Vida a bordo

Al fin lo entendí. Como tantas cosas en la vida, las explicaciones suelen ser insuficientes y no es sino cuando se experimenta y cuando uno lo vive en las propias carnes que empieza a adquirir una dimensión real, más allá de la imaginación. Castellano por familia y madrileño por nacimiento, mi vida siempre ha estado muy alejada de la costa. Incluso cuando he vivido en otros lugares, jamás lo he hecho junto al mar. Lo admiro, me gusta y lo disfruto cuando lo tengo delante, pero nunca lo he echado de menos y no he sentido esa urgencia que sienten quienes acurrucados por su arrullo desde pequeños llevan unos días sin expandir su vista sobre las olas.

Navegar me había parecido una actividad curiosa, probada tan solo en alguna que otra ocasión durante unas breves horas, pero mis prejuicios se habían unido a una tremenda falta de interés al
respecto. “Seguro que está bien, pero no es para mí.” “Mi sangre es de secano”. “Además hay que sacarse una licencia, practicar, y tener algún amigo que tenga un barco velero, porque ya sabes tu bien que o son carísimos o no se pueden mantener y bla bla bla”. En definitiva, una cosa de pasta, para y por gente con pasta.

No había caído en algo obvio. La posesión ya es cosa del pasado. A día de hoy todo se puede alquilar. Así que cuando Victor me avisó de que habían alquilado un velero para una semana partiendo del puerto de Mallorca y estaban buscando tripulación para llenarlo y compartir gastos, mi curiosidad me llevó al “sí, quiero” instantáneo. El barco se alquilaba sin patrón, porque llevábamos tres expertos y avezados marineros con su titulación correspondiente. Así que resumiendo, yo, grumete del Manzanares, sin más experiencia a bordo que eventuales remojones, me embarcaba junto con otros siete tripulantes, (seis de ellos desconocidos) en una cascara de nuez de cuarenta y seis pies de eslora con la intención de no desembarcar en siete días.

Para hacer realidad esta afirmación era necesaria una cuidada logística, de cual yo desconocía absolutamente todo. Parecía evidente que lo primero era aprovisionarnos y hacer acopio de víveres, pero ¿de cuanto espacio disponíamos? ¿Habría electricidad? ¿Nevera? ¿Qué pasaba con el agua? ¿Se puede cocinar? ¿Habría que valernos de nuestras manos desnudas y un arpón tallado con una navaja para alimentarnos? ¿Y si acabábamos a la deriva? ¿Qué hacer frente a un motín? ¿Quién se
comería a quien primero? ¡¡Wilson!!!

Partiendo del más nulo de los conocimientos sobre navegación, creo que he aprendido un montón de cosas en estos siete días. Sigo manteniendo el título de grumete, pero al menos un grumete con buena actitud. Un velero como el nuestro no era de los más básicos (esos quedan reservados para competiciones donde se minimiza el peso en post de la velocidad) y aunque no ibámos a tener el mismo espacio que en una suite presidencial y ocho personas dejaban poco espacio a la intimidad, creo justo decir que fue bastante cómodo.

Unas escaleras llevaban bajo cubierta donde cuatro camarotes (dos en popa y dos en proa) flanqueaban un salón/cocina/comedor donde se encontraban además los sistemas electrónicos del barco. En cubierta un espacio con mesa plegable y dos bancadas de asientos junto a los dos timones hacían las veces de Comedor Real, al fresquillo y con las caricias de la brisa marina. Allí habría de pasar más tiempo que en ninguna otra parte. Sobre nosotros un techo plegable nos cubría del sol durante el día y se plegaba para cenar viendo las estrellas durante la noche.

Los dos bienes más deseados que se puede tener en un barco son el espacio y el agua dulce (tanto para poder ducharse como para quitarse la sal, etc…) además del agua potable, que suele considerarse por separado. El espacio se soluciona aprovechando cada hueco, aprovechando cada recoveco del barco, y al igual que sucede en una caravana o una furgoneta bien preparada todo espacio es útil. Huecos bajo la cama, armarios, paredes que se abren, todo es válido para colocar pertenencias, ropa o víveres. El agua potable que llevábamos en botellas (un cálculo aproximado de dos litros por persona y día hacía un total de más de 100 litros de agua) creedme, ocupaba bastante. El resto del agua dulce se almacenaba en unos depósitos bajo cubierta y si nos quedásemos sin ella, habría que acercarse a un puerto para repostar. No era algo que nos hiciera especial emoción, así que intentamos aprovecharla al máximo y evitar cualquier derroche. Duchas breves, fugaces. Para fregar solo se usaba para el último aclarado, el resto del proceso se usaba agua de mar.

¿Teníamos nevera? Sí, teníamos nevera. ¿Teníamos luz, por tanto? Sí, pero como os podréis imaginar no estábamos conectados por cable a ningún sitio. El barco funcionaba con una enorme batería, que había que cargar cada día incluso en los días de mejor viento cuanto el barco podía moverse solo con la fuerza de la naturaleza, había que encender el motor durante un lapso de tiempo para poder cargarla. Podríamos haber vivido las noches en oscuridad o supliéndolo con velas y sin nevera, cierto es, pero desde luego que lo que no nos interesaba para nada era quedarnos en mitad del mar, sin sistemas de señalización o sin sistema de radio. Usar el motor era por mucho que nos pesara una obligación. El motor además es siempre imprescindible para poder entrar en los puertos. Imaginaos el maniobrar entre centenas de barcos solo a vela. Naufragio seguro.

Aún así, las diferencias entre temperatura a lo largo de días según el estado de batería hacían prioritario comer carne y/o pescado en los primeros días. Después y cuadrando con que alguno de los tripulantes eran vegetariano, el menú se fue transformando paulatinamente en un disfrute de frutas y verduras, que aguantaron una semana sin demasiados problemas. Siempre se podría haber atracado en algún puerto y haber bajado a comprar, pero la verdad es que no lo necesitamos.

Vayamos a lo peliagudo. Eso que siempre quisisteis preguntar, pero que quizás os ruborice el hacerlo. Hablemos del WC y de esa fea costumbre que tienen los seres vivos de excretar deshechos. Siguiendo el ejemplo de furgonetas y caravanas, mucha gente piensa que en un velero el sistema de WC sería químico, pero dada la naturaleza orgánica de nuestras propias deyecciones (ya que se todos tenéis algún amigo más contaminante que roza el delito ecológico, pero es un índice de población pequeño y no entran en las estadísticas) todas acaban en el mar. De hecho el sistema de retrete funciona usando agua de mar de manera manual. A continuación me recreo en los detalles. Avisado estáis. Luego no digáis. No quiero reclamaciones. Si no os apetece el tema saltad el párrafo. Pero sé que no lo haréis. Os puede la curiosidad.

No es lo más cómodo y desde luego en un espacio reducido nada discreto, pero si la idea es pasar una semana sin tocar tierra, es muy probable que en algún momento haya que liberar las entrañas de lo que nuestro cuerpo no puede aprovechar. La taza del wáter te espera. Impasible. Es importante elegir bien el momento. Preferiblemente y por motivos que confieren a la física, la inercia y el momento, las mentes más lúcidas aprovechan tiempos en los que las olas no hacen zozobrar mucho el barco. También es importante no dedicarse a labores de tan ingrata fama cuando una vez fondeado el velero a tus compañeros les da por bañarse. Puede no ser agradable y es probable que eso que venga hacia ti y tus gafas de buceo no sea un curioso pececillo.

Retomemos.

Por motivo del movimiento de las olas es importante que mientras se libera uno de la presión interna no haya comunicación directa entre el retrete y el mar, o una malintencionada ondulación puede generar un efecto géiser y en el mejor de los casos hacerte un buen Pollock en las posaderas. Es por tanto, imprescindible mantener el desagüe cerrado, cosa que se hace mediante un control manual. Una vez terminado la faena y recuperadas las fuerzas tras sudores y escalofríos llega el momento de admirar la obra magna. Se le mira a los ojos y con una bomba manual se empieza a introducir agua de mar en la taza, acumulándose hasta que el sentido común nos dicte momento en el que es menester girar la posición de la bomba, abrir el desagüe y volver a pompear nuestra creación a lo profundo de los océanos. Ojo, cabe la pena advertir que aunque te despidas con lágrimas en los ojos que dejes de verlo no implica que haya desaparecido. Él mojón también hace por vivir. Puede seguir en las cañerías, asi que es recomendable repetir la operación un par de veces más. De lo contrarío el barco podría empezar a tener un ambientador no deseado.

Una pregunta bastante obvia podría ser que hacer si nos encontramos en una marejada tremenbunda y la cabecita de la tortuguita clama por salir. Llegado este momento, si, hay un circuito cerrado en el que se puede acumular. No me he visto en semejente situación pero por lo que comentaba el capitán, una vez en puerto no suele ser muy agradable de limpiar.

Concluyo con un par de incisos más. El primero es el papel que se acumula en una papelera aparte y se añade a la basura que se va amontonando en una pequeña bodega de proa a la espera de llegar a puerto. Y segundo, las bombas manuales se oyen mucho, así que no esperéis discreción si desaparecéis sibilinamente para haceros cargo de los retortijones. Os recuerdo la falta de intimidad de un espacio tan pequeño. Es por lo tanto una opción nada desdeñable el aprovechar alguno que otro baño para ser uno con la naturaleza si así se requiere. A buen entendedor…

Si te has saltado el párrafo anterior, bienvenido de vuelta. Sigamos con la estructura del barco que (confieso que me sorprendió mucho) permite que todo lo que esté bajo cubierta se pueda sellar completamente. Ventanas y puertas se pueden cerrar integramente y de lluvia o grandes olas se puede mantener el interior siempre seco. Los valientes que tengan que manejar la embarcación pueden estar enfrentándose a la tormenta con el puño marcándose un teniente Dan alto al grito de “¿Llamas a esto tormenta? ¡Jamás podrás hundir este barco!” mientras el resto puede estar rebotando por los camarotes, pero, eso sí, de una manera totalmente seca. Por cierto, que si hay que maniobrar en condiciones de tormenta, quienes tengan que hacerlo pueden colocarse un arnés y engancharse a unos cables de acero situados por los suelos de cubierta.

Todo extremadamente útil como conocimiento y cultura de quesitos de trivial, pero en un viaje como el nuestro sin alejarnos demasiado de la costa y en principio en buena época del año, muy raro sería que las prístinas aguas de las Baleares se convirtieran en el recipiente de la tormenta perfecta. Podría ser, pero era improbable. Lo que si era inevitable es que el barco se moviera. Y si eres una persona con facilidad para el mareo, si que me atreverías a aventurar que esta quizás puede no ser la mejor actividad para ti. Si vas a pasar unas horas en un barco puedes compensarlo con ingentes cantidades de biodramina, pero varios días al final acabarán pasando factura y puede volveres una experiencia muy desagradable. Estar mareado es un asco. Es así.

Afortunadamente, alguno de mis antepasados debía venir del mar y de alguna manera rocambolesca me han llegado sus genes de lobo de mar, porque no me sentí mal en ningún momento. Incluso una noche en el que viento se enfureció y su fuerza despertó a toda tripulación que corrió por cubierta para comprobar, chequear y dejar todo bien amarrado y controlado, a mi me encontraron durmiendo plácidamente al arrullo del Kraken Marino. Se podría haber hundido el barco mientras ratas me mordisqueaban los pulgares de los pies que yo, si duermo, duermo.

En mi defensa debo decir que yo era también el más madrugador de toda la tripulación y que cada día, infatigablemente y estuviéramos donde estuviéramos me levantaba a ver el amanecer. Era uno de mis rituales favoritos. La calma absoluta, el silencio solo roto por las olas, la luz surgiendo tras las nubes, dando forma a la cala donde el resto de barcos seguían en duermevela. Aprovechaba a ver las formas calmadas del mar, los naranjas, amarillo y ocres que se transformaban sobre la superficie y una vez que el sol había alcanzado una altura suficiente para calentar y empezar a evaporar el rocío que bañaba la superficie del barco, me bajaba a la cocina, preparaba un café y volvía a cubierta a seguir disfrutando del plácido calentar del sol unos minutos más. Entonces bajaba la popa y solo, único superviviente de la noche, me sumergía en un baño matutino sintiéndome tremendamente afortunado.

Era un absoluto privilegio. Pocos hoteles en el mundo hay, por mucho lujo que ostenten, en los que la más transparente de las piscinas rodee tu habitación. Pocos que además permitan desde el balcón ver amanecer, anochecer y disfrutar de cenas bajo las estrellas. Vale, no es tan cómodo, pero la sensación de libertad es impresionante. Sabes que con ese cascarón, con esa pequeña corteza de madera y plástico ante la inmensidad del mar, se podría llegar a cualquier parte del mundo tan solo con la fuerza del viento. En los momento que nos alejábamos de la costa y que nos sentíamos rodeados en la totalidad del infinito azul, sentías la emoción de saber que ahora mismo podrías poner rumbo a Turquía, a Panamá, a Polinesia. Entendí entonces a todos aquellas barquitos comandados por parejas que deciden, que esa, la vida pirata es la que ellos quieren para disfrutar del final de sus días, que basta con planear donde bajar a tierra para hacer acopios de víveres y seguir aprovechando los días a golpe de viento, manteniendo la dirección en el timón, mientras sobre la cubierta se devoran las páginas de un libro.

De todas maneras, tantos viajes hay en barco como viajeros. El hecho de no querer bajar del barco en siete días, fue más una decisión consensuada que una obligación (Si que acabamos bajando a tierra, sería mentir negarlo, pero solo en una pequeña barca que nos acercó un par de veces hasta la orilla de las calas). Hay quienes prefieren atracar en puerto y bajarse a cenar por la ciudad correspondiente. También hay quien lleva bicicletas para una vez atracado recorrer partes por tierra. Pero a diferencia de las calas, atracar en puerto costaba dinero y además, para nosotros, no había nada comparable a despertar y no tener más que la naturaleza rodeándote.

No siempre fue posible. En verano las Baleares tienen gran afluencia de gente y no éramos los únicos que habíamos pensado en el alquiler de barco, un mercado tremendamente potente en las islas. Era por lo tanto probable que una vez elegida la cala a la que queríamos llegar a fondear, ya hubiera barcos locales o alquilados ocupándola en su totalidad. A vista de pájaro y de marinero inexperto, podría parecer que seguían restando suficientes huecos pero no era sino una falsa ilusión. Había que calcular distancia entre barcos teniendo en cuenta que las corrientes y el viento podían mover las barcas y esos cálculos, creedme, no eran tan sencillos ni evidentes como pudiera parecer.

Aún así, acabamos en sitios inesperados, preciosos, salvajes y bellos y el viaje de una semana, una vez entendidas las dinámicas que regían la vida a bordo, resultó ser bastante escaso. De hecho no completamos siquiera nuestro plan original de dar la vuelta a Mallorca. Podría parecer algo anodino, seguir la estela de la navegación y recorrer cala tras cala, pero en un isla como Mallorca de orografía nada regular, las zonas de playas, montes y montañas iban variando continuamente. Fue una pena no llegar al norte, a los pies de la Tramontana, pero no queda sino volver. Habrá que regresar. Quizás mil y una veces, porque no hay prisa, no debería haberla. Quien la tiene si se puede parar a desayunar en una cala, a comer en otra y a cenar en una tercera. Quién tiene prisa por descubrir todos los rincones, quién quiere privarse de la alegría de seguir explorando.

Mientras tanto, mientras espero la nueva oportunidad de volver a sentir el mar, de navegar, ya miro el mapa del mundo con otros ojos, con un loro al hombro que capaz de leerme la mente parlotea destinos por los que navegar. Cruzar el Mediterráneo, el Atlántico, El Pacífico.

Quien sabe, incluso un lobo de mar del Manzanares como yo, también tiene derecho a soñar.

Para todos mis compañeros de barco: Michele, Alisia, Carol, Vane, Montse, Maria y Victor, por haber hecho de esta, mi primera experiencia en el mar, una inolvidable.

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