(Historias de la Historia que tuve que haber contado un 22 de Septiembre de 2010)

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Desde la cima de la pirámide del Sol, se dominaba con la vista kilómetros y kilómetros en derredor. Sólo la inacabable hilera de visitantes, muchos de los cuales la escalaban con más pena que gloria, evitaba que te sintieras siglos y siglos atrás, cuando aquellas construcciones bullían vida en su apogeo, cuando llegó a albergar a doscientos mil habitantes.

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La construcción era apoteósica. Descomunal. La tercera pirámide más grande del mundo (ojo, que no alta), tras la de Cholula también en México y la de Keops en Egipto. Una base de 223 metros en cada lado que se elevaba “tan sólo” 71 metros. El equivalente a un edificio de 20 pisos. Casi nada.

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Imagínensela en todo su esplendor. Controlando toda la Calzada de los Muertos, el eje Norte Sur de 2 kilómetros de longitud que cruza toda la ciudad para acabar en la otra maravilla de la zona: La Pirámide de la Luna. No cuesta creer que allí, en Teotihuacán, como su nombre indicaba en náhuatl, se encontrara el lugar donde habían sido hechos los dioses.

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¿Y a quién debemos semejante complejo, tamaña obra arquitectónica? Pues como su nombre bien lo indica, a los teotihuacanos. Es posible que al oír estos nombres, junto con olmecas, zapotecas, mayas, aztecas y otros cuantos, uno acabe bastante perdido. ¿Pero no serán al final lo mismo? ¿Se parecen si quiera un poquito? Los dioses por lo menos son bastante similares, así que de alguna manera deberían estar relacionados ¿Pero y la otra incógnita, de donde diablos vinieron?

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(Grabado Maya – Museo Nacional de Antropología)

Vamos mi querido Watson, examinemos los datos. Nuestros continentes se comenzaron a separar hace unos 500 millones de años. Nuestros ancestros más viejunos comenzaron sus andanzas en África hace 6 o 7 millones de años, por lo tanto con los continentes más o menos en su forma actual. El homo sapiens como tal, o sea, nosotros (algunos más que otros) no tiene más de 150.000 años y en lo que hoy se conoce como América todo apunta que no hubo poblaciones humanas hasta hace 30.000 o 50.000 años según las teorías que dan más margen.

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(Escultura azteca – Museo Nacional de Antropología)

Conclusiones. Las poblaciones indígenas de America no se originaron en ella, si no que llegaron hasta allí. ¿Cómo? ¿Nadando? ¿Tenían ya hace 40.000 años nociones de navegación? ¿Ayudados por fuerzas extraterrestres? La respuesta está en una curiosa ayuda helada: La última edad de hielo, la cual duró desde hace 100.000 años hasta hace 12.000. Vaya. Coincide en nuestro lapso de tiempo. Sigamos.

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Esta glaciación hizo que la concentración de hielo hiciera descender los mares unos… ¡¡120 metros!! Por lo que muchas partes que ahora vemos cubiertas de agua, en aquel entonces no lo estuvieron. Así que si buscamos en un mapa lo que hoy conocemos como Estrecho de Bering, veremos que hubo un tiempo en que Asia estuvo conectada con Alaska por Tierra. Este lapso, se calcula que duró unos 20.000 años y por allí, en busca de alimentos llegaron los primeros pobladores. Los cuales terminado el paso, se dedicaron a habitar ese nuevo mundo hasta que los españoles los descubrieron para el viejo continente muchísimos siglos después.

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(El Estrecho de Bering, entre el cabo Dezhneva (Rusia) y el cabo Príncipe de Gales (Alaska – EEUU) – imagen cortesía de la Wikipedia)

Con estos conceptos la historia se volvió similar en seis regiones de la tierra. Los humanos sobrevivían como buenamente podían comiendo frutos y cazando y pescando con sus utensilios de hueso, piedra y madera descubren (vaya usted a saber con cuantos años y generaciones de observación) el efecto de las semillas. De ahí, a dominar su domesticación también pasó un buen trecho (y si no que me lo digan a mi, que no soy capaz de mantener ni un cactus vivo), pero sea como fuera al final más o menos empiezan a coger el tranquillo. Parece que esto funciona, mi prehistórico amigo.

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A partir de aquí, comienza una nueva etapa. Si tenemos cultivos, no hace falta que nos pasemos el día dando vueltas. Así que podemos irnos olvidando de ser nómadas, que es muy cansado y los pies acaban hechos polvo. Aparecen las primeras aldeas. Y ya que nos quedamos en un mismo sitio, comienzan experimentar y a investigar muchas otras cosas. Aparece las primeros utensilios de barro y oh, sorpresa, ya no podemos transportar e incluso almacenar cosas. Y mientras las aldeas van creciendo, las poblaciones se comenzaron a diversificar. Yo cazo, tu plantas, él se vuelve guerrero para protegeros y si la cosa se da bien, para someter a otros… y así un largo proceso que viene a llamarse una civilización.

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Bien, pues estos mismos procesos se dieron en la India, en China, en Mesopotamia, en Egipto… y en los Andes y Mesoamérica. Donde la civilización Mesoaméricana tuvo su centro en lo que hoy se conoce como México. Más exactamente entre Veracruz y Tabasco. Y de esto hace apenas 3.500 años. Los Olmecas. Pero claro, poco a poco todo se iba extendiendo y esta civilización se fue ramificando.

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(Una gigantesca cabeza Olmeca – Museo Nacional de Antropología)

Así las primeras civilizaciones comenzaron a aparecer en la zona central, no demasiado separadas las unas de las otras, que tampoco era cuestión de alejarse demasiado. Llegamos aquí, no molestamos a nadie que aquí tenemos agüita fresca, ríos y demás, y a empezar a prosperar. Así que más o menos al mismo tiempo aparecen en el Altiplano central los teotihuacanos, en la zona de Oaxaca los zapotecas y en la zona de Veracruz los Huastecas. No desesperen, que no pienso perderme en nombres.

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Así pues, los teotihuacanos se ponen manos a la obra y comienzan a construir su extensa cuidad, su imponente Teotihuacán, cosa que les llevaría desde el siglo I hasta el siglo VIII. Todo una maravilla urbanística, calles, un par de pirámides gigantescas, unas cuantas pirámides más pequeñitas, casas habitación, palacios…

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(Una maqueta de Teotihuacan con su inmensa Pirámide del Sol a la derecha y la Pirámide de la Luna al final de la Calzada de los Muertos – Museo de Teotihuacan)

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(Representación de la Pirámide de Quetzalcoátl de Teotihuacán – Museo Nacional de Antropología)

Un siglo más tarde, comenzaba la ascensión de los zapotecas en Oaxaca, con la creación de la ciudad que hoy conocemos como Monte Albán. Menos espectacular, pero igualmente extensa y sorprendente. Allí ya se pueden ver restos de escrituras, observatorios para las estrellas y saber cuando plantar las cosechas y hasta calendarios. Esto yo lo digo muy a la ligera, pero fueron también siglos de desarrollo, también hasta el siglo VIII.

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(Monte Albán en Oaxaca)

Los huastecos por su parte fundan El Tajín y desde allí hay unos cuantos que siguen más hacia el Este, hacia Yucatán, de donde aparecerían un par de siglos después los primeros mayas. Lógicamente, primero había que llegar a la zona, de ahí el retraso (si en autobús hoy en día ya lleva casi 24 horas, ya pueden imaginarse en aquella época). Los mayas fueron por así decirlo, los más listos de todos. No sólo a nivel arquitectónico, si no que desarrollaron una escritura (que atentos: además de símbolos también tenía sílabas), tallado de piedras finas, exquisita cerámica y tuvieron un calendario más preciso que el que usamos hoy en día. Ahí es nada.

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(Máscara Maya – Museo Nacional de Antropología)

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(Tumba Maya – Museo Nacional de Antropología)

Así que en su ascensión y evolución, los mayas fueron creciendo y expandiéndose, llegando a ocupar partes de lo que hoy es Guatemala, Bélice y Honduras. Pero al irse separando en distintas ciudades, también comenzaron las disputas y las guerras entre ellos. Así que mientras les dejamos ahí, en plenas batallas consigo mismos, retomemos al resto y vayamos a ver que tal les iba.

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(Grabado Maya – Museo Nacional de Antropología)

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(Bustos Mayas – Museo Nacional de Antropología)

No hay que disimular. No les iba demasiado bien. Avanzando hasta el siglo VIII Teotihuacán estaba abandonado. Dejado a su suerte, aunque a día de hoy sólo cabe hacer conjeturas sobre que llevó a semejante destino. Escasez de alimentos debido a reiteradas sequías, o luchas internas, o sobreexplotación de recursos… o…

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Sea como fuere, los teoticuhanos habían emigrado y se comenzaron a establecer en otros sitios, sin demasiada relevancia, donde fueron evolucionando hacia otros pueblos o bien absorbidos por ellos como los Toltecas. Similar destino sufrieron los zapotecas. Su Monte Albán, cayó en decadencia, en parte al faltar las relaciones que mantenían con Teotihuacán y fueron invadidos por otros pueblos, como los mixtecos. Otro nombrecito para la saca.

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(Mural – Museo Nacional de Antropología)

También los mayas entraron en declive. Pero a diferencia de los otros, y al no estar centralizados en una única ciudad, eran unas ciudades las que se hundían para que otras florecieran. A fin de cuentas, seguían vivitos y coleando. Con sus mismas historias y rencillas entre ellos, pero sin extinguirse. Todo un logro.

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(Ruinas mayas de Palenque)

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(Pared decorativa Maya – Museo Nacional de Antropología)

Mientras tanto, toda la zona central, ya descabezada de civilizaciones grandes se dividía en múltiples pueblos, tantos que nombrarlos todos probablemente me llevaría varios párrafos. Aunque si me permiten, nos vamos a centrar en uno de los pueblos que venían desde algo más al norte siguiendo una visión. Los aztecas también conocidos como los mexicas. Estamos en el Siglo XII.

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(Detalle de la Piedra Ceremonial de Tizoc – Aztecas – Museo Nacional de Antropología)

Los aztecas llegaban vagando, siguiendo las indicaciones de su Dios Huitzilopochtli, que a través de su sacerdote les había profetizado que iban a llegar a un lugar fantástico que se les indicaría con un águila comiendo una serpiente sobre un nopal. Tuvieron la “curiosa” suerte, de que cuando vieron semejante indicio no fue en tierra firme, sino en un islote en medio de una laguna. “Que digo yo, que ya podrías haber mirado para otro lado y haber llegado a una zona con playa”. Pues no, no había playa. Y si nuestro dios ha dicho que aquí nos quedamos, aquí nos quedamos. Y ahí fundaron Tenochtitlan. ¿No os suena de nada? Pues dejadme que os diga su nombre actual. La Ciudad de México. Era 1325.

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(Detalle de la escultura Azteca de Cloaticue – Museo Nacional de Antropología)

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(Piedra del Sol Azteca – Museo Nacional de Antropología)

No fue tarea fácil. Una isla pequeña, y aquí, en la tierra prometida, no cabemos todos. Pues ya me diréis como lo hacemos. A rellenar. A poner pilones, puentes, hacer diques, canales, lo que haga falta, pero aquí nos quedamos. Y así, con lo que puede ser una de las obras de ingeniería más impresionantes de los últimos siglos, se fundó y se expandió la ciudad de México. Y a partir de ahí, un imperio. 1430.

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(Representación de Tenochtitlan en mitad del lago de Texcoco – Museo Nacional de Antropología)

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(Maqueta de la zona central de Tenochtitlan – Museo Nacional de Antropología)

Se extendieron, no exactamente usando métodos diplomáticos, sometiendo a infinidad de pueblos y llegando incluso a Guatemala. ¿Se encontraron entonces con los Mayas? Si lo hicieron fue con una versión bien reducida de lo que habían sido. Los Mayas al igual que los teotihuacanos o los Zapotecas, se colapsaron. ¿Por qué? Pues sigue siendo un misterio. Algunos apuntan de nuevo a enormes épocas de sequías, o una población excesiva… o… pero los mayas, fueron cada vez dividiéndose en pueblos más y más pequeños que seguían con sus reyertas. Así al menos se los encontraron los españoles algún tiempo después. Aunque para muchos desaparecieron sin dejar rastro hay quién asegura (sin mucho crédito) que se fueron de este mundo como seres extraterrestres que eran.

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(Jugador de pelota Maya – Museo Nacional de Antropología)

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(Grabado Maya – Museo Nacional de Antropología)

Mientras tanto los aztecas tuvieron su siglo de dominio y expansión donde sus víctimas pasaban a ser esclavos o a ser sacrificados para honrar a su impronunciable dios Huitzilopochtli. Era necesario verter sangre para fortalecer el Sol y evitar un cataclismo. Y ya puestos, mejor la sangre de otros que la de uno mismo. Vayan pasando por aquí, que nos vamos a reir todos.

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(«Coloque aquí su corazón, gracias» – Sala Azteca – Museo Nacional de Antropología)

No es que los sacrificios humanos fueran cosa exclusiva de los Aztecas, no se vayan a creer. De hecho era algo usual en los pueblos mesoamericanos. El origen proviene de la convicción que tenían de que sus dioses se habían sacrificado para dar vida al nuevo mundo. Así que no era sino un acto de devolver lo que les habían dado. Sangre por sangre. Ahora cada uno a su manera. Los teotihuacanos se entretenían sacando corazones, mientras que los mayas preferían de vez en cuando sacrificarse ellos, todo un honor casi siempre por decapitación.

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(Ritos funerarios en Teotihuacan – Museo de Teotihuacan)

Y en esas condiciones, con los aztecas dominando a muchísimos de los pueblos y los mayas casi desaparecidos, aparecieron en escena unos misteriosos personajes. De tez blanca, con armaduras brillantes y con armas de fuego. Lo cambiarían todo.

Los españoles habían llegado.

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(Representación de una ciudad Azteca – Museo Nacional de Antropología)