(O tal y como alucinamos y sufrimos al borde del Pacífico un 11 de Septiembre de 2010)

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Ejercicio de imaginación visual. Inspiren profundo y piensen en la oscuridad total. Una insondable negrura en donde se encuentran detenidos. De pie. Sin moverse. Sin ningún foco de luz a su alrededor, ustedes son invisibles, partes del mismo abismo. Ahora deciden mover suavemente un brazo y ante su asombro, su brazo se ilumina. Un tenue color fosforescente que deja un rastro que se apaga a los pocos segundos. Vuelve la oscuridad.

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Ahora mueven el mismo brazo pero más rápido. Y su brazo reaparece esta vez con una luz más intensa, una estela con un brillo efímero, como si estuvieras formado por estrellas fugaces. Es ahora, en ese momento, cuando decides ponerte a correr. Y mueves todo tu cuerpo que se ilumina, incandescente con tonos a medio camino entre el amarillo y el verde, creando un halo que se difumina lentamente por donde vas pasando. ¿Se lo imaginan? Sería mágico, ¿verdad?

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Y que pasaría si les aseguro que es cierto, real. Que existe y que juro y perjuro que no es fruto de la ingesta de peyote. Probablemente me tacharían por loco. Pobre. Ha perdido la razón. Es normal, tanto tiempo de viaje, se le ha ido la olla. Pobre. Este lo que necesita es un buen plato de jamón. Pues no. Es cierto. Me jugaré mi escaso prestigio en semejante afirmación. Sólo que con un ligero matiz. Cambien el elemento. Y en lugar de aire, como la mayoría de ustedes se habrá imaginado, conviértanlo en agua. Y cambien correr… por nadar.

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La barca cortaba la densa noche atravesando la laguna de Manialtepec. Ni rastro de la luna y apenas un ligerísimo tintineo de las estrellas. Y nosotros no sabíamos muy bien que hacíamos allí. Quizás porque nadie había sido capaz de explicarnos bien lo inexplicable. Agua que brilla. O algo así. Y mientras la barca se adentraba más y más hacia el centro de la masa de agua vimos pequeñas luces moverse bajo nosotros. ¿Peces fosforescentes? ¿Qué diablos nos habrían puesto en la comida? Aguzamos la mirada, intentando escudriñar más allá… y entonces fue cuando con la barca aún en marcha metimos la mano en el agua.

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Brillaba. Creando la misma estala que seguro han imaginado, desapareciendo en forma de nube como leche en el café. Y las gotas de la mano aún chorreando servían para lanzarlas contra la superficie y pintar sobre ella. Irreal como ello mismo. Era el momento de saltar al agua. Y con cada salto se creaba una bomba de luz. Con cada brazada se iba iluminando el camino. Incluso nos permitíamos el lujo de tomar el agua en la boca y lanzar chorros de luz por los aires. ¿Donde estábamos? ¿Habíamos llegado a Pandora al fin?

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La solución a semejante efecto gusiluz, lejos de teorías de aguas radiactivas, se encuentra en un microscópico organismo, que cubre todo, rodea todo (como los midiclorianos, para entendernos). El fitoplancton. Una especie de plancton que adquiere propiedades fosforescentes un par de meses al año, sin fecha demasiado fija. Y habíamos llegado en el mejor momento, en el que el brillo era más intenso y cuando no había nada nada de luna que redujera el efecto.

Absolutamente impresionante.

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Fue una sorpresa que nos aguardaba a escasos kilómetros hacia el interior de la costa Pacífica de Puerto Escondido, lugar de playa al que habíamos decidido ir para cumplir dos propósitos. El primero pasar algún tiempo de playa, al más puro estilo tumbona, pescaito frito y vuelta y vuelta y un segundo, mucho más ambicioso de convertirnos de una vez por todas en jinetes de las olas y dominar eso que se conoce como tablas de surf.

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La idea romántica del surfeo se desvaneció rápidamente cuando entramos en las bravas aguas que azotaban el litoral. A estas alturas de la película ya es momento de confesar, que lo que es yo, no he montando ni en monopatín ni he esquiado en toda mi vida, así que no andaba yo con demasiadas esperanzas de quedar glamurosamente aguantando el equilibrio en la tabla.

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Iluso. ¿Quién hablaba de equilibrio? Muy pronto descubrimos que antes de plantearse el surfeo había que llegar a las olas. Raúl, nuestro profesor, lo vió claro. “Tenéis muy poquitos brazos y en el surf, todo es cosa de brazos”, sentenció. Porque antes de surfear hay que tumbarse en la tabla y remar, remar, remar con los brazos intentando atravesar las olas o al menos dejar a un lado las corrientes que te llevaban de vuelta hacia la orilla. O hacia donde fuera.

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(Liberando tortugitas)

Habíamos dejado el equilibrio para otra ocasión, mientras luchábamos contra las olas que venían, desde adelante, desde el mar, pero también desde atrás, volviendo desde la orilla. ¿Pero que clase de broma era esta? “Vamos, REMAD, REMAD, NADAD, MAS FUERTE, MAS FUERTE!!!” Gritaba Raú, aka “el Sargento de Hierro”, mientras nosotros sufríamos para no ahogarnos. Tomen nota, principiantes: Puerto Escondido puede ser uno de los lugares menos apropiados para introducirse en esta especialidad de tortura.

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(Los lemmings)

A pesar de todo, aún conseguimos, y tras dos horas de training, aguantar un par de segundos sobre la tabla. Bendita recompensa. Aunque todo sea dicho, hecho lo más difícil, sólo quedaban ganas de más… si no fuera por la invasión de agujetas que cubrió el cuerpo durante tres o cuatro días más. Que duro es el glamour. Yo me quedo con la hamaca viendo ver el atardecer.

Otra corona, gracias.

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