el que quiera entrar que se rasque el bolsillo.

¿Cuanto de cierto hay en esto? Pues parece que bastante, aunque nadie parece tener muy claro donde están los límites. ¿Si hago un tour por Lhasa podría quedarme otro día más por mi cuenta? Pues ahora te digo que si, ahora te digo que no. Ahora necesitas un guía para tí, ahora no, pero de cualquier manera tienes que quedarte en un hotel de 3 estrellas.

Como los tours tienen una serie de gastos obligatorios, reducen el coste si el número de participantes aumenta. Una vez que tienes el número de gente se puede incluso diseñar el tour a tu gusto. Me encontraba de nuevo en la misma tesitura que en el desierto del Gobi, sólo que ahora tenía mucha menos gente interesada en hacer un tour e iba a ser harto difícil encontrar a quién quisiera hacer lo mismo que yo.

Mi plan ideal sería, visitar Lhasa y seguir hacia Nepal por tierra, estación base mediante, pero no parecía que nadie más estuviera interesado en hacer esto. Así que si algo me ha enseñado la ingeniería es a optar por soluciones de compromiso. De momento nos hemos juntado cuatro personas para hacer un tour por Lhasa y Nam-Tso. Después será el momento de ponerse manos a la obra e intentar encontrar otro grupo de gente con destino Nepal donde haya un sitio libre para mí. Debería ser más fácil una vez en Lhasa aunque eso me puede obligar a tener que esperar un par de días en esa ciudad a la espera de un grupo. ¿Será la espera legal? ¿Será ilegal? Parece que legal, aunque nadie apostaría nada por asegurarlo. De cualquier manera lo peor que podría ocurrir sería no encontrar a nadie y entonces debería volar a Nepal. Esperaré a entrar y una vez dentro reevaluar la situación con mejor información de primera mano.

Vale. Tenemos el tour. Tenemos un plan. Ahora. ¿Cómo entramos? Pues hay dos opciones, o tren o avión. El avión se descartó rapidamente porque se me disparaba el presupuesto pero es que además el tren implica (eso dicen) unos paisajes fantásticos mientras se va perdiendo en las alturas. Sería en tren.

¿Implicaba esto nuevos problemas? Por supuesto. Los billetes para segunda y tercera clase (con camas) no se pueden comprar con más de cinco días de antelación, y cuando salen a la venta, los billetes vuelan. No por gente que los vaya usar. Reventa. Reventa totalmente ilegal con incremento de precio. Reventa que es la que los hostales usan para intentar conseguir los billetes a los viajeros. Reventa que acabó con Noodles, uno de los trabajadores del hostal dando explicaciones en comisaría durante cinco horas.

Yo por mi parte, para reducir costes ya había optado por cuarta clase. Con las gallinas. 48 horas en un asiento de madera. Y sí, incluye dos noches en el mismo asiento de madera. La experiencia promete. Al menos tendré mi hotel de 3 estrellas esperándome para lamer mis huesos (aunque ya me estoy imaginando yo las tres estrellas). ¿Quién dijo miedo?

¿Como me afectan a mi la reventa de billetes? Pues que si no hay billetes para el resto de integrantes del tour, el tour tiene menos gente y sube de precio. Esto es como la bolsa, va subiendo y bajando según entra o sale la gente, o según se quedan retrasados los que querían llegar pero cuyo persmiso o billete no llegó a tiempo. El mismo irlandés por ejemplo, que esperaba su permiso pero no llegó porque el que lo traía tuvo un accidente de coche.

Total, que entre estas tramas pseudpoliciales de cine de Chuck Norris, he pasado mis días en Pekín. No puedo negar que hay cierta emoción en el ambiente por saber si al final llegaremos a Lhasa o que más puede suceder. Pero a día de hoy, tengo en mi poder el billete, el permiso y en unas horas cogeré el tren. Lhasa lo veré seguro.

Pero sigo soñando con el Everest.

Gobi by Sarah 04

PD. Está ultima foto, conmigo en plena duna, es cortesía de Sarah, parte de la compañía del Gobi, que ha tenido el detalle de mandarme junto con estas otras. ¡No se las pierdan!

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