Archive for March, 2010

Be the banana: El video

Porque una imagen vale más que mil palabras y un video vale más que mil imágenes (o al menos tantas como 24 por segundo) aquí tras unos cuantos problemas técnicos (ya solucionados) tienen lo que viví y cómo lo viví más o menos… para quienes no padezcan de vértigo, claro.

No hace falta, a menos que así lo deseen, verme hacer el moñas en toda su extensión. Basta que avanzar hasta el 7:15… Y si esperan al final podrán ver un muy digno culizaje contra el suelo. :)

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El tío Matt desde Singapur… y desde Indonesia!

Si que se acumulan cosas en el buzón. Entre publicidad de supermercados, facturas y anuncios de venta de pisos… ¡¡dos postales del tío Matt!! Una desde Singapur con una panorámica descargable que no debe caber ni en la pantalla y otra desde Indonesia, llena de selva, mar, rituales extraños y tradiciones ancestrales!!!

¡¡¡No se las pierdan!!!

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Día 307: El costoso esfuerzo de atravesar Mordor

(No me culpen, vivir en una furgoneta sin electricidad, no hace que las cosas sean fáciles cuando tienes que escribir y procesar fotos, pero si obvian las burdas excusas este post debería haber llegado un 22 de Marzo de 2010. Aviso que ha quedado un poco largo, así que tengan a bien prepararse algo de merendar)

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“¡Veo en vuestros ojos, el mismo miedo que encogería mi corazón!”

Sauron, como temía, no lo pensaba poner fácil. En cuanto supo de mis intenciones de cruzar en Mordor, hizo la oscuridad, lo cubrió de niebla y se regocijó en la cima del monte del Destino. Pensaba que eso me iba a detener. Lógicamente, estaba equivocado.

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(El Canario Milenario – de ala blanca – recorriendo Mordor)

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Había llegado al parque nacional de Tongariro el día anterior, midiéndolo con la mirada, bordeando el perfecto e imponente cono del Monte Ngauruhoe (Monte del Destino) y el macizo que contenía al Ruapehu. Desde la distancia era impresionante. La idea era atravesar sus áridos suelos volcánicos, creados a base de lavas y erupciones, en lo que se considera uno de los mejores trekkings de un día de Nueva Zelanda: El Tongariro Alpine Crossing.

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Aproveché la tarde de mi llegada para dar una vuelta por la zona y familiarizarme con el terreno. Subir a las estaciones de esquí, aún carentes de nieve, y ver de cerca el comienzo de las enormes, macizas y escarpadas montañas que le daban forma. Marrones y ocres, rocas, piedras y ni ún ápice de vegetación. Mordor estaba tan desolado como cabría esperar.

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Claro que todas estas pequeñas pesquisas fueron un error. Habían alertado al Señor Oscuro de mi presencia. Cuando llegué al parking de Mangatepopo, punto de inicio de los 18 kilómetros del recorrido, apenas había luz. En su lugar, una densísima capa de niebla cubría todo. Apenas se podía ver a un centenar de metros. Maldito tiempo. ¿Qué hacer? ¿Rendirme? ¿Volver otro día?

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(¿Estás realmente preparado para continuar el Tongariro Alpine Crossing? ¿Hace buen tiempo? ¡¡Pasopalabra!! ¿Tienes la ropa y equipo adecuado? ¡Calzoncillos limpios y cámara de fotos! ¿Estás en forma suficiente? ¡La duda, aunque razonable, ofende!)

Allí nadie, ni los abuelillos, se estaban dando la vuelta, así que no habría yo de ser menos. El orgullo machirulo. Siempre adelante, Saurones y nieblas a mí. Me cargué el macuto a la espalda y comencé la subida y lo cierto es que aunque iba a buen ritmo, no era nada disfrutable. La lluvia había hecho acto de presencia y no había ningún indicio que indicara que el tiempo iba a mejorar.

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(¿Por que se les habría ocurrido rodar Mordor aquí?)

Dudé. Pero entre las dudas llegaba a la base del Monte del Destino. Subirlo añadiría unas horas más a la cuenta del maltrecho trekking. Pero, ¿como negarse?. ¡Era el Monte del Destino. Si todo se torcía y no podía completarlo, al menos habría hecho cima en su mítica cumbre.

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La gente empezaba a retirarse. Vuelta a casa, grumete. El frío, la lluvia y la niebla hacían mella. Yo ya contaba que si el tiempo no mejoraba tampoco iba a perder el tiempo completándolo, pero al menos me quedaba la subida. Quién sabe, lo mismo en un centenar de metros, me encontraba por encima de las nubes. Sería, no cabía duda, una magnífica vista.

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En seguida comprendí por que la subida al Monte del Destino está catalogada como “very hard”. Sin camino y sobre arena y resbaladiza volcánica sólo quedaba agarrarse como buenamente se podía. Un paso adelante y medio atrás. Como caminar por una enorme duna, pero roja, negra y rocosa. Un paso adelante y de nuevo la montaña te empujaba medio hacia atrás. Los tendones se resentían, las piernas se cargaban. Un paso más. Otro. Otro. Medio hacia atrás.

Todo en mitad de la niebla. Zigzageando como buenamente se podía. Buscando rocas firmes donde agarrarse con las manos. Pequeños alivios donde coger aliento. Un paso. Otro. Medio atrás. Arrastra. Sube. Carga. Piedras desprendiéndose mientras de vez en cuando un pequeño claro entre las veloces nubes. Pequeños retales de cielo azul que apenas duraban unos instantes dando esperanza y sentido a la subida.

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Fue en vano. Llegamos a la cima donde sólo se podía ver… nada. Vientos gélidos de 50 kilómetros por hora que te hacían agarrarte con las uñas a las rocas, que sabiamente encontraban los recodos entre la ropa para helar la piel, lluvia que se clavaba y empapaba y una espesa niebla que sólo permitía intuir los metros más próximos. Hacer cumbre había sido lo más anticlimático que podría imaginarse. Sauron se lo estaba pasando en grande.

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(Desde la cima. Esta cara de pena no es tal, pero con la lluvia y el viento azotando, fue lo más próximo que tuve a una sonrisa. Las gafas ya hacía tiempo que me las había quitado, pues con la que estaba cayendo, habían dejado de ser útiles para ver. En cambio podrían utilizarse como cantimplora)

Comenzaba la bajada, que sólo podía tomar forma de línea recta, bajando como un rayo por una pendiente que se desmontaba según se pisaba. Pequeñas avalanchas acompañadas de sendos culetazos hasta que acabé bajando corriendo, resbalando sobre las piedras. La subida había durado cerca de las dos horas, la bajada menos de media.

Rodeado de niebla, llegué al punto más bajo de la falda de la montaña. Si caminaba un poco más debía encontrarme con el camino. Pero no sucedió. En cambio me encontré con un muro de piedra sin el menor rastro de huellas, ni de otros caminantes. Habiendo pasado todo el día en penumbras, no había ningún punto que me pudiera servir de referencia. El zigzag de subida sin lugar a dudas había sido de lo más asimétrico, así que la linea de bajada me había desviado de donde debería estar. La pregunta era tan obvia como díficil de responder. ¿Me había desviado hacia la izquierda o hacia la derecha?

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Era imposible saberlo. Pero tampoco podía quedarme esperando a que alguien me encontrara, quizás nadie pasaría por allí hoy y sin referencia visual no había mucho a lo que agarrarse. Momentáneos claros aparecían en el cielo. Solo se me ocurrió subirme de nuevo a lo alto de la montaña que tenía en frente para intentar que uno de esos claros me mostrara alguna pequeña parte del camino. Mis sentidos apostaban que me hallaba demasiado a la izquierda, así que tendría que girar hacia la derecha.

Subiendo la escarpada montaña rocosa me abordaron dos pensamientos. El primero era si finalmente acababa perdido sin encontrar el camino y conseguía algún punto de cobertura para contactar con los servicios de ayuda iba a ser las explicaciones que iba a dar a mi padre, montañero de toda la vida.

- Así que hijo, te has subido a una montaña que no conoces sin camino.
- …. esto… si…
- Y con niebla.
- …. mmmm …. ups…. si…
- (suspiro)
- pero…
- ¿pero?
- ¡Es que era el Monte del Destino!
- El monte del destino.
- Sí. El Monte del Destino. Sauron. Frodo. El anillo de único.
- …
- …
- (suspiro largo, profundo y rozando la desesperación)

El otro pensamiento, mucho más real y presa del creciente pánico iba dedicado a esas noticias de montañeros que desaparecen para aparecer despeñados y ciertamente, viendo por donde estaba subiendo, no iba muy desencaminado. No la caguemos ahora. No la caguemos.

Ninguna de las opciones resultaban de los más alentadoras, y quedarme allí perdido significaría pasar el día y la posible noche en un clima helado (que no tenía porque mejorar en los próximos días), así que ya podía ir encontrando el camino de vuelta y dejando que este lamentable episodio cayera en el más absoluto de los silencios.

Alcancé la cumbre para descubrir que el otro lado estaba claro, carente de nubes… pero no había nada reconocible allí. Ni un camino, ni una persona, nada. Absolutamente nada. Salvo unas, desde la distancia, diminutas torres de tendido eléctrico que se veían muy muy lejos.

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(Si, así a simple vista no se ve nada, pero al fondo muy al fondo, estaban las buenas de las torres de tendido eléctrico)

Si mi memoria no me fallaba (y eso que no estaba yo muy seguro de que estuviera funcionando adecuadamente), sólo podía identificarlas como parte de la carretera por la que había llegado rodeando el parque Nacional de Tongariro, porque era el único recorrido donde las había visto. Si eso era correcto, podía hacerme una idea de donde estaba y todo apuntaba que mis sentidos habían apuntado incorrectamente. Había descendido demasiado hacia la derecha.

Comencé el camino de retorno, vuelta a la niebla, subiendo y bajando colinas, esperando encontrar alguna indicación del camino. La rodilla, que tan bien se había portado durante estos meses de viaje, empezaba a aullar. Lo que nos faltaba. Al perro flaco todo se vuelven pulgas. Pero afortunadamente, estaba en buen camino. Entre la niebla apareció un palote, que llevaba a otro, que llevaba a otro, que llevaba al camino. Suspiré aliviado, me paré cinco minutos para descansar y emprendí el camino de regreso sabiéndome derrotado y con la rodilla avisándome que tendría noticias de su abogado.

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(La vista atrás y la masa de nubes que asolaba el camino)

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Pero muy lejos entre mis intenciones estaban las de rendirme. Mi intención era reintentarlo al día siguiente. Las fotos que había visto de la travesía eran demasiado bellas como para no vivirlas. Habría de darle una segunda oportunidad. Ahora sólo me quedaba centrarme en recuperar la rodilla para el día siguiente, así que utilicé el infalible método de irme al pueblo más cercano, buscar la hamburguesaca más grande que pudiera encontrar y acompañarla de una cerveza. Ríete tú del Dr del Corral.

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(Vive en el aguaaaa… frescaaaa y claaaaraaaaa)

Sorprendentemente, me despertaba con la rodilla como un melón. Mi método infalibe de recuperación no había funcionado. Malas artes de Saruman. Nada que no ensombrezca mi ánimo. Volvía de nuevo al inicio del camino… para volver a encontrarmelo en la más oscura de las nieblas. Bien está una vez y yo soy muy de repetir… pero reintentarlo era absurdo. 18 kilómetros sin ver nada no se merecían el esfuerzo. Hay que saber perder.

O bien, saber esperar. Me dirigí al puesto de información de la cercana población de Whakapapa con la intención de averiguar el tiempo de los próximos días. Parecería inteligente el haberlo hecho con anterioridad, pero pronto descubrí que tanto el hacerlo como el no, carecía por completo de sentido. El tiempo cambiaba más rápido de lo que los meteorólogos eran capaz de predecir aunque las previsiones prometían más desfiles de nubes.

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Decidí esperar un día más. Eso me retrasaba aún más tiempo y empezaba a temer que el tiempo en la isla Sur sería aún peor, así que no podía perder más tiempo en la Isla Norte. Así que compré via Internet el billete para el ferry que cruzaba ambas islas para dos días después. Eso quería decir, que si como preveía el tiempo se volvía horrible, podría viajar tranquilamente hasta Wellington para tomar el ferry. Si en cambio y contra pronóstico el tiempo se tornaba bueno, haría el trekking, los 18 kilómetros de la muerte y después me tocaría conducir como buenamente pudiera hasta Wellington. Sea como fuera, no podía retrasar más mi llegada al Sur.

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Desafiando toda lógica, el día amaneció sin una nube. El mismo conductor del autobus se rascaba la cabeza sorprendido. “Tengo las prediciones metereológicas de hace tan sólo tres horas… y dan como todo nublado. Esto no tiene ningún sentido”. Ah. Que viva la falta de lógica. Llega el momento de la revancha. Con la llegada del alba del tercer día, volvía a entrar en Mordor por segunda vez.

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Me atiborré de barritas energéticas y comencé a tirar millas como si no hubiera un mañana (el día que las discotecas descubran las barritas energéticas se va a montar gorda, ya veréis, ya). No debía, pero era inevitable. La emoción volvía a cernirse sobre mí. Las vistas desde el Monte del Destino debían ser fantásticas. ¿Como evitar la tentación? ¿Cómo convencerme de que el sufrimiento iba a merecer la pena? No había manera, iba a merecer la pena. Lo sabía.

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(Aquí una cuesta, aquí unos amigos)

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(Si, hay pequeños, ínfimos puntos que son personas… y ninguna eran ni Frodo ni Sam)

Vuelta a desviarme del camino, montaña arriba. Otra vez el trabajoso ritual de los dos pasos hacia adelante y otro hacia atrás. Arrastrar y subir. Siempre adelante. Las nubes amenazaban desde la distancia y no podía estar seguro de cuando tiempo tendría por delante, pero no pensaba darles tregua. Otro paso más. Otro. Otro. Vamos señor Frodo. Otro más. Resoplar, coger aire y vuelta a la carga. En menos de dos horas coronaba la cima. Y ahora sí, ahora podía disfrutar de la magnifica vista que se me había negado con anterioridad. Había merecido la pena.

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Recordé las palabras de Edmun Hillary. “No es la montaña a quien conquistamos. Es a nosotros mismos”. A 2287 metros de altura, sobre el cráter del Monte del Destino, el mundo era mío.

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Lo que quiere decir que fuera un mundo cómodo. El viento soplaba con la misma fuerza que le recordaba y el frío volvía a meterse entre las capas del cuerpo, así que muy bien, prueba superada, foto, una última mirada y de nuevo para abajo, que quedan unos cuantos kilómetros que completar.

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(La comunidad del Anillo… ¡¡¡son nueve y todo!!!)

El paisaje volcánico era tan desolador como bonito. Descendiendo por la cuesta pude reconocer facilmente con algo de vergüenza las partes por las que me había perdido en el intento anterior. Todo es tan fácil cuando puedes ver.

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(No se froten los ojos, es cierto, una grieta en la montaña que emocionaría al mismísimo Freud)

Cruzaba la infinita planicie ocre entre el volcán Tongariro y el Ngauruhoe (Monte del Destino), ascendía las cuestas que me llevaban al crater rojo, seguía subiendo para encontrarme en el descenso con los lagos esmeraldas, rezumando azufre, antes de llegar al enorme lago azul. Era todo tan irreal, tan fantástico, que sólo podía disfrutarlo.

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(Foto dedicada a la Choupa, que seguro que le trae buenos recuerdos)

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Comenzaba el descenso hacia Ketetahi, dejando atrás los picos que ya comenzaban a ser devorados por las nubes para perderme en el fondo del valle. Esta vez llegaste tarde Sauron. Lo había conseguido y ahora, antes de que los músculos se enfriaran y mi cuerpo cayera en el más profundo de los cansancios tenía unas cuantas horas de viaje hasta Wellington.

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¿Donde había dejado las barritas energéticas?

Para mis padres, que me enseñaron a amar y a respetar a la montaña.

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4 años

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Parece increíble. Lo sé. Mirar para atrás siempre tiene la satisfacción de saber el camino por el que viniste. Mirar hacia adelante sabe a desconocido, pero dándome la vuelta me doy cuenta de que justo hoy han pasado 4 años desde que me senté en un cibercafé londinense, harto de buscar piso para comenzar este blog.

En aquel entonces, nunca se me habría ocurrido pensar en lo que me iban a deparar estos cuatro años. Por aquel entonces era una cómoda manera de mantener el contacto, de acercar mi vida a los que dejaba atrás. Si me hubieran dicho que iba a vivir en Japón o que iba a estar viajando durante 10 meses, me habría dado la risa floja.

Es fantástico no saber que nos deparan los próximos caminos, lo que venga vendrá, y siempre que se pueda seguiremos aquí, contándolo, compartiendo fotos y encontrando nuevos amigos en el camino.

Gracias por estar ahí. Habéis sido una fantástica compañía a lo largo de estos años. Esto va por vosotros. ¡¡Olé!!

hunting stars

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Día 304: Be the banana

(Post cargado de aire con pocas nubes, sorprendentemente rápido pero que tardó en llegar. Cosa que tenía que haber hecho un 19 de Marzo de 2010)

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“Águilas. ¡¡Las Águilas han venido!!”

¿Cuanto dura un minuto? La respuesta parece obvia desde el momento en que es medible, así que cambiemos la pregunta ¿Cuanto sientes que dura un minuto? Aquí ya entramos la percepción de cada uno. Un minuto en un silencio incómodo puede ser interminable mientras que uno en plena diversión puede pasar en un suspiro. ¿Y cayendo al vacío? ¿Cuanto duraría un minuto?

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El lago Taupo aparecía en el horizonte como un mar. Nada de un pequeño mar, sino un océano en toda regla. Al fondo, tras la ingente masa de agua, asomaban los 2797 metros del Monte Ruapehu y el fácilmente reconocible cono volcánico del Monte Ngauruhoe, a quién muchos conoceréis por haber sido rebautizado como Mount Doom… o Monte del Destino. Es decir, al fondo quedaba Mordor.

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Pero ante mí, estaba el lago más grande de Nueva Zelanda. Una explosión de una caldera volcánica creó este lago de 193 kilómetros de perímetro. Una barbaridad. Creédme. Sin embargo, mi parada en Taupo me llevaba lejos de los preciosos azules de su agua. Me llevaba exactamente a cinco kilómetros. Por encima.

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Con alrederor de 30.000 saltos al año. Taupo se puede considerar la capital del mundo de Skydiving. Caída libre, para entendernos. Saltar de un avión en marcha y caer caer caer antes de abrir un paracaidas que te salve de acabar espachurrado contra el suelo. ¿Y que diablos hacía yo siquiera sopesando la idea de saltar al vacío? Yo me hacía la misma pregunta. Pocas cosas en la vida me podrían haber dado más miedo.

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Y sin embargo, sabía que tenía que hacerlo. Sería probablemente el único “capricho” en el país de los deportes de riesgo. Puestos a elegir uno ¿por que no el que me aterrara más? Siguiendo este razonamiento (carente de toda lógica), empecé a preguntar por la zona. ¿Y es seguro? ¿pero seguro? ¿Seguro que es seguro? Al final lo tenía claro, si lo repensaba un segundo más no lo haría. A por ello. Familia. Amigos. Os quiero. Os pondría en mi testamento si tuviera algo que testamentar.

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Sorprendentemente, no estaba petrificado por el miedo. O al menos esa impresión daba mi exterior. Creo que mi interior todavía no sabía que diablos hacía yo allí, junto al a pista de despegue.

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Malachie, mi tandem master (¿no esperaríais que lo fuera a hacer sólo, no?) sólo me sonreía mientras mientras me aseguraba que lo iba a pasar en grande. Me coloqué el mono, me ajustó los arneses y me invitó a que no me perdiera los veinte minutos de vuelo en el pequeño aeroplano. “Las vistas son magníficas”, aseguraba. Y debía ser cierto. El frío del día anterior había empujado las nubes contra el suelo y el cielo, azul e impoluto no podía ser mejor.

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Conocí instantes antes de saltar a Michelle, que se habría de encargar de registrar para la posteridad mi bien aguerrido o bien lamentable y cobarde actuación, mientras me sentaba dentro de la pequeña avioneta. Sólo dos filas, sin asientos, sobre las que sentarse a horcajadas, tandem master, víctima, cámara, tandem master, víctima, cámara…

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Con el despegue, se añadió un nudo al pecho mientras empezaban a sobrevolar bosques y el lago Taupo adquiría todo su esplendor. Ciertamente era tan precioso como cabría esperar. Mi turno sería el último, lo que en según que condiciones no se si sería bueno o malo, pero la suerte estaba echada.

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15.000 pies. 5 kilómetros. La compuerta de la avioneta se abrió dejando paso a una bocanada de aire ensordecedora. Hay si se me encogío el corazón. Hasta aquí hemos llegado Sancho. Abajo está el vacío. No mires. No mires. Pero miré. Instantes antes de que mi predecesora saltara… y desapareciera con la rapidez del rayo hacia abajo. Me tocaba. Michelle me sonrió. Malachie me cogió de la mano con fuerza y sólo pronunció una palabra: “Disfruta”.

Me senté con los pies colgando sobre un lado del avión. Y entonces volé.

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El cerebro se me paró. Se detuvo en el instante en que salté para sólo ver de refilón como la avioneta se alejaba. Cinco, diez segundos después, volvía a ser plenamente consciente de lo que estaba sucediendo. Y lo gocé.

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El rugido del aire acallaba cualquier sonido. Gritaba cargado de energía, empujado por la adrenalina. Gritaba con todas mis fuerzas. La fuerza del viento me empujaba y golpeaba en todo el cuerpo. Giraba y giraba. Abajo el mundo no se hacía más grande, parecía sorprendentemente mantener el mismo tamaño. Sólo quedaba disfrutar.

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Michelle, revoloteando alrededor se convirtió en mi punto de referencia. Con ella en frente, descendiendo al a misma velocidad no parecía en absoluto que estuvieramos cayendo. Después me comentaría que si hubiéramos pasado por alguna nube habría sido consciente de la velocidad a la que caía, como lo fui al llegar a los dos kilómetros sobre el suelo, momento en que sin yo darme cuenta Malachie abrió el paracaidas y Michelle desapareció de mi vista en ese par de segundos en que continuó cayendo.

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Apenas note el tirón del paracaídas si no fuera por que había perdido velocidad. ¿Ya? ¿Ya se acabó? Imposible. ¿Tan rápido? Todo parecía sorprendentemente silencioso en ese momento. Todo va bien. Todo ha salido bien. Lo hice. Lo logré. Quedaban unos 10 minutos de tranquila bajada.

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Me quité las gafas que me habían permitido ver durante la caída para recrearme con la vistas. Podía ver al Monte del Destino, ¡¡desde arriba!! Ja. Malachie me dejó el control del paracaidas. “Llévalo donde tu quieras” Me dijo “así giras hacia la izquierda, así hacia la derecha, así bajas más lento y así más rápido”. Y mis brazos adrenalíticos me movieron por el aire a mi antojo.

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Volvía a ser un pájaro.

Para mi hermano Santiago, ¡¡Va por tí!!

Actualización 30 de Marzo de 2010. Por si alguien se ha quedado con ganas de más y quiere ver el video, sólo tiene que pasarse por aquí.

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Día 302: En un agujero en el suelo… vivía un hobbit

(Para ser esto el primer mundo, estoy teniendo mucho más problemas de los esperados en conseguir conectarme a Internet, añadan a esto que este post se quedó algún tiempo más de la cuenta degustando pintas en El Dragón Verde que si no habría llegado a tiempo un tal 17 de Marzo de 2010)

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“Gandalf, mi viejo amigo, ¡esta será una noche para recordar!”

Aunque apenas quedara rastro de la Comarca, era innegable que estaba allí, perdida entre las suaves e infinitas colinas de Matamata. Algo cambió en esta pequeña localidad cuando los cines estrenaron “La Comunidad del Anillo” allá por el 2001 (cómo vuela el tiempo). En menos de 10 días, el pueblo ya se había renombrado como Hobbiton y la gente se pasaba por allí buscando si quedaban restos de hobbits por la zona.

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Qué quede algo en pie aún en día, fue cosa del azar. New Line Cinema, la productora de la película había acordado la destrucción de todos los decorados tras finalizar el rodaje de las películas. Así, los escenarios naturales volverían a ser tal y como eran y no quedaría ni rastro de que una vez allí hubo 200, 300 o 400 personas rodando películas.

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Sin embargo, cuando comenzaron las labores de “deconstrucción” de la Comarca, el mal tiempo obligó a parar el proceso. De los 37 agujeros hobbits originales sólo quedaban 17. Mientras tanto, se estrenó la película y con las visitas de hordas de frikis buscando el sitio, se olió el negocio. Se renegoció el contrato con la productora y se dejó lo que quedaba, reconvertido en atracción turística.

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Quién les iba a decir, que años después, en pleno proceso de la producción del Hobbit, volverían a necesitar de la Comarca. Y allí están de nuevo, las máquinas, haciendo nuevos y nuevos agujeros hobbits. Si en su momento Hobbiton fue el escenario más grande de la historia (obviando logicamente, panorámicas desde helicopteros), en el Hobbit, va a batir su propio record. Podemos esperar grandes cosas y una Comarca aún más espectacular. Muérome de ganas.

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(Tractores y unos nuevos agujeros en preproducción para El Hobbit)

Lo más interesante de visitar la Comarca es que… ¡¡es exactamente como en la película!! No hay trucos, lo que aparecía en pantalla es lo que se ve. El camino que sube a Bolsón cerrado, la zona de fiestas, el arbol bajo el que Bilbo dió su discurso. El escenario es fantástico, y no cabe duda de que atrapó a los productores y director de la película. Sin embargo, hay un ligero detalle mucho menos romántico que fue decisivo para que acabara siendo el elegido.

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(Yo… tengo asuntos que atender. Los he pospuesto ya demasiado. Lamento anunciar que ha llegado el final. Ahora me iré. Os dedico mi más sentida despedida… Adiós.)

Hobbiton está en mitad de la nada, en mitad de una propiedad privada donde sólo se puede acceder ahora en coche (gracias a que el ejército de Nueva Zelanda construyó una carretera) pero en aquel entonces, ni siquiera tenía tráfico aéreo por encima. Esta imagen idílica, valía además para preservar la imagen hasta el estreno de la película. No habría aviones que sobrevolaran la zona tomando fotos.

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Os puede llamar la atención, que los pequeños agujeros hobbits, estén un poco cochambrosos. Que lo están. Así como los caminos que suben directamente a la colina. ¿Donde queda la maravillosa piedra que adornaba las películas? El caso es que… nunca hubo piedra. Sólo era una ilusión hecha de Polietileno. Poliespan, vamos. Mucho más barato que la roca y mucho más manejable. Se pinta, se coloca y el efecto en cámara es el mismo.

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Salvo que tiene una pega. Es altamente tóxico para el entorno. Así que se tenía que destruir cada día para que no contaminara. Traigan “piedras”, coloquen “piedras”, rueden, desmonten “piedras”, llévenselas y destrúyanlas. Y así cada día. Ahora mismo, la verdad es que luce mucho menos. Pero nada que la imaginación no pueda salvar.

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(“¡¡Bolsóooon!! ¡¡La comarcaaaaa!!”)

El río tampoco existió nunca, en su lugar, había un pequeño lago, donde se colocó un puente (también completamente funcional diseñado por el Ejército) y un molino que funcionaba 24 horas al día a base de diesel (modernidades de la Tierra Media).

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En la parte posterior de las colinas se colocaban los trailers, las caravanas de los actores, los servicios de catering (que tenían que dar de comer tres veces al día a 400 personas) y una granja para los animales. Patos, ovejas, gansos, gallinas, cerdos… todos tuvieron su momentito de fama y trato de estrellas antes supongo de pasar a mejor vida en un puchero.

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Tuvieron que añadir varias cosas para conseguir el retrato fideligno de lo que Tolkien había escrito en sus páginas. Se incluyó un pequeño estanque entre los agujeros hobbits y necesitaban como fuera un roble que ocupara la parte superior de Bolsón Cerrado. El problema es que no había ningún roble en la zona.

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(El pequeño estanque en primer plano)

Encontraron uno a millas de distancia, pero traerlo como tal era imposible de transportar. Se despedazó, se numeró cada rama, se llevó a su destino y se volvió a reconstruir, como el enorme puzzle que era a base de alambres. Las hojas, artificiales traídas desde China, también se añadieron a mano. Y en total el árbol sale menos de 10 segundos en pantalla. Je.

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Poco queda hoy del roble. Ya estaba muerto de viejo cuando lo trajeron y ahora sólo quedan trozos. Trozos unidos unos con los otros por un grueso cable de acero, solución esta para disuadir a quienes quieran llevarse un trozo consigo (que los hubo) pues ahora habrán de acarrear con todo el árbol.

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(Los restos del roble)

Y siguiendo con las ilusiones del cine, sólo uno de los agujeros es realmente un agujero. Sólo Bolsón Cerrado tenía cabida para albergar a cámaras y equipo para la única toma que se ve desde dentro hacia fuera con la llegada de Gandalf. El resto de “falsos” agujeros sólo daban a el más denso de los suelos, a pesar de que las ventanas tenían luces y las puertas se podían abrir y cerrar.

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Para los que quieran vivir en el interior de la cómoda casita de Bilbo, mucho me temo que tendrán que apañarse con un escenario construido a muchos kilómetros de allí, en Wellington, aunque desconozco si sigue vivo.

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Ahora sólo queda esperar a que las nuevas plantas florezcan (cómo veis en muchas de las fotos se están plantando de nuevo árboles y arbustos, bien protegidos para que nadie los toque) para volver a disfrutar del mejor Hobbiton. Aún sin fecha de rodaje, aunque las malas lenguas del pueblo aseguraban que comenzarían sobre Junio. Hagan apuetas y recuerden que aunque el cine siempre es producto de la imaginación… en Matamata no hay que esforzarse mucho.

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Dos días de Peña, el libro

Después de mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucho mirar y remirar, mucho seleccionar, preparar, mirar imprentas, comparar precios y exigirnos la mejor calidad, por fin tenemos en nuestro poder la Primera Edición de “Dos días de Peña“.

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Este es el resultado del trabajo realizado entre Jaime Ponce y yo mismo, que nos hemos lanzado como autores y editores al mundo de las publicaciones, esta vez con la colaboración del Ayuntamiento de Puebla de Guzmán (Huelva).

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En total, 82 páginas con 75 fotos, las mejores y las más representativas en nuestra opinión de la Romería de la Santísimas Virgen de la Peña, que tuvo lugar el año pasado en Puebla de Guzmán, Huelva.

Puebla de Guzmán 44

¿Interesados? Pues no dudéis en poneros en contacto con nosotros. El libro sólo se puede solicitar por mail y tenéis toda la información en está página.

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¡¡Espero que lo disfrutéis!!

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