Etapa 22: Kongde (4250 m) – Lukla (2840 m)

Distancia: 14,7 km
Tiempo estimado: 7:30 horas.
Desnivel Positivo: 953 m.
Desnivel Negativo: 2225 m.

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(Perfil de Etapa)

27 de Octubre de 2018

No iba a perderme mi último amanecer en los Himalayas. De ninguna manera. Y no solo por la obligación de amortizar el haberme desviado a lo largo de una escalera de hielo para llegar a Kongde y disfrutar de sus vistas, sino por la necesidad de despedirme sin prisas de esos picos, de esa orografía que durante tantos días había sido mi casa y que había dejado de ser una desconocida para formar, de alguna manera, parte de mí. Porque ahora lo reconocía, identificaba las montañas, sus caras, sus formas y reconocía los caminos, entendía las perspectivas. Y desde Kongde tenía una vista fantástica, aún algo oscura a la espera de la luz del sol, en la que de un vistazo se podía identificar gran parte de las etapas por el parque nacional de Sagarmatha.

(Vistacas desde Kongde)

Mi última etapa en el trek comenzó una vez más limpia y gélida, mientras estaba apostado en la ladera de la montaña, junto al hotel de Kongde. Una mañana impoluta con las nubes aún dormían y donde los dedos se congelaban a la espera de que los picos comenzaran a iluminarse.

La luz dio el aviso de su llegada en la cima del Everest que se sacudía la escarcha de la noche con vientos recios. Poco a poco el naranja del alba fue empapando con delicadeza los picos, las cumbres y deslizándose por los valles revelando una vista que justificaba las penurias que había tenido que pasar para disfrutarla.

(Detalle del Arakam Tse, del Cholatse y el Taboche)

El Valle de Khumbu se abría y al fondo, a lo lejos, descansaba el Everest junto al Lhotse y el Nuptse. En primer plano se asentaba el circo escalonado de Namche Bazaar, el fin de la civilización, la última ciudad antes de enfrentarse a la naturaleza. Desde allí un camino bordeaba la montaña enganchando la ruta hacia Tengboche mientras que otra senda, la que habíamos tomado nosotros días antes, se escapaba montaña arriba tomando el desvío que pasaba por Syangboche (y su pista de tierra que hacía de aeropuerto) antes de encontrase con los pueblos de Kunde y Khumjung bajo el sagrado Khumbila. Fue en ese trayecto cuando vimos el Everest por primera vez.

Si seguíamos adentrándonos en el valle de Khumbu se podía ver un valle que salía a la izquierda, por delante del Taboché, el Chotalse y el Arakam Tse. Era el valle de Gokyo que ascendía por Phortse y que se encontraría (fuera de foto con Machermo y con la propia Gokyo). Sin embargo nuestra ruta y camino habían seguido hasta alcanzar Tengboché, cuyo monasterio asomaba sobre la cima de la colina.

Nuestra siguiente etapa nos había llevado hasta Dingboche, bordeando el Ama Dablam. Desde allí la ruta principal se desvía por el valle Central para llegar a Lobuché, Gorak Shep, Kala Patthar y el Campamento Base del Everest, pero nosotros habíamos seguido por el valle de Chukung, después de subir al Nagnkar Tshang en un ejercicio de aclimatación. ¡Que insignificante se veía ahora esa hazaña!.

Incluso se distinguía la ascensión al Chukung Ri, esa pedazo de subida que hice en mitad de la noche antes de que al día siguiente cruzaramos el paso de Kongma La que nos llevaba de nuevo al valle central. A partir de ese punto solo cabía imaginarse el resto de etapas, que ya no cabían en esta misma foto: La llegada a Kala Patthar y el atardecer sobre el Everest, la vista al campamento base, el cruce del Chola Pass, la visita al campamento base del Cho Oyu, la subida al Gokyo Ri y el ultimo paso, el de Renjo La antes de volver a alcanzar Namche Bazaar por el valle de Thame.

Estas vistas fueron un regalo y lo fueron porque me permitieron recordar todas estas etapas, todos esos pasos, todos esos días de cansancio y satisfacción cuando el velo de la región se iba descubriendo antes nuestros ojos. Pocas despedidas podrán nunca ser más dulces.

Me recreé durante dos horas en la vistas y agradecí cuando el sol por fin me alcanzó y añadió algo de temperatura a mi felicidad helada. No tuve prisa alguna en volver al hotel a desayunar. Siguiendo la tónica de la cena del día anterior, el precio del desayuno (15 dólares) era excesivo pero al menos lo justificaban con zumos, tortilla, queso, café, pan, mantequilla, mermeladas, uvas y pan tostado. Gorrineé todo lo que quise y pude ante el asombro del resto de comensales, escandalizados con la idea de que un mendibundo como yo se hubiera colado en la exclusividad del recinto.

(Añado aquí esta imagen de la etapa entre Tengboché y Dingboche para que os podáis hacer una idea de donde está el hotel de Kongde, el Yeti Mountain Home Lodge. La subida del día anterior con la escalera nevada correspondería a la parte en sobra debajo del Nupla.)

Sería justo, en estos momentos, mostraros la foto que desencadenó el que yo estuviera allí. La foto que apareció en la pared del hostal de Lobuché decolorada por el tiempo. Fui afortunado de haberla encontrado y mientras desayunaba me fijé en que no era exactamente igual a la que yo había hecho porque si se miraba con detenimiento se podía ver el propio hotel. Efectivamente, había otro punto de vista que podía ser incluso mejor. Dejé la mochila, pagué, no exento de dificultades los 195 dólares a lo que había ascendido la gracia y subí hasta la nueva cima que se atisbaba desde la puerta del hotel.

(La famosa foto que originó todo esto) 

Una hora más tarde alcanzaba la nueva cima. Quizás el matiz fuera muy sutil o quizás estaba buscando excusas para retrasar mi partida, pero me maravillé de nuevo y me quedé petrificado recreándome en los detalles. Sabía que en el momento en que empezara a bajar, dejaría de mirar a los ojos a los techos del mundo y todo ese paisaje solo quedaría en la memoria.

(Y mi versión después de todo) 

El valle ya estaba completamente iluminado y había conseguido encontrar el punto justo desde donde se hizo la foto que me había obsesionado durante tantos días. Todo lucía hermoso, inmejorable. Incluso se podía distinguir también a lo lejos Lukla y su aeropuerto, destino final de la etapa siempre y cuando consiguiera romper el hechizo y moverme de allí, algo de lo que ni siquiera el viento que soplaba frío y fornido parecía capaz.

(Panorámica entera de la cordillera, ojo que se puede ver hasta Lukla)

(Detalle de los picos)

(Detalle del Karyolung)

(Lukla en la distancia. Si os fijáis se puede ver la pista del aeropuerto)

Para cuando volví al hotel a recoger la mochila y me puse definitivamente en marcha ya era un poco tarde y las primeras nubes empezaban a formarse en las cumbres. Tenía una etapa larga por delante y según descubrí en esos momentos, menos tiempo para completarla del que me hubiera gustado. Acababa de recibir un mensaje de Mattia que me advertía: “Para conseguir el billete para el día siguiente, tienes que llegar a las oficinas de la compañía aérea en Lukla antes de las 15.00, sino cierran”. Eran las 11:30 cuando empecé a caminar. Parecía que iba a ser complicado conseguirlo.

El tema de los vuelos en el aeropuerto de Lukla es un sistema bastante extraño, especialmente porque hay que moverlos y reasignarlos continuamente. La cancelación de los vueltos debido al mal tiempo está a la orden del día, pero también sucede que hay quien se retrasa en la montaña o quien desciende antes de lo previsto y las compañías tienen que ir acomodando a todos los viajeros. Se puede dar el caso de que tengas tu vuelo comprado, que te presentes el día del vuelo, que no haya ningún problema con la meteorología pero que tu plaza se la hayan asignado a otro pasajero que estaba esperando hueco en el día anterior.

Para eso las compañías te dan un número de telefóno en el que debes confirmar con 48 horas la fecha en la que vas a salir. Hasta aquí todo entra dentro de una cierta lógica. Mi realidad fue que nunca nadie cogió el teléfono. Durante tres días estuve llamando para confirmarlo y durante tres días solo recibí el eco del timbre por respuesta. Y ahora si quería volar al día siguiente tenía que llegar a Lukla antes de las 15.00.

Corrí.

Corrí todo lo que me daban las piernas. Corrí montaña abajo en una caída vertical hasta los pies de las montañas. Descender desde 4250 metros a 2610 metros del tirón puede ser un suplicio para cualquier rodilla. Yo no fui ninguna excepción. Corrí y corrí cargado con la mochila solo deteniéndome brevemente para para descansar las articulaciones de los impactos del desnivel, agravados por el peso excesivo de mi equipaje.

(La bajada. Igual que tirar un canto rodado por un acantilado. Abajo el pueblo de Monjo)

La bajada fue tan trepidante, tan bestia, que cuando llegué al cruce con el camino principal en Toktok se me habían taponado los oídos. Y aún así había tardado en bajar dos horas y media. Me acordé del recepcionista que el día anterior me había invitado a caminar dos horas más si el precio del alojamiento me parecía excesivo. En dos horas más habría llegado exactamente a la nada en mitad de una cuesta.

Estaba abajo, pero aún me quedaba bastante para llegar. Eran las 14.10 y me quedaba un buen tramo por recorrer hasta Lukla. Asumí que era imposible que mis fuerzas maltrechas y la propia distancia me hicieron llegar antes de las 15.00 pero ya que había llegado hasta allí gastaría todo lo que me quedaba para intentarlo.

Bajar a 2520 metros acarrea varias consecuencias inesperadas. La primera era el aumento de temperatura. Tras dos semanas por encima de 4000 metros y su clima helado el calor fue una sorpresa y un sudor pegajoso empezó a impregnarme por todas partes. Desde el fondo del valle eché de menos el mismo viento contra el que tantos improperios había vertido.

La segunda consecuencia fue darme cuenta que el aire había aumentado su densidad al mismo tiempo que las dos semanas por las alturas habían aumentando enormemente mi cantidad de glóbulos rojos. Caminaba a un ritmo desorbitado y sorprendente, dopado de oxígeno. Estaba cansado y agotado pero para mi sorpresa no desfallecía y no tenía que pararme cada pocos pasaos para recuperar el aliento. El entrenamiento del tortuga duende había funcionado.

(La última foto que hice este día, estaba tan cansado que ni ganas tenía de hacer más fotos… esta ni siquiera es de Lukla, es de Phakding. Por cierto, que venía desde detrás de la montaña con nubes) 

Pero el resto del trayecto tampoco era sencillo. Muchas subidas y bajadas que ya me iban dejando rozando la extenuación hasta que al final sobre las 16.15 de la tarde entré al fin en Lukla. Había hecho un trayecto de 7 horas en unas 4.30 y estaba para el arrastre, pero no podía perder la perspectiva: Había completado tras 22 días caminando por los Himalayas el trekking del campamento base del Everest con sus tres pasos y cuatro valles. El trekking más exigente que había hecho en mi vida.

En ese momento, no pude disfrutarlo como se merecía porque tenía que seguir caminando hasta la oficina de la compañía aérea aunque tal y como cabía esperar cuando llegué ya estaba cerrada. Tanto esfuerzo para nada. Dí alguna vuelta por ese almacén al que llamaban aeropuerto para ver si era capaz de encontrar a alguien a quien preguntar pero estaba completamente desierto. Mi nuevo plan quedaba en regresar a la oficina a primera hora del día siguiente e intentar obtener sitio en alguno de los vuelos.

Entonces, justo antes de ponerme en marcha para buscar alojamiento un muchacho nepalí abrió un segundo la oficina de la compañía de vuelos. Iría a hacer cualquier otra cosa pero fue mi oportunidad de entrar como un ariete para preguntarle por mi vuelo, quejarme de las infinitas llamadas perdidas que jamás obtuvieron respuesta y buscar una solución que él no podía darme. Aún así lo intentó, hizo unas cuantas llamadas y me ofreció un hueco en un vuelo al día siguiente a otro aeropuerto a 5 horas de Katmandú. Se excusó diciendo que se iba a desviar el tráfico aéreo por mal tiempo. Algo que suele ser una excusa recurrente. Dado que me pareció inaceptable volvió a hacerme el favor de hacer unas cuantas llamadas hasta que al final concluyó en que debería estar en el aeropuerto al día siguiente a las 6 de la mañana, debía preguntar por Rabin, el jefe y podríamos encontrar una solución. Para ponerlo en contexto, Rabin era el mismo que no me había cogido el teléfono en los últimos días. Sonaba a un madrugón con escasa probabilidad de éxito pero a falta de una opción mejor, acepté.

El sudor de la jornada ya empezaba a enfriarse y me apresuré a encontrar alojamiento. Me regalé una ducha de agua caliente y entonces si, fue el momento de celebrar con una cerveza el haber terminado satisfactoriamente mis 22 días por la montaña. No había tomando ninguna durante todo el trek, preocupado por si el alcohol dificultaba mi aclimatación pero ahora, tras terminar los últimos pasos de la última jornada me la había ganado.

(¡Celebration!)

A las 5.15 de la mañana siguiente me levanté. Estaba madrugando más de lo que solía hacerlo para ver amanecer durante el trekking solo para llegar el primero al aeropuerto. Y lo conseguí. En Lukla empezaban a encenderse algunas luces y a abrirse algunas persianas pero salvo algún que otro excursionista que se dirigía en la oscuridad de la noche al aeropuerto la ciudad dormía. Esperé hasta las 6.00 de la mañana. Tal y como cabía esperarse el famoso Rabin nunca apareció.

La experiencia de aeropuerto de Lukla fue tremendamente confusa. La gente llegaba en masa y se iba arremolinando alrededor de los puestos de check-in mientras las tarjetas de embarque volaban. Yo observaba, mientras cada vez estaba más seguro de que mi madrugón había sido una estafa. En esos momentos fue cuando se me acercó un guardia de seguridad y me indicó con mímica y un inglés paupérrimo que fuera al mostrador y dijera 502. Como si de una película de espías se tratara. El mostrador estaba abarrotado y al verme esperar pacientemente la cola el mismo guardia me indicó por signos que me abriera paso a codazos. Hay que querer a Nepal.

No tuve que lastimar a nadie en el proceso pero cuando llegué al mostrador y metido en mi papel de agente secreto al servido de su Majestad le dije “502. Five hundred and two” me miró cómo se mira a una con gotelé. “¿A este señor que le pasa?” debió pensar. Insistí. Me miró como una vaca mira un tren pasar. Fue necesario la intervención, a grito pelado, del mismo guardia de seguridad y recibí mi tarjeta de embarque. Un papel donde solo aparecía un número: 502. Eso era todo.

(Mi tarjeta de embarque. ¡Qué maravilla!)

Dejé mi mochila en una montaña de equipajes, aparentemente sin ningún un identificador y la multitud me arrastró por el control de seguridad para acceder a una sala de espera donde se apelotonaba todos los viajeros. No me dio mucho tiempo a pensar sobre el destino de mi mochila sin etiqueta. Al poco comenzaron a aterrizar las primeras avionetas desde Katmandú en un proceso rápido y optimizado: Avioneta aterrizaba, pasajeros bajaban, se descargaban sus mochilas mientras un señor en la sala de espera gritaba un número. Era el sistemas de altavoces. Quienes tuvieran ese número en su tarjeta de embarque se iban con el señor. El señor contaba las tarjetas y si consideraba que le faltaba alguna volvía a la sala a gritar. La gente se aproximaba al avión y en menos de 15 minutos desde que había aterrizado la avioneta ya estaba de nuevo en el aire en dirección a Katmandú.

(El Nupla desde el aeropuerto de Lukla)

(Las primeras avionetas que vienen, descargan, cargan y se van. Proceso optimizado) 

502 era por lo tanto mi número de vuelo. Y sorprendentemente todo funcionó bien. A las 6.30 mi avioneta de hélices se lanzó cuesta abajo por la pequeña pista de Lukla que usaba la gravedad como ayuda y despegó sin problemas. Por la ventana aparecieron por última vez los picos blancos antes de desaparecer en la lejanía y a pesar de la cercanía me entró un sentimiento profundo de nostalgia lejana. Debajo el paisaje del país volvía a ser un mapa de terrazas y arrozales infinitos que poco a poco metamorfoseó en casas, poblados hasta culminar en el asfalto y el ladrillo embarullado de Katmandú.

(Fotos del trayecto en avión entre Lukla y Katmandú)

Me quedaban dos días antes de volar de vuelta a Madrid y solo quería una habitación tranquila, una buena ducha, ropa limpia y caminar sin rumbo unas últimas veces por los laberintos de la ciudad. No me compliqué mucho, me acerqué a las terrazas, me senté en las plazas y pensando en las cumbres nevadas, en los valles, los picos, las rocas y los glaciares, agradecido con la vida, me quedé en calma, viéndola pasar.

Katmandú, 28 de Octubre de 2018.

Más info: Como organizar el trek al Campamento Base del Everest