Trekking al campamento base del Everest. Etapa 7: Bupsa – Lukla – Cheplung

Etapa 7: Bupsa (2300 m.) – Lukla (2840 m.) – Cheplung (2660 m.)

Distancia: 18,8 km
Tiempo estimado: 11 horas.<
Desnivel Positivo: 2284 m.
Desnivel Negativo: 1882 m.

Descargar ruta GPX (wikiloc)

(Perfil de la Etapa)

12 de Octubre de 2018

Si en estos primeros días de trekking hasta llegar a Lukla tuvimos una etapa reina que acabó con mi ánimo y moral, sin duda fue esta. Teníamos por delante casi 20 kilómetros y mas de dos mil metros de subida y otros casi dos mil de bajada que habrían de poner a prueba la resistencia de mis piernas y rodillas. Sabíamos que iba a ser una etapa dura así que antes de las siete de la mañana de un triste día sin sol ya estábamos en marcha y nos adentrábamos sin remedio en la más densa de las nieblas.

(Dejando detrás Bupsa)

El paisaje había cambiado completamente con respecto a los últimos días y ahora caminábamos por el interior de un bosque húmedo, el bosque de Kari, con sus troncos cubiertos de musgo saliendo fantasmagóricos de entre la nada. El primer tramo hasta alcanzar el paso de Kari La (2937 m.) nos costó unas dos horas largas moviéndonos entre los espectros de la naturaleza. Solo interrumpían el paso los convoyes de varias decenas mulas casi imposibles de adelantar y que te obligaban a detenerte por completo si te los encontrabas en sentido opuesto. Se notaba que estábamos acercándonos a Lukla y que había que suministrarla porque el flujo era constante. Los animales cargaban con comida, combustible, bombonas de butano y decenas de enseres, complementados por una cantidad mucho menor de porteadores.

(El bosque de Kari)

Me fascinaba, como siempre sucede en estos sitios que quienes dirigían estas gigantescas hileras de animales, no fueran sino chavales, la mayoría en chanclas. El contraste. Nosotros perfectamente equipados y ellos perfectamente adaptados. Nosotros con ropa técnica, bastones, botas de alta montaña y ellos corriendo entre las rocas, con altavoces poniendo música a todo trapo, veloces, incansables.

(Un par de vídeos que grabé con el móvil para que os hagáis una idea de lo que implicaba encontrarse con un convoy de mulas) 

(Macutos de los porteadores) 

A partir de Kari La, el camino pasa a ser empedrado. Pareciera, por tanto, más fácil de transitar pero en la practica resultaba todo lo contrario. La lluvia y la humedad lo hacían bastante resbaladizo, algo nada divertido si teníamos en cuenta la fuerte caída sobre la que transcurría el sendero.

(Kari La)

Cuando la niebla comenzó a remitir, pasado ya Puiyan, apareció el descomunal cañón por el que estábamos caminando. A unos mil metros por debajo nuestra transcurría el río Dudh Koshi mientras que el otro lado del valle se veía lejano. De vez en cuando un helicóptero atravesaba por mitad del valle trayendo consigo una sensación de escala. Era impresionante.

(Puiyan)

Veíamos helicópteros pero no habíamos visto ni escuchado una avioneta en todo el día. La gente con la que nos cruzábamos nos lo confirmaba: “Hoy no hay vuelos en Lukla.” El mal tiempo había paralizado el pequeño aeropuerto y tan solo los helicópteros se atrevían a transportar gente y mercancías por debajo del techo de las nubes. Nosotros a pie desde hacía ya seis días no teníamos que enfrentarnos al problema de la cancelación de vuelos, pero sí que habría que tener algo de margen, visto lo visto, para poder volar de vuelta.

(Aunque cueste distinguirlo al final del valle se ven unas casitas: el pueblo de Jubhing que dejamos atrás hacía dos días)

Atravesamos el paso de Chutok La (2870 m.) y Lukla ya aparecía al fondo. Pero para llegar a ella teníamos que descender hasta Surke (2280 metros) y recuperar después el terreno perdido y alcanzar de nuevo sus 2840 metros. Llevábamos ya 6 horas caminando cuando llegamos a Surke y yo no podía estar más cansado. La bajada había desgastado fuerzas y especialmente las rodillas. Mattia, Jose y Javi comenzaron la subida mientras yo esperaba unos minutos más a ver si alguna deidad se apiadaba de mí y me envía una pizquina de fuerza para completar la jornada.

A falta de ayuda divina habría que conformarse con milk tea y chocolate. Una vez volví a cargarme la mochila no sé muy bien que hice, si el cansancio estaba pasando factura y ya no razonaba con claridad pero en un desvío tomé la bifurcación incorrecta. Absorto en mis pensamientos, en el agotamiento y en deseo impaciente de alcanzar Lukla y parar al menos a comer estaba yendo por donde no debía.

(El camino que asciende a Chutok La)

(El descenso hasta Surke y detrás, apareciendo tras la ladera de la montaña, Lukla)

Me sorprendía que el flujo de gente hubiera descendido tanto así que pregunté a algún local que me encontraba por la zona. “Lukla?” preguntaba. Y asentían y señalaban el camino por el que iba. Me tranquilizaba, pero fue una falsa tranquilidad. Más tarde descubriría que la barrera lingüística me indicaba el camino no hacia Lukla sino hacia el valle central y por lo tanto hacia dónde tendría que ir una vez pasado Lukla. Y cansado, agotado y derrotado me vine abajo. ¿Qué hacer? ¿Retroceder lo caminado? ¿Volver hasta la bifurcación? ¿Bajar para volver a subir? No tenía fuerzas para eso. No tenía fuerzas para nada más.

Estaba de camino a Cheplung, el final de la etapa. Así que podría ser una alternativa llegar a Cheplung, obviar Lukla y encontrarme con el resto del equipo allí. Si, eso habría sido un buen plan pero tenía un pequeño inconveniente: tenía que pasar por Lukla si quería comprar el billete para el avión de vuelta. Quizás pudiera hacerlo en Namche pero no estaba seguro. También podría comprarlo a la vuelta, pero ¿y si no había hueco? Que no hubiera hueco era un problema real, se podían juntar varios días de mal tiempo y cuando el aeropuerto se abriera no habría plaza hasta no haber liberado a los que tuvieran ticket y viajes pendientes. El problema también era que mi vuelo para salir de Nepal era el 30 y viendo cómo íbamos el plan era acabar la ruta el día 27 de Octubre para volar el día 28. Era mucho riesgo tener mal tiempo y gastar el comodín del 29 y que encima no tuviera hueco. Tenía que comprar el billete. Tenía que llegar a Lukla.

(La confusión: debería haber tomado el camino morado para llegar a Lukla. Me había desviado por el azul hacia Cheplung. En Chaurikharka tome un sendero que me indicaron los locales hacia Lukla)

Estaba en un pequeño pueblo llamado Chaurikharka y algunos locales me avisaron de un sendero que cruzaba las plantaciones para atajar y no tener que llegar a Cheplung. Me tocaba remar río arriba con unas piernas agotadas para alcanzar Lukla. Poco quedaba de mí cuando finalmente entré en sus calles, porque las que vagué como alma en pena hasta encontrarme con el resto del equipo. Después de tantos días de caminos solitarios y pueblos que apenas reciben gente, entrar en Lukla fue todo un shock. A pesar de que en cualquier otra parte del mundo ni siquiera alcanzaría las dimensiones de un pueblo normal, multiplicaba todo lo vivido en los días anteriores: demasiada gente, demasiados hoteles, demasiados restaurantes, demasiada civilización. Podría haber sido un final de etapa digno pero a tan solo media hora más teníamos Cheplung y volveríamos a la calma.

Compré el billete, algo de provisiones, chocolatinas y galletas para las próximas etapas, también paré a pagar la entrada al parque Nacional del Everest. Aproveché a comer carne, al fin, después de días de pasta y arroz y recuperadas un poco las fuerzas, me dispuse a completar los últimos treinta minutos de marcha. Para cuando alcancé Cheplung tras 11 horas de ruta, estaba desencajado, destruido. Me dolía la rodilla, me dolían los pies, los hombros, básicamente todo lo que me podía doler. Insistí en una ducha de agua caliente que consistió en un caldero de agua hirviendo y un cazo y me supo a gloria. Habíamos terminado la primera fase y estábamos entrando al fin, en el corazón de las montañas.

Había que quedarse con lo positivo.

Más info: Como organizar el trek al Campamento Base del Everest

(Chaurikharka. En Lukla estaba tan agotado que no hice ni fotos.) 

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