Archive for November, 2012

El hayedo de Montejo

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“Muchos venís aquí por el Otoño, pero si a me dieran a elegir vendría en invierno, porque este hayedo a diferencia del de la Tejera Negra, tiene su mayor encanto en la arquitectura de los árboles” comenzó el guía. Y no el faltaba razón, porque muchos de los centenarios árboles del Hayedo se retorcían en su grosor en infinitas formas, siendo los troncos gran parte de su atractivo.

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Sin embargo a mi me seguía venciendo el Otoño, soy una de esas mentes maleables que solo necesita colorines para quedarse embobado, sin saber apreciar quizás como debiera el resto de valores de la ecuación. Lástima que el tiempo esta vez, a sólo unas horas de visitar el Hayedo de la Tejera Negra, había cambiado completamente. Ya no había rayos de sol que atravesaran las hojas, sino leve niebla y gotas de agua. No pensaba quejarme, eso le daba al Hayedo su toque más mágico.

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Eso concuerda con lo que cuenta la leyenda, que asegura que el bosque está habitado por duendes y hadas que se entretienen en engatusar a los visitatnes a base de caricias y cantos. Los pobres visitantes, claro, no pueden resistirse a su embrujo y acaban siguiéndoles a sus guaridas donde acaban convertidos en animales del bosque, haciendo del mismo un lugar aún más interesante y encantador para más viajeros que vendrán a visitarlo para que el círculo no se cierre y siempre esté habitado.

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No se podía negar su punto tétrico, pero con el tiempo de perros que hacía, los duendes no parecían demasiado interesados en salir a mojarse para embaucarnos, así que por allí solo paseábamos a la vista, el reducido grupo de visita y algún que otro local, lo que viene siendo su imagen normal, porque las visitas son limitadas cada día y dentro de un guiado y por allí sólo pueden circular a su libre albedrío los habitantes de Montejo de la Sierra, que son sus legítimos propietarios.

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Que exista a estas latitudes un hayedo no es nada normal, quedando reservado para geografías mucho más al norte, pero allí se aúnan unos cuantos factores que hacen posible su existencia como estar en una cara sombría de una montaña, y tener una orientación capaz de capatar las masas de aire húmedo que chocan contra las zonas montañosas de la Sierra, así que este pequeño bosque de apenas 222 hectáreas puede sobrevivir.

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Y si les echa para atrás el hecho de que la única manera sea guíada, no le den mayor importancia, no se puede tener toda la libertad que se quisiera, no dejan usar trípodes, pero es un rinconcito fascinante de agradecido paseo. Palabrita.

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El Hayedo de la Tejera Negra

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A diferencia de la afluencia masiva de visitantes en fin de semana, a primera hora de un lunes, sólo había un coche en el aparcamiento del Hayedo de la Tejera Negra cuando llegué. El madrugón había merecido la pena, comencé a caminar por el sendero escarchado con las primeras luces de la mañana en dirección al hayedo, lo iba a tener casi todo para mí y pensaba disfrutarlo hasta la última hoja.

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Siendo uno de los puntos más populares para disfrutar del Otoño en las proximidades de Madrid, son en estas semanas cuando el acceso es más riguroso y el número de coches que pueden llegar al parking más limitado, de hecho es obligatorio pedir permiso antes o si no, te tocará dejar el coche a unos 7 kilómetros antes de entrar en el Parque Natural, lo que añade un par de horas más de ida y otras tantas de vuelta.

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Ahora bien, entre semana aunque la teoría es la misma, la práctica demuestra que no hay quién controle el acceso y que la afluencia incluso en su pico álgido no llega a ocupar ni la mitad del parking final, cosa que no sabía pero que pude comprobar in situ, aunque yo, educado y respetuoso hasta la médula, tenía mi autorización en regla. No pensaba quedarme este año sin Otoño. Ni por asomo.

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Bocata y trípode eran todo lo que necesitaba, así que empecé el recorrido adentrándome en el ocre, tan solo interrumpido por una pareja de corzos que despistados se habían percatado de mi presencia demasiado tarde y que enmendaron su error en cuatro saltos que los pusieron fuera de mi curiosa mirada. Mientras tanto el paisaje, inicialmente de pinos iba dando paso a árboles de hoja caduca, que mudaban su color víctimas de la rendición de la clorofila.

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La misma que meses antes actúa dando ese color verde a las hojas. El proceso es tan simple como complicado. Las hojas, los “paneles solares” del árbol, transforman la luz solar en energía, “comida” para los árboles. Este famoso proceso, denominado fotosíntesis, utiliza la luz en una parte de la hoja llamada cloroblasto, para cambiar el dióxido de carbono y agua por óxigeno y glucosa.

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Dentro del cloroblasto está la clorofila, una biomolécula muy importante en el proceso que es la que permite absorber la energía de la luz y generar la fotosíntesis. Y además, como extra es la que le da el color verde a las hojas. Claro que no todo el año, la cantidad de luz que reciben las hojas es la misma y con la llegada del Otoño y los días más cortos, esta cantidad se va reduciendo poco a poco, la clorofila por lo tanto disminuye y con ella su color verde va desapareciendo, dejando paso a amarillos, naranjas, rojos, púrpuras y finalmente marrones.

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Todo esto no es más que una burda explicación científica, que si bien aclara el proceso, no justifica la fascinación que sentimos por esa nueva gama de colores. Y aún menos la obsesión, más allá de la fascinación que experimento yo, embriagado de colores, sombras y luces.

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Fue por eso que un recorrido que debía durar unas 3 horas, yo lo hice en casi 7, hasta que el sol se empezó a ocultar por la cima de los montes colindantes y falto de esos rayos de sol que atraviesan la frondosidad de las hojas semisecas, no me quedó más remedio que retirarme antes de que fuera la noche la que me alcanzara a mí.

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Llegué en un momento precioso al hayedo que aumenta de valor cuando sabes que de un día para otro puedes encontrarte con las hojas haciendo de alfombra tras haber desnudado a los árboles. Y enamorado me fui de allí, deseoso de encontrarme con este juego de colores el año que viene. Una cita a la que no debería faltar y si sucede por causas de fuerza mayor, que sean porque me encuentro en otro de esos pequeños rincones que también tienen su paleta de color entre amarillos, naranjas y rojos.

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Electric Nana

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He aquí las fotos de una sesión, un poco fortuita por mi parte, algo improvisada y con el único objetivo de pasárnoslo bien, que hicimos junto a Mauro y Jonan a la cantante Electric Nana, con la inestimable ayuda en el maquillaje y el estilismo de María Figueiras.

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Aunque nos confesó que las sesiones de fotos no eran donde se sentía más cómoda con la cantidad de tonterías que hicimos los tres creo que no le quedó más remedio que unirse y disfrutar de los flashes y ponerse enfrente de la cámara. Mientras Mauro y Jonan tiraban de ópticas luminosas o superluminosas, yo me lo planteé como un ejercicio de strobist y estuve practicando con el flash y un paraguas. De hecho todas las fotos (menos una) están hechas así. Eso si, para la próxima con más tiempo y con más planificación. ¿O quedará esto en una de esos propósitos similares a los de año nuevo? :)

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Más info de Electric Nana: Web | iTunes | Facebook

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Octubre, Madrid

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Hacía mucho, quizás demasiado, que no sacaba la cámara a pasear por las calles de Madrid. Entre idas y venidas, vueltas por otras partes, fotos allí y más allá, trenes, vuelos y otras excusas para hacer clic mañana en lugar de hoy. Esos momentos en los que necesitas que la excusa te la den otros, aún a sabiendas de que lo vas a disfrutar como un enano (si sales abrigado como una cebolla, claro). Sofa y manta, dejad de tentarme.

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Y sí, salir con la cámara por Octubre en Madrid, se disfruta y tiene buenas recompensas (siempre que las lluvias lo permitan), especialmente a la hora de intentar cazar el atardecer. Confesando publicamente que el Otoño es mi estación favorita, sobre cuando esa luz limpia, reflejada en los colores ocres de la época hace acto de presencia.

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Válgame este recordatorio para los próximos momentos vagos, que sabemos que vendrán, porque Madrid está lleno de rincones que bien merecen la pena el paseo, por mucho que con la caída del sol bajen las temperaturas y se congelen los deditos a la hora de hacer clic (mira que lo he intentado, pero soy incapaz de hacer una foto con guantes). Aprovechen como hice yo, para recorrer unos cuantos puntos y miradores que aún no conocía, por eso de sacar alguna cara nueva, no me entienda mal, amante, que me siguen gustando las de siempre pero no está de mal descubrir nuevos matices.

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Algunos conocidos por muchos, otros recién abiertos al público, pero la verdad es que me han dado excusas suficientes para echarse el trípode a la ya maltrecha espalda y olvidarse de todo. Unirse a los locos abrigados que se sientan a despedir los últimos rayos tíbios de sol y esperar a que esas últimas nubes que remolonean por los cielos no acaban nublando todo el cielo y dando unos cuantos atardeceres dignos de recordar.

Palacio de Cibeles 02

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Estos atardeceres y otros cuantos junto a sus localizaciones se pueden descargar como imprescindible gratuito dentro de la también gratuita guía de Madrid de Minube. Para eso, solo tienes que bajarte la guía de Madrid de Minube y encontrarás “Los mejores atardeceres de Madrid” dentro de la sección “Inspírame”. Una buena manera de descubrir no solo atardeceres sino un montón de rincones de Madrid recomendados por locales y viajeros.

Guía Minube Madrid: iOS | Android

Disclaimer: Colaboro habitualmente con Minube

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El resto de fotos: Galería de flickr

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Esto es Higüey, Brodel

(Recupero aquí, con más de un año de retraso, algunas de las cosas acontecidas mientras visitaba la República Dominicana, porque merecen ser contadas)

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Por primera vez frunció el ceño y se puso serio. Golpeó la mesa dejando la palma de la mano sobre ella. “Brodel, si quieres ver hemblas… yo te enseñare hemblas. Coge la botella de Ron, métela en la mochila y vamos”. Me di cuenta de que no había entendido mi intento de ironía en mi frase quizás nublada por la Presidente de medio litro y las dos botellas de Ron que llevábamos. Sería mediodía. Me dispuse a seguirle por las calles de Higüey.

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Higüey fue mi primer contacto con República Dominicana. Una ciudad que quizás no suene a casi nadie, pero que realmente es la ciudad más importante cerca de uno de los lugares más conocidos del País. Punta Cana. Paraíso de recreo vacacional, kilómetros de playas adjudicados a resorts de pulserita, hamaca, aguas cristalinas y tumbonas. Un lugar perfecto para desconectar. Teniendo todo ¿Quién quiere salir del resort? Son muchos los que no lo abandonan y los que lo hacen lo suelen hacer en alguna excursión del propio hotel. Como todo el mundo sabe, República Dominicana es muy peligroso.

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Pero yo tenía otros planes en mente. No es que me hubiera vuelto un temerario, ya saben que yo arriesgar lo justito, pero tenía el divertido encargo de hacer fotos no del resort, sino de la gente, de los propios dominicanos, de como viven. La directora del hotel no estaba contenta con la idea. Con el concepto.

- No puedes ir solo por ahí. No es seguro.
- Tal y como me lo pintaís más miedo me da a mi, pero me temo que no tengo otra opción.
- Bueno, pues vete sin cámara.
- No puedo, tengo que hacer fotos.
- ¿Y no tienes una compacta pequeña? ¿Algo que no se note?
- Realmente, no, pero además no tendría mucho sentido – añadí, aunque llegado este momento ya me empezaban a entrar los sudores fríos.

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Con tales ánimos, no es que estuviera ansioso por lanzarme a las calles del país, pero tenía tres días y tenía que aprovecharlos. Higüey, por su cercanía, parecía la opción ideal para entrar en contacto con la gente. Rehusé otra opción que no fuera moverse en guagua, los autobuses locales. Puestos a sacrificarnos, hagámoslo bien. Y me lancé a ese supuesto Mad Max apocalíptico que debían ser todo aquello fuera de las murallas del hotel.

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Pero a pesar de que la primera imagen de Higüey era un poco decrépita, no parecía que hubiera mucho de lo que preocuparse. Ni tampoco grandes reclamos turísticos, salvando una descomunal basílica, que tiene la imagen más venerada de todo el Caribe (o al menos así lo reclaman ellos) y cuya arquitectura difícilmente puede dejar a nadie indiferente.

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Visto esto, y sin mucho más sobre lo que basarme, usé un clásico comodín: Buscar el mercado local. Si quieres ver como vive la gente, vete al mercado. Olvídate de puestos de souvenires (que alguno había), vete donde se mezclan gente con comida, a los callejones de puestos de madera, donde se despedaza la carne en directo, con suelos donde se mezcla la sangre con el barro. Eso si que era una experiencia.

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No tardé en olvidarme del sugestionado miedo que llevaba para adentrándome entre los puestos del mercado donde encontré más sonrisas kilos de verduras. A nadie parecía importarle que hiciera fotos y muchos posaban agradecidos con verse en la pantalla e intercambiar unas cuantas frases con alguien de “la Madre Patria”.

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El mercado era, como debía serlo, un centro de bullicio y actividad frenética. Por su laberinto pasaban gentes y vehículos, motocicletas y camiones. De hecho, eran los motoristas los que ejercían las funciones de taxistas, esperando a que los compradores acabaran de comprar todo lo que necesitaban para llevarlos de vuelta a sus hogares cargados de bolsas.

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Esperé a que el mercado se empezara a morir, acabadas las últimas compras y cerrándose los puestos a eso de las once de la mañana, para seguir paseando, vagando sin rumbo por la ciudad. El calor empezaba a ser sofocante y llegaba el momento de buscar donde hidratarse. Las calles empezaban a inundarse de música atronadora. Da igual que fuera un bar, o una casa particular, o incluso un garaje abierto de par en par. Los altavoces apuntaban fuera, hacia los transeúntes, atacando sin piedad con ritmos de bachata, merengue y algún que otro reggaeton. Hasta donde supe, no se celebraba nada en especial, más allá de esa necesidad de llenar las calles con música, para que quién quisiera pudiera marcarse unos pasos de baile. Si no eran las casas eran los altavoces de los coches, pero la ciudad se iba convirtiendo en una pequeña discoteca de desproporcionadas dimensiones con infinitas pistas de baile.

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Me acerqué a un pequeño bar donde la música no reventara mis tímpanos y sediento pedí una President. “¿Pequeña o grande?” me preguntó el camarero con una sonrisa. “Grande” repliqué presa de la sed. Fue entonces cuando un grupo sentado en una mesa me miró con desaprobación. “La grande es una mala elección. Se calienta demasiado rápido. Es mejor ir de pequeña en pequeña”. Ah, la sabiduría local. “Pero aún así, lo mejor que puede ir tomando es Ron” añadió. “Siéntese con nosotros, brodel”.

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No esperaba esta calidez tan repentina, pero era imposible denegar la invitación, así que accedí, mientras casi todas las mesas de alrededor se entretenían en partidas de dominó. La charla animada, acabó haciéndome confesar que esta no era la imagen del inseguridad que me habían vendido del país. Me alegraba infinitamente de haber visto la otra cara, mientras ellos a medio camino entre la indignación y la tristeza me aseguraban que odiaban esa impresión que se vendía de ellos. Que si, había gente mala (como en todas partes), pero mucha más que entendía la vida sin molestar a nadie, riéndose y disfrutándola. Si podía ser con una botella de Ron, mejor.

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Allá en algún momento de la segunda botella de Ron (o quizás la tercera), insinué que debía seguir mi camino. No es que no estuviera a gusto, que lo estaba, pero mi tiempo en República Dominicana era muy limitado y necesitaba asegurarme buena cantidad de fotos antes de regresar. Así que tras un par de negaciones por su parte les respondí con un “no os lo toméis a mal, yo me quedaría gustosamente, pero si me quedo aquí, cuando vuelva y la gente vea las fotos me van a decir que si sólo hay hombres por aquí”. Sólo intentaba ser una frase con un poco de malicia, pero se la tomaron en serio.

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Así fue como acabé atravesando la ciudad con una botella de Brugal en la mochila, preguntándome si hacía bien en seguirles. Al fin y al cabo, no podía considerarles conocidos y había algo en mi cabeza que seguía con ese runrun de que estaba en terreno peligroso. Cruzamos, como si fuera un videoclip, un garaje de lavado de coches, lleno de cochazos y cuatro por cuatro, donde tanto ellos como ellas se dedicaban a lavarlos al ritmo de reggeaton, justo antes de empezar a subir unas escaleras metálicas antes de entrar en un edificio. Entonces lo ví claro, la había cagado. Ahí es donde iba a perder todo mi equipo fotográfico, sería robado, apaleado… Tantas advertencias para acabar entrando en la boca del lobo yo solo.

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La puerta metálica se abrió y en el interior apareció… una enorme discoteca. Si. En pleno mediodía, con las cortinas echadas, dejando entrever la luz de fuera y lleno de gente bailando. Si, también había, tal y como me habían asegurado, muchas chicas. No pude por menos que reírme, por la situación y mi desconfianza hacia ellos. Seguimos dándole al Brugal mientras ellos obedientes empezaban a acercarme chicas para que les hiciera fotos. Era un poco surrealista, sobre todo porque yo no sabía donde meterme avergonzado y porque según se iban, las explicaciones aclaraban que eran sus novias. Esta, la otra, y la otra, y la otra… Así que brindamos por ellas y seguimos bajando la botella de Ron.

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Os preguntaréis si con este arte torero, no me habría lanzado a bailar. Juro que lo intenté, pero tras ver las miradas de desaprobación de toda, toda, toda la concurrencia opté por dejar a los profesionales del ritmo hacerlo, mientras me limitaba a observar. El sobrenombre que llevamos asociados los españoles como “los de la cadera oxidada” no es gratuito. Di buena muestra de ello.

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Una vez pasado el tiempo que estimaron conveniente, se volvieron hacia mi con una única pregunta: “¿Ya tienes bastante? ¿podemos volvernos a ir a seguir bebiendo Ron y jugar al dominó?” Faltaría más. Nos batimos en retirada deshaciendo lo andado hasta las mesas iniciales, pero yo notaba un ronroneo estomacal que me indicaba que algo no iba bien. Ah, se llamaba hambre. Caí en la cuenta que desde el lejano desayuno no había dado alegría alguna al estómago.

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“Oigan, ¿Y no tenéis pensado comer?” Me miraron con condescendencia. Nunca te pongas entre un dominicano y su ron. Sonrieron e hicieron una llamada por teléfono. “Todo solucionado”. Esperé sin rechista. A los pocos minutos apareció la respuesta. Una moto apareció por la calle y en ella venía… la mujer de uno de ellos, cargada con una tartera llena de comida. Aluciné. Me saludó, dejó la tartera encima de la mesa y se fue tal y como había venido. Sin dejar de sonreir.

- ¿Y ahora? – pregunté – ¿cómo lo repartimos? ¿Voy a buscar platos?
- No, para nada. Es todo para ti.

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Aluciné aún más y no pude rehusar la sabrosa invitación. Entonces pensé en lo ridículo que quedaba mi concepto de hospitalidad, en lo ridículo que era acusar a toda esta gente de ser un lugar inseguro y en como su definición de buena gente superaba con creces lo que cabría esperarse. Y me quedé allí con ellos, unas cuantas horas más hasta que acabó el día y con el resto de botellas de Ron corriendo de mi cuenta. No era para menos.

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(República Dominicana, Junio 2011)

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