(Abriendo hueco con la cabeza de carrera, este post debería haber aparecido como por arte de magia el 1 de Diciembre de 2009)

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Que la propia Ko Phi Phi fuera una de las cosas que menos me gustaran de Ko Phi Phi no entraba en mis planes. No me entiendan mal, es una isla preciosa, pero si Ko Tao se mantenía dentro de unos márgenes de visitantes aceptables para mí, lo cierto es que Ko Phi Phi los superaba ampliamente. Al menos las playas principales. Que habrá otras, perdidas del mundo, aisladas entre la maraña selvática, que solo se puede llegar en barca, pero que generalmente quedan reservadas a los que tienen una cartera más poderosa.

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Ko Phi Phi además de más masificada es más cara que el resto de islas, pero no hay ningún motivo para que no sea así. Cada tarde muchos de los alojamientos ya siguen colgando el cartel de “todo lleno”, mientras sigue la construcción y construcción de bungalows y similares a lo largo de la isla. Oferta y demanda. ¿Cómo resistirse?

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Ko Phi Phi aunque siempre fue un paraíso saltó a la fama mundial al ser lugar del rodaje de “La Playa” de Danny Boyle, donde los productores tuvieron a bien, ante el infarto local, remodelar la playa para que la zona pareciera aún más paradisiaca. Se arrancaron cocoteros y las dunas se alisaron con tractores para que pareciera más grande, más tarde lo reconstruirían y se llevarían además de recuerdo una multa del Tribunal Supremo Tailandés. Pero Ko Phi Phi, real o remodelada, estaba en el mapa y con ello tropeles de turistas que querían ver con sus propios ojos si ese paraíso existía.

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Pero fue devastado. El 26 de Diciembre de 2004 un terremoto de grado nueve en la escala Richter surgía a 4000 metros de profundidad en el Oceano Índico generando una cadena de tsunamis que acabaron con islas, playas y poblaciones de Indonesia, Sri Lanka, India, Maldivas, Malasia, Myanmar, Bangladesh, Somalia, Kenia, Tanzania, Seychelles y Tailandia. 300.000 víctimas mortales y más de un millón sin hogar. 10 minutos de terremoto que conmovieron al mundo, que se volcó en ayuda internacional.

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De esto hace ya unos años y Ko Phi Phi poco a poco resurgió y aunque aún a día de hoy siguen limpiando algunas zonas ha vuelto a convertirse en un centro turístico. Reclamo que para mí tiene un único nombre: Ko Phi Phi Lee. Y es que Ko Phi Phi está formado por seis islas de las cuales la única habitada es Ko Phi Phi Don, pero las formaciones calizas verticales de Ko Phi Phi Lee son impresionantes. Se retuercen creando playas en su interior de aguas azules y donde la Playa de Maya emerge como la joya de tan monumental corona.

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Solo por verlo merece la pena ser parte de las hordas turísticas y una de las maneras más cómodas es mediante una barca Long Tail haciendo paraditas para snorkelear. Fantástico, pero si me admiten una recomendación quédense sólo con los tours que se centran en Ko Phi Phi Lee pues los más grandes que abarcan la Isla Bambú o la isla Mosquito no merecen tanto la pena, amén de que hacen paradas en sitios como la playa de los monos, donde no sólo fui atacado por uno, si no que tras morder y darse cuenta de que mi chicha resultaba correosa, me dejó por otras turistas más rollizas.

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(..es que los bikinis me pierden…)

En cambio elijan si o sí, poder ver el atardecer en alta mar. Cruzar el tramo que separa a Ko Phi Phi Lee de Ko Phi Phi Don en barca en esos momentos en que la luz cambia cada segundo.

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Pero esto fue un regalo colateral. Mis intenciones originales no pasaban por sus atardeceres, sus montañas ni sus playas (aunque habría sido un necio si las rechazara), si no por lo que sucedía bajo sus aguas. Tailandia, bañada por el mar de Andaman al Oeste y por el Golfo de Tailandia al Este, mantiene alternativamente un monzón en cada lado. Cuando una zona está de Monzón, la otra está sequita, así que a las malas te puedes atener siempre a una de las costas si vas buscando buen tiempo. Pero yo lo que buscaba era redimirme con los fondos marinos. Ver lo que quise ver pero no pude en Ko Tao. Cambiando de costa me aseguraba tranquilidad en las aguas. Traducido, visibilidad.

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Pero al igual que todo en Ko Phi Phi, bucear es más caro (aunque creo que sigue siendo irrisorio comparado con otras partes del mundo) así que para no descacharrar demasiado mi presupuesto me permití sólo un par de inmersiones en su parque natural. Bida Nok y Palong habrían de calmar mis ansias. Y si bucear ya me encantaba, la experiencia fue alucinante. Con 25-30 metros de claridad, el mundo submarino se revelaba ante mí con tal fuerza que se me olvidaba que estaba buceando. Ni mirar nivel oxígeno, ni mirar profundidad, ni nada, solo peces, corales, anémonas, aquí allí, más allá… argh!!! no daba a basto. Sonreía bajo la máscara, Syed, mi guía, que me pedía calma. “No te va a durar el oxígeno nada, tranquilo, tranquilo”. Ohm. Intente mantener la compostura, pero con escaso éxito.

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Syed se llevó la mano a la cabeza, extendida sobre la frente, simulando una aleta. Era el gesto que indicaba la presencia de un tiburón. Y allí, reposando bajo los fondos marinos, un moteado tiburón leopardo descansaba tranquilamente, ignorándonos completamente. Para mí enorme, gigantesco, para los más expertos relativamente pequeño. Aguafiestas. No fue el único encuentro delicioso con la vida marina, todos lo son, pero ver nadando hacia tí a una tortuga halcón que indiferente te cruza por debajo, a algo más de un metro, fue completamente mágico. Grumetes de tierra, lo que se están perdiendo. Yo ya estoy haciendo mis cuentas para buscar una funda acuática para la cámara compacta que llevo conmigo. No digo más.

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Fueron mis últimos días en Tailandia, un país que cogí con la desidia que me comenzó transmitiendo Bangkok, pero que trabajó con ganas y fuerza que me llevara un fantástico recuerdo. Era el momento de cambiar de cruzar la frontera sur hacia la vecina Malasia. ¿Otro mundo diferente? Por supuesto, todos lo son.

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