(Créanme que nadie siente más que yo el retraso que acumulo, pero seguro que aún así, son capaces de trasladarse al 16 de Agosto de 2010, momento en que debería haber contado lo siguiente…)

El Chepe 29

– A mi jefe le levantaron – comentó Edgar, y yo desde el asiento del copiloto y aún conociendo las palabras no fui capaz de entender su significado.
– ¿Le levantaron? – inquirí.
– Si. Le levantaron. Le metieron en un coche y se lo llevaron. Le secuestraron.
Un sudor frío me recorrió la espalda.
-¿CÓMO?
– Pero luego se dieron cuenta de que se habían equivocado de persona y le soltaron.
Insistí. Por si la pregunta no hubiera quedado suficientemente clara.
– ¿CÓMO?
– Si, wey, aquí en Sinaloa, hay muchas batallas entre Narcos. Pero no te preocupes. Sólo se matan entre ellos. Al resto de la gente, ajenos a ese mundo, le dejan tranquilo.
– Claro, cómo a tu jefe.
– Jeje. Pero al final le soltaron.
– Parco consuelo.
– Aunque claro, eso no quita que no haya una bala perdida.
– No me estás tranquilizando para nada.

Los Mochis 09

La Paz 02

El Fuerte 02

Edgar y resto de la concurrencia se rieron a carcajadas, mientras yo entonaba para mis adentro un madrecitamadrecita que me quede como estoy ¿Donde me había metido? ¿Habría vuelto a caer en la insensatez llegando a un México que siempre se nos había advertido como un lugar peligroso? ¿Caería la moneda en cruz? ¿Que diantres hacía yo en México? ¿Y porque iba hacia Los Mochis, en Sinaloa, uno de los lugares con mayor narcotráfico del país?

El Chepe 02

El Chepe 03

La respuesta más clara sería que este era el resultado del atrevimiento de mi propia ignorancia. Hasta hacía bien poco yo en mi propia incultura no había oido hablar ni de Sinaloa, ni de los Mochis. Pero las fortuitas cadenas de acontecimientos hicieron que una vez más las cosas surgieran de otra manera. Mi primera parada tras abandonar New York habían sido las lujosas playas de los Cabos, en el extremo sur de la península de la Baja California.

La Paz 01

El Fuerte 07

La Paz 04

(Una piñata de Batman… con flecos y labios pintados. Muy perturbador)

Parecía, cuchicheaban las lenguas, que podía haber alguna posiblidad de hacer algo que incrementara el peso de mis ya pertrechos y paupérrimos bolsillos. Posibilidad que, resumiendo y para mi pesar, no llegó a materializarse. Pero cómo de lamentos no vive el hombre, me veía en la tesitura de tener que ya llegado a México, tener que aprovecharlo al máximo, mientras se pudiera aguantar.

El Fuerte 15

El Fuerte 13

El Fuerte 14

Así, huí como alma que lleva el diablo del escenario de los Cabos, tan lleno de extras americanos que costaba imaginar que fuera México para lanzarme al grueso del continente. Pare brevemente en la achicharrante la Paz (ojo, muy diferente a la de Bolivia), donde me encontré de frente con un México mucho más auténtico.

Mar de Cortés 03

El Chepe 08

Ajeno al “hello my amigo!” que tanto resonaba en los Cabos, La Paz mostraba su cara más amable. De alguna manera me seguían considerando gringo (en México o eres méxicano o norteamericano), pero en cambio las calles bullían de puestos callejeros tostando carne para tacos a las brasas del carbón bajo la atenta mirada de centenares de moscas, autobuses (a los que llaman camiones) con los destinos escritos de mala manera sobre la luna frontal, calles coloridas, con casas bajitas, tiendas de abarrotes, nieves en chorro, joyerías, casas de empeño, piñatas y al fondo, el azul del mar.

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No fue una parada larga, apenas de un día para reestructurar mi viaje y hacerme una idea de lo que podría ser un recorrido por el país, mientras que me daba el tiempo suficiente para poder llegar al siguiente ferry que unía península con continente atravesando el Mar de Cortés.

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Fue a su salida, bien entrada ya la noche tras haber visto atardecer en mitad del mar, esperando para recoger la mochila que el azar me colocó justo delante de Eli, Ivan y la pequeña Ivana. Apenas alcanzaron a cruzar un par de palabras conmigo, las justas para identificarme como no gringo y animarse a charlar conmigo. “Es que el inglés no es nuestro fuerte”, se disculpaban, dando a entender que si lo dominaran harían lo posible por charlar y ayudar si hiciera falta a cualquier otro viajero.

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Y añadiendo unas cuantas frases más, ya me estaban ofreciendo transporte desde el puerto hasta Los Mochis. “En cuanto vengan a recogernos, te llevamos a tu hotel en la ciudad”. Acepté, agradecido, aunque me excusé cuando descubrí que el coche que les estaba esperando incluía al conductor y otros dos adultos. “No se preocupen, ahí no cabemos todos. Muchas gracias de cualquier manera. Ahora mismo agarro el bus”.

El Chepe 01

El Chepe 28

Me miraron con esa mirada de donde caben dos caben tres e insistieron. Me colocaron cómodamente (para más inri) en el asiento del copiloto, a la par con Edgar, el piloto, al mismo tiempo que 4 adultos y un bebé se colocaban en los asientos posteriores, compartiendo risas y demostrando una nueva dimensión de la palabra generosidad.

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Fue ahí, en ese trayecto junto con gente comprimida, cuando descubrí los peligros que rondaban Sinaloa y acordé para mí el atrincherarme en el hotel hasta el día siguiente. Sin embargo, mis abnegados anfitriones tenían otros planes. “Te damos una hora para que dejes las cosas en el hotel, te duches y demás, y venimos a por ti, que deberemos tomarnos al menos un par de cervecitas, no?”

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Ignorando mis exagerados gritos de prudencia, acepté la invitación. A las 7 de la mañana reentraba en el hotel. ¿Cómo era eso de “fui a tomar un par de cañas y me lié”?. O me liaron. Sea como fuera, pase una noche fantástica de manos de ajenos anfitriones que se preocuparon por cuidarme en todo momento.

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¿Y que pasó con mis miedos? No podemos decir que fueran completamente infundados, pero me uní directamente al club de los que nos hemos sorprendido con la calma que destila un país donde la hospitalidad es una joya tan pulida, tan bella, que se encuentra a años luz de lo que yo he podido ofrecer en toda mi vida. Que grandes.

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Pero entre todas estás historias aún no he respondido que diantres hacía yo en Los Mochis, Sinaloa. La respuesta se encuentra en un viaje en tren atravesando la Sierra Tarahumara, considerado como uno de los mejores y más espectaculares viajes en tren de todo México e incluso de todo América. No quedaba sino comprobar la veracidad de semejante afirmación.

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Los impresionantes números forman su descomunal curriculum. Una de las obras maestras de la ingeniería Mexicana, con 37 puentes y 86 túneles a lo largo de 653 kilómetros de vías. Casi 8 décadas en terminar de construirse, devorando 90 millones de doláres, que empezó a unir Chihuahua con el Pacífico en 1961. El Chepe había nacido.

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¡Viajeros al tren! ¡No nos demoremos! ¡Hay una multitud de barrancas, acantilados y ríos esperándonos! Las expectativas se encontraban por las nubes y se desmoronaron en apenas un instante cuando el revisor entro en los vagones anulando el viaje. “Un derrumbe”. Suficiente por hoy, mañana, si consiguen limpiarlas, más.

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Demoras. La historia de mi vida. Opté por abandonar los Mochis y llegar a el Fuerte, la segunda parada del trayecto, en autobús, con la esperanza de que las vías finalmente se liberaran y pudiera reemprender el mítico viaje al día siguiente.

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Fue todo un acierto. El Fuerte, colorido, tranquilo, con arquitectura colonial española, tenía bastante más encanto que Los Mochis, fácil de caminar, sin apenas tráfico y con alojamiento a menos de la mitad de precio, amén de más taquerías por las calles (que siempre es un aliciente) desgranaba un ritmo de vida muy tranquilo. Aunque fuera el lugar ideado por Johnston McCulley como lugar de nacimiento de un tal Don Diego de la Vega, al que seguramente más de uno conocerá como “El Zorro”. O un Robin Hood a la mexicana.

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Tras un día vagando por sus calles, al fin llegó el momento de reintentar abordar el mítico Chepe y esta vez, obviando la casi una hora de retraso que ya acumulaba en sus dos primeras horas de viaje, llegó a El Fuerte para cargar a la ristra de viajeros que allí esperábamos y comenzar a subir las montañas.

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¿Y bien? ¿Mereció la pena? Desconozco la imagen que muchos de vosotros pudieráis tener de México, pero desde luego atravesar estas montañas selváticas, bordeadas por cañones no entraba en mi imaginación. Fue realmente espectacular, tanto, que apenas pude sentarme en todo el trayecto, apoyado sobre la ventanilla abierta entre vagón y vagón, alucinado con la madre naturaleza y más aún con esta piedra preciosa, este secreto que yo desconocía cargado de verdes y cortantes desfiladeros.

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Un angosto paso por donde aparecían los indios Tarahumara, los que siempre corren, los que consideran que Dios les creo a ellos y el Diablo al hombre blanco, mentiroso, ladrón, invasor y destructor del bosque. O al menos eso pensaron en su momento, ahora, amparado por el turismo se acercan a los pequeños pueblos de las montañas a vender sus piezas de artesanía mientras muchos otros siguen pastoreando las montañas, las mismas que en invierno se llenan de nieve. Sí, estamos hablando de México.

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El Chepe 25

El Chepe 24

Todo un trayecto espectacular, que paré en la mitad de su recorrido, en un tal Creel, donde el objetivo era poder ver un descomunal cañón natural que responde al nombre de Barranca del Cobre y que dicen, pondría en apuros la majestuosidad del mismísimo Cañón del Colorado, pero eso, cierto o falso, quedará reservado para el siguiente capítulo.

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Para toda la gente fantástica que la fortuna puso en mi camino en Los Mochis