Ay, los farolillos, las luces, los olores. Atravesar uno de los múltiples portones de la inmensa Chinatown te hace cambiar de sitio, y eso que aquí el menda lerenda no ha estado en China (todavía) pero se respira un aire diferente. Lógicamente se saben como atracción turística tanto para los extranjeros como para los locales, pero el barrio chino está inundado de colores.
Los tenderos te llaman, te intentan parar por la calle, quieren que pruebes lo que tienen, ya sean castañas (si, como las de mi abuelo), o tés, o que sientas curiosidad por comerte un Nikuman. El Nikuman, es un peloten de pasta cereálica en cuyo interior se encuentra generalmente algo de cerdo cocido tiene a pesar de la simpleza de la receta diferentes colores (WTF!!), aunque la mayoría suelen ser blancos y por lo general se mantienen calentitos al vapor en unos barreños de madera. Estan muy ricos y llenan una barbaridad.
Pero no sólo de gastronomía vive el hombre (muy a mi pesar) ni esta, la Chinatown más grande de Asia (obviando lógicamente a China), si no que además se pueden encontrar multiples puestos de souvenires y las típicas tiendas “de Chinos” (o al menos asi se las conoce en Madrid) en las que te puedes encontrar todo tipo de cachibaches. Lo que se puede encontrar son una jartá de pandas. El osito nacional chino aparece por todas partes. De peluche mayoritariamente, eso sí, pero hay de todo. Desde calcetines, hasta bolis, hasta camisetas… Panda attack!
Otro de esos sitios que hay que patear, perderse en sus calles, curiosear entre las especias, intentar no comer mucho para poder probar de todo!!!
jejeje!!!
Es un lugar extraño, pero de alguna manera encaja en la zona del puerto de Yokohama llena de edificios extravagantes mirando a la bahía. El puerto internacional de Yokohama, el Osanbashi Pier, obra de un arquitecto español, Alejandro Zaera, es toda una experiencia.
Parece que no haya una sola línea recta en él, pero aunque las hay (atentos a la vista desde el cielo) uno se deja atrapar por sus curvas a lo largo y ancho mientras sus 34 mil metros cuadrados se adentran en el mar.
Fue este, o al menos su versión antigua, el primer puerto de Yokohama, allá por el 1889. En 1987 comenzó su remodelación que hasta que se terminó en 2002. El resultado es un moderno puerto por el que pasan 53000 pasajeros al año (no me parece una cifra demasiado alta para un año, pero en términos de viajeros en barco deben ser bastantes). Pero además de viajeros, el lugar es tan agradable que hace las veces de parque al aire libre para ver atardecer y tener una vista privilegiada al sol tras Minato Mirai.
La verdad una gozada de lugar, abierto a todo el mundo. Yo que nunca he vivido en ciudad con mar, es algo que estoy disfrutando muchísimo. Y eso que las olas de la bahía son bastante tranquilitas, como si fuera una piscina, pero el contraste de los grandes e iluminados rascacielos, con los reflejos en la superficie del agua es para quedarse hipnotizado.
Así que aprovecharemos mientras las noches se disfrutan con una chaquetilla ligera en contra de los insoportables calores húmedos del día, para refrescarse con la brisa y el olor a sal marina. Y si es de noche, mucho mejor.
Su última idea, fue llevarme a cenar a un español (por qué? POR QUÉ?), con la idea de hacerme sentir como en casa. El Bodegón (Bodejón según lo pronuncian ellos). Andaba el hombre tan ilusionado que no quise comentar las desagradables experencias de las últimas veces que he osado profanar el nombre de comida española en el extranjero, así que dado que somos de tropezar más de una vez con la misma piedra, acepté. Quiso la suerte esta vez aliarse conmigo e hizo enfermar al dueño del Bodejón (nada grave, no os penséis) por lo que cuando quisimos llegar el local se hallaba cerrado. Kondo San, acompañado de Kato San y un tercer acompañante amigo de ambos y de cuyo nombre no puedo acordarme (juraría que era Tibe), tuvieron que idear un plan B.
No tardaron mucho en encontrar un lugar que habría de saciar nuestro hambriento apetito. Uno de esos lugares pequeños, pero lleno de autóctonos, donde no sabes que tipo de comida vas a encontrar hasta que entras. “Japanese Barbecue, Korean Style” me decía Kondo San. A saber que quiere decir eso.
Independientemente del origen del invento, nos sentamos en una pequeña mesa del curioso lugar (atentos a la decoración), donde nos pusieron un cubo de metal lleno de ascuas sobre las que resposaba una pequeña rejilla. Mis anfitriones se centraron en el menú y empezaron a pedir comida (cosa que yo seré incapaz de repetir), mientras me iban enseñando la parte del cuerpo del cerdo, la vaca o lo que fuera que ibamos a comer: que si este trozo de la espalda, que si este otro trozo del costado, que si tripas, lengua. Venga esa comida buena, quién dijo miedo. Nama Biru o kudasai. Que aliviemos la espera con cerveza.
Empezaron a llegar platos y más platos de la carne cruda y empezamos a barbacoar cada uno lo que estimó conveniente fuera o no para sí mismo y a untar cada uno en su respectiva salsa tal y como me era indicado para acto seguido dar buen cuenta de ello. No sé lo que comí, todo sea dicho, pero estaba buenísimo. La defensa podrá alegar la influencia del alcohol o del ambiente tan campechano pero no hice ascos a nada.
Por cierto, para terminar, no perderse la siguiente foto. Puede que os llame la atención un atleta negro en sus paredes.
Si. Efestivamente. Ben Johnson comió aquí. Lugar con solera.
Minato Mirai 21, es una de las partes más emblemáticas de Yokohama y como tal ya salió retratado según llegue aquí. “El Puerto Futuro 21″ como se podría traducir, es bastante nuevo, pues empezó a construirse en 1983 sobre tierra artificial robando espacio al mar. 700.000 metros cuadrados de nada. Si es que estos japos, se ponen a echar tierra y se le pasan las horas muertas. A día de hoy, todavía queda más de la mitad para futuros usos, pero la parte que han construido resalta, desde kilómetros y kilómetros de distancia.
Así que coged la chaquetilla que lo mismo refresca un poco y que disfrutéis de este anochecer virtual!