Hace 11 años entré en Katmandú por primera vez. Lo definí con un título escueto que a día de hoy sigo sintiendo igual de preciso: “Desde el color”. Porque entre las calles devastadas de Katmandú, entre los edificios incapaces de mantener la verticalidad, cosidos unos a otros con cables que nacen, crecen, se reproducen y mueren sin que a nadie parezca importarle, entre la contaminación, la porquería y las nubes de polvo de los suelos de tierra, entre el cúmulo de gente, motos, carros y coches luchando por el mismo espacio, entre ese caos de ruido, incienso y velas encendidas siguen destacando las explosivas notas de color que lo bañan todo. Katmandú sería imposible de entender en el blanco y negro. 

Es en esta contradicción, en el debate mental entre horrorizarse o claudicar ante su magnetismo donde reside el encanto. Katmandú será un desastre, pero es un desastre fascinante donde el tiempo invertido en girar cada calle merece la pena. Y no solo por el caminar apretujado entre mercados improvisados, esquivar motos, abrumarse con los detalles y saturarse con olores de especias sino también por los vestigios disimulados a simple vista, los pedazos eternos de historia que se pueden encontrar en sus arrugas, los templos escondidos, los altares diminutos, las banderas de plegarias. Caminar por Katmandú siempre ha sido una experiencia fascinante. Agotadora y bastante incomprensible, pero fascinante. 

Ya plasmé algunas reflexiones recién llegado del viaje en 2018 y no es mi intención repetirlas. Pero creo que este viaje cuya finalidad principal fue el ir a conocer el Everest y los Himalayas y que he desgranado con paciencia por aquí no estaría completo sin este pequeño epílogo. Las fotografías sin orden, ni control de mis paseos sin rumbo por Katmandú y Bhaktapur que fueron un intento en vano de intentar capturar su esencia y que fueron también de alguna manera parte del viaje. Ninguna foto podría hacerle justicia, incapaz de trasladar el aturullamiento excesivo de estímulos. Y sin embargo, espero que de alguna manera, cuando las miré dentro de algún tiempo si tengan la capacidad mágica de despertarme en la memoria el resto de los sentidos. 

Hasta pronto, Nepal. 

(Las calles del barrio de Thamel)

(La plaza Durbar en Katmandú)

(El templo de Swayambhunath al atardecer)

(Katmandú)

(El templo de Swayambhunath al anochecer)

(Gente alrededor de la inmensa pagoda de Boudhanath)

(Calles de Katmandú)

(Boudhanath al anochecer)

(Tallas eróticas en el templo de Pashupatinath en Bhaktaphur)

(El templo de Nyatapola en Bhaktaphur, el más alto del valle de Katmandú)

(Templo de Siddhi Lakshmi en Bhaktaphur, apuntalado para su reconstrucción tras el terremoto de 2015)

Más info sobre el viaje a Nepal: Como organizar el trek al Campamento Base del Everest