(Post cargadito de buena gente y mejores recuerdos que afortunadamente aún no se han olvidado y que deberían haberse contado un 9 de Septiembre de 2010)

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Nos emborracharon. Así, sin más, sin miramientos ni remordimientos, con alevosía. A traición. A base de caballitos de mezcal, tequila, aguardiente y algún que otro brebaje de similar índole. Madrecita. Y nosotros sin comer. Con los 40º corriendo por la sangre sin nada que los detuviera. ¡¡Qué alguien los detenga!! ¡¡Que ahí vienen con más!!

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Así acabamos, bajo una lluvia ligera, sin inmutarnos. Improvisados invitados de un pasacalles, con sus gigantes, su orquesta y sus locales bailando, vestidos tradicionales, cantando y portando botellas y garrafas que contenían de todo menos agua. Añadieron unas cuantas tortillas que tampoco dudaron en compartir (cosa tremendamente admirable siendo Oaxaca uno de los estados más pobres de México) y siguieron al mismo ritmo mientras duró la fiesta.

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La excusa, decían, era celebrar que era el día de la Alfabetización. Un motivo bastante noble, tan bueno como cualquier otro, porque allí, en Oaxaca, no hay semana que no se lancen a las calles a celebrar algo. Truene, llueva, diluvie, nieve o tiemble la tierra, supongo. Así que alentados por el buen ritmo, humor y alegría que repartían aguantamos hasta el final, hasta que la orquesta se disolvió presa del cansancio (jaja) o más bien del toque de queda que debía de imponer el ayuntamiento.

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Tan inesperado como divertido. Acabamos de llegar a la ciudad huyendo, sin lograrlo, del clima dublinense, gris y cargado de lluvias, que asolaba Mexico DF (al que volveríamos más tarde). En compañía de mi hermano, que recién había atravesado el Atlántico para la ocasión. Un resto de días de vacaciones que bien se merecían un reencuentro más de un año después. Lo agradecí en el alma. Siempre es genial reencontrarse con amigos y familia, pero siempre es un extra si encima lo hacen llevando una sonrisa optimista por bandera y con los ojos brillando ante todo.

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No fue este pasacalles, cargado de alcohol, lluvias y toros de cartón con petardos, bengalas y fuegos de artificio que prendían y explotaban a escasos metros de la concurrencia (en un sálvese quien pueda) el único momento surrealista de esta ciudad a medio camino entre el caos y la tranquilidad, adjetivos que se aplican por calles, como si cambiaras de lugar de una cuadra a otra.

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El otro momento memorable se dio al pasar como meros espectadores (con algo de hambre, confieso) por el mercado 20 de Noviembre. La idea era encontrar un algo barato para comer, pero rápidamente nos vimos atraídos, presa de la curiosidad, hacia una nube blanca, una neblina sospechosa en uno de los pasillos del mercado. ¿Qué sería?

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Apenas nos adentramos en el humo primigenio, las cosas comenzaron a suceder a más velocidad de la que éramos capaces de asumir. Gritos. “¡Güero! ¡Güero! ¡Güerito!” y acto seguido nos vimos casi sin tiempo a reaccionar cargando una cesta con un par de chiles y unas cuantas cebollitas por el pasillo de la muerte. “Oigan” intentábamos preguntar “y con esto… ¿que hacemos?”

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Pues sobrevivir a las hordas de vendedores que intentaban llamar nuestra atención. “¡Aquí güerito! ¡Carne! ¡Chorizo! ¡Bistec!” decían todas la voces, entremezcladas entres sí, porque amigos, en el pasillo del humo donde los vendedores se apelotonaban, todos, absolutamente todos, vendían exactamente lo mismo y al mismo precio.

Un pasillo donde se repartían intermitentemente, puestos de comida con barbacoas. De ahí el humo. “Aquí lo compra y aquí mismito se lo preparamos güerito”. Imaginaos el barullo, porque lógicamente, no éramos los únicos que pasábamos por allí. Gritos, más gritos. Una señora endiñando cestas con chiles y cebollitas a todo el que se moviera. Los carniceros desgañitándose para atraer la atención. El barullo de los comensales pasando por allí. Unos por aquí, otros para allá. ¿Es posible desorientarse en un único pasillo? Si.

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Elegimos al azar, como no podía ser de otra manera, y acabamos sentándonos en una pequeña mesa donde al mismo ritmo empezaron a llegar gente de la nada. Una ofreciendo tortas. Otra salsas. Guacamoles. Ensaladas. Rábanos. Bebidas. Y mientras elegías un poco de todo, ibas pagando al azar, aumentando el caos esperando el cambio. ¿A ti que te había pagado? ¿las tortas o la bebida? ¿Y a tí que te estoy pagando? Virgencita. Órale. Venga, lo que sea. ¿Y tú que traes por ahí? Hombre, mira, saltamontes. Chapulines colorados. Venga, from the lost to the river, ándele y danos un puñao, que si aquí eso se come, no vamos a ser nosotros menos. ¿Quién dijo miedo? Café calienteeeee…. café calienteee…. (cantaba otro que pasaba por allí).

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A pesar de ser la experiencia gastronómica más desorganizada que he vivido en mi vida, acabamos comiendo bastante bien. Chapulines incluidos. Sí. Sí. Por mucho que sepan más a las especias que le ponen que a otra cosa.

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Completamos la jugada de nuestros días por allí visitando las espectaculares ruinas zapotecas de Monte Albán y las mixtecas de Mitla. Dos de tantos y tantos pueblos prehispánicos de los que se desconoce mucho más de lo que se sabe. Aunque los estudios de las ruinas (de las que nunca se hizo referencia hasta el siglo XIX) indican que empezó a existir desde el siglo V y que llegó a albergar una ciudad de diez mil habitantes.

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Ya habrá tiempo de indagar en los principales pueblos que habitaron este país, de manera algo más estructurada para que no se quede en una sopa de nombres, de momento quédense con algunas curiosidades de estas completamente insustanciales como que los zapotecas creían que nacieron directamente de las rocas, los árboles y los jaguares, o que mutilaban los genitales a sus víctimas, o que sus conocimientos de astronomía eran tremendamente exactos convirtiendo al centro de la ciudadela en un gigantesco calendario.

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Y como extra, sólo me queda añadir que si quieren ver algo realmente curioso, las cascadas petrificadas de Hierve El Agua bien merecen la pena el traqueteante camino en un pickup por los montes (bellísimos) del Valle de Oaxaca.

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Oaxaca. Menudo lugar. Menuda sorpresa.

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