Archive for December, 2009

Día 220: A las órdenes del Sultán

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El Sultán se llevó las manos a la cabeza. “Malditos Españoles. ¿Pues no me acaban de arrebatar Filipinas?” Era 1571 y era el fin de la edad dorada de Brunei que abarcaba el norte de Borneo y Filipinas. Se le complicaban las cosas a este y sucesivos sultanes que a lo largo de los siguientes siglos vieron como su imperio se reducía, reducía y reducía, esta vez de manos de los ingleses, y en el siglo XIX apenas quedaban dos pequeños territorios inconexos al norte de la isla.

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Hasta los ingleses aceptaron que se habían pasado. “My dear Sultan. Que le hemos ido comiendo terreno entre pinta y pinta y se han quedado en nada. Mire. Les vamos a poner bajo nuestra protección”. Y probablemente no se pusieron ni colorados. ¿Protección? ¿De quienes? ¿De ustedes los sirs, no?. “Hombre. no sólo de nosotros, my dear sultan. Mire, por ahí vienen los japoneses con ganas de llenar esto de izakayas”.

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Y los japoneses llegaron, arrasaron, se quedaron, los americanos les bombardearon nuclearmente, se rindieron y se fueron. Los ingleses puestos en evidencia, no pudieron mantener el control de esta zona mucho más. En todo este proceso se estaba gestando ese nuevo país hecho de retales que se llamaría Malasia y donde Brunei debería entrar a formar parte.

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Pero miren ustedes, que casualidades de la vida, se encontró Petróleo en Brunei. Y esto, amigos, cambio toda la jugada. Mis queridos malayos, que dice el Sultán que ahí se quedan, que sois majos y tenéis buenas playas, pero esto no se comparte. El petróleo se queda en casa.

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Los petrodólares comenzaron a fluir y Brunei dejó de preocuparse del mundo… y así llegamos al día de hoy, en uno de los países más ricos del mundo (sin aparentarlo) y vendiendo petróleo a Japón. Las vueltas que da la vida, Hatoyama-San.

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Sería lógico imaginarse las calles de Bandar Seri Begawan, la capital, como opulentas, majestuosas, mostrando el poderío del oro negro (tal y como yo me imagino la excesiva Dubhai), pero hay muy poco de prepotencia en este calmado y minúsculo país.

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Sí. Vale que el sultán tiene una colección de más de cinco mil coches de lujo (con alrededor de 500 Rolls Royce), un palacio con 1788 habitaciones (y 257 cuartos de baño), un boeing 747 privado con muebles bañados en oro y tropecientas excentricidades más, pero por otro lado ha intentado repartir ligeramente esta riqueza entre la población y toda la educación y sanidad para la población es gratuita, así como el comercio que está libre de impuestos. Algo es algo.

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De cualquier manera, no es único rico del país. Son muchos los que ganaron la lotería con el descubrimiento del petróleo, tanto que por ejemplo el sistema de transporte público no es demasiado bueno… porque no lo usa demasiada gente. Así, si un conductor de utilitario te ve esperando en una parada de autobús, se para, y si vas en la misma dirección te lleva. Al mismo precio que el autobús. Que los negocios son los negocios. No es nada personal.

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Todo gira alrededor del Sultán y su palabra es ley. Vamos, porque no queda otra. La palabra democracia se puede encontrar si se mira en algún diccionario. Total, si llevan ya seis siglos de monarquías absolutistas, tampoco va a ser ahora el momento de cambiar, ¿no? Además si hubiera que votar habría aún más lío, porque a las mujeres ni siquiera se les contempla ese derecho. Lógicamente la libertad de prensa no existe.

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Dado que el sultán abraza la religión islámica, es la religión oficial del país. No busquen alcohol, ni cerdo. No lo hay. A menos no legalmente. Hay iglesias y templos budistas, pero abundan las mezquitas, cuyos rezos, emitidos por los altavoces a primera hora de la mañana y al atardecer inundan las calles. Lo de despertarme (o que me despierten, mejor dicho) no lo llevaba del todo bien, pero he de reconocer la belleza de ver un atardecer mientras el aire se llena de versos del Corán recitados por el imán.

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Extraño y peculiar lugar donde la gente ha vuelto a demostrar su amabilidad, curiosidad y hospitalidad conmigo como sólo lo han sabido hacer en la vecina Malasia (mayoritariamente islámica también) y he acabado en ocasiones compartiendo té y pasas invitado por desconocidos. Que lejos se ve algo así en Europa. Tristemente.

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Aparte de eso no he encontrado más excusas para quedarme más días. No había demasiado que ver, ni demasiado que hacer. Esta pequeña burbuja en medio de Asia no daba para mucho más con que calmar mi curiosidad.

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Me despedí de Brunei está mañana, para volver por enésima vez en este viaje a Bangkok. El inevitable retorno. Aquí, en Tailandia, pasaré Navidades y me despediré de este 2009 que tan buenas sorpresas me ha dado. Aquí se quedan los posts hasta el año que viene y desde aquí, horas antes de disfrutar de los manjares que se puedan encontrar para combatir a los recuerdos de gambas, cabritillo, cochinillo, jeta, calvotes, jamón serrano, queso manchego y otras delicias con que se adornan estas fiestas, os deseo que las paséis en grande y que no os permitáis duda alguna de que el 2010 será aún mejor.

¡¡Felices fiestas!!

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Inevitablemente, para todos con los que este año, por primera vez, no podré compartir ni turrón, ni comilonas, ni inmejorables momentos.

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Día 216: Lo que ocultaba el Mar de Célebes

(Aguas claras llenas de pececillos que deberían haber llegado a sus pantallas un 21 de Diciembre de 2009)

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No parecía demasiado complicado, pero lo fue. Abandonar el parque Nacional de Kinabalu se complicaba por momentos. No tenía parada de autobús propio, así que la única opción era esperar en la cuneta a que pasara uno dispuesto a recogerte. Y dispuestos estaban, pero al no haber plazas lo mismo me había podido quedar ahí una hora, que cuatro días. Bienvenido a Borneo.

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En una estrategia desesperada, cogí el primer bus que pude con destino donde fuera con la esperanza de que las comunicaciones mejoran al menos un ápice. Comenzó el caos que me llevaba a sitios donde no podía llegar a mi destino, pero que me podían llevar a otro que se desviaba un poco y luego podría coger otro, que más un minibus puede que llegara a tiempo. La comunicación local tampoco ayudaba:

- This bus to Semprona?
- Yes, sir.
- Stop in Semprona?
- No, sir.

Ejem. Si a esto añadimos que muchos de los minibuses sólo parten cuando están llenos mi momento de llegada alcanzaba la incertidumbre total. Sea como fuera, me había permitido un margen de un día y medio para llegar a la costera localidad de Semporna. Tardé ventisiete horas. Con parada a dormir cuando ya no hay ninguna otra opción de seguir, peleas con taxistas y demás especias que alegran el camino ¡¡Ah, los goces de viajar!!

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¿Y que tenía Semporna que mereciera tanto esfuerzo? Semporna en sí mismo no tenía demasiado interés, pero si lo que se podía ver más allá de sus orillas, en las aguas del mar de Célebes, en las aguas de las islas que conforman parque marino de Tun Sakaran cuya tarjeta de presentación rezaba que eran magníficas. Entre ellas la joya de la corona: Sipadan. De las altas cumbres a los fondos marinos.

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DaRoiT me puso sobre aviso en algo esencial que yo desconocía. Sólo 120 personas pueden bucear al día en Sipadan, una manera de evitar su degradación. Lamentablemente ya llegaba tarde, no había sido tiempo suficiente. Las plazas estaban cubiertas y entraba en lista de espera a merced de alguna cancelación.

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No sería este motivo para emitir ninguna queja. Tenía un montón de islas para explorar y bucear, así que tras unas breves preguntas y recomendaciones, elegí la diminuta Sibuan para tomar el contacto con los fondos marinos malayos.

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Una preciosa isla de aguas turquesas, arenas blancas y unas cuantas palmeras mezcladas con un para de básicas cabañas. Fue fantástico. 3 inmersiones en el día entre arrecifes de coral, peces globo, peces ángel, peces loro, estrellas de mar, morenas, gloriosos peces león y multitud de tortugas, nadando en una enorme pecera cristalina de 25 metros de visibilidad.

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Fantástico. No dabamos a basto. La última inmersión en Hawksbill Highway había sido la más espectacular hasta la fecha. O al menos hasta el día siguiente. Al regresar al puerto me confirmaban que había habido una cancelación. Las aguas de Sipadan me esperaban. La fortuna esquiva muchas otras veces me sonreía. Bucear en uno de los puntos que aparecen en casi todas las listas de mejores sitios de buceo del mundo. ¡¡No me lo podía creer!!

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Como las cosas de palacio van despacio y cambiar el nombre del buceador podía llevar un par de semanas de burocracia la solución que tienen la mayoría de los centros de buceo es… el de suplantar la personalidad. Así que durante unas horas habría de convertirme en un estadounidense que respondía al nombre de Mr. Kane. Yo, que nunca he pisado los Estados Unidos.

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(Mr. Kane, que seguro es una persona honrada y decente se horrorizaría ante esta imagen si supiera que es él)

Sipadan es una pequeñísima isla que surge de un extinto cono volcánico de 600 metros de altura sobre los fondos marinos, lo que hace que a la hora de bucear esté llena de paredes verticales que se pierden en las profundidades. Y en la parte superior corales. Corales. y más corales de miles de años de antigüedad.

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¿Y que podríamos ver ahí abajo? Nuestra dive master fue sincera: “Sipadan es un libro de peces de arrecifes. Unas 3000 especies diferentes. Si esperáis que os señale e identifique todos, apañados vais. Sumergíos, burbujitas mías y disfrutad. Pero sí hay algo que puedo prometeros… tiburones”.

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Todos listos. Reguladores en la boca. ¿Ok? Ok. Para abajo. Y bajaba lentamente viendo los corales a unos cuantos metros bajo tus aletas mientras me tomaba mi tiempo para ecualizar la presión en los oidos. Este primer momento siempre es alucinante. Las aguas del mar cobran una nueva dimensión al ver como bullen de vida.

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A breves metros comenzaba la pared vertical. Descenso hasta los 15 metros y a mantener la flotabilidad a lo largo de ella. Los peces se cruzaban por arriba, por abajo, por enfrente, por detrás, las tortugas te pasaban al lado saliendo desde entre los corales y rocas mientras bancos y bancos se pasean rápidamente en vertical. Mother of the beautiful love! ¡¡Eso era una autopista!!

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Y por allí, sin ningún disimulo, nadaban apaciblemente unos cuantos ejemplares de tiburones de aleta blanca, dueños del arrecife. Majestuosos, con ese nadar suyo tan hipnótico. A pesar de lo que mis ojos interpretaban lo cierto es que “sólo” debían rondar el metro y medio de longitud. Para tranquilidad de los que lo desconozcan no suelen ser agresivos, así que raramente atacan a menos que se les provoque, lo cual, créanme, no entraba dentro de mis planes. Me limité a admirarlos y acercarme lo que mis sentidos, creo que no demasiado afectados por el nitrógeno, estimaron conveniente.

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Habiendo imaginado semejante escenario me había decidido a alquilar una cámara sumergible. Primer contacto con un mundo fotográfico desconocido donde las cosas son más complicadas de lo que parecen. Primero porque para hacer fotos bajo el agua suele ser recomendable tener la capacidad de buceo algo más desarrollada de lo que yo puedo ofrecer en mi nivel boquerón de pecera cómo para encima añadir otro elemento más al que estar atento.

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Por otro lado, la cámara que usaba, no pasaba de ser una cámara automática, por lo que apenas podía controlar ningún parámetros. Sólo point & shoot. Tampoco disparaba en RAW por lo que todos los ajustes de blancos que he podido hacer han sido forzados desde los jpeg. Lo más importante a nivel visual en las profundidades es que según desciendes los colores van desapareciendo y todo se vuelve azul, muy azul. (por si no quedaba claro en las fotos).

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Por eso a partir de los 10 metros de profundidad es aconsejable utilizar el flash para añadir un elemento de luz (aunque sea artificial) que revele los verdaderos colores de las profundidades. El problema es que en una cámara tan pequeña el control del flash era bastante pobre así que las pocas que intenté hacer con él fueron un desastre.

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(Una morena… ligeramente flasheada)

Tras toda esta ristra de excusas espero que las fotos os valgan para haceos una ligerísima idea de lo que se podía ver en esos 15 metros de profundidad, pero cómo siempre es mejor hacer caso a los profesionales aquí tenéis un video promocional de la zona, que luce mucho más. Donde va a parar.

Nos faltaron las manta rayas y los tiburones martillo, pero todo se andará. Paciencia. Paciencia.

¡¡Tiembla capitan Cousteau!!

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Día 213: Los 4095 metros del Kinabalu

(Las botas llegaron llenas de barro un tal 18 de Diciembre de 2009)

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A 1500 metros de altura los 4095 metros del Monte Kinabalu se veían imponentes. Se avecinaba una subida sin tregua. La montaña más alta del sudeste asiático se elevaba ante mis ojos y mi cuerpo salchichero sólo tenía en mente llegar a la cima. Como fuera.

Me encontraba en la curiosa isla de Borneo (la tercera más grande del mundo tras Groenlandia y Nueva Guinea), propiedad de Brunei, Indonesia y Malasia. Había llegado a la parte Malaya que responde al nombre de Sabah cogiendo mi primer avión (desde Singapur) en unos cuantos meses y miraba con detenimiento al coloso. No lo hacía de manera desafiante, cómo si fuera la presa y yo el cazador, sino curioso. Era la primera vez que lo veía, la primera vez que se asomaba entre la densa niebla. Poco duró la alegría. Rápidamente volvía a ocultarse bajo el manto de nubes y nosotros comenzábamos la subida.

Mount Kinabalu 02

Dividida en dos días la primera parte nos debería llevar unas 3-4 horas de subida. Comenzamos, como comienzan los bravos, a buen ritmo haciendo caso omiso a regla básica que indica que las montañas hay que comenzarlas como un viejo para llegar a la cima como un joven y todo parecía apuntar a que iba a hacer la jugada opuesta.

Mount Kinabalu 03

De cualquier manera la fantasmagórica niebla no animaba. El objetivo de alcanzar la cima era doble. Indudablemente, había parte del orgullo personal. Lo hice. Medallita al canto. Fanfarrias y querubines cayendo desde los cielos. La gloria, mis queridos hobbits. Pero había otra recompensa mayor reservada no sólo para los valientes, sino para los afortunados y no era otra que poder ver el amanecer desde la cima. Y con las nubes gruesas, todo olía que me iba a quedar con el honor y la gloria pero sin el amanecer. Utilizaría entonces únicamente el honor y la gloria para hacerme con la dominación mundial… si llegaba.

Mount Kinabalu 04

Porque por aquel entonces, a mitad del camino que sólo conocía las palabras “subida”, “empinada” y “de pelotas”, ya estaba sudando la gota gorda. ¿De verdad era necesario subir con el trípode? ¿Hasta donde más me va a cegar la fotografía? ¿Es que acaso estos meses de libre albedrío me habían hecho perder la consciencia de mis limitaciones? ¿Por qué se empeñaba la Lonely Planet en considerarlo uno de los ascensos más fáciles del Mundo? Ascenso fácil es con ascensor, escalera eléctrica o helicóptero. Total, la cuestión es hacer cuatro fotos y luego ennoblecer la historia.

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Resoplando y con el corazón latiendo a mil, comenzábamos a cruzarnos gente por el camino. Los caminantes del día anterior ya bajaban victoriosos de la alta cumbre y aunque muchos nos dedicaban unas palabras de ánimo que mi cuerpo sin aliento era incapaz de agradecer, algunos otros tenían una manera un poco peculiar de insuflar moral: “¡TODAVÍA os queda la mitad!” “¡¡Ánimo, que ahora viene lo PEOR pero ya casi está!!” “¡¡¡Venga, que una NIÑA de 10 años llegó esta mañana a la cumbre!!!” “¡¡¡¡Y un HEPTAGENARIO también!!!!”

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Y tu les miras con el poco odio que tu maltrecho cuerpo es capaz de emitir. Y odias también a la niña, odias al heptagenario, odias a quién se lo hizo a la pata coja, y a quién se lo hizo corriendo (lo que viene a llamarse un Climbathon) subida y bajada en 2 horas y 40 minutos (un tal Kilian Jornet Burgada, que además es Español!!). También odias a quién te dice el estupendo amanecer que pudieron ver, corroborado por su guía. “Impresionante. El mejor que he visto en mucho tiempo”. Y mientras les odias te maldices. ¿Habría llegado un día demasiado tarde? Resoplas un poco más y sólo piensas en dar un pasito más. Otro pasito. Venga, otro pasito. Uff. Uff. Maldita niebla. ¿Sería todo este esfuerzo en vano?

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A pesar de las quejas, alcanzábamos los 3272 metros del albergue de Laban Rata antes de las 4 horas previstas. Un poco demacrados, rojos como un tomate, pero habiendo completado la primera parte con éxito. Sólo quedaba descansar, comer mucho para recuperar fuerzas y beber muchísima agua para intentar ajustar al cuerpo a la nueva altitud y no sufrir el mal de alturas.

Mientras tanto las nubes galopaban por las laderas a la velocidad del trueno apenas abriéndose de tanto en cuando unos pocos segundos para animar las esperanzas de los que gustamos de agarrarnos a un clavo ardiendo. A media tarde comenzaba a llover. A jarrear. Esto va a ser mala señal, Señor Frodo. Se lo digo yo. La cosa no pintaba nada bien. Pero cómo bien decían los guías: “Tropical weather sir, very beautiful to predict”. Estos lo que es mojarse, ni debajo de la lluvia.

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De cualquier manera, siguiendo el planning previsto y porque la esperanza es lo último que se pierde a las 7 ya estábamos todos durmiendo. La hora de diana, las dos de la mañana vendría acompañada de un desayuno para emprender los dos últimos kilómetros y medio. Tiempo estimado: 3 horas. Velocidad terminal. Pero cuando sonó el despertador mis ojos legañosos sólo se preocuparon de mirar por la ventana. Las estrellas, señor Frodo. Se veían las estrellas.

La subida sería en bajo la atenta mirada de Orión, las Pléyades, parte de la vía láctea e infinidad más de lejanos soles cuyo nombre desconozco. Y mientras subíamos partes empinadas, agarrándonos a sogas para escalar por las rocas el manto de nubes esperaba su turno de salida por debajo de nosotros. La cuestión estaba en saber si el orden de llegada a la cima sería nosotros primero, el sol después y las nubes por último o si el por el contrario tendríamos que asumir el fracaso con cualquier otra combinación.

Al poco tiempo ante la proximidad de los 4.000 metros, las nubes, el sol y el resto de preocupaciones dejaban paso a una nueva. Respirar. No consumir rápidamente el poco oxígeno que rondaba aquellos lares y no se si serán efectos secundarios de mis días en el Tíbet o vaya usted a saber si alguna de las comidas sudesteasiáticas generan más glóbulos rojos de los normales, pero lo cierto es que lo hice mejor de lo que esperaba.

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¿Quién lo iba a decir? No dabais un duro por mi estampa, ¿eh, canallas? Pues lo logré. Llegué a la cima del sudeste asiático en menos de tres horas y antes que las nubes que por su parte se dedicaban a recuperar el tiempo perdido.

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Pero no fue suficiente. Llegaron tarde a impedir nuestra puntual cita con el amanecer. Llegó el sol con su cabalgata de colores, moldeando las formas de las montañas colindantes, dando forma al día mientras nos sobrecogía la belleza del espectáculo.

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El esfuerzo había merecido la pena. Ya podría bajar la montaña aunque fuera rodando, como un peso muerto rebotando grotescamente contra las piedras.

Porque tal y como cabía esperar, la bajada no iba a ser nada fácil. Las piernas cansadas, las rodillas que se iban volviendo de gelatina. El cansancio acumulado. Y un camino que ahora a la luz del día se mostraba como realmente era. Alucinante.

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Si no fuera por la ignorancia de la noche no creo que hubiera subido jamás por donde lo hice. Pero ahora, cuesta abajo volvíamos por el camino interminable, resbaladizo y repleto de raíces y piedras que nos hacía ir a la misma velocidad que subiendo.

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Llegamos a la entrada del parque nacional destrozados. Las agujetas que aún estaban por llegar habrían de durar un par de días, pero ya me sabía la historia. Tras esos dos días, las agujetas se olvidarían y en la mente sólo quedaría el momento en que el sol despuntó por encima de la más alta de las nubes iluminando y calentando nuestro rostro.

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Mount Kinabalu 27

Inolvidable.

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Para Antonio, Héctor y Pablo, porque hacer el Uruk Hai por los montes siempre fue, es y será mejor con ellos.

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El tío Matt desde Laos

Fiel a la cita con la paloma mensajera, me ha llegado una postalica desde Laos. Naturaleza Salvaje atravesada por el Mekong, un país que contrasta con sus vecinos por la tranquilidad con que se toman la vida. Monjes budistas, templos y una trágica historia llena de bombas. Esto se pone interesante.

¡¡No se la pierdan!!

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Día 209: Disneyworld existe… y tiene pena de muerte.

(Parece que fue ayer, pero no, fue un 14 de Diciembre de 2009)

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Cuando Thomas Stamford Raffles decidió crear un puerto comercial en un pantanal con pocos habitantes y además convenció al Imperio británico de su importancia estratégica demostró un hiperdesarrollado sentido del olfato para los negocios.

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El pequeño puerto que respondía al nombre de Singapur, creció como la espuma, atrayendo a comerciantes de todo el mundo. En 6 años contaba con 10.000 habitantes. No supo crecer. Aunque la inmigración masiva llevó a una bonanza económica causaría no pocos problemas. Tensiones raciales, prostitución, guerras entre sectas y sociedades secretas, un deficitario servicio sanitario, epidemias, batallas internas, drogas y largo etcétera… ¿Y qué más daba, mientras siguiera entrando dinero en las arcas? My Dear and Beloved Queen, nos estamos forranding.

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Pero hoy no queda ni rastro de esa ciudad oscura que haría parecer a Gotham City un parque infantil. ¿Cómo ha llegado Singapur a convertirse en el Disneyworld que es hoy en día? Ya en su momento las autoridades se intentaron enfrentarse a todos estos problemas con irregular éxito además complicado por la invasión Japonesa durante la II Guerra Mundial. Arrasada. Ahora ya ni siquiera entraba el dinero. Apañados vamos.

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Inestabilidades varias aparte y con el aliciente de un imperio británico desgastado se accedió a su independencia, se celebraron elecciones y Lee Kuan Yew, un joven abogado (para más inri educado en Cambridge) se alzaba con una contundente victoria y un ambicioso proyecto de reforma económica y social. Los ingleses mientras tanto se lavaban las manos. We love the party, but we have to go. Have fun. El pastelón quedaba en sus manos legítimas y nosotros tomamos las de Diego’s Village.

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Buscando ayuda para su desarrollo, entro a formar parte de un nuevo estado que se llamaba Malasia. Sin embargo tras muchas tensiones políticas (a ver quien manda aquí, que vosotros sois pocos y pequeños), tensiones raciales (no suele ser aconsejable eso de tener una discriminación positiva hacia los malayos cuando la mayoría de la población es china) crearon una olla a presión y tras sangre por aquí y por allá se expulsó a Singapur de Malasia. ¿Sobreviviría? Un país del tamaño de Menorca, sin recursos naturales, con una ristra de problemas a sus espaldas… las casas de apuestas no daban un duro por ellos.

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Pero comenzó su reestructuración. 1961. Apostaron por la industrialización, por competir como la mano de obra más barata, atrayendo a empresas petrolíferas para procesamiento y refinamiento, el inglés pasó a ser el idioma oficial (en decrimento del chino), se construyeron rascacielos de “protección oficial” para solucionar el problema de la falta de viviendas y se abría un aeropuerto que gritaba al mundo que Singapur estaba allí. 1981 Era el momento de reclamar al turismo. Y lo hizo con gran éxito. Aproximadamente el 50 por ciento de sus ingresos actuales vienen del turismo. No está nada mal. Había sido capaz de reinventarse.

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Pero sin lugar a dudas lo más curioso es como mantiene su reciente nueva cara. Normas. Normas. Normas. Y más normas. Todas ellas acompañadas de sustanciosas multas en caso de incumplimiento. Tanto que muchos emplean el juego de palabras de “Singapore is a fine city”. Donde fine puede traducirse por agradable y multable.

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Pasear por las calles es ver posibilidades de acabar pagando dinero en multas por todo. ¿Qué ley estaré incumpliendo? Unas cuantas seguro. Como cruzar la calle sin pasar por los pasos de peatones. Lo confieso. Lo hice. Ni lo pensé. Era joven e inocente. No me azoten.

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Porque azotan. Entre los castigos no sólo esta el dinero, si no también, bastonazos, latigazos, amen de los clásicos encarcelamientos y la pena de muerte. Si tu intención era traficar con drogas (por muy pocas que sean) que sepas que ni el más habilidoso de los embajadores podrá salvarte de la horca. El nuevo e impoluto Singapur, cuyas calles parecen de un parque temático, tiene un aire oculto que acojona. Carallo. ¡Si hasta Chinatown está limpia, ordenada y recogida! ¿A donde vamos a llegar?

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Olvídense de fumar cigarrillos extranjeros y de mascar chicle (a menos que sea por prescripción médica y previo registro en la farmacia), y ahi como me entere que sales del retrete sin tirar de la cadena. ¿La homosexualidad? Prohibida. ¿El sexo oral? Tambien, salvo que se haga antes del coito. Ni se te ocurra pronuncia la palabra Bomba (¡lo he dicho!), ni decir piropos (así que nada de que la Pepi es la b****). Y mucho menos hacerse pasar por estrella de la televisión…

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¿Y aún así? Aun sin poder hacerme pasar por Emilio Aragón (con la ilusión que me hacía) Singapur mola. Es cómoda, es tranquila y da un respiro con aire europeo en el centro de Asia. Punto de encuentro que hizo honor a semejante apodo. Mi amigo Taka se mudó allí hace apenas un par de meses, la encantadora Vero estaba por allí de visita, el amigo Héctor coincidió en unas conferencias… ¿Qué mas puedo pedir?

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Cumple además con el tópico de que parece un país mucho más disfrutable viviéndolo que visitándolo. Multitud de comodidades, buen tiempo, mucha vida social en las calles, mucho ambiente por todas partes, música en vivo, centenares de museos, parques verdes e impolutos, enormes rascacielos, construcciones extravagantes, iglesias, mezquitas y templos juntos pero no revueltos y cerquita de los mejores sitios de buceo de Asia. No digo más. ¿Oigo que apetece pasar una temporadita por la zona? A la lista!

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Por supuesto, para Taka y Vero, que me dieron cama, comida y me hicieron quedarme con ganas de volver.

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Día 207: Postales desde Malaca

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12 de Diciembre de 2009

- ¡¡Recordaréis este día, como el día en que casi atrapáis al príncipe Parameswara!! – debió exclamar el susodicho príncipe al abandonar la ahora Singapur para escapar de las fauces del imperio Majapahit de Sumatra al cual había dado la espalda para convertirse en un pirata. Y entre estas estrafalarias historias de mercenarios del mar, traiciones, renuncias y demás anécdotas que huelen a pólvora y que en nuestras imaginaciones saben a aventuras, llegó a un pequeño pueblo pesquero que respondía al nombre de Malaca. Consiguió la protección del imperio Chino y en sus orillas fundó un puerto que atrajo tanto a mercaderes chinos, como a mercaderes hindúes. Fue la semilla de Malasia. El puerto más próspero de la región que acabó atrayendo y enzarzando en guerras, batallas y triquiñuelas varias a portugueses, holandeses e ingleses.

Ya hace tiempo que dejó de ser el enorme puerto mercante, pero aunque de las fortalezas que lo protegían sólo quedan ruinas, las calles aún conservan los rastros de todas las culturas que por allí han pasado. Coloridas calles, coloridos barrios chinos e hindúes, iglesias cristianas y conductores de tuk tuk que han abandonado el buen gusto para decorar sus vehículos de la manera más estrafalaria posible acompañados de música discotequera, los grandes éxitos de Michael Jackson y hasta la melodía dance de El Bueno, el Feo y el Malo. Que delirio. Si Parameswara levantara la cabeza… lo cogería a diario irremediablemente.

¡¡Disfruten las postales, Wish you were here!!

Ignacio

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(Y unas cuantas más de regalo)

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Día 205: Kuala Lumpur

(Érase una vez un post que de haber llegado el día 10 de Diciembre de 2009 a sus pantallas, habría vivido feliz y comiendo perdiz para siempre)

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Desde el Skybar situado en lo alto del Traders Hotel enfrentado a las Torres Petronas, la cosa mejoraba. Y mucho. La jugada anterior carecía completamente de sentido, subir a la pasarela que unía las dos torres gemelas, había sido una pérdida de esfuerzo y tiempo. Con una cantidad limitada de pases día, el madrugón para hacer cola y conseguir uno había sido obligatorio. Cuando al fin conseguí entrar apenas nos permitieron cinco minutos para estar en la pasarela.

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Damas, caballeros, ya lo han hecho, ya lo pueden contar, ahora retírense que llegan otros cuantos. A lo que hay que añadirle que si visualmente lo más interesante de la zona son las propias torres, subirte a una de ellas te dejaba sin verlas. Nada, una engañifla. Mucho mejor disfrutar de su impresionante arquitectura plateada e iluminada desde fuera, donde hay que doblar el cuello hasta no poder más no solo para poder alcanzar la cumbre, si no para compensar el peso de la mandíbula desencajada. Que maravilla. Que delirio visual.

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Copiando el ejemplo de la torre Eiffel en todas las películas de París, lo cierto es que sus 452 metros y 88 pisos se ven desde casi cualquier parte de Kuala Lumpur convirtiéndose no sólo en símbolo de la ciudad si no de todo el país. País que cómo tal sólo existe desde 1963. Tan joven y ya da miedo ver que va camino de convertirse en el tigre tecnológico del sudeste asiático. O eso dicen ellos, aunque es cierto que Malasia tiene una planta más robusta y sólida. No van de farol.

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Cuando los ingleses llegaron a esta zona en siglo XVIII en busca de negocios de mercadeo tras la estela de los portugueses y los holandeses, empezaron de manera tímida con un escueto “estamos aquí para comerciar, no para hacernos con el territorio”. Al menos hasta que encontraran la excusa perfecta. Paciencia, my dear, que ya llegará. Pero mientras tanto firmaban un tratado con los holandeses y se repartían Malasia e Indonesia. Esto para tí y esto para mí. Y ya que cada uno se apañe con lo que tiene.

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Y llegó el momento. Los por aquel entonces diferentes sultanatos que estaban repartidos por la zona empezaron a batallar unos con otros y los ingleses se apresuraron a intervenir, como mediadores… y algo más. “Mire, my dear friend Sultán, no es por importunar, pero creo que dado que nosotros ya hemos tenido conflictos más o menos elegantes con casi todo el antiguo continente tenemos algo de práctica en esto. Y como eres nuestro friend and we love you, para que no vuelvas a tener sustos, vamos a poner un consejero que te eche una mano con la política intersultanar. Además así os protegemos. Es una oferta que no puedes rechazar”.

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Una hábil estratagema, para hacerse con el control. El sultán guardaba las apariencias y los ingleses iban haciéndose con el poder, porque los mismos consejeros se fueron introduciendo poquito a poco en todos los sultanatos. Invasión de guante blanco. Eran los comienzos del siglo XX.

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Era el momento de empezar a explotar la isla. Rapidito, rapidito. Que quiero esas plantaciones para ayer. ¿Cómo van esas minas? Favorecieron la inmigración masiva de chinos, hindúes, cingaleses… y en menos de 15 años la población malaya ya no era la mayoría. Los chinos habían ocupado su posición de grupo mayoritario. La situación se empezaba a complicar.

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Llegó la II Guerra Mundial, llegaron y arrasaron los japoneses y la supuesta capacidad protectiva-defensiva inglesa quedó en evidencia. Cayeron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, los japoneses se rindieron, los británicos recuperaron el control pero comenzaba la decadencia. Hora de unas clásicas rondas de negociaciones para acabar creando la Federación Malaya. Todos junticos, los sultanes siguen teniendo el poder y todos los malayos tendrás privilegios especiales, que para eso era su país.

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Pero, ¿lo era? La indignación entre las otras razas crecía. ¿Has oído eso? Nosotros, los chinos, que venimos a este país a dejarnos la piel, que hemos luchado y muerto para defenderlo de los japoneses y ¿ahora somos ciudadanos de segunda? ¡¡Más madera!! ¡¡Es la guerra!!

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Bueno, si, pero no. Era una guerra, pero no lo era. Era una “emergencia”, que el seguro no cubría los gastos si entraba en juego la palabra Guerra. Verídico. Sea como fuere la Emergencia duró 12 años. Ejem. En el camino había llegado la Independencia Malaya y en 1963 se fusionaban todas las regiones (que incluyó en un principio a Singapur) y aparecía Malasia.

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¿Y los sultanes? ¿Que hacemos con ellos? Que si cada uno tiene el poder en su zona no llegamos a ningún lado. Esto es un jaleo. Pues que lo hagan por turnos. ¡Oh! Fantástica idea. Y sorprendentemente sigue funcionando hoy en día en rigurosos turnos de 5 años. Ver para creer.

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Para intentar calmar los ánimos entre las razas se empezaron a cambiar las políticas orientadas a tener igualdad de poder económico entre todas y se empezaba a cambiar agricultura por industria y tecnología. Comenzaba la nueva Malasia que de alguna manera se mantiene hoy en día en un equilibrio entre razas, religiones, desarrollos y políticas. Llegar a vivir en la relativa calma que hay ahora (relativa por que se siguen denunciando discriminaciones positivas hacia los malayos) no ha sido tarea fácil. Pero personalmente creo que deberían estar orgullosos. En muchos otros sitios se habría dado por imposible.

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Y así respira Kuala Lumpur, el centro neurálgico de Malasia y segundo centro de comunicaciones del sudeste asiático tras Bangkok. Sigue creciendo y creciendo. El gigante se está volviendo imparable. Pero paseando por la ciudad, lo cierto es que no es tan estresante como uno pudiera imaginar. Kuala Lumpur es una ciudad mucho más manejable que su equivalente tailandesa, no es la imposible megaurbe.

Vale, comen o con las manos, o con palillos o sin cuchillo, pero eso no la convierte en imposible. ¿O no?

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