Nos encontramos lejos de las grandes historias, esas más enormes que la vida misma en las que el protagonista tiene que hace lo imposible para salvar el mundo. Podría ser una odisea que contuviera el aliento del público pero carece de planteamiento, nudo y desenlace. Por no haber no hay ni un antagonista claro, un némesis que se relama en la venganza y quiera acabar con la vida del héroe mientras recita un soliloquio siempre demasiado largo.
Forzándolo, si así lo requiriera el guión, podríamos asignarle el exagerado y pomposo papel de archienemigo al inclemente Tiempo, inmisericorde, cargado de nieblas, lluvias y tormentas pero sería mentira. Este Tiempo despiadado, cruel y canalla ni siquiera es consciente de su existencia. A este Tiempo desalmado y bárbaro, seamos claros, nuestro protagonista le da absolutamente igual.
Es justo ahí, en ese papel de la insignificancia donde debemos mirar, donde quizás se encuentren los esbozos de algo que merezca la pena contar. Quizás. Quizás estén en la modesta insistencia de los pasos a lo largo de los días. Pasos que suenan a roca, hierba, charcos y barro. Quizás. Quizás estén en el repiqueteo de las gotas de lluvia que se deslizan por la hojas de los bosques, constantemente, día y noche, noche y día. Quizás. Quizás en las nubes, intensas, densas, que abrazan los valles, que abrigan los picos de las montañas y los ocultan a los ojos curiosos. Quizás. Quizás en las falsas esperanzas de los arcoiris fugaces y los rayos de sol pasajeros, débiles e incapaces de calentar ni el corazón ni los dedos. Quizás.
Si. Nos acercamos. Casi seguro que fue ahí. En las interminables horas en una tienda pequeña dando vueltas frías dentro de un saco ante el asedio constante de la lluvia y el viento, en la duda de lo pasos de barro cada vez más pesados, en los molestos pies fríos y el irritante tacto de la ropa húmeda. Si. Seguro. Fue ahí, tras días buscando resguardo de los aguaceros infinitos, oteando los cielos en busca de la tímida promesa de un azul que nunca llegaba donde tuvo lugar el acto final de rebeldía.
No rendirse. No tirar la toalla.

Gross Ruchen (3138 m a la izquierda con la cumbre entre sombras) y Groos Windgällen (3187 m) al atardecer desde Surenenpass (2292 m.)
Parece evidente ahora, visto con el tamiz del tiempo y habiendo sustituido la dureza de la intemperie por el seco y cálido calor del hogar pero no lo era tanto cuando los días grises pesaban más que la fuerza del ánimo. Lo entiende ahora, entiende la euforia del contraste, porque sin cada metro ganado al desamparo no sentiría el éxtasis cuando los días se volvieron limpios y claros, no sentiría el temblor de la emoción al ver brillar a los glaciares elevados, agradecido por el regalo de los perfiles definidos de las cumbres, pintados y repintados con colores efímeros al atardecer.
La recompensa al tesón no es sino la satisfacción de saber que se lo ha ganado. Que es un merecido premio cargado de agujeras, sudor y lágrimas.

El Glaciar Gamchigletscher desde su ruta panorámica, una variación de la Vía Alpina tras el Paso de Sefinafurgga (2611 m.)
Porque los paisajes de los alpes suizos bien se merecían la cabezonería, la perseverancia y el empeño para poder admirarlos con los propios ojos. Porque ni las palabras, ni las fotografías les hacen justicia, porque en el ridículo afán de atraparlos para que nos acompañen siempre, fallamos en cada osado intento de capturar la escala.

El impresionate Jungfrau (4158 m.) acompañado por el Silberhorn (3699 m) a su derecha desde la estación de Eigergletscher (2320 m).

El Eiger (3970 m.) con la estación de Eigergletscher (2320 m.) a sus pies y el Mönch (4110 m.) al atardecer visto desde algún punto por encima de Mürren.

La belleza del amanecer desde el paso de Sefinafurgga (2611 m.). A la izquierda del sol naciente se puede ver el macizo del Wetterhorn (3692 m.) y a su derecha el Eiger (3970 m.), el Mönch (4110 m.) y el Jungfrau (4158 m.)
Pasar por tercer verano mis vacaciones con la mochila al hombro y con la única compañía de las montañas se ha convertido en un ritual que jamás pensé que fuera capaz de mantener. Pesan los kilos, pesan los pasos y me temo que pasan también los años.

Anochece sobre un mar de nubes desde el refugio de Blümlisalp (2835 m.) el punto más alto de la Via Alpina Suiza.
Cruzarme Suiza, es su vía Alpina, de Este a Oeste ha sido más breve que los años anteriores pero ha merecido la pena cada paso. Salvando una primera mitad azotado por el mal tiempo, por lo demás ha sido mucho más sencillo en lo logístico con raudales de agua por todas partes y atravesando pueblos de postal y supermercados casi diariamente. A cambio ha sido durísimo en los desniveles, en una orografía que desconoce la palabra llano y donde los mil metros de desnivel positivos y negativos eran lo mínimo que podía encontrarme en cada etapa.

La posta perfecta de Suiza, el precioso lago de Oeschinensee (1578 m.) coronado por el Doldenhorn (3638 m.)

la santa trinidad: el Eiger (3970 m.), el Mönch (4110 m.) y el Jungfrau (4158 m.) al anochecer desde el paso de Sefinafurgga (2611 m.)
Sin duda donde se ha coronado en lo más alto del podium ha sido en los paisajes. En la belleza del contraste del verde con los picos nevados, en los valles moteados por granjas, en las paredes verticales, los lagos verdes y las incontables cascadas que adornaban todo el recorrido. No me escondo. Me han dejado sin palabras en más de una ocasión. No soy digno.

La impresionante panoramica en la bajada entre la estación de Eigergletscher y Kleine Scheidegg. De Izquierda a Derecha: el Eiger (3970 m.), el Mönch (4110 m.), el Jungfrau (4158 m.) y el Silberhorn (3699 m.)

Atardecer sobre el glaciar de Blümlisalpgletscher desde cerca del refugio de Blümslisalp Hut (2835 m.)
En total (el mío) han sido 419,6 km con +23.460m de desnivel positivo y -23.554m de desnivel negativo en 21 etapas (algunas de kilometraje ridículo por el mal tiempo). Comencé atravesando algunas partes de la vecina Liechtenstein a traves de decenas de dientes de sierra hasta la emocionante llegada viendo ese mar de interior que es el lago Leman junto a Montreux. Un viaje oscilante del alemán al francés y que en su mayoría mantiene la esencia de pueblos pequeños, poca carretera y muchas (muchísimas) vacas cencerreando, la auténtica banda sonora de Suiza.
Quedará para el recuerdo porque ha tenido momentos inolvidables como ver atardecer sobre mares de nubes, amanecer con dos soles, poder pisar glaciares, bañarme en lagos prístinos y helados que reconfortaban mis maltratados músculos, dormir en bancos y suelos siendo al mismo tiempo mendigo y rey del mundo, sentir la hospitalidad rural suiza y de nuevo el latir al compás del caminar. Siempre el caminar. El trance de los pasos. Inolvidable porque como sabiamente rezaba el cartel de llegada en Montreux, «solo has estado de verdad en los sitios que has caminado».
Has sido genial, Suiza. Gracias.
Todo la ruta se puede ver en vídeo a través de la stories de Instagram:
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Mas info: Via Alpina | Via Alpina en Suiza Turismo
Todas las fotos que aparecen en este post están realizadas con una Sony a6100 con un objetivo 18-135mm f3.5-5.6 (cortesía de Sony España), mil gracias una vez más por el apoyo que me habéis dado siempre.






















