Día 54: Desde el color

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Sólo había cruzado un puente, pero llevaba a otro mundo. La frontera entre Tíbet y Nepal separaba dos lugares tan distintos que parecía el resultado de varios días de viaje. Nepal aparecía a la otra orilla del río como un Asia tan caótica que tuvo que pasar bastante tiempo hasta que supé por que lado de la “carretera” circulaban los coches.

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Embarrada, con las calles llenas de gallinas, cabras, vacas, perros que se echaban la siesta en mitad del “asfalto”, sonidos estridentes de claxon, casas semiderruidas, todo con un aire inacabado. Definitivamente China parecía bastante ordenada a su lado.

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El taxi, un Toyota de más de 20 años que según presumía el dueño, aún funcionaba estupendamente, nos había recogido en la frontera y tras unas 3 horas llegábamos a Katmandú, la capital nepalí, entre una delgada bruma fruto de la contaminación y de las polvareda levantada por los innumerables vehículos de dos, tres, cuatro y más ruedas al rodar por las calles sin asfaltar. La conducción, con adelantamientos en curvas cerradas y otras lindezas similares, funciona a base de claxon. Quien pita primero tiene la prioridad, además de avisar, que pasé lo que pasé, allá va. Y sigo vivo.

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Había llegado en medio del monzón, ese cambio de vientos que lleva asociado una estupenda estación de lluvias torrenciales. Dura un par de horas (o incluso menos), pero es suficiente para que sin un techo donde resguardarte tengas una ducha y lavado de ropa por el precio simbólico de blasfemar muy alto.

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La razón me dice que lo que vi en sus calles con el tiempo debe asimilarse por el cerebro como algo normal, pero yo no podía cerrar la boca. No podía asumir todo lo que estaba pasando en el mismo instante. Todo el barullo, toda la gente, todo sin ningún control, puestos de comida por los suelos, o en bicicletas, templos llenos de velas, olor a incienso y especias por las calles, rickshaws, motos, coches, telas, ropas, trajes, pero sobre todo, color. Mucho color. Mucho más color de lo que yo me podría imaginar.

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Especialmente ellos y ellas (sobre todo) son colores. Es alucinante quedarte parado y ver a ese arco iris moverse. ¿Cómo es posible que mientras nosotros nos ponemos una camisa blanca e instantáneamente adquiere todo tipo de manchas, amén del imán que resulta para el vino tino, ellos, en esas calles sucias y embarradas, donde la mierda campa a sus anchas se muevan impolutos? ¿Cómo pueden esos saris verdes, azules, rojos y amarillos, mantenerse limpios mientras corren, juegan, saltan, van de compras o cruzan por obras? Mi no comprender. Yo sin más he acabado de barro hasta arriba.

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Nepal es en sí incomprensible en un primer contacto. Estamos hablando del país que remodeló Asia. Aquí nació Siddhartha Gautama, a quién la meditación le llevó a la iluminación y a convertirse en Buda. Aquí se inventó la arquitectura de las pagodas, de las que tanto presumen chinos y japoneses. Y aquí en 1979 los mismos nepalíes votaron que NO querían una democracia. En el 2007 se abolió la monarquía y es uno de los pocos lugares de la tierra donde el Partido Comunista gobierna por mayoría en unas elecciones democráticas (corríjanme si me equivoco). Además cuenta con tropemil etnias, la mayor de la cual sólo es un 15% de la población. Hay un batiburrillo cultural y religioso. Conviven hinduístas con budistas (a veces en los mismos templos), islamistas, chamanistas… ¿Quién da más?

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Es otro de esos ex-imperios que lo tuyo todo (como Mongolia y China) y que ahora se ve sumido en la pobreza por la negligencia de sus mandatarios, pero no pierde la sonrisa. Es inagotable. De hecho su gente es lo mejor que tiene. Desde que llegué aquí no me importan los Himalayas, ni los templos, ni los museos, ni los monumentos. No. Me he pasado el tiempo paseando por las calles ante las amables miradas y conversaciones sobre “de donde soy” y “cuando tiempo me quedo”, que se repiten hasta el infinito. Muchos me preguntan que pienso de Nepal. “Lo adoro”.

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Además, la mayoría, hasta los niños hablan inglés. Y muchos se te acercan simplemente a decirte “Hello” y a pedirte que les hagas una foto. Les encanta verse en las pantallas de las cámaras digitales. Cómo os podréis imaginar, lo he gozado.

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Katmandú, fue mi primer contacto con Nepal pero también con el mundo hindú, tan presente que por primera vez me ha dado ganas de ir a la India (en otros o próximos viajes), aunque ya me han advertido que Nepal es bastante más civilizado. Es un mundo alucinante, pero capado a los extranjeros, que sólo podemos ver una pequeña parte de él. No podemos acceder a muchos templos, ni ver muchas ceremonias, para eso habría que ser hindú.

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¿Si quisiera, podría ponerme a practicar el hinduismo, volverme vegetariano, estudiar sus leyes, sus dioses, sus ritos y valdría para algo? No. No es suficiente. Hay que ser hindú. Haber nacido hindú. En una familia hindú. Si no consideran que tú antes, o tus padres, o tus abuelos, han, por ejemplo, comido en algún momento de su vida… vaca. Y la vaca es sagrada (y matar una se pena con dos años de cárcel).

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Es una religión fascinante. Estás perdido entre sus ristras de dioses y sus múltiples formas (os juro que las ecuaciones de Maxwell aplicadas a las microondas eran más sencillas), algo se te remueve dentro cuando ves las cremaciones con toda su parafernalia al lado de los ríos donde van a parar las cenizas. Ríos donde se está bañando la gente. Te ves sumido en reencarnaciones, en karmas, mantras, fuegos, todo vivido tan profundamente como pudieras imaginar.

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Katmandú y por extensión Nepal, también fue el punto de encuentro para hippies en los años 70 y aunque ya apenas quedan, la gente te sigue ofreciendo drogas en susurros, mientras los bares se llenan de grupos de rock versionando a los clásicos americanos.

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¿Cómo describir la mezcla cuando sabes que no tienes las palabras necesarias?

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Han sido unos días increíbles viendo a gente que disfruta y es feliz con tan poco, que haría tambalearse a cualquiera que ose defender nuestro modo de vida. Porque lo principal que destilan es alegría. Y más color.

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Dejé Katmandú esta mañana para llegar a Pokhara, en uno de esos inolvidables viajes en un autobús donde no te caben las piernas, dando botes por las carreteras entre arrozales durante ocho horas. En Pokhara espero pasar un par de días antes de valorar si me aventuro a hacer algún trekking por el Anapurna o si por el contrario disfruto de los templos y su lago antes de abandonarla. No parece que se aconseje la montaña durante el monzón y ya gasté mi comodín con el Everest. 🙂

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Por lo demás, como turista sigo manteniendo la condición de hucha a pesar de mi aspecto de mendibundo, así que por mucho que me esfuerce siempre acabo pagando más de la cuenta, pero nada, ahí esta. Inevitable. Hay doble lista de precios para los locales y los turistas. Arañar lo que se pueda dependerá de la pericia de cada uno. Y de momento estoy en un media bastante lamentable. Lo que me lleva a la agradable conversación que tuve con un nepalí el otro día.

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Así que el karma es importante.
Yes sir. Con un karma limpio te reencarnas en un ser superior y con un karma sucio en uno inferior.
¿Y qué tengo que hacer para limpiar mi karma?
– Yes sir. No robar, no hacer el mal, adorar a los dioses, decir siempre la verdad, no engañar…
Ahm entiendo. ¿Cobrar cuatro veces más a los turistas qué efecto tiene sobre el karma?
Jeje. (Sonrisa).

Pues eso, dame pan y llámame tonto. Lo que yo decía.

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(Retransmitiendo desde lo alto de un autobús… en marcha)

Más fotos de un lugar inimitable, aquí.

57 comentarios en “Día 54: Desde el color

  1. Estuve en abril en Katmandu y Pokhara , me encanto ,y con tus escritos he revivido esos días maravillosos que pase.
    Fui sola desde Tarragona pero allí me esperaba un guia maravilloso Sandesh.
    Es otro mundo y si no estas allí por mucho que lo expliques solo lo comprenden los que han estado.
    Yo me paseaba por las calles de Katmandu sola a las 7 de la mañana hasta que venia a buscarme el guia al hotel.
    Una experiencia que solo con pensarlo se me pone los pelos de punta.
    En mi blog” el hortet de olga” tengo todas mis fotos del nepal.

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