Etapa 9: Namche Bazaar (3440 m.) – Kunde (3840 m.) – Tengboché (3860 m.)

Distancia: 11,2 km
Tiempo estimado: 6 horas.
Desnivel Positivo: 1126 m.
Desnivel Negativo: 689 m.

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(Perfil de la Etapa)

 

14 de Octubre de 2018

Se había convertido en una ley empírica: las mañanas se levantaban sin vergüenza alguna, desnudas de nubes y según pasaba el día iban tomando consciencia de si mismas y buscaban ropajes de nubes con que sofocar el pudor y evitar el rubor del atardecer. Se nos concedía tan solo la gracia de las vistas hasta mediodía y teníamos la obligación de disfrutarlas. Eso estaba haciendo a esos horas intempestivas: ver amanecer por encima de la somnolencia de Namche Bazaar. Y la vista era gloriosa.

(Panorámica sobre Namche Bazaar)

El factor sorpresa era un extra, claro. Haber visto apenas dos breves pinceladas del entorno el día anterior habían reservado el espectáculo para esta mañana en la que los picos empezaban a dibujarse con la claridad del alba. En frente, como protector de Namche Bazaar se alzaba el imponente Thamserku, flanqueado por el Kyashar y el Kusum Kanguru. A lo lejos empezaba a distinguirse el más bello entre los bellos: el Ama Dablam que nos acompañaría en muchas, muchísimas etapas.

(El macizo de Kongde Ri y el valle de Thame)

(El Nupla, despuntando al amanecer) 

Al otro lado del valle se alzaba el macizo del Kongde Ri. Por allí despuntaba el Nupla que ya habíamos conocido el día anterior en Cheplung. El resto de picos que conformaban ese macizo eran impresionantes dándole a la cordillera un aspecto compacto, solido e infranqueable. Hacia el noroeste aparecía el valle de Thame que sería la parte final del trek, dentro de muchos días, aunque yo aún no lo conocía y apenas identificaba nada. (Es curioso como ahora, en casa, viendo las fotos del viaje reconozco sitios que no sabía qué estaban allí cuando hice la foto. Está siendo un trabajo muy bonito de redescubrir la ruta.)

(Detalles del valle de Thame)

(El Kusum Kanguru de buena mañana)

El frescor de la mañana nos acompañaba en la primera parte de la etapa. Nos esperaba un día no demasiado complicado pero que acabaría con otra subida que habría de hacernos sudar la gota gorda. Ya llegaremos a ese punto, de momento empezábamos ascendiendo y dejando Namche Bazaar cada vez más abajo. Había varias maneras de completar esta etapa. La ruta principal bordeaba la montaña hasta enganchar con la bajada hacia Phunke Tenga. Otra opción era atravesar y subir hasta encontrarse con Khumjung antes de empezar la misma bajada y por último la que estábamos haciendo nosotros, que abría un poco más la ruta y que bordeaba hacia el norte, llegando primero a Kunde, luego a Khumjung antes de enganchar la susodicha bajada.Nos interesaba hacer esta etapa primero por la curiosidad de ver algo más del recorrido pero segundo porque al llegar a Kunde ya estábamos subiendo a los 3840 metros (más o menos la misma altura que el final de la etapa en Tengboché) y alcanzar estas alturas nos iría ayudando a aclimatar.

(Banderas de plegarias y oraciones con el Nupla de fondo)

(Hasta dentro de un par de semanas, Namche Bazaar)

Un poco por encima de Namche Bazaar se encontraba Syanboche, donde existía un pequeño aeropuerto. Llamarlo aeropuerto era muy optimista pues era más una pista de tierra donde alguna avioneta, probablemente pilotada por el equivalente nepalí a Han Solo, pudiera aterrizar. Ver avioneta era algo inusual pero sin embargo si que había mucho más flujo de helicópteros transportando material. (Aunque por amor a la curiosidad he encontrado un video de una avioneta aterrizando en la zona, para que os hagáis una idea.)

(El Thamserku ya bien despertadito y tomándose un café)

Pasado Syanboche tuvimos un momento memorable. Ni el ángulo, ni el encuadre eran los mejores pero allí, medio oculto entre el resto del paisaje pudimos ver por primera vez el Everest. Era un mirador ridículo pero la emoción fue tremenda y no escatimamos abrazos para celebrarlo. Tras nueve días esperando este momento el Everest se alzaba aún diminuto a nuestros ojos y flanqueado por el Lhotse. Ese momento sería inolvidable porque las primeras veces siempre se graban con cincel más duro en la memoria.

(El ángulo es una ruina, pero las primeras veces son las primeras veces y merecen su reconocimiento)

(El Lhotse, precioso)

Alcanzábamos el primero de los puntos de la jornada. Kunde a los pies del Khumbila, un monte sagrado para los Sherpas. Se dice, aunque supongo que será complicado tener una prueba real, que Kunde fue la primera población que se estableció en la región de Khumbu y donde muchos años después, en 1966, Edmund Hillary fundó el hospital que a día de hoy socorre a la gente de la región. Tanto Kunde como los pueblos colindantes: Khumjung, Pangboche, Phortse, Tahme y Namche Bazaar fueron los asentamientos originales y donde se concentraban los sherpas de Khumbu.

(Kunde con el Khumbila de fondo)

(Saliendo de Kunde. Al fondo Khumjung y en la lejanía el Ama Dablam) 

A día de hoy siguen viviendo en estos pueblos unos 3.500 sherpas, aunque la mayoría de la población ha ido descendiendo, bajando de Khumbu a Solu, quedándose mayoritamente en Lukla y llegando incluso a Katmandú. La población de sherpas en Nepal actualmente se estima alrededor de los 50.000. Y aquí, entre estos picos nevados y con estas vistas que te dejaban sin aliento estaba su origen.

(Khumjung)

Hicimos nuestra clásica parada para el milk tea en Khumjung, entre niños y yaks. Khumjung es bastante grande para lo que son los pueblos de la zona (obviando Namche Bazaar), pero son pocos los turistas que paran allí y muchos menos los que hacen noche. Sinceramente no me parecería ningún mal plan precisamente porque debe ser una oportunidad magnífica de conocer un poco mejor esa cultura y aunque nosotros no lo hicimos, creo que si sería algo que me plantearía si repitiera el viaje.

Desde aquí y mientras comenzaba la bajada que habría de llevar a Phunke Tenga se tenía un ángulo realmente extraordinario del Ama Dablam y sus dimensiones. El Ama Dablam es un pico excepcional. No es ni de lejos el más grande de la zona, tiene “tan solo” 6856 metros pero si es de los más bonitos por su estructura limpia y piramidal (aunque muchos le encuentran un parecido más próximo a un colmillo).

(Enfrente se pude distinguir el monasterio de Tengboché, destino final de la etapa)

El Ama Dablam también se resistió a la conquista de su cima que se mantuvo virgen hasta 1961 (8 años más que el Everest) de la mano de los neozelandeses Mike Gil y Wally Romanes, el norteamericano Barry Bishop y el inglés Mike Ward, unos investigadores que estaban estudiando los efectos de la altitud en el organismo humano. Se encontraban alojados en las alturas, en un refugio construido especialmente para la ocasión cuando sintieron el magnetismo del pico y consiguieron abrir, aún en invierno, una vía entre el hielo y la roca para lograr culminar la hazaña. Hoy se encuentra entre los picos más famosos y populares de la zona, pero escalarlo sigue siendo complejo y técnico.

En la bajada había que tener cuidado para no desviarse hacia el valle de Gokyo pero tomando correctamente ese desvío llegábamos a Phunke Tenga el punto más bajo de la jornada, por debajo de la altura de Namche Bazaar para poder cruzar el río Dudh Koshi. Las banderas de plegarias que lo adornaban marcaban el inicio de una subida de 600 metros de desnivel que me llevó alrededor de dos hora completar. Una subida que salía y entraba en bosques y donde ya se agradecía la sombra bajo un sol de justicia. Aún no era muy consciente de ello, pero los árboles iban a desaparecer del todo el siguiente jornada. Cambiábamos de mundo.

(La subida a Tengboché, parece poca cosa pero costó lo indecible)

Si algo bueno se le podía sacar a esa subida eran las vistas. Detrás quedaba el valle que habíamos recorrido horas antes y se podía ver todo el macizo del Kongde Ri, espectacular. Junto a él aparecía un pico que se había mantenido oculto hasta entonces, el Thyangmoche. Hacia el Norte se veía ligeramente el pueblo de Phortse bajo los picos del Cholatse y el Taboche (que disfrutaríamos mejor en los días siguientes) y hacia el sudeste aparecía por primera vez el Kangtega, haciendole compañía al Thamserku. Estos bellezas eran las excusas perfectas para pararse a hacer fotos y de paso recuperar algo de aliento.

(El pueblo de Phortse, al fondo a la izquierda el Cholatse y a la derecha el Taboché)

(Un nuevo pico, el Kangtega. Otra belleza)

(Echándo la vista atrás, el macizo de Konge Ri, con el descubrimiento del Thyangmoche. Namche está detrás de la colina a este lado el altiplano donde están Khumjung y Kunde -fuera de la foto-)

(El Kangtega apareciendo entre los árboles del camino)

(Kangtega y el Thamserku, bonita pareja)

Pero el regalo estaba al alcanzar Tengboché y desde allí ver la panorámica increíble de la zona que ponía la piel de gallina. Tengboché era uno de los puntos con unas de las vistas más espectaculares de todo el recorrido. Uno de esos lugares donde apreciar, ahora sí, la majestuosidad del Everest y empezar a familiarizarse con el resto de picos que lo acompañaban. El ya comentado Lhotse formando la pareja de ochomiles, pero también el Nuptse y sus secundarios. Hay poca justicia en estas fotos, hay poco concepto de dimensión, de puño en el corazón, de admiración por la naturaleza. Completaba la vista (y lo he reconocido también ahora) el Chukung Ri, donde habría de subir en unos días. Una estampa que había valido cada paso y que tenía unas propiedades curativas dignas de estudio. El dolor había desaparecido. Al menos hasta que se nublara de nuevo.

(Panorámica desde Tengboché, completando con el Ama Dablam. No hay palabras) 

Llegaba una vez más el último y el resto del equipo ya estaban al sol, disfrutando de las vistas y listos para empezar a comer. Yo aproveché para darme rápidamente una ducha de agua fría (los gritos se oyeron al otro lado de las montañas) y hacer una breve colada confiando en que el ratito de sol pudiera secarla a tiempo. Llegó el momento de comer y hacerlo con estas vistas fue un auténtico privilegio.

(Jose, que se plantó con una silla en medio y no tuvimos más remedio que seguirle)

(Javi)

(Matti)

(Servidor, más feliz que una perdiz. Quién diría que un rato antes estaba agonizando en la subida)

Pero ya sabíamos que nos deparaba el futuro más próximo. Las nubes que habían aparecido en el fondo del valle nos dieron caza. Llego la niebla, llegó el mal tiempo y llego la hora de meterse en la sala común a leer y descansar, al menos hasta las 4 de la tarde, momento en que los monjes permiten visitar el monasterio de Tengboche, el más grande de Khumbu, para asistir a la oración.

(Últimos momentos del Thamserku antes de desaparecer entre la niebla)

Aunque no se permiten cámara de ningún tipo, se había convertido en todo un espectáculo y realmente la afluencia fue masiva. Entre la curiosidad por conocerlo y que la niebla imposibilitaba la contemplación del mundo exterior, allí nos habíamos juntado todos los que llenábamos los lodges de la zona. Ver una ceremonia budista tiene tanto de especial como de larga, algo que ya habíamos descubierto en el monasterio de Taksindu unas etapas atrás. Esta era mucho más espectacular con muchos más monjes, más de una veintena, rezando a la vez que enormes trompetas resonaban de vez en cuando con una estridencia que encogía el corazón. El torrente de rezos individuales que se convertían en un runrun constante que te llevaba a un estado mental de calma y tranquilidad. Hasta que neófitos cómo éramos en el arte del trance perdíamos la concentración y la mente se ponía a divagar.

Estos sitios son también un buen lugar donde ver a una enorme cantidad de “namastes”. Namaste es el saludo nepalí que vale tanto para saludar como para despedirse. Su traducción literal vendría a ser algo similar a un “me inclino ante ti” y es una de las cosas que más me gustaba de la gente de Nepal. Ese saludo tan cercano con las palmas de las manos juntas y una leve reverencia con la cabeza. «Los namastes» era también el apodo que les dábamos a todos los fans del postureo del culto budista. En Nepal se encuentran a montones, gente que no ha hecho yoga en su vida pero se ponen delante de un templo en una postura que acaban de mirar en internet a la espera de likes en instagram. Ya os hablaré de la que me encontré varios días después descalza en una ascensión solo para hacerse la foto (con los pies azules, añado). Creo que os podéis imaginar el perfil. Y allí en el templo había muchos namastes pero sin una cámara que los retuviera en la ceremonia, no aguantaron más de 10 minutos. Siempre me transmitieron mucha ternura, los namastes.

(Regalito del Lhotse con los últimos rayos de sol)

Para cuando la ceremonia terminó y los que quedamos salíamos del monasterio nos encontramos con un pequeña sorpresa. Entre las nubes, en un huequito pequeño y diminuto se escapaba la imagen de un Lhotse enrojecido con los últimos rayos del sol. Fue tan bello como efímero, un veneno delicioso con el que contaminarse demostrando que tras esa masa nublada, por encima de nosotros había un espectáculo que nos estábamos perdiendo. Casi dolía más el haberlo visto de refilón para arrebatárnoslo después.

(Nocturas desde Tengboché)

A pesar de todo había sido un día excepcional y no podíamos estar más contentos cuando nos metimos en el saco a degustar entre sueños las emociones de la jornada. Sin embargo no había terminado para mí y cuando unas horas más tarde me desvelé y miré por la ventana no pude resistirme a despedirme del sitio y capturarlo como se veía en ese momento, limpio y prístino bajo la luz de la luna y las estrellas.

Más info: Como organizar el trek al Campamento Base del Everest

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