Etapa 8: Chheplung (2660 m.) – Namche Bazaar (3440 m.)


Distancia: 15,4 km
Tiempo estimado: 9 horas.
Desnivel Positivo: 1745 m.
Desnivel Negativo: 1033 m.

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(Perfil de la Etapa)

13 de Octubre de 2018

Que maravilla. Delante de nosotros, por la ventana del lodge de Cheplung, el sol de la mañana iluminaba los 5885 metros del Nupla. Después de habernos adentrado en el valle entre nubes y nieblas el día anterior se agradecía esta tregua de buen tiempo, de luz limpia y vistas que reclamábamos como recompensa a la semana que llevábamos ya caminando.

(El Nupla, visto desde Cheplung)

Nos esperaba por delante de nuevo una etapa larguita, un falso llaneo lleno de subidas y bajadas, que culminaban en una ascensión de 600 metros de desnivel a tocateja para alcanzar Namche Bazaar. Por mucho que lo adornara nos esperaban más de ocho horas de pateo y era mejor ponerse a ello cuanto antes. Comenzamos a caminar en las sombras de la montaña bajo la atenta mirada del Nupla. Era difícil no devolvérsela.

Había muchas cosas que nos llamaban la atención en estos kilómetros post-Lukla. Como la cantidad de lodges, tiendas de souvenires, restaurantes, pastelerías e incluso cafeterías (si, ¡con su máquina de café expreso y todo!) que podían encontrarse a lo largo del camino. Se notaba que nos encontrábamos ya en el corazón de la zona turística, algo que se repetiría muy especialmente hasta Namche Bazaar. Aún así esperábamos una afluencia de gente mucho mayor pero los días de mal tiempo habían dejado a Lukla sin vuelos y por lo tanto se había reducido el volumen de transeúntes, algo que nosotros, egoístamente agradecíamos.

(Paredes de oraciones, se encontraban a decenas por el camino. Es importante y una señal de respeto caminar siempre por el lado izquierdo según tu sentido de la marcha. Nótese las flechas que lo indican)

Los convoyes de mulas habían cambiado y ahora les sustituían yaks, unos enormes y peludos movidos que con muchísima más densidad de glóbulos rojos eran mucho más adecuados para el transporte de mercancías y materiales al adentrarse en las alturas. Si los convoyes de mulas ya eran tremendos de adelantar, los yaks infundían aún más respeto. Los locales me advirtieron rápidamente: “Siempre que pasen yaks por el camino, pégate al lado del la montaña. Si no, el yak, una vez cargado y sin consciencia sobre sus nuevas dimensiones puede empujarte sin darse cuenta fuera del camino y digamos que hay zonas donde esto puede ser un auténtico problema”.

(Algunos convoyes de yaks que nos encontramos durante la jornada. Fijaos que con esas bombonas si pasan cerca de ti lo más probable es que te arrollen.)

Momentos antes de alcanzar Nuring, un estrecho valle dejaba el hueco justo para que asomaran los 6367 metros de la cara suroeste del Kusum Kanguru. El mismo que habíamos visto a lo lejos días antes, en nuestro mirador fallido saliendo de Junbesi y el mismo que nos había saludado de buena mañana en Nunthala. Parecía muy lejano entonces y ahí estaba ahora, casi al alcance de la mano.

(Nuring)

(Nuring)

(Kusum Kanguru, que belleza)

El Kusum Kanguru es un pico precioso, pero entra del grupo de los más complicados de hacer cima y mantuvo su estatus de imbatible hasta que un neozelandés, Bill Denz, consiguió alcanzar su cima en 1981. A pesar de este éxito en 20 años tan solo 9 expediciones consiguieron completar la hazaña. Y es que nos metíamos en terrenos de altos picos, de grandes épicas y grandes conquistas, ejemplos de ese espíritu indomable de la humanidad para empequeñecer las fronteras de lo imposible.

(Un par de fotos más de esta perspectiva del Kusum Kanguru)

Me aproveché de la civilización y en Phakding, nuestra primer parada, cambié el milk tea correspondiente por un café en condiciones. Costaba un dineral para los estándares de la zona pero para un cafetero como yo era un lujo al que era complicado resistirme. Al fin y al cabo lo más que podría esperar en sucesivos días sería un sobre de café soluble. Eso sí, era consciente de que mis quejas sobre la masificación de la zona se habían desmontado ante la frase de “un capuchino, por favor”. Vivir con las contradicciones, ese sino.

(Vistas del Nupla desde Phakding)

Phakding era, en honor a la verdad, un pueblo bonito con bastante vidilla. Era un punto intermedio de parada para casi toda la gente que aterrizaba en Lukla y decidían caminar unas horas y dividir en dos el tramo hasta Namche Bazaar. Algo bastante inteligente porque ayudaba a adaptarse y porque caminar desde Lukla hasta Namche Bazaar el primer día podía ser una etapa extenuante.

(Primera parte de Phakding)

(Segunda parte de Phakding, tras cruzar el río hay una zona solo de alojamientos)

La siguiente sorpresa fue encontrarnos en el ascenso tras Phakding con otra visión impresionante del Thamserku (6623 m.) cuyas cumbres surgían de entre las nubes. Este pico nos acompañaría en unas cuantas etapas, pero desde ese punto la delicadeza de los surcos de sus aristas congeladas era pura belleza. Por seguir un poco las historias de las pequeñas conquistas alcanzar la cima por esta cara, la suroeste, no se consiguió hasta 2014, lo que prácticamente es decir ayer. Desconozco casi todo del alpinismo de alta montaña así que me cuesta imaginarme que tipo de monstruo será esa pared para haber mantenido su defensa intacta durante tantos años.

(El Thamserku)

(Un helicóptero para dar algo de escala con el Thamserku de fondo)

(Avanzando por el valle y dejando el Thamserku detrás)

A partir de aquí la siguiente población que aparecía en la distancia era Monjo y en la vista ya se podía divisar (aunque se lo empezaban a comer las nubes) el pico Khumbila. 5761 metros que parecían estar ahí mismito pero que en realidad se encontraban más allá de Namche Bazaar. Es una montaña especialmente importante para los sherpas que la consideran sagrada (su nombre podría traducirse como Dios de Khumbu) y por lo tanto por respeto a las deidades no pueden ser escalada. Según su cultura sería una ofensa porque caminar por su cima implicaría pisar las cabezas de sus dioses. El único intento que se hizo en 1980 acabó en tragedia por avalancha y desde entonces se ha mantenido ajena a la humanidad.

(Un par de fotos de Monjo con el Khumbila, la montaña sagrada de los sherpas detrás)

Pasado Monjo había un punto de control para chequear permisos y comprar el que faltase si fuese necesario y dejándolo detrás entrábamos al fin en el Parque Nacional de Sagarmatha. Sagarmatha es el nombre original y nepalí del monte Everest y por lo tanto el que usan los locales aunque para el resto pase casi desapercibido. Llamenlo como deseen, el caso es que ya estábamos dentro de sus 1148 kilómetros cuadrados. Se decía pronto.

(Pared de oraciones pasado Monj0)

El Parque Nacional de Sagarmatha se estableció en 1976 con la ayuda (y esto fue una sorpresa descubrirlo) de Nueva Zelanda. Muchos neozelandeses se trasladaron allí, a mitad del parque, con su familias. Vivieron durante años en un lugar perdido del mundo sin electricidad, agua corriente y ningún tipo de comodidades para ayudar a montar y organizar este parque nacional. Ellos fueron los primeros guardas forestales de este parque. Los siguientes ya fueron nepalíes pero formados en Nueva Zelanda. Mucha culpa de esto la tuvo Sir Edmund Hillary, la primera persona que junto con el sherpa nepalí Tenzing Norway pusieron el pie en la cima del Everest. Sir Edmund era, obviamente, neozelandés y fue un pilar imprescindible para que este parque fuera una realidad.

El hecho de que este espacio consiguiera convertirse en Parque Nacional hizo que se evitara su deforestación y que a día de hoy mantenga gran parte de su biodiversidad intacta. Ya entraremos más adelante en el tema de las basuras que las sucesivas expediciones han ido dejando en los campamentos bases o en las rutas hacia la cumbre, que es otro tema. De momento quedémonos con el éxito que fue para Nepal y por supuesto para el resto del mundo que este proyecto se culminara.

(El impresionante puente de suspensión de Larja Dobhan)

Seguíamos avanzando y nos encontrábamos ya con otro de los puntos mas icónicos de la etapa. El doble puente en suspensión de Larja Dobhan. Realmente no es un puente doble, sino que son dos puentes de los cuales ya solo uno se mantiene en uso. El primero lo construyó un equipo suizo en 1989 y se elevaba a unos 40 metros de altura sobre la garganta del río. El segundo se había mejorado y se había terminado hacía menos de 10 años, alzándose a 70 metros de altura con una longitud de 136 metros. Su construcción tuvo que ser todo un desafío de ingeniería, pero allí estaba, decorado con sus banderolas de plegarias y oraciones y aguantando a todos los que cruzaban el río, convoyes de yaks incluidos. Con un suelo de franjas intermitentes de aluminio y un ligero oscilar al viento que encogía ligeramente el corazón.

Quedaba ya tan solo el último tramo de la etapa pero también el más complicado. Había que salvar temidos 600 metros de desnivel y era mejor tomárselo con calma porque era inmisericorde, porque era constante y sin remansos en los que coger fuerzas y porque añadía al cansancio de la jornada el irse elevando a unas alturas en las que aire se iba haciendo cada vez más fino. Podían empezar los problemas. Nosotros ya habíamos pasado por alturas superiores en las jornadas anteriores pero aún así desde este punto cada metro de subida merecía nuestro respeto y debíamos tomarnos muy en serio cada paso.

(Perspectiva de Namche Bazaar con el Thamserku asomando tímidamente por detrás)


(Las calles de Namche Bazaar)

Justo antes de entrar en Namche Bazaar, terminando la subida y dando por finalizada la paliza del día se podría haber visto el Everest por primera vez pero una vez más las nubes habían sido más rápidas. Se hacia de rogar y no quedaba otra que esperar y confiar. Quedaban muchas jornadas por delante. Sin embargo se cogía con ganas el llegar a la extraña Namche Bazaar la población más grande del trek. Sus calles escalonadas como si las casas habitaran en un enorme anfiteatro, le daban, quizás, una dimensión mayor de la que realmente tenía pero a pesar de todo y para mi sorpresa, me sentí muy a gusto en Namche Bazaar.

(Últimos momentos del luz y últimos instantes de disfrutar del Thamserku antes de que nos engulleran las nubes)

Puede que me esperaba algo como Lukla que nunca me acabó de engatusar, pero ahí, rodeado de montañas, acepté la personalidad extraña y surreal de este último punto de civilización. Restaurantes, bares, cafeterías, pastelerías, eventos deportivos en televisiones por satélite, farmacias, cajeros. No sonaba muy prometedor pero había un aura de despedida del mundo en ella que me gustaba. A partir de aquí, susurraba, a partir de aquí el mundo es otro.

Y que ganas tenía de conocerlo.

Más info: Como organizar el trek al Campamento Base del Everest

(El Kongde Ri, asomando al otro lado del valle. Una buena manera de despedirse del día)

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