Archive for September, 2010

Día 477: Oaxaca, el mezcal, los chapulines y otras historias…

(Post cargadito de buena gente y mejores recuerdos que afortunadamente aún no se han olvidado y que deberían haberse contado un 9 de Septiembre de 2010)

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Nos emborracharon. Así, sin más, sin miramientos ni remordimientos, con alevosía. A traición. A base de caballitos de mezcal, tequila, aguardiente y algún que otro brebaje de similar índole. Madrecita. Y nosotros sin comer. Con los 40º corriendo por la sangre sin nada que los detuviera. ¡¡Qué alguien los detenga!! ¡¡Que ahí vienen con más!!

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Así acabamos, bajo una lluvia ligera, sin inmutarnos. Improvisados invitados de un pasacalles, con sus gigantes, su orquesta y sus locales bailando, vestidos tradicionales, cantando y portando botellas y garrafas que contenían de todo menos agua. Añadieron unas cuantas tortillas que tampoco dudaron en compartir (cosa tremendamente admirable siendo Oaxaca uno de los estados más pobres de México) y siguieron al mismo ritmo mientras duró la fiesta.

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La excusa, decían, era celebrar que era el día de la Alfabetización. Un motivo bastante noble, tan bueno como cualquier otro, porque allí, en Oaxaca, no hay semana que no se lancen a las calles a celebrar algo. Truene, llueva, diluvie, nieve o tiemble la tierra, supongo. Así que alentados por el buen ritmo, humor y alegría que repartían aguantamos hasta el final, hasta que la orquesta se disolvió presa del cansancio (jaja) o más bien del toque de queda que debía de imponer el ayuntamiento.

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Tan inesperado como divertido. Acabamos de llegar a la ciudad huyendo, sin lograrlo, del clima dublinense, gris y cargado de lluvias, que asolaba Mexico DF (al que volveríamos más tarde). En compañía de mi hermano, que recién había atravesado el Atlántico para la ocasión. Un resto de días de vacaciones que bien se merecían un reencuentro más de un año después. Lo agradecí en el alma. Siempre es genial reencontrarse con amigos y familia, pero siempre es un extra si encima lo hacen llevando una sonrisa optimista por bandera y con los ojos brillando ante todo.

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No fue este pasacalles, cargado de alcohol, lluvias y toros de cartón con petardos, bengalas y fuegos de artificio que prendían y explotaban a escasos metros de la concurrencia (en un sálvese quien pueda) el único momento surrealista de esta ciudad a medio camino entre el caos y la tranquilidad, adjetivos que se aplican por calles, como si cambiaras de lugar de una cuadra a otra.

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El otro momento memorable se dio al pasar como meros espectadores (con algo de hambre, confieso) por el mercado 20 de Noviembre. La idea era encontrar un algo barato para comer, pero rápidamente nos vimos atraídos, presa de la curiosidad, hacia una nube blanca, una neblina sospechosa en uno de los pasillos del mercado. ¿Qué sería?

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Apenas nos adentramos en el humo primigenio, las cosas comenzaron a suceder a más velocidad de la que éramos capaces de asumir. Gritos. “¡Güero! ¡Güero! ¡Güerito!” y acto seguido nos vimos casi sin tiempo a reaccionar cargando una cesta con un par de chiles y unas cuantas cebollitas por el pasillo de la muerte. “Oigan” intentábamos preguntar “y con esto… ¿que hacemos?”

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Pues sobrevivir a las hordas de vendedores que intentaban llamar nuestra atención. “¡Aquí güerito! ¡Carne! ¡Chorizo! ¡Bistec!” decían todas la voces, entremezcladas entres sí, porque amigos, en el pasillo del humo donde los vendedores se apelotonaban, todos, absolutamente todos, vendían exactamente lo mismo y al mismo precio.

Un pasillo donde se repartían intermitentemente, puestos de comida con barbacoas. De ahí el humo. “Aquí lo compra y aquí mismito se lo preparamos güerito”. Imaginaos el barullo, porque lógicamente, no éramos los únicos que pasábamos por allí. Gritos, más gritos. Una señora endiñando cestas con chiles y cebollitas a todo el que se moviera. Los carniceros desgañitándose para atraer la atención. El barullo de los comensales pasando por allí. Unos por aquí, otros para allá. ¿Es posible desorientarse en un único pasillo? Si.

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Elegimos al azar, como no podía ser de otra manera, y acabamos sentándonos en una pequeña mesa donde al mismo ritmo empezaron a llegar gente de la nada. Una ofreciendo tortas. Otra salsas. Guacamoles. Ensaladas. Rábanos. Bebidas. Y mientras elegías un poco de todo, ibas pagando al azar, aumentando el caos esperando el cambio. ¿A ti que te había pagado? ¿las tortas o la bebida? ¿Y a tí que te estoy pagando? Virgencita. Órale. Venga, lo que sea. ¿Y tú que traes por ahí? Hombre, mira, saltamontes. Chapulines colorados. Venga, from the lost to the river, ándele y danos un puñao, que si aquí eso se come, no vamos a ser nosotros menos. ¿Quién dijo miedo? Café calienteeeee…. café calienteee…. (cantaba otro que pasaba por allí).

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A pesar de ser la experiencia gastronómica más desorganizada que he vivido en mi vida, acabamos comiendo bastante bien. Chapulines incluidos. Sí. Sí. Por mucho que sepan más a las especias que le ponen que a otra cosa.

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Completamos la jugada de nuestros días por allí visitando las espectaculares ruinas zapotecas de Monte Albán y las mixtecas de Mitla. Dos de tantos y tantos pueblos prehispánicos de los que se desconoce mucho más de lo que se sabe. Aunque los estudios de las ruinas (de las que nunca se hizo referencia hasta el siglo XIX) indican que empezó a existir desde el siglo V y que llegó a albergar una ciudad de diez mil habitantes.

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Ya habrá tiempo de indagar en los principales pueblos que habitaron este país, de manera algo más estructurada para que no se quede en una sopa de nombres, de momento quédense con algunas curiosidades de estas completamente insustanciales como que los zapotecas creían que nacieron directamente de las rocas, los árboles y los jaguares, o que mutilaban los genitales a sus víctimas, o que sus conocimientos de astronomía eran tremendamente exactos convirtiendo al centro de la ciudadela en un gigantesco calendario.

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Y como extra, sólo me queda añadir que si quieren ver algo realmente curioso, las cascadas petrificadas de Hierve El Agua bien merecen la pena el traqueteante camino en un pickup por los montes (bellísimos) del Valle de Oaxaca.

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Oaxaca. Menudo lugar. Menuda sorpresa.

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Día 473: Historia de un comienzo

(Post que llegó cargadito y subiendo cuestas sin ton ni son un 5 de Septiembre de 2010)

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A pesar del retraso que acumulaba el camión, Ramón me esperaba pacientemente en la insulsa central de Guanajuato. “No te apures”, me aseguró como una hora antes de recibirme con una cálida sonrisa. Bien acompañado llegó el momento de saldar deudas, intercambiar chelas y nachos por relatos de aventuras al lado de la Plaza. Fue una noche entre nuevos amigo que apenas me permitió un breve y fugaz vistazo a una pequeña ciudad que me habría de fascinar.

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(Un par de micheladas, o lo que viene a ser cerveza… con picante. En México sin picante no eres nadie)

Lo descubrí con la llegada del día. Muy distinta a todas las otras ciudades de la Nueva España que había podido visitar hasta la fecha, diseñadas con escuadra y cartabón en perfectas cuadras rectangulares. Guanajuato en cambio había crecido sin ningún orden ni control, comenzando sobre la cañada y extendiéndose sobre las colinas que la rodeaban.

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Pequeñas, diminutas, casitas de colores que moteaban como una paleta de pintor cualquier vista. Apelotonadas, creando callejones imposibles, algunos con salida, otros cerrándose abruptamente haciéndote volver sobre tus propios pasos. Un laberinto fantástico donde lo más divertido estaba en no encontrar nunca la salida.

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Cervantes estaría encantado. Ciudad Patrimonio de la Humanidad, Capital Cervantina de America, Capital Mundial del Patrimonio Cultural, Cuna Iberoaméricana del Quijote y sede del Festival Internacional Cervantino. Todo un homenaje al escritor Alcalaíno, culminado en 1990 con el hermanamiento entre Guanajuato y la propia Alcalá de Henares.

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La mezcla de lo mejor de ambos mundos. Toda una experiencia para pasear, ciudad universitaria, muy joven por tanto, llena de vida, por donde se juntan las callejoneadas (de idéntico o muy similar corte a nuestra tuna), se mezclan los mercados y a fuego lento se cuecen las leyendas, que pasean de la única manera que se puede hacer en esa ciudad. A pie.

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Pero sus estrechas calles empedradas guardan muchos pedacitos de la historia de este país. Sobre todo, historias de como llegó a existir. Porque aquí se fraguó el inicio de lo que hoy llamamos México. Aunque realmente, el inicio inicio, vino trescientos años antes. Cuando los colonizadores hispanos de la mano de Hernán Cortés, llegaron, se asentaron y sometieron a los aztecas y resto de pueblos indígenas para conformar lo que se llamó Nueva España y que respondía principalmente a un objetivo. Explotación de recursos. 1535.

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Desde aquel momento, comenzó un proceso muy interesante. Durante 300 años, la cultura hispánica y la propia de los indígenas comenzó a mezclarse. Sin obviar el sometimiento, pero una mezcla. A diferencia de otras colonizaciones en otras partes del mundo, donde se exterminó o se confinó hasta casi la extinción a los locales, aquí se optó por la mezcla. De ahí salió un nuevo pueblo. De ahí aparecieron nuevas costumbres. Ahí estaban las raíces de este nuevo país.

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No habría que caer en la idea de que era un mundo de rosas. Mezcla no quiere decir en ningún momento integración. Y en los albores de este nuevo país, había ciudadanos más privilegiados que otros. El acertijo está claro, los afortunados ganadores fueron siempre los españoles que iban llegando y tomando posiciones de poder. Vamos, en resumidas cuentas, los españoles (llamémoslos penínsulares), aunque recién llegados, seguían mandando por encima de todos.

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Por debajo, en el segundo escalón, estaban los criollos, que no eran sino hijos de españoles nacidos en Nueva España. No eran los que peor estaban, pero su discriminación negativa única y exclusivamente por no haber nacido en el viejo continente comenzaba a crear muchos resentimientos. Que serían clave para el futuro de los acontecimientos.

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Bajando un peldaño más, estaban los mestizos. Lo que habría de ser la base de un país, la auténtica mezcla, no pintaba mucho en las decisiones y designios de la nueva nación. Casi el escalón más bajo, sólo por encima de los indígenas (¿cómo? ¿sin mezclarse? ¿pero quién se habrán creído estos?) y los esclavos Africanos.

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Interesante punto de partida. Así que tenemos unas tensiones crecientes controladas desde el gobierno español. Pero hete aquí, queridos míos, que entraron en la fórmula un nuevo país. Los franceses. Ya ven ustedes, a los vecinos, comandados por un tal Napoleón, les dio por expandirse e invadir España (que en una jugada maestra, encima, les dejó pasar sin apenas oponer resistencia). Así que bajo mientras Francia se hacía con el control de la Vieja España, esta misma perdía el suyo sobre la Nueva España.

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Es la oportunidad que estábamos esperando, amigos criollos. Tenemos un gobierno que derrocar. Y se sucedieron las conspiraciones. Infructuosas, delatadas, la mayor parte del tiempo. Así sucedió en 1810. La conspiración de Querétaro donde se encontraba un cura y un militar que respondían al nombre de Miguel Hidalgo e Ignacio Allende, respectivamente. Delatados y viéndose perdidos tomaron la única salida que vieron. ¡¡A las armas!! ¡¡A las armas!!

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Y en la madrugada del 16 de Septiembre de 1810, desde la pequeña localidad de Dolores, se acercaron al Santuario de Atotonilco, tomaron en su poder una bandera con la Virgen de Guadalupe y con ella, arengaron a la población en lo que se conoce como el Grito y se lanzaron contra la propia Guanajuato.

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(La bandera con la Virgen de Guadalupe en el Santuario de Atotonilco)

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Contra todo pronóstico, ganaron esa batalla aunque no sobrevivieron para ver el final de la Guerra. Fueron capturados y fusilados, pero el movimiento para desmarcarse de España estaba en marcha. Imparable aunque terriblemente lento. Fueron necesarios once años más de lucha encarnizada hasta que Nueva España consiguió su independencia. México había nacido. Era 1821. Tras tres siglos forjándose una identidad, estaba empezaba a tomar forma real y oficial.

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Descubrí estos escenarios históricos entre San Miguel de Allende y Guanajuato acompañado por el mítico Jose, otro torrejonero de pro, al que el azar quiso colocar, varios años después de habernos vistos por última vez a tiro de camión y que no dudó en juntarse y acompañarme durante un par de días por los pueblos de la región, entre minas, momias, decenas de iglesias y centenares de tacos.

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Y añadiré, sin mentir, que ha sido la irregular, cubista y colorista Guanajuato la ciudad que más me ha gustado y enamorado desde que pisé México. Lo cual aunque apuesta arriesgada, queda abierta a discusión de quién opine que hay alguna más bella. Cosa que deberé comprobar de inmediato. He dicho.

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Para Ramón al que finalmente pude poner cara, para Diego por su hospitalidad, para Joso por acabar durmiendo en la estación de autobuses para venir a verme y para Joys por hacerme de guía, las micheladas y las sonrisas.

Actualización: La visión Jose de esos mismos días ya disponible.

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El príncipe y la princesa

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Prince

N. y P. Dos soles. Querétaro, México, Septiembre 2010

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Día 467: Guadalajara, Guadalajara, Guadalajaaaaraaaaa

(Trocitos de una ciudad que debería haber contado un 30 de Agosto de 2010)

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Me enchilé.

La temperatura de mi boca seguía y seguía aumentando sin yo poder hacer nada por evitarlo. Casi convertido en dragón la cabeza empezaba a sudar y miré con desesperación a mis acompañantes. Con la campanilla incandescente iluminé la habitación cuando abrí la boca para preguntar: “Este picor va a seguir aumentando mucho más?”

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(Mi archienemiga, la torta ahogada)

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Yo, pobre alma perdida de débil paladar, me enfrentaba a una insignificante torta… ahogada. Bueno, semiahogada. Lo confieso. Menos de cuarto ahogada. Donde ahogada significa, literalmente, inundarla de salsa picante, de esa que hace llorar al mísmisimo diablo. Yo, consciente de mis limitaciones, había sustituido la salsa picante por una neutra de tomate y añadido una cucharadita de la picante. Sobrepasando las expectativas, me había excedido.

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En mi defensa, señor juez, son pocos los bravos que ahogan el birote con carnitas completamente. Incluso he oido rumores de que hay quién se considera mexicano y olvidan completamente la salsa picante. Que conste en acta.

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Sobreviví a la torta, no fue mala manera de darme contra la gastronomía de la preciosa Guadalajara. conocida por la perla de Occidente, la perla Tapatia, la ciudad de las Rosas, fue fundada por un castellano manchego que la llamo como su ciudad de origen allá en la Vieja España. Y desde entonces vaya que si ha prosperado. Tanto que su cultura (y la de todo Jalisco en general) se ha apropiado de la imagen del país.

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¿Quién no relaciona México con el Tequila, los mariachis, los charros? Ciertamente no es lo único (ni mucho menos), pero si esa imagen que se aparece instantaneamente en la mente al hablar de él. Vamos, lo mismo que las Sevillanas en España (por más que nos pese esa redución) o los San Fermines (no os podéis imaginar la cantidad de gente que conoce esa fiesta por encima de todo, a la par que la Tomatina. No digo más).

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Plagada de iglesias cristianas como la mayoría del país, fervientemente religioso, su catedral corona el casco viejo, rodeado de plazas, centros vitales de una ciudad orgullosa de si misma. No es para menos, sus soportales de piedra, sus calles limpias y coloridas la hacen una gozada para pasear.

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Incluso hay quien se anima a recorrerla en calandria, una carroza de caballos, adornada generalmente con corazones y otros iconos de similar clase y que contra todo pronóstico lo usan mucho más los locales que los turistas. O quizás es que en una ciudad como Guadalajara los turistas son mayoritariamente también mexicanos.

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Plagada de artesanías, los ya clásicos y abarrotados de puestos de comida llenos de gente como abejas de un enjambre y oh sorpresa, la confirmación de las tremendas dosis y dosis de supersticiones reflejados en mercados esotéricos, llenos de hierbas, pociones, amuletos y santos Cristos de las Calaveras. Plagados también de quién busca curarse un mal de ojo, que tu startup despegue, que tu alma se limpie o como enamorar a esa chavita que te trae loco.

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Por sus calles deambulan todo tipo de personajes, buscavidas, mariachis a la caza de alguien o alguna pareja a la que serenatear (ojo, que suelen pedir unos 20 euros por canción) aliñados con vendedores ambulantes, cargados de juguetes, ropa y como no… comida. A estas alturas ya os estaréis haciendo una idea de que pasar por México es irresistiblemente un buen viaje gastronómico.

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Pudimos acercarnos a la cercana localidad de Tequila, ciudad que dio nombre a ese destilado que tan buenas crudas lleva consigo al día siguiente. El proceso no tiene demasiado misterio, siendo lo más interesante, la planta de donde se obtiene. El agave. A primera vista un tipo de cactus cuyo oro está en su interior, despojado a base de machetes de sus poderosos pinchos. 10 añitos tarda en crecer la susodicha planta antes de ser recoletada, pelada, horneada, estrujada, fermentada, destilada un par de veces y rebajada con agua para quedarse en unos clásicos 40º de graduación.

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Me comentaban, aunque yo no lo hice, que hay un mítico tren que responde al nombre de Tequila Express, que cruza los campos del agave, desde Guadalajara para llegar a las fabricas mientras se chupan caballitos de tequila. Vamos, una manera como otra cualquiera de simular que vas de acto cultural para acabar con una melopea de las buenas. Que tomen nota quien le interese. Yo simplemente lo dejo caer.

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Tuve la suerte de coincidir en plenas celebraciones con la ciudad. Uno podría pensar que soy un tipo afortunado que va enganchando por la magia del azar festividades por donde paso, pero eso tiene poco que ver con el azar en México. Siempre hay festividades en todos los sitios. Siempre. Si no es una cosa, será otra, siempre hay una excusa para engalanar la ciudad y montar una buena pachanga.

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En este caso, coincidió con el festival de mariachi tradicional y charrería. Conceptos que pasaré a describir a continuación, por si hubiera algún perjudicado por el agave fermentado que no los tuviera claro.

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Reconozco que nunca había sido un gran fan del mariachi, pero cuando recién llegado a Guadalajara me llevaron a verlo, aluciné. Ese chorro de voz, aderezado con metales, violines, vihuela, guitarrón y guitarras, me encogieron el corazón y me quedé ensimismado, atrapado por la música. Ciertamente, si no es en vivo y en directo, no es lo mismo, me cuesta imaginarme a mi mismo escuchando mariachi ya grabado, sin verles portentosos con sus trajes de gala, con adornos plateados, chaleco y pañuelo al cuello y cantando tragedias y dramas amorosos.

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El mariachi tradicional, en mi opinión, carece del glamour del moderno, pero es más directo, más fiestero, más humilde, más de la gente, para y por el pueblo. Grupos venidos a lo largo y ancho del país a cantar y bailar sus tradiciones, cada cual son su ritmo, incluso alguno añadiendo arpa o acordeón. Me maravilló. Me enamoró ver a tanta gente de todas las edades disfrutando y participando de algo tan en peligro de extinción. No son muchos los grupos de mariachi tradicional que sobreviven.

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La charrería en cambio me pareció tan imponente que sólo me quedó sentarme a disfrutar. El Charro, similar el gaucho argentino, al llanero colombiano, incluso al vaquero estadounidense, representa al hacendado, a los señores que tienen tierras y caballos, jinetes que originariamente se daban a las labores de ganadería a lomos de corceles.

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Un lienzo charro es en definitiva, una muestra de las habilidades de estos ganaderos para con sus animales. Las suertes charras. Desde demostrar la doma del equino, hasta seguir y derribar un novillo, montar un toro bravo hasta que se quede sin aliento, usar el lazo con tremenda habilidad y florituras, tanto a pie como a caballo, para atrapar a yeguas o novillos y le paso de la muerte, saltar de un caballo a otro mientras ambos corren al galope. Todo tan espectacular como pueda uno imaginarse. Ah si, acompañado de más tacos, quesadillas, gringas, carnitas y más nombres de esos que uno se acostumbra a oir por aquí.

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Fue ahí, en Guadalajara, donde alcancé la nada desdeñable edad de 32 castañones, rodeado de nuevos amigos, que no dudaron en hacerme sentir como en casa, incluso cocinando para mí. ¿Han oído hablar del Pozole?

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Pues investiguen, investiguen, que yo descubrí los límites de mi estómago en sendos platos hondos, con un poquito de chile, claro. Que hay que irse acostumbrando. La adaptación. Cuestión de supervivencia.

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Para Mariana, Lulu y Sergio, por su tremendamente generosa hospitalidad (y la habitación de la Emperatriz)

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Día 462: Retales desde vaqueros hasta el Pacífico

(Comienza, espero, la operación puesta al día. Momentos y visitas que serán relatadas en su momento me han mantenido algo escasito de tiempo pero hagan al caso que este post debería haberse escrito un 25 de Agosto de 2010)

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Afortunadamente ninguno de los peligros que supuestamente me habrían de acosar en Chihuahua se materializó y ajeno a los rumores que me desaconsejaban pasar por allí (“está muy bruto”, decían) donde las luchas de, con y contra los narcos están, aseguraban, a la orden del día, acabé paseando por allí sin absolutamente ningún problema.

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Confieso que tampoco es tuviera un interés especial en llegar a Chihuahua, pero era el punto final del recorrido que cruzaba las Sierras Tarahumaras que me habían dejado regalos como la barranca del cobre y si bien, el recorrido final desde Creel ya perdió gran parte del interés que si tuvo el primer tramo, no me apetecía demasiado regresar por el mismo camino.

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Fue una excelente manera de poder hacerme una idea (tras la ventanilla del bus) de las zonas montañosas de la Sierra Madre, al mismo tiempo que me daba de bruces con la cultura norteña. La misma que viste de vaquero, sombrero, botas de cuero (motivo por el que decenas de limpiabotas pueblan las aceras), cinturones anchos de enormes hebillas y un calor abrasador.

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Los mismos norteños que cantan, acordeón en mano y a ritmo de bajo eléctrico, guitarra y batería, narcocorridos, historias de narcos, de esas que pocas veces acaban bien y que tanto furor causan en el resto del país. Territorio enemigo, que se podría decir, salvo que tenía mucho de tranquilo y poco de enemigo. O quizás será que yo no lo supe ver. Agradecido estoy.

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No fue una parada demasiado interesante, por mucho que uno no pueda dejar de relacionarla con diminutos perros de grandes ojos. Ciudad inevitablemente de paso sin demasiados alicientes y punto de partida en mi descenso hacia el sur del país. Durango, la siguiente en la lista, si que contaba en cambio con muchos más atractivos coloniales entre los que pasear.

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Es una constante en México. Con la llegada y colonización hispánicas, las ciudades ya no volverían a ser las mismas y ahora uno de sus principales atractivos es curiosamente, su europeizada arquitectura. Fueron muchas las ciudades que se fundaron en esa Nueva España y generan una sensación muy familiar. Arcos y soportales de piedra, casas bajas, plazas de piedra rodeadas por arboles y bancos, donde hacer vida, donde se congregan los puestecillos de comida: elotes, raspados, nieves, tostilocos…

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Aunque claro, cortadas todas por patrones similares, tras un tiempo visitando ciudades, los límites dejan de estar claros y las imágenes se mezclan. ¿Esta plaza, en que ciudad estaba? ¿Y estos arcos? ¿Y estas calles colocadas en perfectas cuadrículas? Y se sucede un poco la sensación de dejavú entre coloridas calles, iglesias y catedrales.

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Durango tuvo el aliciente de que su terreno desértico fue ideal para las producciones de westerns entre 1950 y 1990, con lo que las visitas de clásicos como John Wayne, Clark Gable o Robert Mitchum, le dieron sus décadas de fama. Declinó de la misma manera que casi todo lo hace y ahora apenas quedan en las afueras parques temáticos intentando vivir de lo que fue, mientras en espíritu del cine aún se respira por las calles, aunque sea en breves suspiros y se sigue utilizando para producciones más modestas.

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El giro de paisajes se dio hacia el Oeste, hacia el Pacífico, hacia el mar, donde me esperaba la más que agradable Mazatlán. Mantenía el mismo patrón de casas coloridas arañadas por el tiempo y la edad, las calles caóticas de coches, autobuses y furgonetas colectivas, y le añadía los agradables tonos del mar, los pescadores, las barcas, el malecón.

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Me resulta inevitable comparar, a grandes rasgos, México con el Sudeste Asiático. A un nivel, si me quieren entender, mucho más filósofico. De ritmo de vida. De volver a regalar sonrisas. De vivir en la calle. De que todo es posible.

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Mercados ruidosos, llenos de gente, puestos de comida callejera que se cocina y sirve en vivo, sin trampa ni cartón. Curiosidad por el recién llegado y amabilidad. Aquí tiene usted su casa, güerito. Y tejiendo una delicada red, te van atrapando.

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No obvio el hecho de que donde más, donde menos, siguen siendo zonas turísticas, pero siguen conservando, para el que quiera verlo, muchísimo encanto. Se me quejaban los locales de Puerto Vallarta, mi siguiente parada, que eso, a pie de playa, con altos hoteles preparados para el dinero extranjero, no era México. “Esto es Miami”, me aseguraban.

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Las quejas, bien las saben ellos, son de las que se dicen con la boca pequeña, mirando en la dirección opuesta a la que viene el dinero. Aún así, Puerto Vallarta me pareció tremendamente atractiva en cuanto uno se dispusiera a callejear un poco y alejarse de la primera linea de batalla siempre y cuando el abrasivo calor así lo permitiera.

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Acabas encontrando una mezcla de lo más variopinta, medio manteniendo lo que ya tenía, medio adaptándose a lo que viene, sin estar muy claro donde o a partir de que calle están los límites, salas de fiestas discotequera a breves metros de mariachis buscando a quien cantar, sin orientación fija, que lo mismo van hacia el local que hacia el que es ajeno.

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El malecón bulle con todo lo imaginable, desde artesanos, a vendedores de juguetes y globos, artistas, escultores, guiris en bañador. Todo se mezcla.

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Y mientras te rompes la cabeza intentando clasificar lo inclasificable, mientras te siguen tratando de americano, my friend, te acabas sentando a disfrutar del atardecer sobre el Pacífico, mezclado, de manera extraña, mirando al resto de transeúntes con la misma curiosidad con que ellos te miran a ti.

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Unas cuantas ristras de fotos más, por si algún alma inquieta se siente aún con ánimos, en sus respectivos sets: Chihuahua, Durango, Mazatlán y Puerto Vallarta. :)

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Premios Bitácoras 2010

Vuelvo a hacer campaña para mi mismo. Amigos lectores, se acaban de abrir las votaciones para los Premios Bitácoras 2010, así que si no tienen nada mejor que hacer y consideran que este blog, se merece algún votillo, no duden en pasarse por la página web del concurso y dejar su voto.

El método de este concurso es algo diferente, ya que ningún blog se presenta a ninguna categoría. En cambio son los votantes, los que nominan a blogs en sus distintas categorías. De esta manera se pueden nominar hasta tres blogs en cada categoría.

Si eso os coloca en la tesitura de no saber donde clasificar a este, su blog amigo, no se preocupen que ya les doy yo un par de pistas. Busquen en la lista Mejor Fotolog o Mejor Blog de Viajes… O ambos… o en cualquier otro (aunque me resultase muy raro llevarme algún voto por mejor blog sobre seguridad informática).

¡¡¡Suerte a todos los participantes!!!

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Día 457: La barranca del Cobre

(Post este que se resistió a abandonar la montaña, y hubo que insistir para que volviera, cosa que tendría que haber hecho un 20 de Agosto de 2010)

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Quién lo iba a decir. Quien lo iba a pensar. De todas las sorpresas que podría darme México el encontrar un cañón aún más grande que el cañón del Colorado no entraba en mis expectativas. México, siempre sorprendiendo. Pero los datos no dejan hueco a la duda y efectivamente, la Barranca del Cobre, salvo en anchura dejaba en paños menores a su homólogo americano, 600 kilómetros plagados de desfiladeros. Más largo, más profundo… ah, y más verde.

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Secreto a voces, que no llegan más allá de las fronteras mexicanas, pues fuera de ellas, poca gente había oído hablar de esta joya escondida. Quizás no debería ni comentarlo, guardar el secreto conmigo, pero no puedo. Es demasiado bonito para no compartirlo. Pues el destino al que me llevó el Chepe tuvo su parada en Creel. Base para mucha de las paradas más interesantes de la Sierra de Tarahumara, en las montañas de Sierra Madre.

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Si algo se le puede criticar a esta maravilla de la naturaleza es que no está tan bien explotada como debiera. Puede que ahí radique su encanto, pero uno echa en falta muchos, muchísimos más miradores, ansioso de cubrir más y más ángulos de está enorme y serpenteante bestia plagada de vegetación.

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Sólo volviéndonos tiquismiquis, podemos criticar que a pesar de la tradición minera de la zona apenas haya cobre en la Barranca del Cobre y que el nombre se deba a una mala estimación de los primeros españoles que lo pisaron que confundieron el color de su geología. Pinches gachupines. Quién les mandaría poner nombres desde la ignorancia.

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Aunque para lo que a nosotros nos importa, da bastante igual. Lo que merece la pena, nunca fue el nombre, sino que la mirada no encuentre un final desde donde regresar. Volver a la inmensidad. Porque no sólo de barrancas vive el hombre, en sus alrededores se pueden encontrar, por ejemplo, las cascadas más grandes de todo México. ¿Alguien dijo casi 250 metros de caída libre?

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Pues sí. Y si la vista desde arriba, desde lo alto del mirador, viéndola partir en dos las montañas que la rodeaban ya impresionaba, desde abajo, donde el agua se rompía de manera atronadora en mil pedazos creando una lluvia artificial que regaba la zona, te dejaba sin habla.

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(Todavía se podían avanzar al menos 200 metros hasta el siguiente montículo pero creedme, ya era casi imposible ver a la persona desde allí)

A sabiendas de que la ducha era certera e inevitable, no pudimos por menos que acercarnos a su base, donde apenas unos segundos de cercanía bastaron para calarnos. Sentirla. Salvaje. Quizás por eso, no importó demasiado, cuando los cielo se cerraron en un abrir y cerrar de ojos y cayó sobre nuestra ya mojada figura la mayor de las tormentas. Varios días después, la ropa seguía sin secarse. Desventajas de vivir en la época de lluvias a más de dos mil metros sobre el nivel del mar.

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(¿Tienes un coche y quieres usar las vías del tren? ¡¡Aquí tenemos la solución!!)

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Aunque fue una buena oportunidad para alejarse de los terribles calores que me habían asolado desde que aterricé en México y sacar un poquito algo de ropa de manga larga, tan agradecida ella, viviendo últimamente tan abnegada en el fondo de la mochila. No en vano, en invierno el paisaje es completamente diferente, cubierto de nieve.

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Es esta zona, tan única, ya por si y tan colorida por que así es México por definición, tiene además el exotismo de los tarahumara como complemento. Porque son ellos, con su piel tostada, dura y curtida por la vida en el campo, sus trajes y artesanía vivos, que viven sin demasiados problemas en sus poblados en las montañas, pero que se aventuran a las ciudades en pos de un dinero que viene de la mano de un turismo que viene mayoritariamente del mismo México.

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No se acaban las sorpresas y la zona se extiende tanto como uno esté dispuesto a explorarla, aguas termales, valles de caprichosas formaciones rocosas, montañas, trekkings, paseos en bicicleta, caballos, moto, quad y una espinita de las cosas que no hice. Bajar hacia las Batópilas, adentrarme durante dos días en las profundidades del Cañón y en ver de verlos desde las alturas, como gustan de hacer las águilas, admirarlo desde abajo, sumergido en el titán. Demasiadas cosas me estoy dejando en el tintero. A ver si voy a tener que hacer otro viaje…

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