Archive for April, 2012

Las tripas del Guggenheim

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Llovía incesantemente en Bilbao. La ciudad despertaba gris y fría a orillas del Nervión, algo bastante habitual en esas latitudes de la península, que no impide a los bilbainos hacer vida normal pero para nosotros, menos acostumbrados a ser regados, era el día perfecto para irse de museos. ¿Una apuesta segura en Bilbo? Indudablemente, el Guggenheim.

Este mastodonte curvilíneo de titanio junto a la Ría, puso la chincheta de Bilbao en el mapa mundial, abanderando la transformación de una ciudad que se desindustrializaba, recuperando toda la zona que antes había estado dedicada a fábricas y metalurgia. Esta transformación que comenzó hace a mediados de los 90 consiguió lavar la cara de la ciudad y ahora atrae a un montón de visitantes cada año.

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A Frank Gehry, el arquitecto del Guggenheim, hay que reconocerle mucha inteligencia a la hora de diseñar el edificio. Desde sus primeros garabatos ya tenía una idea muy clara de lo que quería conseguir, pero donde realmente brilló fue en la elección del titanio, como material principal en el edificio. Tuvo que cambiar sus planes iniciales de hacerlo en acero inoxidable, al entender que era incompatible con el gran porcentaje de días nublados de la ciudad.

El acero lucía poco bajo las nubes, pero en cambio el titanio, seguía desprendiendo colores en días oscuros. No fue esto un golpe de suerte, un eureka y lo tengo. Gehry estuvo más de un año haciendo pruebas con distintos materiales antes de decidirse. El único problema es que el titanio es bastante caro por lo que tuvo que usarlo en una aleación de cinc para reducir costes y además, las placas que recubren el edificio apenas tienen un tercio de milímetro de grosor, lo que además de ser un ahorro importante en el coste también permitía una mayor maleabilidad. Ideal para las formas de un edificio donde cada pieza está específicamente diseñada para el lugar que ocupa.

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Pero el probable que todo esto ya lo sepáis al igual que probablemente gran parte de las piezas de entro otros, Chillida, Tapies o Warhol. Un montón de obras de artistas modernos y muchas exposiciones que cambian permanentemente. Una visita de lo más culturizante. Pero ¿qué más puede aportarnos este museo? Pues desde hace un par de semanas una visita muy especial y original. El Guggenheim + (léase Guggenheim Plus).

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Un recorrido único a sus entrañas. Una oportunidad de ver como funciona se organiza un museo y la escala a la que se mueve todo. El inicio ya es de lo más original, no se entra por la puerta principal, si no por el muelle de carga, como si fueras una obra de arte más (que nadie duda que no lo seáis, eh?). Entonces comienzas a moverte por ascensores gigantescos y pasillos enormes. Las arterias del museo.

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Es entonces cuando uno se imagina como han llegado las obras a las salas y descubres todo el proceso, desde la burocracia para pedir permisos y autorizaciones, condiciones ambientales en las que se va a mantener la obra (temperatura, humedad, luz, etc), pasando por la propia instalación. Claro, no es lo mismo colgar un cuadro, que una escultura de 4 toneladas de una pared. Hay un trabajo de ingeniería civil detrás de todo esto. Paredes reforzadas, añadir columnas, cambiar paredes… cada exposición es un mundo.

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A veces incluso, las obras son tan grandes que no hay manera de meterlas en las salas ni siquiera a través de los ascensores industriales. ¿Solución? Pues se abre el museo. Se quita una de las paredes del edificio y se mete por ahí. Vamos, no me digáis que no se os había ocurrido, eh? Y luego te vas a por unos pintxos, un zurito, dos txacolis y te quedas tan ancho.

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Pero a parte de esto, hay muchas más cosas interesantes, como por ejemplo, visitar las salas de restauración, o atravesar la Ría por debajo, entre los intrincados pasillos de cables, luz y ventilación que mueven toda la energía, electricidad y aire del museo. Obras como la Niebla, que crea un centenar de chorros de agua pulverizada en las afueras del museo llevan toda una maquinaria por debajo que se puede admirar. Aumentan las dimensiones, no es sólo la visión del artista, es la de los ingenieros que la han podido llevar a cabo.

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Visitas al restaurante de alta cocina Nerua, o incluso a las salas donde se almacenan las obras que no se pueden exponer en ese momento, y como extra, subir a la azotea del museo. ¿No es mal plan, verdad?

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Ahora, les propongo un juego. Tras mi visita al museo y ver las exposiciones y sabiendo lo que nos contaron tengo dos dudas existenciales cuyas respuestas no me quedaron del todo claras, así que las dejo caer aquí, a ver como actuaríais vosotros.

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Caso 1: Un artista A, crea una obra que ocupa dos paredes de una sala del museo (Sala A). Otro artista B crea otra obra que por dimensiones solo se puede poner en la sala de encima de la primera obra, pero pesa tanto que hay que reforzar la estructura del museo y la única solución es colocar una columna en mitad de la sala A, con lo que la obra del artista A no se puede ver en todo su esplendor. Claro que el artista B es más importante. ¿Qué haríais? Es un mal menor? ¿Tiene o no importancia?

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Caso 2: Un artista C, crea una obra inmensa. Este artista genera espacios para que la gente interactue entre ellos. De hecho mucha de su obra anterior está al aire libre. El museo compra esta nueva obra y por lo tanto adquiere los derechos sobre ella. Al mismo tiempo el museo tiene una política de conservación por lo que la gente no puede interactuar con ella con la misma libertad que en si estuviera en un espacio público. Entre otras cosas, no puede tocarla. ¿Está por lo tanto el museo haciendo que la obra pierda parte de su valor? ¿Debería dejar que la gente la toque aunque eso acabe degradando la obra tal y como era la intención original del artista?

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Vamos, opinen opinen!!. Como ven salí del Guggenheim con muchas más cosas en la cabeza que solo arte. ¿Y saben qué? Me encanta esa sensación! De hecho, me fui habiendo aprendido un montón de cosas, que ni se me habían pasado por la cabeza. Algo más para hacer en Bilbao. :)

Más info: Guggenheim | Guggenheim +

(Bilbao, Abril 2012. Parte del Minubetrip por Euskadi)

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De pintxos y otros peines

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Josetxo estaba feliz, en su salsa, revoloteando y dando instrucciones en la cocina. Picaba las cebollas una tras otra en doble cincelado, sin mirar, mientras se marcaba alguna canción, un chiste, cortaba los pimientos a la jardinera, batía, mezclaba salsas y masas. Disfrutaba tanto, que era imposible no contagiarse y creer que uno (con sus obvias limitaciones) hacía historia en la alta cocina vasca a base de mimar hasta el más pequeño de los detalles que formaban esos fantásticos pintxos que enarbolan la bandera de la ciudad.

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Las comparaciones eran odiosas, siempre lo hemos sabido, y hasta un ciego podía adivinar, sin probarlo, que pintxos eran los que llevan la mano maestra de Josetxo y cuales eran los nuestros cargados de no pocas imperfecciones. Desde lo que no se tenían en pie, pimientos asados que se rompían, masas sosas, presentaciones poco elegantes. Pero no estaba nada mal. ¡Voto a Bríos, que nos los comimos todos!

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Costó, porque eran cantidades ingentes de comida (apenas una merendola, debía pensar Josetxo), pero acabamos con todo. Y no sólo eso, sino que a media que íbamos manchando el delantal, nos salían cada vez mejor. ¿Era eso cierto? ¿Era una ilusión? Bien podía serlo, porque el txacoli, no paraba de inundar nuestras venas.

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(El pintxo Gilda, un clásico básico de Donosti)

Allí, en el taller de pintxos de tenedor tours, las botellas de este característico vino blanco del país vasco no se acababan. Sería que mientras nos despistábamos, se descorchaban sin nosotros saberlo. Sería. Pero entraba como agua. Y mientras tanto, arriba esos pintxos. Espárragos cortados en finas tiras a la plancha, gambas rebozadas en harina y huevo antes de pasar por fideos y la freidora, unas cuantas gildas, croquetas, pimientos asados rellenos, anchoas fritas… ¡¡Que alguien nos detenga!!!

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El propio taller había comenzado unas horas antes, cuando habíamos ido a hacernos con los alimentos pertinentes al mercado de la Bretxa. Situado en pleno casco viejo, era bastante moderno en instalaciones, pero conservaba el encanto de antaño. Piezas del mar pescadas en la misma mañana, que si han llegado ya las anchoas, que no, que aún no han entrado, que si me quiero llevar rape, pero no se como prepararlo. No se preocupe usted, que ya le doy yo unas cuantas recetas. Conversaciones que ser cruzaban entre carnes, pescados, quesos, embutidos y conservas.

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No se vayan a pensar que nosotros somos muy duchos en productos de mercado (al menos yo no mucho, lamentablemente). No podía por tanto, caer la responsabilidad de la materia prima de los pintxos en nuestras espaldas. Nada más lejos de nuestra intención. Contábamos con la inestimable ayuda de Gabriella Ranielli. Gabriella llegó de Nueva York hace ya más de veinte años y disfruta de cada puesto del mercado. Conoce a todos y con cada pieza te puede hacer un montón de recetas. Quizás por eso, y por andar siempre sabiendo que se cuece en las cocinas vascas, ha sido nombrada como una de las 10 mejores guías gastronómicas del mundo. En resumidas cuentas, un lujazo.

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(Los cocinillas y los cocineros; Txema León, Zai Aragón, Joan Planas, Gabriella Ranielli y Josetxo Lizarreta)

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Fue sin duda una de las actividades estrella y más divertidas en San Sebastián. Si me preguntan, yo soy más de comer que de cocinar, pero tras pasar estas horas (casi cuatro), en la cocina con Josetxo, podía entender con más claridad, el amor que tienen los vascos por su cocina y como es la excusa sobre la que giran las sociedades. La gastronomía, uno de los pilares de la cultura vasca. Tanto, que a las tres horas de salir empachados de tanto pintxo, ya estábamos de nuevo en una sidrería (Astarbe en Astigarraga), dándonos al ritual del Txotx (que allí curiosamente se llamaba mojón) y su ya clásico menú de tortilla de bacalao, bacalao con pimientos, chuletón y queso con membrillo y nueces. Si no salimos rodando de Donosti, poco nos faltó.

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Pero el día había empezado mucho antes, viendo salir al sol sobre las esculturas de Chillida en el Peine de los Vientos, en una imagen inusual por lo tranquila. Quién conozca este punto en el extremo de Ondarreta, sabe que es famoso por que allí rompen las olas, generalmente gigantescas que llegan del Cantábrico. Sin embargo, nuestra madrugada, con la marea baja, dejó al descubierto las rocas tanto, que con un poco de cuidado y con algún que otro resbalón sin dramáticas consecuencias, pudimos bajar hasta pies del mar. Un día más tarde las olas, me comentó el amigo Gonzalo, rompían a 6 metros de altura. La importancia del momento justo.

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Sea como sea, por la mañana o por la tarde, la zona de La Concha y Ondarreta siempre dan buen juego fotográfico. Sólo con eso, las visitas a San Sebastián ya merecerían la pena. Pero es que hay tanto, que si el tiempo lo permite, es una gozada de ciudad. Lo confieso, me estoy volviendo un habitual. ¿La próxima? Cuando sea, pero seguro que pronto.

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(San Sebastián, Abril de 2012. Parte del Minubetrip por Euskadi)

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La Concha Photoshoot

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Me trajo la vida de vuelta a Donosti, apenas para un día de tres recorriendo las capitales de Euskadi en un minubetrip que ha sido de lo más divertido. Así que pasamos a la carrera por San Sebastián, Bilbao y Vitoria, con unas cuantas historias diferentes y de lo más curiosas para hacer en estas ciudades, que irán pasando por aquí en breve. Pero mientras eso llega, les dejo con el improvisado photoshoot que nos marcamos Joan Planas, Zai Aragon y un servidor en el atardecer con que nos recibió La Concha. Un atardecer nublado y que debería haber sido nada memorable y que acabó con una buena dosis de risas.

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Lo dicho, pongan un flash en su vida. :)

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Rio

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Ver todo Rio de una sola mirada era tarea harto complicada. Como lava cayendo de un volcán la ciudad se esparcía por los lomos de las montañas que formaban una gigantesca mano llena de dedos, y se acomodaban en sus huecos, hasta llegar al mar. Así todo quedaba separado, reducido a las parcelas delimitadas por los pétreos muros. Tanto que en muchas ocasiones la única manera de pasar de una a otra es a través de un túnel (y obviamente por mar).

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Allí se sucedían nombres míticos, de aquella época entre los años 20 y los 50, como Copacabana, destino predilecto de las estrellas de Hollywood y de los amigos de los casinos, las playas de Ipanema y Leblon, Flamengo, Lapa, Botafogo. Todo huele a añejo en la Cidade Maravilhosa.

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El ambiente era muy distinto del de las calles plagadas de San Paulo, mucho más relajado, claro que habíamos llegado en mitad del Carnaval y eso, por supuesto, ayudaba mucho. Así que sólo había buen rollo por las calles. Muchos me aconsejaban que llevar las cámaras por la calles era una insensatez, una locura, que en San Paulo robaban, pero en Rio te ponían una pistola. Vamos, los clásicos comentarios que te hacen ir a visitar un lugar con energía y que en mi caso cayeron en saco roto, como no podía ser de otra manera.

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Pero la locura había tomado la ciudad, que a sabiendas del reclamo publicitario que atrae el Carnaval, aumenta sus precios del alojamiento hasta diez veces más. Una locura. Ir al Carnaval implica un buen plan de ahorro, pues en muchos sitios, la reserva ha de ser mínimo por 7 días. 7 días a precio de oro. Ni el Corte Inglés. Por ejemplo, una cama en una dormitorio (habitación compartida) puede superar los 100 euros por noche, cuando normalmente no pasan de 10 o 15. Imagínense los hoteles a pie de playa.

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Incluso son muchos los que se retiran de la ciudad, para alquilar sus pisos a buen precio (buen precio para ellos, claro). Y aún así, Rio se llena. Todo está ocupado. Es el negocio a ritmo de Samba. Nosotros, conseguimos alojamiento en casa de un músico, en las laderas de Santa Teresa, que alquilaba el resto de habitaciones de su casa. No era lo más cómodo del mundo para moverse por la ciudad, aunque el barrio, probablemente de lo más colonial de Rio y con unas fantásticas vistas de la ciudad era tremendamente encantador.

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Los taxistas también hacen su Agosto particular. Para ellos no hay samba que valga. 7 días en los que se trabaja tantas horas como aguante el cuerpo y aún así no dan a basto. Preguntábamos si el número de taxistas incrementaba durante estos días, pero la respuesta oficial era que no. Y digo la respuesta oficial, porque también acabamos montando en coches particulares tras negociar un precio ante la imposibilidad de poder tomar encontrar un taxi libre o simplemente un taxi.

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Pero bueno, sabíamos que algo así iba a suceder. Así que era más o menos lo esperado. No era momento de quejas, si no de coger toalla, crema solar (si no quieres desintegrarte) y lanzarse a la playa, a tomar el sol, a darse a los cocos y a refrescarse y sudar la gota gorda a partes iguales.

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Lo más interesante del día de Carnaval sucede a lo largo del día, así que la mayoría se retira por la tarde noche o se dirige al Sambódromo y alrededores o Lapa y alrededores para seguir la fiesta nocturna, con lo que siempre hay ajetreo por las calles, pero por mucho que madrugues ya hay gente por las playas. A primer hora del día serán familias, a las que se irán uniendo poco a poco el resto de la concurrencia que había quemado la noche el día anterior. De la fiesta a la playa, de la playa a la fiesta, o la fiesta en la playa. Todo son opciones. Olvídense del Glamour, las calles se llenan de gente en bikini y bañador.

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Aún así, a pesar de las centenas de sombrillas que brotaban sobre las arenas de la playa, quedaba hueco para pasear por las arenas mojadas y pueden creerse que son un buen paseo. Ipanema, por ejemplo son dos kilómetros de playa, pero se unen sin apenas distinción junto con la de Arpoador y la de Leblon, con lo que al final tienes unos 4 kilómetros de playa. No está mal para la que llaman una de las playas más sexys del mundo. Tenía que serlo, porque por allí estaba paseando yo.

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¿Pero era eso cierto? Siendo totalmente sinceros, hay tanto de todo, como en casi cualquier otra parte del mundo. La época de semejante adjetivo ya pasó y aunque hay muchos motivos para ambos sexos de alegrarse la vista, lo cierto es que también hay muchos brasileños dejados de la mano de dios. Parece ser que en los últimos años, muy de bonanza para el país, el sobrepeso ha pasado a ser un problema que antes no existía. O sea, no se dejen engañar por la publicidad. Hay, insisto, de todo.

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Lo cuál no impide que la playa y la zona, llena de restaurantes, terrazas y decenas de puestos por la calles, sea un delicia. Gran parte de la culpa la tienen los dos picos omnipresentes de Morro dois Irmaos, que hacen a la playa tan reconocible en todo el mundo. También lo es por precisamente a sus espaldas es donde se pone el Sol, lo que hace de la playa de Ipanema y de su extremo más oriental con la Ponta de Arpoador, el lugar predilecto de decenas para ver el atardecer.

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Todo un ritual, sobre las rocas, para despedirse de esos días que enamoran. También, y esto puede ser percepción mía, creo que Ipanema era mucho más brasileña que Copacabana, que siguiendo la tradición de su renombre, albergaba la mayor parte de turistas extranjeros.

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Cosa fácilmente comprobable, pues por sus tres kilómetros de paseo marítimo se daban cita todo tipo de mimos, espectáculos callejeros y hasta los clásicos músicos peruanos de canciones andinas vestidos de indios norteaméricanos que invaden cualquier parte de las ciudades del mundo que tienen algo de turístico. También fue el único lugar en todo Rio donde se nos acercó gente a pedir unos pocos reais.

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En la lista de cosas por hacer, los musts de Rio, parece que están estás dos playas, y dos miradores naturales. Uno el del Cristo Redentor y otro en el Pan de Azúcar. El Cristo Redentor es sin lugar a dudas, el icono de la Ciudad. 38 metros de un Jesús de Nazaret de Granito mirando a la ciudad. Mil toneladas de hormigón armado a setecientos metros sobre el nivel del mar. Sabes que tienes un icono de una ciudad cuando empieza a aparecer en las películas de Hollywood como objetivo para los desastres naturales o las invasiones extraterrestres.

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También imita, y esta vez de manera real, a las producciones cinematográficas que tienen lugar en Paris, esas en las que siempre en cada toma, en cada ventana, aparece la torre Eiffel, sólo que aquí, es tremendamente cierto. Tras cada calle, desde casi cada punto de la ciudad, incluso desde alguna que otra ducha, se puede ver alzado a 709 metros de altura sobre el nivel del mar.

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38 metros es una barbaridad, pero una vez allí, me impresionó menos de los que esperaba. ¿Expectativas demasiado altas? Puede ser, pero aún así es bastante espectacular, arropado por el enclave, claro. Lo que me parecía impresionante era imaginarme la obra de ingeniería que tuvo que realizarse para su construcción. Estamos hablando de que tardó 10 años en terminarse desde 1921 hasta 1931 y que está situada sobre un cerro. Es precisamente esta, la altura donde está colocada lo que la hace para mí más especial. Especialmente de noche, cuando flota, iluminada, sobre la ciudad.

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Y claro, las vistas te dejan con la boca abierta. Y tal y como uno puede imaginarse es tremendamente turística. Así que tiene un precio de entrada excesivo y encima te apuran a la hora de cerrar (en plena hora mágica, si es queeeee), pero claro es una vez en la vida y no hay nada de arrepentimiento en haber subido hasta allí, aunque para mi, el punto que me pareció más espectacular fue el Pan de Azúcar.

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El Pan de Azúcar es un morro monolítico de granito de casi 400 metros de altura que se eleva directamente desde el borde del Mar. Pau-nh-acuqua, según los habitantes originales o asemejarse tremendamente a los Panes de Azúcar que se cocinaban durante el siglo XIX. Situado sobre la bahía de Botafogo (que créanme no merece la pena visitar), es el mejor mirador de la ciudad. Punto perfecto para ver el atardecer desde lo alto, donde además, tiene un bar restaurante estupendo para disfrutar las vistas con una cervecita.

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El mundo de los miradores de atardeceres siempre me divierte. La gente se apelotona, lucha sin piedad por su puesto como si fuera una guerra y en el momento en que el sol desaparece, en ese mismo instante en que la esfera roja desaparece tras el horizonte (o monte en este caso), huyen en estampida. Como fotógrafo lo mejor viene siempre después (y más con una ciudad a tus pies), pero si lo tuyo no es hacer clic clic, ver encenderse Rio es algo memorable.

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Y encima no hay prisa para bajar. Así que no lo duden. Disfruten. No hay mirador, restaurante o bar, con mejores vistas. No conozco tanto Rio como para jurarlo, pero si aceptaría una apuesta. Que mejor lugar para despedirse.

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Para Dani y Sara, acompañantes de excepción en esta ciudad. :)

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Días de Sidrería

Días de Sidrería - San Sebastián 05

Con la marea baja, la playa de la Concha y Ondarreta era inusualmente grande para mí, y sobre ella habían florecido más de una decena de campos de fútbol, con una buena ristra de benjamines y alevines con el gol en mente. Los próximos Xabis Alonsos, decía la concurrencia. En la playa se mezclaban a lo lejos, el ruido de las olas junto con los gritos de los jóvenes, amplificados con los de los padres, desgañitados para que nadie se pudiera quejar de falta de ánimos.

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Enfados e incluso lágrimas de los perdedores, quejas del arbitro enfrentadas a los momentos de júbilo de los ganadores, mientras mucha otra gente aprovechaba el nuevo espacio de arena dura y húmeda, para pasear, hacer algo de deporte y obviar las bajas temperaturas del cantábrico para darse un refrescante baño. Chaquetas y bañadores compartían imagen.

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Y en el cielo, ni una nube. ¿De veras estábamos en San Sebastián? Eso se nos aseguraba. No había muchos días de estos al año pero la ciudad estaba en la calle. Hacía un día memorable. Hasta la mar, que generalmente rompía con endiablada fuerza contra el Paseo Nuevo, estaba calmada, sin apenas olas. Bienvenidos a la piscina del Norte.

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No es que los bravos que se adentraban mar adentro no lo hubieran hecho con olas pero se había convertido más en un agradable paseo que en un ejercicio para forzar la máquina. A mi vera, el mítico Txema, me explicaba los entresijos de las regatas de traineras, las peleas y discusiones por evitar los carriles más cercanos a las rocas y como toda, absolutamente toda la playa, colinas y embarcaciones se llenan de genge y se reúnen en Septiembre para ver las regatas. Tomo nota. Debe ser para verlo.

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Pero no hacía falta esperarse a Septiembre para llevarse alguna sorpresa por las soleadas calles del Casco Viejo. A pies de la Catedral se alzaba un cocinero enarbolando un gigantesco tenedor con pose de lo más épica. Bueno todo lo épico que se puede estar con un tenedor gigante. What? What the fuck? ¿pero esto qué es? Y lo peor, es que no estaba solo. No. Le seguía una concurrencia de cocineros enfrentados a un grupo de soldados. Algo me había perdido yo. Me hallaba frente a una tamborrada. Breve por lo visto, y nada que ver con la que se monta el 20 de Enero. Otra nota para el Calendario.

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El día soleado era un extra, pero para nuestros planes, lo cierto es que no afectaban demasiado, pues consistían en doblarnos a chuletones y sidra aprovechando la época y lanzarnos a una de las sidrerías de la zona hasta salir rodando. No era mal plan y además, en la mejor compañía. En estos días en que vivimos a toda prisa y casi no tenemos tiempo para nada habíamos conseguido cuadrarnos unos cuantos para llegar de lo ancho y alto y vernos, que ya había ganas. Les dejo a ustedes elegir si la excusa era la sidra o verse.

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No era la primera vez que asistíamos a un evento similar. Como ven, nos quedamos cortos de razones para atiborrarnos. El proceso, para quién no lo sepa es el siguiente: Se llega a la sidrería elegida, en cuestión (en nuestro caso, la Sidrería Aburuza en Aduna), se procede a adentrase y recibir un vaso. Se pasa uno por los barriles de Sidra antes de sentarse. Se toman un par de tragos de Sidra y se sienta uno por eso de mantener las formas. Esto de mantener las formas solo dura un rato. Por si hubiera dudas.

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Se procede a hincar el diente a lo que pasa por la mesa. Llegado a este punto, hay que especificar que el menú se mantiene constante independientemente de que Sidrería se visite. Es siempre un clásico primer plato de tortilla de Bacalao, seguido de bacalao con pimientos para acabar con un mítico chuletón.

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Todo esto se acompaña de sidra, que se recarga al unísono al grito de “Txoootx!!”. Las reglas no escritas especifican que sea quién sea el que lo grita obliga al resto de los acompañantes a levantarse y acompañarlo para rellenar los vasos en la kupela que se elija. Se puede rellenar una, dos, n veces de vuelta a la mesa… según la sed de cada uno.

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Lo normal es que los platos que saquen sean aproximadamente uno para cada cuatro. Así hay una tortilla para cuatro, un plato de bacalao con pimientos para cuatro y un chuletón para cuatro. No en nuestro caso. Acabado el primer chuletón por grupo y dándonos cuenta de que estaba para rebañarlo, optamos por una segunda ronda carnívora. Acabada la cual, se votó y por unanimidad se aprobó llegar a una tercera. Vamos, casi a un chuletón por cabeza. ¿Quién dijo miedo? La ocasión lo merecía. Bueno, lo merecía porque no se me ocurre una sola excusa por la que no lo merezca.

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Después de esto y supuestamente para asentar lo comido, te traen un cestito de nueces y queso con membrillo, que acaba inevitablemente haciendo de capa superior en el estómago. Otra de tantas. Todo un goce para geólogos estomacales. He tenido días peores. Si. En serio.

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Los pasos posteriores, ya se los puede imaginar el respetable, pues aún quedaba mucha tarde por delante. Les dejo hacer apuestas sobre si cenamos o no… y mientras cavilan y asimilan lo terrible de esta última frase, les puedo asegurar que esta revisión de las sidrerías, no será la última. ¿Nos vemos el año que viene?

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(Algún día, hijo mío… esta kupela será toda tuya)

Por supuesto, para todos los que volvimos a reencontrarnos, muchas sidras después y por los nuevos con los que nos seguiremos encontrando dentro de otras muchas sidras y especialmente para Begoña y Jose María, por su fantástica hospitalidad. :)

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