(No me culpen, vivir en una furgoneta sin electricidad, no hace que las cosas sean fáciles cuando tienes que escribir y procesar fotos, pero si obvian las burdas excusas este post debería haber llegado un 22 de Marzo de 2010. Aviso que ha quedado un poco largo, así que tengan a bien prepararse algo de merendar)

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«¡Veo en vuestros ojos, el mismo miedo que encogería mi corazón!»

Sauron, como temía, no lo pensaba poner fácil. En cuanto supo de mis intenciones de cruzar en Mordor, hizo la oscuridad, lo cubrió de niebla y se regocijó en la cima del monte del Destino. Pensaba que eso me iba a detener. Lógicamente, estaba equivocado.

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(El Canario Milenario – de ala blanca – recorriendo Mordor)

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Había llegado al parque nacional de Tongariro el día anterior, midiéndolo con la mirada, bordeando el perfecto e imponente cono del Monte Ngauruhoe (Monte del Destino) y el macizo que contenía al Ruapehu. Desde la distancia era impresionante. La idea era atravesar sus áridos suelos volcánicos, creados a base de lavas y erupciones, en lo que se considera uno de los mejores trekkings de un día de Nueva Zelanda: El Tongariro Alpine Crossing.

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Aproveché la tarde de mi llegada para dar una vuelta por la zona y familiarizarme con el terreno. Subir a las estaciones de esquí, aún carentes de nieve, y ver de cerca el comienzo de las enormes, macizas y escarpadas montañas que le daban forma. Marrones y ocres, rocas, piedras y ni ún ápice de vegetación. Mordor estaba tan desolado como cabría esperar.

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Claro que todas estas pequeñas pesquisas fueron un error. Habían alertado al Señor Oscuro de mi presencia. Cuando llegué al parking de Mangatepopo, punto de inicio de los 18 kilómetros del recorrido, apenas había luz. En su lugar, una densísima capa de niebla cubría todo. Apenas se podía ver a un centenar de metros. Maldito tiempo. ¿Qué hacer? ¿Rendirme? ¿Volver otro día?

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(¿Estás realmente preparado para continuar el Tongariro Alpine Crossing? ¿Hace buen tiempo? ¡¡Pasopalabra!! ¿Tienes la ropa y equipo adecuado? ¡Calzoncillos limpios y cámara de fotos! ¿Estás en forma suficiente? ¡La duda, aunque razonable, ofende!)

Allí nadie, ni los abuelillos, se estaban dando la vuelta, así que no habría yo de ser menos. El orgullo machirulo. Siempre adelante, Saurones y nieblas a mí. Me cargué el macuto a la espalda y comencé la subida y lo cierto es que aunque iba a buen ritmo, no era nada disfrutable. La lluvia había hecho acto de presencia y no había ningún indicio que indicara que el tiempo iba a mejorar.

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(¿Por que se les habría ocurrido rodar Mordor aquí?)

Dudé. Pero entre las dudas llegaba a la base del Monte del Destino. Subirlo añadiría unas horas más a la cuenta del maltrecho trekking. Pero, ¿como negarse?. ¡Era el Monte del Destino. Si todo se torcía y no podía completarlo, al menos habría hecho cima en su mítica cumbre.

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La gente empezaba a retirarse. Vuelta a casa, grumete. El frío, la lluvia y la niebla hacían mella. Yo ya contaba que si el tiempo no mejoraba tampoco iba a perder el tiempo completándolo, pero al menos me quedaba la subida. Quién sabe, lo mismo en un centenar de metros, me encontraba por encima de las nubes. Sería, no cabía duda, una magnífica vista.

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En seguida comprendí por que la subida al Monte del Destino está catalogada como “very hard”. Sin camino y sobre arena y resbaladiza volcánica sólo quedaba agarrarse como buenamente se podía. Un paso adelante y medio atrás. Como caminar por una enorme duna, pero roja, negra y rocosa. Un paso adelante y de nuevo la montaña te empujaba medio hacia atrás. Los tendones se resentían, las piernas se cargaban. Un paso más. Otro. Otro. Medio hacia atrás.

Todo en mitad de la niebla. Zigzageando como buenamente se podía. Buscando rocas firmes donde agarrarse con las manos. Pequeños alivios donde coger aliento. Un paso. Otro. Medio atrás. Arrastra. Sube. Carga. Piedras desprendiéndose mientras de vez en cuando un pequeño claro entre las veloces nubes. Pequeños retales de cielo azul que apenas duraban unos instantes dando esperanza y sentido a la subida.

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Fue en vano. Llegamos a la cima donde sólo se podía ver… nada. Vientos gélidos de 50 kilómetros por hora que te hacían agarrarte con las uñas a las rocas, que sabiamente encontraban los recodos entre la ropa para helar la piel, lluvia que se clavaba y empapaba y una espesa niebla que sólo permitía intuir los metros más próximos. Hacer cumbre había sido lo más anticlimático que podría imaginarse. Sauron se lo estaba pasando en grande.

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(Desde la cima. Esta cara de pena no es tal, pero con la lluvia y el viento azotando, fue lo más próximo que tuve a una sonrisa. Las gafas ya hacía tiempo que me las había quitado, pues con la que estaba cayendo, habían dejado de ser útiles para ver. En cambio podrían utilizarse como cantimplora)

Comenzaba la bajada, que sólo podía tomar forma de línea recta, bajando como un rayo por una pendiente que se desmontaba según se pisaba. Pequeñas avalanchas acompañadas de sendos culetazos hasta que acabé bajando corriendo, resbalando sobre las piedras. La subida había durado cerca de las dos horas, la bajada menos de media.

Rodeado de niebla, llegué al punto más bajo de la falda de la montaña. Si caminaba un poco más debía encontrarme con el camino. Pero no sucedió. En cambio me encontré con un muro de piedra sin el menor rastro de huellas, ni de otros caminantes. Habiendo pasado todo el día en penumbras, no había ningún punto que me pudiera servir de referencia. El zigzag de subida sin lugar a dudas había sido de lo más asimétrico, así que la linea de bajada me había desviado de donde debería estar. La pregunta era tan obvia como díficil de responder. ¿Me había desviado hacia la izquierda o hacia la derecha?

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Era imposible saberlo. Pero tampoco podía quedarme esperando a que alguien me encontrara, quizás nadie pasaría por allí hoy y sin referencia visual no había mucho a lo que agarrarse. Momentáneos claros aparecían en el cielo. Solo se me ocurrió subirme de nuevo a lo alto de la montaña que tenía en frente para intentar que uno de esos claros me mostrara alguna pequeña parte del camino. Mis sentidos apostaban que me hallaba demasiado a la izquierda, así que tendría que girar hacia la derecha.

Subiendo la escarpada montaña rocosa me abordaron dos pensamientos. El primero era si finalmente acababa perdido sin encontrar el camino y conseguía algún punto de cobertura para contactar con los servicios de ayuda iba a ser las explicaciones que iba a dar a mi padre, montañero de toda la vida.

– Así que hijo, te has subido a una montaña que no conoces sin camino.
– …. esto… si…
– Y con niebla.
– …. mmmm …. ups…. si…
– (suspiro)
– pero…
– ¿pero?
– ¡Es que era el Monte del Destino!
– El monte del destino.
– Sí. El Monte del Destino. Sauron. Frodo. El anillo de único.
– …
– …
– (suspiro largo, profundo y rozando la desesperación)

El otro pensamiento, mucho más real y presa del creciente pánico iba dedicado a esas noticias de montañeros que desaparecen para aparecer despeñados y ciertamente, viendo por donde estaba subiendo, no iba muy desencaminado. No la caguemos ahora. No la caguemos.

Ninguna de las opciones resultaban de los más alentadoras, y quedarme allí perdido significaría pasar el día y la posible noche en un clima helado (que no tenía porque mejorar en los próximos días), así que ya podía ir encontrando el camino de vuelta y dejando que este lamentable episodio cayera en el más absoluto de los silencios.

Alcancé la cumbre para descubrir que el otro lado estaba claro, carente de nubes… pero no había nada reconocible allí. Ni un camino, ni una persona, nada. Absolutamente nada. Salvo unas, desde la distancia, diminutas torres de tendido eléctrico que se veían muy muy lejos.

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(Si, así a simple vista no se ve nada, pero al fondo muy al fondo, estaban las buenas de las torres de tendido eléctrico)

Si mi memoria no me fallaba (y eso que no estaba yo muy seguro de que estuviera funcionando adecuadamente), sólo podía identificarlas como parte de la carretera por la que había llegado rodeando el parque Nacional de Tongariro, porque era el único recorrido donde las había visto. Si eso era correcto, podía hacerme una idea de donde estaba y todo apuntaba que mis sentidos habían apuntado incorrectamente. Había descendido demasiado hacia la derecha.

Comencé el camino de retorno, vuelta a la niebla, subiendo y bajando colinas, esperando encontrar alguna indicación del camino. La rodilla, que tan bien se había portado durante estos meses de viaje, empezaba a aullar. Lo que nos faltaba. Al perro flaco todo se vuelven pulgas. Pero afortunadamente, estaba en buen camino. Entre la niebla apareció un palote, que llevaba a otro, que llevaba a otro, que llevaba al camino. Suspiré aliviado, me paré cinco minutos para descansar y emprendí el camino de regreso sabiéndome derrotado y con la rodilla avisándome que tendría noticias de su abogado.

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(La vista atrás y la masa de nubes que asolaba el camino)

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Pero muy lejos entre mis intenciones estaban las de rendirme. Mi intención era reintentarlo al día siguiente. Las fotos que había visto de la travesía eran demasiado bellas como para no vivirlas. Habría de darle una segunda oportunidad. Ahora sólo me quedaba centrarme en recuperar la rodilla para el día siguiente, así que utilicé el infalible método de irme al pueblo más cercano, buscar la hamburguesaca más grande que pudiera encontrar y acompañarla de una cerveza. Ríete tú del Dr del Corral.

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(Vive en el aguaaaa… frescaaaa y claaaaraaaaa)

Sorprendentemente, me despertaba con la rodilla como un melón. Mi método infalibe de recuperación no había funcionado. Malas artes de Saruman. Nada que no ensombrezca mi ánimo. Volvía de nuevo al inicio del camino… para volver a encontrarmelo en la más oscura de las nieblas. Bien está una vez y yo soy muy de repetir… pero reintentarlo era absurdo. 18 kilómetros sin ver nada no se merecían el esfuerzo. Hay que saber perder.

O bien, saber esperar. Me dirigí al puesto de información de la cercana población de Whakapapa con la intención de averiguar el tiempo de los próximos días. Parecería inteligente el haberlo hecho con anterioridad, pero pronto descubrí que tanto el hacerlo como el no, carecía por completo de sentido. El tiempo cambiaba más rápido de lo que los meteorólogos eran capaz de predecir aunque las previsiones prometían más desfiles de nubes.

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Decidí esperar un día más. Eso me retrasaba aún más tiempo y empezaba a temer que el tiempo en la isla Sur sería aún peor, así que no podía perder más tiempo en la Isla Norte. Así que compré via Internet el billete para el ferry que cruzaba ambas islas para dos días después. Eso quería decir, que si como preveía el tiempo se volvía horrible, podría viajar tranquilamente hasta Wellington para tomar el ferry. Si en cambio y contra pronóstico el tiempo se tornaba bueno, haría el trekking, los 18 kilómetros de la muerte y después me tocaría conducir como buenamente pudiera hasta Wellington. Sea como fuera, no podía retrasar más mi llegada al Sur.

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Desafiando toda lógica, el día amaneció sin una nube. El mismo conductor del autobus se rascaba la cabeza sorprendido. “Tengo las prediciones metereológicas de hace tan sólo tres horas… y dan como todo nublado. Esto no tiene ningún sentido”. Ah. Que viva la falta de lógica. Llega el momento de la revancha. Con la llegada del alba del tercer día, volvía a entrar en Mordor por segunda vez.

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Me atiborré de barritas energéticas y comencé a tirar millas como si no hubiera un mañana (el día que las discotecas descubran las barritas energéticas se va a montar gorda, ya veréis, ya). No debía, pero era inevitable. La emoción volvía a cernirse sobre mí. Las vistas desde el Monte del Destino debían ser fantásticas. ¿Como evitar la tentación? ¿Cómo convencerme de que el sufrimiento iba a merecer la pena? No había manera, iba a merecer la pena. Lo sabía.

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(Aquí una cuesta, aquí unos amigos)

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(Si, hay pequeños, ínfimos puntos que son personas… y ninguna eran ni Frodo ni Sam)

Vuelta a desviarme del camino, montaña arriba. Otra vez el trabajoso ritual de los dos pasos hacia adelante y otro hacia atrás. Arrastrar y subir. Siempre adelante. Las nubes amenazaban desde la distancia y no podía estar seguro de cuando tiempo tendría por delante, pero no pensaba darles tregua. Otro paso más. Otro. Otro. Vamos señor Frodo. Otro más. Resoplar, coger aire y vuelta a la carga. En menos de dos horas coronaba la cima. Y ahora sí, ahora podía disfrutar de la magnifica vista que se me había negado con anterioridad. Había merecido la pena.

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Recordé las palabras de Edmun Hillary. “No es la montaña a quien conquistamos. Es a nosotros mismos”. A 2287 metros de altura, sobre el cráter del Monte del Destino, el mundo era mío.

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Lo que quiere decir que fuera un mundo cómodo. El viento soplaba con la misma fuerza que le recordaba y el frío volvía a meterse entre las capas del cuerpo, así que muy bien, prueba superada, foto, una última mirada y de nuevo para abajo, que quedan unos cuantos kilómetros que completar.

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(La comunidad del Anillo… ¡¡¡son nueve y todo!!!)

El paisaje volcánico era tan desolador como bonito. Descendiendo por la cuesta pude reconocer facilmente con algo de vergüenza las partes por las que me había perdido en el intento anterior. Todo es tan fácil cuando puedes ver.

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(No se froten los ojos, es cierto, una grieta en la montaña que emocionaría al mismísimo Freud)

Cruzaba la infinita planicie ocre entre el volcán Tongariro y el Ngauruhoe (Monte del Destino), ascendía las cuestas que me llevaban al crater rojo, seguía subiendo para encontrarme en el descenso con los lagos esmeraldas, rezumando azufre, antes de llegar al enorme lago azul. Era todo tan irreal, tan fantástico, que sólo podía disfrutarlo.

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(Foto dedicada a la Choupa, que seguro que le trae buenos recuerdos)

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Comenzaba el descenso hacia Ketetahi, dejando atrás los picos que ya comenzaban a ser devorados por las nubes para perderme en el fondo del valle. Esta vez llegaste tarde Sauron. Lo había conseguido y ahora, antes de que los músculos se enfriaran y mi cuerpo cayera en el más profundo de los cansancios tenía unas cuantas horas de viaje hasta Wellington.

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¿Donde había dejado las barritas energéticas?

Para mis padres, que me enseñaron a amar y a respetar a la montaña.