Las comunicaciones en Islandia son algo precarias. Su vía principal es una carretera circular de 900 km, situada en el perímetro de la Isla y considerada la ruta más desolada del mundo. Con esta última observación junto con los destrozos ocasionados cada vez que a algún volcán le da por erupcionar o crear una macro inundación parece lógico no montar una autopista de varios carriles (cosa que del tramo que nosotros recorrimos solo hay cerca de Reykjavik) así que lo mayor parte del tiempo lo más que puedes esperar es de un carril en cada sentido, omitiendo en la mayoría de los casos el arcén.

Así nos las prometíamos muy felices, por nuestra carretera asfaltada, cuando llegamos al Este. Descubrimos que lo que teníamos hasta ahora era un lujo. El asfalto dejó de existir y la vía pasó a ser una pista situada en la ladera de una colina, pared semiperpendicular a un lado y precipicio sobrecogedor sobre el mar al otro. A todo esto empezaron a proliferar cartelitos que advertían del peligro de desprendimientos. Jajaja. Risa nerviosa. Imaginate que nos cae una piedra ahora. Si Olaf, si. Lo que nos faltaba. Uy, pues por aquí muchos pedruscos. Es que sí, hale, esquiva el troncho y evita el hoyo. bbbbbBBBBBRRROOOOM!!!! Pedruscos rodando ladera abajo.

Jarl. O_OJ

Ni que decir tiene que se acabó la conversación. Uno conduciendo. El otro mirando por la ventana para avisar al menor atisbo de gravilla que pudiera caer ladera abajo. El robot de cartón piedra roncando… Sobrevivimos, no sin envejecer unos pocos años en un intervalo de tiempo demasiado corto. Atravesada esta primera zona llegamos al dominio de los fiordos. Nuestro objetivo estaba a casi un día si bordeabamos la costa, siguiendo con la carretera cada entrante o a algo menos de dos horas si decidíamos tomar el paso de Öxi. Un paso que cruza las montañas subiendo más de 1000 metros en apenas 5 km. No pasaremos por Moria si podemos evitarlo Gimli. Tomaremos el paso del Öxi.



Según nos adentrabamos en las entrañas de la montaña, flanqueados por los desfiladeros y cataratas heladas en un paisaje de lo más tétrico, subiendo por pendientes de casi el 17% pensamos que quizás hubieramos tomado la decisión incorrecta. Total, sería la primera carretera por mitad de la montaña que nos atrevíamos a coger, pero no había ningún cartel que lo impidiera, así que se suponía que debería haber salida al otro lado.

Y entonces empezó la niebla. Engullendo las montañas. Creando el vacío blanco a su paso. Los hobbits no sobrevivirán. Deberíamos haber cogido el camino de Moria. Y empezó la nieve en la carretera. Y el hielo. Y comenzó a funcionar la corredera farinjo-testicular.

Silencio. Se mascaba la tensión. No pases de 10 km/h, Olaf, que no se ve ná de ná. Más tensión. Llegamos al punto en que si teníamos que dar la vuelta tendríamos verdaderos problemas. Saliéndose de las marcas en la nieve no sabíamos donde estaba la carretera y donde no. Bueno. Fé. Que no había ningún cartel abajo que pusiera que el camino estaba cerrado. Seguro que es solo un tramo. ¿Y si no lo vimos? ¿Y si había un cartel pero íbamos haciendo el primaveras y no lo vimos? Inspirar… Espirar… Un dos tres, yo me calmaré, cuatro cinco seis, todos lo veréis… Inspirar. Espirar…

Llegada a lo que pensamos que es el punto más alto (según el mapa). Blanco hipnótico. Es necesario retratarlo. Somos un punto en la nada. Mas allá de nosotros todo se desvanece.


Y entonces aparecieron las luces. Dos pequeños pilotos, surgidos de las profundidades neblinosas. Otro coche. En dirección contraria. Eso puede ser viene del otro lado y por lo tanto hay salida o que se ha dado la vuelta y por lo tanto no la hay. Preguntemos… Ñiiiiiiiuuummmmm!!!!!

No nos dío tiempo. Un puto ford fiesta!!! Bajando a todo trapo por las montañas, sin ningún atisbo de preocupación. Que bochorno!. De nuevo quedamos en evidencia ante los conductores autóctonos. Intentando tapar la vergüenza con la alegría de saber que había algo más allá fuimos capaces de terminar de cruzar el paso y llegar a Egilsstaðir, nuestro última parada antes de comenzar el viaje de regreso a casa. Sobre las sensaciones de los fiordos me extenderé en otra ocasión, pero no sería de recibo obviar que a pesar de las nuevas canas, un sol radiante a nuestro regreso nos motivó a volver a tomar el paso (hay quienes nunca aprenden) y a pesar del miedo inicial de volver a encontrarnos con los hielos y las nieblas, lo cierto es que pudimos disfrutar del maravilloso paisaje que se nos negó a la ida.




Hasta las antaño tétricas montañas habían pasado a ser agradables y joviales colinas. Hay que ver la diferencia que marca un poco de luz.



Y es que esto de tener un poco de sol en tan entrañable enclave sólo puede mejorarse de una manera…. Merendola mediante!! Si!.

Mucho mejor! Hay cosas que nunca cambian. 🙂