Nada de sutilezas. Dejémosnos de complacientes y educadas metáforas. Sao Paulo es un horror. Una ciudad insufrible, colapsada en casi todo momento, con un transporte público bastante deficiente y escaso, y donde la mayor parte de la gente asume sus dos horitas de atasco de ida y otras dos de vuelta para ir al trabajo cada día.
Quedan algunas zonas que intentan salir de la fealdad decadente que rodea todo, consiguiéndolo a medias. Mucho rascacielo moderno, oficinas de cristal, acompañadas con chiquitiendas y pequeños comercios, que la hacen impersonal pero medio decente, acompañado de otros, según la zona, en pleno proceso de descomposición, presas de la naturaleza, donde sobreviven muchos otros.
En pocos lugares puede haber un salto en la estructura tan social tan abrupto como en esta ciudad llena de millonarios y de indigentes a partes iguales. Mi primer paseo por una de las avenidas principales (sin cámara, presa del miedo), fue para ver concesionarios de coches de lujo, unos detrás de otros, intercalados con tiendas de “blinde su coche”. Una acertada carta de presentación de lo que pasa en San Paulo.
Algunos números desorbitantes para esta metrópolis de 12 millones de personas con un área metropolitana de 20 millones: Están a la cabeza en el número de helicópteros privados, también son los principales compradores de yates de lujo a nivel mundial, tienen casi 100 centros comerciales, 280 salas de cine, 120 teatros, 71 museos, se hacen 1 millón de pizzas al día y el estado de Sao Paulo concentra un tercio del PIB de todo el país.
La décima ciudad más rica del mundo y una de las más caras para vivir de todo el planeta, se ahoga en si misma. Si quieres hacer negocios en Brasil es muy probable que acabes en San Paulo, o si tu empresa hace negocios en Brasil es también muy probable que acabes en San Paulo, engrosando su interminable lista de atascos.
Ármate de paciencia, las distancias son demasiado grandes para poder recorrerlas a pie y la escasez de lineas de metro o tren la hacen terrible. Sus 74 kilómetros de metro (en comparación con los casi 300 de Madrid para una superficie mucho menor) son a todas luces pocos.
Así que todo el mundo al coche. Una industria en alza, ya que siguen vendiéndose más y más coches cada día. Un intento de solución vino al limitar los días que los coches pueden circular. Según el número de tu matrícula hay días que puedes circular y otros que no. ¿La solución? Comprarse otro coche con otra matrícula.
(WIN: ir en bici y encima tener lugares preparados para poner la hamaca. Si sobrevives, claro. Cada día mueren 30 motoristas en Sao Paulo)
Pero a pesar de todo es una época de bonanza para la ciudad y más y más trabajadores vienen de todas partes del país en un intento de ganar dinero. Sao Paulo sigue creciendo, y no ha oído hablar de crisis. Si esto es todo una burbuja es un debate que está en la calle, pero mientras siga creciendo, a seguir llenando las arcas.
En el extremo de la escalera está la pobreza más absoluta, acuciada y asolada por las drogas. Especialmente el crack. Darse una vuelta por su zona centro es en muchos puntos desolador. Hay zonas, bajo el sobrenombre de cracolandia, en las que hasta acercarse está totalmente desaconsejado. Allí, en tierra de nadie, están parte de los seiscientos mil adictos al crack que tiene el país. Una epidemia que asola Brasil y de la que no se ve salida a corto plazo.
Las historias de los adictos, a los que se conocen como zombis, son un collage de abusos, palizas, prostitución, abandonos y marginalidad que les arrastra más y más al extremo. Los que vagan por la zona centro, vigilados por decenas de puestos de policía, se han vuelto invisibles para el resto de los viandantes y mucha de la fama de peligrosidad de la ciudad se debe a ellos.
(Bebé mirando con ojos golosones a un durián)
Debo decir que en todo momento que estuve en Sao Paulo, no tuve nunca ningún problema, pero también que es el primer sitio en el que me movía con miedo. Puede que no fuera real, pero es un bombardeo constante, en las guías de viaje, entre la propia gente de la ciudad, que por ejemplo me desaconsejaron por unanimidad visitar el centro. Insisto, no tuve ningún problema, pero los primeros días salía sin nada, atemorizado.
También es cierto, que hay muchas zonas de lo más tranquilas, donde la gente vive tranquila y donde nadie le da mucha importancia a quién eres, por donde vas y si llevas la cámara al hombro o no. De hecho, debo añadir, que toda la gente con la que trate me correspondió amistosamente, muy agradables, muy bromistas y en muchos casos sorprendidos de que no fuera brasileño. Ya ven, paso por paulista perfectamente.
(Atentos al sistema de precios. Papelitos con una pinza, según avanza el día, los precios de la fruta van bajando. Se pasa de hojita y se acabó.)
Por que esa es otra, si pensaban que llegar a Brasil es adentrarse en un lugar plagado de gente de color, en San Paulo se pueden llevar una sorpresa en forma de gente rubia, de tez clara, con ascendencia claramente europea, pero que ya hace generaciones que se pasean por allí. De ahí seguramente salen esas mezclas tan explosivas de mulatas y mulatos con ojos claros que quitan la respiración.
(Pastel de carne, lo que viene siendo una empanadilla titánica y señor divirtiéndose a mi costa)
Ahora que ya he utilizado este post como terapia personal para quejarme de todo, no voy a caer en la desesperación. No todo es Mad Max en esta ciudad y los que la conocen más a fondo aseguran que tiene una vida nocturna envidiable además de una buena ristra de museos y vida cultural. El problema, creo, está en saber como moverte. Con todo tan disperso, es necesario a algún local que te sepa orientar en como vivirla.
Aún así y si alguno aún tiene ganas de pasar por allí a echar un vistazo o si le toca asistir a uno de sus innumerables congresos o ser parte del turismo corporativo, hay unas cuantas cosas interesantes que hacer, como ir a dar una vuelta por el sorprendentemente organizado Mercado Municipal, lleno de delicatessen y montones de pilas de frutas, a dejarse engatusar por los vendedores y sus pedacitos a probar o darse por ejemplo una vueltecita por su propio Hyde Park, bajo el nombre de Parque de Ibirapuera, un pulmón verde hogar de corredores, ciclistas, todo tipo de deportistas y paseantes.
También les aconsejo que sean un poco osados y con algo de cabeza den una vuelta durante el día por el casco histórico, que aunque tampoco es que quite el hipo, tendrán la oportunidad de tomarle el verdadero pulso más local a esta ciudad, encontrándose abarrotados mercados callejeros inundados de los gritos de los vendedores…
… o lo mismo a una hinchada del Santos inundando las calles como una horda con banderolas, o un mini desfile del orgullo gay pre carnavalino, o incluso ensayos de batucadas. Así que no se desanimen, pero si me permiten un consejo, háganse amigo de algún local y déjenle la responsabilidad de la diversión.
Seguro que le ayuda a encontrar los huecos más divertidos de la de otra manera dura San Paulo.







































































































































